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Revista chilena de literatura

On-line version ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.89 Santiago Apr. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952015000100021 

IV. RESEÑAS

 

David Wallace (editor).
Libertad bajo palabra. Ensayos de crítica literaria en la Universidad de Chile.

Santiago: Editorial Universitaria, 2014. 420 pp.

 

El libro reúne nueve textos, cuyos autores tienen en común el haber sido estudiantes en seminarios de grado cursados en el programa de Licenciatura en Lengua y Literatura de la Universidad de Chile por el profesor David Wallace. De hecho, estos textos nacen precisamente de los informes finales que ellos entregaron en sus respectivos seminarios. Habiendo aceptado con gran interés presentar este libro, mi pregunta fue: ¿cómo leer esta reunión de escritos sin obedecer al convencional objetivo de resumir lo en cada caso propuesto por cada una de estas firmas? Me dispuse, pues, encontrar una pregunta que me permitieras ingresar en el libro como un todo.

En la Introducción al libro, Wallace señala que se trata de “jóvenes que recién se inician en el ámbito académico y que sí tienen que decir algo”. Casi inmediatamente me percaté de que allí estaba contenida la pregunta que buscaba. ¿Cómo se ingresa en los circuitos de la academia? ¿Cómo se hacen lugar en la institución universitaria aquellos que desde su juventud se inician en la exigencia de someter su pensamiento y su escritura a las formas de la academia? Porque de lo que se trataba para esas firmas en proceso era, al menos en principio, de acreditar ante la institución que se posee lo que se denomina “formación académica”. Megumi Andrade abre su texto explicitando la conciencia de que se encontraba en ese momento en una “escena argumental que debiera dar cuenta, concluir y legitimar un trayecto de formación académica” (233). En efecto, exponer las propias competencias adquiridas es un imperativo a priori en la escena de una escritura que será examinada, para acreditar el ingreso en la agonística que es inherente a la institución académica. Bourdieu ha señalado como propio del campo (en este caso académico-literario) no solo la existencia de determinados problemas que esbozan el horizonte de sentido en el que han de desplegarse los conflictos teóricos, discursivos y políticos de sus protagonistas, sino también un conflicto generacional. Los jóvenes ingresan, pues, a disputar un territorio cuyas reglas han sido sancionadas por la generación anterior.

La situación es inevitablemente paradójica, porque la institución universitaria encarga a los aspirantes la producción de originalidad, pues de ello depende la vida de la institución, la apertura que expone su marco formal y normativo hacia lo porvenir. Pero entonces lo que sucede es que la institución exige su propio cuestionamiento. Alejandro Sayeg se pregunta: “¿Cuando se aísla el marco qué queda? ¿Hay obra en el marco, sólo por sí mismo? Si el marco que porta una obra rodea una [obra], según la primera acepción del DRAE, sin aquello que rodea nos deja tan sólo con una pieza de una ausencia de obra. Pero la obra es también una ausencia (…) ausencia de marco” (22). El marco es la institución, y opera no solo como aparato de producción, sino también (como señala Kant respecto al ostentoso marco de una pintura), como sistema de recomendación. Por eso es que la obra en sentido estricto, debido precisamente a que no quiere ni ha de contar con “recomendaciones”, no nace en la institución, no puede ser simplemente fruto de ésta. Pero al mismo tiempo, si dar lugar a la obra implica el trabajo de “desmarcarse”, entonces la institución no deja de ser un lugar propicio, acaso incluso privilegiado, necesario. Y la inteligencia de la institución habrá de consistir entonces en hacer lugar a una especie de “afuera” que acaece al interior de sus propios aparatos de control, de exigencia y de acreditación. Esa suerte de afuera-interior es la escena de la escritura. Matías Tolchinsky señala explícitamente que, al intentar prescindir de esa poderosa brújula en la que consiste el lenguaje académico, “mi escritura en torno a El mundo alucinante [de Reinaldo Arenas] ha sido antes que todo un naufragio” (341). En todos estos autores, la escritura es el momento decisivo, instancia de expectativa, pero también de riesgo, en donde se trata de desconocer a la institución, pero llevando a cabo (conduciendo a su fin) un texto en cierto sentido dedicado a ella.

La escritura no es comunicación de información, tampoco opinión personal ni explicación. Pero entonces, ¿cómo saber de su justa medida? ¿Cómo escribir? Es decir, ¿cómo terminar de escribir? ¿Cómo saber si se ha llegado a puerto? Especialmente cuando escribir es leer. ¿Cuándo se termina de leer? ¿Se termina de leer un poema cuando se lo ha “comprendido”, descifrado, solucionado? A propósito de su lectura de Los Sea Harrier, de Maquieira, Carlos Cordero declara: “los límites de este trabajo me obligaron a detenerme, como un barco ebrio en el mar que se atrapa en las rocas de una isla desierta. La lectura puede ser eterna, ¿dónde detenerme?” (120). Los límites esperan a quien escribe, desde antes que éste hubiese iniciado su trabajo. Acaso más poderoso que el tan mentado vértigo de “la página en blanco”, es el hecho de que el supuesto “blanco” tiene un marco y que por lo tanto el trabajo no solo ha de conducirse hacia un final, sino que debe conquistarlo de manera verosímil. En este sentido se entiende la metáfora de la escritura como “ebriedad”, porque se ha alterado la economía del “querer decir”, esa que se luce al subordinar adecuadamente el orden significante a la voluntad soberana de un logocéntrico “querer decir”. El hecho de la escritura pone en cuestión el lugar del autor y a todo el canon de sus “influencias”, y entonces opera de suyo como un cuestionamiento a la institución en todas sus formas.

