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Magallania (Punta Arenas)

versión On-line ISSN 0718-2244

Magallania vol.41 no.1 Punta Arenas  2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22442013000100001 

ARTICULOS

 

LOS AÓNIKENK ¿EPITOME DEL BUEN SALVAJE?

THE AÓNIKENK. EPITOME OF THE NOBLE SAVAGE?

 

Mateo Martinic B.*

*Profesor Emérito e investigador. Centro de Estudios del Hombre Austral, Instituto de la Patagonia, Universidad de Magallanes, Chile. mateo.martinic@umag.cl


RESUMEN

La relación entre los aborígenes americanos y los foráneos durante el extenso lapso transcurrido entre la llegada de los europeos a fines del siglo XV y los comienzos del siglo XX ha sido una materia de interés permanente para historiadores y etnógrafos, habiéndose generado innumerables estudios y consideraciones sobre la materia en lo tocante a sus consecuencias para los pueblos originarios. En ese contexto nos ha parecido interesante considerar el caso de la etnia aónikenk tanto por la prolongada vigencia de la relación que pudo darse entre sus miembros y los foráneos, cuanto para determinar su carácter, sobre la base del análisis de los contactos históricamente documentados. Ha podido comprobarse así que ese trato fue abrumadoramente pacífico, circunstancia que puede ser explicada por la natural buena disposición o índole de los indígenas, que de ese modo ha quedado para la posteridad como un rasgo distintivo excepcional digno de conocimiento.

PALABRAS CLAVE: Patagonia, etnografía, aónikenk, relaciones interculturales.


ABSTRACT

The relationship between aboriginal americans and foreigners during the extended period between the arrival of Europeans in the late XVth and early XXth century has been subject of constant interest for historians and ethnographers, having created countless studies and considerations on the subject in terms of its implications for indigenous people. In this context, it seemed interesting to consider the case of Aónikenk ethnic group, both because of the long lasting validity of the relationship between its members and outsiders and for determining their character, on the basis of the analysis of historically documented contacts. So it has been established that the relations were overwhelmingly peaceful, circumstance that can be explained by the good disposition or character of the natives, which has thus persisted to posterity as a feature worth exceptional knowledge.

KEY WORDS: Patagonia, ethnography, aonikenk, intercultural relations.


 

INTRODUCCIÓN

Promediando el siglo XIX tuvieron alguna difusión dos noticias que daban cuenta del ataque de los indígenas patagones en contra de tripulantes de naves que habían recalado en las costas orientales del territorio meridional americano, circunstancia que generó preocupación en ambientes vinculados con el comercio marítimo de Europa y Norte América por cuanto pudieron poner en duda la hasta entonces tenida por certidumbre de poseer los naturales de la Patagonia austral continental (costas sudoriental y sur) una índole favorable a la interrelación amistosa con los foráneos. Estos fueron los casos del ataque al bergantín Avon (1847) y el secuestro de Benjamín Bourne (1849), a los que después se añadió la noticia del asesinato del gobernador de la Colonia de Magallanes Bernardo Philippi (1852), casos estos que más adelante se analizan con detenimiento. A estos se agregó en su hora la repercusión que tuvo la divulgación de lo acontecido a Auguste Guinnard, un viajero francés capturado por los indios que merodeaban por las llanuras del norte de la Patagonia y por la pampas de Buenos Aires, y retenido por los mismos entre 1856 y 1859, hecho sobre cuyos pormenores el mismo relataría en un libro que alcanzó una gran notoriedad por la época (Tres años de cautividad entre ¡os Patagones, París 1861). La proximidad temporal que se dio entre estos sucesos pudo si no alarmar, a lo menos mover a preocupación a muchos que pudieron preguntarse entonces acerca de cuál podía ser la índole de los indígenas de la Patagonia (si agresiva o pacífica) y cuál la confiabilidad que podía tenerse en los mismos ante la eventualidad de repetición de tales experiencias que recordaban lo acontecido en siglos anteriores, cuando los europeos quisieron establecer las primeras relaciones con los habitantes autóctonos, circunstancia en la que fueron comunes los actos de violencia interétnica o, si se prefiere, intercultural. Pero lo cierto es que nunca más se sabría sobre nuevos hechos de tal especie.

Así las cosas, nos ha parecido de interés hacer una revisión acerca de lo acontecido en la materia -encuentros interétnicos (aborígenes-foráneos) y su carácter- desde el principio del siglo XVI hasta los inicios del siglo XX, vale decir, durante los cuatros siglos de vigencia histórica de las etnias australes, centrándonos en el caso de los aónikenk que consideramos paradigmático.

Para ello, de partida es preciso dilucidar de qué pueblos indígenas se trató, incluyendo el espacio geográfico de su pertenencia, para circunscribir la consideración únicamente al grupo humano meridional en tanto que sujeto de nuestro interés directo. Así se impone su singularización a base de los estudios etnográficos de general aceptación entre quienes se interesan por la especialidad como son los historiadores, antropólogos y arqueólogos.

Al presente y teniendo en vista lo expuesto por Rodolfo Casamiquela hace poco más de dos décadas y referido al ámbito étnico generalmente conocido como Tehuelche o Patagón1, cuyo hábitat territorial se extendió sensu lato desde el suroeste de las pampas bonaerenses (latitud aproximada 36° S) hasta el estrecho de Magallanes, entre el pie de monte andino y el océano Atlántico, se acepta para el mismo la siguiente zonificación simplificada de norte a sur según se la ha conocido desde comienzos del siglo XVIII: a) Tehuelches septentrionales boreales; b) Tehuelches septentrionales australes; c) Tehuelches meridionales boreales; d) Tehuelches meridionales australes, cuyos territorios particulares estaban definidos en general por los ríos Colorado o Negro para los dos primeros grupos en lo correspondiente a su límite sur, por el río Chubut entre el segundo y el tercero y por el río Santa Cruz entre el tercero y el último.

A su vez, tanto en la parte norte como en la austral los tehuelches se relacionaban con otros pueblos como los pehuenches y los manzaneros en el noroeste (Neuquenia) y con un conjunto de otras etnias cazadoras que habitaban el sur de Cuyo y el centro y noreste de las pampas de Buenos Aires. La etnografía moderna singulariza, diferenciándolas entre sí, a todas estas naciones según sus grupos componentes en el interior de sus correspondientes territorios y respecto de las limítrofes con los mismos en una dinámica existencial tradicional definida por el nomadismo, hábito acentuado desde la incorporación del caballo doméstico a sus formas de vida a partir del siglo XVII, y además por la intensa relación interétnica.

Sin otro interés que el de brindar una información necesaria para el debido entendimiento de la materia principal que nos ocupa y siguiendo a Casamiquela, cabe señalar que en el conjunto definido como "Tehuelches Septentrionales Boreales" se comprendían los Pampas (Serranos, Moluches y otros), los Puelches, Picunches, Mamuelches y Tehuelches septentrionales propiamente tales, además de los Mapuches que procediendo de Chile habían penetrado en las primeras décadas del siglo XIX en el territorio norpatagónico dominándolo y ejerciendo sobre sus habitantes un fuerte influjo cultural. Estos grupos confinaban y se relacionaban hacia el occidente con los Huarpes de Mendoza, los Pehuenches y los Manzaneros2.

Los "Tehuelches Septentrionales Australes" eran los Guenénaken (habitantes de la cuenca del río Negro). Los "Tehuelches Meridionales Boreales" se subdividían en los Chehuáchekenk (que moraban en la cuenca del río Senguerr y en la del río Chubut), los Téushenkenk, que poblaban en la vertiente andina oriental central, y los Mecharnúekenk que ocupaban la cuenca del río Deseado. Y, por fin, los "Tehuelches Meridionales Australes" que no eran otros que los Aónikenk con territorio histórico entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes, la precordillera y el Atlántico, quienes tenían una relación frecuente con sus vecinos boreales los Mecharnúekenk3. Es a ellos, precisamente, a quienes se puede identificar con los patagones históricos, no obstante que el lugar del primer avistamiento (la bahía de San Julián) se sitúa algo al norte del río Santa Cruz entendido como límite geográfico septentrional de la etnia.

