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Revista chilena de literatura

On-line version ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.77 Santiago Nov. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952010000200007 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA, Noviembre 2010, Número 77, 127 - 155

I.DOSSIER BICENTENARIO

CONQUISTA Y FUNDACIÓN DE LA CIUDAD TERRENA:EL NACIMIENTO DE SANTIAGO EN LA NARRATIVA DE CARLOS DROGUETT

Roberto Suazo Gómez

Universidad de Chile
robertosuazogomez@gmail.com


Resumen

El presente artículo proporciona una lectura actualizada de las llamadas 'novelas históricas' o 'novelas de ciudad' de Carlos Droguett. En particular, sus novelas centradas en la conquista y fundación de la ciudad de Santiago (100 gotas de sangre y 200 de sudor y Supay el cristiano) señalan la primera coordenada del proyecto narrativo droguettiano orientado a reelaborar y reescribir la historia chilena y latinoamericana, en una historiografía-literaria que busca sus fuentes, su prueba documental, en eenorme archivo conformado por toda esa sangre, por todas esas muertes soslayadas "con silencio o con ruido". 100 gotas de sangre y 200 de sudor y Supay el cristiano constituyen las primeras páginas de lo que aquí denominaremos "La Historia de Chile según Carlos Droguett". Pero, además, ambas novelas serían tributarias de la fuente documental previamente elaborada y narrativizada por el historiador Crescente Errázuriz en su Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia.

Palabras clave: Droguett, historia, literatura, conquista, fundación.


Abstract

The present article provides an up-to-date reading of the so called 'historical novels' or 'city novels' by Carlos Droguett. In particular, his novels focused on the conquest and founding of the city of Santiago (100 Gotas de Sangre y 200 de Sudor and Supay el cristiano) mark the droguettian narrative project first's coordinate, oriented towards a remaking and rewriting of the Chilean and Latin American history, in a literary-historiography which looks for its sources, its documentary evidence, within the enormous archive conformed by all that blood, all those deaths eluded "with silence or noise". 100 Gotas de Sangre y 200 de Sudor and Supay el cristiano are the first pages of what we here call Chilean History according to Carlos Droguett. But, in addition, both novels would be tributary of the documentary source previously elaborated by the historian Crescente Errázuriz in his Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia.

Key words: Droguett, History, Literature, conquest, founding.


 

"Vacunado y embriagado por un pasado que yo veía novelesco, me cambié de aulas y cambié de alas para emprender otro vuelo"

Carlos Droguett, "Eloy" 17-18

 

 

 

 

1. MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO

Decía Soledad Bianchi (28) que "la literatura de Carlos Droguett se quiere historia, verdad, hecho real y posible". Una lectura rigurosa, abarcadora y actualizada de las páginas completas de este importantísimo escritor chileno no podría menos que corroborar este aserto. En efecto, tras la póstuma publicación de Matar a los viejos (2001), su última novela, nos es posible emprender un análisis de la obra droguettiana entendida como un gran entramado narrativo que reelabora y resignifica nuestra historia nacional. Apenas hemos tomado este camino, podemos advertir que La Historia de Chile según Carlos Droguett comienza en las mismas coordenadas donde habitualmente situamos los orígenes de nuestra identidad nacional: la conquista de América y de Chile. Tal es, precisamente, la significativa coordenada propuesta en el ciclo de 'novelas históricas' elaborado por el escritor.

Estas novelas, que actualmente conforman la parte menos conocida y acaso también la menos estudiada de la obra de Droguett, fueron escritas originalmente durante la década de 1940, no obstante se mantuvieron inéditas por más de veinte años: 100 gotas de sangre y 200 de sudor, se publicaría en 1961; Supay el cristiano, lo haría en 1967; y, finalmente, El hombre que trasladaba las ciudades saldría a la luz en 1973. Desconocemos los motivos que hicieron que Droguett demorara la divulgación de su obra novelística más temprana. Con todo, nos ha parecido más provechoso indagar en los antecedentes que intervinieron en su génesis. Éste se remonta a la década de 1930 cuando, siendo estudiante de Derecho de la Universidad de Chile, un Droguett de vocación oscilante se sumergía en los archivos y se entregaba a la tarea de reunir materiales para elaborar su tesis de licenciado. En medio de estas pesquisas tuvo lugar un significativo encuentro entre el futuro novelista y los antiguos hechos de la Conquista. Pero dejemos que sea el mismo Droguett quien nos relate los pormenores del singular hallazgo que, a la postre, como bien apunta Antonio Avaria, sería el causante de que no se recibiera un abogado sino un escritor:

Para cumplir a conciencia mi tarea previa de rata de biblioteca, frecuenté durante meses y meses la Biblioteca Nacional, Fondo Medina, y la Biblioteca del Congreso. Revisé mucho, copié más, quizás demasiado, me saturé hasta el tuétano con hechos, historias, circunstancias que después alimentaría el periodismo histórico de Aurelio Díaz Meza, como antes lo habían alimentado por el lado de Benjamín Vicuña Mackenna, los cronistas de Indias, Barros Arana, los hermanos Amunátegui, los Alemparte, me entusiasmaban, me tomaban alegre, eufórico, triste, furioso, desesperado, romántico, clásico, despedazado, crucificado en toda esa inquisición de papel viejo, hasta que topé con Crescente Errázuriz y su biografía de Pedro de Valdivia, el sanguinario, y su muerte y desaparición tan merecida. De manera, pues, que aquel ilustre varón, que había de ser con el tiempo arzobispo de Santiago, tuvo la culpa y la maldita y soberana bendición de que yo me trasladara, sin casi darme cuenta, de las leyes a la literatura. Con lágrimas y suspiros de mi novia, con vergüenza, humillación y obstinación de mi parte (Droguett, "Eloy" 17).

De manera que fue don Crescente Errázuriz el responsable de la conversión o, mejor dicho, la asunción de Carlos Droguett como escritor. Sin embargo, muy poco se ha mencionado acerca del poderoso influjo de la obra del historiador y arzobispo dominico en la composición de sus novelas históricas. Como veremos, a la larga esta soslayada influencia afectaría directamente el modo en que Droguett concebiría el oficio del historiador en una estrecha 'relación con la creación literaria. En particular, la Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia publicada en 19111, obra basada en la Colección de documentos inéditos para la Historia de Chile publicados por José Toribio Medina, será fundamental para ahondar en el análisis de su elaboración literaria del pasado y vislumbrar el sentido que adquiere la historia de la Conquista en manos de Droguett. A continuación, nos ocuparemos de Supay el cristiano y 100 gotas de sangre y 200 de sudor, las dos novelas centradas en la conquista y fundación de la ciudad de Santiago, precisamente, el movimiento genésico de la trama histórica chilena en la obra de Carlos Droguett.

2. LA CRÍTICA A LAS FUENTES.

Como observa Jacqueline Covo (46), pese a que el proyecto original de Droguett consistía en publicar una sola gran novela cuyo tema sería la conquista y fundación de Santiago, el voluminoso manuscrito acabó siendo fragmentado en dos partes por exigencia del editor. Así también, a pesar de que 100 gotas… fue la primera en salir a la luz, Supay el cristiano corresponde a la primera parte de esta historia que comienza en el año 1540 y se cierra en 1547. Ambas novelas nos narran la historia de los siete primeros años de vida de la ciudad de Santiago fundada por los conquistadores venidos con Pedro de Valdivia. Pero curiosamente los protagonistas de esta historia no son Pedro Valdivia, ni Inés de Suárez, ni Alonso de Monroy, ni Francisco de Aguirre o Francisco de Villagra; ciertamente, no es ningún conquistador en particular. Ni siquiera lo es Pero Sancho de la Hoz, el hombre más triste, según Droguett, cuya infausta participación en la empresa de conquista abarca justamente esos siete años, desde que intentara dar muerte, por primera vez, a Valdivia en el campamento de Atacama la Grande hasta que su cabeza y su destroncado cuerpo fueron llevados al rollo de la plaza mayor de Santiago. Tampoco protagonizan esta historia los naturales de la zona; no lo hacen los siete caciques decapitados por Inés de Suárez ni el gran cacique Machimalonco que encabezó la revuelta indígena del 11 de septiembre de 1541 ni tampoco ninguno de los indios anónimos que se abalanzaron entonces sobre la ciudad recién fundada, quemando los palos y las lonas, borrando con el talón desnudo las calles imaginarias y los imaginarios solares proyectados por los conquistadores. En realidad, si queremos ser precisos habría que decir que el protagonismo aquí es colectivo. No en vano Droguett nos advierte, en las páginas liminares de 100 gotas.., que la obra que nos presenta a continuación es una 'novela de la ciudad, del nacimiento de la ciudad'2, definición que, por supuesto, es válida también para Supay el cristiano. Y, como veremos, el verdadero protagonista de este relato coral de la fundación de Santiago, como lo será también el de 60 muertos en la escalera, solo puede ser la ciudad; o, más precisamente, la vida y la muerte colectiva en la ciudad.

