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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.48 Osorno July 2019

 

IN MEMORIAM

EN TORNO A ORTEGA Y EL PROBLEMA DE LA INTERPRETACIÓN

Nelson Vergara muñoz

El título del trabajo exige algunas precisiones. Primero: se trata de un contraste entre dos formas de encarar las ideas desde una perspectiva histórica. Segundo: se trata del pensamiento filosófico y científico. Tercero: de su carácter estructural, para lo que se consideran solo dos niveles, el expresivo y el ideológico. Cuarto: de las condiciones de la interpretación de ese pensar, el que es visto en su historia concreta1.

Cuando se habla de la historia del pensamiento filosófico y científico es usual representársela como varias interpretaciones, ordenadas y dispuestas cronológicamente, y en la que se puede observar una secuencia lineal finita. Lo mismo si se trata de la exposición de un contenido particular de esas teorías (Jacob, 1973, p. 17; Ortega, 1962, p. 94).

Esta manera de encarar los objetos se funda en ciertos supuestos, no siempre justificados en la exposición, entre los que se destacan: el de la sucesión, el de la genealogía, el de la continuidad, y, más veladamente, el de que el presente justifica al pasado.

Son implicaciones de esta actividad interpretativa, las que siguen:

  1. Hay un “hilo” que guía al pensamiento hasta las teorías actualmente en vigencia. La historia, extrapolando el presente hacia el pasado, ha de poner en evidencia ese hilo, eligiendo de una en una las hipótesis anteriores a la actualmente en curso, y así hasta el “origen”. Lo de menos es que la exposición comience por el origen, porque toda la serie ya está dispuesta de antemano. Es notorio en este caso el privilegio de las positividades frente a las negaciones (Jacob, 1973, p. 17).

  2. Las ideas tienen cierta independencia y se comportan como si fueran seres vivientes: nacen, engendran y mueren, y, en este proceso, “evolucionan”. La historia expone su evolución, mostrando cómo necesariamente una idea conduce a otra (p. 17).

  3. Vista desde el presente, la evolución de las ideas implica progreso y, como el paso de una a otra supone a todas las anteriores, el progreso, por ser sostenido, es continuo. La historia, al hacer un relato continuo de los acontecimientos respeta la continuidad de los mismos y cree poder revivirlos fácilmente en la continuidad del tiempo. De esta manera se da “insensiblemente a cualquier historia la unidad y continuidad de un libro” (Bachelard, 1971, p. 221).

  4. Como los progresos científicos (y filosóficos) fueron muy lentos en un principio y la ciencia surge lentamente del cuerpo de conocimientos comunes, “se cree tener la certidumbre definitiva de la continuidad” entre ambos. Por tanto, resulta axiomática la preposición que afirma: si los inicios son lentos, los progresos son continuos (Bachelard, 1971, pp. 221-222).

  5. A partir de su independencia, las ideas configuran un mundo que se rige por sus propias leyes. La historia no necesita más que poner a la vista la “objetividad”de esas leyes que rigen y definen su inmanencia (Ortega, 1962, pp. 94-95).

Conviene, sin embargo, esclarecer las dificultades que se presentan al asumir este criterio. Según esto, por ejemplo,

la generación espontánea comienza a esfumarse con las experiencias de Francisco Redi. Pierde todavía más terreno con las experiencias de Spallanzani, y desaparece definitivamente con las de Pasteur (Jacob, 1972).

Pero entonces, no se comprende,

por qué se necesita esperar que Pasteur repita, aún perfeccionándolos, los trabajos de Spallanzani, para obtener las mismas conclusiones. Ni por qué Neddham hace exactamente lo mismo que Spallanzani, encuentra resultados inversos y deduce conclusiones opuestas (Jacob, 1972).

Algo similar sucede con la teoría de la evolución. La historia al uso, según Jacob, muestra a Lamarck como precursor de Darwin, a Buffon como precursor de Lamarck; ve en Benoit de Maillet, el de Buffon y así sucesivamente. Pero es válido entonces preguntarse:

por qué al comienzo del siglo XIX, los mismos que como Goethe, Erasmo, Darwin o Geoffroy Saint- Hilaire, seguían atentamente los argumentos a favor del transformismo, descuidan casi totalmente las ideas de Lamarck (Jacob, 1972).

