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Magallania (Punta Arenas)

On-line version ISSN 0718-2244

Magallania vol.36 no.1 Punta Arenas June 2008

 

MAGALLANIA, (Chile), 2008. Vol. 36(1):125-132

NOTAS Y COMENTARIOS BIBLIOGRÁFICOS*

 

LAS COMUNICACIONES A DISTANCIA EN MAGALLANES. Mateo Martinic y Claudio Buratovic. ENTEL- METHANEX. 24x24 cms. 150 Págs. Punta Arenas, 2007.

 

Nuevamente tenemos en nuestras manos un tema sobre Magallanes, esta vez, las comunicaciones a distancia y su evolución a lo largo del tiempo, por Mateo Martinic y Claudio Buratovic, un trabajo de 147 páginas editado por Prensa Austral, Punta Arenas, 2007.

Este libro está estructurado en tres grandes partes correspondientes a los tres períodos históricos de la evolución de las comunicaciones en Magallanes. La primera parte trata de las comunicaciones primitivas y elementales donde se pasa revista a las comunicaciones del mundo aborigen hasta la ocupación colonizadora del territorio. La segunda parte aborda la incorporación de tecnologías mecánicas en las comunicaciones a distancia y abarca desde la introducción del telégrafo y el teléfono hasta la telecomunicación visual. La tercera parte dice relación con la modernidad comunicacional y el advenimiento de las comunicaciones satelitales.

El aislamiento ha definido la región magallánica a lo largo de su Historia. La tardía ocupación del Estrecho obedece precisamente a las dificultades que durante los siglos XVI, XVII y XVIII impidieron el asentamiento colonizador en esos extremos del Imperio. Por entonces la única comunicación posible era marítima, y al principio, una aventura, como los fracasados establecimientos de Sarmiento de Gamboa y los proyectados más tarde y nunca concretados durante el Período Indiano.

No hay pues una región en Chile donde la comunicación haya sido el Ieif motiv de su existencia, como ésta de Magallanes, y a ello se abocan los autores de este libro para estudiar las comunicaciones en el interior y hacia fuera a lo largo del tiempo.

Martinic y Buratovic comienzan con las fogatas y humos, gestos, gritos y faroles indígenas para comunicarse entre sí y con los primeros navegantes europeos. Estos que surcaron esas aguas desde el siglo XVI al XX, usaron ocasionalmente curiosas formas como “servicio postal” muy sui generis hasta el establecimiento de la colonia de Magallanes y la formalización de las comunicaciones postales ad hoc; luego la Pacific Steam Navigation Company (1868) que vinculó regularmente (primero mensual, después quincenal y mas tarde semanal) Punta Arenas con Europa y resto de Chile y América, significó entre 1870 y 1871 un ingente número de piezas postales, certificados, cajas, muestras, notas oficiales e impresos (diarios y periódicos), entrados y salidos. Eran los inicios. En 1871 ya estaban vigentes los giros postales, que coexistían con las señales de humo o modo indígena de comunicarse en los distritos marginales de la colonización, y en el mar las banderas y señales acostumbradas en los barcos y en los establecimientos costeros. Y una curiosidad: palomas mensajeras traídas de Inglaterra, utilizadas entre 1899 y 1902.

Si en el tema marítimo abundan las novedades de interés para el historiador, la comunicación terrestre nos introduce en la frontera geográfica de la pampa con los originales correos montados conocidos como estafeteros o valijeros, y los pintorescos cocheros, en fin, “correos de tierra” como también se les llamaba, y luego los “autos- correo” junto con la aparición de los buzones camineros a principios del siglo XX o más propiamente, buzones de estancia.

Entre 1895 y 1898, Punta Arenas incrementó su población pasando de 3.200 a 7.000 habitantes con un alto porcentaje de europeos. Aparece el telégrafo inalámbrico para comunicar el faro Punta Dúngenes con Punta Arenas, un cambio radical y moderno que preparó la aparición del telégrafo en la ciudad austral y muy luego se extendió al ámbito rural seguido al poco tiempo de la radiotelegrafía que a principios del siglo XX se proyectó, aunque sin éxito, a Ancud, como tampoco fructificó el intento de comunicar Punta Arenas con Valparaíso en 1905, aunque finalmente concretado en 1914.

