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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe v.14 n.2 Santiago nov. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22282005000200010 

 

PSYKHE 2005, Vol.14, Nº 2, 119 -132

ARTICULO

El Hombre y la Mujer Frente al Hijo: Diferentes Voces Sobre su Significado

Different Voices: The Meaning of Daughters and Sons for Men and Women

Leonor Mora, Cristina Otálora e Ileana Recagno-Puente
Universidad Central de Venezuela

Dirección para Correspondencia


RESUMEN

El interés de la investigación fue profundizar en la valoración que dan al hijo hombres y mujeres en los sectores menos favorecidos. Su objetivo: indagar sobre el significado del hijo para integrantes de diferentes estructuras familiares. La experiencia de campo incluyó entrevistas a miembros de ocho familias. Los datos fueron analizados con el método de las comparaciones constantes. Los resultados indican que en el discurso la noción del hijo aparece de forma contradictoria en diferentes momentos del ciclo vital y al relacionarlo con diversos eventos de la vivencia cotidiana; el hijo es un ideal mediado por las experiencias que tiene cada persona alrededor de la maternidad y la paternidad, su significado está asociado a patrones de orden ideológico, cultural y religioso.

Palabras Clave: familia, género, pobreza, significados, hijo.


ABSTRACT

The purpose of this paper is to enlarge our understanding of how children are valued by men and women in impoverished populations in Caracas. The objective of this study is to examine the meaning that children have for the members of different family structures. The field experience included interviews with eight families. The data was analyzed using the constant comparison method. Results show contrasting conceptions of children in terms of particular moments in people's lifetimes, and their everyday experiences. The meaning of a child is seen as an ideal related to people's experiences with their maternity and paternity. This meaning is also associated with ideological, cultural and religious patterns.

Keywords: family, gender, poverty, meanings, children.


El hijo aparece como una determinación social que tiene connotaciones diferentes para hombres y mujeres según sus características y experiencias de vida. Este tema resulta de interés para el estudio de la familia dentro de la Psicología del Desarrollo Humano, si consideramos que la familia, independientemente de la estructura que presente, es el primer escenario en donde se establecen las bases para que la mujer y el hombre pongan en juego lo que se espera de ellos en las diferentes etapas de su vida. Es a través de las prácticas discursivas y los actos que ocurren en la vida cotidiana del hogar que se trasmiten de padres a hijos los modelos de conducta. Indagar dentro de este contexto, acerca de la concepción que se tiene del hijo, es necesario y pertinente si queremos comprender y transformar los modos de interacción humana que se dan entre padres e hijos. Particularmente en familias pertenecientes al contexto, la cultura y la condición de vida económica y social "popular", por dos razones fundamentales: por la restricción que vive la mujer de participar en diferentas actividades, lo cual redundarían en un desarrollo superior de otras esferas de su vida, además de la maternidad y el cuidado de los hijos; por la limitación que experimenta el hombre para poder exteriorizar sus sentimientos e incorporar así otras prácticas en el ejercicio de la paternidad. La motivación principal fue la de investigar sobre la valoración que se da al hijo y las dificultades que él acarrea, especialmente para las personas que viven en condiciones económicas y sociales más limitadas. Su objetivo fue indagar sobre el significado que tiene el hijo para los integrantes de diferentes estructuras familiares, heterogéneas en número de personas, grupos de edad y calidad de vida. Los resultados que se presentan aquí forman parte del proyecto Género y vida familiar. Un estudio de significados, proyecto financiado por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad Central de Venezuela.

Organizamos este artículo en cuatro secciones: la primera recoge algunos elementos de carácter conceptual y empírico que permiten situar el contexto en el cual se inscribe el estudio; la segunda describe aspectos de orden metodológico y del procedimiento realizado; la tercera presenta la discusión de los resultados en dos categorías derivadas del análisis; la última, a modo de conclusión, integra un conjunto de precisiones de orden teórico.

Concepciones Básicas

La Maternidad y la Paternidad Desde la Psicología del Desarrollo

En la modernidad el estudio del desarrollo infantil ha sido el centro de la investigación en la psicología evolutiva y, junto a dicho desarrollo, se ha colocado a la madre como la responsable de los logros alcanzados por el hijo (Burman, 1998). Son abundantes los estudios sobre la interacción madre-hijo a lo largo de la infancia, a la luz de diferentes posturas teóricas y, en menor medida, aquellos que señalan la interacción del niño con el padre u otras personas que pudieran estar a su alrededor. La Escuela Soviética, con Vygotski como la figura más representativa, señala la importancia del adulto y del medio social que rodea al niño como la fuerza motriz de su desarrollo (Vygotski, 1984/1996). Se reconoce a la familia como el contexto inmediato más importante para el desarrollo humano, a la vez que éste se ve afectado por otros que se le sobreponen, la escuela, la política, la economía (Bronfenbrenner, 1987).

Nos preguntamos qué motivaciones, dentro del sistema familiar, tienen los padres y las madres para ejercer su rol, cuáles son las coordenadas que a un nivel subjetivo se ponen en juego y qué significados se construyen alrededor del ser padre y ser madre.

Sobre el hecho de la maternidad, los estudios de mujeres proporcionan una interesante discusión que ubica a la maternidad como unidad de análisis en la investigación en género y que va más allá del rol sexual. Flax (1995) indica que el género es:

...una relación social independiente y autónoma de otras, como raza y posición económica, pero que al mismo tiempo las moldea. Es una forma de poder ... una categoría de pensamiento, es decir, el género limita o hace parcial de forma sutil o abierta el pensamiento ... un elemento constituyente central en el sentido del yo de cada persona y en la idea de una cultura de lo que significa ser persona. (pp. 84-85)

Dentro de la perspectiva de género es famosa la afirmación de Beauvoir (1949/1998) cuando de manera crítica señala a la maternidad como destino de toda mujer, como la vocación "natural", aparentemente, ya que todo su organismo está orientado a la perpetuación de la especie. Se ha demostrado a través de los cambios de la modernidad la evolución del sentimiento maternal, las modificaciones registradas en la familia en los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, han sido analizadas por sociólogos e historiadores como Ariès (1973), Flandrin (1979) y Shorter (1977). El seguimiento de documentos y registros diversos dieron pie a la interpretación de hechos históricos sobre la vida familiar, donde la separación usual del niño de su familia, su colocación en casa de nodrizas y otras familias, la gran mortalidad infantil de la época, la habituación ante la pérdida de los hijos, apoyan una visión distinta del sentimiento maternal a la que surge con el romanticismo. Esta es una visión compartida que Badinter (1981), expresa en forma explícita bajo el título ¿Existe el amor maternal?

