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Psykhe (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-2228

Psykhe vol.24 no.2 Santiago nov. 2015

http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.24.2.880 

PSYKHE 2015, 24(2), 1-25 doi:10.7764/psykhe.24.2.880

SECCIÓN ESPECIAL: CULTURA Y PSICOLOGÍA

SPECIAL SECTION: CULTURE AND PSICHOLOGY

 

Creencias y Normas en México: Una Actualización del Estudio de las Premisas Psico-Socio-Culturales

 

Beliefs and Norms in Mexico: An Update of the Study of Psycho-Socio-Cultural Premises

 

Rolando Díaz-Loving*, Alicia Saldívar**, Carolina Armenta-Hurtarte*, Norma Elena Reyes*, Fuensanta López***, Mayra Moreno****, Angélica Romero*****, Julita Elemí Hernández******, Miriam Domínguez*******, Cinthia Cruz********, Fredy Everardo Correa*********

* Universidad Nacional Autónoma de México

** Universidad Autónoma Metropolitana

*** Universidad Autónoma de Nuevo León

**** Universidad Autónoma Indígena de México

***** Universidad Autónoma de Hidalgo

****** Universidad Juárez Autónoma de Tabasco

******* Universidad de Sonora

******** Universidad Iberoamericana

********* Universidad de Guanajuato


Estudiar las culturas incluye indagar en torno a los conceptos de creencias y normas para obtener el contenido de las reglas que coordinan el comportamiento, lo que se ha estudiado a través de las premisas psico-socio-culturales (PPSC; Díaz-Guerrero, 2002). La base de la etnopsicología del mexicano son las premisas originales de la familia (Díaz-Guerrero, 1994), las cuales no incluyen normas y creencias que rigen el comportamiento de parejas, la situación actual de género y aspectos de la vida postmoderna. El objetivo de la investigación fue indagar sobre las PPSC de manera que incluyera normas y creencias, en base a ítems extraídos de 4 inventarios, en una muestra no probabilística intencional de 1624 hombres y mujeres con diferentes niveles educativos, provenientes de 6 regiones diversas de México. Los resultados de los análisis de varianza factorial y de correlaciones (r) muestran la preponderancia del sexismo, machismo y marianismo, que marcan un apego mayor a la cultura conforme las personas pertenecen a ecosistemas más tradicionales, básicamente cuando la educación es más baja y cuando son hombres.

Palabras clave: cultura, premisas, normas, creencias, etnopsicología


The study of cultures involves researching the concepts of beliefs and norms in order to reveal the content of the rules that coordinate human behavior, a task often pursued through an approach based on psycho-socio-cultural premises (PSCP; Díaz-Guerrero, 2002). The basis of the ethnopsychology of Mexicans is formed by the original premises of the family (Díaz-Guerrero, 1994), which lack norms or beliefs to regulate the behavior of couples, the current gender situation, or aspects of postmodern life. The goal of the present study was to investigate PSCPs in a manner that would include norms and beliefs. In order to do this, items were taken from 4 inventories and administered to a non probabilistic purposive sample of 1624 men and women of various educational levels, living in 6 different regions of Mexico. The analysis of variance and the correlation analysis (r) conducted reveal the predominance of sexism, machismo and marianismo, which are indicative of a stronger attachment to the culture in people belonging to more traditional ecosystems, basically people with lower education and males.

Keywords: culture, premises, norms, beliefs, ethnopsychology


 

Existen diversas aproximaciones sobre el significado de la cultura y la forma como esta influye en el ser humano, planteadas desde disciplinas como la sociología, con los trabajos de autores como Durkheim (1893/1998) o Parsons (1968), y la antropología con Mead (1937), por mencionar algunos. En la psicología el estudio de la influencia de la cultura prácticamente comenzó desde que Wundt (1913/1990) publicó Elementos de Psicología de los Pueblos y en las últimas décadas se destacan los trabajos de Díaz-Guerrero (1994, 2001), Hofstede (1980), Schwartz (1994) y Triandis (2001), entre otros.

Hofstede (1980), por ejemplo, propuso que la cultura es la programación colectiva de la mente que distingue a los miembros de un grupo de aquellos que pertenecen a otros conjuntos de personas. Más tarde, Triandis (1994) considera que la cultura es el conjunto de elementos subjetivos y objetivos hechos por los seres humanos que sobrevivieron a los cambios generacionales, porque resultaron satisfactorios para los miembros de un mismo nicho ecológico, y fueron transmitidos de una persona a otra, gracias a que compartían un lenguaje común y a que vivían en un mismo lugar y tiempo. Para Matsumoto y Juang (2013) la cultura es el conjunto de actitudes, valores y creencias compartidas por un grupo de personas, pero que al mismo tiempo son diferentes para cada individuo, y se transmiten de una generación a otra. En conjunto, la cultura es un fenómeno compartido por los individuos y hace referencia a contenidos como los significados, las actitudes, los valores, las creencias y las normas, y son transmitidos intergeneracionalmente.

Triandis y Gelfand (2012) sugieren diferenciar los estudios culturales en dos grandes grupos: aquellos que se ocupan de la cultura objetiva, que es entendida como aquellos patrones de conducta que suceden dentro de un contexto o hábitat social, y los estudios de cultura subjetiva, entendida como las estructuras de significado compartido, cuyos componentes son los valores, las normas y las creencias.

Matsumoto y Juang (2013) mencionan que los ámbitos en los que se ha estudiado el impacto de la cultura son muy variados, destacándose: los procesos de aprendizaje, las diferencias por sexo y género, la estructura familiar, las emociones, la personalidad, los desórdenes psicológicos y la conducta pro-social, entre otros. Por su parte, Triandis y Gelfand (2012) añaden a esta lista el impacto de la cultura en las atribuciones, la identidad personal y grupal, la percepción de adversidades cotidianas, el liderazgo, el lenguaje y la comunicación. Para dar claridad a esta diversidad de ámbitos de impacto de la cultura, Van de Vijver, Chasiotis y Breugelmans (2011) sugieren ordenarlos tomando en consideración los siguientes niveles:

Micro: incluye el ámbito psicológico, por ejemplo, la influencia de la cultura en hombres y mujeres. Hofstede (1980, 2001) y posteriormente Matsumoto y Juang (2013) señalan que la cultura afecta de manera diferenciada a mujeres y hombres en temas como la conducta sexual, la religión, la conformidad y la obediencia, la agresividad, la personalidad, la división del trabajo y los estereotipos de género. En ese mismo sentido, Díaz-Guerrero (1967) reportó que en la cultura mexicana la creencia de que “los hombres son superiores a las mujeres” era una afirmación aceptada de forma generalizada.

