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Revista chilena de literatura

On-line version ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.77 Santiago Nov. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952010000200017 

REVISTA CHILENA DE LITERATURA, Noviembre 2010, Número 77, 265 - 285

IV. RESEÑAS

 

Rojas, Sergio
Escritura neobarroca
Santiago: Editorial Palinodia, 2010. 458 pp.


 

        

Tiempo Tiempo.
Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aún de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombrE.

César Vallejo. Trilce, II.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto excesivo, éste, el de Sergio Rojas. Por ello, buscaré acercarme a él y no cercarlo con la paráfrasis a la que nos tiene acostumbrado el discurso académico. Así, estas palabras buscan hibridar el comentario de Escritura neobarroca con el excurso –o excursión como diría Barthes– que permanentemente me ha provocado su lectura, haciendo por ejemplo de las notas un lugar permanente de interrupción de la linealidad, como el mismo autor comenta cuando aborda la relación de éstas con la historiografía; certero espejo de la tesis declarada unas páginas antes: "La diferencia está alojada en el texto mismo, y entonces el sujeto puede asistir a los procesos de producción de sentido, reducir la diferencia constitutiva del signo, hasta triturarla y en ese punto clausurar el texto, expulsar el tiempo del texto (la diferencia temporal propia del poder de verdad de la representación). Autonomía de la subjetividad versus autonomía del texto. Con la emergencia del lenguaje en el estructuralismo la subjetividad pierde la fuerza de generar espontáneamente mundo. Pero esto significa también que el texto mismo pierde su referencia a un mundo trascendente. La escritura neobarroca recupera la dimensión del sentido en la autonomía del texto" (p. 21). Ese mismo sentido que adquiere la imperativa respuesta que busca Vallejo ante el padecimiento aplazado del fin a través de la cifra que constituye Trilce o el dulce tres.

Por ello, el tiempo lineal de la lectura, de esta lectura, se ve amenazado por la proliferación de sentidos desplegada en un texto autónomo que convoca a un proceso de deconstrucción referido a los problemas de la representación y de la subjetividad en el arte moderno. Dentro de este contexto, es interesante cómo Rojas instala el andamiaje del análisis crítico para luego desmontarlo sostenidamente hasta hacerlo desaparecer/aparecer por medio de referencias a la propia lectura que se aloja u hospeda, inicialmente, en las notas a pie de página para ir alzándose hacia el cuerpo del texto; sobre todo cuando aborda las poéticas neobarrocas de cuatro autores latinoamericanos: Aridjis, Elizondo, Sarduy y Donoso. Recurre, en consecuencia, a autores y obras, y también a lecturas sobre figuras canónicas –por ejemplo, Borges–, para demostrar la no pertinencia de apropiaciones neobarrocas de su obra, pues en ella predomina la voluntad de ficcionar por sobre la de textualizar. Tejido, entonces, que se hace red monádica y rizoma en la lectura de estas novelas.

Exhaustiva revisión, tanto de estas categorías como de sus manifestaciones epocales, que relaciona textos provenientes de distintos territorios: filosofía, estética, historiografía, ciencias, literatura, entre otros, muchos otros. Aquí radica, a mi juicio, el gran valor de esta obra, ya que, acostumbrado a la cerrazón que exhiben los trabajos teórico literarios, ésta despliega un diálogo donde proliferan heteróclitos elementos que abren permanente la lectura a otras consideraciones sobre los textos; en este punto, me parece notable la incorporación de referencias al cine y a la discusión sobre el carácter neobarroco de Lynch, por dar solo un ejemplo.

No se trata del acostumbrado diletantismo sino de una voluntad de diálogo bajtiniano que recorre las textualidades que se manifiestan, por ejemplo, en el comentario autorizado y funcional con respecto a las literaturas metropolitanas europeas que hace tiempo no veía en nuestro discurso académico: qué revitalizador encontrar menciones a Beckett, Calvino y Perec, por nombrar solo algunos de los autores leídos en este trabajo.