Si la institución es administración de –y desde– las formas, entonces lo que ha de someterse, lo que habría sido “puesto en forma”, es el cuerpo. De aquí la relación interna que constatamos entre el cuerpo y la escritura. Pero no se escribe “desde el cuerpo” (inútil ilusión de que la conciencia pudiese operar como el médium de su otro), sino más bien hacia el cuerpo. La escritura prolifera buscando un cuerpo. Claudia Tornini en su texto, abocado al análisis de Impuesto a la carne de Diamela Eltit, reflexiona: “el sujeto se conforma en y por un lenguaje y (…) el desafío que se plantea esta escritura es concebir el cuerpo como texto, en tanto exhibición de la inmersión del sujeto dentro de un tejido cultural desde donde se proyectan las visiones de un concepto discursivo en disputa” (67). Dicho “desafío” implica poner en cuestión a la institución, pero es fundamental tener presente en todo momento que se trata del cuestionamiento que la misma institución encarga –bajo un cúmulo de exigencias “de forma”– a los jóvenes aspirantes: recuperar una y otra vez el cuerpo, esa viva materialidad que se avizora como extraña desde los inerciales mecanismos que la sostienen. La escritura es, como decíamos, el afuera-interno de la institución, y su asunto suele orientarse hacia lo que resuena bajo el significante “cuerpo”, precisamente porque así se nombra el irreductible afuera de la institución.

En cierto sentido, podría decirse que los estudiantes son también la exterioridad-interna de la institución universitaria. Ésta se alimenta de itinerarios y derivas que tienen lugar en los extramuros de la academia. Así, muchas veces se exhibe ante la institución la condición de “afuerino”, el hecho de venir desde afuera, como si corresponder a las expectativas que pesan sobre el informe final en un seminario de grado, por ejemplo, consistiera antes que en exhibir lo que se ha aprendido, más bien en entregar lo que se había encontrado “afuera”. En su texto sobre la escritura en Wacquez, Víctor Quezada declara su “encuentro” con el libro Toda la luz del mediodía: “Pero la historia es así: día domingo, caminata céntrica; no es importante el trazado, el dibujo del camino, sino su fin, fin susceptible de otorgar su comienzo. Año 2004, Feria del Libro Usado (…)” (409). Debe disimular su interés para convencer a la vendedora de que se lo deje por los tres mil pesos que tiene en su bolsillo. Lo consigue. “Después vino lo otro, la universidad, último año: objeto de estudio” (410). La universidad… ¿lo otro? Lo que se nos sugiere aquí es que las expectativas de la institución hacia quien aspira a graduarse solo se pueden satisfacer si se ha llegado desde afuera, pero sobre todo si después de años de existir dentro de los escenarios y vericuetos de la academia, no se ha perdido la relación con ese afuera.

El afuera de la institución se hace sentir y saber de múltiples maneras. La universidad enseña a leer, instruye en la manera de descifrar escrituras, pero esto puede significar reprimir la escritura y su coeficiente de insubordinación, controlar la diseminación, porque se enseña a trabajar en los marcos. ¿Cómo no perder de vista el afuera? El individuo se pregunta ¿cómo llegué hasta aquí?... cómo llegué a este tema, a esta idea, a este libro… Respecto a su lectura de Cuadernos de Bárbara, de Bárbara Délano, José Urrutia nos cuenta: “Hace más o menos un año fui dado por el consejo de un buen amigo a la lectura de Bárbara. Si puedo ser más específico, diría que se trató de la lectura sorprendente –en un lugar muy poco ortodoxo– de algún poema de Baño de mujeres” (171). Memoria entonces de un afuera, lugar “poco ortodoxo” en donde se trazan itinerarios que recibirán forma en la academia. Y más adelante declara: “Después de una obra lo que nos viene es el silencio…” (202), quizás a causa de que en el después de la obra, el autor ya ha comenzado a respirar en la academia, en el hambre de exterioridad que se hace sentir en sus pasillos.

También Gabriel Acosta ensaya el gesto de provocar a la institución, a la ignorancia del canon: “Me referiré en el presente ensayo a un libro que de seguro aún no han leído, escrito por un autor que probablemente no conocen” (261). “No todo está en los catálogos”, precisa. Y Gonzalo Geraldo en su lectura de Sobre árboles y madres, de Patricio Marchant, señala: “No vamos a preguntarnos por el tema que desarregla la razones de este texto, hasta dónde se manejan sus hilos, puesto que, en su tejido y destejido, en su tira y afloja, se decide la seña de su ley” (205). La escritura provocando a la institución desde su afuera, recuperando la inmanencia del lenguaje allí en donde la institución inevitablemente reclama la trascendencia de los códigos. Con todo, libertad para escribir, sí, libertad bajo palabra.

 

Sergio Rojas
Universidad de Chile
sergiorojas_s21@yahoo.com.ar

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