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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.13 n.1 Santiago mayo 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282004000100009 

 

PSYKHE 2004, Vol.13, Nº 1, 101-115

ARTICULO

Mercados Económicos y Patología Narcisista Ante el Trasfondo de la Discusión en Torno al Concepto de Rol

Economic Markets and Narcissistic Pathology Considering the Discussion Around the Concept of Role

Stefan Brunnhuber
Niklas Bornhauser

Institut für Psychotherapie und Medizinische Psychologie Julius-Maximilians-Univerität Würzburg

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

La psicología últimamente ha prestado un grado de atención creciente a la incidencia de factores sociales en ciertos fenómenos individuales tradicionalmente abordados por las psicologías clínicas clásicas. Esta preocupación por sistematizar la relación entre la sociedad y el ámbito de lo individual-subjetivo ha resaltado la necesidad de repensar estas relaciones de reciprocidad desde una perspectiva diferente a la de los paradigmas tradicionales. Al problematizar la relación entre el sujeto y la sociedad, en términos generales, se pueden distinguir dos modelos de sociedad, una forma colectivista y otra individualista, que, a su vez conllevan una cierta preconcepción implícita acerca de cómo pensar las relaciones entre sujeto y sociedad. A partir de una revisión crítica del concepto de rol, que se ofrece como la visagra entre el terreno de lo subjetivo y el campo de lo social, se proponen algunos elementos para la construcción de una teoría crítica de la subjetividad. Dicha teoría, más que un hecho acabado, es un desafío pendiente, que pretende situarse más allá de las distinciones academicistas y las diferencias ortodoxas, impuestas por la hegemonía discursiva de los "grandes metarrelatos". Finalmente, mediante el análisis del desempleo masivo y de las patologías narcisistas, se ejemplifica lo expuesto con anterioridad.


ABSTRACT

Psychology has recently demonstrated an increasing degree of attention concerning the influence of social factors on certain individual phenomena, traditionally handled by classical clinical psychologies. This concern about the systematization of the relationship between society and the individual-subjective's domain has emphasized the need to re-think the relations of reciprocity from another perspective, different than that propposed by traditional paradigms. Focussing in the relation between the subject and society, in general terms, two models of society can be distinguished, a collectivistic and an individualistic form, that, on the other hand, involve a certain implicit preconception on how relations between the subject and society have to be thought.

From a critical revision of the concept of role some elements for a construction of a critical theory of subjectivity are propposed. Such a theory, more than an accomplished fact, is a pendant challenge that pretends to situate itself beyond academic distinctions and orthodox differences, imposed by the discursive hegemony of the "huge metanarrations". Finally, by the analysis of narcissist pathologies and massive unemployment, the previously exposed is illustrated.


Introducción

Actualmente, dentro de la llamada comunidad científica, al momento de abordar un determinado problema, se ha convertido en un lugar común destacar la relevancia de determinados factores sociógenos, cuya naturaleza y composición suele contrastar abiertamente con los criterios clínicos tradicionales. Estos factores, lejos de contar con una definición precisa y acotada, se suelen definir o caracterizar negativamente, es decir, por oposición a los factores manejados y promovidos por la medicina clásica. A pesar de su vaguedad e indeterminación conceptual en los últimos años dichos factores han llegado a ocupar un lugar central en la determinación, explicación y comprensión de manifestaciones psíquicas contemporáneas. La creciente atención dedicada a la incidencia y repercusión de aquellos factores sociales en ámbitos y dominios especializados, firmemente consolidados y altamente resistentes al cambio, como lo son, por ejemplo, la práctica médica o la psicología académica, coincide en algunos de sus aspectos con la discusión desencadenada por la polémica demanda de "introducir el sujeto en la medicina" (Uexküll, 1990, p. 29). Dicha demanda, de no querer desembocar en un bricolaje intelectual tosco e imperfecto, implica la necesidad, por un lado, de replantear algunas cuestiones epistemológicas fundamentales, y por el otro, de someter a ciertos términos clásicos -y con ello, a determinadas distinciones conceptuales- a discusión.

Al momento de querer precisar la incidencia de ciertos factores sociales en problemáticas habitualmente inscritas en el campo de la medicina o de la psicología, los conceptos principales que requieren ser revisados son, primero, la noción de sociedad y, segundo, la de sujeto. En tercer lugar, se recomienda revisar y precisar no solamente los términos en cuestión, sino las mismas relaciones entre sujeto y sociedad. El estado actual de esta discusión ha resaltado la necesidad inminente de poner en relación sujeto y sociedad de un modo novedoso y original, capaz de transcender el precario marco impuesto por la combinación perjudicial entre las representaciones espontáneas, ingenuas y el sentido común1.

La insuficiencia y precariedad de los principales esquemas apriorísticos2 manejados por las disciplinas híbridas, creadas expresamente con el propósito de estudiar las relaciones e interacciones en cuestión, se deja explicar, al menos parcialmente, por la consideración casi exclusiva de la supuesta incidencia de la sociedad sobre ciertas enfermedades (Rosemeier, 1991; Wilker, Bischoff & Novak, 1994), inscritas en un no man's land ubicado a medio camino entre las ciencias biológicas y el estudio de la mente, y la omisión de cualquier revisión crítica de los respectivos pre-conceptos ideológicos implicados.

Dadas estas condiciones es posible aseverar que el peso relativo y la especificidad del factor social en la emergencia, génesis y perpetuación de determinados fenómenos contemporáneos solamente podrá ser descrito, ponderado y matizado adecuadamente si, mediante una especie de re-flexión epistemológica, un giro o una torna hacia los propios fundamentos, se revisan los supuestos implícitos y prejuicios acallados desde los cuales es pensada la relación entre lo social y lo subjetivo.

En concreto, se propone, primero, repasar dos modelos hegemónicos de sociedad, dos formas de pensar a la sociedad, que, como se demostrará, a su vez implican determinadas preconcepciones cognoscitivas relativas a un concepto de sujeto particular. Segundo, con tal de centrar el foco de la atención en la articulación sujeto-sociedad se revisarán algunos antecedentes clásicos relativos al concepto de rol. Tercero, recogiendo las sugerencias que se desprenden de los primeros dos pasos, se esbozarán algunas nociones fundamentales, a partir de las cuales es posible repensar la relación entre sociedad y subjetividad. Cuarto, a modo de ejemplo se discutirá la dialéctica sociedad-subjetividad mediante el análisis del modelo económico hegemónico y la patología narcisista como su correlato individual.

Dos Formas Básicas de Sociedad y el Problema de la Antropología Implícita

De acuerdo a una distinción ampliamente difundida, aunque no exenta de polémica, en ciencias sociales se ha convenido hablar de dos formas o modelos de sociedad elementales (Vanberg, 1975), a saber, por un lado, la llamada versión colectivista y, por el otro, la versión denominada individualista. En ambas perspectivas, con tal de subrayar lo que tienen en común, se trata de analizar la relación entre sujeto y sociedad, en particular de cómo se compone el factor sociógeno y cómo actúa específicamente.

La vertiente colectivista, para caracterizarla de manera general, siguendo una tradición del pensar entre quienes se encuentran, por ejemplo, el marxismo clásico y la escuela de E. Durkheim, se sostiene y afirma en el postulado axiomático de la existencia de una realidad autónoma e independiente, cohesionada por las actuaciones de cuasi-organismos de entidades sociales. Dicha realidad, en su versión colectivista, está dotada de su propia lógica y regularidad, que acontece "por encima" o "por sobre" el actuar, comunicar y vivenciar del sujeto. Una vez situados en esta corriente, es siempre el marco social colectivo preexistente el que, bajo la forma de una de sus materializaciones o instituciones, se enfrenta al sujeto como un hecho acabado. La realización de los sujetos -o su respectivo impedimento- siempre pasará por la confrontación con el marco social mentado y siempre deberá someterse a una evaluación según criterios colectivistas. Los desarrollos contemporáneos a propósito de los mecanismos de assujetissement (Foucault, 1975) o de appellation (Althusser, 1994, 1995) como operaciones fundantes de la constitución subjetiva han sido reunidos por N. Braunstein (1980) como aquellas teorizaciones que consideran al sujeto como soporte o sostén de la sociedad3, tratándose en todas ellas de una suerte de sometimiento de lo particular a lo colectivo.