La razón de esta información, se reitera, está en la comprensión que debe hacerse tocante a la complejidad étnico-cultural de los conjuntos homogéneos o "naciones" que durante siglos fueron tenidos como un único gran pueblo al que se denomino Patagones, nombre derivado de aquel que fuera impuesto por el navegante Fernando de Magallanes a los aborígenes con los que se encontró y con los que se relacionó en la bahía de San Julián a partir de abril de 1520. De allí que al tratarse de patagones en general y sobre la base señalada, es preciso entender que la atribución de tal identificación a un grupo determinado más pudo responder a la aceptación de la divulgada creencia general que a una singularización étnica según sus naturales características definitorias.

Fue esto sin duda, lo ocurrido con Guinnard (y con muchos de cuantos se han ocupado de su aventura) durante su dura experiencia de 1856 a 1859, lapso en cuyo transcurso es claro que asumió la comprensión común en boga sobre el universo indígena de la región septentrional de la Patagonia y de las Pampas. Así explicado y entendido, cabe excluir a los Pampas y Moluches -sus captores y amos sucesivos- en tanto que "patagones sui generis", del mundo patagónico propiamente tal y, con mayor propiedad, del patagónico austral, solar tradicional de los aónikenk que como grupo étnico fuera el protagonista histórico de los encuentros interculturales que nos interesa estudiar.

Si bien las otras etnias australes -sélknam, kawésqar y yámana- tuvieron contactos con los foráneos durante el extenso período de que se trata, los mismos estuvieron signados más por la violencia agresiva que por el trato pacífico, como se ha documentado por el registro histórico, circunstancia que los deja fuera de consideración en tanto que partes del conjunto restante del mosaico étnico y a los aónikenk como la excepción que justifica un estudio particular.

 

I. ENCUENTROS INTERCULTURALES (1520-1924)

A lo largo de cuatro siglos desde el memorable avistamiento de indígenas en la costa de la bahía de San Julián por la gente de las naos de la expedición comandada por Fernando de Magallanes en un indeterminado día del otoño o del invierno de 1520 -tan bien relatado por el cronista Antonio Pigafetta-, hasta los encuentros que tuvo durante 1924 el etnógrafo Martín Gusinde con los últimos aónikenk en zonas del interior del sur del Territorio de Santa Cruz, tuvieron ocurrencia más de un centenar de encuentros (no menos de ciento veinte de acuerdo con nuestro registro) entre los habitantes originarios de la Patagonia sudoriental, los aónikenk según se los ha definido, y los foráneos que tocaron su litoral (Tabla 1). En este respecto tenemos la certidumbre acerca de ser los registrados sólo una parte, sin duda mayoritaria, de cuantos tuvieron ocurrencia histórica en tales lugares, pues es seguro que de otros no quedó constancia suficiente, circunstancia que no invalida el valor cuantitativo de la compulsa realizada4.

Tabla 1. Encuentros interétnicos (foráneos - Aonikenk) documentados en patagonia Austral entre los siglos XVI y XIX.

Explicación para los distritos geográficos puestos entre paréntesis C.A.: Costa Atlantica; E.M.: Estrecho de Magallanes; R.S.C.: Río Santa Cruz; E.R.S.C.: Estuario del río Santa Cruz; Z.S.S.C.: Zona rural de Santa Cruz; D.C.O.M.: Distrito Centro-Oriental de Magallanes; U.E.: Ultima Esperanza; Z.S.S.C.: Zona sur de Santa Cruz; M.I.: Magallanes interior.

Para la mejor compresión de la materia precisamos el concepto "encuentro", que entendemos como cualquier tipo de contacto interpersonal de duración indeterminada que se dio a la vista recíproca de residentes y arribados, que hizo posible o se quiso que así fuera, un trato o relación de mutuo provecho. Ello en teoría pues como se verá del análisis de lo acontecido, en la práctica no siempre fue según se deseaba.

Luego, en lo tocante a las fuentes que informan sobre tales hechos, en una revisión tan exhaustiva como se ha podido hacer en libros, relaciones e informes impresos y en documentación inédita, se las ha utilizado valorando las noticias que suministran, desde relatos descriptivos extensos hasta meras referencias hechas al pasar sin mayores pormenores, pero, es claro, siempre útiles. Sin embargo de tomarse nota de los encuentros y de la apreciación de su carácter, la ponderación ha estado condicionada por la calidad de la información suministrada (fiabilidad, pormenorización descriptiva, consideraciones de los protagonistas foráneos acerca de lo acontecido), ello en procura de la más cuidadosa valoración del dato testimonial con miras a la formulación de la hipótesis conclusiva.

Si de una parte los protagonistas fueron los aónikenk, de la otra se dio toda la variedad posible de imaginar: navegantes, viajeros, exploradores científicos, loberos (foqueros), balleneros, marinos mercantes, misioneros, baqueanos, comerciantes ambulantes (faltes o buhoneros), trabajadores rurales, estancieros y colonos, autoridades chilenas de Fuerte Bulnes y Punta Arenas, autoridades argentinas de Santa Cruz, en fin, lo que hace posible comparar cuando ha sido el caso los diferentes testimonios y diferenciar su valoración. En este respecto cabe tener presente que lo que ha interesado es cada encuentro y su carácter, sin importar que el protagonista foráneo haya sido el mismo, o sea, cada acto de la especie que se ha registrado vale por sí mismo. La duración de ellos, cuando ha podido determinarse, fue igualmente diferente variando entre los de horas y días que hacen la mayoría del registro, hasta aquellos de trato prolongado por meses y años, aspecto este que igualmente ha sido ponderado según los casos para la mejor evaluación de estos actos de relación intercultural.

En cuanto a los lugares de ocurrencia de los encuentros de que se trata, estos tuvieron lugar en el litoral sudoriental de la Patagonia comprendido entre el río de Deseado y Fuerte Bulnes con una abrumadora predominancia de los que acontecieron entre el estuario del río Santa Cruz y la costa central de la península de Brunswick, en la que el primer paraje mencionado y la bahía de San Julián hacen la excepción. Ahora bien, los acaecidos en lugares costeros se concentran en el litoral del estrecho de Magallanes en parajes históricos tales como San Gregorio, circunstancia que afirma su conocida importancia como paradero (o complejo de paraderos) de carácter tradicional para la etnia aónikenk y que fundamenta al propio tiempo la afirmación que hemos hecho en otros trabajos acerca de la preferencia territorial de la misma por los campos del sector meridional del distrito sudoriental patagónico, con una vigencia histórica prolongada desde 1526 a 1867. También destacan como lugares recurrentes de encuentros los asentamientos civilizados permanentes (Fuerte Bulnes, Punta Arenas, factoría del islote Pavón) en tanto que su vigencia conformó desde un principio razón suficiente de convocatoria para los indígenas debido a su interés en el intercambio mercantil. El período comprendido en general entre 1860 y 1924 corresponde al tiempo de penetración y establecimiento de los foráneos en las zonas interiores del territorio meridional, circunstancia que permitió la recurrencia de los encuentros entre los aborígenes y los venidos de afuera.

Con estas precisiones necesarias cabe ocuparse del carácter de los encuentros que interesan, esto es, si fueron de paz o de agresión, por tratarse de la materia principal en la consideración que nos ocupa.

En lo general, de los 120 casos compulsados la abrumadora mayoría (sobre el 90%) fueron sucesos pacíficos y únicamente nueve fueron propiamente de agresiones o enfrentamientos violentos, restando otros tres actos que tuvieron un carácter mixto, vale decir, que fueron hechos que se iniciaron pacíficamente y acabaron con violencia. Procede por ello en primer término explicar el porqué de estos acontecimientos en que se registró la violencia agresiva.