Meso: incluye los ámbitos grupales y de relaciones interpersonales. Al respecto, Georgas (2011) realizó una investigación que desembocó en un modelo que explica el impacto de la cultura en tres grandes aspectos de la familia: el económico y sociopolítico, en las variables que conforman la estructura familiar y en las variables psicológicas. Existe evidencia empírica de que en la cultura mexicana la familia es un grupo importante (Díaz-Guerrero, 1987, 1994, 2002), debido a que el mexicano tiene una identidad más familiar que individual; por ello, Flores Galaz, Góngora Coronado y Cortés Ayala (2005) afirman que no es suficiente tomar en cuenta la estructura y funciones de la familia, pues es más relevante conocer las relaciones e interacciones que se establecen entre los individuos que la integran.

Macro: incluye el ámbito social y ecológico. De acuerdo con Van de Vijver et al. (2011), dicho nivel es complejo de abordar desde la psicología, ya que esta se centra en variables individuales y el ámbito ecológico alude a estructuras más allá del individuo. Ejemplos de investigaciones al respecto son los estudios sobre individualismo-colectivismo (Triandis, 1995), el proceso de aculturación de migrantes (Berry, 2011) y el estudio de la obediencia a las normas sociales (Díaz-Guerrero, 1994).

Componentes Psicológicos de la Cultura: Normas y Creencias

Triandis (1996) señala que las investigaciones en torno a la evaluación de la cultura tienen en común la medición de las creencias, normas, roles y autodefiniciones a través de instrumentos cuantitativos. Por su parte, Hofstede (2001) señala que la medición de la cultura a nivel individual es una estrategia viable para ver sus efectos, manteniendo la posibilidad de comparación entre los miembros de un grupo cultural y entre otros grupos.

Es así que una cultura específica se convierte en el escenario en el que se da el proceso global del desarrollo humano y se establecen los parámetros históricos e ideológicos alrededor de sus estructuras sociales (familia, escuela) y grupos de personas (etnias, géneros, edades, niveles socioeconómicos [NSE], regiones), proveyendo la estructura conceptual y las herramientas con las cuales los individuos construyen significados individuales (Valsiner & Lawrence, 1997).

Ahora bien, al desglosar la cultura, encontramos que las normas, uno de los componentes, son: (a) reglas y expectativas sociales a partir de las cuales un grupo regula la conducta de sus miembros (Díaz-Loving, 2011); (b) ideas y/o patrones de creencias acerca de cuál es la conducta correcta y/o esperada de un grupo en particular (Gibbs, 1981; Triandis, 1994) y (c) reglas que establece un grupo en relación con lo que resulta apropiado o inapropiado, en términos de comportamientos y formas de pensar, sentir y ser (Díaz-Loving, 2009; Gelfand, 2012). En síntesis, las normas son reglas y expectativas sociales a partir de las cuales un grupo regula la conducta de sus miembros, convirtiéndose en la memoria colectiva de los individuos (Díaz-Loving, 2011); del mismo modo, fundamenta las ideas y/o patrones de creencias acerca de cuál es la conducta esperada de un grupo o individuo en particular (Gibbs, 1981; Triandis, 1994).

Otro factor fundamental de la cultura son las creencias. Estas son el elemento cognoscitivo de la actitud de una persona y se definen como la relación percibida entre un objeto y un atributo; esta asociación es pensada en términos de una probabilidad subjetiva. Asimismo, las creencias son el componente cognoscitivo de la cultura subjetiva y permiten a los individuos realizar categorizaciones necesarias para hacer el mundo más estable y tomar decisiones en el medio social. Igualmente, son la base de las evaluaciones que las personas realizan (Matsumoto, 2001), con fines adaptativos a su medio. De ese modo, al ser antecedentes de las actitudes y de la conducta, permiten a las personas evaluar las conductas apropiadas dentro de una cultura determinada (Díaz-Guerrero, 1994; Triandis, 1995), lo que evidencia la estrecha relación que guardan con las normas. Cada creencia representa una pieza de información que la persona tiene acerca de algún objeto, sujeto o evento, información que en su conjunto provee de una cosmovisión que se obtiene a través de las experiencias de socialización y endoculturación que se absorben a lo largo de la vida de los individuos (Díaz-Loving & Draguns, 1999), y que son influidas por variables sociodemográficas, como edad, nivel educativo, ocupación, clase social y sexo (Davidson & Thomson, 1980).

En conjunto, las normas y las creencias constituyen las características centrales de la cultura, junto con el lenguaje, los valores y las prácticas (Kuh, 1995), de manera que, al conocer la estructura normativa de un grupo y las creencias que cada individuo ha construido con base en su experiencia, se puede comprender y saber la influencia que ese grupo y cada individuo tiene sobre el comportamiento de sus miembros. De esta manera, las normas se pueden constituir como los lineamientos de comportamiento, mientras que las creencias se pueden entender como el contenido del pensamiento. Podemos afirmar, además, que las normas son aprendidas, desde muy temprana edad, como categóricas y universales dentro del grupo de referencia, por lo que poseen para sus miembros una función de guía de la conducta, al regular el comportamiento social, y a las cuales los individuos deben ajustarse de forma obligatoria (Cialdini, Reno & Kallgren, 1990).

La Cultura en la Psicología

Existen voces de alerta en cuanto al estudio de la cultura desde lo individual, al cuestionarse sobre la continuada investigación sobre cultura en psicología. Poortinga (2013), por ejemplo, se pregunta si la futura acumulación de pequeños hallazgos sobre mínimas diferencias entre grupos continuará siendo una inversión valiosa o si es tiempo de reorientar los esfuerzos. Antes de desechar la investigación sobre cultura en la psicología por considerar que es poco relevante, en respuesta a la postura de Poortinga (2013), valdría la pena preguntarse por qué las diferencias son tan pequeñas. Por principio, es fundamental considerar que el estudio de variables psicológicas y de variables culturales responde a dos tradiciones de investigación distintas. El trabajo en la antropología se distingue por describir la estructura y el contexto cultural en torno a un patrón conductual, mientras que la psicología se enfoca en el proceso y la función de la conducta en la adaptación de un organismo a un ecosistema dado (Matsumoto & Van de Vijver, 2011). La corriente funcionalista prevalente en la psicología pone el énfasis en la validez interna, con poco interés en la valoración de manifestaciones idiosincráticas que describan fenómenos culturales, mientras que Fischer y Schwartz (2011) mencionan que los estudios que enlazan cultura-individuo son los más populares para caracterizar a una sociedad, pues buscan medir diferentes elementos personales, como comportamientos, creencias o actitudes que son comunes a diferentes grupos sociales dentro de una cultura. Kim y Sherman (2007), por su parte, señalan que una forma complementaria de describir los efectos de la cultura es a través de las investigaciones descriptivas centradas en las culturas autóctonas que se realizan en antropología (Geertz, 1975).

