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Ultima década

versión On-line ISSN 0718-2236

Ultima décad. vol.23 no.43 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22362015000200002 

CONDICIONES JUVENILES CONTEMPORANEAS

 

Presencias, ausencias, encuentros y desencuentros entre culturas y mundos juveniles en el campo simbólico de los estudios de juventud. Una reseña de Juventudes: metáforas del Chile contemporáneo, Pablo Cottet (editor), RIL 2015.

 

Christian Matus Madrid*

* Investigador Postdoctoral CEDEUS, FONDAP, Chile No15110020, Universidad de Concepción, Chile. Antropólogo y Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos. E-Mail: christianmatus@udec.cl.


 

1. Introducción

El presente texto constituye una reseña del libro Juventudes: metáforas del Chile contemporáneo, acto escritural que se contextualiza en el marco de los cruces y tensiones existentes entre juventud, cultura y territorio, obedeciendo este énfasis al interés de un investigador urbano que participó durante un importante tiempo del campo simbólico del estudio de las juventudes en chile.

Esta tarea se aborda a partir de dos operaciones de lectura. Primero, una contextualización histórica del texto y su importancia en el campo de los estudios de juventud motivando una lectura crítica que focaliza en cómo abordar en forma integral la siempre tensa relación entre estudios de juventudes y culturas juveniles, en el marco de una propuesta abordaje actualizado de las juventudes chilenas contemporáneas. Posteriormente, se proponen algunas claves para articular el enfoque generacional con el enfoque cultural, de modo de dar espesor y densidad al análisis de las nuevas narrativas culturales en el marco de un análisis del contexto epocal y estructural, abogando por ampliar la perspectiva generacional más allá de los ámbitos tradicionales desde donde se ha indagado la juventud en Chile.

 

2. El contexto del texto

No es fácil iniciar la lectura de un libro como Juventudes: metáforas del Chile contemporáneo en una temática como la de juventudes que adquiere amplía conexión con procesos sociales y culturales que trascienden el escenario de un tema específico y nos conectan con los procesos de cambio y transformación que vivencia a múltiples escalas nuestro país. En ese marco primero debemos señalar que se trata de un texto esperado, necesario de leer, de discutir y debatir tanto para investigadores como tesistas interesados en participar de los estudios de juventud porque viene a llenar un vacío existente en la última década en relación con los y las jóvenes como objeto de estudio. Retomando las palabras de Cottet, editor y redactor de su prólogo, Metáforas propone ser «un espacio para la reflexión y tomar el pulso de los debates contemporáneos» sobre los fenómenos juveniles, especialmente aquellos situados desde el «sur de la mundialización». En ese sentido se saluda —y es altamente saludable— que se haga un lanzamiento centrado y descentrado en un polo de producción de movimientos y culturas juveniles tan potente como la ciudad de Concepción.

No obstante, la urgencia de su publicación Metáforas del Chile contemporáneo constituye un artefacto difícil de maniobrar sin considerar ciertos códigos de lectura asociados al contexto de producción que le da sentido y que lo inserta como producto del primer año de trabajo del Proyecto Anillos «Juventudes. Transformaciones socioeconómicas, sociopolíticas y socioculturales de las y los jóvenes en el Chile contemporáneo», que tiene como propósito contribuir al conocimiento riguroso y sistemático sobre las dinámicas sociales que están aconteciendo en nuestro país en los últimos cuarenta años.

La introducción de Pablo Cottet abre la lectura y coloca el tono desde donde iniciar la lectura a través de una primera imagen que establece la filiación generacional del texto, en tanto actualización a 2015, de una coordenada inaugurada en los ochenta como es la de la búsqueda de generar concurrencias y encuentros entre: a) movimientos juveniles, b) políticas públicas para jóvenes y c) ciencias sociales, tarea o cometido que es caracterizado en su devenir como la exploración de una articulación alterna distinta a las relaciones hegemónicas que hacen que los fenómenos juveniles se constituyan en «objeto de investigación especializada» de unas ciencias sociales que nutren con su conocimiento las operaciones de «otros», el Estado, mercados y organizaciones sociales.

