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Revista chilena de literatura

versión On-line ISSN 0718-2295

Rev. chil. lit.  no.101 Santiago mayo 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-22952020000100013 

Dossier. Escritoras latinoamericanas en el siglo XXI: cuestiones líquidas

Maternidades "líquidas": feminismos y narrativas recientes en Chile

‘Liquid’ maternities: feminisms and recent narratives in Chile

Lorena Amaro Castro1 

1Pontificia Universidad Católica de Chile. Chile

Resumen:

Uno de los cuestionamientos más significativos de las distintas etapas del feminismo se centra en la figura de la madre como desiderata de lo femenino, figura que entorpece el avance de las políticas igualitarias. En Chile, diversas voces denuncian esta situación a través de la representación literaria. En este artículo son analizados los textos de Diamela Eltit, Pía Barros, Lina Meruane y Claudia Apablaza, considerando la transformación que ha experimentado el país y los discursos sociales en los últimos treinta años.

Palabras clave: Maternidades; Relación materno-filial; Feminismos; Literatura chilena; Narrativa; Latinoamericana contemporánea

Abstract:

The mother figure as a desideratum of the feminine has remained a significant discussion in different phases of feminism, as it hinders the progress of egalitarian policies. In Chile, several voices have raised this issue in literary representation. The following article analyzes texts by Diamela Eltit, Pía Barros, Lina Meruane, and Claudia Apablaza, considering the transformation experienced in the country and social discourse over the past thirty years.

Keywords: maternities; mother-child relationship; feminisms; Chilean literature; contemporary Latin American narrative

INTRODUCCIÓN: LA MATERNIDAD, ¿RADICALISMO O CONSERVADURISMO?

La maternidad constituye uno de los nudos centrales de la reflexión feminista. Para Simone de Beauvoir y varias de sus continuadoras, su exaltación constituye esencialmente un modo de control, orquestado para someter a las mujeres. Por su parte, Gayle Rubin se refiere en “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo” a las lógicas de dominación instaladas desde las sociedades patriarcales, las cuales se proyectan en la formación del capitalismo, sistema en que la función reproductiva y el trabajo doméstico realizado por ellas son determinantes. De lo que se trata en todas estas críticas es de hacer ver los dispositivos normalizadores y represivos que han acompañado la construcción moderna del sujeto femenino, con un especial énfasis en sus labores maternales y domésticas. Para Adrienne Rich, el feminismo busca desentronizar el “mito de la maternidad natural”, el enorme “engaño” (300) y “monstruo de dos cabezas” (301) –procreación y asunción de cargas– que la estrategia patriarcal procura mantener confundidas, fusionadas a través de la función reproductiva.

Para muchos de estos feminismos, la necesidad de desligarse de la función materna y de la famosa figura del “ángel del hogar” como destino inevitable de la mujer, consagrada por esta ideología a la crianza de los hijos, es una cuestión fundamental. Sin embargo, varias de las feministas de la llamada “segunda ola”, particularmente desde el llamado feminismo de “la diferencia” 2 , buscan reapropiarse de la maternidad ya no en cuanto institución que normaliza los límites sociales de las mujeres, sino como una experiencia de la cual se pueden rescatar aspectos creativos y energizantes. Autoras como Adrienne Rich, Julia Kristeva o Luce Irigaray buscan acercarse a la maternidad en tanto “experiencia” (Alcalá García 63). En este línea se encuentra un número no menor de textos 3 , que, sin desligarse del diagnóstico inicial sobre la desigualdad y la violencia a la que han sido sometidas históricamente las mujeres, proponen diversas perspectivas para desmantelar la idealización y la romantización de lo materno. Su crítica se dirige principalmente a la manipulación de la maternidad como institución política. Escribe Adrienne Rich que esta institucionalidad

se pone de manifiesto en las disposiciones masculinas de control del nacimiento y del aborto y se observan en la custodia de los hombres sobre los niños ante los tribunales y en el sistema educacional, en la sumisión de las mujeres y de las hijas e hijos al patriarca en la figura del padre a través de toda la historia, en el dominio económico del padre sobre la familia y en la usurpación del proceso del parto por establecimientos médicos masculinos. […] La experiencia de la maternidad por parte de las mujeres –tanto madres como hijas– apenas empieza a ser descrita por las propias mujeres (Rich “La maternidad en…” 286-287).