De partida los sucesos de este carácter se concentran en el siglo XVI, esto es, en la primera época de los encuentros interculturales y sólo tres tuvieron ocurrencia al promediar el siglo XIX. Respecto de aquéllos y para su explicación cabe tener en cuenta la noción con la que los europeos se manejaban en su trato con los aborígenes que habitaban el Nuevo Mundo. Esta fue desde un principio y con larguísima vigencia la de ser aquéllos superiores a éstos, a los que se vio como seres inferiores y menos racionales (cuando se aceptó que lo fueran), incivilizados y bárbaros por causa de su solo aspecto diferente a la vista de los primeros y de sus costumbres chocantes para su sensibilidad. Tales brutos, en conclusión simplista, solamente podía ser objeto de uso y aprovechamiento en tanto que habitantes de un mundo nuevo que le había sido dado a la cultura occidental como premio a su empuje conquistador. En ese contexto, la agresión interétnica fue aceptada como un hecho inevitable del proceso de dominio señorial de los territorios del continente americano.

Por otra parte, cabe suponer con razonable fundamento que la conducta agresiva viniera de donde viniera, fuera la consecuencia involuntaria de la recíproca falta de entendimiento entre los aborígenes y los forasteros pues hablaban lenguas absolutamente incomprensibles para unos y otros con lo que, en un comienzo, todo intento para hacerse entender por parte de los arribados debió pasar por gestos mímicos o pantomimas que no siempre pudieron ser vistos o recibidos por los naturales en el sentido expresivo de paz que los inspiraba y, tomados como agresivos, fueron respondidos con acciones de violencia defensiva. Pero hubo otros casos, los menos en la situación que se considera, en los que los indígenas a la sola vista de los europeos, según parece, fueron los atacantes quizá imaginando una agresión por parte de los recién llegados. En este sentido, a la larga, el acostumbramiento de unos a otros en la repetición de los encuentros habría acabado por tranquilizar a los indígenas al ver la reiterada buena disposición con la que los venidos de afuera se fueron presentando a la vista de los habitantes autóctonos.

Si lo expuesto ayuda a entender lo ocurrido en la fase histórica inicial de la interrelación de que se trata (siglo XVI), los casos del siglo XIX que se consideran por separado deben ser tenidos como la excepción para un comportamiento agresivo absolutamente excepcional en un proceso caracterizado definitivamente por los hechos de paz.

Esta, en efecto, fue la tónica que se impuso en el trato interétnico, en particular a contar del siglo XVIII en adelante, largo tiempo en el que los foráneos invariablemente arribaron con la mejor disposición anímica para relacionarse con los habitantes autóctonos de los distintos territorios, inspirada, bien se sabe, en su aceptación del hecho de ser éstos seres tan racionales como lo eran aquéllos, con su dignidad y derechos según lo establecían los principios seculares fundados en el cristianismo y los más recientes en boga surgidos de la filosofía naturalista desarrollada principalmente por pensadores franceses al promediar la centuria mencionada. Pero igualmente porque los aborígenes americanos fueron reaccionando de manera racional y, en consecuencia, mostraron a los ojos de los foráneos los aspectos más favorables de sus naturalezas, circunstancia que estimuló el recíproco buen trato y el mejor entendimiento. En este aspecto la conducta amistosa de los europeos no debe sorprender por ser el fruto de una cultura civilizada, pero sí la de los "salvajes", de quienes de primera no podía esperarse otra cosa de comportamientos que correspondieran a su índole primitiva a la que a priori se la veía desprovista de manifestaciones anímicas (morales) propias de la civilización.

Sin abocarnos al análisis detallado de la casuística del fenómeno, importa revisar algunos de los encuentros más significativos para conocer cuáles fueron las opiniones de los forasteros acerca de la índole de los aborígenes, en especial a contar de mediados de siglo XVIII época a partir de la que comenzaron a menudear tales sucesos.

El gran navegante francés Louis Antoine de Bougainville que se encontró con los aónikenk en la costa de la bahía Santiago (Boucault para los franceses) durante los primeros días de enero de 1767 consignaría más tarde en varias partes del libro que daría cuenta de lo acontecido en su célebre viaje alrededor del mundo, su opinión acerca de los indígenas. De partida y a la vista de una bandera que los naturales enarbolaban desde una eminencia de la costa en señal de saludo e invitación de a un encuentro, Bougainville se admiró de tal hecho -el uso de la bandera que en julio del año anterior les había sido entregada por Denys de Saint Simon en señal de alianza5-, escribió [...] El cuidado con que la han conservado anuncia hombres dulces, fieles a su palabra o, al menos, reconocidos a los presentes que se les ha hecho6. Más adelante y cuando su naves habían fondeado ordenó el jefe francés una bajada a tierra, de la que el mismo sería partícipe, disponiendo para el caso medidas preventivas de defensa ante lo que pudiera ocurrir, se sorprendió al ver un grupo de indígenas a caballo y a todo galope, quienes tras detenerse descabalgaron y corrieron hacia ellos [...] gritando: ¡Chaua! Reuniéndosenos, nos tendían las manos y las apoyaban contra las nuestras... Nos estrechaban después en sus brazos, repitiendo a grito pelado: ¡Chaua, chaua! que nosotros repetíamos como ellos. Era, evidentemente, un recibimiento efusivamente amistoso y que, es claro, les ganó a los aónikenk la mejor voluntad del jefe francés. De allí que en su relación los calificaran de buenas gentes, que se empeñaban en hacer lo que les parecía que agradaba a los marinos, que disfrutaban con cada regalo que estos les daban y que parecían enfadados al darse cuenta de que aquellos debían retornar a sus barcos, pero que se complacieron al entender que los mismos volverían a tierra a la siguiente jornada. En suma, los aónikenk dejaron en Bougainville y su gente la mejor impresión, esto es, la de ser acogedores, amistosos y dignos de confianza. Igual aconteció durante el viaje contemporáneo de John Byron (Fig. 1). Semejante, si no mejor, fue la opinión que sobre los patagones meridionales se forjaron Alejandro Malaspina, sus oficiales y supernumerarios acompañantes durante su memorable estadía en puerto Deseado durante diciembre de 1789 en el principio de su gran periplo navegatorio desarrollado hasta 1794. En ese lugar convivieron y fraternizaron españoles e indígenas al grado de provocar la admiración de los civilizados por el comportamiento de los naturales, cuya mansedumbre, bondad y dulzura, su abierta disposición y su simpleza les ganó un elocuente reconocimiento. Ello no sólo quedó reflejado en los escritos del propio Malaspina si no que, como ha sido destacado por autores recientes como Gabriela Álvarez en su consideración sobre los trabajos ejecutados entonces por el pintor José del Pozo (retratos, escenas), el canon neoclásico de la representación del indígena del sur va mas allá de un sentido estético, es lograr dar una explicación del por qué la presencia de hombres sosegados en tal[es] precarias condiciones. La respuesta se encuentra en parte en la teoría del buen salvaje7.

Fig. 1 Encuentro entre los patagones y el Comodoro John Byron en el estrecho de Magallanes ca. 1764-65 (según un grabado inglés del siglo XVIII).

Para comprender a cabalidad esta afirmación nada mejor que la vista de la magnífica alegoría pictórica del maestro Luis Planes que se conserva en el Museo Naval de Madrid denominada "Reunión amistosa con los patagones", pieza calificada de la iconografía producida durante el memorable viaje de que se trata (Fig. 2). Con esta empresa exploratoria y científica la España borbónica daría cima a la época dorada de su imperio americano en lo referido a las ciencias naturales y humanas.

Fig. 2 Encuentro de los patagones con los españoles en puerto Deseado, 1789. (Pintura de José del Pozo, Museo Naval, Madrid).