Respecto, ahora, del problema de la continuidad basada en la lentitud del progreso científico, acota Bachelard que en modo alguno puede considerarse como regla porque, si bien tiene una aparente validez en el pasado, la experiencia de la ciencia contemporánea aconseja cuestionarla. Como muestra en la cita las siguientes palabras de Hevesy:

Para los que han vivido el desarrollo de la radioactividad desde sus principios, el descubrimiento de la radioactividad artificial aparece como un milagro (p. 222).

Exagerada o no, esta afirmación es ilustrativa, no solo con referencia al asunto de la continuidad, sino también al de la sucesión y genealogía. El término “milagro” no es precisamente una alusión a la positividad de los antecedentes.

En lo que concierne a la idea de que la continuidad se funda en un progreso que exige lentitud, tampoco puede en verdad sostenerse porque, por citar un caso, ¿Cómo se explica el desarrollo “explosivo” del conocimiento, sobre todo en el siglo XX? En mayo de 1948, agrega G. Bachelard, F. C. Moon, escribiendo un prólogo para el libro Artificial Radioactivity, aparecido en Cambridge en 1949, se disculpa por no poder dar la lista completa de los cuerpos provistos de radiactividad artificial, porque se está avanzando tan rápido en esta materia, que las listas se convierten rápidamente en incompletas. En tal proliferación de descubrimientos, concluye, “Se ve que cualquier línea de continuidad es siempre un trazo demasiado grueso, un olvido de la especialidad de los detalles” (p. 223)2.

Pero los defensores de la continuidad tienen todavía otro bastión: el del tránsito progresivo del pensar común al de la ciencia. Del buen sentido, escribe Bachelard, “se quieren sacar lentamente, suavemente, los rudimentos del saber científico” (p. 225). Incluso expresiones de sabios que están en el límite de la ruptura de esa aparente continuidad, pueden resultar engañosas, como cuando Albert Einstein afirma que la ciencia no es más que la depuración del pensamiento cotidiano3. Pero si esto fuere así, ¿cómo habría que entender las palabras de Arthur Eddington cuando describe la ciencia en estos términos?:

Del mundo de la experiencia rutinaria la ciencia tiende a construir un mundo simbólico… La comprobación lisa y llana de la física moderna se refiere únicamente a un mundo de sombras, constituye uno de los últimos y más significativos adelantos (pp. 15 y 17).

Y así los casos en que la perspectiva histórico-cronológica se revela insuficiente u obsoleta, pueden encontrarse prácticamente en todas las ciencias y referidos a los más variados aspectos: objetos, lenguajes, métodos, técnicas. Ni qué decir de las transformaciones que han sufrido los propios conceptos de ciencia, verdad, conocimiento, etcétera.4

Lo anterior permite, por otro lado, constatar que tampoco hay fundamento suficiente para afirmar que las ideas constituyen un mundo de significaciones que se rige por sus propias leyes. Lo que sigue se refiere específicamente a esta cuestión.

Al respecto hay que atender, nos parece, a los siguientes principios:

Una idea expresada, una teoría, una doctrina, es una serie de proposiciones. Las proposiciones, afirma Ortega, son frases. Estas, la expresión verbal de un “sentido”. Lo inteligible, lo que entendemos, es propiamente ese sentido. Ahora bien, “es un error suponer que la frase tiene su sentido” en absoluto, abstrayendo de cuándo y por quién fue dicha o escrita” (p. 94). Nada hay de inteligible en “absoluto”, aun cuando las historias habituales supongan lo contrario. Es claro, expresa el autor citado, que a la expresión de una idea es siempre posible arrancarle algún sentido:

En todo decir transparece alguna significación. Pero ese sentido cualquiera no es el auténtico sentido de la expresión. La razón de ello está, por lo pronto, en que el lenguaje es por naturaleza equívoco. No hay ningún decir que diga sin más, lo que quiere decir. Dice solo una pequeña fracción de lo que intenta; el resto meramente lo subdice (p. 96).

de modo que lo “que de hecho manifestamos se apoya en innumerables cosas que silenciamos” y a las que podemos llegar por diferentes vías (p. 96). Según esto, todo texto se presenta siempre como fragmentario y reclama un contexto, el que primariamente es también verbal. Pero ambos a su vez suponen y hacen referencia a una situación, en vista de ello aquel decir surgió. Esta situación es “últimamente indecible: solo cabe presenciarla o imaginarla”; sin embargo, el lenguaje refiere a ella, la implica y reclama (pp. 95-96)5.