Este protagonismo colectivo adquiere aquí gran relevancia pues, además de ser la intención manifiesta del autor, está en cierto modo condicionado por las fuentes documentales a las que se ciñó Droguett en la elaboración novelesca de los hechos de la Conquista. Por cierto que la crítica ha reparado con frecuencia en la fidelidad de Droguett a las fuentes directas para la escritura de sus novelas históricas; sobre todo, se han enfatizado las múltiples referencias a las cartas de relación escritas por Pedro de Valdivia. De hecho, el mismo Droguett nos informa que el título 100 gotas de sangre y 200 de sudor le fue prestado por Valdivia3 en una transacción solidaria y transtemporal que, a juicio de Francisco Lomelí, resulta sorprendente pues es "como si éste [Valdivia] fuera creador literario y no conquistador, observándose una íntima fusión entre literatura e historia" (107-108). La carta enviada por Valdivia al emperador Carlos V, desde donde, a su vez, Droguett recogerá más tarde el envío de Valdivia, está fechada el 15 de octubre de 1550. Y reza así:

Partió, este barco, como digo, llevando los que en el iban, mios y de particulares, casi sesenta mill pesos, que, á ir á otra parte que al Perú, era gran cosa; pero como aquella tierra ha sido y es tan próspera é rica de plata, estimarian en poco aquella cantidad, y acá teniamosla en mucho por costarnos cada peso cient gotas de sangre y doscientas de sudor4 (Valdivia161).

Asimismo, es muy probable que el título de Supay el cristiano esté también inspirado en las palabras del gobernador español:

Y así andábamos como trasgos, y los indios nos llamaban Cupais, que así nombran á sus diablos, porque á todas las horas que nos venían á buscar, porque saben venir de noche á pelear, nos hallaban despiertos, armados, y, si era menester, á caballo (29)5.

Lo cierto es que, más allá de los títulos, las referencias a las cartas de Valdivia son indudables y abundantes en las páginas de ambas novelas6. Asimismo, como sugiere Jacqueline Covo, las importantes obras de los cronistas Pedro Mariño de Lobera y Alonso de Góngora Marmolejo podrían ser otra, de las fuentes probables en las que se apoyó Droguett para elaborar los hechos de que tratan sus novelas7. En efecto, si nos damos el trabajo de cotejar con los cronistas algunos de los episodios más estrafalarios e increíbles que figuran en estas 'novelas de ciudad', ciertamente aquellos que son demasiado específicos y demasiado grotescos, aquellos que a menudo no forman parte de nuestra enciclopedia cultural de uso habitual, nos llevaríamos inesperadas sorpresas sobre la escrupulosa fidelidad documental apreciable en estas obras de Droguett. De hecho, Jacqueline Covo menciona dos episodios de inolvidable patetismo que figuran en las crónicas y cuya lectura, según la autora, muy probablemente habría conmovido al escritor:

[…] le conmovieron, sin duda, la trompeta desesperada y la canción 'Cata el Lobo do va Juanica…' con las que, según Góngora Marmolejo y Mariño de Lobera, un soldado lloró el oro tan duramente acumulado que le robó Valdivia escapando a Lima (53-54)8.

Además, Covo menciona: "La traición […] de ese Francisco de Chinchilla9 que, según Mariño de Lobera, se alegró tanto de los apuros de Valdivia" (54). Vale la pena detenerse en el insólito acceso de alegría que se apoderó de Chinchilla, uno de los soldados adictos a Pero Sancho de la Hoz y conjurados en contra de Pedro de Valdivia. Los hechos son, sin duda, tragicómicos. Sencillamente, Chinchilla no pudo contener su alegría al contemplar la amargura en el semblante del duro gobernador que venía de enterarse nada menos que de la primera gran catástrofe de su empresa ocurrida en Marga-Marga y Concón. Los indios que, demostrando una aparente buena fe, habían accedido a extraer oro para los conquistadores y a colaborar en la construcción de un barco para transportar el mineral al Perú, aprovechando la ausencia de Valdivia, se lanzaron sobre los españoles que vigilaban la faena, quemaron el barco y dejaron con vida a solo dos soldados, Gonzalo de los Ríos y el negro horro Juan Valiente. Y pese a la desgracia, a sonrisa descubierta frente al dolor generalizado, el tal Chinchilla se desternillaba de risa y hacía sonar sus cascabeles por la plaza mayor de Santiago. Así nos lo cuenta Mariño de Lobera:

Francisco Chinchilla mostró tanto regocijo al ver venir a Valdivia tan melancólico del mal suceso sin haber hecho cosa en el viaje, que echando un pretal de cascabeles se puso el mesmo día a correr por la plaza con gran regocijo (Mariño de Lobera 56).

Y así nos lo cuenta Droguett:

Chinchilla se está divirtiendo. Camina después, va ligero, dispara los brazos, echa a correr. La risa le borbotea en el cuerpo. Está sanote este soldado. En sus manos brillan unos cascabeles. ¿De dónde los sacó? Siempre anduvo con ellos, sabía que un día tendría que reírse demasiado. Por todo eso, echando al aire su petral de cascabeles, se puso a correr por la plaza, dando gritos saludables de mentecato y desparramando sus carcajadas ¡Soldado canijo tan alegre! Está radioso. ¿Cómo no reírse? ¿Quién se lo impide? (Supay 57-58).

"Caro le costó aquella necia manifestación de alegría" (199) -sentenciaría, a su vez, Crescente Errázuriz al referirse a la carcajada delatora del soldado. Y, en efecto, teniendo por toda evidencia su risa y su petral de cascabeles, Chinchilla acabó siendo apresado "preventivamente" en casa del Alguacil Mayor, Juan Gómez de Almagro. Cuenta también Mariño de Lobera que al enterarse su suegro, el Procurador de la ciudad Antonio de Pastrana, confabulado también en contra de Valdivia, para mayor desgracia del alegre soldado decidió enviarle a su celda un mensaje tranquilizador 'dentro de un pan subcinericio, que era cocido al rescoldo':

Este pan abrió el alguacil mayor, y hallando la carta se puso a leerla para sí delante de la parte, y estando embebecido en lo que contenía arremetió con él Francisco de Chinchilla y se la quitó de la mano, y en un punto se la metió en la boca, y la tragó contentándose, ya que no comió el pan con comer la carta (56).

Y en la versión de Droguett:

Juan Gómez partió el pan y del interior de la miga surgió un trozo de papel. Chinchilla se puso más pálido, le tembló la mano que sujetaba la cuchara […] Juan Gómez no se inmutó. Escarbó el papel y comenzó a doblarlo con minuciosa limpieza.

- No limpia bien la harina el suegro, Chinchilla ¡Tendrás que reclamarle!

Chinchilla pegó un manotón, le quitó el papel, se lo llevó a la boca y lo tragó. Juan Gómez miró plácido al prisionero:

- ¡Hambre tienes, Chinchilla! Pero tú no quieres al suegro ¡Le comes las cartas sin averiguar lo que dicen! ¿Por qué te quedas callado? […]

- Escuche vuestra merced el recado urgente del suegro. Decía ansí: 'No confeséis, porque nada se sabe' (Supay 63-64).

Este último dato, el misterioso contenido del mensaje engullido por el indiscreto Chinchilla, no figura en la crónica de Mariño de Lobera; lo más probable es que Droguett lo haya tomado de Crescente Errázuriz. Y, en efecto, sostiene Errázuriz que por aquellos días se corrió en Santiago que el mensaje del pequeño billete introducido en el pan era: "'No confeséis, porque no se sabe nada'; palmaria prueba de la existencia de la conspiración y de la culpabilidad de Chinchilla y de su corresponsal" (200). Asimismo, es muy probable que el título que lleva el episodio que narra la infortunada risa del soldado en Supay el cristiano (La alegría los perdió) fuera extraído también de la obra de Errázuriz quien, al referirse de la suerte corrida por Chinchilla y su suegro, afirma: "La alegría los perdió, pues permitió al Gobernador 'hacer su pesquisa' con seguridad" (199).

