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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.50 Osorno June 2020

http://dx.doi.org/10.32735/s0718-2201202000050797 

ARTÍCULO

HACIA UNA CRÍTICA EPISTEMOLÓGICA DE LA TEORÍA LITERARIA: LA VERDAD DEL POEMA Y LA VERDAD DEL MATEMA EN LA REPÚBLICA DE PLATÓN

Towards an epistemological critique of literary theory: the truth of the poem and the mathema in Plato´s The Republic

Roberto Chuit Roganovich* 

*Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). r.chuitroganovich@gmail.com

Resumen:

El objetivo del presente trabajo es acercarnos no ya en clave epistemológica a la pregunta específica que se realiza respecto de la teoría literaria (que deviene obligatoriamente en la construcción de un objeto de estudio), sino por el contrario, a la pregunta mediada por la idea de verdad que la filosofía (en específico, la de Platón) le ha hecho a la literatura. Creemos que en los textos de Platón existe una intuición fundamental que de manera implícita ha puesto en marcha múltiples aparatos teóricos que intentaron dar cuenta de la literatura. La intuición, sin dilaciones, es la siguiente: la poesía no es matemática. Nuestro interés entonces es reconocer las periferias del diálogo inaugurado por Platón entre el concepto de verdad (siempre mutable) y la idea de literatura, como así también sus recíprocas determinaciones, y su pregnancia (siempre desoída) en los discursos que han abordado a la literatura en clave teórica.

Palabras clave: Epistemología; Teoría Literaria; Platón; Althusser

Abstract:

In the present work the objective is not only to approach in an epistemological key to the specific question asked by literary theory (which necessarily becomes the construction of an object of study) but rather the question, mediated by the idea of truth, that philosophy (specifically, that of Plato) has done to literature. We believe that in Plato's texts there is a fundamental intuition that implicitly has set in motion multiple theoretical devices that tried to account for literature. The intuition, without delay, is the following: poetry is not mathematical. Our interest then is to recognize the peripheries of the dialogue inaugurated by Plato between the concept of truth (always mutable) and the idea of literature, as well as their reciprocal determinations, and their pregnancy (always ignored/unheeded) in the discourses that have addressed literature in a theoretical key.

Key words: Epistemology; Literary Theory; Plato; Althusser

I. Introducción

Si la teoría literaria es considerada una forma muy específica de saber, es porque ella se otorga a sí misma no un dominio (es decir, las obras literarias) sino más bien un objeto, que es el producto de la práctica científica, y no su base (Macherey, 1974). De este modo, y desde nuestra perspectiva, creemos que puede resultar de utilidad abordar la teoría literaria “planteando la cuestión de su relación con su objeto, por lo tanto, planteando simultáneamente la cuestión de la especificidad de su objeto y la cuestión de la especificidad de su relación con este objeto” (Althusser y Balibar, 2010, p. 19). La caracterización exhaustiva del trabajo crítico respecto de la literatura, entonces, no puede realizarse, como lo ha hecho la historiografía contemporánea, mediante la mera descripción empírica de su labor (Rodríguez, 2002). Es necesario, por el contrario, exponer la forma de racionalidad específica (Althusser y Balibar, 2010) de su empresa. Esto supone que la crítica epistemológica al campo clásico (Dalmaroni, 2011) del estudio de la literatura, como también la crítica a aquellas propuestas historiográficas que lo abordan de manera insuficiente solo se hace posible, en principio, mediante dos preguntas centrales: la pregunta por el objeto de conocimiento específico que se brinda la teoría literaria (Vernier, 1975), y la pregunta por el método que la teoría utiliza para tratar su objeto (Macherey, 1974).

