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versión On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. v.15 n.27 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362007000200006 

 


Última Década, 27, 2007:95-118

VALORES SOCIALES Y ESTÉTICAS JUVENILES


Sociología de los valores y juventud


Sociologia dos valores e juventude

Sociology of value and youth

Mario Sandoval Manríquez*

* Doctor en Sociología de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Coordinador del Centro de Estudios en Juventud de la Universidad Católica Silva Henríquez, Santiago, Chile.

Dirección para correspondencia


RESUMEN

El presente artículo da cuenta del fenómeno de los valores desde la perspectiva sociológica y establece una vinculación con la producción valórica de los jóvenes. Los valores son producto de cambios y transformaciones a lo largo de la historia. Surgen con un especial significado y cambian o desaparecen en las distintas épocas. Todos los seres tienen su propio valor. En síntesis, las diversas posturas conducen a inferir dos teorías básicas acerca de los valores dependiendo de la postura del objetivismo o del subjetivismo axiológico. Todas ellas son tratadas en el presente artículo.

Palabras clave: Socialización, Educación, Función


RESUMO

O presente artigo trata do fenômeno dos valores na perspectiva sociológica e estabelece um vínculo com a produção de valores dos jovens. Os valores são produto de mudanças e transformações ao longo da história. Surgem com um especial significado e mudam ou desaparecem nas distintas épocas. Todos os seres têm seu próprio valor. Em síntese, as diversas posturas levam a inferir duas teorias básicas sobre os valores, a partir do objetivismo ou do subjetivismo axiológico. Todas elas são tratadas no presente artigo.

Palavras chave: Socialização, Educação, Função


ABSTRACT

The present article gives account to the phenomenon of values from a sociological perspective and establishes an entailment with the valoric production of the youth. The values are products of change and transformation throughout history. They arise with a special meaning and they change or they disappear at different times. All beings have their own value. In synthesis, the diverse opinions infer two basic theories about values depending on the position of objectivism or axiological subjectivism. All of them are addressed in the present article.

Key words: Socialization, Education, Function


1.    Introducción


En primer lugar cabe señalar que el tema de los valores es esencial para la disciplina sociológica, así como para la sociedad en general. La existencia y funcionamiento de los valores mantienen la cohesión social, logran la inteligibilidad de las conductas y generan un ethos compartido que proporciona la certidumbre del funcionamiento de la vida cotidiana.

Ya en su tiempo Max Weber lo señaló en su análisis del sistema capitalista sirviéndose de la clave del puritanismo calvinista; posteriormente Emilio Durkheim al analizar un período histórico concreto analizó el funcionamiento de la sociedad primitiva y tradicional por la absorción del individuo en la unidad colectiva (con valores compartidos) y la sociedad moderna por el resultado de esfuerzos individuales coordinados y controlados por valores.

Para algunos, la palabra «valor» evoca a la filosofía, a otros los hace pensar en las Bolsas de comercio, sin embargo en este apartado nosotros abordaremos el tema de los valores desde el punto de vista de la sociología. Desde esta perspectiva, todos los seres humanos aprecian, estiman, desean obtener, recomiendan o proponen como ideales ciertos valores. Las ideas, las emociones, los actos, las actitudes, las instituciones y las cosas materiales pueden poseer cierta cualidad en virtud de la cual ellas son apreciadas, deseadas o recomendadas. Sin embargo, lo que es atractivo para algunos, puede ser rechazado por otros. De esta manera a los «valores» se contraponen los «contravalores», aquello que es desaprobado, rechazado, despreciado. El nacionalismo y el internacionalismo, la libertad y la igualdad, la propiedad privada y la propiedad pública, pueden ser, según tal o cual persona, valores o contravalores.

Aún cuando el tema de los valores es considerado relativamente reciente en filosofía, los valores están presentes desde los inicios de la humanidad. Para el ser humano siempre han existido cosas valiosas: el bien, la verdad, la belleza, la felicidad, la virtud. Sin embargo, el criterio para darles valor ha variado a través de los tiempos. Se puede valorar de acuerdo con criterios estéticos, esquemas sociales, costumbres, principios éticos o, en otros términos, por el costo, la utilidad, el bienestar, el placer, el prestigio.

Los valores son producto de cambios y transformaciones a lo largo de la historia. Surgen con un especial significado y cambian o desaparecen en las distintas épocas. Por ejemplo, la virtud y la felicidad son valores; pero no podríamos enseñar a las personas del mundo actual a ser virtuosas según la concepción que tuvieron los griegos de la antigüedad. Es precisamente el significado social que se atribuye a los valores uno de los factores que influye para diferenciar los valores tradicionales, aquellos que guiaron a la sociedad en el pasado, generalmente referidos a costumbres culturales o principios religiosos, y los valores modernos, los que comparten las personas de la sociedad actual.

Pero, ¿qué son los valores? Este concepto abarca contenidos y significados diferentes y ha sido abordado desde diversas perspectivas y teorías. En sentido humanista, se entiende por valor lo que hace que un hombre y una mujer sean tales, sin lo cual perderían la humanidad o parte de ella. El valor se refiere a una excelencia o a una perfección. Por ejemplo, se considera un valor decir la verdad y ser honesto; ser sincero en vez de ser falso; es más valioso trabajar que robar. La práctica del valor desarrolla la humanidad de la persona, mientras que el contravalor lo despoja de esa cualidad. Desde un punto de vista socioeducativo, los valores son considerados referentes, pautas o abstracciones que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la realización de la persona. Son guías que dan determinada orientación a la conducta y a la vida de cada individuo y de cada grupo social.

¿Desde cuáles perspectivas se aprecian los valores? La visión subjetivista considera que los valores no son reales, no valen en sí mismos, sino que son las personas quienes les otorgan un determinado valor, dependiendo del agrado o desagrado que producen. Desde esta perspectiva, los valores son subjetivos, dependen de la impresión personal del ser humano. La escuela neokantiana afirma que el valor es, ante todo, una idea. Se diferencia lo que es valioso de lo que no lo es dependiendo de las ideas o conceptos generales que comparten las personas. Algunos autores indican que «los valores no son el producto de la razón»; no tienen su origen y su fundamento en lo que nos muestran los sentidos; por lo tanto, no son concretos, no se encuentran en el mundo sensible y objetivo. Es en el pensamiento y en la mente donde los valores se aprehenden, cobran forma y significado. La escuela fenomenológica, desde una perspectiva idealista, considera que los valores son ideales y objetivos; valen independientemente de las cosas y de las estimaciones de las personas. Así, aunque todos seamos injustos, la justicia sigue teniendo valor. En cambio, los realistas afirman que los valores son reales; valores y bienes son una misma cosa.