En ese marco y siguiendo a Cottet, se debe reconocer que la tarea de generar «otras» relaciones desde y en la investigación de juventudes sigue siendo al igual que en los ochenta un desafío difícil de enfrentar. Las condiciones del presente son distintas, hoy la construcción «no es contra otros para otro mañana» sino «con otros para otras manera de hacer desde hoy» más allá de la mercantilización de la juventud. En efecto, Metáforas se inserta en un presente post dictatorial que hoy es interpelado por jóvenes que conjugan la reivindicación de sus subjetividades fundadas en su tiempo biográfico con las demandas más amplias por un cambio estructural en un contexto de cambio epocal, como bien lo expresara el movimiento estudiantil del 2011 y sus demandas aún vigentes en el presente.

 

3. Proponiendo claves de lectura

Es en un marco de una invitación transformadora en que adquiere sentido la lectura del primer segmento «Otras políticas juveniles: saberes, iniciativas e instituciones». En primer lugar, quisiéramos abordar la lectura de «Para un concepto de juventud» de Manuel Canales, Felipe Ghiardo y Antonino Opazo. A juicio personal, el partir por esta mirada teórica permite generar un mejor diálogo e intertextualidad en la discusión con cada uno de los autores. Cabe partir señalando que es uno de los textos más lúcidos y desafiantes del libro. Clave parece su propuesta —y esfuerzo teórico— por re-conceptualizar la juventud y lo juvenil más allá de la «sociografía» de los estudios de las juventudes y los «recortes generacionales» y estadísticos. La tesis central de Canales et al., es que la juventud se constituye a partir de la articulación entre tiempo biográfico, tiempo histórico y estructura social, marcando siempre un énfasis, en que, lo que signifique lo juvenil o la juventud queda establecido en la significación social del tiempo biográfico.

Pero las significaciones sociales del tiempo biográfico mutan según como se articula la biografía con el contexto histórico (epocal) y con la estructura social, más aún en un país tan estratificado como Chile. En ese marco y coordenadas es que Canales ofrece una definición de movimiento social juvenil como el gran analizador del sistema institucional a partir de las particularidades que adquiere la experiencia de ser joven en un período histórico determinado.

Estas particularidades hacen que en el «devenir juvenil» existan periodos de mayor, y menor, articulación entre tiempo biográfico y las demandas tanto de cambio estructural como epocal. Desde esta mirada, en el movimiento estudiantil de 2011, se conjugaría —al igual que en los sesenta— la cuestión epocal y la cuestión estructural en el tiempo biográfico juvenil, en contraposición con los noventa y la primera década del dos mil en donde prevalecería la otra cara signada por la ausencia de acción juvenil.

Decantando esta propuesta nos queda la pregunta de qué ocurre con los intersticios o los momentos de generaciones intermedias cuando no se articula totalmente biografía-época y propuesta de cambio estructural, o cuando solo se articula uno de los componentes:

a) Tiempo-biográfico y cambio epocal (quizás es el ejemplo del desembarco culturas juveniles en los ochenta y comienzos de los noventa que marca el «giro cultural» aludido más adelante en el texto).

b) solo se articula tiempo biográfico con cambio estructural (cambio estructural sin cambio epocal, que nos llevaría a la reproducción de lógicas políticas añejas, a un retroceso conservador de las prácticas juveniles).

Al respecto, quisiera motivar la lectura del artículo «Estudios Juveniles en Chile: Devenir de una traslación», que en realidad abre el capítulo. En este artículo, Claudio Duarte se aboca a una (polémica) interpretación de los imaginarios construidos sobre jóvenes, juventud (es) y lo juvenil. Cabe destacar que el texto ocupa como metáfora de la institucionalización de los estudios juveniles una analogía con el proceso vivido por los estudios de género en su tránsito de los ochenta a los noventa (Montecino, 1996). Se entiende como subtexto, que en forma similar al paso de los estudios de la mujer a los estudios de género, el campo simbólico de la juventud como objeto habría vivido un proceso de desplazamiento similar desde lo instituyente a lo instituido.

El ejercicio desarrollado con oficio es el de seleccionar diversas investigaciones por contexto socio-histórico, las que a juicio del autor condensan los imaginarios más relevantes de cada época, analizándolas a partir del relevamiento de dos tipos de tensiones:

— La tensión entre homogeneidad y pluralidad, y

— La tensión entre funcionalidad y conflictividad social de las juventudes en el país.