El feminismo chileno se ha hecho parte de estas discusiones, con una cronología propia y acentos en problemas políticos locales. Tras un largo “silencio feminista” (Kirkwood 32-39), que tiene lugar entre 1949 (año de obtención del voto universal) y los primeros años de la dictadura pinochetista, el feminismo resurge en el país como una respuesta a la urgencia de coordinar la resistencia contra el largo gobierno represor (1973-1989). Las performances artísticas que emergieron al alero del movimiento político señalaron el lugar del cuerpo en relación con el drama de los desaparecidos y la represión callejera. Se apropiaron también del lema “lo personal es político”, nacido de las luchas feministas norteamericanas. En Chile se oyó fuerte el lema “Democracia en el país, en la casa y en la cama”, empleado por Julieta Kirkwood y Margarita Pisano para alentar la resistencia, que acabaría con el gobierno militar a través del plebiscito de 1988. Es así como en los últimos 40 años se observan dos momentos de la escena feminista, que Carol Arcos describe así: “la primera se entronca al proceso de lucha por la democracia y expresa su ejercicio político hasta la década de 1990, y la segunda comienza a pronunciarse a finales de la misma década, pero con mayor notoriedad en el nuevo milenio” (51). A partir de los noventa, Arcos observa una

institucionalización del feminismo en la academia o en los Estados a través de secretarías o ministerios de la mujer”, como también su “oenegización” (Arcos 52 y ss.). A su juicio, la instalación del feminismo en la academia, si bien ha incidido en un importante desarrollo teórico-crítico, ha debilitado su potencial político o contestario en el espacio público. El activismo más radical se desplaza a otros espacios, donde Arcos observa un fortalecimiento del feminismo “como fuerza despatriarcalizadora, anticapitalista, antirracista y anticolonial, y también una agencia crítica contra la heterosexualidad obligatoria” (54). En su ensayo sobre biopolítica de lo materno en los feminismos latinoamericanos, Carol Arcos refiere a estos movimientos recientes como una “red de sentido rebelde a través de la cual la posición de sujeto deseante se bifurca respecto del lugar de lo maternopatriarcal” (57).

Durante el último año en Chile, el movimiento feminista ha adquirido aun más relevancia. Bajo consignas reivindicativas como “El violador eres tú” 4 , “Ni una muerta más”, “Ni una menos”, “Vivas nos queremos” y “Me Too”, se revigoriza la acción feminista, con cientos de miles de personas que salen a la calle para protestar contra la violencia sexual y el feminicidio desde 2011. En este sentido, mayo de 2018 es un momento particularmente decisivo: se produce una serie de marchas, paros y tomas originadas principalmente por la actividad de las mujeres en los ámbitos universitario y escolar. La discusión en torno al aborto en tres causales será uno de los principales focos de atención en el caso del movimiento chileno 5 . En 2019, el estallido del 18 de octubre consolidará aún más las reivindicaciones feministas, sobre todo en lo que respecta a consideración de la paridad de género con miras a la elección de una convención constituyente, paridad que ha sido aprobada por las dos cámaras del Congreso Nacional, en 2020.

En este contexto, ciertamente polémico, me interesa revisar la producción literaria chilena que aborda la maternidad en los últimos treinta años, principalmente desde la narrativa y el ensayo literario. Para ello analizaré brevemente dos textos de escritoras formadas en los ochenta, Diamela Eltit (1949) y Pía Barros (1956), de manera de plantear un contexto y trazar una historia que permita entender y valorizar la escena que nos proponen las narradoras nacidas después de 1970, como Lina Meruane (1970) y Claudia Apablaza ( 1978). Las obras de unas y otras corresponden a los dos momentos observados por Carol Arcos: dictadura y postdictadura en Chile.

Nota de título del artículo 1

LA DICTADURA: MATERNIDADES ABYECTAS

En consonancia con el fuerte cuestionamiento feminista a la institución de la maternidad y a las funciones y representaciones tradicionalmente asignadas a las mujeres, las escritoras chilenas de los ochenta figuraron la relación materno-filial desde una posición particularmente crítica, cuestionando los límites impuestos socialmente para ella. Como lo plantea Nora Domínguez en uno de los ensayos más lúcidos y completos sobre la relación maternidadliteratura publicados en América Latina, De donde vienen los niños. Maternidad y escritura en la cultura argentina, “la maternidad es […] proclive a las regulaciones y los mandatos; es un terreno fundamentalmente disciplinador. Su contacto con la literatura la libera un poco de sus formas estereotipadas y ésta le permite a la primera ensayar sus posibilidades de transgresión” (34). La literatura trata de poner en entredicho las leyes determinadas por la sociedad, que imponen a la mujer “el orden de una temporalidad precisa: embarazo, parto, lactancia y crianza”, sobre los cuales hay un fuerte disciplinamiento médico, religioso y jurídico (Domínguez 39). Se entretejen prácticas que afectan los cuerpos y es sobre esa afección que escriben Diamela Eltit y Pía Barros. En ambos casos, la crítica se proyecta a una corporalidad materna sometida a las leyes patriarcales, que se revela o estalla desde la abyección, simbolizando y enfatizando a través de ese tipo de imágenes los afectos y la libertad negadas por el falocentrismo y, en el caso chileno, insinuando tras ellas la presencia de un orden dictatorial. Como bien señala Mónica Barrientos, “en las novelas de Eltit, la materialidad biológica del cuerpo es el depósito de una violencia histórica que intenta someterlo por medio de diferentes formas de normalización” (13); algo muy similar plantea Bernardita Llanos sobre el alcance de la escritura de Eltit en relación con el desmantelamiento de los roles tradicionales: “La institución de la familia y los vínculos que genera o trunca […] pasan por este desperfilamiento ideológico, lo que permite verlos desnaturalizados, desprovistos de sus valores y sentidos convencionales” (105). El trasfondo político del cuestionamiento del cuerpo y la norma de género es ineludible en creaciones como El cuarto mundo (1988) o Los vigilantes (1994), de Eltit, en que los espacios del útero y la casa, respectivamente, son precarios, inestables, desprotegidos por los vaivenes del poder doméstico y público: la violencia se origina precisamente en las relaciones familiares (los mellizos de El cuarto mundo son hijos de una violación), pero esta es también una violencia que replica la del espacio social, permanentemente amenazado 6 . El incesto es tan solo una de las formas que toman las relaciones intrafamiliares, caracterizadas por su viscosidad, su flujo constante, su marginalidad (“sudaca”, en El cuarto mundo) y su permanente devenir. Sandra Lorenzano plantea que este margen