Todos los seres tienen su propio valor. En síntesis, las diversas posturas conducen a inferir dos teorías básicas acerca de los valores dependiendo de la postura del objetivismo o del subjetivismo axiológico.

¿Cuáles son las características de los valores? ¿Qué hace que algo sea valioso? La humanidad ha adoptado criterios a partir de los cuales se establece la categoría o la jerarquía de los valores. Algunos de esos criterios son: a) Durabilidad: los valores se reflejan en el curso de la vida. Hay valores que son más permanentes en el tiempo que otros. Por ejemplo, el valor del placer es más fugaz que el de la verdad. b) Integralidad: cada valor es una abstracción íntegra en sí mismo, no es divisible. c) Flexibilidad: los valores cambian con las necesidades y experiencias de las personas. d) Satisfacción: los valores generan satisfacción en las personas que los practican. e) Polaridad: todo valor se presenta en sentido positivo y negativo; todo valor conlleva un contravalor. f) Jerarquía: hay valores que son considerados superiores (dignidad, libertad) y otros como inferiores (los relacionados con las necesidades básicas o vitales). Las jerarquías de valores no son rígidas ni predeterminadas; se van construyendo progresivamente a lo largo de la vida de cada persona. g) Trascendencia: los valores trascienden el plano concreto; dan sentido y significado a la vida humana y a la sociedad. h) Dinamismo: los valores se transforman con las épocas. i) Aplicabilidad: los valores se aplican en las diversas situaciones de la vida; entrañan acciones prácticas que reflejan los principios valorativos de la persona. j) Complejidad: los valores obedecen a causas diversas, requieren complicados juicios y decisiones.

¿Cómo valora el ser humano? ¿Cómo expresa sus valoraciones? El proceso de valoración del ser humano incluye una compleja serie de condiciones intelectuales y afectivas que suponen: la toma de decisiones, la estimación y la actuación. Las personas valoran al preferir, al estimar, al elegir unas cosas en lugar de otras, al formular metas y propósitos personales. Las valoraciones se expresan mediante creencias, intereses, sentimientos, convicciones, actitudes, juicios de valor y acciones. Desde el punto de vista ético, la importancia del proceso de valoración deriva de su fuerza orientadora en aras de una moral autónoma del ser humano.

¿Cómo se clasifican los valores? No existe una ordenación deseable o clasificación única de los valores; las jerarquías valorativas son cambiantes, fluctúan de acuerdo a las variaciones del contexto. Múltiples han sido las tablas de valores propuestas. Lo importante a resaltar es que la mayoría de las clasificaciones propuestas incluye la categoría de valores éticos y valores morales. La jerarquía de valores según Scheler (2000) incluye: a) valores de lo agradable y lo desagradable, b) valores vitales, c) valores espirituales: lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, valores del conocimiento puro de la verdad, y d) valores religiosos: lo santo y lo profano. La clasificación más común discrimina valores lógicos, éticos y estéticos. También han sido agrupados en: objetivos y subjetivos (Frondizi, 1972); o en valores inferiores (económicos y afectivos), intermedios (intelectuales y estéticos) y superiores (morales y espirituales). Rokeach (1973) formuló valores instrumentales o relacionados con modos de conducta (valores morales) y valores terminales o referidos a estados deseables de existencia (paz, libertad, felicidad, bien común). La clasificación detallada que ofrece Marín Ibáñez (1976) diferencia seis grupos: a) Valores técnicos, económicos y utilitarios; b) Valores vitales (educación física, educación para la salud); c) Valores estéticos (literarios, musicales, pictóricos); d) Valores intelectuales (humanísticos, científicos, técnicos); e) Valores morales (individuales y sociales); y f) Valores trascendentales (cosmovisión, filosofía, religión).

Por su parte, Francisco Leocata (Leocata, 1991) propone una escala de valores, haciendo una síntesis de las escalas de Hartman, Scheler y Lavelle:


—      Valores económicos: ligados a las necesidades corpóreas y a lo útil y la productividad.

—      Valores sensitivo-afectivos o valores de la vitalidad: expresan la relación de la persona con su bienestar y con el placer sensible.

—      Valores estéticos: identifican el tránsito de lo natural a lo cultural.

—      Valores intelectuales: giran en torno de la verdad, el conocimiento, la investigación y la racionalidad.

—      Valores morales: se vinculan con el modo como se vive la relación con la los demás donde se pone en juego la relación intersubjetiva, la conciencia y la conducta respecto a otros.

—      Valores religiosos: donde el sentido de la vida alcanza su punto más alto.


Para comprender el concepto en su integralidad es necesario distinguir cuatro dimensiones principales de los valores.


i) Cada valor es un objeto, es decir, algo que es valorizado, apreciado. De esta manera la patria, la fe cristiana, el trabajo, la educación, la familia, el tiempo libre, la fidelidad pueden llegar a ser valores. Todo elemento de la realidad social, del universo espiritual y moral puede tener un aspecto de «valor» en la medida que ese elemento es estimado o rechazado, alabado o condenado.

ii) Este objeto es calificado por un juicio como precioso o despreciable, bueno o malo, útil o inútil, verdadero o falso, deseable o indeseable, bello o feo. La sentencia obtenida es un juicio de valor. Por ejemplo, podemos decir que la patria es inviolable y hay que combatir a sus enemigos, que la fe musulmana es la única, sola y verdadera y que los infieles cometen un error, que el trabajo es digno y que las ganancias a costa del trabajo son justas, que la familia es sagrada y que el divorcio es un fracaso. Los juicios de valor se inspiran en un largo abanico de principios que sirven de criterios a las opiniones, a las creencias, a las convicciones y a las elecciones.

iii) Los valores se convierten en «normas» desde el momento en que comandan o reglan las conductas, prescribiendo una línea de acción. Las normas tienden a conformar los comportamientos y los compromisos con los valores declarados. Si la patria es inviolable, uno debe ser patriota y defenderla; si el Islam dice la verdad, uno debe obedecer a sus mandamientos; si la educación es importante, uno debe educarse, si la familia es sagrada, uno debe ser fiel a la suya. Los valores fundan las normas y las normas orientan los actos.

iv) Los «portadores de los valores» son actores individuales o colectivos o grupos sociales. Nosotros podemos hablar de valores de tal o cual persona, valores de los socialistas, de los comerciantes, de los jóvenes, de los argentinos o de la cultura gitana.