Por otra parte, las interpretaciones individualistas de la sociedad, provenientes principalmente de los filósofos morales escoceses, la escuela austríaca y el racionalismo crítico, plantean que determinados hechos o ciertas constelaciones sociales pueden ser reconducidas y explicadas a partir de actitudes, intereses o disposiciones, que a su vez requieren ser comprendidas desde el individuo4 y sus múltiples interacciones con otros sujetos. Desde esta perspectiva, la sociedad sólo existe en virtud de que ek-sisten individuos y lo social, los hechos sociales, su dinámica e historicidad, solamente se deja comprender ante el trasfondo del individuo. La comprensión de la sociedad, desde un punto de vista individualista, por ende, requiere la formulación de una teoría correlativa de la subjetividad5. Los análisis que se desarrollarán a continuación privilegiarán el segundo enfoque aquí someramente delineado, por lo cual la exigencia de una correspondiente teoría de la subjetividad es un reto que deberá ser enfrentado en algún momento de la argumentación.

En todo caso, más allá de la validez o pertinencia de semejantes distinciones, que históricamente han contribuido a desgarrar y escindir un campo problemático de por sí fragmentado, el problema general consiste en que cualquier esbozo explicativo sociológico, por muy neutral y objetivo que pretenda ser, como se ha argumentado (Braunstein, 1975; Dauks, 1997) esconde una antropología implícita, una determinada concepción de hombre y una jerarquización previa de valores6. Esta situación se ve agravada por el hecho de que su emergencia sólo se vuelve comprensible a posteriori, esto es, al analizar retrospectivamente sus condiciones particulares de producción. Lo que interesa retener por el momento es, sin embargo, la idea de una pre-concepción del hombre, una suerte de intuición preconceptual a propósito de la consistencia y "esencia" de lo humano, una tendencia oculta que siempre es silenciada, mantenida forzosamente aparte, pero que, por muchas trabas y resistencias que se le opongan, termina por manifestarse a través de los resultados y productos de la investigación científica efectuada sobre semejantes supuestos. La mayoría de las posiciones sociológicas en este sensible punto de intersección entre psicología y ciencias sociales devienen regularmente circulares y herméticas: circulares, porque, en desconocimiento flagrante de las máximas kantianas, depositan a priori en el concepto de persona justamente lo que posteriormente reaparece como supuesto resultado o producto enmarcado por la respectiva teoría de la sociedad7; herméticas, porque, en un gesto dogmático y autoritario, se vuelven culpables de efectuar un cierre epistemológico con respecto a otras producciones discursivas. El rechazo tajante de cualquier cuestionamiento o interrogación proveniente desde el "exterior discursivo" es el resultado del repliegue discursivo responsable del hermetismo argumentativo.

La capacidad de repensar los términos en cuestión y de articularlos de manera productiva depende, por lo visto, de la apertura crítica hacia otros saberes y la disposición al diálogo con otras posiciones y otras formaciones discursivas. Ello requiere, como primer paso, el abandono de las posturas ortodoxas y fundamentalistas a cambio del debate pluralista y desprejuiciado. A continuación, fijando como punto de anclaje el estado actual de la discusión en torno al concepto de rol, se avanzará en la definición conceptual de la noción de sujeto, tradicionalmente opuesta al concepto de sociedad.

El Concepto de Rol

En lo que sigue se intentará progresar en lo relativo a la formulación de una teoría de la subjetividad, entendida no como una teoría de lo individual sino como formación teórica compleja y plástica, capaz de entregar un aporte decisivo a la pregunta por la relación sociedad-sujeto. Para ello se partirá del análisis pormenorizado de algunas implicaciones de lo que ha sido la respuesta más exitosa generada por parte de la sociología individualista frente a la exigencia de caracterizar mejor la visagra entre sujeto y sociedad -el concepto de rol (Dahrendorf, 1958)-, una idea que ha marcado y dominado la discusión en ciencias sociales8.

Por rol en un sentido clásico se entiende el conjunto de expectativas y exigencias comportamentales y actitudinales dirigidas a quien ocupa una determinada posición social (Lang & Faller, 1998). Mientras que la posición designa un lugar ubicado en el sistema de relaciones sociales de reciprocidad, entonces el rol puede ser pensado como el aspecto dinámico de la posición social. Dado este carácter dinámico, los roles sociales han de ser aprendidos, lo cual conforma un aspecto central del proceso de socialización (Weber, 1922a). Lejos de resumir plenamente la complejidad intrapsíquica de los sujetos, el rol ha sido descrito como una máscara, que es usada durante la interacción con otras personas con el propósito de facilitar la interacción misma al ofrecer una representación clara y precisa de cómo se han de comportar los participantes en una situación determinada (Lucchini & Ridore, 1979). El rol social, por lo tanto, reúne lo social y lo cultural ya que, por un lado, está determinado por ciertas configuraciones comportamentales (normas) y, por el otro, se expresa en conductas sociales manifiestas.

No obstante, en la diversidad y pluralidad de los diferentes roles sociales que un sujeto ha de asumir durante su vida reside un cierto potencial conflictivo. Por ejemplo, se ha enfatizado la oposición dialéctica entre la identidad personal y la identidad social, dos dimensiones íntimamente relacionadas con la asunción de el o los roles actualizables. Nada menos que la consolidación de la identidad yoica integrada pasa por el intento logrado de equilibrar esta discrepancia (Goffman, 1959). Esta tensión irresoluble que ha sido identificada como una característica del rol también se encuentra tematizada en los trabajos de T. Parsons (1962, 1967) al enfatizar la multiplicidad y pluralidad del conjunto de compulsiones y presiones que han de ser unificadas en un rol. La heterogeneidad y ambivalencia inherentes al concepto de rol ha sido objeto de numerosos análisis sociológicos clásicos (Merton, 1968; Goffman, 1959, 1967a). Con la definición de rol de Max Weber (1920, 1922b) a esta discusión se le agrega un factor importante, a saber, la relevancia del proceso de producción, la importancia de la división del trabajo y la necesidad de considerar el modelo económico dominante en las sociedades industriales. Este énfasis en factores (macro) económicos, que ha encontrado una amplia repercusión en la discusión contemporánea (Hirsch, 2000; Lipovetsky, 1983), será retomado más adelante.

Como se puede inferir a partir de lo anterior, los roles sociales, lejos de reducirse a meros listados inestructurados o a enumeraciones arbitrarias de conductas manifiestas, se configuran y consolidan en un campo dinámico de fuerzas, donde se juega el devenir entre el choque y la confrontación, entre la apetencia, el deseo y las exigencias del sujeto, por un lado, y las demandas, imposiciones y prescripciones de la sociedad, por el otro. Los roles se inscriben, por decirlo de alguna manera, en un espacio vectorial cambiante e inestable, sostenido por el enfrentamiento, el conflicto, la pugna o disputa entre poderes inconciliables, que se definen y distinguen justamente por su mutua oposición. Las entidades o conceptos enfrentados en este caso son la sociedad y el sujeto, ofreciéndose el rol como un puente o una visagra entre ambos conceptos.