Ahora bien, si esto sucede con la expresión, acontece en grado aun mayor con la idea, con el sentido. Toda idea en una teoría, por su trabazón lógica, se singulariza en el fondo de otras ideas y contiene dentro de sí la referencia a estas. “Pero la idea no es solo el ‘sentido’, sino que es siempre ‘reacción de un hombre ante determinada situación de su vida’”, de modo tal que poseeremos su realidad solo y en tanto que podamos referirla, verla surgir de esa situación concreta y con la finalidad que le es propia. Si no es así, tendremos de ella solo un perfil vago y abstracto “No hay, pues, ‘ideas eternas’”, como parecen suponerlo tradicionalmente las historias del pensamiento. “Una ‘historia de las ideas’-filosóficas, matemáticas, políticas, económicas- según suele entenderse bajo este título es imposible. Esas ideas… no tienen historia” (pp. 96-99).6

No es posible entonces, concluye Ortega, querer mostrar que una idea influye en otra, porque técnicamente una idea no puede influir sino en un hombre concreto que reacciona ante esa influencia con otra idea; por lo que no es posible intentar una verdadera historia prescindiendo de los hombres. Por tanto, solo externamente se puede observar que estos hombres, y por lo mismo sus ideas, se suceden de manera progresiva, lenta y continuamente.

La “nueva” actitud histórica, al procurar hablar más de las estructuras que de las cronologías, va, a juicio de Roland Barthes (1970), más allá de un simple cambio de escuelas; va en busca de una transformación ideológica, y esta transformación muestra que el “signo de la historia es en adelante no tanto lo real como lo inteligible” (p. 50). ¿Cómo aprehender entonces, concretamente, el sentido que es reclamado por la interpretación?

Siendo toda ciencia una investigación específica, cada una de ellas tiene su historia inmanente y solo puede, en realidad, ser comprendida en función de sus propios problemas (Koyré, 1973b). Pero estos problemas, ha dicho A. Koyré, suscitan de uno u otro modo la convicción de una unidad en el pensamiento humano, porque este, cuando se formula en sistema (científico, filosófico, político), “Implica una imagen, o mejor, una concepción del mundo y se sitúa con relación a ella” (Koyré, 1973b). Esta situación general da estructura definitiva a una teoría, y la historia ha de poder evidenciar esas relaciones. Para esto, Koyré recomienda: situar las obras estudiadas en su medio intelectual y espiritual; interpretarlas en función de los hábitos mentales, de las preferencias y aversiones de sus autores; no ceder a la tentación de traducirlas a un lenguaje moderno; integrar en la historia de un pensamiento, la forma en que era comprendido y su situación con referencia a aquel que le precedía y aquel que le acompañaba; y, finalmente, estudiar los errores y los fracasos con tanto cuidado como los éxitos, porque aquellos no solo son instructivos, sino también reveladores de las dificultades que es preciso superar y de los obstáculos que se necesita vencer (Koyré, 1973b).

Así, se trata de ver la situación como un ámbito de condiciones del pensar que el propio pensar debe develar, y que también puede ser comprendido, a la manera de F. Jacob, como un “campo de lo posible”. Desde esta noción, el autor mencionado recomienda investigar,

de qué manera los objetivos se transforman en accesible al análisis, permitiendo así a nuevos dominios convertirse en ciencias (Koyré, 1973a, pp. 17-18).

Y para ello conviene, dice,

precisar la naturaleza de esos objetos, la actitud de aquellos que los estudian, su manera de observar, los obstáculos que su cultura levanta ante ellos (pp. 17-18).

Se reconoce de esta manera un dominio que el pensamiento histórico debe explorar y donde debe tratar de establecer un orden,

un mundo de relaciones abstractas que estén de acuerdo no solamente con las observaciones y las técnicas, sino también con las prácticas, los valores, las interpretaciones en vigencia (pp. 17-18).

Y lo mismo que A. Koyré, reconoce que, en esta actitud interpretativa, las ideas antes repudiadas “cobran a menudo tanta importancia como aquellas con las que se identifica la ciencia actual, y los obstáculos, tanta importancia como los éxitos”.