no es sólo el lugar elegido para la enunciación sino, fundamentalmente, el espacio donde se ponen en juego las rupturas de sentido, las rupturas léxicas, las rupturas sintácticas que harán que los códigos de lectura dominantes, las lecturas ‘domesticadas’, resulten insuficientes o francamente inútiles para aproximarse al texto (12).

Eltit cuestiona no solo las instituciones, sino también las representaciones adquiridas a través de un lenguaje normalizado. Para ello lo difiere, lo deforma: gruñidos, espasmos regresivos, arrullos, constituyen una lengua nueva, cercana a lo que Kristeva ha llamado “lo semiótico”, fluido, presimbólico, prerracional, aquello fundido, anterior a la Ley del Padre, como lo explica el psicoanálisis lacaniano, cuando se describe el momento en que el infante es separado de la madre para ingresar en el orden simbólico del lenguaje y la cultura. En los textos de Eltit, el lenguaje se rebela, ajeno a la representación y la narrativa mimética que busca, primordialmente, “contar historias”. Como argumenta Raquel Olea, esta crítica se ejerce desde una construcción del objeto cuerpo

como espacio de contención de depósito, de experiencias: sexuales, sociales y culturales que configuran identidad al margen de los órdenes culturales de los géneros, en la medida que (des)articulan subjetividades, roles y estereotipos de lo masculino y lo femenino como categorías inmóviles y fijadas en la construción de una simbólica fundamentalista de lo paterno y lo materno (167).

En esta búsqueda deconstructiva, Eltit hurga particularmente en la maternidad, subrayando tanto aspectos de la construcción más íntima de las subjetividades, como proyectando, asimismo, a través de diversas imágenes de desestabilización, la posibilidad de existencia de una comunidad precaria, destejida a causa de las políticas neoliberales implantadas bajo el gobierno militar.

Todos estos elementos de su poética están presentes en un breve relato, “Consagradas”, que la autora publicó en la antología Salidas de madre (1996) 7 . En él, una hija narra la simbiótica relación con su madre, quien, sin una cronología precisa, la muerde y le arranca los dedos. Para sorpresa de los lectores, la hija se revela un poco más adelante como una anciana: “Hoy cumplo 60 años y mi madre me ladra desde la habitación. Está tan acabada mi madre y tanto el que podría y podría no ser mi padre. Vamos a cumplir 60, 80, 100 de la misma manera” (Eltit, “Consagradas” 100). Esta relación fuera del tiempo del ordenamiento social, se experimenta sobre todo en el cuerpo: hay alusiones al asma y las alergias de la hija, al canibalismo de la madre, a la pérdida de los dedos y también a una herida que imprime la madre en la mano de la hija, un orificio: “Es mío. Mío y de los dientes sagrados de mi madre” (Eltit, “Consagradas” 100). Se trata de una relación en el límite de lo humano, ya que la madre “ladra”, chupa la sangre de la hija, invirtiendo así, en esta “consagración” que es “consangración”, el flujo alimenticio: el vampirismo reemplaza a la lactancia. El orificio pareciera aludir a las teorías psicoanalíticas freudianas, que plantean la castración originaria y la envidia del pene, que atraviesa la relación madre-hija y afecta a ambas. Eltit, sin embargo, pareciera hacerse eco de las críticas feministas a las teorías freudianas: “jamás dejaré que nadie examine mi orificio, ni me rasque el orificio, ni pretenda curarme el orificio” (Eltit, “Consagradas” 100), plantea con orgullo desafiante la hija.

