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Revista chilena de literatura

On-line version ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.71 Santiago Nov. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952007000200010 

 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2007, Número 71, 141-144

III. DOCUMENTOS

 

NADIE MÁS HA VENIDO A LEERLAS*

 

Leónidas Morales T.

Universidad de Chile
lmoralest@vtr.net


Palabras clave: carta, petición, olvido, presente.

Key words: letter of petition, oblivion, present times.


¿Por qué caminos estas cartas de petición vinieron hasta mí, o yo fui hasta ellas? Quisiera intentar aquí alguna respuesta a la pregunta. Esos caminos, que se juntan en una convergencia feliz de colaboración, son dos, uno teórico y otro biográfico. El primero tiene que ver con un giro en mi propia posición (conceptual) frente al campo de lo "literario", de los límites de la escritura estética como un espacio de producción de verdad. No quiero detenerme en las razones que están detrás de este giro (complejas sin duda), articuladas a inflexiones en el proceso de la modernidad tardía (literaria, artística, cultural) y, desde Chile, solidarias de los efectos que trajeron consigo la derrota del proyecto político de la Unidad Popular y los interminables años de la dictadura. Simplemente puedo comprobar que desde mediados de la década del 80 se ha venido dando en mí una apertura crítica, como investigador y como profesor, desde los géneros de la literatura de ficción a los géneros de la literatura referencial, es decir, a géneros como el diario íntimo, la autobiografía, la carta, la crónica urbana, las memorias. De manera pues que, en este sentido, había ya establecida una praxis previa, teórica y crítica, en el campo de los géneros al que pertenecen las cartas de petición escritas en Chile durante el período de la dictadura militar. Había una predisposición a otorgarle a estas cartas, como modalidad genérica, el estatuto de un objeto legítimo de análisis desde un punto de vista literario, estético, cultural, a la luz de una teoría contemporánea de los géneros discursivos.

Pero es el segundo camino, el biográfico, el responsable del hallazgo material de estas cartas. He pasado algunos años enseñando como profesor visitante en universidades de Estados Unidos (la del Estado de Nueva York, en Buffalo, la de California, en Los Angeles, y la de Oregon, en Eugene). No de manera continua, sino en momentos distintos. Pero cualquiera haya sido el momento y el lugar de la estadía, mi inserción en la vida cotidiana de ese país nunca ha sido tranquila o relajada, a pesar de su estricta transitoriedad. Ha sido más bien una inserción áspera, marcada por el roce, por una soterrada fricción de la subjetividad, liberadora incluso de ciertos niveles de angustia en grados diversos de intensidad. La fricción y el roce de esa inserción han estado siempre asociados a la experiencia de una exacerbación de lo que podría llamar, tal vez sin mucha precisión, mi "identidad" cultural como chileno y latinoamericano.

La última vez que tal experiencia se renovó fue en 1995. Pero entonces había variaciones fundamentales en el contenido de la identidad exacerbada, asociadas a rupturas y desgarros en el orden social y cultural de pertenencia biográfica, impensables antes de su ocurrencia. Para hacerlas rápidamente comprensibles debo decir, primero, que no había vuelto a Estados Unidos desde 1970, el año de la elección presidencial donde ganó Allende, y segundo (algo inevitable e incluso previsible), que el roce y la fricción de esta última inserción en la vida cotidiana de Estados Unidos hicieron subir a la superficie de la conciencia, o movilizaron hasta su umbral, contenidos de identidad precipitados a partir del golpe militar de 1973 y de los casi diecisiete años de dictadura que le siguieron, primero en una situación de exonerado y marginado dentro de Chile hasta 1975, y de exiliado en Venezuela después, hasta comienzos de la década del 80.

No tengo dudas: los meses de estadía en Estados Unidos en 1995 activaron una diferencia cultural asociada esta vez a la memoria de los oscuros años de la dictadura, y que constituyó, creo ahora, un supuesto del "trabajo" subterráneo del pensamiento que condujo al hallazgo de las cartas de las que aquí se entrega una selección. Pero a este supuesto hay que sumarle la ocurrencia de una situación comparable, por analogía, con la vida cotidiana de los vencidos por el golpe y sometidos a la dictadura, y que pudo actuar como un desencadenante: me refiero al sentimiento de desastre inminente que me acompaña cada vez que debo subirme a un avión. En efecto, no puedo construir ni proponer otra explicación "arqueológica" para lo ocurrido en el vuelo de regreso a Chile: comenzaron de repente a entrar en mi memoria biográfica imágenes y sensaciones del tiempo de la dictadura, el sentimiento de desprotección de todos los días, la inminencia de cualquier desastre personal, el rostro de las víctimas difundido por los medios de comunicación, y el rostro invisible pero perfectamente imaginable de los familiares. Y de pronto me descubrí pensando, o mejor, conjeturando: los parientes de los detenidos, ¿no habrían escrito y enviado cartas, a lo mejor desesperadas, a las nuevas autoridades, las del régimen dictatorial? Era un medio, la carta, disponible para intentar arrancar un fragmento de verdad a quienes tenían entonces su monopolio. La posibilidad de su existencia quedó desde ese instante abierta como expectativa.