El concepto de valor es inseparable de la noción de preferencia. Valorizar una cosa antes que otra (por ejemplo preferir un paseo a ver televisión) significa que, en una situación dada, el valor que induce la elección elimina a otro.


2.    Los sistemas de valores


Los valores de un individuo o de una colectividad no se presentan aislados, yuxtapuestos o desordenados. Al contrario, ellos están relacionados entre sí, son interdependientes, ellos forman «un sistema»; Cuando se adopta un valor nuevo o un determinado valor pierde su lugar, cuando un valor se refuerza o se debilita, el sistema entero se ve afectado.

Un sistema así concebido está organizado jerárquicamente. El sistema de valores es también una escala de valores. Algunos son más importantes que otros. Las diferencias entre los actores a menudo provienen no del contenido de su sistema, sino de la manera en que están ordenados. Por ejemplo, en el debate sobre el aborto, todos pueden estimar el valor de la vida por sobre todo, sin embargo, algunos insisten en la prioridad de salvaguardar la vida el futuro ser humano; mientras que otros le dan prioridad a la decisión de la mujer sobre su cuerpo.

Los actores se sienten atraídos más por algunos valores que por otros. Los valores no solo contienen elementos cognitivos, sino que además contienen elementos afectivos muy fuertes. En la medida que un valor está enraizado en una persona, ocupa un lugar privilegiado en el sistema y es vivido con intensidad, más es tomando en serio, suscitando emociones y movilizando energías vehementemente. Hay algunos valores por los cuales los seres humanos son capaces de dar la vida.

El modo de organización de un sistema de valores varía de una cultura a otra. Su lógica interna no obedece de igual manera en todas partes, ni sigue las mismas reglas. Por otra parte, esta divergencia es la razón principal de la incomprensión entre las civilizaciones, donde cada una interpreta el mundo en sus propios términos.

A primera vista la palabra «sistema» sugiere que los valores adoptados por los actores tienen su racionalidad y que esta racionalidad puede ser conocida. Acabamos de hablar de una lógica interna. Un examen más cercano revela sin embargo, que los valores no son necesariamente claros y que ellos no pueden ser expresados fácilmente. Un sistema no es necesariamente transparente. A menudo el sistema se deduce del comportamiento y de las acciones de los actores.

Además, los valores de un mismo actor pueden entrar en contradicción, colocarse objetivos incompatibles. La tensión puede estar oculta si el actor es inconciente de la incoherencia, sin embargo, en materias cruciales, la contradicción descubierta puede provocar problemas de conciencia, crisis e incluso anomia.

Otra forma de contradicción se manifiesta cuando los actos y los comportamientos desmienten a los valores, los niegan. Por ejemplo, los criminales suscriben un gran número de principios y de prioridades similares a la gente común. Ellos trasgreden solamente algunos, dada su conducta criminal. La gente común también manifiesta a menudo discrepancias entre lo que dice y lo que hace.

Un conjunto de valores es por lo tanto un sistema vivo, extremadamente complejo, siempre expuesto a los cambios, por lo tanto muy difícil de estudiar.

Rezsohazy (2006:7) nos propone una tipología de valores que pasamos a detallar:


i) En primer lugar el autor nos habla de los valores centrales. Estos son aquellos que son compartidos por el conjunto de una población dada, independientemente de su pertenencia profesional, de su edad, de su sexo o de su nivel de instrucción. Los valores específicos son propios de una categoría particular de personas: por ejemplo de una clase social, de una generación, una etnia o los militantes de un determinado partido político. Los valores centrales forman la base de consentimiento social, ellos contribuyen a los fundamentos del acuerdo social. Es gracias a ellos que los miembros de una colectividad hacen planes, se comunican, se comprenden, tienen una cohesión mínima y viven juntos, iguales y diferentes como diría Touraine. Sus valores centrales corresponden a aquellos que llamamos ethos de una civilización o el espíritu de un pueblo.

ii) Las sociedades totalitarias imponen la unanimidad en el dominio de los valores. Muchas comunidades tradicionales son también unánimes y los «líderes» sancionan a aquellos que no piensan como ellos. Sin embargo, si las presiones se suavizan, la sociedad se transforma progresivamente en pluralista. La coexistencia de sistemas de valores divergentes apela a la tolerancia, sin embargo, ella puede también manifestarse en resistencias vigorosas. Los conflictos de valores tienden a ser más duros que los conflictos de intereses porque ellos son acompañados de emociones y a menudo de pasiones. Cuando los valores tales como el nacionalismo o la religión (o los dos juntos) definen la identidad de los oponentes y definen su acción, el combate amenaza con causar destrucción y muerte.

iii) Para comprender el sistema de valores de los actores, los valores estructurantes son capitales. Ellos ordenan el conjunto, ordenan su jerarquía, alimentan las explicaciones últimas de las elecciones cruciales. Es a partir de ellos que el actor da una orientación a su vida. Por ejemplo, para algunos el valor estructurante es la familia, para otros es el amor o el éxito profesional, la religión o el dinero, el fútbol o no importa que tipo de combinación de dos o tres valores predominantes. Esto permite dibujar un perfil del actor y los perfiles parecidos reagrupados revelan las grandes familias de valores presentes en la sociedad, por ejemplo los «postmodernos», los «tradicionalistas», los «cristianos», los «laicos», la «izquierda», la «derecha». Los valores periféricos rodean a este núcleo duro en importancia decreciente.

