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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  n.77 Santiago nov. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952010000200016 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA
Noviembre 2010, Número 77, 265 - 285

IV. RESEÑAS

Miguel G. Rodríguez Lozano,
editor

Escena del crimen. Estudios sobre narrativa policiaca mexicana

México, D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México, 2009. 189 pp.

 

Con este volumen, Miguel G. Rodríguez Lozano continúa lo iniciado en la colección de ensayos co-editada en el 2005 con Enrique Flores, Bang! Bang!: Pesquisas sobre narrativa policial mexicana (también publicada por la UNAM). En relación con el estudio anterior, Escena del crimen suple la clara omisión de ensayos sobre textos de Carlos Fuentes y Jorge Ibargüengoitia, aunque siguen ausentes estudios dedicados a textos referentes, como lo es El complot Mongol de Rafael Bernal. Aun así, mientras que Bang! Bang! de alguna forma traza los inicios del género en México con ensayos que analizan algunas de sus más tempranas manifestaciones, Escena del crimen avanza el estudio de lo policiaco enfocando la mira en narradores que pertenecen ya sea a otras generaciones o a espacios geográficos distantes al centralismo cultural mexicano.

Atendiendo a la exigencia cronológica de la fecha de publicación de las obras estudiadas, los primeros dos capítulos se dedican a la obra de los ya mencionados Fuentes (La cabeza de la hidra, 1978) e Ibargüengoitia (Dos crímenes, 1979), antes de pasar a capítulos que estudian obras importantes de Malú Huacuja (Crimen sin faltas de ortografía, 1986), Juan Hernández Luna (a partir de Naufragio, 1991), César López Cuadras (La novela inconclusa de Bernardino Casablanca, 1993), Enrique Serna (El miedo a los animales, 1995), Élmer Mendoza (Un asesino solitario, 1999) y Juan José Rodríguez (Mi nombre es Casablanca, 2003), para concluir con un estudio sobre cuatro antologías de cuento policiaco mexicano publicadas entre 1955 y 1997. En cuanto a los sitios desde los que operan o en donde ambientan sus textos los autores mencionados, el balance logrado por Rodríguez Lozano es notable ya que de los ocho estudios dedicados a textos y autores, la mitad tratan narrativa desarrollada en el norte de México.

El estudio de La cabeza de la hidra, a cargo de Leonardo Martínez Carrizales, se enfoca en las claves contextuales de fines de la década de los 70 que ayudan a entender, en parte, esta obra malograda de Carlos Fuentes. Es, según el autor, la interferencia ideológica del mismo Fuentes lo que conduce a las inconsistencias del código policiaco de la novela. El estudio que Roberto Gómez Beltrán hace sobre Dos crímenes de igual modo se dedica a discutir cómo la novela de Ibargüengoitia rompe con los esquemas ortodoxos del género. Aunque estos dos estudios incluyen bibliografía sobre el tema que tratan, ésta se enfoca en discusiones del género o reseñas de las novelas escritas poco después de que éstas son publicadas. No hay, en este sentido, un diálogo con otras interpretaciones de estos textos que sean más recientes y de mayor alcance. Escritos en este vacío crítico, los estudios cumplen con su tesis, pero queda la duda de cómo cambiarían estas interpretaciones tomando en cuenta otros textos de índole similar.

Carlos Rubio Pacheco no encuentra el mismo problema en su estudio sobre Malú Huacuja. Siendo una novela que a pesar de estar ya en su segunda edición (y con traducción al italiano) aún no recibe mayor atención crítica, Rubio Pacheco tiene campo libre para hacer una lectura minuciosa que encuentra en sus detalles lo que hace a esta obra sobresalir más que otras. El enfoque en el distanciamiento de la época narrada, las notas al pie de la página, el humor y la ironía, por ejemplo, permiten un acercamiento a la novela que hacen de este estudio un referente para futuras lecturas críticas de la obra de Huacuja.

El análisis de Miguel G. Rodríguez Lozano adopta una aproximación panorámica a la obra policiaca de Juan Hernández Luna. De Naufragio hasta Yodo (1999), el estudio ofrece un buen resumen de las cinco novelas pertenecientes a dicha modalidad escritas por Hernández Luna, notando las sutilezas que permiten ver una evolución en la incursión de este autor dentro del género negro. Tomando en cuenta estudios anteriores así como las diferencias entre las varias ediciones de la misma novela -señalando, por ejemplo, algunos cambios notables entre Naufragio de 1991 y la subsecuente edición del 2005- la lectura detallada de Rodríguez Lozano permite una apreciación bastante minuciosa de la narrativa policiaca de Hernández Luna.

Mientras que los textos de Hernández Luna han pasado por distintas ediciones, este no es el caso del corpus policiaco de César López Cuadras. De hecho, según el estudio de José Eduardo García Castillo, gran parte de sus novelas han sufrido los infortunios a veces destinados a libros publicados en editoriales regionales o de pocos recursos. La excepción: La novela inconclusa de Bernardino Casablanca. El análisis de García Castillo demuestra un hábil manejo de la autorreferencialidad en la novela, centrada en el personaje de Truman Capote -el mismo autor de A sangre fría- quien dialoga sobre el proceso narrativo con Narciso Capistrán, el personaje autor quien se halla en pleno proceso de escribir una novela sobre el asesinato de Bernardino Casablanca. Para ello, Capistrán aprovecha la presencia de Capote en el pueblo norteño de Guasachi y así reflexionar sobre lo que es el género negro y concebir una posible manera de hacer novela policiaca mexicana sin tener que apegarse a modelos extranjeros.