La definición de rol de Dahrendorf (1958), al fijar la atención en las exigencias externas con las cuales es confrontado el sujeto, enfatiza tanto el mentado enfrentamiento entre el individuo y la sociedad así como la función mediadora del rol. Los roles sociales han sido caracterizados por Dahrendorf y la tradición neoliberal que a él se remite como complejos cuasi-objetivos de prescripciones comportamentales, en un principio independientes de las aspiraciones y motivaciones del individuo, cuyo contenido concreto es determinado e influenciado por parte de la sociedad, que las plasma en compromisos y expectativas ineludibles, de las cuales no es posible sustraerse sin consecuencias. Dreitzel (1986), en una formulación más reciente, concibe a los roles como una pieza de unión, un elemento de articulación entre individuo y sociedad, que es capaz de otorgarle a la conducta individual, característicamente variable, impredecible y oscilante, un aspecto más formal, más sistemático, si se quiere, tipificado, al referirla a un ámbito existente únicamente en lo social.

Esta aproximación al concepto de rol, aún inespecífica y difusa, puede ser precisada desde un punto de vista sociológico. En términos generales, se dejan distinguir al menos cuatro contextos diferentes en los cuales se pone en juego el enfrentamiento entre un sujeto particular y el todo social. Según en qué contexto social se encuentre, se alteran y cambian su marco referencial, su interés cognoscitivo social y, con ello, su pertenencia de rol.

En primer lugar, hay que distinguir un contexto étnico: el sujeto aquí se comprende como miembro de un grupo definido principalmente por motivos culturales, tradicionales o valóricos. La identidad regional y particular con sus respectivos usos y costumbres adquiere particular relevancia en la conformación del grupo de pertenencia. Las referencias sociales adquiridas y las formas relacionales sociales cumplen la función de otorgarle al individuo una identidad personal legitimada por la historia y la tradición. El horizonte de valores aquí formulado en última instancia siempre sigue siendo contextual y orientado hacia el interior. "¿Quién soy yo realmente?", "¿De dónde vengo y adónde pertenezco?" son las preguntas fundamentales, de las cuales resultan roles sociales divergentes y diferentes. La libertad a la cual se aspira es la autorrealización y el buen vivir. Desde un punto de vista sociológico, se pone en juego la relación entre vida privada y pública o la asimilación o el rechazo de determinados bienes culturales. Los llamados textos culturales de S. Freud (1913, 1921, 1927, 1930) ofrecen un buen ejemplo de descripción de cómo el sujeto, mediante diversos procesos de socialización primaria, se define esencialmente por relaciones de significación culturales o tradicionales, valores compartidos, historias o narraciones míticas, etc.

En segundo lugar, se vuelve pertinente considerar un contexto legal: los encuentros interpersonales en una sociedad de derecho exigen que en un momento dado se efectúe la abstracción de pertenencias éticas específicas. En este contexto, se trata, pues, de demandas y normas formales, estrictas y recíprocas, donde el otro aparece como sujeto legal en pie de igualdad, es decir, como bourgeois. La identidad histórico-cultural analizada en el primer contexto mencionado aquí es relevada por los criterios formales y procedurales que se encuentran al servicio de todos los participantes con tal de garantizar la realización de sus respectivos intereses de posición. Por lo general, se trata de asuntos relativos a la propiedad privada, la libertad de opinión, la seguridad social mínima, la libertad de elección, la movilidad geográfica, etc. En términos generales, se aspira a asegurar socialmente la libertad de acción del individuo. El límite entre el contexto ético y legal está marcado por la frontera entre generalidad y reciprocidad, donde se intenta justamente transcender la contingencia, el perspectivismo y el carácter comunal de pertenencias culturales o étnicas. La dificultad reside justamente en garantizar la identidad étnica hacia el interior y simultáneamente asegurar la garantía de una reciprocidad máxima hacia el exterior (Martin & Frost, 1996).

Tercero, un contexto político: determinadas congregaciones estables de sujetos se forman no porque posean exigencias legales formales idénticas o porque estén determinados por el mismo fondo cultural, sino porque son o desean ser miembros activos de la sociedad comprometidos con el bien común. El otro aquí aparece como conciudadano. La aplicación de procedimientos legales con el fin de realizar determinados intereses sociales se ve relevado por la participación en el proceso político-social, la lucha por los derechos cuidadanos de grupos sociales minoritarios y subrepresentados, en suma, la aspiración al reconocimiento del otro como citoyen. El contexto político, por consiguiente, demanda la presencia de categorías psicológicas tales como solidaridad, responsabilidad y compromiso social. El contexto político no se reduce a la suma de los intereses particulares, ni a la división equitativa de valores y virtudes sustanciales, ni se limita a describir los espacios de acción individuales al interior de los cuales cada uno puede hacer lo que quiera. Más bien, la magnitud de libertad es definida por los standards sociales y derechos ciudadanos descritos por Dahrendorf (1992) en el contexto social moderno.

Cuarto y último, un contexto antropológico: la relación entre individuos singulares aquí se comprende como una relación fundamental o general entre seres humanos, donde primariamente no se trata de comunidades políticas o de derechos sociales, sino que se juega el reconocimiento recíproco como hombre "en sí". Los roles que se derivan de este contexto no están determinados por instituciones políticas, sino por afirmaciones generales acerca de standards antropológicos. En este contexto no se aspira a negar preguntas étnicas, legales o políticas, sino a definir las condiciones transétnicas, translegales y transpolíticas para dibujar un encuadre en el cual sea posible la convivencia humana. En términos generales, se han de distinguir dos posiciones fundamentales: una posición deontológica, que prescribe principalmente el procedimiento formal a seguir y una posición material-sustancial, centrada más bien en los aspectos de contenido. Ambas posiciones no solamente deben resistir la puesta a prueba por la pregunta por la universalidad, sino que también han de cumplir con los criterios prescritos por la falsificabilidad general.

La sociología académica, que ha ubicado el rol en este contexto problemático desde el auge de las diversas psicologías, ha sido criticada arduamente por contemplar el rol exclusivamente desde el "exterior" o el "afuera", descuidando lo que, en oposición a los factores tratados por ella, se podrían llamar sus aspectos "interiores". Se le suele reprochar que, por muy diferenciada y detallada que se haya vuelto la descripción y el desglose de los roles, su aproximación siempre estará sujeta a esta parcialidad o tendencialidad inherente. La crítica fuerte formulada hacia la sociología es que sus distinciones y precisiones, dado este sesgo, seguirán siendo observaciones exteriores, en las cuales las expectativas y los standards sociales enfrentados al sujeto siguen siendo decisivos a la hora de determinar sus "acciones comunicativas" (Habermas, 1981, 1983). Dicha aproximación, particularmente difundida entre las escuelas individualistas, destaca sobre todo por la consideración privilegiada o mayoritaria del contenido cognitivo y racional del rol, desconsiderando o desestimando simultáneamente los factores "intrapsíquicos" asociados.

Este aparente desequilibrio, naturalmente, no ha tardado en generar reactivamente una propuesta alternativa, un intento de compensación o de crear al menos un cierto contrapeso teórico. Dicha formulación complementaria, ya que el concepto de rol no es ni ha sido una noción reservada únicamente al dominio de la sociología, proviene del discurso psicológico (Moreno, 1954), es decir, aquel decir especializado, oficialmente dedicado al "estudio científico de la mente y de la conducta humana". Se ha dicho, con respecto al acercamiento psicológico al tema, que ésta, a diferencia de la sociología, caracteriza el rol desde el "interior". Al revisar la bibliografía pertinente, nuevamente es posible identificar cuatro aspectos fundamentales que distinguen la concepción psicológica de rol. Éstos se enumeran a continuación.