La relación de las dos mujeres se produce en un ambiente opresivo, que remite a las atmósferas de las novelas de Eltit escritas bajo dictadura: “Los insectos taciturnos de la noche sobrevuelan en torno a las hordas de drogadictos cesantes” (Eltit, “Consagradas” 97); también hay alusiones a la política de los acuerdos de la llamada “transición a la democracia”: “Guturo sí sí sílabas [sic] por los corredores mientras las bandas, regidas por sus pasiones políticas, oran, piadosamente agradecidas, alucinadas por el éxtasis comercial del reciente acuerdo” (Eltit, “Consagradas” 98). El que podría y podría no ser padre de la narradora anda armado, es “el jefe máximo”: “El pópolo se inclina con una abierta servil impudicia, esperando, sabemos, toda la suma de dinero que se esconde detrás de cada nueva promesa” (Eltit, “Consagradas” 99), alusión que en este contexto constituye una crítica feroz a los populismos y es una clara reminiscencia del poder dictatorial. Pater familias, patriarca, la presencia masculina no hace más que amenazar como una fuerza ajena la precaria armonía en que habitan madre e hija, ambas animalizadas y abyectas:

“Lo abyecto nos confronta con esos estados frágiles en donde el hombre erra en los territorios de lo animal” (Kristeva 21). Son precarias en su lenguaje, delirantes, están fuera de toda ciudadanía.

En “Artemisa”, cuento de Pía Barros publicado en el libro A horcajadas (1990), hallamos la historia de Luisa, quien ha dado a luz hace poco y cuya experiencia como madre irá tomando los visos de una historia de terror. A diferencia de la diosa griega, virgen cazadora a quien, sin embargo, se consagraban los partos, Luisa no puede evitar el destino de la maternidad como única identidad posible para ella. Reacia a amamantar y cuidar de su hijo (“el heredero” lo llama el padre, Marcos, en una alusión bastante directa al patriarcado y al poder), es obligada por su entorno (enfermera, “criada”, marido) a asumir su función, reclamada asimismo por el pequeño recién nacido, que intenta succionar no solo su pecho, sino también su rodilla o su espalda, como si fuera una sanguijuela.

Barros convoca un imaginario cercano a la propuesta de Roman Polanski en El bebé de Rosemary (1968), en que una joven madre se resigna a amamantar a un anticristo, engrendrado mediante una violación satánica. En ambos casos se trata de mujeres vampirizadas por el ejercicio materno, pero en el cuento de Barros, a diferencia de lo que ocurre en la película, no hay un ápice de sumisión: “Le era repulsivo verlo pegado a ella, chorreando por las comisuras el líquido que desprendía de sus pezones antes rosados y hermosos, y ahora oscuros y grandes, desmesurados…” (Barros 53). Quizás si intencionadamente, Barros marca una diferencia entre su protagonista, de una clase media acomodada, y “la criada” de la casa, llamada muy irónicamente “Angelina”, probablemente en honor al “ángel del hogar”, que le susurra a la madre: “’Señora, se niega a tomar de la mamadera, creo que tendrá que darle usted’” (Barros 53-54). Aunque su margen de negociación es estrecho –quien posee el poder doméstico es el marido–, la mujer vive esta experiencia como una pesadilla doméstica de la que por momentos cree poder escaparse.

El desenlace es grotesco: el cuerpo de Luisa se cubre de pezones que destilan leche y ella pierde la conciencia mientras el recién nacido prácticamente la vampiriza. Se trata de una imagen monstruosa, que no en vano ha sido analizada por diversas críticas:

El niño lloraba junto a ella. Al girar para no contemplarlo, su cuerpo produjo el sonido de un chapoteo. A breves pasos, el espejo le devolvía su figura macilenta y húmeda. Se fue sumiendo en la inconsciencia, mientras la leche empezaba ya a mojar la cuna del niño, que chupeteaba la almohada con ahínco (Barros 57).

En su análisis de este relato, Francisca Noguerol subraya particularmente el grotesco “como categoría idónea para denunciar el sentimiento de ajenidad que provoca el parto, como para revelar la alienación de que es objeto la mujer al asumir un ejercicio normativizado por otros, del que escapa practicando una violencia que degenera a veces en la propia locura” (1). Aquí me interesa, además de la propuesta de Noguerol sobre el predominio de un “grotesco anatómico”, “provocado por un cuerpo que excreta y pierde sus confines, así como por un hijo que vampiriza a la mujer recién parida” (3), el hecho de que la crítica exponga la cuestión del fracaso, esa degeneración de la protagonista que no logra mantener la autonomía respecto del hijo, a pesar de las distintas estrategias con que intenta escapar de la crianza. Luisa acaba inconsciente, absolutamente fuera de sí, en la medida en que está toda ella disponible como alimento para el niño (subrayo que se trata de un varón). Este cierre narrativo de algún modo repite los ciclos de diversas narraciones chilenas, en que la experiencia emancipatoria de las mujeres acaba, como señala Noguerol, en la locura, la derrota o la aniquilación. Quizá pudiera hablarse también de un rasgo epocal, que trasciende la problemática femenina: Rodrigo Cánovas ha identificado la derrota como un signo fuerte de muchas narraciones de los 80 y 90.

