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Magallania (Punta Arenas)

versión On-line ISSN 0718-2244

Magallania v.36 n.1 Punta Arenas jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442008000100002 

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MAGALLANIA, (Chile), 2008. Vol. 36(1):31-36

ARTÍCULO

EL COMERCIO SEXUAL ENTRE LAS MUJERES AÓNIKENK Y LOS FORÁNEOS

SEXUAL TRADE AMONG AONIKENK WOMEN AND OUTSIDERS

 

MATEO MARTINIC B.*

*Profesor Emérito, investigador Centro de Estudios del Hombre Austral – Instituto de la Patagonia. Universidad de Magallanes - Casilla de correo 113-D – Punta Arenas - Magallanes – Chile. Correo electrónico: magallania@umag.cl


RESUMEN

Se entregan nuevos antecedentes que permiten confirmar de manera fehaciente el ejercicio del comercio sexual entre las mujeres de la etnia aónikenk y los navegantes foráneos, principalmente foqueros y balleneros, que solían recalar en la costa patagónica del estrecho de Magallanes en plan de relación con los indígenas. Se indica como período probable de ocurrencia el que medió entre las décadas de 1830 y 1850 y se hacen algunas consideraciones y comentarios en torno a la excepcionalidad y novedad de la materia.

PALABRAS CLAVES: Comercio sexual, Aónikenk, Patagonia.


ABSTRACT

New records that confirm as authentic the exercise of commercial sex among women of the Aonikenk ethnic group and foreign sailors, are presented. Mostly seal hunters and whalers, who often ended up in the Patagonian coast of the Strait of Magellan planning to establish relations with indigenous people. Some moment in between 1830 and 1850 decades is indicated as the likely period of occurrence, and some considerations and comments on the uniqueness and novelty of the subject are presented.

KEY WORDS: Sexual trade, Aonikenk, Patagonia.


 

INTRODUCCIÓN

Tiempo atrás al escribir un ensayo histórico sobre los Aónikenk (Martinic, 1995), al abordar las costumbres étnicas nos ocupamos de la moral sexual de esos indígenas aceptando que las mujeres “habían sido algo livianas”, sobre la base de las noticias aportadas por distintos informantes durante el siglo XIX y los comienzos del XX. Así, las mismas podían caracterizarse por la infidelidad a sus maridos, de acuerdo con la opinión de Fitz Roy; por su lascivia, a juicio de Dumont D’Urville, y por alguna permisividad sexual ocasional, según Musters y Lista. Estas apreciaciones podían ser balanceadas con las afirmaciones de Ibar acerca del recato y pudor de las indias ante los extraños, y de Del Castillo, en este caso acerca de la presunta castidad de las mismas, afirmaciones que no parecían tan consistentes como para desvirtuar los asertos en contrario. De tal modo, podía concluirse, como se hizo, con la aceptación de una cierta laxitud y liviandad en lo tocante a las costumbre sexuales de las mujeres aónikenk. En este aspecto nos había llamado la atención la ausencia de referencias a la materia en los escritos de los misioneros Arms, Coan y Schmid, omisión que, siguiendo a Milcíades A. Vignati (En Schmid, 1964), podía atribuirse más bien y de manera intencionada al prurito puritano por el pudor propio de la religiosidad protestante, que al hecho de no haberse percatado de los hábitos morales femeninos durante sus respectivas permanencias entre los indígenas. Nada, por tanto autorizaba entonces pensar en que las licencias que las mujeres podían tomarse, hubiera permitido la práctica de una suerte de comercio sexual, más todavía de modo organizado.

Por ello resultó ser una noticia francamente sensacional la contenida en el diario inédito de Santiago Dunne, antiguo secretario de la Gobernación de la Colonia de Magallanes, que dimos a conocer con nuestras notas y comentarios (Martinic, 2000), en cuanto que, el mismo había sido informado por Centurión que algunos buques extranjeros de los balleneros y loberos que suelen tocar en la costa de la Patagonia, lo primero que de los Indios solicitan sus capitanes es un cargamento de mujeres igual al Nº. de hombres de que se componen sus tripulaciones. En estos casos los indios se empeñan para que sean elegidas sus mujeres con el objeto de que ganen tabaco y algunos otros artículos con que el cargamento vuelve a tierra.

Las solteras que no tienen padre regularmente son de la expedición porque las madres son fáciles para entregarlas. Por el contrario, los padres cuidan mas de las hijas, que de sus propias mujeres, de quienes hacen completa abnegación para estas partidas y otras ocasiones en que pueden ir a la parte2.