Los autores se detienen a presentar el estado de las telecomunicaciones interregionales y mundo exterior entre 1920 y 1950, es decir, después de la apertura del Canal de Panamá, con la consiguiente disminución del tráfico marítimo por la vía austral. Por entonces aumentó la circulación terrestre con automóviles, camiones y buses desde Punta Arenas a Puerto Natales y Río Gallegos, junto con el formal transporte de correspondencia de Correos y Telégrafos, y luego también la sustitución del correo marítimo por la vía aérea, pero además una mejor atención de los centros poblados rurales con agencias y estafetas en Río Seco, Cerro Sombrero y Puerto Edén entre 1965-1970, así como el Servicio Postal Antártico en la base Rodolfo Marsh-Presidente Frei, isla Rey Jorge, cuando Punta Arenas contaba con más de 70.000 habitantes en 1960, preparando el terreno para la irrupción de la telecomunicación visual.

Así se ingresa al tema de nuestros días con la comunicación moderna, el advenimiento del satélite, la automatización telefónica de larga distancia, el papel de la televisión regional comercial, en fin, el internet que puso fin a la época histórica de las cartas y telegramas, aunque no del todo.

Los autores finalizan con una reflexión romántica y otra valórica que les permite hacer un recuento del largo tiempo de la comunicación tradicional y el corto, pero acelerado período actual del sorprendente desarrollo tecnológico en los últimos veinte años, pero despersonalizado y menos formal que el antiguo, en el que eran “más perceptibles el tacto y el corazón”. Al referirse al ordenador personal y al internet, dicen: “puede esperarse que esa necesidad de uso razonable devenga en un hábito de carácter compulsivo que acabe generando una dependencia tecno-comunicacional de consecuencias impredecibles para la sociedad en lo referido a la libertad del hombre que lleve a poner en duda la certidumbre acerca de si el extraordinario adelanto conseguido es, de verdad, razón de mayor bienestar para los humanos”.

Después de leer este interesante libro nos quedamos agradablemente prendidos en los años de las cartas que no conocían fronteras, cuando la gente de este y el otro lado de la Cordillera se “carteaba” y llevaba los “encargues” a mano entre Punta Arenas y Río Gallegos, en tiempos en que estaban emparentados los de Natales, Chonchi, Esquel o Comodoro Rivadavia vinculados a través de la comunicación personal como en los años cuarenta y cincuenta que dibujan muy bien el cuadro de cómo se vivía y relacionaba la gente en el confín austral.

Un libro novedoso y oportuno, al tiempo que un tema muy poco estudiado en Chile, como son los caminos terrestres y marítimos en el confín del país, así como el correo asociado a ellos, del que tenemos una primera aproximación en el libro de Isidoro Vásquez de Acuña, Las vías de comunicación y trasporte australes (siglo XVI Al XX), (Santiago, 1999), y algunas notas que hemos escrito sobre caminos y el correo en Chiloé a principios del siglo XX en La vida en Chiloé en tiempos del fogón (Valparaíso, 2002), que ilustran en parte lo que puede significar un tema como el tratado en el libro que comentamos, por la importancia de las comunicaciones en la consolidación del sentido de patria e integración territorial.

Mirado el tema desde ese extremo de Chile y del continente, como es Magallanes, cobra una dimensión distinta toda vez que la propia existencia de aquella región se debe a un temprano sistema de comunicación, todo lo precario que se quiera, pero gracias a ello el extremo austral se fue perfilando en el siglo XIX como futuro asentamiento colonizador. Mateo Martinic conoce muy bien la historia de los navegantes europeos desde el siglo XVI hasta el XIX, y pudo, para este libro, ofrecer al lector noticias desconocidas sobre las primeras formas de comunicación, aunque practicadas antes en otras partes, como el mensaje en botella o el curioso barril amarrado a un árbol, que nos ilustra sobre lo que era navegar por aquellos mares y sentir la soledad antes de la presencia chilena estable en Fuerte Bulnes.

No eran muy distintas las formas de comunicación de los navegantes españoles en la porción norte del islario magallánico. Las expediciones del siglo XVII, de los jesuitas del XVIII, hasta las militares y de reconocimiento geográfico enviadas por los gobernadores de Chiloé en la segunda mitad del mismo siglo hacia los laberintos australes, temas que Martinic ha estudiado - en cuanto a expediciones y, por lo mismo, con otro objetivo - en su Historia de la Región Magallánica, y en De la Trapananda al Áysen. Pinturas en el rostro, polvos blancos en el cuerpo, gestos, voces, actitudes indias incomprensibles que forman parte también de los primeros encuentros y de las primeras interpretaciones del hombre blanco sobre lo que querían comunicar los naturales. Este tema, tan poco trabajado por la historiografía, se inscribe en lo que ha aportado George Frederici y Serge Gruzinski para América del siglo XVI y sugiere una veta interesante para los historiadores y particularmente para los antropólogos.