Primero, un aspecto evolutivo: hasta alcanzar la conformación (definitiva) de un comportamiento racional-consciente ajustado a un rol social determinado, el sujeto ha de atravesar o recorrer varias etapas o períodos del desarrollo psíquico. Se encuentra una discusión detallada del aspecto genético o evolutivo en los trabajos de Piaget (1947, 1967, 1972), Dornes (1996) y Malatesta (1990). Segundo, la estructura valórica y de sí mismo: la comprensión psíquica del rol está asociada al desarollo de la estructura interna de los valores y del sí mismo, en cuya configuración confluyen y coinciden diversos procesos de internalización, como resultado de las cuales acontece la cristalización de estructuras reflexivas a lo largo de las cuales se incrementa la capacidad de la percepción diferenciada y se modifica la comprensión del traspaso de roles. Kernberg (1976), Stern (1977, 1985) y Moreno (1954) han descrito la configuración sucesiva de las estructuras reflexivas necesarias para la percepción diferenciada tanto del otro como de uno mismo, logro necesario para la asunción y el traspaso de roles. Tercero, el espacio intrapsíquico: el aprendizaje de roles en primer lugar es un proceso afectivo, acompañado de un refuerzo del enfoque subjetivo, diversos efectos de imitación y el intercambio efectivo de roles. Al hablar de espacio interior (Moreno, 1959) se desplaza la atención desde el contenido cuasi-objetivo de un rol determinado hacia la comprensión y representación subjetiva del mismo, su coherencia y lógica internas. Cuarto, los diversos sistemas de motivación: el actuar, comunicar e interactuar del sujeto no están determinados por un sólo sistema motivacional, sino por diferentes sistemas de motivación, que pueden entrar en relaciones de convergencia u oposición (Lichtenberg, 1989). Se pueden destacar el sistema aversivo, el reconocimiento social, la satisfacción de estados fisiológicos de tensión, sensaciones sensitivo-sensuales y la conducta de exploración.

Mientras que a nivel sociológico se ha de partir de una reciprocidad constante y, hasta cierto punto, primordial entre sujeto y sociedad, a nivel individual-psicológico el sujeto psicológico, concebido sobre el modelo del sujeto moderno clásico, está organizado sustancialmente por "categorías intrasubjetivas", hasta cierto punto autónomas y aisladas del acontecer social. Una teoría integrativa, construida sobre el concepto de rol, necesariamente debe considerar a ambos aspectos, tanto el sociológico como el psicológico. Además, no debe limitarse a consideraciones reduccionistas y unilaterales, tendientes a privilegiar un punto de vista racional, sino que ha de partir de la consideración de manifestaciones disfuncionales, psicopatológicas y marginales con tal de explicar determinados hechos sociales y de descifrar la relación recursiva entre sujeto y sociedad. Hasta el momento se han distinguido básicamente tres movimientos o direcciones argumentativas: Un movimiento top-down y bottom-up entre el sujeto y el todo social articulado. Un movimiento hacia el interior, el espacio vivencial, hacia los diferentes motivos y la estructura valórica y del sí-mismo y uno hacia el exterior, es decir, hacia los diferentes contextos sociales y sus expectativas cuasi-objetivas. Y finalmente la posibilidad de identificar disfuncionalidades, distorsiones y malogros evolutivos a partir de los cuales sea posible explicar la estructura y dinámica dominante.

Una teoría crítica, basada en la problematización de la relación sociedad-sujeto, que pretenda superar las restricciones disciplinarias administrativas y los reduccionismos epistemológicos oportunistas, al mismo tiempo ha de considerar y de interrogar críticamente la validez de semejantes distinciones. Un buen ejemplo para ello lo constituyen los trabajos de Canguilhem (1966), Castel (1976) y Foucault (1954, 1961, 1999), sobre lo normal y lo patológico y los estudios de Butler (1987, 1990), Taylor (1989) o Dor (1994) relativos a las categorías del interior y del exterior. El elemento común a las investigaciones más recientes es que dichas categorías, lejos de preexistir con anterioridad a la constitución del sujeto, son pensadas como el efecto de distinciones conceptuales trazadas discursivamente. Por consiguiente, se trata en los casos comentados de efectos de discurso, productos de un repliegue reflexivo que transciende los esquemas lineales y las relaciones causa-efecto convencionales. Una teoría integrativa de la relación sociedad-sujeto a la altura de las exigencias epistemológicas contemporáneas deberá considerar las consecuencias cognoscitivas y teóricas que se desprenden de lo anterior.

Un Ejemplo: Desempleo Masivo y Patología Narcisista

A continuación, se propone ilustrar lo expuesto mediante el análisis del desempleo masivo, un fenómeno actual extensamente difundido y que supera ampliamente tanto el ámbito de la sociología clásica como el marco de la psicología individual. Como primer acercamiento se propone discutir la relación entre las cuotas de desempleo y el modelo económico dominante, es decir, la forma en la cual se organizan la circulación de capital y de mercancías, las relaciones de propiedad, el proceso de producción carecterístico, etc., por lo cual será necesario dedicar algunas consideraciones al funcionamiento del modelo económico imperante en prácticamente todo el mundo. Este modelo posee la paradojal particularidad, por un lado, de constituir al hombre como subjectum, como un súbdito, un ente insalvablemente sometido, sujetado y determinado por una instancia que lo trasciende y supera y, por el otro, de exigir y demandarle que se comporte como sujeto ilustrado, es decir, librado del yugo de la dominación externa, dotado de facultades cognitivas destacadas que lo vuelven transparente ante sí.

El desempleo masivo dista de ser un fenómeno transitorio propio del fin del siglo XX, sino que es un momento inherente al desarrollo del mercado competitivo moderno y, por consiguiente, una propiedad estructural de las sociedades modernas. El desempleo, ante el trasfondo de un convencimiento general que una "sociedad de dos tercios"9 representa la única alternativa socioeconómica factible general, ya no puede ser tratado como un acontecimiento regional o conjuntural, acaso generado a partir de la dinámica propia de determinadas ramas económicas particulares, sino que demanda ser comprendido y tratado como un producto tardío del capitalismo. Siguiendo la línea argumentativa expuesta por J. Schumpeter (1993) y J. M. Keynes (1936) a propósito de la crisis de empleo de los años 30, más que un fenómeno pasajero, circunscrito a determinados factores exógenos -y, en consecuencia, impredecibles e incontrolables-, el desempleo masivo es un síntoma, una expresión o manifestación generada por el propio mercado. Los mercados competitivos, el contexto general en el cual se produce la situación de desempleo anteriormente comentada, como se sabe actualmente, son inmanentemente inestables y subconsumtivos, una afirmación que se puede precisar al menos en tres aspectos.

En primer lugar, el grado de globalización, un fenómeno relativamente reciente que, a grandes rasgos, describe el desprendimiento o la desvinculación del acontecer económico de su marco contextual local y la pérdida concomitante de saberes culturales y regionales como consecuencia de esta mayor movilidad geográfica (Gray, 1999). La dificultad de regionalizar o circunscribir los mercados competitivos modernos a zonas o áreas delimitadas, implica la necesidad inminente de revisar ciertos argumentos económicos clásicos. En especial el argumento de J. B. Say (1972), que postula que cada producción crea su propio ingreso, o el teorema de la ventaja relativa de costo de D. Ricardo (1817), teoremas que subyacen a la economía clásica, y que a la luz de los desarrollos contemporáneos resultan altamente dudosos.