Si tales fueron las valoraciones hechas por los hombres del Iluminismo racionalista del siglo XVIII, no fueron menos interesantes para la materia aquellas procedentes de algunos de los navegantes y viajeros europeos que recorrieron los litorales meridionales en plan de exploración y conocimiento durante las primeras décadas del siglo XIX, como fueron Phillip P. King, Robert Fitz Roy, Charles Darwin y Jules Cesar Dumont D'Urville.

El primero trabó conocimiento con los aónikenk en la bahía de San Gregorio en diciembre de 1826 al dar inicio a su gran empresa hidrográfica y exploratoria que lo mantendría en la región magallánica por los siguientes cuatro años, y su opinión fue de inmediato favorable: [...] Estableciéndose una corriente de amistad [entre los recién llegados y los naturales], los nativos desmontaron, y permitieron a nuestra gente montar en sus caballos, sin demostrar el menor disgusto por el libre uso que se hacía de su bondad8. El jefe naval británico trató con ellos en diferentes ocasiones, en algunas largamente, y sus comentarios dan cuenta de su invariable buena opinión sobre los indígenas, su carácter amistoso y abierto para con los extraños.

Pero fue Robert Fitz Roy, oficial que se incorporó a la empresa hidrográfica a partir de 1828 y que a contar de 1832 asumió el mando de la segunda fase de la misma a hasta 1836, quien se ocupó extensamente sobre los patagones fundándose (como King) en la opinión del padre Thomas Falkner, en los dichos el capitán lobero William Low y en su propia experiencia, en una excelente y completa descripción que se contiene en el tomo tercero de la obra que da cuenta de los trabajos técnicos y científicos de los marinos británicos. Así, espigando en ella, encontramos una referencia al trato interétnico:

Cuando los patagones se entrevistan con blancos, sus maneras son casi siempre amistosas; pero si se encuentran en condiciones de imponerse es probable que exijan algún tributo de tabaco, pan, fusiles, pólvora, balas u otros artículos que vean o se les ocurran.

En 1834 arribó a Bahía Gregorio (Estrecho de Magallanes) una goleta mercante. Su patrón desembarcó, y se le pidieron varias cosas que él no podía o no quería dar. Los indios lo detuvieron como prisionero, despidieron su bote, y lo guardaron en rehenes hasta recibir su rescate de tabaco y pan.

Entre los patagones y los barcos que al atravesar el Estrecho han tocado sus tierras (especialmente Bahía Gregorio), se ha mantenido siempre un tráfico considerable de cuchillos, machetes, fusiles, municiones, tabaco, pan y, más tarde, bebidas alcohólicas, en cambio de mantas, pieles y carne de guanaco.

En los últimos años varias personas, marineros desertores y otros, han pasado muchos meses, (algunos hasta años), en su compañía, y viviendo como ellos9.

El naturalista Charles Darwin que acompañó a Fitz Roy en el Beagle en calidad de supernumerario durante la segunda etapa de la campaña hidrográfica británica, por su parte también consignaría para la posteridad su opinión acerca de la favorable disposición de los cazadores de la Patagonia austral para con los extraños que arribaban a las costas de su país:

Durante nuestra anterior visita (en enero) habíamos tenido una entrevista, en el cabo Gregory, con los famosos patagones llamados gigantes, que nos recibieron con gran cordialidad [...] Les ofreció el capitán Fitz Roy llevar dos o tres de ellos a bordo del Beagle y todos querían ir. Por esto tardamos algún tiempo en esa abandonada costa; al fin llegamos a bordo con nuestros tres gigantes, que comieron con el capitán y se condujeron como unos verdaderos caballeros. Sabían servirse de los cuchillos y los tenedores y cucharas; el azúcar les gustaba mucho. Ha tenido esta tribu tan frecuente ocasión de comunicarse con los balleneros, que la mayor parte de los individuos que la componen sabe algo del inglés y español; están medio civilizados, y su desmoralización [sic] es proporcional a su civilización.

Al día siguiente bajó a tierra una numerosa escuadra para comprarles pieles; no quisieron armas de fuego, sino que lo que más solicitaban era tabaco con preferencia a las hachas y herramientas. Toda la población de los toldos, hombres, mujeres y niños se colocó en un terraplén. Era un espectáculo interesante y era imposible no sentirse atraído hacia los llamados gigantes, tan confiados y de tan buen humor. Al despedirnos nos rogaron que volviésemos a visitarlos. Les agrada mucho tener consigo algunos europeos, y la vieja María, una de las mujeres más influyentes de la tribu, suplicó a Mr. Low que permitiera uno de los marinos quedarse allí con ellos10.

En cuanto a Dumont D'Urville, tanto él como sus oficiales habían leído la narración de las campañas de King y Fitz Roy y, en lo que importa, estaban muy interesados en conocer a los famosos patagones que tan buena relación habían trabado con los marinos británicos. Así, luego de su penetración exploratoria que los condujo hasta la zona central del Estrecho y visto tal interés, se devolvieron hacia el norte en la búsqueda de alguna señal de esos indígenas. La encontraron efectivamente en puerto Peckett a comienzos de enero de 1838, lugar donde D'Urville ordenó fondear para permitir la bajada a tierra.

La recepción india para con sus huéspedes foráneos correspondió a la fama que la precedía.

Resumiendo su primera impresión D'Urville escribiría de ellos que eran [...] suaves, apacibles y complacientes, e hicieron sus mejores esfuerzos para poder responder a todas las preguntas con que los importunábamos.

Por la mañana cuando el bote grande descendió con los oficiales, un montón de naturales a caballo se habían reunido cerca del lugar de desembarque y habían acogido muy amistosamente a sus huéspedes. Finalmente, al ver que disponíamos el bote para retornar, muchos de ellos se arrojaron dentro para venir a visitarnos. Tuvimos muchas dificultades para hacerlos descender. Sólo tres tuvieron autorización para permanecer en la embarcación.

A la llegada, subieron a bordo con desenvoltura, se presentaron con confianza y sin torpeza comportándose decentemente. Uno de ellos era un hombre de 45 años, el otro podía tener 25 o 30, y el tercero, por su apariencia exterior, no representaba más de 20 o 22 años. Eran suaves, apacibles y complacientes, e hicieron sus mejores esfuerzos para poder responder a todas las preguntas con que los importunábamos. Examinaban con calma y tranquilidad los objetos que les presentábamos, sin manifestar mucha codicia por poseerlos. No mostraron ninguna tendencia al robo, aun cuando los tuvimos bajo una atenta vigilancia hasta en sus más mínimos movimientos, sin dejar que ellos se dieran cuenta sobre todo cuando se quedaron en mi pieza [cámara]11.

Para ratificar esa primera impresión por si hacía falta, D'Urville añadió en seguida la que le brindó un europeo que moraba entre los indios y que pidió ser embarcado en la expedición. Se trataba de Johann Niederhauser, un relojero suizo que se había enrolado en una goleta lobera norteamericana y que había sido dejado por su capitán, junto con otros compañeros, en una isla del archipiélago patagónico para hacer la faena de colección de pieles, pero nunca volvió por ellos.

Como quiera que sea, relataría D'Urville, estos desafortunados después de haber agotado sus provisiones, penetraron en el estrecho por la parte oeste con su bote y luego de hacer varias paradas, llegaron hasta el puerto Oazy, donde hicieron frente a los salvajes. Seis de ellos prosiguieron su navegación; los otros dos, Niederhauser y un inglés nombrado Birdine, prefirieron quedarse entre los indígenas. Estos agasajaron a sus huéspedes, les dieron mujeres y compartieron con ellos todo lo que tenían. Niederhauser asegura que nunca tuvieron que quejarse de un mal trato. Todo lo que el poseía, incluso su pequeña colección de relojero, había sido respetado por los salvajes, que no se permitieron la mínima dilapidación12.