La variedad contemporánea de sentimientos hacia el hijo no debe sorprendernos, sino refuerza nuestra conciencia de que las relaciones humanas, tanto como los sentimientos sociales responden a formas de ideologización de esas relaciones. Una expresión de esto lo representa la manera en que la maternidad se ha convertido en un dictamen social, que es explicado por el psicoanálisis como parte constitutiva del yo (Flax, 1995). De tal forma que el significado de maternidad asociado al de familia, se presenta de manera aparentemente clara y sin contradicciones, vemos así cómo se confirma la ideología de la maternidad a través de la práctica. Evidencia de este hecho lo confirman los estudios realizados en Venezuela que reportan que la maternidad es para las mujeres el objetivo fundamental de sus vidas y, el hijo, quien le da sentido a la misma (Moreno, 1994, 1995; Moreno et al., 1998; Moreno et al., 2002; Otálora & Martínez, 1999; Otálora & Mora, 2004; Paván, 2001), no así cuando del padre se trata.

Tubert (1997), ofrece una interesante reflexión teórica sobre la dificultad existente para darle un lugar a la figura del padre, ella sostiene que la paternidad es una construcción cultural que no se puede comprender sino en su articulación con la maternidad dentro de un sistema de parentesco y en el universo simbólico de la cultura a la que pertenece.

A partir de una visión histórica de la familia, resulta interesante mencionar las reflexiones de Knibiehler (1997), quien propone evitar la oposición entre un antiguamente homogéneo y estable y un hoy en el que todo habría cambiado. Indica la autora, a propósito de la paternidad como institución socio-cultural, que ésta se transforma incesantemente bajo la presión de múltiples factores. Su análisis nos ayuda a comprender el presente de nuestras familias, en donde la presencia o ausencia paterna y la fuerte presencia materna resultan ser un acertijo por las reacciones que despiertan en sus miembros y la significación que se les atribuye. La familia contemporánea está marcada por un retroceso lento y progresivo de la presencia y la potencia del padre y por una afirmación de la madre. Esta situación haría pensar en un matriarcado, pero según Knibiehler (1997) "El patriarcado ya no opera en el interior de la familia, pero conserva toda su potencia en la sociedad" (p. 133).

Resultan contrastantes con las ideas anteriores los resultados de investigaciones realizadas en países latinoamericanos, en donde la figura del padre y la paternidad como vivencia, asociados a la masculinidad, presentan aspectos que invitan a la discusión.

Vásquez (2004), realizó un estudio en Venezuela, cuya finalidad fue comprender el proceso de construcción de la paternidad en un grupo de padres profesionales que participaban en la crianza de los hijos. Los resultados indicaron que la implicación afectiva del padre en la crianza, de forma cotidiana, ha propiciado el establecimiento de una relación del padre directamente con el hijo separada de la pareja y de su función como procreador. Estos resultados no coinciden con los hallazgos de Otálora y Mora (2004) en un estudio en familias populares de este mismo país, en donde el ejercicio de la paternidad estaba en función de la presencia de la pareja.

Pero la presencia de la pareja con una buena relación no se circunscribe solamente a la esfera afectiva, sino al hecho de que la mujer esté incorporada al campo de trabajo y, el hombre desempleado, se vea obligado a asumir las tareas del hogar y el cuidado de los hijos. Así lo señala Pineda (2000), en una investigación realizada en Cali, Colombia, país que presenta una de las tasas más altas de participación femenina en el mercado laboral en América Latina, lo cual ha alterado significativamente la realidad y el ideal del hogar con el hombre como único proveedor.

En consonancia con la información anterior, resultan de interés las investigaciones sobre la paternidad realizadas en Chile (Olavarría, Benavente & Mellado, 1998; Olavarría & Mellado, 1999; Valdés & Olavarría, 1998 en Olavarría, 2001), en las cuales se encontró que algunas veces el padre se distancia de los hijos cuando se presentan conflictos de separación con la pareja, demostrando que puede vivir sin ellos. No obstante la paternidad en este país pasa a ser una reafirmación de la identidad masculina y se le plantea al hombre la exigencia de la paternidad como un mandato de la masculinidad hegemónica que se debe cumplir sin cuestionamiento alguno. Por lo tanto, ser padre en Chile es un destino ineludible, porque organiza al hombre alrededor de un proyecto de vida que lo orienta como persona, le permite madurar y al mismo tiempo darle sentido a su existencia. Tanto la masculinidad hegemónica, como la paternidad destino ineludible son aspectos que coinciden con los resultados de la investigación realizada por Cáceres, Salazar, Rosasco y Fernández (2002), con hombres y mujeres del sector popular y del sector medio en Perú.

Estos hallazgos permiten confirmar lo que plantea Vásquez (2004) con respecto a la existencia de más elementos comunes que diferencias en la experiencia subjetiva del hombre sobre la construcción de la masculinidad y su vinculación con la paternidad en Latinoamérica. Según esta autora, tomando como punto de partida el modelo hegemónico de masculinidad, se socializa al hombre para tener hijos y no para ejercer la paternidad. En palabras de Olavarría (2001), tener un hijo no siempre significa sentirse padre.

La Familia Popular Venezolana

Al indagar sobre el caso de la familia popular venezolana, identificamos algunos rasgos que la caracterizan por su diversidad. Encontramos así que la heterogeneidad es una expresión que define la estructura de la familia popular habitante de los centros urbanos en Venezuela (Moreno, 1993, 1995). Tal naturaleza aparece señalada en la variedad de uniones que es posible hallar, asimismo en el tipo y número de miembros que conforman los grupos familiares. Acerca de la heterogeneidad que caracteriza a la familia, Recagno-Puente y Platone (1998), refieren el impacto diferencial experimentado por la familia como consecuencia de los procesos de modernización que ha tenido el país. Esto llevaría a pensar que la incorporación de innovaciones en el orden social ha tenido repercusiones sobre la vida familiar, una de ellas expresada en la existencia de estructuras familiares heterogéneas, en donde los valores y roles tradicionales se han modificado.

Otro de los rasgos que identifican a la familia popular es el proceso homogéneo que ocurre en su interior. En la dinámica de funcionamiento familiar se puede apreciar que la madre y los hijos son los miembros incondicionales del grupo y juntos caracterizan una experiencia de vida. Es lo que Moreno (1993, 1995) identifica como "matricentrismo" y Hurtado (1995a, 1995b) llama "matrilinealidad". Estos rasgos apuntados de manera general como constitutivos de la familia popular en Venezuela, están sujetos a las particularidades que determina la "estructuración de lo popular" (Hurtado, 1995b), lo cual pauta una diversidad en el funcionamiento de sus habitantes a causa de la existencia de variados estratos socioeconómicos que coexisten en el mismo sector popular.

De modo que, lo popular hace referencia a una cultura, pero también a una condición de vida económica y social. Ambas: condición y cultura, funcionan de manera interdependiente, representan modalidades que logran diferentes expresiones de orden social y psicológico en sus miembros, trascienden los límites geográficos en tanto muestran adaptaciones comunes a problemas que resultan comunes. Razón por la cual entre sus miembros se encuentran semejanzas considerables en "... las relaciones personales, la orientación temporal, los sistemas de valores y los hábitos relativos al empleo del dinero" (Lewis, 1983, p. XLVI).