Segundo, bajo las citadas condiciones de competencia siempre se trata de invertir un máximo en tecnología eficiente. Actualmente existe una poderosa presión tecnológica, que conduce forzosamente a efectos de liberación o desprendimiento (Minford, 1997), un efecto que es responsable de 2/3 de los desempleados. Siempre será más racional sustituir plazas de trabajo por tecnologías alternativas, ya que éstas, a diferencia de lo que sucede con los obreros, conllevan siempre un incremento de la competitividad y de la eficiencia de la producción. Se han analizado sobre todo tres efectos directos del factor tecnológico sobre el mercado laboral: a) los elevados efectos de escala conducen a una producción más barata y a largo plazo a ingresos regionales más bajos, b) se ha creado una nueva figura social, llamada por Toffler (1980) "prosumidor", en la que el consumidor final está cada vez más implicado en el proceso de producción y de logística, c) mediante el incremento del empleo intensivo de tecnologías se requieren trabajadores no-calificados en un grado creciente, que en un segundo paso son fácilmente eliminables por otro paso de racionamiento. Se observa, entonces, como se produce un aumento de la productividad de la hora laboral media. Es decir, no se incrementa la productividad creando nuevas plazas de trabajo, sino que se involucra al individuo más intensamente en el acontecer económico; en otras palabras, se intensifica su explotación y desguazamiento.

En tercer lugar, habría que considerar el factor demográfico, responsable del incremento relativo y absoluto de trabajadores potenciales. Debido a lo anterior se ha producido un aumento exponencial de la oferta de fuerza de trabajo, una oferta a la cual el mercado no puede responder adecuadamente.

Como factores adicionales se añaden la estructura de demanda, la creciente proporción especulativa, el significado de condiciones externas de reproducción, la elevada cuota del sector de servicios y las relaciones entre micro y macroeconomía.

En resumen, la lógica económica imperante en los mercados globalizados contemporáneos puede ser descrita como intrínsecamente subconsumtiva. Los mercados económicos en el capitalismo tardío se caracterizan por un efecto de racionamiento, determinado a su vez por el comportamiento competitivo marcado por medidas tales como elevadas inversiones tecnológicas y capitales financieros altamente especulativos, lo que en un corte longitudinal favorece la reducción de plazas de trabajo. O sea, la tendencia inherente a los mercados competitivos, que se rige por consideraciones macroeconómicas, generalmente ajenas a sus implicaciones sociales, es directamente contraria a la demanda de empleo completo. Como efecto de lo anterior, se crea una contradicción entre las exigencias sociales y la realidad económica imperante. Sin embargo, la mayoría de las teorías sociológicas y psicológicas están basadas en modelos económicos anticuados como el llamado modelo mecánico (Georgescu-Roegen, 1971), incapaces de corresponderse con la situación actual. Generalmente, las repercusiones de los cambios acontecidos en el llamado sustrato económico solamente han sido captadas insatisfactoriamente. Empero, las formaciones teeóricas en psicología y sociología no pueden permanecer indiferentes ante el hecho que toda forma de sociedad está basada en el establecimiento y la consolidación de determinadas relaciones de poder materializadas a su vez en relaciones concretas de dominación (Althusser, 1977). Toda sociedad para su supervivencia y mantención requiere de la reproducción de dichas relaciones de poder a través de los modos de subjetividad que ella implementa y fomenta (Foucault, 1994). Por ende, cualquier análisis psico-social tendrá que prestar particular atención a las diversas modalidades de engranaje entre mecanismos establecidos de control social y manifestaciones contemporáneas de subjetividad asociadas a cambios en la estructura social.

En años recientes se ha constatado un incremento notable del interés por la temática del narcisismo. Kernberg (1970, 1975) recuperó el concepto de narcisismo para la discusión psicopatológica contemporánea, Lasch (1971) puso en circulación el término de la "cultura del narcisismo" (1979), mientras que Lipovetsky (1983) incorpora su análisis de la figura de Narciso a su discusión del individualismo contemporáneo en la llamada "era del vacío". El auge de esta preocupación debe ser entendido como resultado de la conmoción simultánea de la estructura y dinámica de la sociedad y de los modos de subjetividad dominantes. Tras haber expuesto con anterioridad un enfoque macroeconómico de un problema social contemporáneo -el desempleo masivo-, ahora, partiendo del concepto de rol, nos centraremos en las repercusiones individuales de este fenómeno.

Retomando una de las ideas centrales de los teóricos del rol, se puede diferenciar el concepto de identidad social de aquellos de identidad personal e identidad del yo. De manera abreviada, la identidad social y personal forman parte, ante todo, del conjunto de expectativas y definiciones que tienen otras personas respecto del sujeto. Ambas implican el desempeño de un rol estructurado, rutinario y estandarizado en la organización social. La identidad del yo, en cambio, ha de ser construida reflexivamente, en otras palabras, es el resultado de un proceso subjetivo. De especial interés para esta investigación son aquellas constelaciones en las cuales se constatan discrepancias o contradicciones entre la autoidentidad, es decir, entre la identidad que el sujeto se atribuye a sí mismo y la aloidentidad que le confieren los demás. Dichas discrepancias son particularmente interesantes en los casos de sujetos estigmatizados, que, en un principio, tienden a definirse a sí mismos como iguales a cualquier otro, mientras que simuláneamente son definidos por quienes los rodean como sujetos marginales. Dada esta autocontradicción básica del sujeto estigmatizado resulta comprensible que realice grandes esfuerzos para encontrar una solución a su conflicto (Goffman, 1967b). 

El proceso de creación y desarollo de sujetos capaces de convertirse en actores sociales es el resultado de relaciones de reciprocidad entre procesos psíqicos "internos" y condiciones circundantes socialmente mediatizadas (Weber, 1920). Un factor sustancial a la hora de emprender la determinación de la identidad social del sujeto, una de las intersecciones más comentadas, ya sea desde la perspectiva psicológica o sociológica, es la correcta estimación de su perfil de rendimiento individual (Hirsch, 2000). Solamente mediante él el sujeto es identificado y reconocido como parte integrante del todo social y sólo de esta manera puede aspirar a obtener las recompensas y los servicios propios de una sociedad de bienestar, interesada en promover la seguridad social mediante el sostenimiento de redes sociales lo suficientemente resistentes y densas. El valor del sujeto, su autoestima10, en ese sentido está definido indirecta pero inevitablemente mediante su rendimiento, ya que para su fijación y tasación siempre requiere de una significación exógena, una atribución de sentido por parte de otros (Häfeli, Kraft & Schallberger, 1988). En otras palabras, la constitución de su identidad pasa por la realización de su rol laboral. De no ser esto posible, se conformaría una discrepancia notable entre las atribuciones y expectativas externas, que definen el hombre moderno como individuo padre de familia, monogámico, trabajador, por un lado, y la realización efectiva, por el otro.

Como ejemplo del puñado de exigencias sociales formuladas hacia los sujetos acaso puedan servir los numerosos manuales de psiquiatría en uso -DSM-IV, ICD-10- que consideran la mantención de la capacidad laboral como criterio indispensable de normalidad. Cualquier merma o irregularidad en el rendimiento laboral inmediatamente se convierte en señal inequívoca de que se está ante una "alteración" o un "trastorno" mental. Ser sujeto en la sociedad industrial tardía aparentemente significa inmediatamente estar puesto ante la disyuntiva entre ser sujeto productivo o simplemente no ser.