En estos textos de Eltit y Barros se impone una estética grotesca, que hace de la abyección el signo propio de las relaciones intrafamiliares. Cabe preguntasrse, a casi treinta años desde que en Chile se pusiera fin a la dictadura de Augusto Pinochet (1989) y se diera curso al período de la llamada “transición a la democracia” en Chile 8 , cuánto ha cambiado el discurso sobre las mujeres, su representación y su lugar en las luchas de poder tanto en el ámbito doméstico e íntimo como su inscripción en el espacio público. En este artículo se abordará específicamente hasta qué punto las representaciones más recientes de la maternidad logran liberar a sus protagonistas de estas historias escalofriantes, vinculadas con un imaginario violento y represivo. Sin duda, en un lapso de tres décadas no solo cambió el país (donde el consumo y el mercado son realidades cada vez más omnipresentes), sino que lo hizo también el mundo. Un factor importante en las políticas de la representación es la nueva agenda feminista en una escena literaria globalizada, transfronteriza. Ciertamente, Eltit, en consonancia con estas transformaciones, ha reformulado en textos posteriores la cuestión de la maternidad; en su novela más reciente, Sumar, se vuelve a la presencia perturbadora de unos nonatos cuyas voces irrumpen desde el cuerpo materno, estableciendo nuevamente una mirada sobre los mecanismos sociales represivos. Su escritura es, en efecto, “líquida”, multiforme y nada lineal. Sin embargo, analizaré a dos autoras cuyo trabajo se publica y se comienza a dar a conocer después del 2000, en que se pueden entrever otras aristas e imágenes de lo materno que vale la pena contastar con las anteriores.

2000-2018: MATERNIDADES LÍQUIDAS

El escenario en que Meruane y Apablaza comienzan a publicar es distinto al de Eltit y Barros. La “transición” perpetuó gran parte del proyecto económico de la dictadura, lo que llevó a una creciente y salvaje privatización de los servicios y la imposición de una sociedad de consumo en que la salud y la educación revelan hasta hoy las marcas de un sistema basado en la desigualdad social. Esta situación local también debe ser entendida en un contexto global, el de la “sociedad moderna líquida”, descrita por Zygmunt Bauman como “aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas” (Bauman, Vida 9). En el análisis de Bauman, este vértigo se vincula con una vida asociada al deseo siempre insatisfecho –“La vida líquida se alimenta de la insatisfacción del yo consigo mismo” (Bauman, Vida 21)– y una irresistible relación con el consumo.

Desde un punto de vista político, si antes nos enfrentábamos al panóptico como consolidación de la modernidad sólida (en Chile aún encarnada por el estado de vigilancia bajo dictadura), en la modernidad líquida el poder ya no está “atado” a un territorio y es más complejo resistirlo; estaríamos asistiendo “a la venganza del nomadismo contra el principio de la territorialidad y el sedentarismo. En la etapa fluida de modernidad, la mayoría sedentaria es gobernada por una élite nómade y extraterritorial” (Bauman, Modernidad 18), vinculada con la economía transnacional. Esto trae consecuencias, sobre todo en el ámbito de los discursos emancipatorios. Para el sociólogo de origen polaco, la crítica “ya no tiene dientes” para impactar a una sociedad cada vez más individualista, en que el horizonte igualitario se ha desdibujado por completo.

Entre los rasgos más notorios de este nuevo momento tenemos, entonces, la transterritorialidad, y con ella el ingreso de nuevas tecnologías, la comunicación virtual y un creciente individualismo, que marca la vida social cotidiana. Tal es el paisaje que enfrentan las autoras y autores nacidos a partir de 1970, como Meruane y Apablaza, quienes viven en un mundo globalizado, donde los desplazamientos y también el consumo siempre renovado en su deseo, constituyen nuevas rutinas. Según el crítico Fernando Aínsa, estos jóvenes narradores se identifican con una nueva cartografía global, caracterizada por su “transterritorialidad” (57). Este rasgo aparece insistentemente en las panorámicas de la crítica del 2000 en adelante. Para Waldman, estos narradores (que rondan los 40 años) han nacido y se han desarrollado en una nueva realidad caracterizada “por la porosidad de las fronteras, el flujo de capitales apátridas (…) los desplazamientos masivos –incluso al interior del propio continente– (…), la formación de comunidades desarraigadas y transarraigadas (…) los acelerados procesos de individualización” (26). Francisca Noguerol destaca la pujanza de la concepción de “literatura de frontera” y explica, en consonancia con las ideas de Aínsa y Waldman, que la clave para entender la literatura latinoamericana de los últimos años es, efectivamente, la “extraterritorialidad”, en un momento en que “la búsqueda de la identidad ha sido relegada en favor de la diversidad” (20).

