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Alpha (Osorno)

On-line version ISSN 0718-2201

Alpha  no.50 Osorno June 2020

http://dx.doi.org/10.32735/s0718-2201202000050799 

NOTA

UNA EXPERIENCIA DE DESPLAZAMIENTO EN CHAIHUÍN

An experience of displacement in corral

Ángela Parga León* 

*Universidad de Los Lagos (Chile). angela.parga@ulagos.cl

Aproximar la mirada

Abrir el postigo y disponer la mirada. De pie, ante el hueco del visillo movido a causa del viento, se malogra el sol en su intensidad por un frío que proviene de las murallas del delicado velo de polvo en los sillones, de la espesura en que todos los vahos de la cocina sumergen la mañana frente al océano; y entonces, cuando comienzo a aferrarme a los aspectos gratos de la vida costera, a don Marcos Huala le sobreviene una especie de eminente fatalismo; relata que en unos meses, el río no ha arrojado caracoles, porque una embarcación japonesa ha violado el funcionamiento de la soberanía local arrastrando desde el lecho del río, todo molusco existente. A la sazón, desplegándose invisible a lo largo de las paredes hasta llegar al extremo de la sala, como un recién nacido, el nuevo campo de fuerzas abre su ojo puntiagudo para anunciarnos la presencia del tráfico transnacional al interior de la comunidad de Chaihuín1. Y es que esta última, en palabras de Arjun Appadurai, se ha constituido en un mundo de flujos (1998b:3); en un espacio en el que paisaje, fauna, humanos, bienes, tecnología y objetos, se expresan como propios de una experiencia de movimiento; al interior de la historia de la localidad, los acontecimientos no han permanecido puros e incluso, progresivamente, las formas estables como sus estructuras sociales han tenido la capacidad de someter a los hombres a encuentros con la contingencia, su desborde y la alteridad.

Los pescadores y buzos de Chaihuín gobiernan sus botes con una afable camaradería, al remontar el río o navegándolo corriente abajo; sin embargo allá en el mar, las relaciones ecológicas que el paisaje funda imponen al lugareño la necesidad de una aguda conciencia de poder como de la substancia apremiante que subyace a las aguas, ahí en la hondura más temible la aflicción toma la forma de violencia: entre los roqueríos proyectados hacia la viscosa obscuridad, el buzo se adentra por la estrechez de un socavón y la proximidad de un ojo vigilante le hace sentir su presencia animal, el celo de la anguila abre la realidad hacia el encuentro con el buzo y no habiendo acabado de morder el interior de su muslo, en la espina del congrio punza el dolor más extremo que el gancho de arrastre ha infringido para asirlo con pasión humana; en tan solo unos segundos de sacudida otra clavada de aguja le arroja a la red y aquello que había parecido un ataque no era más que la fantasmagoría cálida y absolutamente cierta de una reciprocidad que ha caído frente al asalto. De este modo, buzo y culebra cimentan una estabilidad y aparente garantía respecto de la identificación con el paisaje, ambos ponen en juego la posibilidad de la falta de sentido en fracciones de segundos, pues las particularidades de la pesca artesanal exponen los avatares que las primeras bandas nómades enfrentaron ante las aguas bordeando la cordillera de la costa. Mas en la orilla, la enorme soledad de la contingencia se presenta como escapatoria a las generalizaciones que las relaciones a nivel global no escatiman.

Antes de perderme en la distancia entre las pequeñas islas de juncos, percibo el flujo sistemático y disyuntivo de la localidad; Appadurai en sus reflexiones acerca de la modernidad a la postre distingue la temporalidad que estas pequeñas sociedades establecen en vinculación con estructuras institucionales mayores, sean estas de tipo político, administrativo o económico (1998a, 75); así, las diferentes velocidades de la acción humana sobre el paisaje2 de Chaihuín, como los efectos que la naturaleza imprime en el carácter de sus gentes, crea y recrea, abierta y continuamente una experiencia paisajística natural y cultural3 heterogénea, cuya identidad se sobrepone a los efectos destructivos y acumulativos del proyecto modernizante estatal y privado; en palabras de Belladina Torres:

Aquí no se trabaja para la forestal, aquí los jóvenes se van, solo los viejos quedamos, nacidos y criados aquí, me casé con un pescador de toda la vida; mis hijos se fueron y ahora han vuelto; los jóvenes se van a trabajar y a armar familia para volver (…) pero aquí sólo la pesca.