Siguiendo con esta idea, la captación íntegra de la importancia del trabajo y de los roles asociados para la conformación subjetiva no se agota en la consideración de las exigencias que éste ha de cumplir con tal de asegurar las condiciones materiales mínimas de sobrevivencia. Además de lo anterior, se ha de tener en mente el siguiente estado de cosas: Como ya se tuvo ocasión de advertir, cada sociedad se perpetúa mediante la introyección e internalización de determinadas relaciones de poder por parte de sus ciudadanos, un proceso para el cual se fomentan o sancionan determinadas formas de subjetividad, controlando de esta manera la reproducción de sus condiciones de subsistencia (Marcuse, 1968, 1969). Las relaciones entre sujeto y sociedad, lejos de reducirse a un puñado de interacciones puntuales e unidireccionales, se extienden a un todo complejo de relaciones de reciprocidad en constante reformulación, una constelación plural, inestable y plástica, siempre a punto de deshacerse y en la cual se conjugan factores afluyentes de diversa índole. Los procesos de marginación y de exclusión, en ese sentido, contribuyen decisivamente a la consolidación de las relaciones de poder establecidas y del tipo de sociedad en el cual éstas se hayan encarnadas (Foucault, 1994).

La pregunta que se puede formular tras evaluar el proceso de constitución de subjetividad bajo coparticipación activa del universo social es: ¿Tiene el sujeto moderno un valor propio, más allá del reconocimiento social recibido en virtud de su disposición al trabajo remunerado? Y, en segundo lugar, ¿qué modos contemporáneos de producción de subjetividad han de ser considerados a la luz de los cambios acontecidos a nivel de la estructura económica?

La relativa alienación entre la determinación subjetiva ineludible, experimentada por la presión de las condiciones materiales, por un lado, y la demanda social, formulada en tono imperativo, por el otro, encuentra su expresión más actualizada en el debate en torno al narcisismo. Este tema en los últimos años ha experimentado un interés renovado, hasta el punto de que Lasch (1971), extrapolando el concepto de narcisismo de su contexto teórico-clínico inicial, ha hablado de toda una "época narcisista". El narcisismo, en la mayoría de los trabajos publicados al respecto, aparece como un fenómeno clínico vinculado a un desequilibrio entre las necesidades de seguridad y ligazón, por un lado, y la curiosidad o la conducta exploratoria, por el otro. Dicho desequilibrio puede dar origen a lo que ha sido distinguido como el síntoma axial de la formación sustitutiva narcisista, a saber, una desregulación del valor de sí. Ni siquiera las descripciones clínicas más ateóricas han sido capaces de ocultar que el síndrome medular del narcisismo se relaciona con la percepción y representación adecuada de sí y la alteración subsecuente del comportamiento interpersonal. Aunque en los trastornos narcisistas a primera vista pareciera existir un sí mismo coherente, el sentimiento de sí es eminentemente frágil y necesita de la presencia de "self-objects" cuya admiración sirve de apoyo o muletilla (Akhtar & Thomson, 1982). Detrás de la aparente integración del sí mismo en los trastornos narcisistas se ocultan una difusión interna de la identidad y una desorientación con respecto a los propios fines (Kernberg, 1984). La ejecución de tareas extraordinarias y grandiosas, en las cuales el sí mismo se reconoce y afirma, son de particular importancia. Fantasías de grandeza, éxito y poder desmesurado, sobreestimación de las capacidades y posibilidades reales, exigencias de reconocimiento y admiración, reacciones desproporcionadas a insinuaciones leves de crítica, son solamente algunas de las características distintivas que se vinculan directamente con la alteración del valor de sí mismo (Kernberg, 1975, 1981; Kohut, 1983).

El debilitamiento o la desintegración de las redes sociales (Sennett, 1980), el lento pero progresivo aislamiento del sujeto, puede inducir a agudizar el desequilibrio anteriormente constatado y contribuir a la emergencia de síntomas clínicos agudos tales como la alteración del control de los afectos y de los impulsos, experiencias de despersonalización y desrealización, etc. Lo que comparten todas estas manifestaciones clínicas entre sí es que en todas ellas hay una alta cuota de incertidumbre e inseguridad con respecto del sí mismo, el cual es experimentado como frágil, inseguro e impotente (Singer, 1977a, 1977b) y que dicha inseguridad ha de ser compensada reactivamente mediante la producción de fantasías de grandeza aumentadas e irreales. La patología narcisista, de esta manera, se presenta como un intento, logrado a medias, por corresponderse con un status quo social predeterminado, definido e impuesto por una cierta forma de organización de la sociedad, desarticulada de las condiciones de posibilidad del medio que ofrece la precaria base económica. En este caso, se trata de precisar la relación entre la organización intrapsíquica del sí mismo constatada en la patología narcisista y los procesos sociales circundantes, que en esta materia son procesos de orden macroeconómico. Si el narcisismo ha sido caracterizado como un cuadro clínico basado en un desequilibrio entre las necesidades de protección, seguridad y orden, por un lado, y las tendencias centrifugales tales como interés, búsqueda, curiosidad, por el otro, se vuelve necesario preguntar qué formas de seguridad y sostén ofrece el marco social y cómo se organizan las respuestas sociales institucionalizadas formuladas con la intención de responder a dichas necesidades.

El aseguramiento social del individuo, su inserción e incorporación en las sociedades industriales tardías se determina y regula a través de la disposición manifiesta de éste a emplearse en el mercado laboral, su tasación como fuerza de trabajo (Sennett, 1998). A partir del momento en que se pierde o cesa aquella disposición, automáticamente también se pierde la mayor parte de las ventajas y garantías sociales, al igual que el sujeto repentinamente se ve desprovisto de su lugar asignado en la estructura social. El reconocimiento social del sujeto, una operación fundamental para la constitución del valor de sí, se determina a través de su perfil de rendimiento individual, que se mide básicamente mediante su disponibilidad de ingresar al mercado laboral y de permanecer en él (Raeder & Grote, 2000). Que esta disposición haya sido definida como una función consciente, únicamente dependiente de la voluntad del sujeto, indudablemente es el efecto de la difusión secularizada de la autocomprensión de sí como sujeto moderno, autónomo, provisto de antemano de las herramientas necesarias para enfrentar exitosamente un medio hostil y adverso.

Aparentemente, tal como se desprende de las cogitaciones precedentes, existe una relación entre el perfil de rendimiento individual, los sistemas de seguridad social y la problemática, aún incierta, del valor propio o valor de sí. Pareciera ser que la forma en que se han organizado los sistemas de seguridad social y de empleo, más que contribuir a resolverla, de lo contrario reproducen, favorecen y mantienen formalmente aquella patología psíquica conocida como formación narcisista. Siguendo a Foucault (1961), se podría agregar a la argumentación precedente, que cada formación social está basada en el funcionamiento correcto de determinados mecanismos de exclusión social, responsables de la definición de la identidad colectiva hacia el exterior. La creación y conservación de determinadas categorías psicopatológicas es un primer paso en aquella relación reflexiva que cada sociedad establece hacia sí, la ocupación de aquellos lugares vacíos por individuos concretos es un segundo paso indispensable para el aseguramiento hacia el exterior. Asimismo, concretizando lo anterior, se puede decir que la autorreferencialidad de los sistemas de seguridad social, su repliegue creciente sobre sí, se encuentra en una relación de sentido con síntomas clínicos tales como falta de autenticidad, dependencias múltiples, vacío crónico, fantasías de grandeza, sobreidealizaciones y degradaciones y otros fenómenos vinculados con la estabilización del valor propio.

Si los mercados competitivos globales, caracterizados como formalmente inestables y subconsumtivos, reproducen socialmente un correlato de la psicología de las neurosis, entonces se imponen las siguientes dos preguntas: En primer lugar, ¿cuál es la lógica que prescribe que los sistemas de aseguramiento y seguridad social estén organizados en función del ingreso y el rendimiento del sujeto, perpetuando una lógica utilitaria y racional? En segundo lugar, si desde un punto de vista (macro) económico la demanda por empleo total ha sido desenmascarada como insostenible, ¿cómo puede seguir operando a nivel psicológico, produciendo consecuencias psicopatológicas cuyo alcance supera los marcos comprensivos actuales? La re-formulación y precisión de estas preguntas, cuya respuesta demandará la labor coordinada de profesionales de diversa índole, acaso podrá servir como guía para pensar nuevas formas de articulación entre lo subjetivo y lo social a propósito de desempleo masivo y la patología narcisista.