La "cultura de la pobreza", como lo expresa Lewis (1975, 1983), representa no sólo restricciones económicas, privación y escasez, sino que constituye modos de sobrevivencia que desarrollan las personas frente a este estado de cosas. Una caracterización que muestra rasgos distintivos de los individuos pertenecientes a esta "cultura" incluye el presente como el tiempo efectivo de las realizaciones y la escasa o nula planificación del futuro, lo que sitúa la vida en el ambiente inmediato y le otorga un restringido sentido histórico.

Estudios realizados en el contexto popular venezolano (Recagno-Puente, 1998), señalan un deterioro de la figura del padre en tres planos diferentes que configuran su rol: el afectivo, el económico y el de figura de autoridad. El poco control que puede ejercer el padre sobre las limitaciones económicas que impone el contexto, incide de manera directa en su dinámica de relación familiar y altera las funciones de proveedor, protección, cuidado y formación de los hijos. Sin embargo, la ausencia paterna en los tres planos mencionados no se puede atribuir a factores meramente económicos, pues el abandono paterno también se presenta en los otros estratos socioeconómicos e incluso dentro del mismo sector popular en padres con capacidad económica.

Ahora bien, en un contexto distinguido por pautas de funcionamiento como las que hemos descrito, los hijos se forman en un ambiente que no les provee la vivencia de la pareja a través de sus padres y tampoco tienen el referente cultural para ello; con este vacío, participan en la construcción de su vida en pareja, cerrando de este modo un ciclo que se abre otra vez, de nuevo, al abandono paterno y al establecimiento por parte de los hijos de lazos afectivos exclusivos con la madre. Por ello, es que desde la familia se mantienen los valores que definen a la cultura popular, así, la realidad cotidiana de la familia termina por reproducir realidades sociales cotidianas (Moreno, 1995).

El vínculo que es posible establecer entre familia y sociedad (Recagno-Puente & Platone, 1998) explica la co-determinación que se crea entre los miembros del grupo familiar y las relaciones que se forman en el entorno inmediato. El vínculo filial y la apertura a la relación dentro de la convivencia comunitaria se ven favorecidos por los "niveles organizativos de la familia popular-urbana" (Hurtado, 1995b, p. 196). Estos niveles presentan una diversidad que abarca desde familias nucleares con jefe de hogar asalariado hasta la existencia de redes extensas sustentadas por relaciones de parentesco que permiten la ayuda mutua con participación igualitaria. De esta manera, la residencia vecinal de la familia popular-urbana favorece la consolidación de la relación en lo cotidiano de los grupos familiares en tanto representan el ámbito del consenso y del entendimiento; asimismo, fundamenta el comportamiento popular-relacional de la familia porque potencia el desarrollo de estrategias "sociales, laborales, mercantiles" (Hurtado, 1995b, pp. 197-198), intercambios que resultan necesarios para la habitabilidad, el trabajo, compras y consumo, cuidado y crianza de los niños, división del trabajo -doméstico/económico- y en general, para hacer frente a los conflictos sociales.

La Noción de Significados

En el interés de profundizar en la comprensión de la familia popular, particularmente en el significado que se le otorga al hijo, abordamos la corriente de la construcción de significados. La atribución de significados a la experiencia concreta, a lo que el hombre hace y a lo que piensa sobre ello es parte de la llamada revolución cognitiva planteada en la Psicología por Bruner (1991, 1998). El autor nos señala que a través de planteamientos centrados en la interpretación se valora la existencia de muchos mundos posibles cuyo origen se ubica en la creación de diversos significados y realidades y, en el acuerdo que permite la construcción de nuevos significados; este acuerdo actúa, a la vez, como mecanismo regulatorio de las relaciones entre los individuos.

En tal sentido se valora la interacción entre los miembros de un grupo, como medio para favorecer el intercambio y para generar asentamientos, expresiones y situaciones culturales, que no son otra cosa que espacios y áreas de pertenencia donde se comparten y negocian formas de interpretar el mundo:

En virtud de nuestra participación en la cultura, el significado se hace público y compartido. Nuestra forma de vida, adaptada culturalmente, depende de significados y conceptos compartidos, y depende también de formas de discurso compartidas que sirven para negociar las diferencias de significado e interpretación... Por ambiguo o polisémico que sea nuestro discurso, seguimos siendo capaces de llevar nuestros significados al dominio público y negociarlos en él. Es decir, vivimos públicamente mediante significados públicos y mediante procedimientos de interpretación y negociación compartidos. (Bruner, 1991, p. 29)

En esta misma línea de la construcción de significados, pero desde la perspectiva del construccionismo social (Gergen, 1996), se discute sobre los orígenes comunes del significado y se juzga que la comprensión obtenida a partir del lenguaje o de las acciones que realizan los individuos deviene de un proceso "tenue y dinámico" de generación de significados.

Descripción del Estudio

El objetivo del estudio fue profundizar en la comprensión del significado que tienen sobre el hijo los miembros de diferentes grupos familiares, heterogéneos en número de personas, grupos de edad y calidad de vida, ubicados en un sector popular de la ciudad de Caracas.

Se desarrolló una investigación cualitativa, investigación que tiene como propósito el estudio de la vida cotidiana desde el enfoque que le dan los propios actores (Marshall & Rossman, 1989; Strauss & Corbin, 2002). Esta selección obedece al interés investigativo de captar el sentido que subyace a lo que se narra respecto a lo que se vive (Banister, Burman, Parker, Taylor & Tindall, 2004). Se utilizó el estudio instrumental de casos (Stake, 1999) como estrategia para abordar la diversidad de cada grupo familiar y, para profundizar en el conocimiento de cada uno de ellos.

Los grupos familiares fueron seleccionados atendiendo a los criterios de "heterogeneidad y accesibilidad" (Valles, 2000, p. 91). Con respecto a la heterogeneidad se buscó respetar la variabilidad existente en las estructuras familiares, así como en el número y tipo de miembros que las componen. Este criterio contribuyó en la búsqueda de la comprensión del fenómeno desde la diversidad de perspectivas ofrecida por cada participante. La accesibilidad a las familias se garantizó por el conocimiento previo del contexto y de algunos de los grupos familiares, quienes fueron participantes en trabajos de investigación realizados previamente en el sector (Recagno-Puente, 2002). Otras decisiones de muestreo implicaron la selección de los casos por cada grupo familiar o "muestreo de casos" (Flick, 2004, p. 75), durante el proceso de recolección. Para esta selección se consideraron los criterios de género, edad y tipo de parentesco, lo cual determinó la participación de mujeres y hombres; adolescentes adultos y adultos mayores; hijas e hijos, madres, padres, abuelas, abuelos. Adicionalmente y para efectos de publicación se utilizó el "muestreo para la presentación" (Flick, 2004, p. 75), una selección hecha de los relatos de los participantes sobre el material más ilustrativo de los conceptos trabajados en la producción teórica.

Los datos que se indican en este artículo corresponden a 14 informantes, miembros de ocho familias que habitan en un barrio popular de la ciudad de Caracas y presentan condiciones de pobreza y calidad de vida variables. Las familias tienen estructuras y constitución diferentes como lo indica la Tabla 1.