Cuando se hacen intentos desde la psicología por estudiar variables culturales, como es el caso de las normas y creencias que describen a un grupo, de inicio se tiende a utilizar una metodología ideográfica, lo cual es congruente con la indagación en torno al contenido y las manifestaciones socioculturales del fenómeno, como en el caso del estudio de los axiomas sociales (creencias) de Leung y Bond (2004) y Leung et al. (2012). Las primeras pesquisas etnográficas realizadas en Hong Kong y Venezuela aportaron las creencias típicas y comunes para estas dos muestras; sin embargo, al crear el instrumento nomotético postulado para estudiar diferencias culturales, rápidamente dieron paso a intentos por generalizar los hallazgos de dos grupos culturales como representantes de todas las creencias posibles para los seres humanos y, por tanto, a la declaración de que los contenidos obtenidos de la etapa exploratoria se podrían sustentar como exhaustivos y universales. El resultado fue la elaboración de un instrumento nomotético, en el que no es necesario añadir ninguna idiosincrasia regional, que fue traducido a múltiples idiomas para encontrar las diferencias culturales con las creencias extraídas de las dos culturas base.

Se debe reconocer que la piedra angular de la comparación transcultural es la equivalencia de muestras, constructos y medidas de un fenómeno (Matsumoto & Van de Vijver, 2011). Bajo ese principio, las variaciones en el significado de los reactivos, aparentemente universales, de un grupo a otro son inaceptables. Lo anterior implica eliminar todos aquellos reactivos que tengan un significado distinto a través de las culturas muestreadas o bien que impliquen manifestaciones locales del constructo. Al excluir los regionalismos del contenido de la prueba nomotética, se obtiene como resultado la equivalencia necesaria para hacer comparaciones y obtener las diferencias en la magnitud del acuerdo con los reactivos rescatados entre las muestras representativas de distintos grupos culturales. El problema es que, al descartar las manifestaciones distintivas e idiosincráticas de los grupos culturales en la búsqueda de equivalencia, en esencia lo que sucede es que se eliminan del análisis las diferencias culturales. El resultado citado por Poortinga (2013) son pequeñas diferencias en el grado de acuerdo con las afirmaciones del inventario considerado universalmente representativo de las creencias —en este caso derivado de dos muestras específicas—, ya que los reactivos que permanecen, después de depurar el instrumento y eliminar las diferencias lingüísticas y culturales, se refieren a aquellos contenidos que son compartidos por todos los grupos participantes. En otras palabras, se hace el análisis final de las diferencias solo con aquellos reactivos equivalentes que —paradójicamente— resultaron de eliminar las diferencias culturales.

Volviendo a la preocupación en cuanto a las diferencias menores reportadas entre las culturas, se debe recuperar la pregunta de investigación: si la inquietud es conocer los cómo, los cuándo y los dónde se produjo un comportamiento, se vuelven vitales el contexto y el contenido a describir, pero, si la pregunta se refiere a por qué se produjo una conducta, lo esencial es centrarse en el proceso y la función de la conducta, sin incorporar los aspectos culturales, los cuales son controlados al aleatorizar la asignación de los participantes a las condiciones, y considerar cualquier cambio en el interior de los grupos como varianza de error (Campbell & Stanley, 1963). En cambio, si se opta por plantear la pregunta incluyendo los aspectos funcional y estructural al mismo tiempo, se buscará indagar a la vez por qué, cuándo, dónde y cómo, conscientes de que investigar las manifestaciones socio-culturalmente específicas del fenómeno y a la vez la manera cómo funciona en el ecosistema estudiado no necesariamente se puede generalizar a otras muestras de ecosistemas y socio-culturas distintos al grupo estudiado.

En el caso específico de las normas y las creencias, se pueden hacer tres tipos distintos de indagación. Una aproximación llevaría a entender cómo se producen y transmiten las normas y las creencias, proceso común a la especie, aspecto ampliamente estudiado desde la psicología social experimental (e.g., Moscovici & Lage, 1978; Sherif, 1936). Se puede preguntar cuáles son las normas y creencias típicas, relevantes y frecuentes en un grupo cultural, las que pueden representar creencias y normas idiosincráticas al ecosistema y cultura en las que aparecen (e.g., Gelfand, 2012), estudiadas fundamentalmente desde la sociología y la antropología social. O se pueden realizar intentos por investigar cuáles son las creencias y normas comunes a la humanidad (e.g., Leung & Bond, 2004). Para conciliar las diferentes corrientes para conformar una cosmovisión de las normas y creencias de los seres humanos se tendría que obtener una muestra representativa de nichos ecológicos, recabar las manifestaciones particulares en cada nicho, integrarlas en una medida inclusiva y exhaustiva de todas las creencias y normas aparecidas en cada nicho ecológico y grupo cultural, aplicar el instrumento a una muestra representativa de personas de cada cultura muestreada originalmente y separar los reactivos comunes a todos los grupos, es decir, los universales. Luego, se extraerían aquellos que son compartidos por conglomerados culturales definidos por historia, lenguaje y situación geográfica, que se refieren a manifestaciones culturales regionales. Y, por último, se aislarían aquellos reactivos que son únicos a un grupo, es decir, normas y creencias idiosincráticas a un ecosistema particular. De esta manera, se obtendrían las normas y creencias comunes a la especie, las que se conjuntan en torno a ecosistemas e historias comunes y las que son específicas a un solo lugar.