iv) Una distinción similar opone valores finales y valores instrumentales. Los primeros apuntan a objetivos buscados, los segundos son necesarios para la concreción de los primeros. Por ejemplo aquellos que buscan el éxito profesional, valorizan también el trabajo y la perseverancia o la ambición.

v) Los valores globales trascienden las diferentes esferas de la vida social, su área de validez se extiende sobre todas las relaciones humanas. Por ejemplo, la justicia puede ser una exigencia para repartir una herencia, para fijar un salario, para pronunciar un juicio o para arreglar un conflicto internacional. Los valores morales son por naturaleza globales. Las categorías de bueno/malo, justo/ injusto, lícito/ilícito tienen aplicación en todas partes. Los valores sectoriales están confinados a una esfera particular de la sociedad. Los valores políticos, económicos o religiosos, como la democracia parlamentaria, la competencia o la oración, son sectoriales. Evidentemente un valor de este tipo puede llegar a ser estructurante, como por ejemplo, el deporte puede llegar a ser el eje central de la vida de una persona.

vi) Los valores explícitos son enunciados espontáneamente por los «portadores de valores» o son nombrados en respuesta a un cuestionario. Los valores implícitos son observables por los signos exteriores, como por ejemplo el letrero: «propiedad privada, prohibido entrar» denota las características de una casa, el puente elevado señala un valor político de una propiedad o el canto entusiasta de un himno nacional nos recuerda el patriotismo de una persona.

Los valores latentes no se manifiestan en el curso normal de la vida, sino que en circunstancias excepcionales pueden colocarlos en primer rango. La solidaridad, por ejemplo, poco mencionada en los sondeos de opinión, puede movilizar a la gente en el caso de un terremoto o de una catástrofe natural.

Los valores no son principios eternos, impersonales, existentes desde el principio de los tiempos. Ellos son, en última instancia, «creados» y anunciados por personalidades marcantes o por instituciones históricamente situadas, estos pueden ser llamados productores de valores o productores de sentido.


3.    ¿Quiénes son estas personas o instituciones?


Ellos se encuentran entre las grandes figuras morales, los profetas, los filósofos, los artistas, los intelectuales, los científicos, los escritores, los cineastas y las instituciones como las Iglesias, los centros de investigaciones o las universidades.

Su tarea consiste en responder a las preguntas esenciales que se coloca la sociedad, dando un significado a los eventos, proponiendo la salida a una crisis determinada, elaborando sistemas de pensamiento o abriendo horizontes nuevos. Ellos proporcionan a la sociedad y a los actores, las ideas, los objetivos, los programas, los principios éticos, los juicios críticos.

La expansión de los valores está asegurada, si las condiciones favorables a su propagación están dadas por los transmisores, los líderes de opinión, los profesores. Para ello se utilizan los canales habituales de comunicación cultural, tales como los diarios, la radio, la televisión, el cine, los libros, la música, el canto, el sistema escolar, etc.

La opinión pública está, en general, en retraso respecto de los productores de valores. La rapidez y la amplitud de la difusión dependen de una dialéctica compleja entre las necesidades, las aspiraciones, la receptividad y la resistencia del público y de los detentores de diferentes poderes (cultural, político, económico) así como de las oportunidades que exciten para innovar.

Gracias a los productores y a los transmisores así como al público que los sigue, existe en la sociedad, a un momento dado, un stock de valores disponibles para ser inculcados y adoptados. Uno de los primeros es el tiempo (que es precioso): apenas un niño nace debe distinguir la noche del día para respetar los tiempos de sueño de sus padres. Poco a poco su cuadro temporal se precisa, y en la medida que crece el ser humano aprende lo importante de la puntualidad, o desde una perspectiva weberiana, aprende a que «el tiempo es oro».

Los valores se forman, reciben su significación y son transmitidos por el proceso de socialización donde los agentes como la familia, la escuela, los medios de comunicación, los grupos de amigos, tienen mucha importancia. Allí los seres humanos reciben progresivamente su «equipamiento cultural», es decir, su educación, las reglas de su sociedad y los comportamientos que prevalecen, sus conocimientos, su saber hacer, la manera de vivir y de expresar sus sentimientos, sus valores. El proceso está lejos de ser simple o unilateral, porque los niños reaccionan o resisten. También existe un fenómeno de retro-socialización cuando son los valores de los jóvenes los que contaminan los valores de los adultos y éste es precisamente uno de los objetivos de esta investigación, conocer la emergencia de nuevos valores entre los jóvenes chilenos y ver de qué manera esos valores se imponen al conjunto de la sociedad chilena.

Los medios gracias a los cuales los valores se enraízan en la población pueden ser más o menos explícitos como las recompensas por el éxito o las sanciones por las faltas cometidas, pero también pueden ser poco palpables como un intercambio improvisado o los hechos y gestos de una persona que sirve de modelo y de referencia. La aprobación o reprobación social ejerce también una influencia. Generalmente los seres humanos tienden a conformarse a lo que se piensa o lo que se hace (lo «políticamente correcto»).

Todo el mundo guía su vida por los valores adquiridos. Las personas que nacen en un mismo medio social o en la misma época, es decir, pertenecen a una misma generación, tienen la tendencia a embarcarse en aventuras humanas basadas en más o menos los mismos valores. Y aquellos y aquellas que comparten los mismos valores tienen la tendencia a actuar en conjunto.


4.    Roles y funciones


Los valores están presentes en prácticamente todos los procesos sociales, por lo tanto sería prácticamente imposible hacer una lista exhaustiva de todos los roles que ellos juegan, sin embargo, para efectos de nuestra investigación mencionaremos algunos.

Los valores asumen una función central en la edificación y mantenimiento de la identidad de los individuos y de los colectivos. Ellos forjan la imagen y la estimación de sí mismo. El individuo que está conciente de sus valores puede considerarse como una persona, encontrar un lugar en el mundo, tener confianza en sí mismo, interpretar y evaluar su medio ambiente social. Su status se determina en parte según el valor acordado a su posición. Sus relaciones son gobernadas por los valores que le confiere su calidad. La colectividad ve en sus valores una de las mejores razones de la adhesión de sus miembros, es el denominador común de sus participantes. El compartir los mismos valores cimienta la unión entre las personas. Estos valores pueden ser expresados por una insignia, una bandera, un uniforme, una forma de saludo, etc.