Así Duarte dibuja una trayectoria histórica de aproximación que va desde la fase inicial inaugurada por el estudio de los Mattelart hasta las incipientes producciones de la «cuestión generacional». Es en el «devenir de esa traslación», donde el autor constatará como los primeros autores de los setenta «yendo por mayor homogeneidad encontrarán mayor diversidad», rescatará la diversidad de elaboración de métodos de técnicas de producción y de análisis de información de Razones y subversiones (1985) y constatará —sobre todo a partir de su análisis de La rebelión de los jóvenes (1984)— como la homogeneización por universalización de ciertas características juveniles ha sido un mecanismo recurrente en los estudios de juventud, que genera el fortalecimiento de estigmas (joven, rebelde, sin futuro, de riesgo), tema recursivo que acompañará a los estudios de juventudes en los noventa.

Posteriormente en su análisis de los imaginarios contemporáneos aparecerán los elementos más novedosos y polémicos. En efecto, en su análisis de los imaginarios de los estudios de juventudes correspondientes al contexto de postdictadura, emergen hallazgos y ausencias igualmente notables.

Particularmente acertado resulta su análisis histórico de la producción sobre juventudes vinculada al emergente aparato público, expresada en las encuestas de juventud. Duarte describe muy bien como las claves de la integración, inclusión y la cohesión terminan por organizar un modo de desplazar la conflictividad, esto sumado a la sobre-tipologización de estudios que generan la ilusión de lograr un recorte de la realidad que permitiera una mirada totalizadora de lo complejo y heterogéneo.

En ese sentido es inevitable poner de manifiesto la notoria diferencia que se puede establecer entre los estudios y encuestas de juventud chilenas con los estudios y encuestas de juventud desarrollados en México por el Centro de Investigaciones de Juventud CAUSA JOVEN durante el mismo período (Pérez Islas, Reguillo, Feixá). En Chile, durante ese período son muy escasos los estudios que sobreviven a la categoría de consultorias encargadas por el INJ, actual INJUV. A diferencia de Chile, en México la producción de estudios se encontraba inserta en una perspectiva teórica más amplia en donde los investigadores orientaban la lectura de los datos desde una perspectiva valoradora de la actor-ía social y capacidad productora de cultura de los y las jóvenes.

Pero es cuando Duarte analiza los que denomina estudios de «giro hacia la cultura», de los años noventa y dos mil, que su interpretación se hace más polémica. En efecto, Duarte es implacable con el enfoque cultural que aborda la juventud en Chile sobre enfatizando las insuficiencias que plantean: estudios exploratorios que «no problematizan el tipo de sociedad en que estas manifestaciones se expresan y en las que transcurren»; «desarrollan una débil vinculación entre expresiones juveniles con condiciones de vida juvenil y contextos comunitarios» (de clase, género, raza, generación), que redundan en miradas acotadas que pierden la capacidad comprensiva de relacionarse con lo global.

El autor critica con extrema dureza la «nociones de neotribalización y tribus urbanas desde una mirada que no reconoce las continuidades de experiencias juveniles con épocas previas tendiendo a homogeneizar la misma diversidad, incluso adoleciendo de a-historicidad y eurocentrismo».

En este punto quisiera detenerme un poco. Acorde al contexto actual que demanda transparencia quisiera referirme con honestidad intelectual y declarar mi particular interés como investigador urbano por aportar luz a los temas de juventud desde un enfoque centrado en la cultura y el territorio. De esta posición de genuino interés por la cultural juvenil es que me siento obligado a dejar en evidencia la carencia, tanto en el texto de Duarte como de Muñoz y Aguilera, de un análisis más complejo del contexto cultural global y local que permita entender el contexto particular de emergencia y el aporte que hacen los estudios culturales juveniles al campo más amplio de los estudios de juventudes. Al respecto quisiera aportar que el aludido «giro cultural» acontece como un cambio epocal que se expresa en el mundo juvenil en forma bastante previa al 2000, constituyendo un quiebre con la sensibilidad moderna que se venía visibilizando ya a mediados de los ochenta en el contexto de la dictadura, con la ruptura de la cultura de la militancia marcada por la glorificación del dolor y el sacrificio, y la consecuente recuperación del cuerpo y lo festivo por parte de grupos culturales juveniles tanto de clases medias y grupos artísticos en escenarios urbanos como Matucana 19, El Trolley, como en la apropiación y uso del mundo popular juvenil de los espacios públicos como territorios de expresión de un «ocio festivo». Respecto a esta presencia temprana de lo cultural juvenil en los estudios de juventud dan cuenta algunos producciones culturales audiovisuales como «Carrete de verano» (Benavente, et al., 1984), «Guerreros pacifistas» (Justiniano, 1984) y artículos como el de Salas (1990) en Los jóvenes en Chile hoy.