La obra de Enrique Serna ha corrido suerte desigual, quizá reflejo de los distintos géneros por los que ha transitado su autor. El caso de El miedo a los animales de igual modo ha sufrido apreciaciones dispares. En su estudio, Raquel Mosqueda Rivera demuestra cómo la novela, a través de su carácter paródico y la caricaturización de situaciones y personajes, se distancia del género policiaco al mismo tiempo que le rinde homenaje. Como en el caso de la novela de López Cuadras, estamos ante una obra que es protagonizada por un escritor -quien labora como agente judicial- por lo cual también se comenta el proceso escritural. Mas, dada su ubicación en la Ciudad de México, lejos de vivir en un vacío marginal, el protagonista Evaristo Reyes está al tanto de los sucesos culturales inmediatos. Así, la corrupción judicial que la novela delata se equipara a la corrupción del medio cultural mexicano que atestigua. La duda que permanece es si el proceso de parodiar y caricaturizar el género policiaco para homenajearlo se pueda equiparar del mismo modo al parodiar y caricaturizar que Serna hace del ambiente cultural mexicano. En otras palabras, ¿estamos ante un homenaje encubierto al medio habitado por el escritor mexicano?

A cargo de Elizabeth Moreno Rojas, el estudio dedicado a Un asesino solitario de Élmer Mendoza es el más corto en extensión. Aunque acierta en su análisis de cómo la novela presenta una reelaboración del asesinato extratextual del candidato a presidente de México, Luis Donaldo Colosio, quizá su mayor aportación a la obra de Mendoza sea el proponer la confluencia de esta novela con el género testimonial. Contraponiendo al narrador y la oralidad que éste representa con la historia oficial, Moreno Rojas conjetura la posibilidad de que ambos puntos de vista sean construcciones discursivas que compiten al querer descifrar la realidad de lo sucedido a Colosio en el barrio tijuanense de Lomas Taurinas el 23 de marzo de 1994.

El último estudio dedicado a un autor específico es el que Juan Carlos Ramírez-Pimienta aporta sobre Mi nombre es Casablanca. En éste, la obra de Juan José Rodríguez se distingue hábilmente de lo que se da comúnmente en la obra policiaca ambientada en el norte del país. Para Ramírez-Pimienta, Mi nombre es Casablanca rompe con las características típicas que abundan en otros autores que reflejan una radiografía cultural del entorno en donde se sitúan los hechos. Haciendo referencias al lenguaje de la novela, la cultura libresca y cinéfila que manejan los personajes, la presencia de un detective policía y cierta ambigüedad moral sobre el narcotráfico y sus practicantes, Ramírez-Pimienta bien documenta cómo es que esta novela se aleja del folclore norteño en general y de su vertiente narcocliché en particular.

El último estudio de Escena del crimen deja el enfoque particular en novelas y sus autores para hacer un análisis de cuatro antologías dedicadas al cuento policiaco mexicano: Los mejores cuentos policiacos mexicanos (María Elvira Bermúdez, 1955), Cuento policiaco mexicano. Breve antología (María Elvira Bermúdez, 1987), El cuento policial mexicano (Vicente Francisco Torres, 1982), y Cuentos policiacos mexicanos. Lo mejor del género en nuestro país (Paco Ignacio Taibo II y Víctor Ronquillo, 1997). En éste, Frida Rodríguez Gándara traza el desarrollo del género en México y utiliza las mismas antologías para darle forma a esa historia. Utilizando el contenido de cuentos incluidos en éstas, así como las introducciones que acompañan los textos y las definiciones que sus editores aportan, el estudio resalta varios cambios aparentes. Uno de estos, por ejemplo, es el inicio del género arraigado en modelos clásicos importados, evidente en la selección hecha por Bermúdez en la antología de 1955, que con el paso del tiempo cede a modelos neopoliciales que responden a un ambiente criminal arraigado en lo local. De igual modo, Rodríguez Gándara señala cómo el origen de los autores y el espacio geográfico que ocupan los cuentos incluidos en las antologías iniciales se han ampliado hacia otras regiones, alejándose cada vez más del Distrito Federal para incluir autores y textos de otras regiones, particularmente del norte del país. Aunque las generalizaciones siempre se funden en atropellos que deshacen lo particular -lo cual se reconoce en este estudio al nombrar otras antologías que no forman parte del análisis- la lógica empleada por Rodríguez Gándara para establecer la trayectoria del cuento policiaco en México es bastante sólida.

En general, la colección de estudios compilada por Miguel G. Rodríguez Lozano avanza el estudio del género negro en México, especialmente por tratar textos y autores para los cuales en muchos casos estos representan algo de lo poco que hay escrito sobre ellos. De hecho, los análisis que más sobresalen son los que empiezan a llenar lagunas bibliográficas. Por otro lado, los estudios que debilitan la colección son aquellos que no dialogan con la obra crítica existente; evitando la a veces cuantiosa obra que trata a estos autores produce una reflexión en un vacío inexistente. Finalmente, mientras que Escena del crimen logra una distribución equitativa en la selección de textos y autores analizados por representar éstos una diversidad geográfica, me hubiera gustado ver más variedad geográfica en la autoría de los ensayos -en relación con las instituciones académicas desde donde operan- y no solo en los autores tratados.

 

José Pablo Villalobos

Texas A&M University
jvillalo@tamu.edu

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