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Ultima década

On-line version ISSN 0718-2236

Ultima décad. vol.18 no.33 Santiago Dec. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362010000200005 

Última Década, 33, 2010:61-84

IDENTIDAD DE GÉNERO Y SEXUALIDAD JUVENIL

 

Estudio exploratorio sobre la identidad de género de hombres adolescentes pertenecientes al sector Barrio Norte de Concepción

Estudo exploratório sobre a identidade de gênero de homens adolescentes pertencentes ao setor Bairro Norte de Concepción

Exploratory study on the identity of generics of adolescent men pertaining to the Northern District of Concepción

 

María Luisa Matamala Sáez*, María Cecilia Rodríguez Torres**

* Trabajadora Social, titulada Universidad de Concepción, Chile. Correo electrónico: maria.luisa.matamala@gmail.com.

** Trabajadora Social y Magíster en Adolescencia, mención Psicoeducación. Académica del Departamento de Trabajo Social de la Universidad de Concepción, Chile. Correo electrónico: mrodriguezt@udec.cl.

Dirección para Correspondencia


Resumen

Este trabajo presenta los principales hallazgos obtenidos en un estudio cualitativo sobre la construcción de representaciones sociales en torno a la masculinidad en adolescentes que cursan enseñanza media en establecimientos técnico profesionales del sector Barrio Norte de Concepción. Los resultados provienen de la información recogida a través de grupos focales y entrevistas individuales, posteriormente analizadas mediante la Teoría Fundamentada. El principal descubrimiento apunta a una representación social de la masculinidad denominada como «masculinidad semitradicional», bajo la cual los adolescentes estructuran sus identidades genéricas. Este fenómeno lleva a concluir que, por medio de la educación social, sería necesario potenciar las representaciones sociales y prácticas fundadas en dimensiones de la masculinidad que promuevan la equidad y el respeto por hombres y mujeres, y cuestionar aquellas cimentadas en el modelo de masculinidad tradicional.

Palabras clave: identidad de género masculina, representaciones sociales, teoría fundamentada.


Resumo

Este trabalho apresenta os principais resultados de um estudo qualitativo sobre a construção de representações sociais de masculinidade em adolescentes do ensino médio em estabelecimentos técnicos profissionais do setor Bairro Norte de Concepción. Os resultados se fundamentam em informações colhidas em grupos focais e entrevistas individuais, posteriormente analisadas com base na Teoria Fundamentada. A principal descoberta aponta para uma representação social de masculinidade denominada como «masculinidade semitradicional», sob a qual os adolescentes estruturam suas identidades de gênero. Este fenômeno leva à conclusão de que, por meio da educação social, seria necessário potencializar as representações sociais e práticas fundamentadas em dimensões da masculinidade que promovam a equidade e o respeito por homens e mulheres, bem como questionar aquelas fundamentadas no modelo de masculinidade tradicional.

Palavras chave: identidade de gênero masculina, representações sociais, teoria fundamentada.


Abstract

This paper presents the main results of a qualitative research about the construction of social representations of masculinity, in adolescents of technical professional education in Barrio Norte de Concepción. The results are derived from the information gathered during focus groups and individual interviews, then analyzed using grounded theory. The main finding indicates a social representation of masculinity referred to as «semi-traditional masculinity», under which adolescents structure their gender identities. The conclusion is that through social education, it would be necessary to enhance the social representations and practices based on dimensions of masculinity that promote equity and respect for men and women, and question those grounded in the traditional model of masculinity.

Key words: gender identity, social representations, grounded theory.


1. Presentación

Las transformaciones estructurales (globalización de la economía; incorporación de la perspectiva de género en las políticas públicas; cambios en la organización del trabajo y familiar,[1] entre otros) ocurridas en Chile durante las décadas de los 80 y 90 desencadenaron una serie de procesos sociales, culturales y políticos, que afectaron la cotidianidad, las costumbres y las subjetividades de las personas que integran la sociedad chilena,[2] como el aumento y la incipiente generalización del uso de anticonceptivos; el incremento de la aceptación por la igualdad entre miembros de la familia y el reconocimiento de vínculos tendientes a relaciones más democráticas en su interior; el cuestionamiento de las bases de una masculinidad autoritaria y patriarcal; el desvanecimiento de la separación entre lo público y lo privado para hombres y mujeres; y las críticas a la división sexual del trabajo (Olavarría, 2001).

Se deduce que los procesos mencionados implicaron cuestionamientos sobre los significados sociales, asignados y aceptados, tradicionalmente para los hombres y para las mujeres, al igual que las relaciones establecidas entre (e inter) géneros. Por lo tanto, las identidades construidas en torno a la diferencia sexual no quedaron fuera de estos cambios, por el contrario, se vieron indudablemente influidos por ellos.

Ante tal escenario, es de especial interés indagar las identidades de género desde el discurso de adolescentes de hoy, hombres que han nacido y crecido en medio de las transformaciones planteadas, puesto que así será posible conocer cómo los avances en materia de equidad de género que ha experimentado Chile han afectado a los hombres actuales. ¿Será que se visualizan identidades más igualitarias o aun prima una identidad de género tradicional? INJUV en su Segundo informe nacional de juventud (2006) afirma que existe una progresiva homologación en las formas de pensar y actuar mostrada en hombres y mujeres, enmarcada en cambios que ha experimentado el país en torno a una mayor equidad de género, pero ¿qué pasa específicamente con los adolescentes del sector Barrio Norte de Concepción?

Tal inquietud se une a la necesidad de generar conocimiento respecto al tema, puesto que «resulta preocupante que exista una notoria ausencia de una perspectiva para promover la incorporación de los hombres en los cambios en las relaciones de género. Las identidades masculinas y lo que han experimentado ellos con sus identidades en este último tiempo no ha sido elaborado públicamente ni en el discurso ni en las políticas públicas» (pnud, 2010:17).

Es así que el presente trabajo[3] intenta entregar una síntesis del estudio de las identidades masculinas y las representaciones sociales de género construidas por adolescentes que cursan enseñanza media en establecimientos técnico profesionales del sector Barrio Norte de Concepción,[4] a fin de generar conocimientos que aporten al campo de estudios de género y de juventud; y a partir de ellos, lograr imaginar prácticas sociales que contribuyan al fortalecimiento de relaciones de género democráticas, igualitarias, cada vez menos estereotipadas entre los adolescentes.