La experiencia resultó gratificante para los franceses que pudieron regodearse con la buena disposición de los aónikenk. Tanto fue así que en una relación sostenida con ellos a lo largo de cinco días pudieron informarse sobre los más variados aspectos de la vida aborigen, de cuyos pormenores D'Urville y sus oficiales dejaron relatos congruentes y complementarios entre sí, que en su conjunto conformarían un interesante acervo de noticias etnográficas para la posteridad de tanto valor, si no mayor que el recogido por King y Fitz Roy. Esta visita memorable una vez difundida entre el mundo culto europeo tras la publicación de la relación del viaje en 1841, no hizo más que ratificar la fama de hospitalarios y pacíficos que desde largo tiempo antes gozaban los aónikenk.

Esta selección de testimonios de la relación intercultural foráneo-patagona no puede obviar la mención de dos de ellos por su singularidad, dado el tiempo prolongado que abarcaron las correspondientes convivencias -que de eso se trató en verdad- y por la riquísima y variada información de interés etnográfico obtenida. Nos referimos a los testimonios del inglés George Ch. Musters que realizó a lo largo de un año, entre 1869 y 1870, un memorable viaje transpatagónico en compañía de un grupo aónikenk desde la isla Pavón (río Santa Cruz) hasta el pueblo de Carmen de Patagones; y de James Radburne, un inmigrante inglés que arribó a Punta Arenas en 1892, iniciando así una vida de aventuras en cuyo transcurso interactuó larga e intensamente con los aborígenes, con la parcialidad aónikenk del distrito de El Zurdo, trabando con ellos una fuerte amistad al punto de casarse con una india y formar familia con ella. Si el primero dejó un relato interesantísimo de su aventura, devenido clásico de la literatura histórica patagónica (At home with Patagonians, Londres 1871), el segundo confió sus recuerdos a Herbert Childs, un periodista norteamericano de los años de 1930, quien los incluyó en su libro El Jimmy, A Patagonian outlaw (Nueva York 1937). Una y otra obra son fuentes inestimables de información etnohistórica y, por tanto, de obligada consulta para quien se interese en la materia.

Conteniendo como contienen uno y otro libro recurrentes noticias que dan cuenta acerca de la índole indígena, no cabe en sus casos extraer selectivamente sus opiniones sobre la materia que nos ocupa, y sí valorarlos como documentos que sin solución de continuidad informan de manera explícita sobre todo cuando se refiere al carácter predominantemente pacífico de los aónikenk históricos.

II. LAS EXCEPCIONES: LOS CASOS DE VIOLENCIA INTERÉTNICA

Según se ha visto antes, en un contexto de relaciones aónikenk-foráneas a lo largo de cuatro siglos definido abrumadoramente por las situaciones pacíficas y amistosas, las de signo contrario conformaron una minoría ínfima que, en la compresión de este estudio, hacen las excepciones que confirman la regla. Siendo así, nos parece interesante abordar la consideración particular de los casos históricamente más relevantes en procura de una explicación para sus causas posibles o probables.

Ataque a los tripulantes del bergantín Avon (1847)

Hacia mediados de mayo de 1847 el bergantín inglés Avon de la matrícula del puerto de Liverpool, al mando del capitán John Eaton arribó al estuario del río Santa Cruz como lo había hecho en ocasiones anteriores para una permanencia de alrededor de ocho meses en la costa de Santa Cruz, ocupado en la exploración de minerales. Durante todo ese tiempo sus tripulantes habían mantenido intercambio amistosos con los indígenas que solían merodear por esas comarcas litorales, en especial con aquellos que se hallaban al sur del río Santa Cruz. El interés de los ingleses en la ocasión era el de adquirir de los indios algunos caballos para sus faenas en tierra firme.

Establecido el contacto entre unos y otros en la forma habitual (por lo común señales de humo), un marinero que había sido enviado previamente a la orilla para los efectos del trato pidió que se le enviara un bote. Entonces el propio capitán decidió ir en una lancha junto con el piloto Mr. Rendall, el camarero James Daniels, los marineros James McMullen y John Stewart y el aprendiz James Watson, llevando consigo los caballos inútiles que deseaban cambiar por otros en mejor estado.

Mientras éstos quedaron en tierra para hacer efectivo el canje de animales, al capitán invitó a algunos indios a ir a bordo del bergantín, oferta aceptada por cinco de ellos. Al cabo de un tiempo y viendo que sus compañeros demoraban más de lo estimado, el capitán los llamó a gritos desde el buque sin obtener respuesta, por lo que disparó su pistola para llamar su atención pero nadie apareció. Entonces uno de los indios que estaba a bordo habló en su idioma a sus paisanos que estaban en la costa e inmediatamente después los marinos que allí se encontraban fueron vistos corriendo hacia el agua intentando según parecía escapar de los aborígenes. El piloto y un marinero se ahogaron en el intento y el otro marinero fue muerto por un tiro disparado por aquéllos. Los otros tres fueron capturados por los naturales.

En tanto que esto sucedía en la playa, los cinco indígenas que estaban a bordo repentinamente atacaron al resto de la tripulación, seis hombres incluyendo al capitán. Mataron al último de manera bárbara, hirieron al segundo piloto George Wright en la espalda y lanzaron por la borda a Mr. William Douglas, el armador de la nave y a otra persona, a los que posteriormente recogieron después de asesinar al capitán Eaton. El segundo oficial y el resto de los marinos se defendieron y los indios luego de su arranque de furor se calmaron diciendo, en mal español mezclado con un peor inglés, que ellos no mataban a los "marineros buenos".

De pronto varios indios de los que se hallaban en tierra llegaron hasta el bergantín en una lancha conducida por uno de los marinos capturados y una vez a bordo saquearon el barco tomando de preferencia artículos de bronce, aun más que los de oro o plata. El cuerpo del capitán horriblemente mutilado fue arrojado al mar. Después retornaron a la playa llevando consigo a Mr. Douglas y dejaron a bordo a diez o doce de los suyos. Al día siguiente retornaron en el bote conducido por los marineros presos pero no pudieron abordar el barco por la fuerza en contrario de la corriente. Luego en otro intento tuvieron éxito y cogieron todo lo que habían saqueado y que no habían podido llevar el día anterior y obligaron a los marineros a conducir a tierra. Una vez aquí, dejaron libres a los ingleses que no habían sido atacados antes en la playa y retuvieron a Mr. Douglas y a los tres hombres que habían apresado de un principio. Los marineros libres retornaron a bordo y bajo el mando del segundo oficial (Wright) que se recuperaba de su herida consiguieron aprestar la nave y zarpar con rumbo a Buenos Aires, a cuyas autoridades dieron cuenta de lo sucedido13.

Sobre la base de lo expuesto cabe preguntarse respecto del porqué de este ataque -para el que no se conocen otros hechos semejantes anteriores- y sin dejar de lado la posibilidad de una concertación previa por parte de los indígenas inspirada en la codicia, parece ser evidente que el hecho del disparo de pistola por parte del capitán Eaton, malinterpretado por los indígenas como la señal de una acción ofensiva en su contra, pudo ser la causa inicial de la tragedia relatada.

Adivinar qué sucedió en tierra con el grupo del Avon a cargo de la transacción proyectada es cosa imposible. Por otra parte es aventurado pensar en una concertación entre los aborígenes que permanecieron en la costa y aquellos que aceptaron la invitación de ir a bordo del bergantín. Así, se nos ocurre que al malinterpretar la actitud del capitán (gritos y disparos) como una amenaza en su contra habrían reaccionado rápida y brutalmente en su propia defensa atacando a los "marineros malos" y perdonando a los "buenos". Quizá en esta diferente calificación se encuentra la clave para entender la conducta de los aborígenes.