En este breve trabajo sin embargo no es nuestro interés dar una idea exhaustiva del problema de la relación entre la teoría literaria y su objeto sino más bien de las periferias de este diálogo; en otras palabras, el objetivo es acercarnos no ya en clave epistemológica a la pregunta específica que se realiza la teoría literaria (que deviene obligatoriamente en la construcción de un objeto de estudio), sino por el contrario a las implicancias de esta delimitación. Acaso la pregunta -que por limitaciones formales no será tratada aquí- queda planteada, siempre de forma diferida: ¿es posible, al decir de Vernier, una ciencia de lo literario, o más bien son las verdades del arte irreductibles, como expone Badiou (2009), a los otros procedimientos genéricos de verdad (por caso, la ciencia)? En una palabra: no creemos que esta pregunta esté bien formulada. A nuestro entender, la teoría literaria ha insistido históricamente en presentarla de forma maniqueísta, como si emergiese de suyo (esto es, de una delimitación siempre previa pero no del todo consciente referida a la “esencia” de lo literario), cuando en verdad se pierde de vista que la disyuntiva no es sino asimétrica, y que cada una de sus vertientes responde, por razones que no podremos exponer en el presente trabajo, a generalidades que no atañen a los mismos ámbitos de debate.

Sin embargo, de un modo u otro, creemos que esta disyuntiva no deja de plantear una zona de discusión válida: la ausencia generalizada de una reflexión sobre la teoría tiende a reforzar el carácter oculto de filiaciones filosóficas específicas que terminan por repercutir de manera directa en la caracterización del objeto de estudio y en el método con el que se lo aborda. Es necesario destacar que si seguimos haciendo uso de términos propios del campo de la ciencia (como “objeto”, o “método”) no es porque hemos dado por resuelta la pregunta que planteamos más arriba (no por lo menos aquí, en este trabajo, de forma fundada). Esperemos se tome, por lo menos por ahora, esta batería de conceptos no como una expresa filiación a la crítica epistemológica (a pesar de que nos enmarcamos en la tradición althusseriana), sino más bien como metáforas que tornan un tanto más visibles el tema que nos compete.

Ahora bien, si la literatura no existe sino como un concreto de pensamiento, esto es, como el efecto de un conjunto de abstracciones teóricamente articuladas que son, en definitiva, las delimitaciones que nos permitirían abordarla como un dominio específico; si aquello que entendemos por literatura, decimos, no es otra cosa -para el aparato que lo aborda- más que un cercamiento siempre teórico, entonces el estudio de este cercamiento, de estos límites, de estas prerrogativas que operan proactivamente en la práctica de análisis es todavía una tarea necesaria. Así, creemos que es posible (sin mediar necesariamente con una arqueología de corte foucaultiana) preguntarse cuáles son los emplazamientos -abstractos, es decir, teóricos- de los diversos proyectos discursivos que han intentado dar cuenta de forma integral del fenómeno de la literatura. Es justamente el trazado del diagrama genealógico de las ideas y los conceptos que conforman nuestra teoría el que funciona como una asignatura (pendiente y crítica) que permite sanear de antemano callejones sin salida.

Este trabajo que excede en mucho a un artículo puede resultar de utilidad al momento de emprender una investigación literaria toda vez que, por lo general, las intuiciones de los analistas del discurso o de los críticos literarios pierden de vista los complejos teóricos en los que se enmarcan. A esta altura podríamos decir ya lo obvio: hablar de aquello que entendemos por literatura, así sin más, no es en estricto realizar su teoría. La pregunta por la especificidad de la literatura, y por extensión, la pregunta por la especificidad de la teoría literaria se ha visto, en amplia mayoría, relegada a la adenda de los manuales. El objetivo de este pequeño aporte consiste en hacer emerger (en una lectura retrospectiva) un conjunto de interrogantes que creemos han impregnado de manera sistemática la teoría literaria. Si bien, como ya expusimos, el problema del objeto y el método debe ser abordado con toda la seriedad que esto demanda, en este breve capítulo nos centraremos en observar qué cree que es la literatura la filosofía.

II. Matema y poema

Nuestro recorrido empieza en Platón. Esta elección no es en absoluto casual. A diferencia de Bayer (1980, pp. 34-39), quien considera que toda la filosofía metafísica de Platón debiera, con las debidas precauciones, ser considerada como una estética, nosotros consideramos que en Platón podemos encontrar, en germen, el comienzo de la pregunta por el arte, es decir, el germen de un conjunto de intuiciones que calaron hondo de forma no siempre explícita en los diversos proyectos teóricos que intentaron abordar la literatura. En otras palabras: no nos interesa Platón en tanto, blanco sobre negro y según Bayer, no hablaría de otra cosa más que del arte (fundando en definitiva una disciplina que no se formaliza sino hasta las primeras décadas de la llamada modernidad); nos interesa Platón más bien en cuanto sus intuiciones (de gran pregnancia) han sido dificultosamente distinguidas y examinadas por la teoría literaria, y en cuanto su influencia no ha sido, hasta nuestros días (a excepción de ciertos textos de Badiou), planteada en toda su complejidad.