En la corniza de Huape4, el hogar de Belladina se erige a unos trescientos metros sobre la fuerte colisión del mar, en su faldeo, coihues, notros y olivillos5 refrescan el descenso; Belladina camina hacia la playa de Chaihuín como gran parte de las ancianas que allí viven y que encarnan toda la red de parentesco y vivienda, configurado por el sistema matrilocal. Dueñas de amplias extensiones de tierra, recorren dos a tres kilómetros con el objeto de conocer el acontecer de sus familiares; conservando cierta altivez ante los soplidos de un “Mitsubishi L200”, cuatro por cuatro, o una “Ford Ranger” doble cabina, ellas demarcan la topografía efímera y horizontal de la planicie, -y como logro ver- los puntos de origen y fin de sus trayectos, no necesariamente han de converger en un solo eje como el económico; la matrilocalidad no solo enfatiza el prestigio y adquisición de bienes por línea materna, “eran de mi madre estas tierras donde yo vivo y mis nietos también” (Belladina); “la casa en la que primero viví era de mi madre” (Marcos Huala), sino también expresan en las ancianas, la intimidad del habitar doméstico en donde oscilan ligeramente recuerdos de hombres y embarcaciones. Rellenando las teteras, el cuerpo viejo alberga vivencias, imágenes y objetos que sirven a los más jóvenes; en efecto, ellas son la autoridad custodia de los niños, “ya tengo nueve bisnietos y crío a tres” -relata la anciana con respiración cortada-. Mientras nos indica una silla, el aroma hirviente del aluminio mezclado con su tono de voz, nos tensa los oídos a la espera de más palabras, sin embargo, la intimidad creciente acaba por revelar con nitidez la crueldad con que los dedos de la pequeña bisnieta sumerge el silencio en el amarillo frito de sus huevos.

Como autoridad moral de la comunidad, cada abuela le roba a la brillantez de la mañana un secreto para acrecentar o disminuir el infortunio familiar, en sus sabidurías la decisión de la ida o el retorno a Chaihuín:

Le dije a mi hijo que volviera, cuando mi bisnieta más chica ya estaba lista para salir a Valdivia a estudiar; le dije a su papá, mi nieto, que se regresara del norte y aquí le construí una casa, los hombres deben volver a su tierra, todo pescador es bueno para beber, pero la viejas sabemos de hombres en la pesca.

Mirar

Etnografía testigo de la alteridad, de una otredad íntima que en palabras de Marc Augé está “presente en el corazón de todos los sistemas de pensamiento” (1994) y cuya representación en una cartografía hecha de notas e impresiones no pretende otra cosa más que la de aprehender esa alteridad complementaria que nos constituye; el registro visual recoge fragmentos de una larga rozadura, una evocación y al mismo tiempo un gesto compulsivo de colección; esta última, explora el transcurrir de la propia existencia en una serie de objetos e imágenes del viaje, de la vivencia del paisaje desde su interior; debido a que la fascinación de dicha colección reside en lo que revela y ante todo en lo que oculta de aquello que le ha motivado, la etnógrafa somete esa extraña constelación de sentidos de la otredad a la propia confianza básica, la experiencia de los hechos de Chaihuín como totalidades sociales6, nos emplaza a comprender doblemente el viaje, es decir, como experiencia de tiempo y espacio comunitario, y así mismo, como la experiencia de un individuo cualquiera, solo que ese sujeto cualquiera, observa las tensiones entre las particularidades de la vitalidad humana y los ordenamientos generales y consensuados del colectivo sociocultural.