Las Premisas Psico-Socio-Culturales

Muy cerca de la discusión que hemos expuesto, y con el fin de describir a la cultura subjetiva del mexicano, Díaz-Guerrero (1955, 1967, 1972, 1977) propone el término socio-cultura, postulada como un sistema de proposiciones culturales denominadas premisas psico-socio-culturales (PPSC; Díaz-Guerrero, 1972, 2002). Estas aportan una red de guías conductuales que gobiernan conjuntamente los sentimientos e ideas, jerarquizan las relaciones interpersonales y estipulan tanto los roles que tienen que desempeñarse como las reglas para la interacción de los individuos para cada rol (Díaz-Guerrero, 1982). Una premisa psico-socio-cultural es una afirmación, simple o compleja, que parece proveer las bases para la lógica específica de los grupos. Estas premisas son aprendidas como afirmaciones de las figuras de autoridad por ser significativas para un contexto cultural y son reforzadas por todos los adultos de un grupo sociocultural (Díaz-Guerrero, 1982).

Teniendo esta definición en cuenta, y con el propósito de ofrecer una medida de cultura derivada de la cotidianidad de lo mexicano, Díaz-Guerrero (2002) extrajo de los dichos, proverbios y adagios populares, las normas y creencias prevalentes en la década de los 50, rastreando el apego a sus mandatos en jóvenes en 1970 y 1994. Su conceptuación teórica y operacionalización a través de su instrumento de 123 premisas encuentran eco en diversas regiones del país (García Campos, 2000) y en otros países de Latinoamérica (Alarcón, 2011). Entre las premisas existen afirmaciones tajantes sobre cómo deben comportarse las personas, las cuales pueden ser consideradas normas. También hay afirmaciones de tipo cognoscitivo que expresan lo que la mayoría de la gente piensa que es correcto o adecuado, es decir, creencias. Recordando que dos de los componentes de la cultura subjetiva son precisamente las normas y las creencias (Triandis & Gelfand, 2012), podemos afirmar que las premisas son adecuadas para los estudios culturales.

Resulta pertinente referirnos a la familia, pues, como se verá más adelante, uno de los temas eje de las premisas es precisamente el de ese grupo primario, en el que se transmiten las creencias y las normas sobre las formas de interacción entre los individuos en diferentes ámbitos de la vida social, tanto públicos como privados. Leñero Otero (1980) sostiene que, en el caso mexicano, el grupo familiar tiene un carácter híbrido, pues, aunque con la conquista española se institucionalizó una cultura occidental judeo-cristiana, al mismo tiempo prevalecen valores y normas de las culturas indígenas originarias, existiendo una superposición cultural que impone sus modelos institucionales a los grandes sectores de la población del país. Menciona el autor que sobran referencias acerca de la vida familiar en la que impera el machismo y en la que las mujeres aparecen como dependientes, sumisas, abnegadas y masoquistas, dando lugar a un estereotipo que define a los varones como machos y a las mujeres como “marianas”, aun cuando tal imagen no siempre se confirma en la vida real, pues no es poco frecuente que en las familias la autoridad moral y física sean impuestas por las mujeres, quienes también aportan una parte importante del ingreso familiar, o bien que los varones realicen actividades domésticas consideradas como “propias de las mujeres”. Lo que predomina en la realidad es una pluralidad amplia de perfiles familiares que tienen en su origen factores tales como su contexto de pertenencia (urbano o rural) o la clase social (Leñero Otero, 1980).

Entre la extensa literatura producida en los últimos años sobre el funcionamiento de las premisas, podemos enumerar los siguientes estudios. Díaz-Guerrero (1987) realizó una investigación con madres mexicanas y concluyó que las premisas influyen en la relaciones de jerarquía y estatus de los integrantes de la familia. Díaz-Loving, Rivera-Aragón, Villanueva-Orozco y Cruz-Martínez (2011) revisaron el impacto de las premisas en la familia mexicana, concluyendo que en esta las creencias tienen un mayor nivel de acuerdo que las normas. Con respecto al tema de las relaciones interpersonales, Díaz-Loving y Sánchez-Aragón (2002) desarrollaron un inventario de las normas y creencias relevantes al patrón de acercamiento y alejamiento en las relaciones de pareja y Escobar-Mota y Sánchez-Aragón (2013) reportaron que las premisas se encuentran vinculadas con las creencias y normas que favorecen la monogamia. Moral de la Rubia y López Rosales (2013) encontraron una evidente influencia de las premisas sobre la asignación de los roles de género en el sistema de creencias de hombres y mujeres. Por su parte, Díaz-Loving et al. (2011) encontraron que contar con más años de educación laica aleja a las personas, particularmente a las mujeres, de las premisas tradicionales. Moreno Cedillos (2011) mostró que la educación, la edad, el sexo y el ecosistema ejercen un efecto diferencial en el apego a normas y creencias en personas de la Ciudad de México y de Ciudad Juárez; en este caso, también se encontró un mayor acuerdo con las creencias que con las normas. Por último, y tomando en cuenta el nivel educativo de hombres y mujeres, Cruz del Castillo, Díaz-Loving y Miranda Nieto (2009) construyeron una escala sobre normas y valores entre universitarios, encontrando que los factores de homofobia, tradicionalismo, clonación, aborto, apertura al cambio, consumo de drogas y apertura sexual eran los que guiaban la concepción cotidiana de las y los participantes; en los factores de homofobia, tradicionalismo y aborto los hombres presentaban un mayor nivel de acuerdo que las mujeres, mientras que estas tuvieron un mayor acuerdo con la apertura al cambio.

Apoyado en las evidencias empíricas de sus investigaciones y los de otras y otros estudiosos del tema, Díaz-Guerrero (1994) propuso una serie de postulados, corolarios y evidencias para formular una etnopsicología científica. Afirma que el objeto de estudio de la etnopsicología son las características de las personas consideradas como miembros de grupos culturales, sociales, religiosos o nacionales, y que el precedente más adecuado para esta ciencia nova son los estudios de carácter nacional y los que con una metodología científica investigan el problema de la identidad nacional y la psicología de los pueblos. Díaz-Loving y Cortés Mondragón (2011) consideran que la etnopsicología debe tener en cuenta el impacto de las variables sociales, ecológicas y culturales, y también debe ser capaz de descubrir características idiosincráticas que son en apariencia inexistentes en otras culturas y profundizar en las relaciones de los conjuntos de variables desde un punto de vista cultural.