Tabla 1
Perfil de los informantes y tipos de estructuras familiares a las cuales pertenecen



Para conocer las perspectivas que tienen los diferentes miembros que conforman el grupo familiar y para acceder a la complejidad de conocimientos existentes con respecto al hijo, en la recolección de la información se utilizaron entrevistas cualitativas en profundidad (Taylor & Bogdan, 1990), con el uso de guiones semiestructurados, diferenciados por género y edad. En la recolección de la información se consideró el género de las y los entrevistadores con el fin de encontrar puntos de identificación con los entrevistados y facilitar, de este modo, la efectividad de la relación intersubjetiva.

El procedimiento para la realización del trabajo de campo incluyó la visita a la comunidad, selección de los informantes y sesiones de entrevista en el hogar -dos o tres por cada uno de los participantes. Para el análisis de los datos se utilizó el método de comparaciones constantes, con el propósito de generar teoría fundamentada o la teoría que se origina de la información recopilada (Strauss & Corbin, 2002). Es decir, a través de los datos se ilustra una teoría que permite la comprensión del significado que tienen sobre el hijo los miembros de familias populares caraqueñas. El uso del método contempló la actividad de análisis de la información en desarrollo paralelo con la recolección, en el procedimiento se cumplieron las diferentes etapas de codificación inherentes al método: codificación abierta (identificación de conceptos), codificación axial (análisis intenso de conceptos y relación entre ellos) y codificación selectiva (conceptualización y refinamiento de la teoría).

Discusión de los Resultados. El Hijo en la Diversidad de los Significados

Pensar la familia, es representar la madre, el padre y el hijo. A pesar de los cambios sufridos en la estructura familiar, particularmente en la familia popular, las dos figuras, padre y madre aparecen como entidades, aunque su presencia no sea real. Asimismo, el hijo está siempre presente, como un deber ser pautado socialmente y como un hecho biológico, es una construcción de múltiples significados para hombres y mujeres que han imaginado o vivenciado la paternidad y la maternidad. A la complejidad de origen en los significados que se le atribuyen al hijo, se agregan otras circunstancias como la pertenencia a espacios de interacción que son comunes a los miembros de la familia, las prácticas que allí se realizan y los determinantes de orden cultural. Todos estos elementos actuando conjuntamente, ofrecen una marcada incidencia sobre la representación y las prácticas de vida de las personas. A partir de las simbolizaciones y experiencias cotidianas de los diferentes miembros de la familia es que surge un conjunto de expresiones cuyo sentido conforma una trama de la relación, la cual permite significar al hijo con diversos matices dependiendo de la voz que hable.

Ser Madre... un Hecho Incuestionable

Se discuten aquí ciertos aspectos derivados del discurso de mujeres entre los cuales se destacan los significados que se construyen en torno a la maternidad como noción y como práctica, las concepciones asociadas al hijo dentro de la relación de pareja y los elementos vinculados con la crianza.

Ser madre: Una representación contradictoria. Ser madre es un hecho que aparece en el discurso de las mujeres entrevistadas como una marca de vida y un determinante de sus proyectos. Son relatos sin parangón y expresiones llenas de adjetivos calificativos para exaltar una experiencia que, en el caso de las mujeres-madres, las hizo cambiar, modificó sus vidas y las obligó a tomar un nuevo rumbo. A pesar de las dificultades, la soledad, la responsabilidad y atención exigidas por la presencia del nuevo ser, se piensa desde los más altos niveles de idealización y la entrega incondicional marca la relación con ese hijo. Ser madre constituye un acontecimiento que abordado desde la pluralidad de perspectivas, se convierte en una experiencia compleja y contradictoria en la cual convergen elementos de orden místico-religioso, biológico, psicológico y socio-cultural.

Algunas de las mujeres atribuyen a la posibilidad de ser madre el carácter de don divino a través del cual se distingue y enaltece la vida de la mujer. La maternidad en esta unidad de sentido, representa para ellas una concesión de Dios. De acuerdo con esto, ser madre obedece a una determinación ajena a lo humano que hace posible un suceso humano; es también, la participación de la mujer en el acto de la creación, una experiencia que corresponde a la divinidad y que resulta sin equivalencia en el hombre: "Los hijos es un don que uno tiene, que Dios le ha dado a uno, son cosas muy hermosas para uno" (Madre, 35 a., familia 3).

La maternidad, también es vista como un aprendizaje, pero, fundamentalmente, como un acontecer que hace posible el milagro de la vida. En tanto aprendizaje, el ser madre representa una experiencia que se consolida a partir del intercambio con el hijo. Esto es así porque la maternidad se simboliza, por parte de algunas mujeres, como un hecho de grandeza que maravilla, a través de él ocurre la conversión de ser uno durante el embarazo a ser dos luego del alumbramiento, momento a partir del cual, la madre acompaña la independencia y la consolidación de la nueva unidad:

Bueno, la maternidad para mí... yo al principio no conocía nada de esto, prácticamente fui adquiriendo conocimientos a medida que iba compartiendo con el niño y para mí, verdad que la maternidad es algo lindo, es muy emotiva, es decir: no es uno solo, somos dos, compartimos dos a diario, dormimos dos en un mismo calor y para mí es algo ideal… (Madre, 31 a., familia 5).

Cuando no se ha pasado por la experiencia de ser madre, la significación es otra. La posibilidad de ser madre de ninguna manera representa para la mujer joven un deseo sino una vivencia experimentada a través del cuidado de los hermanos menores y una reflexión alrededor de los obstáculos que para ella puede constituir la maternidad. Por lo tanto, en la narración, no hay expresiones idealizadas sino referencias a hechos concretos que han tenido una connotación negativa. En consecuencia, la maternidad no se vislumbra como un deseo a corto plazo. No obstante, el obstáculo se percibe con respecto a la consecución de pareja y no a otras metas:

No, uno no vale más [por tener un hijo] porque uno no tiene ya responsabilidad y eso. En cambio si uno se encuentra un novio ya uno está solo, no como esas que ya están embarazadas y para encontrarse un novio les cuesta mucho. Porque si se lo encuentran será por un ratico, quieren "aquello" y ya le dicen que no quieren más nada con ella porque ya saben que tienen un bebé y eso (Hija, 15 a., familia 3).

En el caso de otras jóvenes, si bien la maternidad es un suceso que puede ser planificado, no se juzga como un evento central para la vida de la mujer, es una opción elegible, siempre y cuando no se constituya en una interrupción para la conquista de metas como los estudios o el trabajo. De allí que, en tanto suceso planificado, la maternidad requiere madurez y estabilidad, tal vez por esto, la tercera década de la vida se ve como el período más indicado para que la mujer se convierta en madre:

Para mí, [el primer hijo] a los treinta años, ya uno está bien preparado, aunque ahorita ya los tienes a lo diez y ocho, quince años, hasta los doce años ya están pariendo (Hija, 19 a., familia 7).