Acaso pueda parecer un ejercicio ocioso el compulsar celosamente los hechos narrados por Droguett con su correlato en las fuentes consagradas de la historia de la conquista chilena. Y lo es, en efecto, pues tan innumerables son los ejemplos de fidelidad que nos proporciona la versión droguettiana que no daríamos abasto con las páginas que tenemos a mano. Pero no es tan solo explicitar esta fidelidad lo que aquí nos interesa. De hecho, resulta pertinente subrayar desde ya que la correspondencia más gravitante y evidente de las 'novelas de ciudad' la hallamos no en las fuentes directas de los conquistadores sino que en la obra de don Crescente Errázuriz; una obra que, por lo demás, fue compuesta en base a fuentes tan diversas como las cartas de Valdivia, las crónicas de la conquista, además de una gigantesca masa documental recopilada por Toribio Medina en la que se incluyen procesos, pleitos, informaciones de méritos y servicios, entre muchas otras trazas dejadas por los españoles. A partir de este sustrato documental de naturaleza polifónica, pues comprende los testimonios de todos los conquistadores, no solo la tradicional fuente del gobernador o del cronista habilitado, sino que también la voz del soldado raso, el conspirador, el condenado, la mera comparsa de las fuentes tradicionales, la obra de Crescente Errázuriz ejercerá una doble influencia en la composición de las novelas históricas de Droguett. En primer lugar, proporcionará una elaboración, selección y entramado de los hechos a la que Droguett se ceñirá firmemente, sin necesidad de intervenir esta trama casi en lo más mínimo. Y es que en la obra de Errázuriz la densa masa documental reunida por Toribio Medina aparece ya elaborada, narrativizada y animada de manera tal que posee de por sí el movimiento de una novela. Pero, además, la obra de Errázuriz alentará la descentralización del relato de las hazañas de los españoles, por ejemplo, su protagonismo por cuenta de Pedro de Valdivia, poniendo el foco en el relato coral de los habitantes de la nueva ciudad. Surge así el protagonista colectivo al que Droguett agregará la voz del indio, la presencia del caballo y el cóndor, del hambre y el frío, en una fábula que por momentos se torna tan débil y dispersa que acabará disolviéndose en el ambiente (sobre todo, en 100 gotas...) al punto de terminar siendo la propia ciudad -la dura naturaleza, la realidad física, el espacio- la que, en última instancia, cobre el protagonismo.

3. UNA TRAMA HISTÓRICA CON MOVIMIENTO DE NOVELA

Como todo historiador que se precie de tal, Droguett es riguroso y no puede menos que afirmar su relato en la fuente fidedigna. Como novelista, él mismo lo ha dicho, es realista a ultranza10 y, lo mismo que el historiador, persigue una representación apegada estrictamente a la verdad de lo acontecido; no obstante, su elaboración de la verdad histórica apremia la mostración de una realidad sobreabundante que nos ilumine lo que fue y también permanece. En este sentido, no resulta desarmoniosa la fascinación que la Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia de Crescente Errázuriz ejerció en el novelista. Como tampoco es de extrañar la admiración que un reputado historiador como Jaime Eyzaguirre profesaba hacia esta valiosa obra, sobre todo teniendo en cuenta que en su Ventura de Pedro de Valdivia, su historia centrada en la vida del caudillo español, hubo de recurrir a ella en busca de materiales similares a los que tanto fascinaron a Droguett. Muy probablemente las siguientes palabras de Eyzaguirre nos ayuden a comprender un sentimiento común que, gracias a la mediación de Errázuriz, consigue ligar al novelista y al historiador en torno a los hechos que coincidentemente se esforzaron en elaborar.

Rehuyendo fantasías, nos esforzamos en presentar un cuadro perfectamente histórico de la vida del caudillo, convencidos de que no es preciso valerse de artificios de la imaginación para animar una existencia que tiene ya de por sí el movimiento de una novela (Eyzaguirre 15).

Aquellas palabras a propósito de la vida de Valdivia bien valen para toda la Conquista. Es cierto lo que observa el historiador: no hace falta recurrir a la imaginación para animar una época que ya de por sí tiene el movimiento de una novela. Si bien no debemos olvidar que este movimiento de novela no puede surgir de las fuentes en bruto sino que necesariamente ha de ser el fruto de una articulación narrativa que haga inteligible y otorgue sentido a una masa documental que por sí misma se mantendría amorfa, muda e incoherente. Precisamente, la obra de Errázuriz tiene la virtud de articular dentro de una trama significativa la variedad de datos obtenidos de primera mano en el testimonio de los conquistadores; y fue justamente esta elaboración de los hechos la que dejó a Droguett embriagado por un pasado que desde entonces comenzó a ver novelesco. La mejor prueba de ello son Supay… y 100 gotas…, sus dos primeras 'novelas de ciudad', en las cuales Droguett se hace eco no solo de las fuentes citadas por el historiador sino que se apropia de buena parte de su entramado narrativo, del orden y la estructura de los hechos narrados, replicando, además, la articulación de sus discursos y diálogos. En efecto, ambas novelas se nutren directamente de la elaboración de las fuentes y la organización que Errázuriz otorga a los hechos, desde el primer capítulo de Supay… que nos muestra a un Pero Sancho taciturno, recién salido de la cárcel en el Perú, barruntando por vez primera su conspiración junto a sus cómplices, hasta el último episodio de 100 gotas… donde se nos narra la muerte en el cadalso de Juan Romero, el hombre del halcón, amigo y 'paniaguado' de Sancho11. Con esto no intentamos decir que el de Droguett sea otro caso de Pierre Menard. Ciertamente, la voluminosa obra de Errázuriz abarca una totalidad temporal mucho mayor a los siete años que nos presenta Droguett y contiene, además, otras disquisiciones propias de la disciplina historiográfica; así también, dentro de esos siete años historiografiados por Errázuriz se nos relatan otros episodios que Droguett omite. Naturalmente, esto forma parte de la reelaboración de la trama histórica por parte del novelista y, por supuesto, nos habla también del sentido que Droguett deseaba asignarle a esos mismos hechos desde su rearticulación literaria.

Resulta, de entrada, muy significativo el que Droguett haya optado por inaugurar su trama de la Conquista con la confabulación de Pero Sancho en lugar de haber seguido la ruta tradicional acompañando a Valdivia a través de su expedición por el norte de Chile. Podría argüirse que Droguett no deseaba escribir una novela centrada en la figura de Valdivia. Si bien es muy probable que el descubrimiento del personaje de Sancho, tal como aparece animado en las páginas de Errázuriz, aquel 'eterno émulo de Valdivia, tantas veces conspirador, tantas veces perdonado y siempre reincidente', lo haya conmovido profundamente. Cabe indicar que Droguett admite haber hallado por primera vez la historia de Pero Sancho en las páginas de Errázuriz12; si bien es cierto que no es el primer historiador en ocuparse de este personaje -Barros Arana y Encina lo mencionan a propósito de sus provisiones reales, su frustrada sociedad de conquista con Valdivia y sus numerosas conspiraciones en contra del gobernador- es en su Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia donde Sancho de la Hoz adquiere todo el relieve de un personaje trágico, sufriente, esencialmente humano. Recordando las palabras de Tomás Thayer Ojeda, Errázuriz nos lo presentará como la figura más ingrata de toda esa hueste de valientes que acompañaron a Valdivia en su audaz empresa. Asimismo, para Droguett, Sancho será el hombre más triste; el mismo Sancho confesaría a Chinchilla -sí, aquel Chinchilla al que luego perdería su alegría- esa 'songonana' o tristeza del corazón que hacía presa de su ánimo antes de partir rumbo a Chile, en el siguiente diálogo extraído directamente de las páginas de Errázuriz:

Estando cierto día en la encomienda 'de un fulano Mendoza, hermano de María Descobar, en Acari', se mostraba Pero Sancho mui pensativo.

- ¿Por qué estais triste? le preguntó Chinchilla.
- Tengo songonana (que quiere decir: tengo "triste el corazón"), respondió Sancho.

Insistió el otro en saber la causa de su pena, y él le dijo que estaba pensando cómo había de matar á Pedro de Valdivia; pues solo así podría llegar á tener el mando" (64-65).

Observemos ahora el mismo pasaje reelaborado por Droguett:

- ¿Por qué estás triste? - le preguntó otra vez.
- ¡Tengo songonana! - respondió en un suspiro Sancho […]
- ¿Cuál es la real causa de tu pena? - interrogó muy atento Chinchilla.

Los dos se quedaron callados. Pasó entre ellos un rato largo. Chinchilla arrimó una silla y se sentó haciendo ruido. Hizo a un lado la escudilla y el vaso con vino helado. Miró a Sancho. Sancho, de un modo más tranquilo, con una voz suavizada, como enfriada, dijo solamente:

- Pedro de Valdivia… ¡estaba pensando matarlo! (Supay 15-16).