En esta perspectiva, el uso predominante del espacio y de los valores temporales que la comunidad efectúa, reflejan en su habitar cotidiano la tradición de las bandas nómades que habitaron las riberas de ríos, lagos y ámbitos cercanos a la costa, la influencia tanto del asentamiento de Monte Verde en el seno del Reloncaví hace 12.000 años como el de Chan Chan en la costa norte de Valdivia hace 5.000 años (Dillehay, 2004; Adán y Godoy, 2007; Pino y Navarro, 2005) deslizan sobre el paisaje de roqueríos, dunas, bosque y río de Chaihuín, varias capas simbólicas y ecológicas que dan cuenta del tiempo exhuberante de la arena. En el fluido manso que el viento ha ido acolchando bajo las dunas de Colún, resuellan los muertos ofrendados con piedra y ocre; las datas del período arcaico, como del alfarero temprano y tardío consignan restos de cerámica Pitrén y Valdivia afirmando las diversas fases de evolución y desplazamientos humanos a lo largo de las mesetas y suaves lomajes de la cordillera de la costa o entre sus bahías, roqueríos y terrazas de cancagua7(Adán y Godoy, 2007, p. 12).

Chaihuín cristaliza su ecosistema a partir de esta última geomorfología e inicialmente debe a la caza de lobos marinos la recolección de algas, mariscos y recursos del bosque antiguo, la más reciente conformación del paisaje cultural y natural. En su registro, la imagen esbozada desea abarcar las relaciones de sentido que la complejidad de los tiempos contemporáneos entrecruza o quiebra; a saber, la multiplicación de redes de transporte y comunicación, la uniformidad de las referencias culturales y la mundialización de la información y la imagen; comparadas con las versiones a menor escala de una carretera austral recorrida a paso humano, del traslado de objetos, máquinas y personas en los tres transbordadores que intercalan cada una hora su trayecto Corral/Valdivia y viceversa, de las embarcaciones menores que desde Corral recorren aquellos poblados junto al río Futa para reunirse con las aguas del Naguilán y la ensenada de San Juan, todo ello, a remo.

A raíz de tal entrecruzamiento, yuxtaposición y desequilibrio entre lo local y lo global; Marc Augé (1994) afirma que la naturaleza de las relaciones que en la actualidad cada uno de nosotros puede mantener con lo que le rodea, evolucionan hacia la reducción espectacular de la distancia entre lo próximo y lo lejano; así, la comunidad de Chaihuín participa de los flujos contemporáneos como un cuerpo de intermediación que resiste la pluralidad y el tiempo presente de forma ritualizada, mediante un sentimiento en el que pervive el pasado de forma casi misteriosa, la comunidad se performa a sí misma, si bien no como esencia, al menos en un tiempo sobreviviente8, testimonio de la fugacidad de la experiencia en el encuentro con lo otro.

En la sobrevida del tiempo, surge la necesidad que posee el amplio mundo global por secularizar la comunidad; más ahí la contradicción de sentidos. Michel de Certaeau distingue en la Invención de lo Cotidiano (2000), entre el lugar como superficie geométrica y el espacio como práctica del lugar; si aplicamos a Chaihuín dicha fórmula, comprenderemos que el punto de vista de las máquinas excavadoras rasantes en la serranía, el de los camiones de carga forestal entre el bosque de Huiro, el del acelerado automóvil cuatro por cuatro o el de las caravanas de kayakistas remontando las lagunas gemelas de Colún, contrastan con el conocimiento que los lugareños poseen a ras de suelo, pues es, desde este último donde los hombres se yerguen como un vapor exhalado por la tierra siguiendo múltiples itinerarios; en palabras de Certeau, las prácticas microbianas, singulares y plurales del espacio (de Chaihuín) tenderían a disimularse con el ordenamiento del conjunto Estado/nación/transnacional; no obstante, a mi juicio, tanto rituales privados familiares e informales, como los espacios públicos de agencia9 (sean estos la sede social, el embarcadero, terminal de microbuses, festividades locales) contienen imágenes y discursos bastante más potentes ideológicamente, que aquello que recepcionamos directamente de la institucionalidad de poder o de la doctrina política.