Creemos que el problema platónico puede ser enmarcado, de manera muy general, en el espacio que se inaugura por la emergencia de la pregunta por el hombre en detrimento de la pregunta por la physis. De ahí en más, el aporte platónico estaría atravesado, en suma, por el problema de la conformación de las mentes y la educación de los guardianes -y no en estricto por el arte-. El Libro II se abre, sin preámbulos, con la pregunta por la crianza y la educación. Después de haber enumerado y descrito brevemente las características y ventajas de la gimnasia y la música en la enseñanza, Sócrates intenta establecer una distinción fugaz entre aquellas narraciones (siempre por ahora musicales) falsas y aquellas verídicas. Habría que precavernos, nos dice Sócrates, de aquellas que dan con palabras “una falsa imagen de la naturaleza de dioses y héroes, como un pintor cuyo retrato no presentara la menor similitud con relación al modelo que intentara reproducir”. Nos interesa esta afirmación en tanto se encuentra casi de forma premonitoria en los umbrales del texto. La explicación de su relevancia será llevada a cabo en las próximas páginas. Así, en la medida en que constituye la clave de nuestra lectura, y a pesar de su extrañeza, adelantaremos el primer axioma socrático en referencia a la poesía: en orden a desarrollar una educación a la altura de los requerimientos de la polis, la exclusión de las fábulas referidas a la titanomaquia y a la teomaquia deben ser censuradas, en tanto tienden a presentar de manera violenta y despótica a los dioses, lo que genera confusiones al alejarse de los modelos didácticos convenidos.

Sin embargo, nos interesa especialmente el Libro X de La república. El diálogo entre Sócrates y Glaucón comienza así:

Y es por muchas otras razones por lo que considero que hemos fundado el Estado de un modo enteramente correcto, y puedo decir que esto ocurre sobre todo lo discurrido acerca de la poesía ¿A qué te refieres? Al no aceptar de ningún modo la poesía imitativa; en efecto, según me pare ce, ahora resulta absolutamente claro que no debe ser admitida, visto que hemos discernido las partes del alma (Platón, 1988, p. 457).

La demanda de censura se explicita recién en el Libro X de forma clara y taxativa. En un grado tercero de verdad (representación de la representación de la Idea), al arte le correspondería la representación ya no de lo que es tal como es sino más bien de lo que parece tal como parece. El arte “sano” tendería a poner en escena entonces, pero siempre en clave diferida, los rasgos generales de la participación de las cosas a las Ideas:

Estamos de acuerdo en cuanto al imitador. Dime ahora lo siguiente con respecto al pintor: ¿qué es lo que crees que intentará imitar, lo que en cada caso está en la naturaleza o las obras de los artesanos? Las obras de los artesanos. ¿Tal como son o tal como aparecen? Delimita más aún esto. ¿Qué quieres decir? Esto: si contemplas una cama de costado o de frente o de cualquier otro modo, ¿difiere en algo de sí misma, o no difiere en nada, aunque parece diversa? Y lo mismo con lo demás. Parece diferir, pero no difiere en nada. Examina ahora esto: ¿qué es lo que persigue la pintura con respecto a cada objeto, imitar a lo que es tal como es o a lo que a parece tal como aparece? O sea, ¿es imitación de la realidad o de la apariencia? De la apariencia. En tal caso el arte mimético está sin duda lejos de la verdad, según parece; y por eso produce todas las cosas pero toca apenas un poco de cada una, y este poco es una imagen. Por ejemplo, el pintor, digamos, retratará a un zapatero, a un carpintero y a todos los demás artesanos, aunque no tenga ninguna experiencia en estas artes. No obstante, si es buen pintor, al retratar a un carpintero y mostrar su cuadro de lejos, engañará a niños y a hombres insensatos, haciéndoles creer que es un carpintero de verdad (Platón, 1988, p. 462).