No obstante lo sorprendente y novedoso de la información, sobre la que no había razón para dudar respecto de su veracidad, sólo nos limitamos a comentarla en nota extensa al pie. Tiempo después, en la publicación de otro documento inédito, como el anterior fruto de un casual y feliz hallazgo (Martinic, 2001), encontramos un aserto parecido al precedentemente transcrito, aunque más escueto, debido a un autor anónimo.

Así, refiriéndose éste a los patagones o aónikenk, en parte expresa: Lejos de ser zelosos [los hombres], como muchos otros pueblos de la misma clase, ceden voluntariamente sus mujeres a los extranjeros i para lo cual acuerdan con la parentela i a la vez reciben la gratificación en que convienen.

Claramente el sexo como negocio entre los aónikenk quedaba en virtual evidencia. Algo sensacional.

Después de esta segunda y explícita referencia sólo cabía esperar encontrar alguna vez una tercera, tan fidedigna como aquéllas y, ojalá, con mayores pormenores que ilustraran suficientemente como para configurar la vigencia entre los aónikenk de un hábito de común recurrencia en la historia social de la humanidad.

Es lo que hacemos con este artículo al entregar y considerar una información tan precisa y detallada como podía esperarse.

LA PRESENCIA DE BALLENEROS, FOQUEROS Y MERCANTES EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES Y EL COMERCIO SEXUAL CON SUS HABITANTES ABORÍGENES.

Hacia fines del siglo XVIII se hizo manifiesta la riqueza de anfibios en las costas de la Patagonia, la Tierra del Fuego y las islas Malvinas, lo que unido a la abundancia de ballenas en sus mares contiguos conformó una razón suficiente para interesar a empresarios ingleses y norteamericanos, inicialmente y de modo principal, y más tarde, aunque de manera secundaria, también franceses. Esa explotación cobró relevancia a contar de la tercera década del siglo XIX y se mantuvo vigente aproximadamente hasta promediar el mismo.

El tráfico marítimo consiguiente, principalmente por el estrecho de Magallanes, fue de tal frecuencia que contribuyó a familiarizar a los pueblos aborígenes de su litoral, de modo particular a los aónikenk que habitaban la sección septentrional del mismo en el primer tercio del curso geográfico fretano de este a oeste, con la presencia de embarcaciones veleras, circunstancia que hizo posible un trato e intercambio amistoso con sus tripulaciones. Sitios preferidos y recurrentes para estos encuentros fueron los sectores litorales de las bahías de Posesión, San Gregorio -el paraje tradicional más importante de los aónikenk-, Oazy, Peckett y Laredo. Sobre estas relaciones han quedado diferentes referencias en cartas y descripciones de viajeros y en los registros de bitácora de las embarcaciones, documentos estos que en su mayoría se mantienen inéditos, pero que paulatinamente han venido siendo conocidos.

Es, precisamente, lo ocurrido con el hallazgo de un relato escrito por un tripulante del ballenero francés Fanny, sobre cuyos pormenores, en el aspecto que nos interesa, brinda una sabrosa información complementaria, y que ha sido publicado en fecha reciente (Jean-Baptiste Margain, Les Baleiniers au large des îles Malouines et du Chili. Campagne de la Fanny (1836-1839), La Découvrance Editions, Paris, 2006).

El relato comienza con el ingreso del ballenero galo al estrecho de Magallanes, por su boca oriental, el 10 de mayo de 1837. Tras advertir humos en la costa patagónica, el barco fondeó en un paraje que se nombra Sandy Patchi, quizás la amplia bahía que se abre entre el cabo Posesión y la punta Tandy, donde los franceses encontraron a un grupo aónikenk con cuyos integrantes tuvieron un breve trato pues la nave zarpó al día siguiente con destino a la bahía de San Gregorio, en cuya proximidad, hacia el oeste, los indígenas tenían el más importante de sus paraderos tradicionales. Pero aunque la permanencia en el lugar se prolongó por casi dos semanas en su espera, los naturales no se dejaron ver, por lo que el ballenero continuó la navegación Estrecho adentro. Pasada la Segunda Angostura y ya en proximidad de las islas Magdalena, Marta e Isabel, los franceses encontraron un bote que pertenecía a una goleta norteamericana, quienes les participaron sobre la presencia de una tribu aónikenk en las inmediaciones, con la que acababan de tener trato.

Fue así que la Fanny no demoró en allegarse al lugar indicado donde sus tripulantes avistaron en la playa a un grupo numeroso de indígenas. Era, con seguridad puerto Peckett, otro de los sitios de común encuentro entre los nativos y los foráneos que navegaban por el estrecho de Magallanes.