Caminar

Todo detalle e incidente ha dejado huella en la historia de los bosques templados hace más de dos mil años, investigaciones arqueológicas, históricas, y etnobotánicas han destacado el carácter adaptativo y continuo que los pueblos de entonces ejercieron en el medio10 y en el espacio, reflejándolo en un conocimiento recóndito del entorno natural (Adán y Godoy, 2007).

Por la carretera, a unos cincuenta metros más abajo de la Caleta de Chaihuín, una retroescabadora descansa melancólica; de fondo, los irreconocibles jirones del bosque apresuran la vista hacia la silenciosa casa de los muertos. Numerosos apilamientos de leña junto a un tablón sobre postes, desasosiegan a don Juan Antillanca y a Marcos Huala mientras caminamos; treinta segundos más tarde ambos aseguran haber aceptado las plantaciones de eucaliptus en sus tierras; al mismo tiempo en que la atmósfera se vuelve propicia a la memoria monstruosa, los treiles11 la agitan y uno de los hombres agrega:

Nos pusimos de acuerdo entre nosotros, hicimos el curso de motoserristas, nos dieron la licencia pero no nos contrataron, sabían que íbamos a arrasar con esos árboles, ¡los íbamos a echar abajo; nunca más vendrán a vendernos este negocio maldito; ahora no se da ni una papa! Envenenaron la tierra.

“Al amparo de las prácticas de sustitución de bosque nativo, implementadas en la zona desde los ochenta, en 1988 se instala TERRANOVA S.A. y luego en 1994, BOSQUES S.A. Ellos, desarrollaron una política de plantaciones que restringió el uso de bosque nativo a las talas y roces, con ello 5.200 hectáreas de bosque nativo, entre ellas especies vulnerables como el alerce o Valdivia gayana12 fueron talados y reemplazados por 3.600 hectáreas de eucaliptus (Adan y Godoy, 2007, pp. 28, 37). El fatídico daño al ecosistema impactó a las comunidades aledañas, contaminando sus aguas con fungicidas y por la prohibición de hacer uso de recursos que tradicionalmente habían recolectado del bosque; murta, chupón, nalcas13, entre otros.

No queremos el puente, no queremos este espino en todas las orillas de la carretera y la basura, -enfatiza Antillanca y prosigue-, nos hemos reunido en Talcahuano y Puerto Montt con otros pescadores para apoyarnos, vamos a defender también nuestros choros maltones sin contaminación (…) hace unos años atrás dijeron que esos mariscos que llevaron a Valdivia eran contaminados, no era así.

La elaboración individual de estas representaciones de la violencia instrumental respecto de fines, en ambos sujetos, es imprescindible para dar estructura a la colección de impresiones que fijo en el papel; recordatorio de una sucesión de etapas, trazado del recorrido donde cada nueva adquisición instaura la conciencia de nuevas lagunas y por ello, solo a la manera de una larga conversación, en la entrevista mano a mano con hombres y mujeres del lugar, la existencia de estos últimos es ordenada, unificada y jerarquizada de acuerdo con las diversas situaciones en las que habitan; así se transforman en actores sociales y encarnan la imagen de la sociedad en la que viven; un ámbito de totalización de la experiencia que desde la perspectiva del mercado, la política o la ciudad, invisibiliza los espacios particulares de comunicación, y aunque la verdad de esos espacios no es plenamente local, sí el sentido es inmediato y más individual que colectivo. Ejemplos como estos pueden multiplicarse, pues como señala Arjun Appaduriai (1998), “la globalización produce problemas que se manifiestan en formas locales, pero que tienen contextos que son cualquier cosa, menos locales”.