¿Qué ocurre con las maternidades en estas nuevas sociedades “líquidas” en que el desarraigo y el individualismo son rasgos caracterizadores de grandes grupos sociales? Se trata de tiempos en que, por lo demás, la militancia feminista y sus luchas se yerguen como una de las pocas fuerzas de resistencia colectiva, con un apoyo transversal y una fuerza que se ha dejado ver en el curso del último lustro. Como veremos más adelante, las nuevas escritoras observan este nuevo momento social desde perspectivas marcadamente de género, planteando hasta cierto punto coincidencias con el diagnóstico de Bauman en términos de la relación de los sujetos postmodernos con el deseo y el consumo. “La vida líquida es una vida devoradora” (Bauman, Vida 18), cuyas relaciones interpersonales están marcadas por la desesperación, la de “sentirse fácilmente descartables y abandonados a sus propios recursos, siempre ávidos de la seguridad de la unión y de una mano servicial con la que puedan contar en los malos momentos” (Bauman, Amor 7), esto es, deseosos de relacionarse, pero al mismo tiempo reacios a los compromisos de carácter permanente, que paradójicamente, apunta, les pueden restar libertad para “relacionarse”.

Con un enfoque muy distinto a Barros y Eltit, en este nuevo mundo avizorado por Bauman y otros teóricos de la postmodernidad, escritoras como Meruane y Apablaza asumen posiciones que permitirían hablar de “maternidades líquidas”: sus textos, como se verá, buscan definir o redefinir la experiencia maternal desde perspectivas porosas, fluidas, en que ya no tiene cabida el “grotesco anatómico” como crítica fuerte de la institución maternal. De lo que hoy se trata es de que haya tantas maternidades como madres, y parte del juego del sistema neoliberal consiste en ofrecer a sus consumidores la posibilidad de elegir una experiencia maternal dentro de un vasto mercado disponible. Esta disposición social necesariamente impacta en las representaciones de lo materno, en sus relatos.

Después de décadas de luchar contra la nociva concepción del masoquismo femenino –que a juicio de Freud marcaría “los grandes momentos de la vida sexual femenina: la menstruación, la desfloración, el parto” (Badinter 282)–, hoy muchas mujeres deciden volver al parto natural con dolor, o deciden ocuparse voluntariamente de la crianza de los hijos. Las que persisten en buscar realización en su trabajo, enfrentan múltiples exigencias que nunca antes tuvieron que afrontar sus madres o abuelas. Las nuevas narradoras latinoamericanas ponen de manifiesto estos nuevos conflictos de las mujeres, siempre ansiosas por definir el ámbito y los límites de sus relaciones interpersonales. Varias de ellas procuran dar voz, con una perspectiva renovada, al problema de la maternidad.

En De donde vienen los niños, Nora Domínguez explica que una consecuencia importante de la dictadura argentina (extrapolable, pienso, a otras situaciones de violencia en el Cono Sur donde hubo políticas de Estado represivas), fue que la maternalización –politización de la maternidad como única identificación de lo femenino– habría de ser puesta en crisis por las Madres de la Plaza de Mayo, quienes, a juicio de Domínguez, rompieron con ella, repolitizando “en sus propios términos lo que ya había sido politizado por el gobierno militar a través de los secuestros y las desapariciones de los hijos” (22). Domínguez invita a revisar qué cambios “se producen en el relato hegemónico de la maternidad cuando las madres se toman la palabra” (24). Con posterioridad a la dictadura, tanto en Argentina como en Chile o Uruguay, hay una ingente literatura de “hijos” que buscan resemantizar ya desde los noventa la historia de sus padres, desestabilizando las representaciones convencionales. Sobre esto se ha escrito y se está escribiendo bastante, tanto en medios académicos como en el espacio mediático 9 . Entender las razones de este interés sería objeto de otro artículo; solo quiero señalar que además de esta literatura existen otras formas de pensar, proyectar y entender los lazos familiares, como por ejemplo las narrativas, particularmente de mujeres, que exploran las representaciones de la maternidad (o no maternidad) desde sus propias experiencias personales. Guadalupe Maradei ha escrito sobre cómo esto se observa claramente en Argentina en la narrativa de la última década:

Un conjunto de textos recientes producidos por escritoras no sólo ponen a la maternidad, al matrimonio y a la familia en primer plano, sino que también buscan desafiar las estrategias discursivas para narrarlos. Entre esas nuevas estrategias se vuelve significativa, por su insistencia y versatilidad, la apelación a un discurso del cuerpo, que narra hasta las transformaciones más micro que sobre él ejercen las fuerzas de la reproducción, del trabajo, del erotismo o de la enfermedad (247).