La investigación se basa en una metodología cualitativa y se utilizaron técnicas de recolección de información, grupos focales (2) y entrevistas individuales (14) que arrojaron datos posteriormente analizados e interpretados mediante Teoría Fundamentada.

Finalmente, los hallazgos obtenidos durante la investigación, más que pretender ser generalizados, buscan impulsar la visibilización, reflexión y el análisis futuro de esta temática.

2. Género y construcción de realidad

Abordar el objeto de estudio necesariamente implica referirse a aspectos de la realidad asumidos socialmente como «normales» o «naturales», que en palabras de Berger y Luckmann (2001) serían «objetivaciones»,[5] que se caracterizan por no ser cuestionados. En el contexto del estudio, estas objetivaciones estarían vinculadas a los comportamientos y formas de relacionarse que los hombres podrían mantener habitualmente de acuerdo a su sexo, y que al desarrollarse en respuesta al sentido común, lograrían imponerse sobre sus conciencias, presentándose como una realidad ordenada, objetivada y ontogenizada (Araya, 2002), lo que en esta oportunidad insta tanto a la reflexión como a la búsqueda de los significados que subyacen bajo tal fenómeno.

La «realidad de la vida cotidiana» o «realidad por excelencia», como es llamada por Berger y Luckmann (2001), se encuentra constituida por contenidos cognitivos, afectivos y simbólicos (Araya, 2002), elementos necesarios de conocer para posibilitar el acercamiento a las experiencias de ser hombre. Para ello, la teoría sobre Representaciones Sociales (rs) ofrece un marco explicativo de gran utilidad, pues permite la aproximación de la «visión de mundo» que tienen los adolescentes, y considerando que el conocimiento del sentido común es el que la gente utiliza para actuar o tomar posición ante los distintos objetos sociales, reconocer las representaciones de género elaboradas por los entrevistados desde la realidad que viven brinda la posibilidad de entender la dinámica de sus interacciones sociales y aclarar los determinantes de las prácticas llevadas a cabo en base a la identidad genérica.

Las representaciones sociales son entendidas como sistemas cognitivos en los que es posible reconocer la presencia de estereotipos, opiniones, creencias, valores y normas (Araya, 2002), y autores como Moscovici, Jodelet, Farr, Banchs, Doise, Ibáñez, entre otros/as, afirman que interceptarían lo psicológico y lo social, en tanto que por un lado sería una actividad psíquica, una forma de pensamiento social que implica la elaboración de un esquema sobre la vida cotidiana, con apreciaciones subjetivas, y por otra parte, facilitarían y se verían envueltas en procesos sociales, como la interacción, la comunicación, la cohesión de los grupos y la configuración de identidades sociales. Considerando la complejidad del objeto de estudio, esta teoría se vuelve de gran utilidad, puesto que entrega elementos conceptuales que abordan el mundo social e intrasubjetivo de los adolescentes, lo que se vuelve indispensable para profundizar el análisis del fenómeno.

Reconocer las representaciones sociales que han elaborado los sujetos de estudio en torno al género permite comprender sus formas de pensar, sentir y vivir siendo hombre. Pero no es el objeto de esta investigación mirar a los hombres sólo con el fin de describirlos o comprenderlos, sino que la construcción de conocimiento sobre ellos pretende, en definitiva, contribuir a la reflexión crítica sobre las relaciones entre hombres y mujeres, a la vez que entre los mismos hombres.

Es por ello que para analizar a los hombres como categoría se hará referencia a la perspectiva de género, puesto que desde esta mirada será posible trascender la visión de masculinidad como esencia y abordar a los hombres como sujetos de cambio en las relaciones sociales de género desiguales.

Desde la perspectiva antes mencionada, el concepto de género plantea el desafío de particularizar, de explorar en las realidades más que en asumirlas como dadas, contraponiéndose a la idea de un universal de mujer u hombre y de la fijeza de su identidad, posición y condición, por lo cual el término permitiría no sólo conocer los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres, sino que abriría la posibilidad de las transformaciones de esas relaciones (Rebolledo y Montecino, 1996). Esta categoría ayuda también a comprender que muchas de las cuestiones pensadas como atributos «naturales» de los hombres o de las mujeres, en realidad son características construidas socialmente, que no tienen relación con la biología (Lamas, s/f).

Es así que desde las palabras de De Barbieri (1993:5) la categoría de género estaría constituida por «los conjuntos de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anatomofisiológica y que dan sentido a la satisfacción de impulsos sexuales, a la reproducción de la especie y en general al relacionamiento entre las personas».

Por lo tanto, aludiendo a lo expuesto por las/os autoras/es, utilizar la perspectiva de género, para mirar la realidad social, permitiría la des «objetivación»[6] de las desigualdades producidas a partir de las diferencias sexuales, enraizadas en la cotidianeidad y el sentido común. Asimismo, observar a los individuos —en particular a los sujetos de estudio—, desde la óptica proporcionada por la perspectiva de género, implicaría trascender el plano sexual y corpóreo, cuestionar lo obvio, las estructuras sociales que perpetúan modelos estáticos de ser hombre y mujer, igualmente que los discursos heredados por las mismas, a la vez que indagar en significaciones, historias, representaciones sociales y experiencias creadas en torno a las distintas formas de vivir como hombre. Estos aspectos serán fundamentales para interpretar las identidades genéricas de los adolescentes entrevistados.

3. Hombres y masculinidades

La masculinidad no es un objeto coherente acerca del cual se pueda producir una ciencia generalizadora, dice Connell (1997), pero sí se puede ver como aspecto de una estructura mayor, el género. Concordando con lo planteado por el autor, fue necesario comenzar por definir y describir el género como categoría, para dar paso posteriormente al entramado teórico sobre masculinidades que permitirá un análisis más profundo del objeto de estudio en cuestión.

Hablar de masculinidad desde la perspectiva de género implica abordar preguntas como ¿qué significa ser y vivir como hombre? y/o ¿cuáles son las consecuencias sociales que acarrean las distintas formas de experimentar la masculinidad? El intento por dar respuesta a estos cuestionamientos posibilitará dar interpretación a las identidades masculinas descritas por los adolescentes estudiados del sector Barrio Norte de Concepción.