Silencio

Pero hay momentos en que el azul ultramar se lleva los objetos y sus ideologías, inunda los residuos de maquinarias y embarcaderos; ahoga el pesado hechizo de las embarcaciones en tiempos de colonización alemana y comercio inglés. Ruinas, flotan o se esconden de acuerdo con los movimientos de las mareas; enterradas le disputan a las aguas de vertiente, un brote. Fluyen las materias en el regazo de las dunas, pájaros y peces reunidos en el azul, acompañando la canoa donde las almas de los mapuche-huilliche navegan hacia el mundo de los muertos en lo cerrado del océano. Recorriendo los límites del bosque, los caminos llamados “derechuras” anidan huellas del trayecto de los hombres y sus yuntas de bueyes, de los niños que escalan hasta llegar al nido de un mirlo; resuenan también los ecos de las mujeres recolectoras quienes ofrecen sus productos en la feria fluvial de Valdivia.

De esta manera, palpo la estructura silícea de la existencia en Chaihuín. Su porosidad oxidada y salina, así como su humedad, despiertan en la imaginación, la necesidad de vivir la cartografía cultural y natural desde dentro, hasta encontrar en la propia geografía interna, en la propia espesura fría, una forma de vivencia y de trabajo; en palabras de Appadurai (1998), una disposición crítica respecto de la vida social y colectiva, una experiencia de imaginación. Para finalizar, es necesario comprender que la localidad material, social e ideológica de Chaihuín nunca ha sido un elemento inerte, siempre ha tenido que ser producida, mantenida y nutrida contra las contigencias de todo tipo; la “producción de localidad” en el entendido del autor, es un proyecto de fuerza social y sobre todo, una sensibilidad que no se somete a las regulaciones del Estado o del consumo; así, se puede concluir que la contingencia de la propia configuración espacial, desestabiliza críticamente las delimitaciones estáticas que el tiempo global emplaza en un área cultural y su experiencia vital cotidiana.

En consecuencia, la impresión topográfica y extensiva que he aprehendido desde Chaihuín y que aquí se ha presentado, deja escurrir en el propio imaginario, una nueva geología profunda, toda hecha de estratos y superposiciones de imágenes internas asociadas al Viaje.

Agradecimientos

Esta investigación quiere desplazar el tradicional informe científico, hacia el ámbito de lo sensible como experiencia de textualización/desaparición de la autoridad de un poder exacto que habla y escribe (Blanchot, 2012; 2015). Corresponde al 2015, donde la etnógrafo acompañó a familias de recolectores de luga, pescadores, mariscadores, cantores populares y otros vecinos de las localidades de Chaihuín, Huape, Huiro y Colún, bajo un método no intrusivo estilo “sombreo”, en sus labores cotidianas. Fue autorizada por siete informantes de dicha comuna a escribir acerca de su propia experiencia de seguimiento y a develar las opiniones de sus interlocutores, quienes conocen el documento final. La etnógrafo se vincula sistemáticamente con los vecinos debido a que, entre el 2004 y 2016, fue Docente guía de estudiantes de artes visuales, quienes viajaban desde Valdivia a Corral, encomendados por la carrera de Artes Visuales de la Universidad Austral, para dibujar modelos naturales, en terreno. Encarecidos agradecimientos a Marcos Huala, Margarita Huala, Elías Maripán, Marcela Huala, Alberto Maripane, Juan Antillanca y Patrica Muñoz (Chaihuín y Huape, Corral. Región de Los Ríos).

Obras citadas

Adán, Leonor y Godoy, Marcelo (2007). Huellas de historia: Patrimonio cultural de la reserva costera valdiviana. Dirección Museológica UACh/ WWF, Valdivia. [ Links ]

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1 Latitud: -39.933. Longitud: -73.55, Corral - Región de Los Ríos, XIV.

2(…) En el “paisaje”, sin embargo, la delimitación, el estar comprendido en un horizonte visual -momentáneo o duradero- es esencial, la base material o los distintos elementos serán “naturaleza”, pero, representados como “paisaje”, esa base y esos elementos se proponen en - sí- mismos, como singularidad -óptica, estética o sentimental-.(Simmel, 2013, p.8).