Resulta interesante verificar que la enorme mayoría de los diálogos que encontramos en Supay… y 100 gotas.. han sido prácticamente tomados a la letra desde la Historia de Errázuriz. Como se ha dicho, Errázuriz ha elaborado muchos de ellos a partir de las declaraciones de los propios conquistadores que figuran en diversos documentos como, por ejemplo, los que dicen relación con el proceso seguido a Pero Sancho y sus secuaces. Uno de esos testimonios, el de la propia Inés de Suárez, daría origen a la tensa escena de la presentación de Sancho en el campamento español de Atacama la Grande, en su primer intento frustrado de asesinar a Valdivia. En el texto de Errázuriz se nos narra en detalle cómo Pero Sancho se introdujo de noche en la tienda donde, se suponía, debía estar durmiendo Valdivia. Según nos relata Errázuriz (65), deseaba Sancho echarle los 'brazos al cuellos como por vía de amistad' entretanto sus compañeros le propinaban puñaladas13; mas, para su infortunio, en el interior de la lona halló a una solitaria Inés de Suárez quien inmediatamente reparó en las intenciones del traidor:

Todo estaba 'á oscuras, sin candela' y Pero Sancho de Hoz 'entró dentro del toldo tanteando en la cama y sin hablar él y los que con él iban'.

Despertó sobresaltada Inés y comenzó á gritar:

- '¿Quién sois? ¿qué buscáis?'

Pero Sancho preguntó a su turno:

- '¿Dónde está el capitán?'

Inés le respondió:

- 'No está aquí: ¿qué le quereis? ¿quién sois? ¡decidme quién sois!'. […]
- 'Señora, soy Pero Sancho de Hoz'.
- '¿Cómo, señor, replicó ella, un hombre como Vuestra Merced entra en casa ajena? ¡mal me parece!'
- 'Como yo soy servidor del capitán, replicó Sancho, no se maravilla Vuestra Merced'

Naturalmente, ni á Inés de Suárez ni á nadie engañó. Era demasiado transparente su proceder: la hora y la manera de penetrar en la tienda de Valdivia aquellos hombres que, como todos lo notaron muy luego, traían dagas 'entre las calzas y los borceguíes', decían á las claras que se trataba no de amigos, sino de malhechores (Errázuriz 69).

Entretanto, si observamos esta escena reelaborada por Droguett notaremos que junto con intercalar un monólogo interior de Inés de Suárez, el novelista reproduce el mismo diálogo de Errázuriz, extendiéndose tan solo en la descripción de algunos elementos entonativos y verbalizadores:

En el lecho estaba yo sola, a oscuras, sin candela, no tengo sueño, estoy cansada, estaba dormitando, escuchando al viento, no puedo dormir, el capitán no regresa y entonces llegó Pero Sancho tanteando la cama y sin hablar él y los que con él aparecían. Ahora fue capaz de gritar:

- ¿Quién sois? ¿Qué buscáis?

Qué fuerte gritaba. Sancho escuchó muy alto el grito […] Preguntó por preguntar:

- ¿Dónde está el capitán?
- ¡No está aquí! ¿Qué le queréis?

[…] Doña Inés les miraba las calzas y los borceguíes a él y a los otros […]

- ¡Señora, soy Pero Sancho de la Hoz! - contestó. […]
- ¿Cómo, señor, un hombre como vuestra merced entra en casa ajena?

No le contestaban y, por eso, doña Inés arrojó el resto de su rabia.

- ¡Mal me parece!

- Como yo soy servidor del capitán - replicó Sancho, temblándole el bigote-, no se maraville y enoje vuestra merced ¡Vengo de lejos y quería verlo en el acto!

(Droguett, Supay 23-24).

Resulta necesario enfatizar que los testimonios de los conquistadores aparecen ya como una materia novelizada en la narración histórica de Errázuriz. En otras palabras, Errázuriz no solo se limita a citar fragmentos extraídos directamente de las fuentes, para el caso, las declaraciones de tal o cual personaje, sino que, asumiendo el punto de vista de un narrador omnisciente, incorpora estos discursos ajenos elaborándolos de forma dialogada bajo un estilo directo, haciendo que las voces escritas provengan de los propios actores. Observemos, por ejemplo, la siguiente declaración de Francisco de Aguirre, citada por el historiador Luis Silva Lezaeta14, que fue extraída directamente de la recopilación de documentos históricos de José Toribio Medina; ella trata sobre la agitación que reinaba en Santiago durante la última tentativa conspirativa de Pero Sancho, antes de que fuera finalmente decapitado:

Estando en mi casa en una ventana que sale a la plaza, y cerca estaban las casas de la morada de Francisco de Villagrán […] lo vi salir a éste de su casa a la hora de la una después de mediodía muy de priesa y venía a mi posada […] y le dije desde mi ventana que a dónde iba con aquella siesta y calor, y Villagrán respondió que me pedía por merced que bajase, que me quería hablar, y así bajé y Villagrán me dijo que Pero Sancho se alzaba con la tierra. Le dije que se reportase y sosegase, que, si lo sabía de cierto, no hubiese alboroto […] (127).

Ahora dejemos que sea Errázuriz quien nos narre este mismo encuentro:

- '¡Ah, señor capitán Francisco de Aguirre, mire Vuestra Merced una palabra'

Asomóse Aguirre á una de las ventanas de los altos y preguntó á Villagra:

- '¿Qué haceis y á dónde vais con esta siesta y calor?'
- 'Bajad, os lo ruego.'

Cuando hubo bajado, le refirió 'cómo Pero Sancho se alzaba con la tierra' y lo inminente del peligro.

Aguirre, según él cuenta, trató de tranquilizarlo:

- 'Reportaos é sosegaos, le dijo, y si no lo sabeis de cierto y lo teneis escripto y firmado, no hagais alboroto' (107).

Por supuesto, este encuentro será, a su vez, sujeto a una nueva elaboración narrativa por parte de Droguett en el último capítulo de 100 gotas…, titulado El Calor15. Pero, ciertamente, no queremos fastidiar al lector con más ejemplos de esta dinámica de relaciones, que comprende los sucesivos 'traspasos' desde la fuente directa, pasando por la Historia de Crescente Errázuriz hasta llegar a las novelas de Droguett. Baste con lo dicho para dejar constancia de las evidentes simetrías existentes entre la elaboración literaria de un episodio histórico particular y aquella realizada por el discurso historiográfico. Si bien aún más importante nos parece subrayar las significativas semejanzas entre el entramado de los hechos que nos teje el historiador y aquella trama que componen estas dos novelas históricas de Droguett.

En efecto, podría decirse que Droguett recorta un fragmento de la enorme trama histórica urdida por Errázuriz -que, en, su integridad, abarca desde el año 1538 a 1565-, un fragmento que, como se ha dicho, abarca una totalidad temporal de siete años, desde que Pero Sancho se une a la empresa conquistadora de Valdivia en el invierno de 1940 hasta la muerte del eterno conspirador y su compañero Juan Romero en la plaza mayor de la ciudad en diciembre de 1947. Resulta muy interesante que, hasta un cierto punto, Droguett haya optado por conservar la estructura, selección y orden de los hechos de la Historia de Errázuriz. Es justamente esta conformidad con el entramado narrativo del historiador la que condicionará que el protagonismo aparente de Sancho en los primeros episodios de Supay… se diluya con el correr de las páginas hasta figurar apenas, en buena parte de 100 gotas..., exiliado en una casa en Talagante, aunque, de cierta manera, sea siempre él quien mueva los hilos de los ofuscados españoles de Santiago, a la manera de un hombre detrás de la cortina. Sin embargo, lo mismo que la Historia de Errázuriz, ambas novelas de Droguett en última instancia acabarán representando la Conquista y los primeros años de la ciudad de Santiago mediante un relato que disemina los protagonismos y los puntos de vista entre el conjunto de actores que refrendan su verdad en las fuentes. Son los testimonios de los conquistadores, el testimonio de sí mismos y los testimonios de los otros respecto a éstos, el material que animará a un Pedro de Valdivia, un Chinchilla, un Pero Sancho, un Juan Romero, un Pastrana, una Inés de Suárez, entre tantos otros. Y es también sobre la base de estos testimonios que el historiador y posteriormente el novelista estructurarán sus narraciones, organizando los hechos dentro de una trama significativa. Surgen así la songonana de Sancho y su primera arremetida en contra de Valdivia (El hombre más triste), la indiscreta y fatídica risa de Chinchilla (La alegría los perdió), la canción del trompetista al ver que Valdivia robaba el oro de los españoles (Canción a la orilla del mar), por nombrar tan sólo algunos de los episodios que Droguett se apropia y reelabora a partir de la Historia de Crescente Errázuriz.