Las identidades masculinas se inscriben dentro del concepto de identidad de género, es decir, el sentimiento de pertenencia al género femenino o masculino (Fuller, 1997). Este sentimiento comienza a estructurar y moldear durante la infancia (Lamas, 2003; Fuller, 1997) mediante la socialización;[7] por lo tanto,  se encuentra determinada por la elaboración simbólica que cada cultura construye a partir de la categorización de las personas en diferentes sexos y que, a la vez, le asigna a las diferencias corporales.

La identidad de género es una de las capas más profundas de la identidad personal, una guía fundamental para la actuación en el mundo y uno de los soportes biográficos centrales en la construcción del relato de sí mismo (Fuller, 1997). Por lo que pensar en relaciones entre mujeres y hombres jóvenes más igualitarias requiere previamente indagar en las creencias, significaciones y formas de relación que los hombres y mujeres jóvenes han construido en base al género con el que se identifican y en base al cual actúan.

A pesar de ser un producto cultural, la identidad de género no está abierta a la elección de cada sujeto, por el contrario, las personas se ven forzadas a entrar en el esquema normativo del sistema sexo y género[8] de su cultura (Fuller, 1997). Conforme a esto, Marqués (1993) plantea que la masculinidad es un fenómeno plural, donde se percibe un discurso o modelo hegemónico que dista de ser seguido por todos los varones, aunque todos los varones son tamizados por él. Este modelo de masculinidad tendería a ser tomado como referente de las otras masculinidades existentes y al entregar normativas respecto al cómo deben ser los varones, también daría lineamientos del «deber ser» de las mujeres.

En esta dinámica, las instituciones sociales, como la familia, la iglesia, la escuela, los medios de comunicación y el grupo de pares, se convierten en mecanismos estructurales en los cuales se generan distintas categorías de prácticas sexuales diferenciadas. Asimismo, la vinculación existente entre estas instituciones con los sujetos generará relaciones significantes, entre e intergéneros, que variarán de acuerdo al ciclo vital. Durante los primeros años de vida las figuras materna y paterna son los otros más importantes; durante la adolescencia, como sería el caso de los sujetos de estudio, el grupo de pares y las relaciones eróticas (sexuales, amorosas) son las más significativas; la adultez está marcada por el matrimonio, la paternidad y el mundo del trabajo (Fuller, 1997).

Pero la masculinidad hegemónica no es un tipo de carácter fijo, el mismo siempre y en todas partes. Más bien, es la masculinidad que ocupa la posición hegemónica en un modelo dado de relaciones de género, una posición siempre disputable (Connell, 1997). Entonces, ¿es que existe una masculinidad hegemónica entre los adolescentes?, ¿cómo es y cómo influye en sus prácticas? Y por sobre todo, de existir, ¿en qué consiste y cuáles son sus características? Con estas preguntas iniciamos la investigación, pero antes habría que desarrollar cómo los autores/as definen las masculinidades hegemónicas.

Existe un amplio acuerdo (Connell, 1997; Kimmel, 1997; Kaufman, 1997; Olavarría, 1999) en que los elementos centrales del modelo de masculinidad hegemónica[9] corresponden a la heterosexualidad, la escasa conexión con las emociones, la vinculación con el mundo público y el abastecimiento económico hacia las familias generado por los hombres. Según Olavarría (1999), el modelo de la masculinidad dominante estereotiparía a hombres y mujeres de la siguiente forma: los hombres se caracterizarían por ser personas importantes, activas, autónomas, fuertes, potentes, racionales, cuyo ámbito de acción está en la calle, por oposición a las mujeres, a los homosexuales y a los hombres feminizados, que serían parte del segmento no importante de la sociedad, pasivas/os, dependientes, débiles, emocionales y, en el caso de las mujeres, pertenecientes al ámbito de la casa y mantenidas por sus varones.

Es posible afirmar entonces que cuando niñas y niños se encuentran insertos en una sociedad donde existe un sistema sexo/género caracterizado por la subordinación de la mujer al varón, donde se construyen relaciones desiguales entre hombres y mujeres, el poder social está repartido diferencialmente entre ambos y segmentado según diversos ámbitos (público/masculino y privado/femenino) que proveen roles específicos para hombres y mujeres con valoraciones jerarquizadas de los mismos. En otras palabras, cuando en una sociedad prevalece una masculinidad caracterizada por la supremacía de lo masculino sobre las mujeres y lo femenino y ésta se vuelve hegemónica, como es el caso de América Latina (Olavarría,1998), la socialización de la identidad genérica se ve indudablemente influida —o tamizada, como diría Marqués— por este modelo de masculinidad dominante.

De acuerdo al Informe de desarrollo humano (2010) realizado para Chile por el pnud, el país ha experimentado notables avances en materia de equidad entre hombres y mujeres durante las últimas décadas[10] que han logrado que las representaciones de género cambien en muchos sentidos. Sin embargo, en amplios sectores de la población su definición tradicional aún cuenta con un peso importante, en especial, pero no exclusivamente, en la población masculina. A las representaciones mayoritarias subyace la imagen de que el hombre es el principal encargado de proveer los recursos económicos mediante el trabajo y de asegurar el orden a través de su participación en el poder, mientras que la mujer es la encargada de las tareas domésticas, la crianza de los hijos y el ejercicio de las labores de cuidado de otros. Esta división del trabajo está asociada en muchos casos a una diferencia de jerarquías, poderes y prestigios, donde a la mujer se la sitúa en un lugar inferior.

Una de las conclusiones de relevancia del informe (pnud, 2010) dice relación con que el tradicionalismo y el machismo aún ejercen una influencia importante en la sociedad chilena, lo que aplicado a lo planteado previamente por los/as autores/as, llevaría a afirmar que este modelo de ser hombre, donde ser masculino significa ser importante, tendría una posición hegemónica por sobre la pluralidad de masculinidades presentes en el país y probablemente sería también referente para ellas, por lo que cabe preguntarse si los mandatos entregados por este modelo de masculinidad han afectado a los adolescentes de Barrio Norte estudiados, y de ser así, de qué manera influyen sobre sus identidades genéricas y sus representaciones sociales de género.