La condena platónica no recae en la capacidad del arte de dirigir la mirada hacia la Idea, sino por lo contrario por su presentación despótica -en pulsión tiránica- como el facsímil del proceso dialéctico. El problema no es el arte en su operatividad, ni en su mecanismo (volveremos acerca de esto más adelante), sino más bien en su pretensión mimética de generalidad: apariencia de una verdad automática y desnuda, agotable en su ser-ahí. Este conflicto no requeriría demasiado trato si la pretensión del arte fuera una mera representación de lo mudable (es decir, de las cosas del mundo para cuya percepción existen órganos específicos). Así es como, en tanto no hay en la poesía imitativa una mera formalización de lo sensible -hay que admitirlo: la poesía es una forma de pensamiento que excede a la representación de las cosas del mundo-, y en tanto el objeto del conocimiento no es el fenómeno mudable sino el ente, Platón distingue un problema infranqueable.

A pesar de esto, la posibilidad de una verdad inmediata, de una totalidad expuesta y expresiva como la que propone según Platón la poesía imitativa, desvía del desvío (Badiou, 2009, p. 46). Si la verdad es posible como encanto de lo verdadero (decimos, como imagen transparente y lúcida) el largo camino ascendente de los particulares al universal modelo (lo que hace posible la definición, como unificación de lo múltiple) sería inútil; si la verdad es posible como imagen (es decir, como sensible), al alma no puede quedarle más que abandonar la posibilidad de llevar a cabo la investigación de (esto es, conocer) la particularidad de la reminiscencia. De forma sucinta: para preservar la potencia de la dialéctica se vuelve necesario condenar, a los ojos de Platón, el efecto de verdad falsario del arte. Una de las aristas de la contienda infinita entre la poesía y la filosofía (Parménides entendió de esto) se hace legible a partir del material con el que ambos procedimientos tratan. En tanto es imposible para el alma omitir opiniones contrarias respecto de lo mismo Platón sostiene que la parte que opina según el medir, el contar y el pesar no puede ser la misma que la que imita, en cuanto no es capaz de ofrecer un discurso verdadero de la bondad o maldad de las cosas que representa. Mientras la filosofía contempla lo que es común a todas las cosas, la poesía se vuelca hacia las dolencias de la naturaleza, hacia la representación de lo que para la multitud pasa por bello, en suma, hacia la doxa; mientras el alma se eleva en la búsqueda de la diferencia específica como la razón de las cosas, la poesía imitativa lleva a cabo su práctica siempre en el estado de eikasía (analogía, conjetura).

Todo sucede como si Platón reconociese en positividad a la poesía imitativa, limitando sin embargo (y en nombre del Estado) su operatividad. El arte no es verdaderamente ser sino verdaderamente imagen. En tanto el arte es verdaderamente imagen, y no verdaderamente ser, y en tanto la poesía imitativa se pone en acto en simbiosis con la doxa (siempre de forma analógica y comparativa), entonces la “educación de los guardianes” no es una tarea que le corresponda de hecho (o no, por lo menos, en los primeros dos niveles de cercanía a la verdad). Por eso mismo, en el diálogo del décimo libro de la República Sócrates no solo se encarga de excluir a la poesía imitativa de la Academia, sino también del Estado:

Esto es lo que quería decir como disculpa, al retomar a la poesía, por haberla desterrado del Estado, por ser ella de la índole que es: la razón nos lo ha exigido. Y digámosle, además, para que no nos acuse de duros y torpes, que la desavenencia entre la filosofía y la poesía viene de antiguo. Leemos, por ejemplo, “la perra gruñona que ladra a su amo”, “importante en la charla vacía de los tontos”, “la multitud de las cabezas excesivamente sabias”, “los pensadores sutiles porque son pobres”, y mil otras señales de este antagonismo. No obstante, quede dicho que, si la poesía imitativa y dirigida al placer puede alegar alguna razón por la que es necesario que exista en un Estado bien gobernado, la admitiremos complacidos, conscientes como estamos de ser hechizados por ella. Pero sería sacrílego renunciar a lo que creemos verdadero. Dime, amigo mío, ¿no te dejas embrujar tú también por la poesía, sobre todo cuando la contemplas a través de Homero? Sí, mucho (Platón, 1988, p. 476).