3Aquí, usamos la noción comprensiva sobre paisaje de Augustin Berque; aunque la naturaleza pueda ser contemplada y representada, ello no garantiza que los habitantes de Chaihuín posean “una identidad entre el hecho de pensar y el hecho de que haya paisaje”, vale decir, en ausencia de una palabra (noema) que represente el objeto a ser pensado, hemos de concluir a prori más bien que, los habitantes poseen un pensamiento paisajístico, a partir de poner en práctica, individual y socialmente, una serie de recursos, imágenes e inventos culturales para la libre configuración de su específica vida en relación al clima, la geografía y a las otras especies: El trabajo es lo que transforma la tierra para que pueda dar frutos que no sería capaz de dar por sí misma. La esencia de esta relación es la de “utilizar para”, uti en latín. Esto supone (…) una inversión ontológica de la relación entre lo humano y lo natural. Antes del trabajo, la existencia humana dependía, como la de todos los seres vivos, totalmente del frui, el “disfrute de” los frutos (Berque. 2009, p. 9).

4Latitud: - 40.2167. Longitud: -72.4, Región de Los Ríos, XIV.

5Coihue: Nothofagus dombeyi, también llamado, “roble”. Notro: Embothrium coccineum, también llamado “ciruelillo” y Olivillo: Aextoxicon punctatum. Todas especies endémicas de la zona centro sur y sur del país; (Gardner et al., 2018).

6El hecho social total alude a una suerte de evento, interconectado, en el que convergen materialmente todas las instituciones de una cultura a la vez, sostenidas por la trama simbólica; en ellas lo individual es representativo de fenómenos de orden mayor (lo sociológico, biológico, histórico, psicológico, político etc) y expresa por tanto una intensidad de la experiencia humana. Marcel Mauss, advierte esta última en sus comparaciones etnológicas acerca de las economías del don, aplicando la noción a los derechos y deberes simétricos de intercambio entre tribus de Polinesia; de estos estudios concluirá que las experiencias de transacción entre colectividades devendrán en totalidades: (…) Estas instituciones sirven para expresar un hecho, un régimen social, una determinada mentalidad: la de que todo, alimentos, mujeres, niños, bienes, talismanes, tierra, trabajo, servicios, oficios sacerdotales y rangos son materia de transmisión y rendición. Todo va y viene como si existiera un cambio constante entre los clanes y los individuos de una materia espiritual que comprende las cosas y los hombres, repartidos entre las diversas categorías, sexos y generaciones (Mauss, 1979, pp.170-171).

7Roca volcánica sedimentaria, acumulada desde el último ciclo glacial en los acantilados costeros de Valdivia, hace 120.000 a 90. 000 años luego de la merma en el nivel del mar (Vega et al., 2018).

8En el plano de ciertos viejos detalles que subsisten en la construcción de nuevas imágenes (o de símbolos culturales) Aby Warburg desarrolla el concepto de “supervivencia” como aquella manifestación pictórica (si se quiere también, un significado pregnante) no obstante aplacada por el tiempo, retornada mediante una potencia expresiva cuya consecuencia afectaría directamente el campo anímico de su recepción, conmoviéndole inefablemente y a su vez permitiéndole evocar y rememorar un legado imagético, cultural, social, etcétera. (Warburg, 2005).

9En el sentido político de agency.

10Comprendemos el medio en tanto contingencia, entendida como relación dinámica entre el ecúmene y la biosfera, y entre esta última y el planeta. Advertimos que en condiciones medioambientales similares, las poblaciones humanas no necesariamente deben desarrollar sistemas de vida iguales. Para mayor desarrollo de esta idea revisar la obra del sociólogo francés, Augustin Berque

11Vanellus chilensis, ave gregaria, común en campos y humedales chilenos, su grito es alarmante. Ver Couve et al. (2016).

12Vanellus chilensis, ave gregaria, común en campos y humedales chilenos, su grito es alarmante. Ver, Couve et al. (2016).

13Arbusto de la familia de las mirtáceas, Ugni molinae, murta o murtilla. El chupón, Greigia sphacelata, es un fruto comestible, propio de la cordillera de la costa y extendido hasta Chiloé. Gunnera tinctoria, la nalca también se conoce con el nombre de “pangue”, planta comestible perteneciente al centro sur de Chile y sur de Argentina.

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