Los autores y las autoras reconocen además que si bien la masculinidad hegemónica entrega poder a los hombres por sobre las mujeres, también impone excesivas y exigentes normas y preceptos, convirtiéndola en un modelo difícil de cumplir. Olavarría (1999) plantea al respecto que las presiones sobre los varones para lograr al menos algunas de las características demandadas por la masculinidad hegemónica, serían vivenciadas como fuentes de frustración y dolor, dificultando el diálogo entre varones para no mostrar lo distantes que están de esos requerimientos, reprimiendo la demostración de sus afectos y llevándolos a simular comportamientos diferentes de sus reales sentires.

Al decir de Duarte (s/f), se debe cargar con una condición que exige permanentemente ser lo que los modelos tradicionales señalan y no necesariamente lo que se quiere ser, lo que llevaría a la negación de lo propio para asumir/resaltar las imágenes de hombre esperados en un medio social. En el caso de los hombres jóvenes/adolescentes, que se preparen para ser proveedores, padres de familia, amantes eficaces, personajes con dominio público, entre otros roles.

Durante la adolescencia, la masculinidad hegemónica adquiriría su expresión más libre y a veces brutal de lo que es ser hombre, puesto que los varones tienen que demostrar que ya no son niños ni «mujercitas», es una etapa en que se fortalecería la homofobia, el sexismo y el heterosexismo, a la vez que se harían demostraciones de ello ejerciendo violencia sobre aquellos que «la naturaleza» ha resuelto que son inferiores, débiles, pasivos, afeminados. Es el momento de demostrar que los varones son «verdaderamente hombres» mediante pruebas, ritos de iniciación que permiten a un varón «ser hombre».

Todo esto hace considerar la adolescencia como una categoría necesaria de complementar con la identidad genérica durante este estudio, pues es un período en que confluyen factores fisiológicos y sociales que otorgan a la masculinidad características particulares, distintas a las que se podrían observar durante la infancia o la adultez.

Finalmente, el recorrido realizado ha intentado entregar herramientas teóricas para interpretar y comprender las masculinidades de los adolescentes entrevistados, lo que ha permitido aclarar dudas. Sin embargo, también ha generado distintas inquietudes que se irán esclareciendo con los hallazgos: ¿cómo se manifiesta la masculinidad hegemónica chilena en un espacio microsocial?, ¿cambiará de forma?, ¿cambiará de mandatos?, ¿actuará como referente identitario para los adolescentes estudiados?, ¿les acarrea dolores y/o frustraciones el ser hombre?, en medio de las relaciones sociales que establecen los sujetos de estudio, ¿la diferencia sexual implica desigualdad?

4. Algunos aspectos metodológicos

El estudio se abordó desde un enfoque cualitativo, pues las interpretaciones y significaciones que los adolescentes de Barrio Norte atribuyen a la identidad de género fueron elementos centrales para alcanzar los objetivos de la investigación.

A fin de dar sentido al origen de los datos, a continuación se presentará el diseño metodológico empleado en el estudio, que consta de tres etapas, que se traslapan e interactúan entre ellas.

Revisión bibliográfica. Tanto de material teórico como empírico, con el propósito de orientar la construcción teórica del problema a investigar, a fin de abordar el fenómeno desde un punto de vista diferente y con la ambición de realizar un aporte al marco teórico-empírico existente.

El trabajo de campo. Luego de seleccionar a los sujetos de estudio, se llevó a cabo el proceso de recolección de información a través de dos técnicas: grupo de discusión (2) y entrevista semiestructurada (14). Primero, los adolescentes seleccionados[11] participaron en grupos de discusión y posteriormente los mismos varones fueron entrevistados de forma privada. El límite para seguir recogiendo información fue determinado por la saturación de los datos (Strauss y Corbin, 2002), por lo cual la realización de entrevistas individuales llegó hasta la número catorce (14).

Analizar e interpretar la información recogida en el trabajo de campo. Para llevar a cabo este proceso se optó por utilizar la Teoría Fundamentada, o también conocida como Grounded Theory, pues brinda un plan metodológico que permite por un lado el acercamiento a la experiencia social de personas y grupos (Rodríguez, 2008), y por otra parte, dar explicación a esas experiencias sociales, mediante la elaboración de una teoría derivada de datos, que surgen de la realidad social, recopilados de manera sistemática y analizados por medio de un proceso de comparación constante (Strauss y Corbin, 2002).

La codificación es el procedimiento central de la Teoría Fundamentada. Román (s/f:7) se refiere a ello diciendo que «a partir de los textos y el conocimiento contextual, los conceptos son desarrollados, categorizados y dimensionados. Simultáneamente son enriquecidos con ejemplos textuales, siendo la operación central de todo el proceso de codificación, la comparación constante».

En la Teoría Fundamentada se reconocen tres tipos de codificación, codificación abierta (dimensión descriptiva del proceso de análisis), codificación axial (la dimensión explicativa del proceso de análisis, procedimiento a través del cual, sobre la base de un «paradigma de codificación»,[12] los datos son vueltos a articular creando nuevas relaciones entre los conceptos) y codificación selectiva (proceso de reducción de categorías por descarte, por fusión o transformación conceptual en otras categorías de nivel superior), que se complementan durante el proceso de análisis, pasando de una etapa eminentemente descriptiva y con baja abstracción a una cada vez más explicativa y con un elevado nivel de abstracción.

Según Strauss y Corbin (2002), los componentes del paradigma de codificación serían el fenómeno central, la idea central, evento, suceso o incidente al cual se refieren las acciones o interacciones con el cual se relacionan; las condiciones causales, que representan conjuntos de acontecimientos que influyen sobre los fenómenos; las condiciones contextuales, es decir, el conjunto de condiciones específicas que se entrecruzan en las dimensiones de un tiempo y lugar para crear el conjunto de circunstancias o problemas a los cuales responden las personas por medio de acción/interacción; las condiciones intervinientes, que mitigan o de alguna manera alteran el impacto de las condiciones causales sobre los fenómenos; y las consecuencias o resultados de la acción interacción y/o del fenómeno. Finalmente la definición articula el conjunto de condiciones que intentan dar explicación al fenómeno en cuestión.

5. Hallazgos

Los resultados procedentes del análisis del discurso de los adolescentes estudiados visibilizan una representación social de hombre un poco más distante del modelo de masculinidad hegemónica, aunque no tan distinto a él. Los datos fueron organizados, reflexionados y analizados desde un nivel descriptivo a uno explicativo.