Las mujeres que no pueden ser madres por la imposibilidad física idealizan la experiencia biológica y las sensaciones corporales inherentes a la función. Por ello, la maternidad se significa como una vivencia grandiosa en la cual el hecho biológico se considera como algo único e insustituible en la vida de la mujer, como algo ligado a la experiencia de ser mujer:

...es algo grandísimo ... es lo más grande del mundo, y considero que la maternidad es muy importante, por ejemplo, en los meses la barriga, la leche, es muy emocionante ... yo he visto a todas mis hermanas que han pasado con su barriga y las escucho y yo paro con ellas, las he cuidado y a mis sobrinas también, pero es muy bello, muy importante, uno aprende a ser mucho más mujer teniendo a su hijo... (Mujer sin hijos, 35 a., familia 1).

Quizás una de las expresiones que más llama la atención por parte de las mujeres madres, es la que tiene que ver con el cambio que produjo en sus vidas el nacimiento de un hijo, especialmente el primero. Algunas hacen referencia a lo desordenada que era su vida antes, y cómo después de la llegada del hijo tomó un nuevo rumbo que las favoreció:

Cuando mi hija [nació], que me di cuenta que tenía por quién ver, por quién luchar, algo mío, mío, mío. Ya después que mi hija nació yo cambié demasiado porque antes yo me iba a bailar, me iba con mis amigas, ahora no... (Madre, 23 a., familia 6).

Maternidad: Identidad y proyecto de vida. A la luz de los datos, pareciera que el proyecto fundamental de vida de las mujeres entrevistadas fuera la maternidad. El discurso expresado tiene mucha fuerza en los aspectos positivos alrededor de este suceso. Sin embargo, si se lee entre líneas, se puede apreciar que detrás de una afirmación idealizada se mencionan otras posibilidades para la vida que no necesariamente incluyen a la maternidad y al hijo.

Los hijos, para algunas madres, son parte de su esencia y existencia, de su realización personal. El motivo de los afectos y la razón de la felicidad. A ellos se les otorga, con respecto a la propia vida de la mujer madre, un sentido de completitud, continuidad, orientación para la vida, proyecto de vida. La vida sin ellos se plantea como otra diferente a la vida que comienza a ser a partir de los hijos. Dicho de otro modo, a partir de los hijos se vive una plenitud de esencia, de ser: "... para mí mis hijos son lo máximo... para mí es lo ideal, es lo primero, es lo principal, es mi base, es todo, un todo yo. Ellos, sobre todo, son primero" (Madre, 31 a., familia 5).

Esto es así porque los hijos dan sentido al "Yo" y sus realizaciones. Para la mujer adulta el hecho de tener el hijo le da la posibilidad de ser "gente", su ausencia niega esta posibilidad. Los hijos se experimentan como elementos centrales para la vida, como fin primero y último.

Estas afirmaciones entran en contradicción con el hecho de que el hijo significa en no pocas ocasiones la interrupción de los estudios, suspensión de la formación profesional y del inicio de la actividad laboral. Es como si una vez producida la maternidad, las consecuencias negativas desaparecieran y fueran reemplazadas por otras que son más positivas. Una vez que nace el hijo, la madre reacomoda sus planes, proyectos y vida en general en beneficio del bebé.

A pesar de la responsabilidad que representa el nacimiento de un hijo, y de que en algún momento hubiera podido no ser deseado ni planificado, la mujer madre lo considera como una gratificación dentro de la relación de pareja. La ganancia con relación a la pareja se remite fundamentalmente al hijo y si hay alguna pérdida ésta es con respecto a su propio proyecto de vida. La pareja queda excluida: "No, porque yo quería [continuar los estudios], o sea, gané mis hijos que no me arrepiento de mis hijos, pero yo quería seguir estudiando" (Madre, 23 a., familia 6).

Es así como ante cualquier suceso que se presente, el hijo se pone por delante y en primer lugar. Se postergan los planes y proyectos y se le da prioridad al hijo. Es posible ver entonces que la maternidad lleva a la mujer a reorganizar sus planes de vida:

…yo digo que ya cuando uno es madre uno no puede pensar en esas cosas materiales, uno tiene que pensar primeramente en sus hijos, bueno, por lo menos yo soy así… yo pienso primero en mis hijos y después en mí, poquito (Madre, 23 a., familia 6).

El hijo de cara a la relación de pareja. El hijo frente a la pareja se vive de manera diferente según el tiempo de la relación, sus características y las circunstancias en las cuales ocurre el embarazo del hijo. También tiene que ver con las expectativas de la mujer sobre lo que deberían ser los sentimientos del hombre hacia la figura del hijo dentro del contexto de la familia. La madre piensa alrededor del deber ser de la relación padre-hijo, pero, la incondicionalidad de los dos miembros de la pareja frente al hijo, como garantía de estabilidad y permanencia de la pareja, se cuestiona cuando la realidad demuestra que el hombre frente a la familia se comporta de manera diferente a la mujer.

En el ideario de algunas de las madres entrevistadas se considera al hijo como lo principal para ambos padres, fundamentalmente para la madre quien lo experimenta como una parte de sí misma. Cuando el hijo nace, hace factible la continuidad de la vida, se convierte en el motivo central que la posibilita, el único. Desde esta perspectiva, referida en particular a madres del sector popular, los hijos hacen secundaria la relación de pareja porque llenan su vida y sus intereses:

[Los hijos son] Una parte de nosotros mismos, porque nacen de nosotros mismos porque es algo que nosotros mismos lo buscamos porque lo queremos... para mí mis hijos son lo principal y para él también, nosotros ante todo nuestros hijos primero. No hay motivo más que ese (Madre, 31 a., familia 5).

Un elemento común en el discurso de varias mujeres es el referido al papel de los hijos para la consolidación de la pareja. Cada nueva pareja necesita un hijo para completar y hacer sentir vivo el hogar, aunque esto no signifique que la llegada del hijo asegure la permanencia del hombre en el hogar: "... los hombres cuando buscan una pareja, se casan con una persona, siempre desean tener un hijo; lo que pasa es que algunos toman la responsabilidad algo, otros no" (Madre, 35 a., familia 3).

De forma complementaria con lo anterior, y contrariamente a lo que se piensa acerca de la presencia de nuevos hijos para solventar las dificultades que se enfrentan en la vida de la pareja, unas de las madres refieren que los hijos no ofrecen solución a los problemas de la pareja porque no amarran al hombre. La pareja se fundamenta en otras bases y las ataduras, con respecto a los hijos, indefectiblemente recaen sobre la mujer:

… los hijos no amarran a los hombres, los hijos nos amarran a nosotras … a veces se cree que se va a amarrar a un hombre por un hijo y el que se amarra es uno …porque uno tiene que lavar, planchar, los teteros, llevarlo al médico (Madre, 23 a., familia 6).