Los valores tienen una posición intermedia entre la realidad y el actor, individual o colectivo. Ellos son los elementos constitutivos de los sistemas de acción. Ellos proponen los objetivos: algunos serán preferidos a otros porque son más atractivos, más deseables, más apreciados. Ellos sugieren los medios: aquel es mejor, menos costoso, más apropiado, más eficaz. Ellos motivan a los actores, influyendo sus necesidades y sus aspiraciones, ya que aspiramos a aquello que valorizamos; ordenan sus percepciones, puesto que observamos el mundo a través de los «lentes» de sus valores; sirven de criterio para enjuiciar la situación en la que se encuentran los actores. Hemos distinguido los valores de los otros elementos de un sistema de acción solo para fines analíticos, puesto que en la realidad operan como un todo.

Los valores alimentan las ideologías, le otorgan su «materia prima». Las ideologías racionalizan los valores, las necesidades y los intereses de los actores. Los valores intervienen también en todo discurso donde el objetivo es persuadir a un interlocutor, seducirlo o disimular cualquier cosa. Ellos sirven para justificar los sentimientos, las actitudes o las iniciativas inconfesables. Una agresión, por ejemplo, nunca es anunciada como tal, sino más bien legitimada por los valores de la seguridad nacional o los derechos heredados por la historia.

Los valores generan las actitudes y orientan los comportamientos. La significación de las matrices comportamentales no pueden ser elucidadas sin referirse a los valores de la cultura a la cual pertenecen.

Los valores movilizan a los actores, sobre todo cuando éstos son olvidados, ignorados, contradichos o atacados.

Los valores contribuyen a mantener y a regular la sociedad, dado que ellos fundan la legitimidad del orden social, la validez de las leyes y la práctica del control social (la persona o el grupo que no se conforman con un valor determinado pueden ser sancionadas).

Considerando los elementos anteriores, podemos agrupar los valores en dos perspectivas: a) La definición común y compartida de valor como ideales deseables; b) El valor como preferencia colectiva.

a) La definición común y compartida de valor como ideales deseables. En la primera perspectiva se considera a los valores como maneras de ser o de obrar que una persona o una colectividad juzgan ideales y que hacen deseables o estimables a los sujetos o a los comportamientos a los que se atribuye ese valor. En este caso se trata de consensos intersubjetivos implícitos que facilitan la acción social individual y colectiva. De esta manera los valores se convierten en criterios conforme a los cuales los grupos sociales juzgan la importancia de las personas, de las formas y de los objetivos socioculturales. Los valores son «algo» que se comparte y que contribuye al bienestar y cohesión social.

b) El valor como preferencia colectiva. En la misma línea anterior, pero con mayor énfasis se definen los valores como preferencias colectivas, las que aparecen en un contexto institucional y al mismo tiempo lo regulan. Desde esta perspectiva analítica, todo actor social posee una escala de preferencias más o menos explícita y coherente, derivada de discusiones, conflictos y compromisos en la vida social, en la cual se entremezclan opiniones y puntos de vista.

En este sentido las preferencias colectivas obligan y comprometen a quienes adhieren a ellas; sin embargo, no se trata de principios unívocos, evidentes y operativos, pues su misma génesis indica que se trata de sistemas abiertos, con una lógica y coherencia tenues, aunque muy operantes.

Producto de los compromisos y conflictos, en la historia los valores aparecen con un rostro paradójico; es así como el puritanismo estudiado por Weber coloca el énfasis en la docilidad y sumisión a la ley divina y un enorme potencial para la innovación y la originalidad en la relaciones sociales. Por su parte E. Durkheim al estudiar el individualismo que caracteriza a la sociedad moderna, combina paradójicamente el espíritu de disciplina con el de autonomía y finalmente Tocqueville mezcla sutilmente «pasiones generales y dominantes», como los valores de la libertad e igualdad y «creencias dogmáticas», interiorizadas por la sociedad, tales como la soberanía o el sufragio universal.

Desde la perspectiva sociológica, todos los valores (en general) presentan un núcleo duro respecto del cual el consenso social es sólido y plenamente compartido y en torno a él reflejos variables que se van adoptando y adaptando de acuerdo a un desarrollo societal complejo. De esta manera surgen los rasgos de los valores que completan estas dos definiciones genéricas. Es así como los valores se sitúan en el orden ideal y no en el orden concreto de los objetos, comportamientos o sucesos; a pesar de lo anterior los valores son tan reales como los hechos mismos.

Su presencia en los escenarios sociales es indiscutible: Los valores aparecen en el horizonte histórico como ideales que exigen adhesión, sacrificios, o al menos respeto, su dinamismo se deja entrever en su capacidad de penetración y configuración de los comportamientos y de los objetos-símbolos. Asimismo los valores revelan su poder y presencia a través de los modelos de comportamiento, los que son más específicos, precisos y limitados que sus fuentes de inspiración.

Desde la sociología los valores han tenido cuatro aproximaciones teóricas relevantes.


a)    La formulación cuasi-ética


La formulación cuasi-ética de Max Weber que concibe a los valores como mecanismos de regulación de la acción social y como criterios simbólicos de orientación de la acción y de valoración de los medios y los fines. Desde esta perspectiva el valor queda cargado éticamente. En este sentido, los estudios sobre valores deben mucho a Max Weber porque no sólo realizó investigaciones sobre valores, sino definió con claridad el papel que ellos tienen en las ciencias sociales.

Weber se situaba sin ambigüedad entre quienes consideran la actividad mental como factor determinante de la vida social: «la fuerza histórica de las ideas ha sido y es tan predominante para el desarrollo de la vida social, que nuestra revista no puede sustraerse a esta labor; antes bien, hará de su atención uno de sus más importantes deberes» (Weber, 1973:43).

Weber planteó de la siguiente manera el problema de las relaciones entre valores e investigación social: «¿cuál es la validez de los juicios de valor formulados o que determinado autor supone en los proyectos prácticos sugeridos por él? ¿En qué sentido se mantiene éste, con ello, en el terreno de la dilucidación científica, ya que lo característico del conocimiento científico ha de hallarse en la validez ‘objetiva’ de sus resultados en cuanto verdades» (Weber, 1973:40).