La colonización europea del XIX con la experiencia traída desde el Viejo Mundo explica también la rápida introducción de tecnología comunicacional vigente en Europa para hacer posible los negocios de la naciente economía regional.

Especial interés por la evocación pionera del correo son los pintorescos pasajes relativos los correos-valijeros que recorrían las estancias del interior y Tierra del Fuego, así como los llamativos buzones que decoraban la estepa, cuyo paralelo se hallaría, tal vez, en Australia y en la pampa argentina de la época, todo lo cual resulta más sugerente y atractivo para el historiador que la tercera y última parte del libro referida a la comunicación moderna, que como los autores reconocen, resulta más fría y despersonalizada. Y es cierto, la carta escrita a mano, el sobre, el sello postal, el correo, el buzón y el cartero hablan de una época en que la comunicación se llamaba “correspondencia”, cuando todo llegaba en vapores y el valijero era el personaje importante que distribuía a mano por el interior y conocía a los destinatarios por sus nombres. Desde luego, que además de las reflexiones que el tema sugiere, en este libro hallamos a cada paso datos desconocidos y del todo ausentes en Chile Central: modos locales de comunicación interior, distancias insólitas entre lugares, estancias diseminadas por el paisaje monótono así como entre Punta Arenas y las islas habitadas como Puerto Edén en los años sesenta.

Cuando aparece la radio, ésta se transforma en un vehículo extraordinario de comunicación entre Punta Arenas y los interiores. Algo parecido cumple todavía la radio “Chiloé” de Castro para enviar “mensajes” a las islas del archipiélago y a los coterráneos residentes en la Patagonia. Idéntico papel es el de Punta Arenas en los albores de la radio.

Creemos que no se podría entender la chilenidad de Magallanes sin conocer la evolución de las comunicaciones con el resto del país. Su importancia es a todas luces obvia, pero necesitaba de un estudio específico que diera cuenta del proceso que al mismo tiempo que permite conocer cómo se va integrando esa extrema periferia al ritmo nacional, se advierte que la Magallania no ha perdido su manera específica de vivir esa chilenidad, aún hoy, cuando la moderna comunicación ha reducido todas las distancias y empequeñecido el globo.

Pero me impresiona más la comunicación interna, por más humana y porque nos ilustra sobre la relación de Punta Arenas con su hinterland de un modo, al principio, más elemental como era en su etapa de frontera, cuando el mundo de la tierra adentro estaba en proceso de integración. Esto nos recuerda otro de los trabajos de Martinic, el de los hoteles, pensiones y simples refugios que con el título de La hotelería en el antiguo Magallanes (1870-1950), contenido en Magallania, Vol. 33 (Punta Arenas, 2005), se ocupa de ese otro modo más personal de comunicarse la gente, “noticiarse” le llamaban, con cierto parecido a las relaciones en los espacios interiores de Estados Unidos de la misma época.

Las fuentes que han servido de base a este estudio reflejan que nada se ha descuidado. Un gran conjunto de documentos para cada una de las tres partes en que se divide el libro dan sustento al estudio y confirman la seriedad que caracteriza la obra de Martinic, ahora con el aporte de Buratovic en su especialidad de ingeniero, que en este caso, suponemos más centrado en la tercera parte relativa a la comunicación moderna.

Desde el punto de vista formal el libro está hermosamente ilustrado: fotografías, dibujos, reproducción de textos de propaganda de los diarios de la época, etc. Las secuencias de ilustraciones resultan tan oportunamente incluidas en cada capítulo que por sí mismas permiten darse cuenta de la evolución de las comunicaciones. Y algo agradable que queda en la retina: los coloridos buzones de las estancias que gráficamente nos hablan de una época, así como los bolsones de cuero de los carteros, tan bien conservados en el museo magallánico, o los primeros teléfonos, en fin, fotografías de las viejas oficinas que había en Punta Arenas en el siglo XIX y principios del XX.

Un libro agradable de leer porque habla de cómo se construye la vida en esos extremos separados del Chile tradicional por la distancia y las infranqueables barreras geográficas. Hay mucho en común en esos territorios que se extienden más allá del Canal de Chacao, y mucho esfuerzo individual, colectivo regional y estatal por formar parte del todo nacional, como en Chiloé y Aysén, sin perder por eso la identidad local.

El caso de Magallanes es elocuente. En su diversidad radica la riqueza del país y eso lo saben bien los autores Martinic y Buratovic.

 

Rodolfo Urbina Burgos

 

NOTAS:

* Sección destinada a informar y comentar únicamente sobre libros relacionados con la Patagonia, la Tierra del Fuego y regiones adyacentes.

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