De hecho, uno de los pocos episodios ocurridos dentro de esos siete años que ha sido historiografiado en extenso por Errázuriz y que es omitido por Droguett, es la aventura de Alonso de Monroy, teniente de Valdivia, quien, tras la destrucción de Santiago el 11 de septiembre de 1541, emprende un viaje al Perú en busca de socorros para los españoles, a la sazón, presas del hambre y las necesidades16. Por otra parte, Droguett añadirá dos episodios que bien se apartan o no figuran en la trama histórica de Errázuriz, dos episodios que, por decirlo de alguna manera, son de su exclusiva autoría. El primero de ellos se titula sencillamente Episodio, y aparece en Supay…, en tanto que el segundo, titulado Se fue Monroy y llegó el invierno, figura en 100 gotas…17 En estos episodios Droguett abandona por momentos la fuente histórica para ahondar en lo que ella no dice, aunque de alguna forma sí lo insinúe18. Así, mientras el primero trata de la violación y el asesinato de una india en manos del soldado Martín Candia, el segundo nos narra los padecimientos de los españoles tras la destrucción de la ciudad de Santiago y su desesperada búsqueda de alimentos que los llevó a devorar a sus propios caballos muertos; de hecho, habría que decir que ambos episodios nos hablan de la carencia con que debieron lidiar los conquistadores: carencia de mujer (no olvidemos que la única entre los españoles era doña Inés, 'la querida de Valdivia'), y también el hambre por la carencia de víveres, el frío producto de los andrajos que vestían.

Pero, además, estos episodios sin correlato explícito en las fuentes le permiten a Droguett introducir vigorosamente elementos que apenas se dejan oír en las declaraciones de los españoles, siempre centradas en sus propios apuros y amarguras. Así, por ejemplo, el episodio de Candia introduce a la india y su sufrimiento causado por el español. Entretanto, en medio del invierno y los padecimientos de los españoles que aguardaban el regreso de Monroy, Droguett dará voz al sufrimiento de un caballo cubierto por la nieve, en el angustioso relato de su caída al río congelado19. Pero, asimismo, estos episodios no documentados se relacionan significativamente con aquellos que fueron reelaborados a partir de la fuente histórica. Ellos participan del mismo sentido que probablemente percibiera Droguett al descubrir aquellos primeros años de nuestra historia en la obra de Crescente Errázuriz; aquel pasado le pareció entonces novelesco porque en la selección y encadenamiento de esos hechos ya se podía entrever un sentido histórico profundo y permanente: el movimiento de la vida y la muerte colectiva en el origen de nuestra nación, en el nacimiento de nuestra capital. La muerte de unos que es vida para otros. La muerte de los traidores que es la vida de Valdivia y lo suyos, lo mismo que la muerte del indio es vida para el español, y viceversa. Ciertamente, la vida y la muerte dialogan en la escena de la violación y el asesinato de la india; en ella la satisfacción de una pulsión vital para el soldado Martín Candia tiene como consecuencia la muerte de quien sería surtidora de más vida. Lo mismo ocurre con el caballo que debe morir para servir de alimento y procurarles sustento y vida a los españoles hambrientos20.

¿Por qué razón Droguett habría de modificar la trama urdida por Errázuriz para aquel primer tiempo, si ese movimiento novelesco de la vida y la muerte aparece ya prefigurado en cada página y en cada episodio relatado por el historiador? Tal movimiento nos asalta en la risa y los cascabeles de Chinchilla y su posterior ahorcamiento, en la invasión y quema de Santiago y la muerte de los siete caciques, en la momentánea victoria española y la posterior guerra de recursos que enfrentó a los conquistadores con el hambre y el desamparo, en el ahorcamiento de Juan Romero, en medio del general disimulo, una muerte que solo sirvió para que el resto de los conjurados a favor de Sancho -"que no quedaban en la ciudad ocho hombres sin ser de ello" (Errázuriz 132)- pudieran seguir viviendo y la ciudad existiendo. Hemos de insistir en que todos estos hechos participan de un mismo sentido que Droguett visualizó en las páginas de Errázuriz y procuró enfatizar en sus novelas. Todos ellos expresan el sentido trágico de la conquista, la fundación de una ciudad y el origen de una nacionalidad, en el vínculo indisoluble de la vida y la muerte, de la destrucción que es a su vez una nueva creación. Es así como en Droguett la fundación y destrucción de la primera ciudad chilena viene a encarnar el sentido histórico del nacimiento del nuevo mundo. Un nuevo mundo que, a su vez, había sido fundado sobre una inestabilidad que se tornaría endémica, nada menos que este viejo nuevo mundo, América latina, Chile, Santiago del Nuevo Extremo, en cuyo centro el español hundió la espada y hundió también la cruz. Se trata, en suma, del asesinato fundante de un mundo que, semejante al diluvio, parece replicar el antiguo diálogo entre la Creación y el Apocalipsis, un diálogo sin punto final, con sucesivos puntos apartes.

4. CREACIÓN Y APOCALIPSIS EN LA FUNDACIÓN DE UNA CIUDAD

Al principio de Supay el cristiano, cuando acompañamos a Pero Sancho y sus camaradas hasta Atacama la Grande, estamos situados en el invierno de 1540. El valle del Mapocho aún está lejos; será pisado por Valdivia en el mes de diciembre, recién comenzado el verano, mientras que la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo se fundará oficialmente en febrero del año siguiente. Si bien, paradójicamente, en las denominadas 'novelas de ciudad' que aquí nos ocupan, el hito histórico de la fundación de Santiago pasa casi desapercibido. Por cierto, no resulta casual que el novelista se salte este hecho fundamental dentro de la estructura lineal y cronológica del historiador Errázuriz para reubicarlo un tanto más adelante, poco antes de la destrucción de la ciudad producto de la invasión de los indígenas envalentonados con la evidencia más rotunda de la debilidad de estos terribles supais: el español mata al español21. Precisamente, el recuerdo de la fundación de la ciudad atravesará meses de distancia para salirle al encuentro a un Pedro de Valdivia que, abatido aún por la traición de Chinchilla y Pastrana, se dispone a dispersar a los indios que ya se alzaban en masa desde Choapa a Cachapoal y que, a la larga, alcanzarían su objetivo aprovechando la ausencia del gobernador. Así conserva el recuerdo de la fundación la memoria del conquistador español: "El día 12 de febrero de 1541 no fue un día de emoción para los conquistadores, no fue tampoco un día demasiado importante para el alma de ellos" (Droguett, Supay 108).

Y, en efecto, de acuerdo con Droguett, el día de la fundación poco tuvo de extraordinario o solemne. Poco que sea digno de referir. Podría decirse que para el conquistador el día de la fundación representaba algo así como el séptimo día de una creación demasiado larga, demasiado agotadora, pero quizás también demasiado inestable, demasiado imperfecta. Una creación que había comenzado hacía once meses al salir del Perú, o acaso mucho antes, cuando vinieron los primeros españoles hasta América desde España:

Con los cadáveres de los naturales y también de los españoles, con los cadáveres de los caballos que corrían desangrándose más abajo de los hombres, más sudorosos que los hombres, más sufridos que los hombres […] Aún en las traiciones de Pero Sancho […] estuvo surgiendo a pedazos la ciudad […] con chivateos de indios y lluvias de flechas […] el aire de cada vivo y de cada muerto había estado fundando la pequeña tienda que en la noche del día 12 ostentaba un cartel de bautismo: Santiago del Nuevo Extremo (Droguett, Supay 113).

Y, sin embargo, esta creación no concluía en su séptimo día. Estaba aún inacabada, "como una alfombra o un balcón morisco la habían extendido intacta, fea e incompleta y la noche estaba ahora sobre ellos" (114).