El Caso de México

El conocimiento de las creencias y normas de un pueblo da contexto a los resultados de investigaciones psicológicas. Ello implica obtener el contenido de estos constructos que den significado a estudios de variables individuales, como la personalidad, las actitudes y las atribuciones, entre otras. Para contextualizar a la cultura mexicana, mencionaremos algunos datos que resultan relevantes para comprender la existencia de variados ecosistemas. México es un país heterogéneo, en lo que toca a las características sociales y culturales, y es diverso en cuanto a la geografía. En primer lugar, 52% de la población son mujeres y 48%, hombres. Otro dato a tomar en cuenta es que, entre las décadas de 1950 y 2010, la población urbana aumentó de 42% a 78% (Instituto Nacional de Estadística y Geografía [INEGI], 2015a). Además, las 32 entidades que forman parte de la República Mexicana pueden clasificarse en categorías, de acuerdo con siete indicadores: infraestructura de las viviendas, calidad de las viviendas, número de habitantes en cada vivienda (hacinamiento), equipamiento de la vivienda, salud, educación y empleo. Así, el país se separa en grupos: el norte tiene las condiciones socioeconómicas más favorables del país, en el centro se observa una condición media, con la excepción del Distrito Federal, que es la única entidad con el nivel más alto en la escala del NSE, y en el sur y parte del Golfo de México se ubican los estados con las condiciones más desfavorables.

En cuanto a la educación, los años de estudio promedio de los habitantes de los estados concuerdan con los NSE presentados. En su conjunto, la escolaridad en el país es baja (el promedio nacional es 8,6 años, que equivale a segundo año de secundaria); en la población de 15 años y más, el 7% no tiene instrucción escolar, el 56% cuenta con educación básica (primaria y secundaria), el 19% ha cursado hasta nivel medio superior y el 17% tiene estudios universitarios (INEGI, 2015b). Con base en lo anterior, resultaba congruente plantear que una muestra representativa de niveles educativos y regiones debía incluir una mayor cantidad de personas con educación básica y media y abarcar estados del norte, centro y sur.

Objetivos e Hipótesis de la Investigación

El interés de la investigación fue profundizar en la cultura subjetiva del mexicano a través de las PPSC y las normas y creencias en los ámbitos de las relaciones interpersonales y de género, en una muestra de distintas edades y niveles educativos y que habitan diversas regiones de México. Para ello llevamos a cabo la conceptuación y obtención de las normas y creencias que rigen el comportamiento de los individuos de varias entidades de México, extrayendo la claridad conceptual de las dimensiones y la relevancia cultural de la manifestación de las normas y creencias encontradas. También analizamos la convergencia y divergencia de las dimensiones para dar cuenta de la validez de los constructos. Al mismo tiempo, evaluamos que tan culturalmente apropiadas resultaban las dimensiones descriptoras al compararlas según sexo y nivel educativo de los participantes.

Para guiar el estudio formulamos las siguientes hipótesis:

1. Los reactivos representan la idiosincrasia del mexicano.

2. Existe un mayor rechazo de posturas tradicionales en personas con más educación y en mujeres.

3. Las relaciones entre dimensiones muestran congruencia conceptual.

Método

Participantes

Con la finalidad de acercar la muestra a las proporciones de educación y de diversidad cultural observadas en el país, para la selección de los participantes usamos como criterio el nivel educativo y la pertenencia a distintas regiones. De este modo, conformamos una muestra no probabilística intencional por cuotas de 1624 personas con las siguientes características: un 43,4% (n = 704) con educación básica (primaria y secundaria), un 27,3% (n = 444) con nivel medio (técnico y bachillerato) y un 29,3% (n = 476) con educación superior (licenciatura y posgrado). El 51,4% (n = 835) fueron mujeres y el 48,6% (n = 789), hombres, quienes provinieron de los siguientes ecosistemas: 11,7% (n = 190) de Hermosillo, Sonora (Norte-urbano-industrial-desértico-NSE medio alto); 16,1% (n = 262) de Monterrey, Nuevo León (Norte-urbano-industrial-NSE alto); 15,3% (n = 248) de Pachuca, Hidalgo (Centro-semiurbano-NSE medio bajo); 14,8% (n = 240) de Los Mochis, Sinaloa (Pacífico-urbano-rural-agrícola-NSE medio); 15,2% (n = 247) de Villahermosa, Tabasco (Golfo-sur-urbano-rural-rural-urbano-NSE bajo alto) y 26,9% (n = 437) del Distrito Federal (Centro-urbano-industrial-NSE alto). El rango de edad de los participantes fue de 18 a 35 años (media = 25, DE = 3,11).

Los participantes fueron seleccionados en diversos puntos públicos, en sus hogares y en centros escolares.

Instrumento

Elaboramos la escala que utilizamos para esta investigación mediante la selección, depuración, modificación y creación de reactivos, tomando como base los ítems provenientes de cuatro inventarios. Realizamos esta tarea en sesiones de “lluvia de ideas” con un grupo de investigadoras representantes de las regiones participantes. Cabe señalar que en la elaboración original de cada uno de los inventarios seleccionados se utilizó una metodología mixta en la cual se hicieron estudios ideográficos para obtener en cada caso las normas y creencias existentes y relevantes para diversos grupos de mexicanos y mexicanas, con lo cual se aseguró que el diseño de los instrumentos nomotéticos finales incluyeran las manifestaciones idiosincráticas de las muestras a estudiar. A continuación describimos los instrumentos de referencia:

Inventario de Premisas Socio-Histórico-Culturales Tradicionales de la Familia (Díaz- Guerrero, 2002). Consta de 123 afirmaciones dicotómicas (aceptación-negación). Fueron extraídos los siguientes factores: machismo, obediencia afiliativa, virginidad, abnegación, temor a la autoridad, statu quo familiar, honor familiar y rigidez cultural.

Escala sobre Normas y Valores en Universitarios Mexicanos (Cruz del Castillo et al., 2009). Consta de 106 reactivos tipo Likert con cinco opciones de respuesta (1 = totalmente en desacuerdo a 5 = totalmente de acuerdo) que conforman los siguientes factores: homofobia, tradicionalismo, clonación, aborto, apertura al cambio, consumo de drogas y apertura sexual.

Inventario de Premisas Histórico-Socio-Culturales de la Pareja (Díaz-Loving & Sánchez- Aragón, 2002). Consta de 114 reactivos tipo Likert con cinco opciones de respuesta (1 = totalmente en desacuerdo a 5 = totalmente de acuerdo), agrupados en los factores: conflicto-separación, pasión, amor de compañía, compromiso-mantenimiento, romance-tristeza, amor trágico, cultura, desamor-alejamiento y atracción.

Escala de Estereotipos de Género (Rocha Sánchez & Díaz-Loving, 2011). Integrada por 37 reactivos tipo Likert con cinco opciones de respuesta (1 = totalmente en desacuerdo a 5 = totalmente de acuerdo), con los siguientes factores: estereotipos generales sobre hombres y mujeres, estereotipos sobre las mujeres, estereotipos sobre los hombres y estereotipos sobre los roles de género.