Discusión

Actualmente la consideración empírica de la participación de factores llamados sociales en la causación y mantención de determinadas enfermedades (psíquicas) es un hecho que goza de creciente popularidad en la comunidad científica. No obstante, los modelos (infeccioso, celular-biológico, diagnóstico, etc.) de enfermedad empleados suelen ser excesivamente reduccionistas y unilaterales. La descripción del objeto de las ciencias humanas requiere un modelo cíclico o recursivo, que sustituya la causación unidireccional por relaciones complementarias de reciprocidad. De este modo, no se debe perder de vista cómo nuestras condiciones sociales, que conforman el encuadre a nivel macro, a su vez son constituidas por determinadas enfermedades individuales. Es decir, se han de combinar simultáneamente dos movimientos contrapuestos identificados como top-down y bottom-up.

La relación sujeto-sociedad hasta la fecha ha sido pensada mayoritariamente desde una de estas vertientes descuidando el movimiento complementario, lo que ha conducido a la formulación y difusión de dos modelos de sociedad: la versión colectivista y la versión individualista. Estas interpretaciones de la sociedad, a su vez, implican una determinada concepción de sujeto. La respectiva visión-de-hombre contenida ya en las premisas fundamentales de cada formación teórica no es reconocida ni problematizada por ésta sino que opera como determinación epistemológica oculta.

El concepto de rol, tratado tanto por la psicología como por la sociología, se ofrece como una noción productiva a la hora de repensar la relación sujeto-sociedad. La discusión del rol identificó tres distinciones clásicas que subyacen a una aproximación tradicional al problema de la relación sujeto-sociedad: la distinción entre el sustrato y la supraestructura, la distinción entre el interior y el exterior y, finalmente, la distinción entre lo normal y lo patológico. A la luz de los desarrollos teóricos recientes en filosofía, filosofía de las ciencias y las mismas ciencias naturales, estas distinciones, habitualmente asumidas como naturales y comprensibles de suyo, deberán ser interrogadas y problematizadas. La reflexión epistemológica que deberá acompañar esta interrogación con tal de superar su hermetismo y autorreferencialidad deberá abrirse al diálogo con otras disciplinas y prácticas discursivas.

A partir de la discusión crítica del concepto de rol se desprende que sujeto y sociedad no han de ser pensados como entidades o sustancias apriorísticas, sino como funciones complejas, plásticas y poliformes, fundadas en su constante interacción. El rol, concebido como el punto dinámico de intersección entre el sujeto y la sociedad, al contribuir al establecimiento de patterns relacionales relativamente estables, se ofrece como punto de partida para precisar esta relación. La ventaja de la noción de rol consiste precisamente en que no es una idea abstracta, engendrada por la teoretización especulativa, sino un concepto aprehensible, encarnado en formaciones psíquicas y sociales concretas.

Por último, el ejemplo del desempleo masivo y las patologías narcisistas ilustra y subraya la problemática tratada. En este caso, la estrecha relación entre perfil de rendimiento individual y standards sociales de seguridad produce una figura de rol en la cual se reduplica constantemente la psicopatología narcisista. Desde un punto de vista epistemológico, la relación entre sujeto y sociedad no ha de ser entendida únicamente de manera lineal y unidireccional, sino de un modo dialéctico y fractal. Existen contadas analogías entre lo particular y lo general, tanto desde un punto de vista formal como en cuanto a contenidos y morfología (Ciompi, 1997). Los trastornos narcisistas aparecen como producto de una lógica económica patógena, que enfrenta a los sujetos a la insalvable contradicción entre los roles sociales de los cuales disponen con tal de constituir su identidad y la falta de posibilidades concretas para desempeñar estos roles. Más que un efecto colateral no deseado, los fenómenos asociados al narcisismo aparecen como productos intrínsecos de un determinado modelo económico, que se estabiliza precisamente en la exclusión y marginación de aquellos sujetos "disfuncionales" y "anormales" no sin antes promover precisamente la producción de estos modos de subjetividad.

Si la relación sujeto-sociedad no se reconstruye únicamente como una constante racional, sino que se considera a partir de determinadas manifestaciones disfuncionales y patológicas, se entreabren una serie de consecuencias. Estas consecuencias no son únicamente de tipo intelectual-teórico, sino que tienen una dimensión fáctica o sociopolítica concreta. Si los mercados económicos debido a razones inherentes y lógico-formales efectivamente son inestables y subconsumtivos y si al mismo tiempo reproducen un correlato psicopatológico, entonces se plantea la pregunta si merece la pena organizar nuestros sistemas sociales de seguridad en torno al ingreso y rendimiento laboral de los sujetos. El trade-off del crecimiento económico y del porcentaje de ocupación más bien sugiere lo contrario y exige la implementación de un basic income capitalism que contempla un ingreso de base garantizado, financiado mediante los impuestos e independiente de los mercados económicos (Friedman, 1962).

Efectivamente, el homo sociologicus de R. Dahrendorf (1958) mediante la recepción de aspectos psicológicos y la distinción de diferentes contextos sociales ha experimentado una diferenciación adicional que contribuye a la comprensión de la compleja e irreductible relación entre sujeto y sociedad. De esta manera, ciertas manifestaciónes abordadas tradicionalmente por la psicología individual repercuten necesariamente en las formaciones teóricas circunscritas al ámbito de lo social, mientras que, a su vez, determinados fenómenos sociales afectan la las prácticas discursivas promovidas por la psicología. Las respectivas relaciones, como se ha tenido ocasión de señalar, superan el marco de los modelos lineales, basados en esquemas simples de causa- efecto, que suponen implícitamente la comprensibilidad de suyo de las distinciones clásicas comentadas (Lyotard, 1979). La recuperación crítica del concepto de rol, una idea dejada de lado por el debate científico durante las últimas décadas, a nuestro parecer constituye un aporte decisivo a la elaboración de una teoría crítica centrada en la consideración de las relaciones sujeto-sociedad.

Notas

Stefan Brunnhuber y Niklas Bornhauser, Facultad de Medicina.

1 Como ejemplo del hermetismo epistemológico de la medicina contemporánea se puede citar la concepción de enfermedad en medicina, uno de los conceptos más resistentes al cambio y a la reestructuración cognoscitiva, y que suele estar construida sobre los supuestos ininterrogables e inamovibles acerca de la anterioridad lógica de procesos patofisiológicos, microbiológicos, endocrinológicos o anátomo-funcionales y su incidencia en la configuración definitiva del "cuadro" sindromático. Siguendo a Weiner (1979), se pueden identificar tres modelos básicos que subyacen a esta comprensión de enfermedad y que son, respectivamente, el modelo de las enfermedades infecciosas de R. Koch, el modelo de la biología celular de R. Vichow y, por último, el modelo diagnóstico en cualquiera de sus variaciones. Más allá de las diferencias y distinciones destaca el elevado grado de reduccionismo inherente a los tres modelos en cuestión y su impermeabilidad a una demanda reciente, centrada en la exigencia de la justa consideración de la ciclicidad o recursividad de las relaciones entre el sujeto y el contexto y el abandono de los esquemas explicativos basados en la asunción de la linearidad y causalidad simples.