Con el incendio de la ciudad, el 11 de septiembre de 1541, los indios no harían otra cosa que contribuir a este continuo acto de fundación de una ciudad fea e incompleta, en constante hacerse y deshacerse. Una ciudad que, como hemos dicho, es la sumatoria de la vida y la muerte, las creaciones y las destrucciones, la levedad y la trascendencia. No es de extrañar entonces que tras la sangrienta batalla y el catastrófico incendio de esa ciudad tan esforzadamente fundada y, a la vez, tan incompleta, la narración nos introduzca a una escena de completa tranquilidad en un contraste brusco que, como observa Francisco Lomelí, "hace pensar en la historia bíblica del diluvio cuando la calma sigue a la tormenta" (108). Pero, más aún, pareciera que solo la destrucción interminable y los sucesivos holocaustos permiten que la ciudad siga existiendo y, con ello, se siga fundando. Así, por ejemplo, Inés de Suárez insistirá en cortar las cabezas de los siete caciques indios para salvar la vida a los españoles:

Doña Inés porfiaba todavía:

- No se ponga ciega vuestra merced, mire lo que hace. Abra los ojos, teniente, escuche a los indios. Por los caciques vienen ellos, por los caciques vivos y no muertos. Mátelos y huirán de pavor los indios ¡Muertos nos salvarán, que no vivos!
- ¡Matar para que vivamos!- dijo en un susurro el sacerdote.
(Droguett, Supay 179)22.

Y sería la propia Inés quien, frente a los titubeos del teniente Monroy, cortaría la primera cabeza indígena. Precisamente, la muerte de los caciques hacia el final de Supay el cristiano marcará el fin de esa batalla y aquel día domingo que fue día del juicio para los españoles que aquí se encontraban. No obstante, esas siete cabezas tronchadas, que, según cuenta la historia, salvaron a los españoles de una inminente destrucción, cobrarán enseguida el significado de una nueva creación, de una nueva vida, transformadas en los granos de trigo salvados del incendio que empuña Inés al principio de 100 gotas… Aquel puñado de trigo que Inés protegía entre sus manos recién salpicadas de sangre india era, en efecto, "el pan de la colonia". Con todo, doña Inés evita mirarse las manos.

¡Mis manos! ¿No sabéis, señor, que cuando me las miro se me quedan temblando? […] ¡Miro agora al indio, miro al yanacona y les veo desprendida del tronco la cabeza, una cosa redonda furiosa y fugitiva, agitándose, una gallina degollada echando sangre y aleteando, chorreando esa agua espantosa por los aires! (Droguett, 100 gotas 22-23).

Dos almuerzas de trigo, dos porquezuelas y un cochinillo, un pollo y una polla; en verdad, no parece mucho para fundar un reino, una colonia que luego será un país al que llamamos Chile. Y, sin embargo, para Droguett son estas las figuras de un nuevo comienzo para una misma creación siempre incompleta, necesitada siempre de nuevas fundaciones que, como la de Santiago aquel 12 de febrero, o aquella otra que siguió al día 11 de septiembre de 1541, serían también provisorias. Posteriormente, a la ciudad le harían falta otros momentos de peligro y destrucción inminente, como por ejemplo, la conjuración del día 8 de diciembre de 1547, día domingo también. Aquel día de calor y de siesta casi todos los españoles de Santiago del Nuevo Extremo, presa de la indignación por la partida de Valdivia y el oro al Perú, presumiendo el gobierno acéfalo y la tierra perdida, estaban dispuestos a amotinarse a favor de Sancho para que éste cumpliera el objetivo que lo había traído hasta esta tierra; todos aguardaban a que hiciera uso de su provisión real y asumiera finalmente la gobernación de Chile, al cabo de siete años de amargas frustraciones ¿No resulta estremecedor que para calmar la turbulencia hiciera falta una nueva cabeza tronchada, la de Pero Sancho, y el ahorcamiento de Juan Romero, el hombre del halcón? Y es que, como advirtió un perplejo Francisco de Villagra, el gobernador dejado por Valdivia, entonces eran tantos los españoles involucrados en la conjuración que solo cabía disimular. Las ejecuciones de Sancho y Romero bastarían para atemorizar a los demás y afianzar así la autoridad del gobernador interino. Una vez más sobrevendría la calma detrás de la tormenta; y a la destrucción que significó esta masiva traición, seguiría un nuevo comienzo, una nueva fundación tan provisional como la anterior y como las que con el tiempo le sucederían. Muy pronto, como se sabe, caería también la cabeza de Valdivia, el fundador.

¿Qué significado puede tener, entonces, una fundación tan leve, tan provisoria? Todo parece indicar que en Droguett la fundación definitiva de la ciudad es un acontecimiento que difiere su realización plena, un acontecimiento que está siempre por venir, como la promesa figural del advenimiento postrero de la Ciudad de Dios a este mundo. Y probablemente lo más significativo de esta primera coordenada de La Historia de Chile según Carlos Droguett, sus dos primeras 'novelas de la ciudad', del nacimiento de la ciudad de Santiago, sea precisamente esto: haber representado el génesis de nuestra nacionalidad, y también el génesis del nuevo mundo, como una creación imperfecta e inconclusa nacida de la destrucción de un mundo, de la muerte, de los muertos y de toda esa sangre corrida bajo las piedras de la ciudad, de esta misma ciudad, una creación que debe nutrirse de una destrucción recurrente, entretanto celebramos constantes hitos fundacionales a la espera de una fundación plena y definitiva. Por supuesto, Valdivia y los suyos trajeron la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo con sangre y con fatigas, con muertes de cristianos y de indios; la trajeron desde España hasta Cuzco y de Cuzco al valle del Mapocho. Pero, definitivamente los conquistadores no traían consigo la Ciudad de Dios, la consumación del drama cósmico de la historia cristiana, el reino de Dios descendido de pronto sobre esta tierra que es meramente de paso, para disfrutar aquí, en este mundo nuevo, de la estabilidad del descanso final de todas sus fatigas. Ciertamente, lo que fundaron aquí no fue la ciudad de la justicia eterna y la felicidad celeste ¿Cómo podían estos cristianos venidos de España, que eran los funestos supais en esta tierra, pretender fundar aquí una ciudad definitiva? Si bien aquel insípido día de la fundación de Santiago, aquel 12 de febrero de 1541, según nos lo relata Droguett, pudieron los cristianos concebir la posibilidad del reposo definitivo:

Los largos once meses que duró el viaje habían sido de cansancio, de cabalgar sobre las fatigas, con los indios que brotaban como resortes detrás de las rocas y cuando torcían el camino. Ahora ya estaban descendidos para mucho tiempo de aquel largo martirio [...] Disponían de un descanso muy extenso, de un descanso con agua y tierra florecida para reposar definitivamente sobre ella, no tierra hostil para correrla y cabalgarla y cansarse, como si cabalgaran jinetes de tierra sobre blandos españoles (Supay 111).

Pero, ya lo hemos visto: en la ciudad terrena a la calma siempre le sigue la tormenta. De ahí que la fundación de la ciudad americana sea representada por Droguett como un sacrificio constante destinado a ahuyentar una finitud y una podredumbre que los conquistadores trajeron consigo y vertieron en su génesis. Pareciera que no podía ser de otra manera, si desde el comienzo la ciudad americana vino a ser fundada por el gesto homicida. Así, los siete caciques, Pero Sancho, Juan Romero y el propio Valdivia contribuyeron con su muerte a darle vida y forma a la ciudad; en definitiva, sus sacrificios la hicieron habitable. Es por ello que, como toda historia patria, la historia de la ciudad terrena es también, desde sus orígenes, la historia de la ciudad de los muertos: "Miramos a la historia como a la ciudad de los muertos y ahí sí que está la patria: 'Porque una tierra es habitable sólo en cuanto tiene muertos" (Droguett, "El sentido" s/p).

Y muertos no le faltaron en su primer tiempo a la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo; la presencia de la muerte hizo que aquel tiempo fuera experimentado, a la vez, como genésico y final. Ha de ser por eso que Droguett observa en la aventura del descubrimiento y conquista de América "ese aspecto endemoniado, ese amontonamiento terrible del Apocalipsis y del Juicio Final" ("Cien gotas de envidia" 2). No obstante, habría que decir que desde entonces a cada génesis de la ciudad droguettiana le ha venido siguiendo un holocausto brutal que difiere el final y, desde la destrucción, desde el amontonamiento de los muertos, procrea un nuevo comienzo. Se trata siempre de un holocausto lapidario, concluyente, y que, sin embargo, no consigue detener la historia, esa recurrente fundación de la ciudad. Ya lo vimos en la batalla de septiembre de 1541 y lo volveremos a ver en el asesinato del Seguro Obrero de septiembre de 1938 y en el golpe de Estado de septiembre de 1973. Pero acaso la pregunta crucial que Droguett evita responder en las dos novelas de ciudad que hemos analizado, sea esta: ¿Podría la historia de esta ciudad terrena, que es la nuestra, de tu ciudad, de cualquier ciudad, que es también la ciudad de los muertos, podría esa historia proseguir si un día aconteciera su fundación definitiva?