Para la pareja, tal como lo expresan algunas madres, la presencia de los hijos no debe ser la consecuencia de un mandato de deseabilidad social que tienen los padres; por el contrario, los hijos son una decisión que responde a una necesidad del presente y a una garantía para el futuro. Los hijos como una inversión a futuro son vistos como un proyecto para la vida de adulto, la garantía para la compañía y el cariño cuando se llega a la vejez:

No es tener hijos por tenerlos, por obligación o por el qué dirán o por el compromiso, no, es tener hijos porque lo deseamos como pareja y lo queremos, nos hace falta, lo necesitamos y que serán, pasado mañana cuando nosotros entremos en la tercera edad, los que nos acompañen o serán por lo menos los que vengan y nos visiten de vez en cuando y nos traerán los nietos que serán los que van a sustituir el cariño y el calor de ellos (Madre, 31 a., familia 5).

La crianza: Una tarea que se asume como exclusiva de la madre. Aunque se aspira de manera ideal que la presencia, función y participación del padre en la familia sea íntegra, la realidad fruto de la historia y la ideología presenta un cuadro en donde es la mujer quien enfrenta la crianza de manera permanente. Es así como la madre se expresa acerca de la crianza y el cuidado de los hijos con mucha decisión y una clara definición frente a lo que debe o no ser. Algunas mujeres consideran que la crianza la pauta la madre por motivación propia, la inclusión del padre sólo se hace patente, en algunos casos, para marcar su papel como autoridad complementaria:

Yo siempre he tenido este dilema y mi esposo también: mientras que mis hijos vivan aquí yo respeto, yo afronto, yo me responsabilizo por ellos... mientras yo esté aquí y ellos vivan bajo mi techo seguirán mis normas, mis reglas y ellos también se regirán por nosotros... (Madre, 31 a., familia 5).

En el caso de aquellas madres que viven solas con sus hijos en condiciones difíciles, sin la presencia de otras figuras de autoridad que son significativas para el niño y para la madre en términos de valores, protección y ayuda económica, la crianza resulta una tarea de difícil cumplimiento. En algunas ocasiones las madres solas que deben compartir su tiempo en el hogar con la necesidad de salir a trabajar fuera de la casa para garantizar el sustento de su familia, se enfrentan con situaciones de consecuencias no deseadas para los hijos como emparejamientos y embarazos prematuros, suspensión de los estudios. Esta situación, percibida como vulnerable, la madre supone que podría ser diferente con la presencia de la pareja:

...esta situación en que estamos ahorita que estamos sin trabajo y sin nada, es difícil. No es igual que estar las dos parejas que uno solo. A las dos parejas le hacen más caso los muchachos, a uno solo, le cuesta a uno más (Madre, 35 a., familia 3).

En síntesis, entre la idealización y las vivencias cercanas con el hijo, las mujeres a través de sus narrativas muestran una diversidad de consideraciones que traducen un ideario impregnado por la influencia cultural y por los valores compartidos en el marco de sus prácticas cotidianas e intercambios sociales. Frente al hijo se elaboran un conjunto de significados que incluyen desde las vivencias propias como hija, la relación sostenida con los padres, el modelaje recibido de la madre, hasta la experiencia de tener hijos, hecho que pasa por la idealización, la relación de pareja y las responsabilidades del cuidado y la crianza. En su mayoría, estas mujeres expresan en sus discursos pocas reflexiones sobre las consecuencias que puede tener el hecho de exaltar al hijo sobre otros elementos constitutivos de su proyecto de vida como son la pareja, los estudios y el trabajo. La exclusión de la figura masculina es una de las consecuencias más notorias de esta forma de asumir la maternidad; esta exclusión de la figura del padre si bien no favorece a la mujer en términos globales y a largo plazo, hace que su actitud frente al hijo constituya para él una garantía de sobrevivencia, especialmente cuando las condiciones de vida son limitadas. Esta situación se fortalece con la concepción que tiene la mujer sobre el hijo como sujeto-objeto de su propiedad, lo cual se hace evidente cuando la madre utiliza el posesivo mío en sus expresiones sobre el hijo y en la interrelación que mantiene con él. Con respecto al hijo, la madre decide en todas las áreas de su vida a pesar de que el padre esté presente. Otra manifestación complementaria la muestra el hecho de que aun cuando el proyecto de vida de la mujer se interrumpe con la llegada del hijo, la madre lo convierte en su proyecto, un motivo que estimula la continuidad y da sentido a la vida.

"Ser Padre"... La Oportunidad de "Ser"

En los relatos de los hombres, jóvenes y adultos, fue común encontrar que ser padre se significa como un suceso asociado a un conjunto de prerrogativas para el hombre así como una serie de responsabilidades necesarias de enfrentar en la vida. El hijo, señalado en las diferentes voces masculinas, expresa una diversidad que transita entre la idealización de planes de vida a futuro y las realizaciones que transforman la vida presente.

La posibilidad de ser alguien. En el caso de los hombres, la familia y la pareja son bases sobre las cuales se apalancan la representación y las vivencias con el hijo. El hijo es visto en unidad con la madre y como miembro estructural de la familia que se construye. Es de tal fuerza esta representación que frente a la falta de un hijo o incluso teniéndolo, en el momento en el cual ocurre la separación familiar, la soledad pareciera ser como un fantasma que persigue la identidad del hombre en el mundo: "Oye, la familia significa mucho porque tú sabes que uno sin familia no es nadie, es como dice el dicho `un hombre solo no es nadie' "… (Padre, 42 a., familia 3, 4).

El arraigo de estas significaciones es posible identificarlo en la propia familia de origen del hombre popular. La ausencia del padre como carencia con la cual se vive, no sólo marca en él una existencia exclusiva con la madre, sino que fija el deseo de un destino mejor para los propios hijos, aunque una posibilidad velada sea la de abandonar a la familia que se crea. Esta tensión es posible encontrarla en las expresiones de los jóvenes que esperan emprender pronto la tarea de la paternidad y aspiran corregir la experiencia vivida con el padre. Para ellos, las ilusiones de su vida futura están colocadas en el nuevo ser. El hijo, en este caso, constituye un símbolo del afecto que une a la pareja, además de representar el motivo de las alegrías del porvenir. Sobre la realidad del hijo, hay también una consideración especial porque se le valora como una gratificación. Tiene aquí especial importancia la significación espiritual del nacimiento que traduce el dar vida a un nuevo ser: " [un hijo] ... para mí significaría un regalo de Dios, una cosa muy bonita que le manda Dios a uno, pues ... un hijo es lo más importante para uno, el padre y la madre..." (Hijo, 18 a., familia 3).

En contraste con las expresiones que traducen una idealización del hijo cuando aún no se es padre, aparecen las declaraciones de otros hombres que valoran la experiencia de la paternidad desde la vivencia directa con el hijo. Según ellos, la afectividad como recurso para la relación guarda un papel secundario y sólo se descubre una vez que el hijo nace, cuando se inicia la convivencia y se le comienza a sentir como progenie, como congénere.