Antes de responder a estas preguntas cruciales, Weber descarta la simbiosis entre ciencia social y ética: «jamás puede ser tarea de una ciencia empírica proporcionar normas e ideales obligatorios, de los cuales pueden derivarse preceptos para la práctica»(Weber, 1973:40). Esta ciencia «no puede enseñar a nadie qué debe hacer, sino únicamente qué puede hacer y, en ciertas circunstancias qué quiere» (Weber. 1973:44). Pero de esto no se desprende, «en modo alguno, que los juicios de valor hayan de estar sustraídos en general a la discusión científica, por el hecho de que derivan, en última instancia, de determinados ideales y, por ello, tienen origen ‘subjetivo’»(Weber, 1973:41, 42).

La relación que cada investigador tiene con sus valores cumple una función esencial en el proceso de cada investigación. A diferencia de las ciencias exactas y naturales, las ciencias de la cultura y del espíritu, teniendo como objeto la realidad individual, no pudiendo captar la infinita riqueza de lo real, y no teniendo como fin la construcción de leyes —que sólo son un medio para encontrar la significación— tienen que seleccionar temas, enfoques y documentos. Esta selección se hace a partir de la relación del investigador social con sus valores (Weber, 1973:61-73).


b)    Teoría sistemática de los valores


Por su parte Kluckhohn desarrolló una teoría sistemática de los valores en el marco del estructuralismo funcional. Desde esta perspectiva el valor se define como una concepción, explícita o implícita, propia de un individuo o de un grupo, de algo que merece ser deseado y que influye en la elección entre los posibles fines, medios y modos de la acción. Los valores son comprobados y verificados por los acontecimientos y los fenómenos y siempre reflejan la esfera existencial.

La definición más fundamentada de valor social que se conoce se la debemos a Clyde Kluckhohn, ya que él fue el primero que no solamente definió la noción de valor sino explicó en forma detallada por qué eligió cada componente de su definición. Kluckhohn plantea que: «Un valor es una concepción, explícita o implícita, distintiva de un individuo o característica de un grupo, sobre lo deseable, que influye en la selección de modos, maneras y propósitos disponibles de acción»(Kluckhohn, 1951:395, 388-433).

A continuación mostraremos la justificación de cada componente de la definición.

Concepción. A diferencia de Thomas y de Znaniecki, para Kluckhon los valores no tienen existencia objetiva y, por lo tanto, no son directamente observables. El valor es «una construcción lógica, comparable a la cultura o a la estructura social. Esto significa que los valores no son directamente observables, como tampoco la cultura lo es. La aseveración ‘las personas tienen que ayudar a los demás’ no es un valor en sentido estricto sino, más bien, una manifestación de un valor» (Kluckhohn, 1951:395-396). El valor, como cualquier concepción, no solamente no tiene que ser explícito; más bien, «algunos de los valores personales y culturales más extendidos son sólo ocasionalmente verbalizados» (Kluckhohn, 1951:397).

El valor es deseable. El valor, según Kluckhon, tiene siempre una connotación positiva: «Un valor es no solamente una preferencia sino una preferencia que se considera justificada, moralmente o razonando o por juicios estéticos, generalmente por dos de estas acciones o por las tres en conjunto» (Kluckhohn, 1951:396). Incluso si un valor permanece implícito, la relación con respecto a él expresa en alguna forma lo deseable, no solamente lo deseado. La historia del pensamiento siempre ha distinguido, más o menos claramente, los valores de los sentimientos, de las inclinaciones y de las necesidades. Dicho de otra manera, cualquier cosa que es deseable (algo no simplemente deseado) significa una «emancipación de acentos fisiológicos inmediatos y de la presión de una situación particular y efímera».

La influencia del valor. Kluckhohn subrayó que algunas investigaciones de neurólogos y fisiólogos habían hecho aceptable en el mundo científico el hecho de que los valores no son epifenómenos de la vida social sino que los seres humanos responden tanto a ideas generales como a estímulos particulares. (Kluckhohn, 1951).

El valor selecciona entre las acciones posibles. Los valores influyen en las acciones humanas porque a través de ellos los actores sociales seleccionan sus decisiones. Kluckhohn supone que existe una «economía de los valores», ya que nadie «tiene los recursos o el tiempo para tomar todas las decisiones posibles». La selección entre las múltiples decisiones posibles tiene lugar gracias a la influencia de los valores, junto con las «limitaciones objetivas sobre ellos (impuestos por la naturaleza biológica del hombre, el ambiente particular y las propiedades generales de los sistemas sociales y culturales en que los hombres viven inevitablemente)» (Kluckhohn, 1951:402). Por ello, concluía Kluckhohn, «cualquier acción concreta es vista como un compromiso entre motivación, condiciones de la situación, medios disponibles, y los medios y los objetivos interpretados en términos de valores» (Kluckhohn, 1951:402).

Algunas sugerencias de Kluckhohn sobre el estudio empírico de los valores sociales son hoy completamente pertinentes, aún cuando el libro citado se publicó hace ya más de cuarenta años. Por ejemplo, la comparación de las proporciones de respuestas, o porcentajes, que es hoy una práctica común en cualquier estudio transcultural de los valores, fue sugerida por Kluckhohn como una forma práctica de mostrar en qué difieren precisamente las culturas, en particular «en el énfasis relativo en el grado de expresar valores expresivos, cognitivos y morales» (Kluckhohn, 1951:402). Este énfasis relativo no es sino la diferencia en los porcentajes de respuesta a preguntas precisas, como aparecen ahora en publicaciones periódicas, como diarios o revistas.


c)    Perspectiva funcionalista


La perspectiva funcionalista de Parsons concede a los valores una posición estratégica en el esquema de la acción social. Los elementos de orden motivacional de ésta están canalizados, controlados y determinados por los elementos de orden cultural u orientaciones de valor para la acción en sus modalidades estructurales

Talcott Parsons fue el primero que dio a los valores un lugar preciso en una estructura precisa de la acción humana. Este autor redujo a dos los aspectos básicos del sistema social:

La orientación motivacional, o «expectativa estructurada», compuesta de elementos para analizar problemas que tienen interés para el actor social. Esta orientación incluye, entre otras cosas, el conocimiento y la evaluación de lo que los actores sociales pueden obtener al emprender una acción determinada, y qué «costos» habrán de pagar al participar en ella (Parsons, 1966).