En primer lugar se presentará el conjunto de tópicos surgidos durante la codificación abierta, etapa eminentemente descriptiva de los datos que, más que entrelazar categorías y darles explicación, intenta presentar los principales temas vinculados a la identidad de género de los adolescentes que surgen desde sus discursos. Debido al reducido espacio del presente artículo no será posible incluir los esquemas creados durante la codificación axial, sin embargo se dará a conocer el paradigma elaborado durante la codificación selectiva, que engloba aspectos de la codificación abierta y axial.

a) Codificación abierta

La información recogida da cuenta que los adolescentes estudiados otorgan gran significado a los pares con quienes se desenvuelven y comparten (amigos, amigas, «pololas»). Esto queda de manifiesto en el tiempo asignado voluntariamente hacia ellos, en diferentes espacios de convivencia, como la calle (el barrio, el mall y/o plazas de la ciudad), los «carretes», el espacio virtual, el lugar de trabajo o las iglesias en las que participan.

Las definiciones asociadas por los entrevistados a lo masculino y lo femenino son un constante referente para la acción. Desde una apreciación general, las características que se desprenden de esas definiciones tienen la particularidad de ser contrapuestas y complementarias, donde las ventajas de uno/a se vuelven desventajas para el/a otro/a.

Lo femenino se asocia a las mujeres y lo masculino a los hombres, por lo tanto, «lo normal», según los entrevistados, es que los hombres se alejen de los atributos femeninos y las mujeres rehúyan de las características masculinas, de lo contrario son connotados como menos hombres («gay») o menos mujeres («ahombradas», «amachadas»).

El elemento distintivo de la masculinidad es la fuerza física, sin embargo, lo sexual también sería considerado un tema eminentemente masculino. Asimismo, describen a los hombres como personas «racionales», que «entregan cariño y protección a las mujeres», que son «duros», «valientes», «simples», «decididos» y que «no deben mostrar debilidad». Un comportamiento propio de los hombres sería demostrar los sentimientos de forma diferenciada entre hombres y mujeres. Hacia los hombres, la expresión de emociones debe ser y es menor que cuando se está con las mujeres, sólo es permitida hacia hombres importantes (padres y amigos muy cercanos) y con cierta rudeza (golpes de baja intensidad y garabatos).

En la relación que experimentan los adolescentes con las mujeres existen actitudes y comportamientos considerados como necesarios mantener ante ellas, que se podrían resumir en la premisa de «no tratarlas como hombres» (actuar con «caballerosidad», no comportarse con agresividad, evitar garabatos, evitar conversar de sexualidad o «asquerosidades», «ser delicados»).

Los principales agentes socializadores descubiertos en los relatos de los adolescentes entrevistados son la familia, los amigos, los compañeros del establecimiento educacional al que asisten, los vecinos y la televisión. La observación y la imitación son los principales medios para aprender a ser hombre y actuar como tal.

Los beneficios asociados al género masculino, desde el discurso de los entrevistados, se podrían resumir en la mayor fuerza física que poseen los hombres, la mayor libertad, la resistencia al trabajo, y la incapacidad fisiológica de gestar y dar a luz bebés. En contraposición a ello, las desventajas reconocidas por los adolescentes serían la falta de sensibilidad y/o de la posibilidad de demostrar los sentimientos; en lo físico, la asignación de trabajos más pesados; y por último, el riesgo que les implica deber cumplir con la demanda de proteger a los más débiles (mujeres y niños/as).

Respecto a lo femenino, se logró constatar que gran parte de las características expuestas por los entrevistados provienen de mujeres cercanas a los adolescentes, como hermanas, madres, amigas y «pololas». Algunos atributos propios de las mujeres mencionados y que resume lo que ellos consideran como femenino son la belleza, la menor fuerza física y menor resistencia a los golpes, el respeto a los hombres, la fragilidad, la delicadeza, la sutileza para desenvolverse en el plano social, la preocupación por la apariencia externa, la sensibilidad y la necesidad de afecto.

Es posible constatar también que los adolescentes consideran que las mujeres cuentan con escasas ventajas respecto a su género. La capacidad de gestar, la menstruación, la debilidad física, la necesidad de protección, la menor libertad, el deber de cumplir con expectativas del rol de dama y de responder a mayor cantidad de preocupaciones de apariencia que los hombres, serían las principales desventajas asociadas por los entrevistados al género femenino. Por el contrario, dentro de las ventajas considerarían los privilegios que responden a las costumbres asociadas a la caballerosidad (les ceden el asiento, les entregan elementos más livianos que a los hombres) y la variedad en vestuario.

Desde el relato, surgieron dos experiencias de gran relevancia para los entrevistados: «el trabajo» y «el pololeo». Ambas prácticas son generadoras de interacciones sociales —que quedan plasmadas en relaciones de amistad y/o pololeo— y de aprendizajes que contribuyen al desarrollo personal de los adolescentes en términos sociales y afectivos.

El trabajo fue considerado por los entrevistados como un medio de suma relevancia para obtener independencia económica, lo que se traduce en libertades para la realización de actividades entre pares («carretes», salidas con amigos, amigas, «pololas») y la obtención de bienes y servicios (vestuario, cine, cigarros, alcohol, entre otros) que las familias no pueden o no quieren satisfacer.

Desde el «pololeo», fue posible descubrir que la afectividad, al igual que los celos, son formas de relacionarse que marcan las interacciones al interior de la pareja. El «pololeo» es sumamente valorado por los entrevistados, puesto que constituye un espacio donde pueden expresar libremente la afectividad. Esta valoración, en dirección a la «polola» y hacia su relación con ella, hace que los adolescentes estén dispuestos a realizar cambios positivos en sus vidas (reducir la cantidad de salidas a fiestas, disminuir la agresividad para socializar entre hombres, tomar la iniciativa de dejar el cigarro o la marihuana, mejorar las notas y la conducta en el establecimiento educacional). Los celos, por otro lado, son considerados fuente de conflictos y surgen desde el sentimiento de apropiación del uno hacia el otro. Al indagar en el proyecto de vida de los entrevistados surgieron creencias arraigadas en el género que fueron asociadas principalmente a tres temáticas: el trabajo, las labores domésticas y la educación de los hijos/as a futuro. En ellas se advierten dos visiones. Una visión arraigada en una mirada machista (el hombre debe ser el principal proveedor económico de la familia, la madre debe ser la principal responsable del cuidado de los hijos/as, el quehacer doméstico se desprende de las funciones del rol de esposa y madre); y otra visión con acento en la equidad de género (respetar y apoyar los proyectos laborales de la futura pareja, necesidad de compartir tanto las labores domésticas, el cuidado de los hijos/as como la carga económica del hogar). Independiente de las dos visiones descubiertas, es posible reconocer que los adolescentes entrevistados anhelan ser padres afectivos y cercanos a sus futuros hijo/as.