Del intercambio con el hijo se desprenden referencias a la vida del hombre que muestran una pluralidad con acentos entre los cuales se incluyen el esfuerzo abnegado en la procura de bienestar y la transformación de vida a prácticas más responsables. Para estos hombres, el hijo caracteriza una especie de mecanismo que impulsa el desarrollo de una vida diferente. Para algunos, los hijos suponen un sacrificio, poco se idealiza alrededor de su presencia. Se perciben como una carga y como una responsabilidad del presente. Al asumirlos como tal el hombre pretende evitar, en sus hijos, la experiencia vivida durante su infancia con el propio padre:

Bueno, mis hijos para mí significan algo demasiado especial…sacrificándome por ellos y para ellos que es lo mejor, con todo el sacrificio. Y le digo que para mí es algo normal, que me nace de adentro para ellos y quiero darle un ejemplo a ellos que no es igual al mío, no es igual al mío… (Padre, 21 a., familia 6).

En otros casos, los hijos y la familia en su conjunto representan un sentido que justifica los esfuerzos, un marco de orientación y límites reales frente a lo que podría ser una vida disipada. Para los hombres que han consolidado su vida familiar, el hijo encarna una posibilidad nueva de existencia que sólo se descubre a partir de la convivencia con sus hijos. Esta naciente forma de experimentar el vivir permite no sólo reconocer la presencia de capacidades como la responsabilidad, sino que fortalece y estrecha los lazos afectivos con los miembros del grupo familiar. Con esto se reafirman las potencialidades que guarda la familia para el hombre y la forma en que es posible llegar a descubrirlas, sorprendiéndose a sí mismo en otro actuar:

Cuando nació la hembra me hice más responsable. Para poder tener y mantener una familia hay que luchar y parece que eso es sabroso, a mí me gusta. A lo mejor si estuviera solo que me importa nada, me pongo a beber aguardiente, a jugar, a la vida nocturna, pero con la familia uno lucha por eso (Padre, 43 a., familia 8).

Los hijos y las hijas una distinción necesaria. Sobre los hijos se colocan muchas de las esperanzas, por eso los esfuerzos que los padres realizan en el presente van orientados a ofrecer la formación necesaria para que los hijos desarrollen en el futuro un comportamiento y una forma de vida que les enorgullezca. Un comportamiento apegado a la moral, una vida de emprendimientos y un actuar autónomo resumen el deseo de algunos padres para el mañana de sus hijos:

...que él no pase por encima de las personas sino que se gane su respeto y, bueno, lo normal: estudiá y cuando ya planifique su libertad, quisiera que tengan sus conocimientos, que todo en el mundo vale, que nada es de gratis, que se decida por sí mismo pues. Darle libertad, es como un papagayo cuando logra estar muy prensado le suelta un poquito, de manera que... ¿tú me comprendes? (Padre, 21 a., familia 6).

En la formación de los hijos, la perspectiva social de género, probablemente, determine la distinción entre los modos de crianza que fijan algunos padres. Estas diferencias que se establecen con los hijos y con las hijas encierran el deber ser: el hombre trabaja, produce, pero es proclive a desviarse, a transgredir la norma; la mujer es vulnerable, merece más cuidado, hay que protegerla. De allí que los peligros frente a los cuales resulta más sensible el hijo tienen que ver con la obtención del dinero por la vía fácil, la incursión en actos delictivos:

[La vulnerabilidad del hijo varón] ... de repente como estamos viendo nosotros la situación, aunque pensamos que sea algo mejor en el presente, ¿no? le digo que hay que tener mucho cuidado con él, porque yo como hombre, yo en el pasado buscaba el dinero legal y el destino me empujaba a otro lado(Padre, 21 a., familia 6).

Por el contrario, la hija requiere cuidado y protección especiales. El padre vislumbra el presente y el futuro de ella como tiempos vulnerables, porque la hija en tanto mujer, lleva consigo la predisposición de ser maltratada por el hombre: "A una hija, cónchale, protección… porque tiene que entender que ahorita el cien por ciento de los hombres están pendientísimos de maltratarlas…" (Padre, 21 a., familia 6).

Tal necesidad de protección exige a los padres cultivar con mayor detalle los elementos de crianza con el fin de garantizar a las hijas seguridad para su vida futura. De este modo, la formación en valores, la educación y profesionalización forman parte de los planes que se trazan para su vida. Estos también, son los elementos que van a constituir la base de protección frente a cualquier eventual contratiempo que se pueda enfrentar como mujer adulta con la pareja, particularmente en caso de que el matrimonio -aspiración central de algunos padres- no logre consolidarse: "Bueno, por lo menos la hija mía yo aspiro casarla por la iglesia y por el civil" (Padre, 42 a., familia 3 y 4).

En síntesis, a través de la narrativa de este grupo de padres hemos identificado como elementos comunes algunos significados que incluyen, sin revelarlo directamente, una relación con el hijo que se planifica y se muestra como diferente a la relación con el propio padre. Estos hombres definen al hijo como un elemento constitutivo de sus proyectos de vida, si bien no se plantea como el central, sí constituye la base sobre la cual se decide una vida diferente, ajena de prácticas que no planteen un buen ejemplo para los hijos. Aunado al papel de transformador que adquiere el hijo en la vida del hombre, se delimita para él la función de proveedor, un desempeño claramente demarcado por la cultura y reafirmado por la mujer-madre. A partir de esta función, otras tareas específicas de la crianza aunque no se asumen directamente, sí constituyen el soporte de las expectativas para la vida futura de los hijos y de las hijas. Para estos padres, detrás del hijo permanece encubierto el temor a la soledad, una sombra que persigue su posibilidad de realización humana, de ser alguien.

Conclusiones

Los análisis en torno al significado del hijo nos permiten trazar puentes de orden conceptual con los diferentes desarrollos teóricos que acompañan esta discusión. En primer lugar, se debe decir que la preeminencia de la figura materna como responsable de la familia (Moreno, 1993, 1994, 1995; Moreno et al., 1998; Moreno et al., 2002), puede ser contrastada con algunos de estos datos a través de los cuales la figura paterna aparece con presencia y responsabilidades dentro de la familia. Para el grupo estudiado, la figura paterna emerge como una elaboración individual en el plano simbólico a partir de lo culturalmente esperado (Tubert, 1997).

El ser madre y el ser hijo, al igual que ser padre y ser hijo son dos hechos inseparables como es natural en todos los conceptos que hacen referencia a la relación, justamente porque el llegar a ser madre, el llegar a ser padre y el llegar a ser hijo ocurren como unidad de acontecimiento. A esta unidad de relación se agregan, entre otros, un conjunto de elementos relativos a la determinación cultural e ideológica y a las prácticas de interacción que conforman el vivir cotidiano, de cuya fusión surgen los significados que hombres y mujeres le otorgan al hijo.

Constituir la propia familia bajo el marco y el amparo de la familia de origen produce en las madres un sentimiento de seguridad y una manera particular de relacionarse con los hijos; lo cual parece ser un patrón para optimizar la escasez de recursos y protegerse ante la eventual inestabilidad de la pareja. Esto coincide con lo que sostiene Hurtado (1995b), acerca de los beneficios que supone convivir en una familia extendida. La función de hija se mantiene y complementa con la función de madre. La situación de hija, siempre al lado de los padres y con el apoyo mutuo de ellos, genera una expectativa de situación similar con respecto a los hijos. Este escenario disminuye la importancia de la pareja, limita la figura masculina a la función de proveedor, sólo en caso de necesidad. La madre sola que vive independiente de la familia de origen le da un valor diferente a la figura masculina, considera al padre no sólo como proveedor sino como figura de autoridad para los hijos.