Si nuestra conjetura no es válida por tanto debería suponerse cierta intencionalidad premeditada como explicación para la conducta indígena. Tal se nos ocurre como posible tras la lectura del relato hecho por Benjamín F. Bourne de su propia aventura entre los aónikenk, quien en un momento de su forzada permanencia entre ellos pudo advertir, del trato sostenido con el jefe del grupo, el temor que los indios tenían de un castigo por parte de la gente civilizada por el crimen del capitán Eaton y compañeros, recelo que sólo podía originarse en un sentimiento de culpabilidad por el suceso14.

La historia del luctuoso acontecimiento no acabó por cierto en lo relatado, sino que prosiguió con las averiguaciones acerca de lo que ocurrió con los tripulantes que quedaron en manos de los aónikenk. En este respecto ayuda la información proporcionada por el Gobernador de la Colonia de Magallanes, teniente coronel Jose de los Santos Mardones, en nota dirigida al Comandante General de Marina con fecha 23 de marzo de 1850 y que en resumen da cuenta de la muerte por obra de los indígenas de dos de los ingleses retenidos y de la de un tercero, un tal Benjamin Simms, cuyo restos fueron encontrados casualmente por un vaquero de aquel establecimiento en el sector de Cabo Negro, costa de la península de Brunswick15, sin señales aparentes que permitieran atribuir su fallecimiento a un acto de violencia por parte de terceros. De ello podría inferirse que este hombre hubo de acompañar a sus captores en sus movimientos trashumantes y finalmente fue liberado por los mismos, a menos que hubiera escapado de su vigilancia intentando, en cualquier caso, alcanzar hasta ese lugar poblado por gente civilizada, lo que el infeliz finalmente no consiguió muriendo por alguna causa natural a escasa distancia de lo que esperaba fuera el sitio de su salvación.

Hasta aquí este suceso que, reiteramos, no conoce precedentes y que al trascender a través de las informaciones periodísticas y de los relatos marineros causó preocupación en los ambientes mundiales asociados con la navegación hacia las costas australes de América.

El siguiente caso en orden cronológico fue el secuestro de que fuera objeto el marinero norteamericano Benjamin F. Bourne según pasa a relatarse. Este que viajaba como tripulante en la goleta de su bandera John Allyne que ingresó al estrecho de Magallanes en ruta entre Nueva York y California al terminar abril de 1849, tuvo oportunidad de bajar a tierra durante una recalada en un punto de la costa septentrional que ordenó el capitán A. Brownell a la vista de indígenas patagones, con el fin de intercambiar con ellos y procurarse así algunas provisiones frescas. Las circunstancias en que se desarrolló la bajada en las que unos pocos tripulantes se vieron rodeados por una multitud de aborígenes, con el desorden que puede imaginarse, hicieron que Bourne quedara aislado de sus compañeros y acabara retenido contra su voluntad por uno de los indios principales. Se repitió así el caso acontecido años antes, en 1834, con un patrón de una goleta mercante que fue tenido como rehén por los indios hasta que se obtuvo un pago satisfactorio por su liberación, noticia recogida por el capitán P. P. King, según se ha visto.

En esa calidad, entonces, un aterrado Bourne que pensó que su vida acabaría por obra de sus bárbaros captores, debió acompañarlos en su deambular sudpatagónico durante algo más de tres meses pensando únicamente en la posibilidad de arrancarse de sus manos cuando la oportunidad se le brindase, según fueron pasando los días y sus expectativas de sobrevivencia se afirmaban. En el intertanto Bourne se empeñó en convencer a su captor, el indio principal al que bautizó "Parosilver", en que lo condujera hasta el establecimiento chileno de Punta Arenas, tentándolo con dinero, fusiles, pistolas, cuchillos, bronce, cuentas y todo lo que pudiera ocurrírsele para despertar su codicia, según relataría posteriormente16, pero sin éxito.

Sólo obtuvo de aquél la promesa de que lo llevarían a "Holland", un impreciso lugar de la costa oriental patagónica. Finalmente la oportunidad que anhelaba se dio para su felicidad el 7 de agosto en el estuario del río Santa Cruz al conseguir llamar la atención y ser recogido por la gente (europeos) que explotaba una guanera en el lugar, Sea Lion Island, topónimo que el lenguaje gutural de los aónikenk había deformado en Holland o algo parecido.

Luego de una breve estadía entre sus salvadores, Bourne consiguió embarcarse en la goleta norteamericana Washington, con la que pudo retornar sano y salvo a la anhelada civilización. De su singular aventura dejaría un sabroso relato que trasunta su terror inicial y luego su progresiva confianza posterior, en la medida que según pasaban los días no perdía las esperanzas de recuperar su libertad, narración enriquecida con numerosas noticias de gran valor etnográfico referidas a la vida cotidiana de los aónikenk y posibles de obtener únicamente por quien conviviera largo tiempo con los mismos.

En este caso de agresión es evidente que no hubo intención homicida sino un mero aprovechamiento de circunstancias desde una posición de fuerza por parte de los indígenas, de uno de ellos en particular.

El tercer caso históricamente documentado de la especie, esto es, de ataque de los cazadores sudpatagónicos a forasteros en el transcurso del siglo XIX es el que afectó a Bernardo E. Philippi, Gobernador de la Colonia de Magallanes, y a su ayudante Villa en la zona litoral de Cabeza del Mar en un indeterminado día de octubre de 1852, cuando aquél se dirigía a los aduares aónikenk del nororiente del Estrecho para restablecer las buenas relaciones que con ellos habían acordado los chilenos desde el tiempo de su instalación en el territorio (1843) y que se habían dañado seriamente después de los crímenes cometidos en las personas de algunos indígenas por parte de Miguel Jose Cambiazo, un oficial militar desalmado y asesino que había encabezado un motín en noviembre de 1851 en la Colonia de Punta Arenas, con una seguidilla de atropellos y acciones criminales de los que fueron víctimas, entre otros, el Gobernador Benjamín Muñoz Gamero y el capellán fray Gregorio Acuña, toda gente inocente y de paz17. Ni siquiera se salvaron de la vesania asesina cuatro indios aónikenk que llegaron de visita a Punta Arenas sin saber de lo que allí había acontecido. La inaceptable razón para tal proceder habría estado en la vinculación hecha por Cambiazo entre su presencia y un supuesto robo de ganado en perjuicio del establecimiento de Punta Arenas, hecho que nunca ocurrió. Así fueron asesinados por su orden y sus cadáveres expuestos para escarnio de sus paisanos, colgando de árboles en la ruta que habitualmente utilizaban los indígenas para acceder a/o para salir de la colonia chilena.

Así las cosas, cuando en agosto de 1852 arribó Bernardo E. Philippi recién nombrado como nuevo Gobernador de Magallanes, con el encargo de reinstalar la presencia jurisdiccional de Chile en el territorio y reconstruir y repoblar el establecimiento de Punta Arenas, una de sus primeras preocupaciones fue la de tomar contacto con los aónikenk que se hallaban resentidos justamente por el trato dado a su gente por el feroz Cambiazo, para retornar al antiguo amigable y fructífero trato entre los foráneos y los aborígenes. Esa había sido la razón de su viaje a las pampas, interrumpido definitivamente con el ataque homicida del que fueran objeto el mismo y su asistente por obra de los indígenas.

Hechas las averiguaciones del caso se supo que efectivamente el hecho (y posiblemente también la inexplicable desaparición del pintor alemán Alexander Simon que había salido hacia las pampas con algunos días de antelación a Philippi) había sido de responsabilidad de los aborígenes y si bien nunca llegaría a precisarse quienes habían sido los asesinos y cuál el motivo del suceso, no quedaron dudas acerca de la culpabilidad de los aónikenk en el mismo. La interpretación que los contemporáneos hicieron del asunto, del mismo modo que los historiadores que con posterioridad se ocuparon del hecho, fue de que se trató de un acto de venganza por lo realizado anteriormente con los indígenas en Punta Arenas por órdenes del infame Cambiazo.