Exposición detallada, también, de cada una de las perspectivas con las cuales se han establecido los bordes que enmarcan los textos barrocos y neobarrocos. Recorrido material que plantea al Barroco como un hito central dentro de la historia de la modernidad que se inaugura con el descentramiento del humanismo renacentista (p. 140). Así, y desde los gigantes de Vico, pasando por la pérdida del Paraíso y el desborde representacional de la humanidad en d`Ors, junto con la melancolía de Benjamin, Rojas señala uno de los aspectos centrales que caracterizarían la escritura barroca: el jeroglífico como manifestación cifrada de lo irremediablemente perdido; es decir, ruina alegórica. Deleuze se pliega a esta discusión en las páginas siguientes, ya que el claroscuro vendría a ser la manifestación de ese doblez que representa la aparición/desaparición como condición de existencia en el mundo. Instalado ya en su dimensión escritural, el barroco alcanza su autonomía a partir de la radical y fatal separación entre significante y significado con el consiguiente despliegue alegórico que difiere, aplazando, el fin.

Más adelante, y a la hora de trabajar el concepto de neobarroco, el autor realiza una reflexión colateral a partir de la confusión de este concepto con el de postmodernismo. Reconoce rasgos compartidos (artificio, simulación, espectáculo), pero afirma que el mismo concepto de postmoderno sería una manifestación prefijada en la adverbial categoría: después de lo moderno. Al contrario, el neobarroco vendría a ser el ocultamiento y aplazamiento indefinido del sentido por medio de lo que Sarduy denomina la proliferación del significante: "El concepto de escritura neobarroca nombra, pues, la recuperación del sentido en la época posmoderna, en que agotamiento de los recursos narrativos hacen emerger la espacialidad del grado cero del sentido" (p. 439).

De esta manera, el concepto de neobarroco aparece como complemento de la escritura, pues la textualización transita en su propio desplazamiento por medio de máscaras fantasmales autorrepresentativas que se corresponden con la carnavalización en tanto categoría de lectura: "en la escritura neobarroca el sentido no se extingue, sino que siempre está en peligro. Y entonces la significalidad del texto no puede proyectarse sin restituir una y otra vez ese peligro, porque la narración se desarrolla al límite de sus recursos, repitiendo en cada momento el riesgo que existió al comienzo de la escritura, en la que ya todo parecía agotado" (p. 438).

Otro de los aspectos que me interesa destacar de este trabajo es el trayecto de lectura que hace por las poéticas neobarrocas. En este concepto se superponen las dimensiones metanarrativas o abismadas de las novelas que lee con aquellas que, por lo menos a partir de Sarduy, también consideran las dimensiones de una recursividad a elementos provenientes de la lingüística y de la retórica. De ahí, entonces, que el texto se desplace por la materialidad de los significantes excedidos por dimensiones históricas, ecológicas, sacrificiales, corporales e imbunchales que, desde el contexto, circulan al cuerpo del texto, sin transformarlo en hipertexto, como algunos han afirmado para el funcionamiento de lo neobarroco. Este último no guarda relación temática con la forma, des-inscribiéndose, en consecuencia, del ámbito novelesco que estudia el autor de estas páginas y que ya se anuncia en la lectura de Guerra del tiempo-Viaje a la semilla de Carpentier. Ahí es donde entra el discurso crítico en el ámbito de las poéticas escriturales, mas no autoriales, para instalarse en ese carrusel de lenguajes que circula en los textos literarios que Rojas analiza, deteniendo y moviendo, a la vez, el cuerpo de la escritura, de su escritura.

Copamiento, finalmente, del espacio novelesco que no vela su constitución como "fallida recuperación de lo real en tanto unidad de tiempo que se sustrae a la conciencia, no como la cosa más allá de la representación, sino como el instante mismo de la representación, el punto ciego de la conciencia finita" (p.445).

 

David Wallace

Universidad de Chile
davidwallace@terra.cl

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