La lista que ofrece Maradei, tanto en la poesía como en la narrativa, es extensa. En el ámbito hispanoamericano se pueden sumar otros muchos ejemplos. Solo por citar algunos: a) en Nueve lunas (2009), Gabriela Wiener cuenta su propia historia como peruana residente en Barcelona, que queda embarazada después de haber vivido en su juventud dos abortos voluntarios y un largo periplo existencial; b) Margarita García Robayo en “Leche”, relato inserto en Primera persona (2018), cuenta su experiencia de la maternidad también desde una situación de extranjería, esta vez como migrante que se desplaza desde Colombia a Argentina, y en cuyo relato se enfatiza lo referente a la normalización en torno al amamantamiento, con el consiguiente estrés que sufren las mujeres en las “clínicas de lactancia”; c) la narradora española Silvia Nanclares, en Quién quiere ser madre (2017), cuenta la historia de una mujer cercana a los 40 que pierde a su padre al mismo tiempo que se gesta en ella la idea de ser madre, idea que hallará una serie de obstáculos. A estos textos podría sumarse un vasto número de cuentos y poemas que están dando cuenta, en este momento, de la situación de las mujeres en relación con la maternidad, su cuestionamiento y reinvención. La gran pregunta, retomando a Nora Domínguez, es si estos discursos en torno a la maternidad consiguen romper con el relato hegemónico de los siglos precedentes. Por lo pronto, el solo hecho de que den voz a las madres –y también a convencidas detractoras de la maternidad– en la literatura, ya no desde registros simbólicos de sus predecesoras, sino desde experiencias autobiográficas concretas y muy variadas, es un gesto importante en la desestabilización del relato prevaleciente en la modernidad.

UN TEXTO SORORO

El libro de Lina Meruane Contra los hijos se originó en una crónica para la revista Etiqueta Negra en 2010 y ha tenido una vida no exenta de polémicas en Chile y el extranjero 10 . Con mucho acierto, el ensayo es publicado en nuestro país precisamente en pleno proceso de movilización social, cuando la discusión sobre las políticas sociales que afectan a la mujer, políticas que en Chile avanzan con mucha dificultad debido al carácter conservador de la élite en el poder, alcanzan su punto de mayor intensidad. La voz personalísima que Meruane imprime en este ensayo critica la institución de la maternidad desde una posición muy clara: la de una escritora/creadora que ha decidido no tener hijos. En el desarrollo de su argumentación se refiere principalmente a la experiencia contemporánea de mujeres de clase media/alta, sobre todo escritoras o creadoras, con quienes puede identificarse (o diferir). Observa que las mujeres profesionales están sometidas a nuevos y tiránicos idearios de consagración a los hijos, en particular el de la “súper madre”, quien no solo debe destacar en su carrera profesional sino que también atenerse a las múltiples voces de expertos que plantean cómo debe ser la crianza óptima para los niños. Su escritura plantea una resistencia al entronizamiento del mercado en la conformación de estas figuras adversas a la liberación femenina, como también a las nuevas exigencias productivas, la conversión de los niños en importantes consumidores y tiranos de sus padres y a las numerosas imágenes mediáticas y virtuales que hoy estandarizan el bienestar individual. En siete capítulos da cuenta de su propuesta: explica que no está “contra la niñez” (17) ni “a favor del infanticidio” (16), pero sí en contra de la “máquina de hacer hijos” (13), también “en contra de muchas madres” (18), todas aquellas que se rindieron ante la evidencia social y abandonaron sus aspiraciones para ser “madres-sirvientas” o “súper-madres” (18), además de aquellas que buscan obligar a otras mujeres a tener hijos también (“madres-militantes”, 24). Con el fin de respaldar sus argumentos, Meruane hace un recorrido por la historia feminista, en que aparecen sucesivos hitos, pasando por clásicos como Wollstonecraft, Woolf y De Beauvoir, para llegar a planteamientos genérico-sexuales contemporáneos, además de incluir numerosas citas literarias y de entrevistas a escritoras. Sin embargo, a pesar de esta nutrida historia de los argumentos y textos feministas, Meruane considera que aún hoy tenemos mucho por conquistar. Así se lo dice a sus lectoras, a quienes emplaza numerosas veces a lo largo del texto:

¿No habíamos concluido que ya estaba passé el feminismo, que podíamos olvidarnos de sus lemas porque habíamos vencido en la lucha y podíamos dedicarnos a disfrutar lo conseguido?

Craso error, señoras y señoritas.

Presten atención: a cada logro feminista ha seguido un retroceso, a cada femenino un contragolpe social destinado a domar los impulsos centrífugos de la liberación (20).

En su ensayo, Meruane despliega cinco tesis en torno a la relación maternidadescritura, las cuales son relevantes para este ensayo y por tanto se citan a continuación: 1) “La fertilidad de la letra femenina estuvo siempre reñida con los imperativos de la reproducción” (111-112); 2) “Las mujeres que escribieron y relucieron (…) pudieron hacerlo porque se abstuvieron de tenerlos o porque abortaron o bien porque, cuando los hijos les sucedieron y les estorbaron, decidieron abandonarlos siguiendo el ejemplo de sus pares masculinos (112); 3) “Quienes pudieron barajar pañales y mamaderas, con una mano, mientras llenaban la pluma en el tintero, con la otra, escribieron porque contaron con ayuda o con fortuna para pagarla” (113); 4) “Las que tuvieron hijos y no contaron con medios suspendieron el oficio por un prolongado y doloroso período y escribieron mucho después, o poco, o simplemente renunciaron” (114); 5) “Las que engrendraron y criaron y escribieron y trabajaron al mismo tiempo son auténticas excepciones” (114-115).