2 Un ejemplo paradigmático para semejantes esquemas puede ser visto en el modelo topográfico en su versión más simple, que distingue, por un lado, entre un sustrato, un fundamento o una base subyacente y, por el otro, una supraestructura o Überbau (la palabra alemana Überbau, tal como sucede análogamente con Überich o Übermensch, suele traducirse al español como superestructura, mientras que la palabra supra- o sobreestructura parecería ser la más adecuada) sobrepuesto. Semejante representación, a pesar de ser evidente, en contra de toda lógica racional ha llegado a materializarse como esquema cognitivo apriorístico en vastos círculos académicos y científicos, consagrados al estudio del hombre y de su contexto social, cultural y económico. Dicho modelo se compone, a su vez, de dos grupos de tendencias vectoriales: por un lado, los llamados enfoques top-down, que se centran en la identificación de factores sociales que devienen relevantes con respecto a enfermedades específicas y, por el otro, los enfoques bottom-up, dedicados al estudio de las repercusiones de enfermedades singulares sobre el todo de la estructura social.

3 Este énfasis, central para la demarcación del lugar y papel del sujeto es rescatado en la precisión hecha por Althusser cuando enfatiza que "la estructura de las relaciones de producción determina lugares y funciones que son ocupados y asumidos por agentes de la producción, que no son jamás sino los ocupantes de estos lugares, en la medida en que son los "portadores" (Träger) de estas funciones." (Althusser, 1969, p. 194). De este pasaje, leyéndolo con detención y considerando su ubicación en la trama argumentativa althusseriana, se puede extraer que los verdaderos sujetos, esto es, los agentes de la producción, no son reducibles a los meros ocupantes o funcionarios de estos lugares y estas funciones, sino que intervienen activamente en su definición y distribución. La palabra alemana Träger designa los soportes de la producción, su andamio distintivo que se sostiene sobre un respaldo humano, capaz de engendrarla y sustentarla a la vez.

4 Si bien las expresiones "persona", "individuo" y "sujeto" suelen emplearse indistintamente e incluso tratarse como si fuesen sinónimos, se remontan a etimologías separadas, están construidas sobre supuestos epistemológicos diferentes, delimitados e implican consecuencias teórico-prácticas diversas. Para fines de este trabajo se entenderá por persona aquella conceptualización del hombre que se remonta a la antigua noción de persona, máscara, y que ha sido conceptualizado por las llamadas psicologías de la personalidad o por la teoría jungiana. Persona, tal como sugiere un breve esbozo de su vasta y bifurcada genealogía, está emparentada conceptual y prácticamente con la teoría del rol. Por otro lado, tal como sugiere la palabra, es una representación de lo humano unida estrechamente a la Modernidad, su tendencia analítica, reduccionista, su epistemología empírico-positivista y su afán metodologizador. Se equivale aproximadamente con la comprensión atomista que demuestran tener los sociólogos individualistas de los fenómenos humanos. Sujeto, subjectum, más allá de la distinción cartesiana que se encuentra más próxima a la idea de individuo, se relaciona ya sea con las diversas filosofías de la subjetividad o con el debate (postmoderno) desecadenado a partir de la apresurada declaración de la muerte del sujeto (moderno). A nuestro parecer, como se espera demostrar, este último concepto por su polisemia y plasticidad permite pensar la relación entre ontogénesis y filogénesis de manera novedosa y productiva tanto para psicología y sociología.

5 El precursor más importante del individualismo probablemente sea A. Smith (1776), según quien las sociedades, tal como se conocen hoy en día, están constituídas esencialmente por la interacción entre sus miembros, en donde interesa particularmente la consideración no de decisiones conscientes y racionales, sino la captación y precisión de actos y elecciones no-intencionadas, indeseadas o involuntarias. El optimismo inherente a la aproximación de Smith se expresa en la esperanza que los efectos no-intencionados, siguiendo su tendencia inherente, a la larga contribuyen al bienestar, el consenso y la armonía de todos, una convicción ilustrada por su concepto de la "invisible hand".

6 Por ejemplo, si se extrapolan las consecuencias más inmediatas que se siguen de la visión-de-hombre de un T. Hobbes o de J. Locke, se puede estar seguro que las reflexiones relativas a la explicación de determinados fenómenos sociales -contrato social, relación de poder, control, institucionalización, derecho y actuar económico, de la práctica educativa concreta hacia el programa sistemático de Bildung- llevarán a resultados del todo diferentes y divergentes.

7 Ha de advertirse en este lugar que desde cierta perspectiva, contrariamente a la tendencia mayoritaria en ciencias sociales, justamente lo no-intencionado, aquello que escapa al control y a la voluntad del sujeto consciente, se ha convertido en un factor esencial de cualquier análisis de lo humano. Sin embargo, con tal de evitar cualquier malentendido, se ha de aclarar de inmediato que lo in-determinado no es un lugar vacío, ciego y meramente formal, que ha de articular el individuo con la sociedad, sino que posee una estructura palpable, referida a un sustrato y una materia identificables. De este lugar, frecuentemente ignorado, ha de arrancar la crítica a las máximas de la teoría del rational choice (Esser, 1993), que parte del supuesto de la coincidencia necesaria entre actos de elección racionales y conscientes y la interpretación del contexto. Lo mismo vale para la teoría económica neoclásica (Samuelson et al., 1998), construida sobre la convicción que los hechos sociales y económicos han sido generados a partir de las manifestaciones preferenciales de un sujeto consciente de sus necesidades y de sus motivaciones, interesado en maximizar su ganancia y optimizar su beneficio. La desconsideración o desmentida de la posible incidencia de lo inconsciente y de las patologías o desviaciones psíquicas -ambas problemáticas aparecen emparentadas históricamente en el psicoanálisis freudiano- en la generación de fenómenos sociales particulares y de la estructura social en general, a posteriori sólo puede ser explicada como consecuencia del dominio hegemónico irrestricto de un racionalismo totalitario e intolerante.

8 Como revela el análisis, pormenorizado y sinóptico a la vez, de la genealogía de la noción de rol, éste es el resultado -transitorio- de un devenir complejo e imbricado, lleno de giros, virajes y repliegues. En efecto, su historia efectiva, más que verse representada por una continuidad ideal, semejante al movimiento teleológico a encadenamiento natural, "es por el contrario una miríada de sucesos entrecruzados; lo que nos parece hoy `maravillosamente abigarrado, profundo, lleno de sentido', se debe a que una `multitud de errores y de fantasmas' lo han hecho nacer, y lo habitan todavía en secreto". (F. Nietzsche, en M. Foucault, 1984, p. 21).

9 Esta expresión alude a que un número significativo, a saber, un tercio de la población activa en rigor ya no "se necesita" para la mantención, el aseguramiento, la identificación hacia el interior y la delimitación hacia el exterior de la sociedad postindustrial. Como consecuencia de esta relación muchos grupos marginales o minoritarios no solamente han sido desacoplados del desarrollo hacia un bienestar creciente, sino que simplemente ya no son integrables en el desarrollo de sociedades de masa complejas. Este efecto de exclusión ha sido verificado empíricamente y a nivel global se presenta de manera aún más agravada, por lo cual también se habla de una sociedad de 20:80 o del modelo de Brasil (Martin & Schumann, 1996).

10 La palabra Selbstwert, de vasta raigambre filosófica en el pensamiento alemán, se suele traducir al castellano como autoestima, una traducción que oculta las implicaciones económicas del término. El problema del valor propio (Eigenwert) del sujeto reproduce una conocida discusión en ciencias económicas a propósito de la distinción entre valor de uso (Gebrauchswert) y (Tauschwert) (Marx, 1867-1894), una antigua polémica a partir de la cual se ha sabido reconocer la importancia de los mecanismos de intercambio para el funcionamiento de la sociedad.

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