Observar y analizar los resultados, durante la codificación axial, posibilitó reconocer que existen creencias y prácticas con alcances de género, algunas enraizadas en el modelo tradicional de masculinidad y otras que más bien apuntan hacia formas de vivir siendo hombre desde la equidad de género, que se mezclan y tensionan. En consideración a ello, al reorganizar y reanalizar los resultados descritos durante la codificación selectiva se descubrió el fenómeno central denominado «masculinidad semitradicional», definida como una representación social bajo la cual los adolescentes estudiados pertenecientes a Barrio Norte construyen sus identidades de género. Se caracteriza por la mezcla y tensión de aspectos de una masculinidad tradicional arraigada en costumbres machistas, con los rasgos de una masculinidad emergente o alternativa, fundada en principios de respeto y equidad entre mujeres y hombres. Es elaborada a partir de las interacciones mantenidas con otros hombres y con mujeres en donde se comparten ideas, creencias, valores, prácticas y sentimientos.

b) Codificación selectiva

A continuación se dará a conocer la descripción de los principales elementos que componen el modelo relacional creado para explicar el fenómeno central descubierto durante el estudio, denominado «representación social: masculinidad semitradicional», bajo la cual los adolescentes configuran sus identidades de género.

Condiciones contextuales. Los descubrimientos apuntan a que la configuración de la identidad adolescente se lleva a cabo en medio de la construcción de relaciones sociales experimentadas en la vida cotidiana (Berger y Luckmann, 2001), dentro de las que se generan prácticas de especial relevancia para los entrevistados, como la amistad y el «pololeo», y que se desarrollan en medio del contexto escolar, en el barrio en el que viven y en el trabajo que han adquirido voluntariamente. El contexto barrial —escenario de sociabilidad entre vecinos de la misma edad, en medio de las esquinas para vivir la amistad o parques propios del sector para vivir el pololeo— y de trabajo —medio para conseguir recursos que permitan satisfacer necesidades personales, propias de la edad, que la familia no puede costear— constituyen elementos que matizan de forma particular a los entrevistados de «Barrio Norte». Estos dos escenarios contribuyen a uno de los propósitos más importantes de la adolescencia, la configuración de la identidad, la que se ve indudablemente influida por los alcances del género (Fuller, 1997; Lamas, 2003). En el contexto escolar, en el barrio y el trabajo se lleva a cabo la vida cotidiana de los sujetos de estudio, en donde se establecen interac-ciones, apreciaciones de la realidad social y transmisión de cono-cimientos; por lo tanto, fue de especial relevancia la entrada a estos espacios a través del discurso de los entrevistados, para conocer sus identidades masculinas, las representaciones de género establecidas por ellos y la vinculación entre ellas.

Condiciones causales. Fue posible constatar que los adolescentes más que pensar y cuestionarse lo que implica ser hombre, lo experi-mentan a diario, imitando a otros que consideran semejantes. Es aquí donde cobra sentido lo planteado por Berger & Luckmann (2001) en torno a las objetivaciones que envuelven la vida cotidiana, puesto que el sentido común no se cuestiona y ser hombre es parte de este sentido común.

A la vez, esta realidad por excelencia, como es denominada por los autores, implica interacciones permanentes que son determinantes en el proceso de construcción identitaria. Es así que los entrevistados dicen haber aprendido a ser hombres imitando a los abuelos, los padres, parejas de las madres, compañeros del liceo-colegio u hombres de la televisión, quedando de manifiesto el requerimiento de la cultura y la sociedad por hacer que un adolescente hombre se comporte de manera masculina y la adaptación de los entrevistados ante tal imposición.

Esta misión se lleva a cabo por el proceso de socialización (Berger y Luckmann, 2001; Duarte s/f) considerando como referente un tipo de masculinidad en especial, en palabras de los entrevistados, donde los hombres deben ser «caballeros», «protectores», «respetuosos con las mujeres», «rudos», «ajenos a la emotividad y sensibilidad», atributos propios de una masculinidad que, como ya lo diría Marqués (1999), intenta homogeneizar a los hombres, les entrega privilegios, pero también les genera frustraciones al no poder responder a sus elevadas exigencias, divide y genera desigualdades al igual que jerarquías entre hombres y mujeres (Connell, 1997; Duarte, s/f; Kimmel, 1997; Kaufman, 1997, Olavarría, 1999).

Ante lo mencionado también es preciso señalar ciertas excepciones, puesto que durante el discurso de los entrevistados se hicieron visibles hombres y mujeres cercanos/as (madres, padres y/o pares) que vivían una identidad de género menos arraigada en los estereotipos tradicionales y que promovían en los adolescentes, por medio de sus discursos o prácticas, roles entre hombres y mujeres más igualitarios (madres trabajadoras, padres que hacían trabajo doméstico, amigas empaquetadoras en supermercados).

Condiciones intervinientes. Los ejemplos positivos en torno a la búsqueda de equidad de género, anteriormente mencionados, se unen al impacto creado por las transformaciones sociales, culturales y políticas experimentadas por el país, durante la última década. Los entrevistados expresan la participación de madres y amigas en el plano laboral, lo que podría estar asociado a la transversalización de la perspectiva género en las políticas laborales. Además, en medio del discurso queda en evidencia la aceptación por el desvanecimiento de la separación entre lo público y lo privado para hombres y mujeres y la oposición a la división sexual del trabajo, aludiendo ante ello al «cambio de los tiempos». Sin embargo, vale la pena destacar que dichas opiniones tienen mayor prevalencia en el discurso que en el plano experiencial, según sus narraciones.

Consecuencias. En este ir y venir de creencias, valores e ideas sobre el cómo ser hombre, se visibilizaron distintas identidades mas-culinas. Fue de especial interés constatar fragmentaciones internas en medio de estas identidades, generadoras de tensiones y contradiccio-nes respecto al cómo ser y vivir la masculinidad, expresadas en una representación social, descubierta como fenómeno central, denomi-nada en este estudio como «masculinidad semitradicional», bajo la cual los adolescentes estructuran sus identidades genéricas.