Aún así, la posibilidad de permanencia de la poesía imitativa en la República no parece zanjarse por lo que la poesía tiene de suyo. No hay en la contienda por esta permanencia un lugar para el discurso específico de la poesía, para su propio litigio y defensa, para la vindicación de su propia fuerza. La verdad del procedimiento estético (es decir, la imagen) está aquí siempre determinada por una verdad externa y que le excede, la verdad política de la polis: se abrirán entonces las puertas de Atenas para el arte que hinque su rodilla a las necesidades pedagógicas y educativas del Estado. Si en el primer gesto la positividad adquirida de la poesía es desestimada por la potencia de la dialéctica, en este segundo gesto la positividad de la poesía es desestimada por la necesidad de comunión política. La sujeción es doble, y en ambos casos hay un posible de pensamiento (no conocedor, no dialéctico) -el pensamiento literario- que no reconoce más que en su interior, es decir, solitariamente, su propia independencia.

A pesar de todo, y es necesario recordarlo, la exclusión de la poesía no radicaría exclusivamente en su estrechez ontológica, lo que obliga a poner en marcha una determinación de la verdad del arte por la vida de la República, ni tampoco en la operación falsaria (la pretensión) del arte a sazón de aquello que es verdadero; radicaría, más bien, en la imposibilidad del arte mimético de representar un pensamiento discursivo -dianoia-, en la imposibilidad de dar cuenta de un pensamiento que deduce y que va más allá, como el pensamiento matemático (Badiou, Pequeño manual de inestética).

La intuición no deja de ser, en última instancia, acertada: la literatura no es matemática.

Aún así, no es el objetivo de este trabajo establecer las bases de una historia crítica de la teoría literaria (o los fundamentos, en este momento histórico-intelectuales, de una crítica epistemológica de la literatura) sino más bien reconocer las periferias del diálogo inaugurado por Platón entre el concepto de verdad (siempre mutable) y el concepto de literatura, y sus recíprocas determinaciones. Creemos, pues, que a lo largo de la historia esta intuición, “la literatura no es matemática”, ha puesto en marcha múltiples aparatos teóricos que intentaron dar cuenta de la literatura. Por ejemplo, y a modo meramente ilustrativo:

  • Si existe la necesidad, en clave prescriptiva, es decir, reconociendo como indeseable la escisión que separa la poesía de la matemática, pero reconociendo a la vez la obligada determinación de la ciencia sobre la práctica del arte, lo que nos llevaría a reconstituir luego el binomio bajo el dominio de lo verdadero; si existe esta necesidad, decimos, de que el arte mimético produzca conocimiento según el régimen científico de la verdad (pero aún según su propio mecanismo, su propio artificio), ¿tendería la teoría literaria traducir el conocimiento híbrido, apóstata, propio de la literatura, a una forma de pensamiento puro, al decir platónico, dialéctico, que remita al ‘gran recorrido de las ideas’?.

  • Por el contrario, si existe la necesidad de que la producción de verdades por parte del arte, si es que efectivamente las produce, sea distinguida del concepto de verdad clásico (lo que aprobaría la intuición platónica), ¿tendería la teoría literaria a encargarse de reponer el sentido oculto de las obras literarias en orden a establecer el índice de verdades producidas por esta esfera indeterminada por nada más que por su propia fuerza autotélica?, ¿o tendería, siguiendo esta vertiente pero en una forma hiperbolizada, considerar a la literatura como una forma específica de conocimiento, y de ese modo, emprender un trabajo de escucha y sistematización que redunde en una acumulación indefinida del conocimiento sobre el conocimiento que ofrece la literatura?, ¿o debería la teoría literaria, de forma inversa, y previniéndose no solo de considerar a la literatura como una forma específica de conocimiento sino también previniéndose de dotar a la esfera de la literatura de un carácter radicalmente autónomo, dedicarse a reconstruir las condiciones históricas de emergencia de los sentidos literarios para luego ahondar en el estudio de la función, por llamarlo de algún modo, de la literatura a lo largo de la historia?.

  • De otro modo, si la relación entre la poesía y la matemática es desestimada por su fiel obligatorio, es decir, el concepto de verdad, si se desestima este binomio, en suma, por la desaparición del referente no solo del sistema de la lengua, sino también del mecanismo de expresión literaria -lo que nos permitiría entender cómo la relación entre el lenguaje poético y la realidad es siempre una relación ficcional que nada tiene que ver con los regímenes de lo falso y lo verdadero-, ¿tendería la teoría literaria a limitarse a dar cuenta de los modos por los que la literatura no produce sino un discurso sobre sí misma?, ¿debería acaso la teoría literaria volcarse, más bien, a una práctica investigativa que le permita reconstruir la estructura que funciona, en estricto, como condición del sentido de las obras?.