En el caso de las mujeres que enfrentan solas la crianza, los hijos representan para ellas una responsabilidad indeclinable. El hijo, en sí mismo, se convierte en el proyecto de vida de estas madres y en su discurso se puede entrever una nostalgia por lo que el hijo impidió como realización personal en otras esferas de la vida. Esta situación aparece velada frente a lo culturalmente deseable y esperado: madre como función principal de la mujer.

Cuando las madres han tenido posibilidades de estudio las opiniones resultan diferentes y contrastan con las anteriores, es así como para ellas, el trabajo es considerado una vía complementaria de la profesionalización y un medio para la manutención de los hijos. Este caso, ofrece elementos para considerar a la educación como un recurso que facilita el cambio de una concepción que no favorece a la mujer, a la familia y a sus miembros.

Aquellas mujeres que no han vivido la experiencia de ser madres y la desean, perciben como un vacío en su identidad; la experiencia biológica y la crianza se significan como hechos esenciales para la identidad femenina. A la luz de los datos presentados, pareciera que ésta es la creencia que sostienen algunas mujeres quienes, por este hecho, temen al abandono de la pareja, suposición que refuerza la sobrevaloración del hijo.

Las mujeres más jóvenes que no han vivido la experiencia de la maternidad y ésta no forma parte de su proyecto a corto plazo, significan al hijo como una opción postergable particularmente cuando se aspira en lo inmediato a realizaciones en otros órdenes de la vida como los estudios, la profesionalización, el trabajo, la pareja. Ante la presencia inevitable del hijo, tal vez el discurso sea diferente.

Durante la adolescencia, el hijo no es una opción seleccionable. Bien por haber compartido con la madre, desde edad muy temprana, labores de crianza en una familia numerosa o, bien, por tener la experiencia vicaria, a través de la madre, del hijo como una imposibilidad de logros en la vida. El hecho de ser muy jóvenes, probablemente impide que se sienta la fuerza que puede tener la presión social sobre la maternidad como un destino culturalmente establecido para la mujer y quede, así, oculta la fuerza de la ideología.

La concepción de familia que tienen tanto la mujer como el hombre presenta una variación mediada por la significación que se le da al hijo y por la relación que se mantiene con él. Para la mujer la familia se define fundamentalmente a partir del hijo; para el hombre la familia la conforma la unidad mujer-hijos. Cuando ocurre la disolución de la pareja, la mujer no pierde la familia, en tanto se queda con los hijos; el hombre, por el contrario, enfrenta la desarticulación.

El hombre ve en el hijo la posibilidad de realización, tal como lo plantean Cáceres, Salazar, Rosasco y Fernández (2002), la paternidad constituye un componente central en la conformación de su identidad masculina. Aunque tener hijos no es el proyecto principal de su vida, el hijo representa la posibilidad de consolidar su identidad como hombre en el mundo; una identidad que comienza a definirse a partir de la ausencia de su propio padre.

El ejercicio de la paternidad, más allá del sostenimiento del hogar que pautan tanto la cultura como la madre, adquiere otro cariz sólo a partir de la oportunidad que le confiere la madre y de la propia relación que el padre logra establecer con los hijos.

Cuando la paternidad se define y consolida desde la relación con el hijo y no exclusivamente con la procreación, el hijo se convierte en el mecanismo que moviliza las actuaciones del padre y le permite reorganizar su proyecto de vida en torno a la familia. Esto se observa en familias del sector popular que presentan mejores condiciones socioeconómicas. En coincidencia con la expresión de Olavarría (2001), lo deseable es, entonces, que el hombre se sienta padre y no sólo procreador.

Más allá de su participación en la crianza, las reflexiones que realiza el padre alrededor de la crianza de sus hijos y las expectativas sobre el futuro de ellos responden a una distinción convencional por género: sobre los varones la prevención del riesgo de infringir la norma, sobre las hijas la protección ante el riesgo de sufrir el maltrato.

La sobrevaloración del rol materno impide que el padre asuma a su vez otras funciones con respecto al hijo. La madre debería ceder parte de su espacio en la relación exclusiva con el hijo y dejar así que el padre aprenda a tener una mayor proximidad en la crianza. Esta perspectiva debería ser asumida por la madre como un aprendizaje de un nuevo rol materno más equilibrado.

Las diferentes voces que compartieron con nosotros sus vivencias y reflexiones, algunas de las cuales aparecen a lo largo de la discusión que hemos presentado, permitieron formular interpretaciones y plantear un grupo de conclusiones en torno a los significados que le atribuyen al hijo hombres y mujeres, miembros de familias populares. A través de ello quisimos apuntar algunas ideas con miras de estimular nuevos estudios que contribuyan a comprender en su complejidad el mundo de vida popular. Un conocimiento sin duda valioso para fundamentar e impulsar decisiones en el orden de las políticas de Estado, dirigidas a consolidar beneficios de orden educativo, laboral, de salud y comunitario para el grupo de familias que conforman este sector.

Desde aquí nos pronunciamos para insistir en que el contexto familiar pueda ser intervenido desde la escuela, los medios de comunicación, los programas sociales, a favor de la equilibración de roles al interior del grupo parental, en particular, sobre las ventajas del ejercicio del afecto y la educación paterna hacia los hijos. Los casos estudiados nos ofrecen una coyuntura: los hombres, en general, están expresando su orgullo de ser padres, como una manera de reafirmar su identidad, vemos en ello una intencionalidad que merece ser desarrollada. Creemos que el esfuerzo ha de venir de diferentes partes.

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Correspondencia a: La correspondencia relativa a este artículo deberá ser dirigida a sus autoras a Av. Neverí, Centro Comercial Los Chaguaramos, Instituto de Psicología, piso 2, Ofic. 2-9, Caracas, Venezuela. E-mail: leonorm@telcel.net.ve, cotalora@reacciun.ve, irecagno@cantv.net.

Fecha de recepción: Julio de 2005.
Fecha de aceptación: Septiembre de 2005.

Leonor Mora, Instituto de Psicología, Universidad Central de Venezuela.
Cristina Otálora Montenegro, Instituto de Psicología, Universidad Central de Venezuela.
Ileana Recagno-Puente, Instituto de Psicología, Universidad Central de Venezuela.

Participantes en la recolección y discusión de la información: Psicólogos Dany Miró y Daniel Gil.

Este estudio es parte del proyecto: Género y vida familiar. Un estudio de significados, proyecto financiado por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico de la Universidad Central de Venezuela.

Los resultados del estudio fueron presentados en las VIII Jornadas de Investigación de la Facultad de Humanidades y Educación, Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela, noviembre, 2003.

 

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