Seleccionamos o elaboramos 133 reactivos que cumplieran con tres criterios: (a) que fueran culturalmente sensibles a la situación de cada contexto y que el lenguaje usado resultara semánticamente claro; (b) que los reactivos no estuvieran repetidos y (c) que tuvieran las mejores características psicométricas, es decir, reactivos que discriminaban y que mostraban los pesos factoriales más altos en los inventarios originales. Con ellos formamos dos inventarios, uno con 38 reactivos que exploraban las normas (e.g., “los hijos deben siempre obedecer a los padres”) y otro con 95 creencias (e.g., “los hombres son más inteligentes que las mujeres”), en relación con cuatro aspectos: la familia, la relación de pareja, los papeles que juegan mujeres y varones en una sociedad y creencias y normas de la vida moderna. Usamos un formato tipo Likert pictórico en una escala de cinco puntos (1 = totalmente en desacuerdo a 5 = totalmente de acuerdo).

Procedimiento

Estudiantes de psicología de las diferentes universidades participantes fueron capacitados y llevaron a cabo la aplicación del inventario (que contenía las escalas de normas y de creencias) de manera individual en diversos puntos públicos, hogares y centros escolares. A todos los participantes se les explicó el objetivo del estudio y se les solicitó marcaran su consentimiento informado en una pregunta expresa del inventario antes de iniciar su llenado. Asimismo, al entregarles el instrumento, se les aseguró el anonimato y la confidencialidad de la información proporcionada. Una vez que marcaron su consentimiento, nadie se rehusó a completar el inventario, que en promedio tuvo una duración de 30 minutos.

Análisis de Datos

Para el examen de la hipótesis 1 estimamos la validez de constructo y contenido de las escalas de normas y de creencias, realizando análisis factoriales exploratorios con rotación ortogonal (Varimax), por separado para los respectivos reactivos. En las Tablas 1 y 2 hemos incluido los reactivos con los pesos factoriales mayores a 0,40. También calculamos la consistencia interna de los factores a través de alfa de Cronbach.

Para analizar la hipótesis 2 evaluamos el efecto del sexo y la educación sobre las normas y las creencias, ejecutando un análisis de varianza factorial de 2 (sexo) X 3 (nivel educativo: básico, medio y superior) para cada factor de ambas escalas. Posteriormente, realizamos comparaciones post hoc con el procedimiento de Tukey.

Por último, respecto de la hipótesis 3, con los factores obtenidos en normas y creencias llevamos a cabo análisis de correlación producto-momento de Pearson, por separado para hombres y mujeres, para obtener la validez convergente y divergente de las dimensiones.

Tabla 1
Factores de la Escala de Normas

Tabla 2
Diferencias de Medias en los Factores, Según Sexo y Nivel Educativo

Resultados

Análisis del Instrumento

Como mostramos en la Tabla 1, respecto de la escala de normas, obtuvimos seis factores con auto-valores superiores a 1, quedando 25 reactivos, al dejar fuera 13 por tener cargas factoriales menores a 0,40. Dos factores hacen referencia a normas emergentes o mandatos sociales concernientes a fenómenos sociales actuales: Equidad y Autoafirmación. Existe en hombres y mujeres un acuerdo alto con las normas de justicia y responsabilidad mutua y un bajo acuerdo con normas que se refieren a la desobediencia de los hijos hacia los padres. Los cuatro factores restantes, Statu Quo Padres, Marianismo, Abnegación de la Mujer y Virginidad, aluden a mandatos tradicionales, siendo el factor Abnegación de la Mujer el que presenta la media más baja. Estos factores reflejan las normas tradicionales de obediencia de los hijos a los padres, de los roles tradicionales de mujeres y hombres, de la sumisión de la mujer y de la relevancia de la virginidad de la mujer. La consistencia interna de la escala total fue 0,87.

En la Tabla 2 presentamos las dimensiones extraídas en el análisis de la escala de creencias. De los 95 reactivos ingresados, eliminamos 12 por tener pesos factoriales menores a 0,40. Los 83 restantes se agruparon en nueve factores con auto valores superiores a 1 y con una consistencia interna total de 0,94. La escala de creencias contiene dos factores con ideas no tradicionales: Apertura Sexual y Emancipación; los siete factores restantes incluyen ideas tradicionales: Sexismo, que explica la mayor cantidad de varianza de la escala de creencias, mostrando la importancia de aspectos vinculados a roles de género, Pareja Dolor (en la vida de pareja se sufre), Statu Quo, Marianismo, Temor a los Padres, Pareja Monogamia (referida al compromiso monógamo) y Machismo. Los pesos factoriales para Pareja Monogamia son negativos, por lo que su interpretación debe considerar esta información. La media más alta aparece en Pareja Dolor y la más baja, en Pareja Monogamia, lo cual es congruente, por cuanto una tiene pesos positivos y la otra, negativos. Es importante destacar el profundo y amplio contenido de aspectos relativos a roles tradicionales de género en todos los factores.

En cuanto a las diferencias por sexo y nivel educativo (básico, medio y superior) en cada factor de la escala de normas (ver Tablas 3 y 4) observamos lo siguiente. En Equidad y Marianismo hubo diferencias por sexo y educación, tanto por un efecto principal de ambas variables como por un efecto de interacción entre las mismas. En Equidad las mujeres tienen un puntaje más alto que los hombres y el análisis post hoc indica que las personas con un nivel educativo superior tienen puntajes más altos que las con un nivel básico y medio. El efecto de interacción se revela en que el grupo de hombres con escolaridad básica o media tiene el puntaje más bajo y el grupo de mujeres con educación superior, el más alto. En Marianismo sucede lo contrario, puesto que son los hombres los que muestran puntajes más altos y el análisis post hoc reveló diferencias entre el nivel educativo básico, con los puntajes más altos, y el medio y superior, con los más bajos. Son las mujeres con educación superior las que tienen el puntaje más bajo y los hombres con educación básica, el puntaje más alto. En Statu Quo Padres hubo diferencias solo por nivel educativo, obteniendo el puntaje más alto el grupo con escolaridad básica y el más bajo, el con educación superior. En los factores Abnegación de la Mujer y Virginidad encontramos efectos principales del sexo y del nivel educativo, siendo el puntaje más bajo en mujeres que en hombres y, según el análisis post hoc, en los grupos con educación media o superior que en los con educación básica. En Auto-afirmación no encontramos efectos del sexo o nivel educativo.