Esta representación social no se refiere a una masculinidad absoluta-mente tradicional, ni tampoco a una totalmente alternativa, sino que tiene matices de ambas, viéndose mezclados y tensionados aspectos de uno y otro lado. Sin embargo, a partir del relato de los entrevistados se observa mayor prevalencia de prácticas y creencias sustentadas en la masculinidad hegemónica o tradicional. También se visualizan cam-bios a nivel de discurso, pero en él surgen contradicciones desde creencias y prácticas generadas en la relación hombres-mujeres/hom-bres-hombres de su edad.

La hemos llamado masculinidad semitradicional porque por un lado deja en evidencia el peso de la socialización en base a la masculinidad hegemónica descrita —sustentada en la transmisión de rigidez (valores, normas, roles) y herencias (socialización), como por ejemplo el deber enfrentar la vida con rudeza—; y por otra parte porque este proceso de construir los nuevos miembros de la sociedad se ve contrarrestado por el agotamiento ante las exigencias puestas por la masculinidad hegemónica (en los términos de los entrevistados este agotamiento queda expresado en: «el deseo por manifestar los sentimientos» o «la sensación de riesgo al verse ligados a la violencia por el deber de proteger a otros»).

A partir de lo propuesto por la teoría de las representaciones sociales, parte de la representación de la masculinidad semitradicional surgiría desde la información sobre el ser hombre que circula en las interacciones y de prácticas sociales que se encuentran relacionadas con las diversas modalidades de la comunicación social (Araya, 2002; Valencia, 2007). Esta información se asocia al conocimiento de los adolescentes, en este caso, a lo que han aprendido durante el proceso de socialización y que tiene una estrecha vinculación con el modelo de masculinidad tradicional. La representación de hombre o de mascu-linidad que mantienen los adolescentes entrevistados se construye en oposición a la feminidad, y mediante el mecanismo de anclaje —que consiste en enraizar la representación al espacio social para usarlo cotidianamente (Valencia, 2007)—, contribuirían a la reproducción de diferencias en base a tal dicotomía, promoviendo estereotipos propios del modelo de masculinidad dominante (Olavarría, 1999) en medio de las interacciones y la comunicación cotidianas, en donde masculinidad y feminidad se verían en términos positivos, al igual que como el ideal de ser hombre y mujer.

6. Comentarios finales

Los hallazgos planteados y el paradigma de codificación expuesto dejan entrever una temática compleja e importante de ser abordada, tanto desde el plano teórico como práctico, para lo cual sería necesario ir reconociendo los nudos críticos que generan resistencias al cambio y llevan a producir y reproducir desigualdades de género en medio de las relaciones sociales.

Desde el contexto del fenómeno y los sujetos estudiados, sería necesario potenciar las representaciones sociales y prácticas fundadas en dimensiones de la masculinidad que promuevan la equidad y el respeto por hombres y mujeres, y cuestionar aquellas cimentadas en el modelo de masculinidad hegemónica a fin de restarle poder. Además, reconociendo que es imposible controlar la información que llega a los adolescentes, pero que la jerarquización de elementos dados en el campo de representación junto con la actitud que toman frente a ellos pueden transformarse mediante un proceso de reflexión y análisis. Es en estas dos dimensiones donde se podrían focalizar las intervenciones para generar cambios en las representaciones sociales de los adolescentes y desde ahí promover la modificación de las prácticas necesarias.

Considerando que las representaciones sociales son un medio para construir la realidad (Araya, 2002; Rodríguez, 2007; Valencia, 2007) y que la identidad genérica es una construcción social (Connell, 1997; Duarte, s/f; Fuller, 1997; Kimmel, 1997; Kaufman, 1997; Lamas, 2003; Montecino 1996; Olavarría, 1999) que genera representaciones sociales, es muy probable que al criticarlas e intentar deconstruirlas se pueda también transformar la realidad.

Para enfrentar el desafío que implica transformar una realidad en donde existen representaciones sociales de género que generan injusticias al dividir  mujeres y hombres, es preciso destacar el aporte que podría entregar el trabajo social, pues dentro de sus propósitos fundamentales busca promover el cambio social, la resolución de problemas en las relaciones humanas, el fortalecimiento y la liberación de las personas,[13] lo cual se liga indiscutiblemente a los caminos para construir una sociedad más justa e igualitaria entre mujeres y hombres. En este sentido, considerando que el Trabajo Social se desenvuelve y conjuga los niveles teórico/empíricos, la disciplina podría ser un vehículo movilizador de propuestas que insten a la reflexión de esta temática entre las personas, grupos y comunidades con quienes trabaja.

Desde la perspectiva planteada, a continuación se presentarán propuestas tentativas y líneas de acción por las que se podrían modificar representaciones y prácticas sociales que influyen en la identidad de género masculina.

En primer lugar, se podría proponer el abordaje de la temática desde la educación social, a través de la realización de talleres enmarcados en la unión del pensamiento de Humberto Maturana (2002) y la metodología de educación popular de Paulo Freire.

Para ello es preciso considerar que bajo las injusticias generadas por las desigualdades entre los géneros, basadas en la legitimación de un modelo de masculinidad que las reproduce, subyace como tema esencial el respeto por el ser humano. Ante esto, se torna de especial consideración el planteamiento de Maturana (2002), quien afirma que la formación humana tiene que ver con la formación de la persona como ser humano capaz de ser cocreador con otros de un espacio de convivencia social deseable. La formación humana consiste en la creación de las condiciones que guían y apoyan, en este caso, al adolescente, en su crecimiento como un ser capaz de vivir en el autorrespeto y respeto por el otro, y cuya individualidad, identidad y confianza en sí mismo no se fundan en la oposición o diferencia con respecto a otros, sino que en el respeto por sí mismo.