Como se puede observar, ya no se trata de buscar el camino más fácil, el hilo conductor que guio a las ideas y que, progresivamente y de manera necesaria han llegado hasta la actualidad como si tuviesen vida propia y, por tanto, configurarán un mundo independiente.

Se trata más bien de “captar el avance del pensamiento en el movimiento mismo de su actividad creadora” (Koyré, 1973a), “de ubicar las etapas del conocimiento, de precisar las transformaciones, de captar las condiciones que permiten a los objetos entrar en el campo de lo posible” (p. 19). En otras palabras, de justificar, de dar razón de tal o cual interpretación. Y para esto, como se ha visto, es imprescindible salvar la barrera de lo abstracto y asumir los hechos desde su condición real, desde su historicidad. El sentido histórico que ella reclama, nos permitirá descubrir al otro en su realidad y comprenderlo, esto es, hacérnoslo verosímil. Y tanto o más importante: evidenciar no solo el conjunto de supuestos que lo han motivado, sino que también por retroefecto, descubrir nuestros propios supuestos; no solo sus límites, sino que también los nuestros. El conocimiento de ellos, dice Ortega, es la única forma en que nos es otorgada la posibilidad de trascenderlos (Ortega, 1962, p.92)7.

Obras citadas

Bachelard, Gastón (1971). Epistemología (textos escogidos por Dominique Lecourt). Barcelona: Anagrama. [ Links ]

Barthes, Roland (1970). “El discurso de la historia”, en R.B. y otros . Estructuralismo y literatura. Buenos Aires: Nueva Visión. [ Links ]

Eddington, Arthur (1952). La naturaleza del mundo físico. Buenos Aires: Sudamericana. [ Links ]

Jacob, Francois (1973). La lógica de lo viviente, Santiago: Universitaria. [ Links ]

Koyré, Alexandre (1973a). “Perspectivas sobre la historia de las ciencias”, en Études d’ histoire de la pensée scientifique. Paris: Gallimard. [ Links ]

_____ (1973b). “Orientación y proyectos de investigación y perspectivas de la historia de la ciencia”, en Alexandre Koyre. Estudios de historia del pensamiento científico. México: Siglo XXI. [ Links ]

Ortega y Gasset, José. (1962). “Ideas para una historia de la filosofía (Prólogo a la historia de la filosofía de Emile Brehier)”, en: J. O. y G., Historia como sistema, Madrid: Editorial Revista de Occidente, Colección El Arquero. [ Links ]

Toffler, Alvin (1974). El shock del futuro. Barcelona: Plaza y Janés. [ Links ]

1Las consideraciones que siguen están guiadas por el objetivo de contribuir con una actitud que impide leer todas las ideas como si fuesen contemporáneas nuestras. Este objetivo justifica su carácter general y aleatorio.

2Un excelente libro en el que se recogen informaciones sobre descubrimientos y nuevas ideas en todos los campos de las ciencias, sigue siendo el “Shock del futuro”, de Alvin Toffler. Luego de referirse a uno de los tantos ámbitos en el que se observa la aceleración de los cambios, el autor comenta la anacronía de la perspectiva cronológica y continuista, con estas palabras: “La raya que, en un gráfico representase el progreso de la última generación, saldría verticalmente de la página” (Toffler, 1974, p. 39).

3Albert Einstein, “La física y la realidad” (Citado de una publicación mimeografiada, a cargo del profesor D. Félix Schwartmann, para un curso de Filosofía de las Ciencias, Universidad de Chile, 1967.

4Ver en José Ortega y Gasset: “La idea de principio en Leibniz”; Max Plank: “A donde va la ciencia”; Werner Heisemberg: “La imagen de la naturaleza en la ciencia actual”.

5Para este tema, pueden consultarse también: “El hombre y la gente”, “Espíritu de la letra”, “Misión del Bibliotecario”, “Papeles sobre Velázquez y Goya”, etcétera.

6Véase también “Origen y epílogo de la filosofía”, “Apuntes sobre el pensamiento, ideas y creencias”, “Historia como sistema”.

7Al respecto pueden consultarse también, Gastón Bachelard, “La filosofía del no” y W. K. C. Guthrie, “Los filósofos griegos”.

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