Tabla 3
Puntuaciones Medias y Desviaciones Estándar en Factores de Normas en Función del Sexo y la Escolaridad

Tabla 4
Análisis de Varianza Para Factores de Normas en Función del Sexo y la Escolaridad


En cuanto a los factores de la escala de creencias (véase Tablas 5 y 6), encontramos efectos principales del sexo y nivel educacional en Sexismo, Statu Quo, Apertura Sexual y Machismo, en los que los hombres tienen un puntaje más alto que las mujeres y, como muestra el análisis post hoc, el grupo con educación básica tiene el puntaje más alto y el con educación superior, el más bajo. Para Marianismo, el efecto principal del sexo muestra medias más altas para las mujeres; asimismo, se encontró diferencia a partir del procedimiento post hoc, por medio del cual el nivel básico se diferencia del nivel de estudios medio y superior, mostrando el primero puntajes más altos. En los factores Pareja Dolor, Temor a los Padres y Pareja Monogamia existe un efecto principal del nivel educacional, el que, mediante el análisis post hoc, revela que el puntaje más alto lo tiene el grupo con educación básica y el puntaje más bajo, el con educación superior. Finalmente, existe un efecto principal del sexo y del nivel educativo en el factor Emancipación, siendo las mujeres quienes presentan un puntaje mayor en comparación con los hombres y, como reveló el análisis post hoc, el grupo con educación superior tiene el puntaje más alto y el con educación básica, el más bajo.

Tabla 5
Puntuaciones Medias y Desviaciones Estándar en Factores de Creencias en Función del Sexo y la Escolaridad

Tabla 6
Análisis de Varianza Para Factores de Creencias en Función del Sexo y la Escolaridad

Correlaciones Entre Factores

Las relaciones entre los factores de la escala de normas aparecen en la Tabla 7. Es de destacarse la alta correlación en los dos sexos entre Statu Quo de los Padres y Marianismo, lo que marca el poder de socialización de los padres en el desarrollo de una postura abnegada en las hijas. Por su parte, el factor Equidad, que es contra-normativo, se correlaciona inversamente con factores tradicionales.

En el análisis de correlación entre los factores de la escala de creencias (Tabla 8), destaca la consistente relación inversa en ambos sexos de Emancipación de la Mujer con todos los factores tradicionales. Aunque Apertura Sexual se considera una dimensión de liberalismo, esta se correlaciona directamente con las de tradicionalismo y también con Emancipación, particularmente en las mujeres. Lo anterior marca un patrón de aceptación en la cultura hacia la sexualidad, pero no hacia el empoderamiento de las mujeres.

Tabla 7
Correlaciones Entre los Factores de la Escala de Normas en Hombres y Mujeres

Tabla 8
Correlaciones Entre los Factores de la Escala de Creencias en Hombres y Mujeres

Discusión

Cuando el estudio se aboca a describir el contenido al interior de un grupo cultural, como es el caso de la investigación de Gelfand (2012) sobre normas en la India y las premisas de Alarcón (2005) en Perú, o si el estudio se centra en las normas y creencias, como las que hemos descrito en la presente investigación, el primer paso es el análisis y descripción del contenido. En los resultados de la investigación obtenidos mediante las técnicas exploratorias deben aparecer las normas y creencias que resultan relevantes, comunes y frecuentes en la muestra bajo estudio. Entre ellas pueden coexistir normas y creencias contradictorias o tradicionales y no tradicionales, como normas de equidad pero también machismo y virginidad, o creencias de emancipación pero a la vez de sexismo y marianismo, las cuales emergen de la interacción social y son producto de adaptaciones a condiciones pasadas que enfrenta acometidas del presente, como lo señalan Matsumoto y Juang (2013), en la búsqueda de un equilibrio o consistencia colectiva.

Al examinar la configuración de los factores obtenidos en esta investigación, nos llama la atención que aparezcan normas asociadas con la cultura tradicional, como el statu quo de los padres, el marianismo, la abnegación de las mujeres y la virginidad, coexistiendo con la equidad y autoafirmación de las mujeres. Esa misma tendencia observamos al analizar las creencias, pues, entre los factores extraídos, destacan los que se asocian con el sexismo, con la idea de lo que caracteriza a las parejas tradicionales, con el statu quo en las relaciones y posición de mujeres y varones en la sociedad, el marianismo, el temor a los padres y el machismo, obteniendo solo dos conjuntos de reactivos sobre apertura sexual y emancipación.

En los resultados de esta investigación hemos mostrado como coexisten normas contradictorias, como la equidad y la autoafirmación, a las que podemos considerar como propias de una sociedad progresista, con otras más apegadas a los estándares tradicionales de comportamiento para las mujeres y los varones, como respeto al statu quo de los padres, el marianismo, la abnegación de las mujeres y la virginidad. Las creencias agrupadas en los factores que hemos descrito también muestran ese patrón, pues conviven la apertura sexual y emancipación de las mujeres con ideas arraigadas y conservadoras sobre el statu quo, la pareja tradicional, el marianismo, el temor a los padres y el machismo. Asimismo, se confirma que el grado de acuerdo con las normas difiere según el sexo y la escolaridad de las y los participantes, pues mientras las mujeres mostraron una mayor aceptación de las afirmaciones relacionadas con normas vinculadas con la equidad y la autoafirmación y con creencias relativas a la apertura sexual y la emancipación, los varones se inclinaron en mayor medida por las normas y creencias tradicionales, tanto en lo que respecta a las relaciones al interior de la familia como a las interacciones con la pareja y con las mujeres. Estos hallazgos coinciden con lo reportado por Matsumoto y Juang (2013) y Díaz-Guerrero (2002) en relación con el efecto diferenciado que tiene la cultura sobre mujeres y hombres, sin dejar de reconocer que el sentido de las normas y creencias tiende a favorecer la condición de unos sobre las otras.