Quizá a este malentendido contribuyen los textos escogidos como representativos para abordar la aparición en los estudios de juventudes chilenos del imaginario cultural. En ese sentido quisiera destacar dos ausencias relevantes, cuyo abordaje en futuras genealogías de los estudios de juventud podría llenar en parte dicho vacío analítico. Uno de los textos fundamentales es Culturas juveniles, narrativas minoritarias y estéticas del descontento, de Zarzuri y Ganter (2002), en donde ya se encuentran sintetizadas algunas claves para generar un encuentro entre lo estructural y lo cultural al articular las expresiones locales y territoriales del hip-hop de los noventa con el lenguaje más amplio de la estética del descontento postmoderno.

En segundo lugar, sobre la a-historicidad de los estudios de expresiones culturales juveniles en la investigación en Chile me parece que esta aseveración debiera ser matizada recomendando incluir en la discusión la producción de un autor como Yanko González que lleva más de una década de producción sobre el contexto sociocultural de las culturas juveniles en Chile y Latinoamérica desde los cincuenta en adelante.

Finalmente, Duarte analiza las incipientes producciones de la «cuestión generacional», representadas por la producción más reciente del equipo de Anillos (Duarte, Muñoz, Aguilera y Ghiardo) en relación a temáticas tan diversas como el sistema educativo, la participación política y las producciones (contra) culturales. Es precisamente por el enfoque generacional que el autor hace una apuesta y vislumbra un camino desde donde desarrollar una coordenada transformadora (alterna) de los estudios de juventud en donde se pueda leer lo juvenil desde lo social, constituyendo la noción de «adultocentrismo» como estructura de dominación y como matriz cultural una de las claves para develar las relaciones asimétricas y de poder que subyacen a las relaciones entre los jóvenes y el mundo adulto.

Al respecto, junto con coincidir con su apuesta por lo generacional, quisiera recordar que el enfoque alterno que expresa la noción de «adultocentrismo» es a su vez representativo de un imaginario de cambio cultural, no suficientemente visibilizado en el texto, que emerge como puente entre la reflexividad juvenil de los colectivos culturales juveniles, las prácticas de intervención y trabajo comunitario con jóvenes de los ochenta y la emergente investigación de juventudes que se empieza a institucionalizar en los noventa. No es menor recordar, que es precisamente en el contexto de la producción de un colectivo cultural juvenil, con una mirada territorial y con un lenguaje expresivo, fuertemente conmovidos por un afán de cambio estructural, que se escribe un artículo como Juventud popular el rollo entre ser lo que queremos o ser lo que nos imponen (1994), donde se plantea una primera crítica a las relaciones de poder entre generaciones, propuesta que oxigenó y marcó un hito tanto dentro de los estudios de juventud como dentro del mundo de la intervención comunitaria con jóvenes1, al elaborar una noción como la de «adultocentrismo», que después Duarte profundizaría y dotaría de solidez teórica y académica en sucesivos artículos académicos, como el que aparece en este libro.

En «Preguntas por la juventud, preguntas por la política. Acción colectiva, movimientos sociales y militancia en los estudios de juventud», Muñoz y Aguilera desarrollan un análisis de la relación entre juventud y política en los estudios de juventud de últimos cuarenta años que van desde el movimiento estudiantil de los 60 hasta el reciente movimiento estudiantil del 2011.

En ese marco el artículo sugiere una potente recuperación del concepto de movimiento juvenil proponiendo una definición operativa bastante inclusiva que plantea que los movimientos juveniles constituyen «la articulación de grupos que contienen una particular visión de la sociedad y que apuestan por el cambio social, reconociéndose en conflicto y disputa por la posibilidad de construir un orden alternativo».