Los relatados son los únicos casos de agresiones indígenas en contra de forasteros en el trascurso del siglo XIX y que la historia ha documentado18.

III. ALGUNAS REFLEXIONES A MODO DE CONCLUSION

Cuando se leen obras de la abundante literatura científica disponible que abordan la descripción integral de las etnias australes, como es el caso de los estudios magistrales de Martín Gusinde y Anne Chapman sobre los sélknam, de esta última en lo tocante a los yámana y de Joseph Emperaire respecto de los kawésqar19, el conocimiento profundo que estos autores consiguieron al cabo de un prolongado trato personal y aun de convivencia, igualmente extensa, con gente de los pueblos originarios mencionados, las reflexiones que siguieron a estos encuentros les permitieron poner en evidencia, entre varios otros aspectos de sus caracteres, aquellos referidos a sus condiciones morales, entre ellas una natural buena disposición para con los extraños con los que interactuaban, a lo menos en lo referido al tiempo final de su existencia histórica. Sin embargo los registros de los contactos interculturales desarrollados en el transcurso de los cuatro siglos que abarca este artículo han dicho y dicen otra cosa: una sucesión de actos de agresión unilaterales o recíprocos, de tal grado de repitencia en algunos períodos que puede llevar a suponer que los encuentros correspondientes estuvieron signados más por la violencia y que, en la parte que los indígenas real o supuestamente tuvieron la iniciativa, su conducta habría desmentido las conclusiones de los etnólogos que los estudiaron de un siglo a esta parte. La literatura histórica abunda, bien se sabe, en referencias a esos casos por el solo hecho de su llamativa notoriedad, consideración que nos exime de la relación casuística a manera de probanza. En buenas cuentas, por conocidos tales sucesos no requieren de demostración.

En este contexto, el caso de los aónikenk es claramente diferente porque sus relaciones con los forasteros fueron, se reitera, abrumadoramente pacíficas20. Por tanto ¿cómo explicar aquellas conductas agresivas (las de los indígenas obviamente)? ¿Qué falló en los tratos con los extraños en los casos de los sélknam, los yámanas y los kawéskar impidiendo que los mismos -como norma general- fueran pacíficos?

Desde luego la dificultad -que de momento pudo ser insuperable- que hubo de darse para el entendimiento recíproco (lenguaje y comportamiento), situación que repetida en el tiempo basta para calificar su carácter lamentable. También se conocieron situaciones en las que, siempre según el registro histórico, aparece de manera evidente la intencionalidad agresiva, aunque, es claro, no así su causalidad de modo suficiente. Pero aun así y tomando al incidente del Avon como ejemplo caracterizador para la circunstancia de que se trata, ese arrebato de salvajismo, por ponerlo de alguna forma -que también suele darse entre los civilizados y no siempre de manera ocasional- no desmiente en absoluto la buena índole de los aborígenes y su consiguiente amistosa disposición para con los congéneres extraños.

Y retornando a la excepcionalidad de lo acontecido cuando los aónikenk fueron una parte de los protagonistas en los correspondientes contactos ¿cómo explicar su casi invariable apertura y buena acogida para con los forasteros sino aceptando que había en su índole una tendencia natural que los hacía receptivos y finalmente amistosos?

De las ilustraciones que complementan este trabajo, las dos más recientes cronológicamente interesan en especial en cuanto respaldan el aserto precedente. La primera es un grabado publicado en The Illustrated London News (edición del 14 de agosto de 1869) titulada Hunting Guanacoes in Patagonia, probablemente basado en un boceto del dibujante que iba embarcado en la corbeta Nassau, que permaneció en Magallanes entre 1866 y 1869 ocupada en tareas hidrográficas y naturalistas encomendadas por el Almirantazgo Británico, bajo el comando del capitán Richard Ch. Mayne R. N. La ilustración recogió para la posteridad uno de los momentos más excitantes de un encuentro ciertamente excepcional entre los marinos ingleses y los aónikenk en el litoral de la bahía Santiago, estrecho de Magallanes. En efecto, los primeros fueron invitados a participar en una cacería de guanacos que los indígenas planeaban realizar entonces (fines de abril de 1867), ofrecimiento que aquéllos aceptaron encantados. Así, el día 26 el capitán Mayne, el naturalista Robert O. Cunningham y seis oficiales, se integraron en la partida cazadora dirigida por el famoso jefe Casimiro Biguá, conjuntamente con otros cinco patagones. Lo ocurrido entonces, en el relato detallado de Cunningham21, fue todo un acontecimiento deportivo (ecuestre) por demás entretenido para los europeos, agradados por la bonhomía indígena, en particular por la del más experto de los cazadores índios, Camilo, que parece haber sido el verdadero jefe de la partida cinegética. El grabado muestra precisamente la escena culminante de la cacería cuya espectacularidad puede adivinarse por la animación de jinetes, caballos, perros y guanacos (Fig. 3). Esta muestra de la hospitalidad patagona nunca antes conocida para esta parte del territorio meridional, califica por su excepcionalidad un acto social ciertamente histórico22.

Fig. 3 Cacería de guanacos en Bahía Santiago, 1869. (The Illustrated London News).

La otra ilustración es una fotografía de autor desconocido, tomada en Punta Arenas hacia 1900. Da cuenta de una manifestación de afecto por parte de un conjunto de vecinos al bien conocido Mulato, jefe del grupo aónikenk de la reserva de El Zurdo y a su hijo Caluka, realizada en el Hotel de France de la ciudad (Fig. 4)23. Este acto de homenaje y aprecio hacia un jefe indígena que se había granjeado la simpatía del vecindario puntarenense, tampoco nunca antes realizado ni después repetido, conforma un testimonio grafico invaluable que refleja un auténtico sentimiento popular de afecto por la etnia aónikenk con la que la gente de la antigua colonia había mantenido y aun mantenía una fructífera y recíprocamente beneficiosa relación24, máxime si se tiene presente que mientras así sucedía a un lado del Estrecho, del otro, del lado fueguino, todavía no se apagaban los ecos del furor persecutorio en contra de los sélknam y que los llevaría a una pronta virtual extinción. ¡En verdad qué tremenda diferencia de conducta! Todo un paradigma en el caso que se da a conocer. Es que, debemos concluir, los aónikenk se lo habían ganado merecidamente. Búsquese para la época aquí y en otras latitudes una situación semejante y ciertamente que no se la hallará por parte alguna.

Fig. 4 Almuerzo de homenaje al jefe Mulato en el Hotel de France de Punta Arenas, 1900, quien se ve sentado a la izquierda; a su lado está Francois Poivre y entre ambos, de pie, el fotografo Carlos Foresti. El primero de la derecha es Caluka, hijo de mulato. (Archivo Fotográfico Museo Regional de Magallanes, DIBAM).

¿Fue la comentada por tanto, a través de sus diferentes manifestaciones recogidas por la historia, una buena prueba de lo que Jean Jacques Rousseau y otros filósofos de su tiempo definieron como bondad natural de los humanos y como tal una cualidad posible de encontrar en su estado original en medio del mundo salvaje americano? A la vista y consideración de lo acontecido en la Patagonia sudoriental con sus habitantes autóctonos, los aónikenk, la respuesta debe ser de completa aceptación. Lo afirma el sentimiento de las comunidades pobladoras civilizadas de Magallanes, en Chile, y de Santa Cruz, en Argentina, devenido una tradición entrañable para la posteridad.

 

NOTAS

1 Por ámbito étnico entendemos más que a una etnia a todo un gran complejo cultural de pueblos aborígenes caracterizado esencialmente por sus desplazamientos nomádicos sobre un amplísimo territorio geográfico, circunstancia determinante de hábitos culturales compartidos.