De acuerdo con lo anterior, resulta congruente que las normas de equidad, es decir, aquellas que se refieren a que los hombres deben ser más justos con su pareja, a que mujeres y varones deben compartir los gastos de la casa y a que los hombres deben ser menos agresivos con las mujeres, entre otras, en las muestras de mujeres y varones se relacionen inversamente con las creencias tradicionales (statu quo de los padres, marianismo, abnegación y virginidad). Nos llama la atención, sin embargo, su baja correlación con la autoafirmación, que es el factor que contiene reactivos que van en contra de la idea de que la obediencia de las hijas y los hijos hacia sus padres debe ser incondicional. Sostener relaciones equitativas, entonces, no necesariamente tiene relación con mantener la obediencia incondicional que “debemos” a nuestros padres y madres, quienes, según Leñero Otero (1980), “representan a Dios” y, por tanto, no se les debe desobedecer, según los estereotipos que han prevalecido en nuestra sociedad desde hace mucho tiempo.

Contra lo que podría esperarse, la apertura sexual se relaciona directamente con normas consideradas tradicionales, como el marianismo (aunque ligeramente), y también con el factor Pareja Monogamia. Esto significa que, de acuerdo con las respuestas obtenidas, considerar que las mujeres pueden gozar de mayor libertad para ejercer su sexualidad (e.g., tener amantes estando casadas o amar a más de una persona) del mismo modo que los hombres (tener más de una familia, tener amantes aunque estén casados o necesitar varias parejas sexuales) se asocia con un mayor acuerdo con la idea de que la pasión es pasajera, que se sufre con el amor y que es mejor aguantar o aferrarse a una pareja que estar sola o solo. La apertura sexual también se correlaciona directamente con el factor Emancipación (e.g., las mujeres pueden beber en público o ser rudas), lo que no solo es más razonable en términos de lo que se esperaría, sino porque también puede ser un reflejo de la transformación que, sin duda, está teniendo nuestra sociedad, aun cuando no hayamos logrado desprendernos de creencias arraigadas por generaciones, produciendo esta superposición cultural (Leñero Otero, 1980). Esto refuerza la necesidad de indagar con mayor profundidad la conformación de guías conductuales que consideren los cambios que se han presentado no solo en torno a la orientación sexual, sino también a la sexualidad en general.

De manera consistente, tanto en la escala de normas como de creencias, así como en los factores en los que hubo diferencias, el grupo de hombres con escolaridad básica tiene los puntajes más altos en los factores que denotan tanto normas como creencias tradicionales y el grupo de mujeres con escolaridad superior, los puntajes más bajos. La influencia del sexo y la escolaridad son importantes en las relaciones específicas entre los factores; por ejemplo, una mayor escolaridad se relaciona con un mayor acuerdo con las normas de equidad y con las creencias sobre apertura sexual, especialmente en el caso de las mujeres; por el contrario, una menor escolaridad se asocia con normas y creencias tradicionales, y son los varones los que muestran un mayor agrado con tales factores. Dados estos resultados, la combinación del nivel de estudios y el hecho de ser hombre o mujer influye en qué tan fuerte es el acuerdo hacia mandatos e ideas tradicionales. Tal como lo indicaron Díaz-Loving y Draguns (1999), cada creencia provee de una cosmovisión que se obtiene a través de las experiencias de socialización y endoculturación que se absorben a lo largo de la vida de los individuos y que son influidas, de acuerdo con Davidson y Thompson (1980), a su vez, por variables sociodemográficas como edad, nivel educativo, ocupación, clase social y sexo.

Estos hallazgos confirman lo que Kuh (1995) indica en cuanto a que, en conjunto, las normas y las creencias constituyen las características centrales de cada cultura y que, al constituir la emergencia y trayectoria de las ideas, se obtienen las variables contextuales de determinación del comportamiento; así, las normas se erigen como los lineamientos de comportamiento, mientras que las creencias como la forma en que las personas asimilan y acomodan las reglas para crear sus pensamientos. La importancia de poder describir los fenómenos culturales para tener una psicología más cercana a las valoraciones de la conducta humana lleva a la creación de una orientación que estudie las variables psicológicas en su contexto cultural.

Como se puede apreciar, los postulados que ligan a las premisas PPSC con la etnopsicología son muy cercanos a las características descritas anteriormente para el estudio y la medición de la cultura. De hecho, el conocimiento de las PPSC y el grado de apego y reacción ante dichos postulados permiten plasmar la historia de la cosmovisión de un pueblo en una serie de cuadros, cual una visita a un museo del ser humano en un ecosistema cultural particular. Lleva también a la posibilidad de estudiar los efectos que estas normas y creencias tienen sobre la manera en que el grupo entiende el mundo y la forma en que construye y justifica sus patrones conductuales (Díaz-Loving, 2008; Flores Galaz, 2011).

Estas dos razones serían suficientes para dedicar amplios esfuerzos al estudio de los cambios de las premisas en grupos e individuos (Berry, Poortinga, Segall & Dasen, 1992). Sin embargo, queda un amplio campo por recorrer para encontrar la fuente original, así como la forma de transmisión de las premisas. En otras palabras, su papel es fundamental y su caracterización, imprescindible. El círculo se cierra al conocer no solo la estructura y contenido de las normas y creencias en un entorno sociocultural específico, sino también la formación y funciones de las mismas en la adaptación de los seres humanos a su ecosistema y, finalmente, la comparación estructural de lo encontrado en una socio-cultura en relación con lo hallado en una diversidad de muestras de otras culturas.

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Fecha de recepción: Abril de 2015.
Fecha de aceptación: Octubre de 2015.

Rolando Díaz-Loving, Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México, Distrito Federal, México; Alicia Saldívar Garduño, Departamento de Psicología, Universidad Autónoma Metropolitana, Distrito Federal, México; Carolina Armenta-Hurtarte y Norma Elena Reyes Ruiz, Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México, Distrito Federal, México; Fuensanta López Rosales, Facultad de Psicología, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México; Mayra Moreno López, Escuela de Psicología, Universidad Autónoma Indígena de México, Los Mochis, México; Angélica Romero Palencia, Facultad de Psicología, Universidad Autónoma de Hidalgo, Pachuca, México; Julita Elemí Hernández Sánchez, División de Educación, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, Villahermosa, México; Miriam Domínguez Guedea, Departamento de Psicología, Universidad de Sonora, Hermosillo, México; Cinthia Cruz del Castillo, Departamento de Psicología, Universidad Iberoamericana, Distrito Federal, México; Fredy Everardo Correa Romero, Facultad de Psicología, Universidad de Guanajuato, León, México.

La investigación fue realizada gracias al Programa UNAM-DGAPA-PAPIIT IN305514.

La correspondencia relativa a este artículo debe ser dirigida a Rolando Díaz-Loving, Facultad de Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México, Avda. Universidad 3004, Coyoacán, Distrito Federal, México. E-mail: rdiazl@unam.mx

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