No obstante esta apertura conceptual choca con una visión reductiva respecto al rendimiento del enfoque cultural juvenil cuando se analiza la (tensa) relación entre política y cultura en el mundo juvenil. En ese marco no deja de ser sugerente la cita de un mismo autor Reguillo (2003) —citada por Muñoz y Aguilera— para delimitar y cerrar la definición de movimientos sociales dejando fuera la posibilidad de incorporar a las culturas juveniles, de la alusión posterior que hará Ganter en la tercera parte del texto a la misma autora para imprimir una potencialidad política a la interpretación de prácticas de consumo cultural de los y las jóvenes. Al respecto pareciera necesario darle más vueltas a la discusión sobre cultura y cambio estructural dado el carácter mediador y productor de nuevas formas de establecer relaciones sociales que permite establecer como legítima pregunta de investigación la posible articulación de nuevas formas políticas juveniles inscritas desde las narrativas culturales.

La segunda parte del artículo denominada «subjetivaciones juveniles contemporáneas: escolarizaciones, empleo y sexualidades», aborda los textos de Molina (sobre juventudes y procesos de escolarización secundaria), Oscar Dávila (sobre juventud y trabajo) y de Dina Krauskopf (sobre transformaciones de la vida sexual en las trayectorias de los jóvenes chilenos). El tono del texto cambio a temáticas que abordan el cambio estructural desde enfoques específicos.

En ese marco quisiera destacar dos artículos. Primero, el planteamiento de Molina que nos alerta de las tensiones estructurales inherentes al nuevo escenario de las juventudes escolarizadas, planteando la provocadora metáfora de la «cuestión social educativa» para denunciar el surgimiento de nuevas estructuras sistémicas y mecanismos de exclusión en las escuelas secundarias que ponen en tela de juicio la efectiva contribución de mayores niveles de escolaridad alcanzados por los jóvenes escolarizados para su movilidad social pos-escolar y la configuración de trayectorias sociales más integradoras e inclusivas.

De igual manera, quisiera detenerme en el abordaje que hace Dávila de la relación juventud y adultez en su reflexión sobre el trabajo. En ese marco, hay un regreso a la teórico al reflexionar el autor sobre lo que denomina diferentes estructuras de transición desde el ser joven al ser adulto, dando a pie a reflexionar sobre nuevas formas de hacerse adulto, nuevas formas de transición con otras estructuras y con otro orden y tiempo en la secuencia o guión social que tiende a incorporar: conformación familiar, entrada en el mundo laboral, independencia económica y emancipación residencial.

En su análisis sobre la homogeneización parcial de las transiciones producto de la escolarización, Dávila aporta distinciones conceptuales relevantes como la que distingue transición (procesos de cambio biológico y pasos a cambio de situación de vida) de trayectoria (que aborda el trazado de posiciones en el espacio social). En ese marco nos permite entender el efecto que produce la estructura de una transición en las posibilidades de trayectoria, como ciertos procesos, decisiones u opciones en este período de vida denominado juventud tienen repercusiones en los proyectos de vida y trayectorias juveniles hacia la vida adulta, ejemplo concreto: fuera de la escuela no hay espacio para trayectorias sociales ascendentes en cuanto a alcanzar una posición social no precaria por la vía del empleo en la estructura social.

Finalmente, parecen relevantes las preguntas por el sentido cultural del trabajo en las nuevas generaciones, que plantea el trabajo de Dávila sobre las continuidades discursivas y fácticas con las generaciones de sus padres y madres, que lo hacen preguntarse por si ¿existen nuevas resignificaciones y éticas de los jóvenes en y hacia el trabajo?.

En la tercera parte y final en «Apropiaciones culturales: telecomunicaciones y normatividades», encontramos textos que plantean una apertura a nuevas temáticas de investigación fundamentalmente desde la cultura. Una de las fortalezas de este libro tiene que ver con los fuertes contrapuntos que plantean los enfoques y objetos de investigación de los investigadores. Un ejemplo de esto lo muestra la contraposición de la lectura del Capítulo II, desde la problematización del trabajo juvenil y los cambios en sus trayectorias de Dávila, al campo del consumo cultural como espacio de integración simbólica que reemplaza al trabajo como soporte fundamental para la configuración de identidades individuales y colectivas, que plantea Ganter como opertura del Capítulo III.

Particularmente en Ganter la estrategia autoral es «ex céntrica», al establecer deliberadamente un desmarque del mapa conceptual de discusión del libro centrado mayoritariamente en la experiencia de la educación, el trabajo y la familia para abrir/proponer un marco de referencia actualizado que permita orientar futuras investigaciones y estudios del consumo cultural como práctica multidireccional en el escenario de las nuevas generaciones de jóvenes. En ese marco se interroga acerca de ¿cuan diferentes pueden ser las prácticas de consumo entre jóvenes y adultos, pero también intra-generacionalmente, teniendo en cuenta la nueva escenografía de la tecnocultura y las redes sociales? ¿Son los jóvenes usuarios flexibles y consumidores genéricos o son productores de sentido y mundos relacionales en y con las nuevas tecnologías? ¿Hasta dónde es posible hablar de nativos digitales?, entre otras preguntas.