III. Cierre

Este breve artículo es meramente introductorio. Estas vertientes analíticas (derivadas a grandes rasgos por la posición de cada uno de los elementos de la ecuación) deben ser abordadas en su especificidad.

Estratégicamente, sin embargo, creemos necesario centrarnos en el estudio de tres enormes corrientes de pensamiento que han terminado por definir en grueso el campo de estudios filosóficos occidentales en el siglo XX: la exégesis milenarista (y su relación con el romanticismo), el marxismo y el psicoanálisis. Nos resulta imprescindible, dicho esto, abocarnos a un estudio minucioso de los diferentes constructos teóricos que han intentado dar cuenta de la literatura, destacando sus aciertos y sus errores, con el fin de demarcar el terreno para un proyecto que excede en mucho este breve artículo. La comprensión cabal de las notas esenciales de estas prácticas teóricas es sin lugar a dudas el punto de partida de toda crítica epistemológica seria. Badiou expone los términos del debate en forma clara:

Las categorías de esa relación son la inmanencia y la singularidad. La “inmanencia” remite a la siguiente pregunta: ¿es la verdad realmente interior al efecto artístico de las obras? ¿O bien la obra de arte es sólo un instrumento de una verdad exterior?. La “singularidad” remite a otra cuestión: ¿la verdad que testimonia el arte le es absolutamente propia? ¿O puede circular dentro de otros registros del pensamiento obrante? (Badiou, 2009, p. 53).

Esta justificación nos libera casi de forma automática de una crítica meramente condenatoria: lejos estamos de afirmar el carácter utilitarista con el que las grandes corrientes del pensamiento del siglo XX se han acercado a la literatura. Así, por fuera de la necesidad imperante de la develación de la palabra de Dios (en el caso de la exégesis milenarista, y posteriormente, el romanticismo y la hermenéutica), de la necesidad imperante de la instrucción de los sujetos revolucionarios (en el caso del marxismo), y de la necesidad imperante de la cura (en el caso del psicoanálisis), consideramos que las relaciones aquí planteadas -aunque parezcan prescindir en absoluto de la literatura- allanan en gran medida el complejo camino de la teoría1. La literatura, si el interés es dotarla de un estatuto ontológico serio, con el fin de poder abordarla en su especificidad y complejidad, no puede ser ni la encarnación del designio divino, ni de la catarsis, ni del “fin de la ideología” (en términos de la vulgata marxista). Para verse liberada, la literatura no puede ser ni la palabra de Dios, ni la de la cura, ni la de la revolución proletaria. ¿Qué debería ser entonces, qué es entonces la literatura? Es sin duda un proyecto de larguísimo aliento. Hacia allá vamos.

Obras citadas

Althusser, Louis y Balibar, Etienne (2010). Para leer El Capital. Madrid: Siglo Veintiuno. [ Links ]

Badiou, Alain (2009). Pequeño manual de inestética. Buenos Aires: Prometeo. [ Links ]

Bayer, Raymond (1980). Historia de la estética. México: Fondo de Cultura Económica. [ Links ]

Dalmaroni, Miguel (2011). “Discusiones preliminares: el campo clásico y el corpus”. La investigación literaria, editado por Dalmaroni, Miguel, Santa Fe, UNL: 63-80. [ Links ]

Macherey, Pierre (1974). Para una teoría de la producción literaria. Caracas: Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela. [ Links ]

Platón (1988). Diálogos. Barcelona: Gredos. [ Links ]

Rodríguez, Juan Carlos (2002). De qué hablamos cuando hablamos de literatura. Granada: Comares. [ Links ]

Vernier, France (1975). ¿Es posible una ciencia de lo literario?. Madrid: Ramón Akal González. [ Links ]

1 Estas reflexiones se desarrollan en el marco de un trabajo nuestro titulado: “Reflexiones en torno a la verdad de la literatura: inmanencia y singularidad en la exégesis milenarista, el marxismo y el psicoanálisis”, aún inédito.

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