2 Pincu-Peguenches o Pehuenches del norte y Huilli-Pehuenches o Pehuenches del Sur, respectivamente, según Guillermo Cox.

3 En esta parte no consideramos ni a los Guaicurúes ni a los Sélknam; a los primeros por haberse tratado de un grupúsculo de mestizaje cultural y vigencia temporal muy acotada a la mitad del siglo XIX, y a los segundos por integrar el complejo étnico de la Tierra del Fuego (Isla Grande).

4 Se sabe de otros dos contactos, uno del que informara el capitán Antonio Malaspina, ocurrido en un lugar indeterminado de la costa oriental en fecha no precisada (algunos años antes de su estadía en puerto Deseado) y en el que los británicos habrían agredido a los indios (quizá se tratara de la gente de algún barco ballenero o foquero de los que siendo de esa bandera merodeaban por la época en plan cinegético); y otro reportado por el capitán P.P. King, acaecido en 1834 en la costa del estrecho de Magallanes y en el que los aborígenes fueron los agresores.

5 Debe recordarse que entre los motivos del viaje de Bougainville estuvo la devolución de la colonia francesa levantada en Port Louis (islas Malvinas Orientales) a la Corona de España. Fue durante la erección de ese establecimiento que una de las naves francesas estuvo en el Estrecho al promediar 1766.

6 Viaje alrededor del mundo por la fragata del rey La "Boudeuse" y la fusta La "Estrella" en 1767, 1768 y 1769 (Espasa Calpe Argentina S.A., Buenos Aires 1946), pp. 130 y 131.

7 Las conexiones entre el pensamiento de Alejandro Malaspina y la representación visual de la expedición en la Patagonia (1789-1794) (Magallania 38(1), Punta Arenas 2010), p. 14.

8 King, Phillipp P. y Robert Fitz Roy, Narración de los viajes de levantamiento de los buques de S. M. 'Adventure' y 'Beagle' en los años de 1826 a 1836 (Biblioteca del Oficial de Marina, Buenos Aires 1933), tomo I, p. 34.

9 Id. tomo III, p. 195.

10 El viaje del Beagle (Editorial Labor, Barcelona 1983), pp. 275 y 276.

11 'L' Astrolabe'y 'La Zelée' en el Estrecho de Magallanes (diciembre 1837 enero 1838). (Editorial Cuarto Propio, Santiago 2011), p. 142.

12 Id. p. 144.

13 Este relato, en traducción libre del autor, ha sido tomado del artículo titulado "Sanguinary attack on the crew of an English Brig" publicado por el periódico australiano The Maitland Mercury & Hunter River General Advertiser en su edición del 8 de agosto de 1848, reproduciendo la información publicada previamente en El Comercio del Plata de Buenos Aires, basada a su vez en el bitácora (Log Book) del Avon. La versión de los hechos que sería recogida más tarde por Benjamín F. Bourne añadiría otros detalles escabrosos del suceso sin apartarse en lo sustancial de lo informado por el diario bonaerense.

14 Cautivo en ¡a Patagonia (Emecé Editores, Buenos Aires 1998). p. 137.

15 Paraje ubicado a unos 25 kilómetros al norte de Punta Arenas y casi 400 del estuario del río Santa Cruz. Respecto de Simms no nos queda claro su involucramiento en el suceso por cuanto, de acuerdo con el Log Book no pertenecía a la tripulación del Avon y su presencia en el sitio de la tragedia habría obedecido a su presunta actividad como comerciante sin que se sepa cómo y cuándo arribó allí. Ello deja en el misterio la suerte que ocurrió al tercer tripulante retenido en Santa Cruz.

16 Op. cit. p. 35.

17 A consecuencias del motín el establecimiento de Punta Arenas fue destruido y abandonado. Para mayor información sugerimos consultar nuestra Historia de la Región de Magallánica (Ediciones de la Universidad de Magallanes 1992 y 2006), Tomo I, y también el libro de Braun Menéndez Cambiazo, El último pirata del Estrecho (Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires- Santiago de Chile, 1971).

18 Una información que nos ha sido gentilmente participada por Adriana Eyzaguirre y obtenida por ella en archivos británicos, nos hizo pensar de momento en la ocurrencia de un cuarto suceso del género y que habría tenido ocurrencia en la proximidad de Punta Delgada, paraje del sector continental próximo a la Primera Angostura del Estrecho, en 1850. Se trata del naufragio del vapor inglés Prince Albert, en un lugar identificado como bahía Sandy, algunos de cuyos tripulantes fueron asesinados por los indígenas y la nave saqueada. Tal posibilidad surgió del hecho de haber ocurrido efectivamente en un punto de bahía Dirección situada en proximidad la Punta Delgada y por la misma época el siniestro (incendio y naufragio) de un barco de bandera inglesa desconocido y cuyos restos (mercaderías) fueron aprovechados posteriormente por los aónikenk en sucesivas visitas. Ello dio origen al topónimo Buque Quemado, que se mantiene hasta la actualidad pero, en la obligada revisión para comprobar o desechar la suposición cuyas fuentes son bien conocidas (las obras de Francisco Vidal Gormaz, Algunos naufragios ocurridos en las costa chilenas desde su descubrimiento hasta nuestros días, Santiago 1901, principalmente) quedó en claro de que se trató de dos siniestros diferentes. Uno, el del Prince Albert, de bandera británica ocurrido en 1850 en bahía Sandy, sector del canal Smyth en el Archipiélago Patagónico, territorio de la etnia Kawéskar, de lo que se deduce que los mismos habrían sido los atacantes y predadores; y otro, el de un desconocido buque británico ocurrido sobre la costa de la bahía Dirección en 1858 y sobre el que la tradición conservaría la memoria del aprovechamiento indígena de su carga, sin mención alguna a una ataque homicida a su tripulación.

19 Martín Gusinde, Los indios de la Tierra del Fuego (tomo I Los Sélknam; tomo II Los Yámanas, tomo III Los Halakwulup y tomo IV Antropología física), Centro Argentino de Etnología Americana CAEA, Buenos Aires 1986; Anne Chapman, Los Sélknam. La vida de los Onas, Emecé Editores, Buenos Aires 1986 y Yaganes del Cabo de Hornos, Pehuén Ediciones-Liberalia, Santiago 2012; y Joseph Emperaire, Los Nómades del Mar, Editorial Universitaria, Santiago, 1963.

20 En esta condición excepcional incluimos al grupo haush de la Tierra del Fuego, para el que el registro de encuentros interculturales entrega un resultado semejante.

21 Notes on the Natural History of the Strait of Magellan (Edinburgh, 1871) pp. 204-210.

22 El autor posee una copia enmarcada de esta interesante pieza gráfica.

23 La fotografía original se conserva el archivo fotográfico del Museo Regional de Magallanes y copia de la misma obra en el Archivo Fotográfico Histórico del Centro de Estudios del Hombre Austral (Instituto de la Patagonia, Universidad de Magallanes).

24 Tan cierto fue así que para una época crucial para la vigencia de ese establecimiento como fueran los años que corrieron entre mediados de la década de 1850 y mediados de la de 1870 el intercambio mercantil sostenido por sus habitantes con los tehuelches o patagones brindó a Punta Arenas su principal recurso económico (quillangos pintados, pieles silvestres y plumas de avestruz).

 

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AGRADECIMIENTOS

Dejamos constancia de nuestro agradecimiento hacia la señora Adriana Eyzaguirre y al señor Duncan Campbell por su gentileza y disponibilidad para brindarnos antecedentes acerca de lo acontecido a los tripulantes del bergantín Avon en 1847 y a otras ocurrencias en el estrecho de Magallanes durante la segunda mitad del siglo XIX.

Convenio de desempeño MAG0901 Identidad del Fin del Mundo: Patagonia, Tierra del Fuego y Antártica.

Recibido: 22/03/2013; Aceptado: 05/06/2013; Versión final: 08/06/2013.

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