En ese marco, el autor establece la existencia de una deuda pendiente en la agenda de investigación de los estudios de juventud relacionada con estudios más profundos del consumo cultural asociados a estilos juveniles y con el nuevo desafío que plantea para la investigación de juventud el uso y apropiación de redes sociales y NTICS.

Para Ganter, a diferencia de la mayoría de los otros autores del libro, existe un camino fructífero en una perspectiva cultural de abordaje al consumo cultural que denomina socio-estética que nos invita a indagar desde otras coordenadas la relación entre juventud, cultura y política en Chile retomando en forma actualizada el denominado enfoque o giro cultural para volver a plantear al igual que una década antes en Culturas juveniles y narrativas minoritarias la posibilidad —siguiendo a Reguillo— que tienen los jóvenes de re-politizar desde sus prácticas culturales, desde fuera la política, sirviéndose de los propios símbolos de la sociedad de consumo.

Por su parte Zarzuri, retoma las claves de los estudios culturales para abordar la relación entre los nuevos medios de comunicación electrónica (NTIC) como internet, celulares, tablets y las prácticas de uso simultáneo de dispositivos social TV. Ofreciendo una contextualización en base a fuentes secundarias sobre las cifras de penetración de cada tecnología y siguiendo la tesis de la ruptura generacional planteada por el clásico texto de Mead sobre las culturas pre-figurativas, sostiene que las tecnologías digitales no sólo son bienes materiales sino que son entes simbólicos estableciendo complejas relaciones con la producción, circulación y usos de significados compartido como las que plantea el tránsito de las audiencias contemplativas a la posibilidad de convertir las audiencias en productoras de nuevos contenidos culturales

En ese marco, en su artículo también aboga por una agenda de investigación que coloque en el centro el estudio de «las nuevas formas de estar y de ser de los y las jóvenes en el contexto de un mundo nuevo digital en el que se estructuran sujetos que configuran trayectorias nómades».

Finalmente el cierre del capítulo, dado por «Jóvenes y valores: reflexiones sociológicas a partir de datos empíricos», escrito por Mario Sandoval, aporta a contextualizar las nuevas narrativas juveniles descritas por los textos precedentes en contextos de transformación más amplios dados por los valores de una sociedad de mercado donde existe una primacía de procesos de individualización que rompen la configuración tradicional de las generaciones previas. Analizando fundamentalmente encuestas como el «III Estudio del CEJU sobre valores juveniles» (2013), Sandoval caracteriza la coexistencia en los jóvenes actuales, de una mayor aceptación de temas y valores que otras generaciones rechazaban (como el divorcio), tendencia que se ve acompañada de una pérdida de confianza en la esfera de lo político institucional, y aumento del individualismo y la individuación en las motivaciones conductuales juveniles.

No obstante, el autor no se queda en una taxonomía valórica del devenir de los valores juveniles sino que plantea una invitación a entender a «leer» lo valórico desde coordenadas menos rígidas y más abiertas a la puesta en contexto de las prácticas culturales. En ese marco cobra sentido la invitación del autor a comprender lo valórico juvenil no como nuevas normas y jerarquías que fijan nuestra comprensión del quehacer juvenil sino como lentes que permiten interpretar y entender precisamente cuáles son las nuevas narrativas juveniles y desde donde emergen sus dimensiones valóricas en un contexto complejo y globalizado.

 

4. Cierre y (re) apertura para repensar la relación jóvenes/cultura

En primer lugar, quisiera plantear que en lo personal uno de los retos que plantea y revela la lectura de Metáforas del Chile contemporáneo tiene relación con la construcción de un marco conceptual (compartido) que permita articular la visión de juventudes asociada a los contextos generacionales y al tiempo biográfico —discutidas en la primera parte— con la mirada nómade de los estudios culturales propuesta en la tercera parte de Metáforas del Chile contemporáneo.