La formación humana se vincula principalmente a un trabajo reflexivo y de autorreconocimiento de los aspectos que frenan la creación de un espacio deseable de convivencia con los otros y las otras. Este sería el primer paso para el cambio, puesto que es necesario concientizar «entregar las herramientas de reflexión», «desrigidizar concepciones», creencias, opiniones, valores y normas arraigados en el sentido común que envuelve la vida cotidiana. Sin embargo, faltaría un segundo paso, la adquisición de capacidades y el desarrollo de habilidades, para hacer viable la cocreación de espacios de convivencia armónica, donde prime el respeto por los seres humanos. Maturana (2002) se refiere a este aspecto diciendo que la capacitación como tarea educacional consiste en la creación de espacios de acción donde se ejerciten las habilidades que se desea desarrollar, creando un ámbito de ampliación de las capacidades de hacer en la reflexión sobre ese hacer como parte del vivir que se vive y se desea hacer.

Respecto a la creación de espacios, tanto para guiar y apoyar la formación humana, como para ejercitar las habilidades que se desea desarrollar en los sujetos y sujetas, sería de suma utilidad la metodología de educación popular ideada por Paulo Freire, puesto que se fundamenta en el principio de que las personas cuentan con el conocimiento y la capacidad de transformar la realidad. La educación popular tiene la fortaleza de generar procesos de educación a partir de la experiencia de las personas, en contraposición a la formación unidireccional llevada a cabo por el/la que «sabe» hacia el/la que «no sabe». Estas características hacen de la educación popular un enfoque idóneo para trabajar a favor de la transformación de identidades genéricas masculinas y femeninas que tienen como principal referente el modelo hegemónico de masculinidad.

Utilizando el marco teórico-metodológico expuesto, se sugiere abordar el trabajo, desde un contexto educativo, con docentes y estudiantes hombres y mujeres.

En segundo y último lugar, se propone seguir realizando investigaciones en esta línea, a fin de actualizar el conocimiento disponible, a la vez que para aumentarlo y profundizarlo, abordando otros objetos y sujetos de estudio. Por ejemplo, la feminidad, o la relación entre feminidad y masculinidad a nivel del alumnado, con estudiantes hombres y mujeres; o de profesorado, con docentes hombres y mujeres. Conocer sus visiones de mundo, facilitaría la construcción de caminos para abordar injusticias fundadas en la desigualdad de género.

Finalmente, es preciso señalar que mediante estas estrategias no se pretende apoyar la hegemonización de otro modelo de masculinidad, por el contrario, se intenta promover la liberación de los sujetos y sujetas ante modelos que los homogeneizan y reprimen, respaldando y promoviendo la valoración del respeto por el ser humano y la diversidad como principios impulsores de la construcción de identidades en torno al género.

Concepción (Chile), septiembre 2010

Notas

[1] La estructura de trabajo previa a 1980 era caracterizada por contratos laborales menos flexibles que los de la actualidad, y por lo tanto, más estables en el tiempo. Aunque los trabajos no eran menos precarios que los de hoy, esta seguridad en el empleo generaba un escenario que permitía reproducir los roles tradicionales de género. Además, el trabajo era un espacio para vivir la homosociabilidad, mediante la relación entre compañeros, actividades en sindicatos y partidos políticos. El orden salarial descrito impactó y transformó las relaciones de género al interior de las familias; en palabras de Olavarría (2001:114), «el contrato de trabajo, que permitía llegar a tener un puesto de trabajo estable, remunerado y con los ingresos suficientes para proveer el hogar y cumplir con la función de autoridad, protectora, de jefe de hogar que se esperaba [...] con ese ingreso suficiente, la salud gratuita, previsión, entre otras —fruto de la lucha del movimiento sindical del siglo xx—, era posible estructurar un orden familiar, propio de la familia nuclear patriarcal: los hombres en lo público y el trabajo —o productivo—, y las mujeres en el hogar, criando a los hijos —en lo reproductivo—. Con la destrucción del orden salarial, se comienza a resquebrajar una de las bases fundamentales de los recursos de poder de los varones».

[2] En esta oportunidad sólo mencionaré aquellos que se relacionan con el estudio, es decir, los procesos que podrían haber afectado la construcción de relaciones e identidades de género de hombres y mujeres pertenecientes a la sociedad chilena.

[3] Este artículo se inscribe en el estudio denominado «Masculinidad Semi-Tradicional, identidad de género de hombres adolescentes que cursan enseñanza media en establecimientos técnico profesionales del sector Barrio Norte de Concepción», Tesis para optar al título de Trabajadora Social de la Universidad de Concepción, Concepción, 2010.

[4] Liceo Jorge Sánchez Ugarte y Colegio Técnico Profesional Los Acacios.

[5] Berger y Luckmann (2001:83) denominan objetivación al proceso por el que los productos externalizados de la actividad humana alcanzan el carácter de objetividad.

[6] Berger y Luckmann (2001:83) denominan objetivación al proceso por el que los productos externalizados de la actividad humana alcanzan el carácter de objetividad.

[7] La socialización es un proceso dinámico y recíproco en tanto cada individuo recibe impactos de otras y otros al mismo tiempo que va inyectando información e influencias en su medio (Duarte, s/f). Es fundamental la socialización en el proceso de autoconstrucción identitaria de género, puesto que inculca los elementos de la cultura en los nuevos miembros de la sociedad, implica el aprendizaje de roles y valores que cada sociedad considera importantes para que la tradición del pasado continúe y se perpetúe (Duarte, s/f).

[8] Según Gayle Rubin (citada en Lamas, 2003), el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad en productos de la actividad humana, en la cual se satisfacen las necesidades humanas transformadas.

[9] Masculinidad hegemónica, tradicional son entendidas como sinónimo durante el estudio.

[10] Según pnud (2010), se aprecian en una mayor igualación de las capacidades y oportunidades de hombres y mujeres; en la existencia de un nuevo marco de leyes y políticas que promueven dicha igualdad y también en la mayor legitimidad que ha alcanzado la igualdad de género en la sociedad.

[11] Los adolescentes seleccionados pertenecen a establecimientos de enseñanza media mixtos y sus edades fluctúan entre los 16 y los 18 años.

[12] Modelo que sugiere los tipos de relación que podrían establecerse entre las categorías de manera de explicar los fenómenos, es decir, causas y consecuencias, el contexto y las estrategias para su aparición y las condiciones intervinientes más generales en las cuales participa (Román, s/f:11).

[13] «La ética en el trabajo social, declaración de principios». Federación Internacional de Trabajadores Sociales, 2004.

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Direción para Correspondencia:
María Cecilia Rodríguez Torres. E-Mail: mrodriguezt@udec.cl.

Recibido: septiembre 2010
Aceptado: octubre 2010

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