La orientación de valor. Ella es la que «da los criterios que son las soluciones satisfactorias a los problemas planteados en la orientación motivacional», incluidos los criterios morales, que son particularmente importantes. El valor, según Parsons, es «un elemento de un sistema simbólico compartido que puede servir de criterio para la selección entre las alternativas de orientación que se presentan intrínsecamente abiertas en una situación» (Parsons, 1966:35).

La orientación motivacional formula los problemas que cualquier actor social se enfrentaría al participar en una acción concreta; la orientación de valor propone los criterios que deben ser considerados para solucionar los problemas por la orientación motivacional. Ambas orientaciones son momentos diferentes y complementarios en el proceso de la toma de decisiones. Ambas llevan al actor social al límite donde la acción debe comenzar, pero ninguna de ambas orientaciones constituye la acción social.

La integración de estos dos componentes del sistema social es tan central en la obra de Parsons que ambos son los componentes esenciales del célebre «teorema dinámico fundamental de la sociedad», que se enuncia así: «La estabilidad de cualquier sistema social depende, hasta cierto punto, de [la] interacción... de una serie de pautas de valores comunes con la estructura de la disposición de necesidad internalizada [de los actores]» (Parsons, 1966:60). Parsons considera que este teorema es «el punto principal de referencia de todo análisis que pretenda ser un análisis dinámico del proceso social» (Parsons, 1966:60).


d)    Interaccionismo simbólico


El interaccionismo simbólico pone de relieve el papel destacado de las creencias y convicciones, definiendo a los valores como todo objeto investido de una carga afectiva al que se adhiere un significado, El valor social es todo dato con un contenido empírico accesible a los miembros de un grupo social y con un significado orientador de una actividad. El significado de estos datos se hace explícito cuando lo consideramos en relación con las acciones humanas.

En general, la reflexión de los interaccionistas simbólicos, como la de cualquier autor que considera la mente humana como una dotación cuya naturaleza es esencialmente hermenéutica (Heidegger, 1989) define el análisis de la acción humana, de cualquier acción humana, como «una ciencia interpretativa en busca de significado, no como una ciencia experimental en busca de leyes» (Geertz, 1983:5). Geertz llega incluso a decir que «el hombre es un animal suspendido en redes de significados que él mismo se ha tejido» (Geertz, 1983:5).

Sin embargo, esta orientación constructivista no es necesariamente antirrealista, es decir, uno puede sostener razonablemente que los conceptos e ideas son inventados por el ser humano, y, no obstante, mantener que estas invenciones corresponden a algo en el mundo real.

Quizás, la mejor síntesis de este proceso dialéctico que se da entre el mundo exterior y nuestra realidad interna, la expresó Piaget, al describir los dos procesos básicos de asimilación (de lo externo en sí mismo) y de acomodación (de uno mismo a lo externo). Éste es un proceso «hermenéutico-dialéctico», en el sentido de que es interpretativo al mismo tiempo que impulsa y estimula la comparación y el contraste entre diferentes construcciones hipotéticas de la realidad en un esfuerzo por lograr la mejor síntesis de la misma.

El Interaccionismo simbólico es una ciencia interpretativa, una teoría psicológica y social, que trata de representar y comprender el proceso de creación y asignación de significados al mundo de la realidad vivida, esto es, a la comprensión de actores particulares, en lugares particulares, en situaciones particulares y en tiempos particulares (Schwandt, 1994). Se da aquí una gran similitud con el significado que Weber y Dilthey dan al término Verstehen (comprensión).

Herbet Blumer establece los requerimientos de los métodos de investigación del interaccionismo simbólico en su publicación de 1966.

Desde el punto de vista metodológico o de investigación, el estudio de la acción debe hacerse desde la posición del actor. Puesto que la acción es elaborada por el actor con lo que él percibe, interpreta y juzga, uno tiene que ver la situación concreta como el actor la ve, percibir los objetos como el actor los percibe, averiguar sus significados en términos del significado que tienen para el actor y seguir la línea de conducta del actor como el actor la organiza: en una palabra, uno tiene que asumir el rol del actor y ver este mundo desde su punto de vista. Desde esta perspectiva los valores juegan un rol esencial en la creación de conocimiento puesto que en la relación sujeto-sujeto entran en juego los valores del investigador y del sujeto de la investigación. Más que en otras perspectivas, desde el interaccionismo simbólico el investigador debe estar atento a sus valores.


5.    Jóvenes, valores y educación


La problemática de los valores en general, y especialmente en la etapa de la juventud, despierta un interés particular. Si bien en el último tiempo se observa un incremento de investigaciones respecto a esta problemática, el interés hacia la misma es relativamente nuevo. Es posible encontrar publicaciones al respecto recién luego de haber transcurrido dos o tres años de la década de los 90. En los últimos tiempos esta cuestión es frecuentemente abordada en congresos, encuentros y jornadas que aluden a la educación.

Se reconoce como valor aquello a lo que se otorga un significado especial en la definición de criterios orientadores de la conducta y en las relaciones que se establecen con el mundo y la sociedad. El hombre individualmente y la comunidad o grupo cultural, se manejan con algún ordenamiento de los valores que sustentan y explican las opciones y conductas singulares.

En la vida personal los valores se vinculan con los sentidos que se otorgan a la propia vida y con las elecciones que se realizan en el mundo familiar, social, profesional. En la vida de la comunidad, los valores se relacionan con los estilos de vida, con las costumbres, con la manera especial de relacionarse unos con otros, con los sistemas de organización social que se establecen; en una palabra, con la cultura de la comunidad.

En general los valores presentes en la vida de hombre y mujeres se vinculan con la dimensión religiosa, entendiendo por tal aquella que alude a los últimos sentidos y explicaciones de la vida y del mundo. El sentido religioso surge en los pueblos primitivos a temprana edad como respuesta a interrogantes que el ser humano se plantea en torno a los misterios de la existencia. Las creencias religiosas se integran a la cultura de un pueblo y legitiman conductas, ritos y también principios morales.