Allí, al cabo de algunas horas de relación los principales jefes se embarcaron y nosotros completamos nuestro cargamento con las mujeres que encontramos más jóvenes y más alegres (o tal vez las menos feúchas según nuestro parecer) y que, en vez de resistirse se agolpaban en torno nuestro y nos invitaban por señas a que las embarcáramos. Sin embargo de estar sobrecargados, llegamos a bordo sin problemas con nuestra preciosa carga. Regalamos a estas damas con lo mejor que teníamos y procuramos hacer que su estadía fuera lo más grata posible. No nos podíamos entender más que por señas, pero el lenguaje mímico utilizado entre nosotros no era menos elocuente ni menos persuasivo que las palabras. Nuestras Patagonas parecían comprender muy bien y se prestaron con la mayor complacencia a todos nuestros deseos. […] A la mañana siguiente, luego de haber hecho numerosos regalos a nuestras Venus patagonas y llenar sus bolsas de galletas, las llevamos a tierra y las condujimos a su campamento, algo alejado de la orilla. Fuimos recibidos tan bien como la tarde anterior. Los hombres se reunieron alrededor de las mujeres que conducíamos y tomaron parte del botín que ellas traían. Ellos parecían muy satisfechos de nuestro comportamiento y varios trajeron otras mujeres, animándonos para que las llevásemos con nosotros. Al cabo de varias horas de permanencia en el campamento, los cuatro botes embarcaron un nuevo cargamento femenino, ahora elegido más cuidadosamente que el primero. Era curioso vernos recorrer todo el campamento y buscar en los toldos para encontrar una belleza que nos conviniera. Cuando se hacía nuestra elección nos bastaba una señal y la gentil Patagona batía sus palmas, gritaba de alegría y se apuraba en seguirnos. Nuestra marcha desde el campamento a los botes era triunfal. Cada uno de nosotros llevaba del brazo a su dama adornada con sus mejores galas. Cada uno llevaba consigo a dos mujeres porque era necesario pensar también en los que aguardaban a bordo. […] Festejamos a estas damas como a las anteriores y las devolvimos a tierra a la mañana siguiente. Pero debido al desagrado de aquellas que no habían podido disfrutar de una tan buena ganga, llevamos más mujeres a bordo. Esta amable relación prosiguió en tierra hasta nuestra partid 3.

Fig. 1 Escena que muestra el trato de los Aónikenk con los foráneos en su campamento de bahía San Gregorio, según grabado incluido en el libro Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas de Federico Lacroix (Barcelona, 1841).

ALGUNAS CONSIDERACIONES A MODO DE CONCLUSIONES

1.- Las referencias documentales y la relación transcrita permiten concluir sin lugar a duda que el comercio sexual entre las mujeres aónikenk y los foráneos que solían arribar a su territorio tuvo plena vigencia. Empleamos el concepto “comercio sexual” en vez del de prostitución por cuanto hay un matiz diferencial entre ambos, no obstante que uno y otro se refieren al trato carnal entre hombres y mujeres mediante pago. En la segunda modalidad es la mujer la que ofrece su cuerpo por una remuneración convenida; en la primera forma -y vale especialmente para el caso- además del consentimiento femenino hay una intervención de terceros, esto es, el padre, la madre u otra persona con autoridad que hace de agente contratador, a semejanza de los proxenetas en los lenocinios organizados, lo que unido a la ocasionalidad aperiódica del trato sexual, justifica el uso del concepto que lo define.

Este comercio sexual parece haber estado acotado en el tiempo a las décadas de 1820 y 1840, o quizás menos, restricción que inferimos de la falta de referencias sobre tal actividad con anterioridad y posterioridad a tal lapso, más allá de la supuesta intencionada omisión de algunos informantes. Si así pudo ser, el período de vigencia para el comercio sexual interétnico habría coincidido con el tiempo en que parece haber alcanzado más intensidad el tráfico de cazadores y mercantes (a veces lo uno y lo otro) por el estrecho de Magallanes. Pero en tanto no se disponga de más evidencias documentales sobre tal movimiento marítimo, lo expuesto no pasa de mera hipótesis.

La prostitución femenina, práctica inmemorial en la humanidad, no es una novedad en lo que se refiere a los aborígenes americanos, pero sí lo es en el caso de que se trata, por ser una actividad organizada de vigencia histórica excepcional entre los pueblos australes.