NOTAS

1 Droguett será todavía más enfático a la hora de precisar el lazo genealógico que liga su novelística más temprana con esta obra de Crescente Errázuriz. Y es que apenas cayó en sus manos, según nos comenta el escritor, la Historia de Errázuriz se transformó para él en un "texto revelador y providencial': "¡Maldito y bendito sea el futuro arzobispo!, por ahora y entonces sólo mi confesor particular, sin él saberlo. Sin saberlo yo entonces. De él, de su ajustado texto, emanan mis novelas llamadas históricas, 'Supay el cristiano', '100 gotas de sangre y 200 de sudor', 'El hombre que trasladaba ciudades'" ("Eloy" 19).

2 "Esta novela de la ciudad, del nacimiento de la ciudad, quiso ser algo orgánico, pero a través de los años ha ido botando asperezas, cuerpos extraños, pasajes lindos, nada más que lindos. Lo bonito no tiene permanencia" (Droguett, 100 gotas 13).

3 "Don Pedro de Valdivia me prestó el título" (Droguett, 100 gotas 13). Poco después, en un artículo para la prensa, enfatizará Droguett: "El título es: '100 Gotas de Sangre y 200 de Sudor' y fue escrito, especialmente para la novela, por don Pedro de Valdivia (Droguett, "Cien gotas de envidia" 2).

4 "En esas 300 gotas está condensada la historia de la conquista de todo el mundo nuevo" -agregará Droguett (100 gotas 13). A propósito de las referencias a las cartas de Valdivia en las novelas de Droguett, nos dice Francisco Lomelí: "El novelista chileno hace todo intento por apegarse fielmente a los datos y escritos, respetando tanto las verdades como las posibles invenciones de quienes las cuentan". Asimismo, Lomelí advierte que Droguett no solo se limita a replicar las palabras del conquistador español, sino que "sitúa la frase de Valdivia en un contexto simbólico como juicio valorativo sobre la conquista" (107).

5 El subrayado es mío.

6 Acaso el mejor ejemplo de esto sean las primeras páginas de 100 gotas… donde vemos a Inés de Suárez y Pedro de Valdivia plantando los últimos seis granos de trigo español, mientras "a los pies de él una pollica, chamuscadas las plumas del ala, picoteaba ávidamente los granos" (17). Recordemos que la novela comienza días después de la destrucción de Santiago producto de la asonada indígena del 11 de septiembre de 1541. Este suceso trajo como consecuencia el incendio de los cultivos, la pérdida del sustento y todo tipo de privaciones para los españoles con la consecuente debilidad frente a la guerra de recursos que los indígenas no tardarían en propiciar. Esta situación la refrendan los datos proporcionados por Pedro de Valdivia y que son citados por Crescente Errázuriz: "Dice Valdivia al Emperador que al volver vio quemadas 'la comida y la ropa y cuanta hacienda teníamos que no quedamos sino con los andrajos que teníamos para la guerra y con las armas que a cuestas traíamos y dos porquezuelas y un cochinillo y una polla y un pollo y hasta dos almuezas de trigo". Y añade Errázuriz: "No era mucho para fundar un reino" (229).

7 Por su parte, Francisco Lomelí subrayará la importancia de las crónicas en la elaboración de las novelas históricas de Droguett. De hecho, este investigador preferirá llamarlas "crónicas noveladas" pues Droguett "no ve al ser humano con la perspectiva del historiador, quien tiende a definir al hombre en términos de causas y efectos. Coincide más con los cronistas al dejarse llevar por las impresiones, ya que ellos, a su vez, tuvieron que recopilar datos de segunda mano" (87).

8 Este episodio, tal como figura en las crónicas y documentos, resulta ciertamente conmovedor por lo cómico y penoso de la situación. Atribulado Valdivia por la necesidad de enviar al Perú alguna prueba del valor (ciertamente escaso) de estas tierras, decide burlar a los españoles que deseaban abandonar Chile y marcharse "unos á España á reunirse con sus familias y gozar del modesto desahogo que les proporcionaría el fruto de su trabajo; otros para llevar sus economías al Perú y volver con mercaderías a Chile" (Errázuriz vol. 2, 5). Con el pretexto de despedirlos, el gobernador acompañó a los desertores a Valparaíso donde los aguardaba un navío. Pero antes de la partida, Valdivia montó en tierra unas ramadas con el fin de dar de comer y beber a los viajeros; como nos lo cuenta Crescente Errázuriz: "la operación se efectuaba tras la ramada que Valdivia había mandado levantar para la comida de los viajeros y mientras estaban éstos ocupados en registrar sus haberes, el Gobernador, cual si se pasease, iba poco á poco y muy disimuladamente acercándose a la playa, en donde lo aguardaba el bote" (vol. 2, 7), en el que, por cierto, estaba ya embarcado todo el oro que aquéllos habían conseguido reunir tras duros años de trabajo. Oigamos lo que sucedió luego a los estafados en la playa de Valparaíso, en palabras de Góngora Marmolejo:

Los que quedaban en tierra y veian que les llevaba su oro, bien sentiréis lo que podian decir: eran tantos los vituperios y maldiciones, que ponian temor a los oyentes. Habiéndoles dejado órden que respetasen y tuviesen a Francisco de Villagra por su teniente, consolándolos que él volveria breve con jente para ampliar el reino y que de sus haciendas pagasen el oro que llevaba, a cada uno conforme a lo que pareciese por el rejistro. Los pobres que quedaron en el puerto animándose unos con otros, se volvieron a Santiago visto que otra cosa no podian hacer. Un trompeta que allí estaba, llamado Alonso de Torres, que despues fue vecino en la Serena, viendo el navio ir a la vela, comenzó a tocar su trompeta diciendo: cata el lobo, Doña Juanita, cata el lobo Doña… de que los presentes, aunque tristes y quejosos, no pudieron dejar de reir, y en el instante dió con la trompeta en una piedra donde la hizo pedazos (Góngora Marmolejo 14-15).

Véase Droguett, 100 gotas, cap. Canción a la orilla del mar.

9 En realidad, su nombre es Alonso de Chinchilla, el mismo nombre que utilizará Droguett en Supay el cristiano. Crescente Errázuriz en su Historia de Chile bajo Pedro de Valdivia rectificará este error del cronista Mariño de Lobera, lo cual nos proporciona una interesante pista para desmentir la tesis de Covo y también de Lomelí acerca de que los cronistas serían el referente principal de las novelas históricas o, como prefiere llamarlas Lomelí, "crónicas noveladas" de Carlos Droguett.

10 Este realismo a ultranza, asociado a la misión rectora de su obra, cual es recoger y refrescar la sangre que corre por nuestra historia, no constituye, para Droguett, un atributo particular de su escritura. En opinión del novelista, el realismo es (debe ser) la tarea del arte, de todo el arte, porque el arte no puede sino ser realista. Así lo explicita Droguett en Materiales de construcción: "Alguien ahora, en estos días de relativa luz, me preguntó que cómo definía yo mi literatura, y si quería ser yo sincero -y si no soy sincero no quiero ser escritor-, contesté que creía que mi literatura era realista y mientras más fantástica, más realista era y que creía también que todo arte lo es, que no existe sino el arte realista" (33).

11 Sin duda, puede resultar sorprendente que Juan Romero, el hombre de confianza de Pero Sancho, uno de los personajes con más relieve en 100 gotas..., no haya brotado de la imaginación de Droguett sino que podamos hallarlo en la Historia de Errázuriz animado casi por todas las cualidades con que nos lo pinta el novelista. Jacqueline Covo se asombra de que este personaje, escuetamente caracterizado por Mariño de Lobera como 'un soldado belicoso y atrevido', en manos de Droguett pueda llegar a conmover al lector "precisamente por sus debilidades, su amor por una india con quien desea casarse (…) y su ternura recíproca por el halcón del que no se separa hasta el cadalso, halcón que parece haber nacido de la imaginación del autor" (50). Hasta donde hemos podido comprobar, el amor que Romero profesaba por una india de servicio, propiedad de Francisco de Villagra, sería un elemento introducido por Droguett. Sin embargo, como se observa en el siguiente fragmento perteneciente a Errázuriz, el halcón de Romero no nació de la imaginación del escritor: "Tenía Romero una curiosa peculiaridad: muy aficionado á la caza, jamás dejaba de la mano un halcón. Casi todos los numerosísimos testigos que de él hablan mencionan esta circunstancia. En sus correrías, en sus diligencias, hasta en los momentos más críticos de su vida, llevaba siempre en la mano el halcón. Podría llamarse el hombre del halcón" (48- 49).