Como hemos dicho anteriormente, los valores no son algo hecho y acabado sino que exigen su concreción en un hacer determinado y devienen en una ordenación de la existencia. Su elección implica poseer categorías o criterios que colaboran con la definición de lo que realmente vale para cada uno y para la comunidad.

En América Latina, en los últimos años, algunos estudios se ocupan de la problemática de la juventud y de los valores. Estas investigaciones ofrecen conceptualizaciones sobre los mismos y, en algún caso, presentan datos empíricos sobre esta realidad.

José Moreno (2000), de la Universidad del Salvador, estudia el Sistema de Valores de Rokeach, quien considera que esta es la principal variable dependiente del estudio de la personalidad, de la cultura y de la sociedad. Los reconoce también como una respuesta a las crisis de identidad personal y social. Remiten al significado último de la vida, al sentido de la vida y en torno a ellos se estructura la personalidad.

El estudio de Darós y Tavella (2002) intentan identificar el grado de aceptación, rechazo y/o desconocimiento de los valores representados en la modernidad y en la posmodernidad e indaga valores generalizados en jóvenes estudiantes. En este estudio se toma el concepto de valor desde una perspectiva sociológica y se acepta que «es la cualidad de un objeto determinado que lo hace de interés para un individuo o grupo... su realidad se encuentra en la mente humana... es, de modo estricto una cuestión de opinión...». Siguiendo el pensamiento de Max Weber señala que «la intencionalidad que el hombre pone a los componentes de la vida cotidiana es lo que le asigna su valor» (Darós y Tavella, 2002:15).

Los valores han cobrado una dimensión que rebasa el ámbito de una cultura o sistema concretos —por amplios que éstos sean— para constituirse en notas esenciales de la naturaleza humana tal como ésta se realiza en el tiempo actual. Si hay y se reconoce un conjunto de «derechos humanos», es decir, propios del hombre sin distinción de sistema o cultura, es porque hay unos valores universales que los fundamentan. Se trata de valores de la persona, que es el ser humano concreto abierto a la relación con los demás hombres (en una sucesión de círculos concéntricos, diríamos la familia, las relaciones personales con otros, los grupos en que cada uno convive... y así hasta llegar a la humanidad entera) y también en su relación con el entorno físico y biológico).

Estos son los valores que deben ser transmitidos, horizontal y verticalmente, de generación en generación, porque de ellos depende la posibilidad de una convivencia racional. Y esta transmisión debe tener como agentes a determinados sujetos sociales. Desde luego la familia y, naturalmente, las instituciones educativas. Hay, además, otros muchos transmisores (grupos de amigos, medios de comunicación, líderes políticos o religiosos, «modelos» sociales ofrecidos como símbolos o ejemplos) y no siempre los diferentes transmisores llevan la misma dirección e incluso, por desgracia, los hay que ejercen un influjo contrario a la comunicación de los valores deseables.

¿Cuál es el peso de la educación «formal», es decir, la que se transmite a través de personas e instituciones cuya misión es precisamente transmitir civilización y valores? En la sociedad de nuestro tiempo se encuentra seguramente disminuido por comparación al que tienen otros agentes, singularmente los medios de comunicación de masas y, en especial, pues estamos en una «cultura de la imagen», los medios audiovisuales y a su cabeza la televisión y las aplicaciones de nuevas tecnologías como Internet o los sistemas multimedia.

Estos medios espectacularmente poderosos pueden, como medios que son, utilizarse en una dirección u otra, al servicio de unos u otros valores y aquí está la responsabilidad de quienes tienen autoridad sobre ellos y de quienes los dirigen, organizan, crean sus contenidos o los interpretan. Por desgracia, priman con frecuencia entre sus objetivos los de estricta búsqueda de audiencias que significan ganancia económica y poder, aún a costa de ofrecer contenidos y ejemplos de bajo nivel y hasta de franco hundimiento moral y/o estético. Y es lo cierto que, bien utilizados, serían instrumentos eficaces para elevar las mentes hacia los valores más deseables.

Desde el reconocimiento al esfuerzo de muchos educadores que disponen generalmente de medios escasos en relación a su tarea, hay que procurar también que, junto al fondo de los valores a transmitir, aprendamos también el cómo llegar a los jóvenes sin despertar rechazos. Los valores que se transmiten encierran en sí capacidad de entusiasmo, pero no siempre es fácil despertar ese entusiasmo en los jóvenes a quienes se dirigen los profesores. Es necesario, aprender formas nuevas, manteniendo además, como modo supremo de influencia positiva, el del ejemplo de quienes echan sobre los propios hombros una responsabilidad que es inherente a la función de educadores.

Los jóvenes, como los adultos, se enfrentan a un mundo de problemas y decisiones que reflejan la complejidad de la vida del ser humano. En estas decisiones están en juego los valores como fuerzas directivas de acción. Éstos con frecuencia entran en conflicto; en parte por la poca claridad del sistema de valores de la sociedad y la desorientación de la existencia humana.

La tarea de educar y, con ello, la de educar en los valores, no queda circunscrita al ámbito escolar. Familia y sociedad son espacios sociales fuertemente comprometidos en esta responsabilidad.

Hay una primera concesión de esta amplia responsabilidad que afecta a la persona del educador. Si el educador en la escuela ha de contribuir a que los jóvenes se descubran a sí mismos, descubran el mundo y su profundo significado, no es indiferente el concepto de ser humano y de mundo que tenga. Y más que el concepto, más que la visión intelectual, importa su actitud valorativa de los demás hombres y de su inserción en el mundo; lo que él sea y el modo, incluso, de autoconocerse, constituye el aporte fundamental al proceso de autorrealización del alumno.

Pero la educación no se reduce a la realización profesor-alumno. En el marco de la escuela como institución se da una interacción constante entre la estructura, la organización y la metodología didáctica. Estos conllevan a juicios de valor y convierten a estos medios en vehículos decisivos de esquemas de valoración y de adhesión a determinados valores.

Santiago (Chile), agosto 2007




El presente artículo es fruto del Proyecto Fondecyt N°1070105.


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Dirección para Correspondencia:
msandoval@ucsh.cl

Recibido: septiembre 2007
Aceptado: octubre 2007

 

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