En efecto, la construcción de un planteamiento teórico sólido que permita plantear la concurrencia/encuentro entre la variable generacional (planteada como central en la primera parte del libro) con el cambio de contexto epocal (de signo cultural) que plantean, la diversificación de los valores juveniles, y la nueva centralidad de la cultura digital y el consumo cultural como espacios de producción de cultura juvenil.

Ligado a lo anterior nos quedamos con la expectativa de que el enfoque generacional constituya una de las líneas desde donde construir una agenda más integrada y balanceada de los estudios de juventud, que no excluya como tema la cultura juvenil. En ese sentido y retomando a Duarte, lo generacional sería un enfoque que podría tanto colocar «centralidad en lo juvenil como producción social y cultural diferenciada en cada época, y al mismo tiempo (podría) otorgarle historicidad a esas producciones».

El desafío es cómo articular y reconciliar el enfoque generacional con el enfoque cultural, dando espesor y densidad al análisis de las nuevas narrativas digitales y de consumo cultural y aportando a diversificar y ampliar la perspectiva generacional más allá de los ámbitos tradicionales desde donde se indaga la juventud.

Quizá un punto de partida y de encuentro sea analizar críticamente como estas nuevas prácticas desestabilizan y reconfiguran en nuevas matrices las antiguas jerarquías y estructuras del orden cultural hegemónico asociado a los espacios tradicionales de integración juvenil de la escuela, la familia y el trabajo. Resulta atractivo pensar en cómo se podría articular un macro proyecto de investigación en mundos juveniles que articulara la mirada sobre el ocio y el consumo con una mirada actualizada de la experiencia y subjetividades del trabajo juvenil en Chile.

Finalmente, tiene sentido, siguiendo la perspectiva de Canales, potenciar una discusión que integre la noción de juventud como tiempo biográfico con otras formas de propuesta de cambio estructural ancladas en el filtro territorializado que hacen de lo epocal las comunidades territoriales de jóvenes nómades y digitalizados en los territorios y espacios locales de las poblaciones, barrios y espacios públicos de nuestras ciudades.

Esto implicaría volver a pensar y discutir las relaciones entre política y cultura abriendo la mirada a las construcciones de sentido tanto de sujetos como grupos juveniles que construyen estilos de vida en relación a una agenda de nuevos temas urbanos como los de la calidad de vida, la sustentabilidad, la democracia participativa, el cuerpo, la sexualidad y la identidad sexual todos temas articulados a escenarios territoriales a la ciudad —entre comillas uno de los grandes ausentes en Metáforas del Chile contemporáneo— entre otros.

Al respecto quisiera plantear que es posible articular cultura juvenil con movimiento retomando la discusión sobre cómo se articula el tiempo-biográfico con el cambio epocal planteada por Canales y entendiendo el territorio de la ciudad como un lugar donde también se configuran luchas por el cambio de la estructura social. Solo en ese marco es posible entender en forma más amplia la participación colectiva de los jóvenes desarrolladas a partir de un conjunto de colectivos culturales, movimientos que cruzan y mixturan problemáticas locales con lenguajes culturales más amplios, más allá de la imagen reductiva de la tribu urbana.

Nos referimos a las manifestaciones de culturas juveniles que construyen historicidad y propuesta de cambio a partir ya de varias generaciones de movimiento contracultural en los espacios públicos de nuestras ciudades como las de jóvenes pertenecientes a estilos consolidados hace más de dos o tres generaciones como la cultura hip-hop, los skaters, en ciudades y poblaciones como Concepción, Valparaíso, Santiago y Antofagasta; los movimientos de las jóvenes que participan de los colectivos feministas y de género reivindicando sus derechos sexuales y su derecho a la autonomía; los y las grupos de jóvenes LGTB que luchan por sus derechos; y la participación más reciente, pero cada vez más visible de jóvenes en movimientos urbanos como motor de resistencia y propuesta de un cambio para y desde sus territorios (Aysén, Calama, La Legua, La Aurora de Concepción, entre otros).

 

Santiago (Chile), octubre 2014.

 

Nota

1 En esa línea otro texto clave que sistematiza las prácticas culturales juveniles desde la experiencia del trabajo comunitario de los noventa, dando pié a que emerjan la mútiples expresión de subjetividades juveniles de género, clase y generación lo representa la compilación hecha por Morales, Concepción y Jammet (1999).

 

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Recibido: octubre 2014; Aceptado: enero 2015.

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