En el segundo semestre de ese año 1995 empecé a tratar de orientarme desde el punto de vista de los pasos a seguir para llegar al lugar donde esas cartas, si existían, estarían. Al primero a quien le hablé del tema fue a mi amigo Mariano Aguirre. Mariano, siempre colaborador comprometido en toda empresa cultural en la que se reconociera, me dijo: "Eugenio Ahumada es la persona que te puede ayudar". Me dio su número de teléfono, y lo llamé. Ahumada me sugirió dirigirme a dos lugares para él pertinentes: la Agrupación de Familiares de Detemdos Desaparecidos y el archivo de la ex Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia Católica. Llamé por teléfono a la Agrupación, me identifiqué desde luego y pregunté si ellos tendrían cartas de la clase en la que yo pensaba. Sí, me respondieron, pero de inmediato noté algo parecido a la desconfianza, y a mi pregunta respondieron con otras preguntas, que por qué tenía interés en esas cartas, que para qué las quería, y cuando les dije que mi interés era académico, que me gustaría a lo mejor escribir un artículo sobre ellas o también, quién sabe, dar un curso, ya como conclusión, me dijeron que mi interés debían canalizarlo institucionalmente y discutirlo en el seno de la directiva para decidir si me autorizaban o no a conocerlas.

Yo vi que esta vía se presentaba de difícil acceso... o, por lo menos, de destino muy incierto. Así es que decidí probar la otra. No llamé esta vez por teléfono sino que fui al lugar mismo donde estaba el archivo de la ex Vicaría de la Solidaridad, en calle Erasmo Escala. Pedí hablar con la encargada del archivo, Carmen Carretón, a quien no conocía. De nuevo me identifiqué y de nuevo expuse las razones por las que estaba allí. Sí, me dijo, tenemos cartas. Me gustaría leerlas, repuse, contento con este comienzo auspicioso. Ella me preguntó que por dónde quería empezar, porque eran muchas y las había de todos los años, desde 1973 a 1989. Por una inercia arcaica de linealidad, le pedí empezar por el principio, 1973.

Comenzar a leerlas fue para mí abrirme a un dolor, pero también a la seducción de una escritura. Por un lado el relato de los excesos cotidianos del poder dictatorial, traducidos en vejámenes, detenciones arbitrarias, desapariciones, muertes sin explicación, y por otro, el deslumbramiento frente a cómo un género discursivo como la carta podía entrar de pronto en complicidad con los requerimientos de una situación extrema, límite, vivida por miles de chilenos, una complicidad entre una estructura de propiedades, las del género de la carta, y una necesidad de comunicación que encontraba en ella, a su alcance, el único modo de ejercerla.

Cuando terminé la jornada de lectura de ese primer día, le pregunté a Carmen Carretón si muchos más habían venido a leer esas cartas. "Nadie más -me dijo- ha venido a leerlas". Regresé numerosas veces, hasta leerlas todas, centenares, pero siempre resonándome en la memoria esa respuesta: "Nadie más ha venido a leerlas". La selección de cartas que ofrezco a continuación se hace cargo de esta respuesta, de la negación que contiene como afirmación de una ausencia de lectura. Mi selección se propone algunos objetivos, muy concretos, encadenados entre sí. En primer término, modificar el tiempo referido de la frase "Nadie más ha venido a leerlas": hacer de su presente un pasado, es decir, poblar el vacío (la ausencia) del "nadie más". En seguida, que al ampliar el círculo de sus lectores, se multiplique el número de quienes, al leerlas, no podrán sino asumir, haciéndola propia, la "petición" de justicia que su texto formula en términos definitivos. Hacerla propia, es decir, no permitir su olvido, reiterar una y otra vez su presente, no transarla ni menos caer en el cinismo de darla por satisfecha. Y un tercer objetivo: desde la renovación multiplicada del presente de su petición, hacer visibles (una visibilidad que por sí misma se vuelve denuncia) los profundos déficits de justicia que, como saldo, han dejado los gobiernos de la "transición". Más allá de los "gestos simbólicos" de toda clase, del sublimado de algunas modestas "reparaciones" (económicas, judiciales), los sucesivos gobiernos de la "transición" a la democracia, supuestamente "portadores" del reclamo de las víctimas de la dictadura, no han puesto nunca en práctica una política sin promiscuidad ni claudicaciones ideológicas, concebida de verdad como respuesta sostenida al profundo vacío ético dentro del cual transcurrieron las vidas cotidianas de los chilenos en la dictadura, y dentro del cual se escribieron estas cartas cuya petición sigue formulándose.

 

* Texto incorporado a la 2a edición de mi libro Cartas de petición. Chile 1973-1989, y leído, junto a los textos de Olga Grau y Guadalupe Santa Cruz, en la presentación de dicho libro el 31 de mayo de 2007, en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

 

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