2.- La convivencia temporal entre los aónikenk y los foráneos, con o sin trato carnal, debió permitir el contagio de enfermedades diversas a los nativos, incluidas las connaturales al comercio sexual (blenorragia, sífilis), algunas quizás epidémicas como la neumonía, la difteria y la viruela, entre otras, sobre cuya vigencia entre los indígenas hay información (Schmid, Musters). Es difícil, si no imposible determinar su grado de responsabilidad en la morbilidad y mortalidad de los aónikenk, cuya demografía entre los años de 1820 y 1880, registró un descenso del millar y medio de almas calculado por Fitz Roy (1833), a los tres centenares de Roncagli (1883), lo que significa una caída a un quinto del primer total en medio siglo, un resultado que ciertamente impresiona por su magnitud. Esta caída demográfica fue debida a varias causas concurrentes, entre las que deben señalarse por su eficacia mortal, a la larga, las patologías epidémicas recibidas por los indígenas en su contacto con los civilizados, aspecto sobre el que ya habíamos hecho consideraciones precedentes (Martinic, 1995). Cabe agregar ahora, a la luz de lo expuesto en este trabajo, la probabilidad de que el trato sexual pudiera añadir más eficacia al lamentable fenómeno de la extinción de la etnia aónikenk.

Esta consideración vale igualmente para el caso de los yámana para quienes el trato interétnico con los foráneos (roqueros o loberos) guarda semejanza al conocido para los aónikenk, y tal vez para el de los kawéskar, cada uno con sus propios matices diferenciales.

3.- El conocimiento de lo acontecido a los tripulantes del ballenero Fanny, permite, por otra parte, hacer otras consideraciones de interés.

Así, procede revalorizar en grado de importancia lo que debió ser el tráfico marítimo por el estrecho de Magallanes desde su origen en época indeterminada de los años de 1810 hasta los de 1850, respecto de cuyo desarrollo aún se carece de suficiente información, pero que, de tarde en tarde, se perfila mejor gracias al hallazgo o a la publicación de nuevos antecedentes mayormente inéditos, como son los logs o bitácoras de los barcos y los diarios o cartas de pasajeros o tripulantes. El mismo debió favorecer el contacto y el trato con los indígenas comarcanos, en especial con los aónikenk.

También reafirma, a nuestro juicio, la preferencia de la etnia mencionada por las comarcas del estrecho de Magallanes por sobre otras zonas de su territorio histórico, desde Dungeness hasta la bahía Laredo. Abundan las razones de carácter ambiental y de recursos naturales para justificarla, a la que, si falta hacía, se sumó en el tiempo la de la convivencia derivada del paso marítimo de los foráneos. Paulatinamente se conocen nuevos antecedentes que hacen posible esta comprensión.

Por fin, es evidente que se ratifica la importancia histórica de Santos Centurión como informante fidedigno para los foráneos en lo tocante a la vida aónikenk durante los años de 1820 a 1850 (como lo fue para los franceses en el contacto que nos ocupa y en el que, aunque no se dé su nombre, está claro que de él se trata). Sus diferentes datos y noticias han permitido y permiten mejorar el conocimiento acerca de la cotidianeidad y hábito de los cazadores recolectores de la Patagonia austral oriental, como es ahora, por ejemplo, su referencia a la preferencia grupal respecto del uso de los territorios de caza (pág. 94). Centurión es una personaje que ciertamente merece más atención y bien vendría encontrar nuevos datos sobre su presencia entre los aónikenk, donde, está visto, tuvo buena acogida y gozó de gran predicamento.

 

NOTAS:

2 Lo destacado es nuestro.

3 Op. Cit., págs. 92-94. Traducción del autor; lo destacado es nuestro.

 

FUENTES DE CONSULTA

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(IBAR SIERRA, ENRIQUE) 1878 Relación de los estudios hechos en el estrecho de Magallanes i la Patagonia austral durante los últimos meses de 1877, por el Ayudante del Museo Nacional de Chile don ... Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, vol. 5, págs. 3-95, Santiago.         [ Links ]

FITZ ROY, ROBERT 1933 Narración de los viajes de levantamiento de los buques de S.M. "Adventure" y "Beagle" en los años 1826 a 1830. Biblioteca del Oficial de Marina, Buenos Aires.         [ Links ]

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MUSTERS, JORGE CH. 1964 Vida entre los Patagones. Solar-Hachette, Buenos Aires.         [ Links ]

SCHMID, Teófilo 1964 Misionado por Patagonia Austral. Academia nacional de la Historia. Buenos Aires.         [ Links ]


Recibido: 01/04/2008
Aceptado: 26/05/2008

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