El hombre del halcón. Este es, por lo demás, el nombre que lleva el capítulo de 100 gotas... en donde Droguett profundiza en la personalidad de Juan Romero. En cuanto a la presencia del halcón al momento de ser llevado a la horca, Errázuriz no lo menciona. No obstante, sí repara en su presencia cuando, con el propósito de detener la inminente sublevación en la que estaban conjurados casi todos los españoles de Santiago, Romero fue apresado en la plaza por Pedro de Villagra para ser conducido a la casa del alguacil Juan de Almonacid. Más tarde Romero sería asesinado, corriendo la misma suerte que su amigo Pero Sancho. Así nos lo relata Errázuriz:

Almonacid era uno de los pocos que aquel día dormía tranquilamente la siesta en Santiago: la dormía bien descuidado, según él refiere, y despertó 'con el alboroto'; se levantó y fue a ver lo que era. No alcanzó á salir á la calle, cuando se le presentaron Pedro de Villagra y Alonso Sánchez, que llevaban preso a Romero, 'con un halcón en la mano': es realmente característico que, después de haber andado el halcón en todas las correrías y maquinaciones, no lo dejara a Romero de la mano ni aún en aquellos supremos instantes, cuando, no podía dudarlo, debía darse á santo si salvaba la cabeza (109-110).

Compárese este mismo relato con su reelaboración en manos de Droguett. Véase Droguett, 100 gotas 177-178.

12 Así nos lo corrobora Jacqueline Covo en nota al pie: "El autor, en una carta inédita al asesor literario de la editorial Zig-Zag, señala que donde primero encontró la historia de Pero Sancho de la Hoz fue en don Crescente Errázuriz" (49).

13 "Se aunaban el asesinato y la alevosía" -observa Errázuriz a propósito de las intenciones de Sancho y sus cómplices. Por supuesto, este 'abrazo del traidor', el plan que Sancho barrunta en su conversación con Chinchilla en el Perú, figura también en las primeras páginas de Supay el cristiano:

"Entraron Juan de Guzmán, Antonio de Ulloa, Diego López de Ávalos, Francisco de Galdámez y Gonzalo de los Ríos. Entraron y saludaron. Entonces, como se quedaban callados, después de un rato cogió un cabo de la conversación Sancho y comenzó a seguirla con Chinchilla:

- ¡Sí, Alonso…, le echaré los brazos al cuello como por vía de amistad!

- ¡Entonces! -dijo Chinchilla y se quedó clavado" (Droguett, Supay 18). (El subrayado es mío).

14 Véase: Silva Lezaeta, El conquistador 127. Este mismo fragmento es citado por Jacqueline Covo (50) para cotejarlo directamente con la novela de Droguett.

15 Véase Droguett, 100 gotas 173-174.

16 Si bien, Droguett no evita mencionar muy al paso aquel episodio, prometiendo que algún día las andanzas del teniente serían material para una nueva novela histórica, cosa que, como sabemos, no llegó a concretar. Como señala Jacqueline Covo: "[…] dentro del contexto histórico de las dos primeras novelas, el autor sugiere y aun promete una cuarta novela 'de la conquista', novela que hubiera relatado las aventuras de Alonso de Monroy" (47), 'Todo lo cual fielmente relatado será materia de otro capítulo algún día...' (Droguett, 100 gotas 75). (Véase también: Droguett, 100 gotas 89).

17 En realidad, ya en el primer episodio de 100 gotas de sangre y 200 de sudor podemos hallar varias secuencias que no aparecen explicitadas en la fuente histórica de Errázuriz, precisamente, luego de la escena de Pedro de Valdivia e Inés de Suarez sembrando la magra porción de trigo que pudieron salvar los españoles. Como ha señalado correctamente Francisco Lomelí, tras dar cuenta de la escena de Pedro de Valdivia e Inés de Suarez, "el narrador se retira de esta acción específica y se dirige a las amenazas venideras de la naturaleza" (109). Si bien esta escapada hacia la naturaleza exuberante y hostil no constituye en forma alguna una huida de la historia. Porque, en efecto, ahí estaban los cóndores que se abalanzaban sobre los cadáveres de los indios y los españoles que quedaron desperdigados tras la batalla, los cóndores que se lanzaban también sobre los españoles hambrientos y heridos. Como afirma también Lomelí, el cóndor era el recuerdo de la muerte que perseguía al español a cada paso; mientras más gordos se iban poniendo los carroñeros, más enflaquecían los españoles y más miedo sentían. "Según la fuente histórica de Luis Galdames -observa Lomelí- estos hechos no son invenciones porque, en efecto, hubo ataques de cóndores que amenazaron a los conquistadores" (110). Y, en efecto, así lo consigna el propio Galdames en su Historia de Chile: "Bandadas de cóndores y buitres rodeaban a los expedicionarios y les arrebataban, apenas caían, los cadáveres de los indios y las bestias" (Galdames 77).

Y por cierto que ahí estaba también el hambre que, según relata Droguett, "era una herida que persistía en las noches, más abajo del pecho, mientras se quedaban oliendo los perfumes apetitosos que les traía el aire del verano" (100 gotas 34). Recordemos que, según afirmaba Valdivia, los españoles contaban solo con dos almuerzas de trigo, la porquezuela y el cochinillo, el pollo y la polla, animales sagrados que no podían ser comidos. Así refiere el gobernador a Carlos V los trabajos del hambre que debieron padecer los españoles: "Los trabajos de la guerra, invictísimo César, puédenles pasar los hombres, porque loor es al soldado morir peleando pero los de el hambre concurriendo con ellos, más que hombres han de ser" (Valdivia 27). Y agrega Valdivia: "Habíamos de comer del trabajo de nuestras manos, como en la primera edad" (23). En efecto, como en la primera edad andaban los españoles, prácticamente desnudos, confundiéndose ya con los indios. Crescente Errázuriz no olvida dar cuenta de esta circunstancia:

"Si la escasez de alimentos los obligaba á recurrir á los últimos extremos para conservar la vida, no los afligía menos la falta casi total de vestidos. Ya lo hemos oído á Valdivia: en la imposibilidad de reemplazar por otras las ropas que consigo habían traído del Perú, las cuidaban hasta el punto de vestir las ya destruidas, los andrajos, antes de entrar en una acción de guerra; lo cual fue causa de que con sólo esos andrajos se quedaran cuando el incendio lo consumió todo en Santiago, durante el combate del 11 de septiembre de 1541 […] Tales girones desaparecieron pronto con el uso; y los pobres soldados y los capitanes, todos iguales en aquellos días ante la miseria, tuvieron que andar 'vestidos de pellejos, sin camisas ni otros vestidos', 'con tanto trabajo, añade otro, que no se puede relatar ni creer'" (265).

18 De hecho, para el episodio de Martín Candia y la india Droguett se afirma, en parte, en el testimonio del propio Candia, auténtico soldado español, citado por Errázuriz a propósito de una invitación a cazar que le hiciera Juan Romero, el hombre del halcón: "[…] propúsole, dice Martín Candia, ir juntos á pasear un día á una estancia de éste para darse el placer de cazar con el famoso halcón. Temeroso Candia de que se tratara 'de alguna maldad', es decir, de conspirar, le respondió que fuese él como á su casa, pero que no podía acompañarlo: no fue Romero" (49-50).

Precisamente, esta invitación a cazar sirve para introducir el episodio de Martín Candia en la novela de Droguett (Véase Droguett, Supay 91).

19 Resulta impactante la viveza con que Droguett nos retrata a este caballo dormido a mitad del campo. Se trata de un personaje tanto o más sufriente que los españoles, y tan extranjero como ellos, en su propia lucha por sobrevivir al invierno: "[…] el caballo se quedó temblando de miedo, relinchando hacia su memoria, llamando ¡supay! a los españoles. Se acordaba del incendio, de los indios que en él surgieron pateando y disparando" (Droguett, 100 gotas 61).

20 Jacqueline Covo advierte con agudeza la dualidad vida/muerte, destrucción/creación tanto en la metáfora de la ciudad como en el propio estilo utilizado por Droguett en su elaboración novelesca de la Conquista: "Esa dialéctica de la vida y de la muerte se manifiesta también en metáforas, la de las heridas que "maduraban" […] o de la pudrición que salía "como fruta" (59).

21 "Aquella misma tarde, algún yanacona, después que miroteó en lo alto de las rocas los cadáveres ahorcados del soldado Ortuño, de Pastrana y del infeliz Chinchilla, corrió cojeando hasta la regua más cercana, tierras indias de Apoquindo o Lampa, para llevar la noticia. ¡El español está matando al español en el campo!" (Droguett, Supay 102).

22 El subrayado es mío.

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