Probablemente ninguno de los argumentos de Meruane sea original; la novedad de su ensayo radica en el enorme acopio documental, en los textos y entrevistas que emplea para respaldarlos, en la voz irónica y cómplice que va construyendo para atraer la atención de sus lectores y, sobre todo, sus lectoras. Así busca generar conciencia sobre los estereotipos actuales de la súper-madre y el estrés al que se someten no solo las mujeres que asumen el desafío de una tiránica ideología del cuidado del niño –con una serie de exigencias sobre el amamantamiento, la crianza feliz, la formación temprana en talleres y actividades extracurriculares, etc.–, sino también quienes han decidido no tener hijos, pero son presionadas socialmente para hacerlo.

Quedó a la vista, tras las manifestaciones de 2018, la necesidad de que las mujeres solidaricen en sus luchas, con lo cual se ha puesto en primera plana la expresión “sororidad” para señalar esta alianza de las mujeres. Ya lo decía Rich en la década de los setenta, quien veía como un catalizador político que las mujeres hubiesen “empezado a comunicarse con otras mujeres, contándonos nuestros secretos, comparando nuestras heridas y compartiendo nuestras palabras. Este escucharse y hablarse entre mujeres ha sido capaz de romper muchos silencios y tabúes” (Rich, “Maternidad” 378). El texto de Meruane se hace cargo de este diálogo y busca imprimir la presencia de ese colectivo en su escritura: envía correos electrónicos a otras mujeres escritoras, periodistas, académicas, haciéndoles preguntas sobre los temas abordados en su ensayo, e incluye numerosos textos de otras escritoras que se refieren a sus maternidades o no-maternidades. Aquí, por ejemplo, Meruane se pregunta por las madres-artistas, quienes, a menos que tengan rentas propias, se alternan entre el trabajo asalariado y el trabajo creativo raramente remunerado, sumado al trabajo ad-honorem de ser madre:

En mi apuro por poner a prueba mi argumento recurro a un centenar de mujeres-de-letras para saber si les parece, como a mí, excesivo tener un trabajo asalariado y dos ad-honorem ( … ).

Les pregunto, ¿qué opinan sobre esto?

La respuesta es instantánea, arrolladora. Es como si el signo de interrogación que les lanzo hubiera abierto la compuerta subterránea del reclamo y no hubiera ahora manera de cerrarla (89).

Meruane reproduce esta multiplicidad de voces y sus críticas:

“No ha sido ni es nada fácil; ha sido de lo más trabajoso y doloroso”, escribe una, y otra, que no es escritora aunque está muy cerca de los libros: “Esto es muy difícil, AGOTADOR, muy frustrante; el cambio ha sido ENORME y nadie lo dice” (las letras mayúsculas pertenecen a la misiva). Otra que sí ha publicado libros manda esta línea: “Por supuesto los quiero, pero la pregunta del porqué tuve hijos me la hago cotidianamente y estoy pensando en una novela alrededor de esto, pero tendría que usar seudónimo para decir lo que quiero”. (…) Y otra: ¡Es un tema tan normativo y edulcorado!

Y otra, y otra” (90-91).

Es indudable la polifonía del texto, a lo que se suma su conciencia irónica, con frecuentes notas a pie de página que contribuyen a fortalecer el argumento y a singularizar su escritura: “Aprovecho estos subterráneos de la página para apuntar también situaciones inquietantes…” (34), una pluralidad de voces y miradas con que busca ganar el round, tan difícil de ganar aun en sociedades “postfeministas”, contra los hijos.

GENEALOGÍA DEL EMBARAZO

A diferencia del ensayo de Meruane, la novela de Claudia Apablaza 11 defiende la maternidad y plantea la historia de una mujer-escritora que anhela tener hijos. El texto ofrece dos narraciones que se alternan: una, escrita en cursivas, es el diario que escribe la protagonista, Ana, quien cumplidos los 33 años siente el famoso llamado del reloj biológico y viaja a una residencia de escritura en Bogliasco, Italia, por 42 días, más que para escribir, para quedar embarazada. Una segunda línea narrativa, en tipografía normal, es la de Ana varios años más tarde en Chile. Ella está embarazada de una hija y en compañía de Gabriel, su pareja, tan ilusionado como ella con la perspectiva de ser padre. En tanto el diario es una cuenta regresiva que empieza el día 1 de la residencia (señalado como día “-42”), los segmentos situados en el último mes de embarazo, presente de la diégesis, se van presentando sin una cronología precisa, pero que avanza hacia el parto.

Cuatro son los ejes fundamentales en la construcción novelesca: 1) el deseo del embarazo como una compulsión en los días de Bogliasco, en que la protagonista/narradora diseña estrategias desquiciadas o fantasea con quién será el padre de su hijo y qué hará con esa paternidad, una experiencia que constituye en sí misma la escritura; 2) la situación de extranjería en Bogliasco, donde debe reprimir la lengua materna para hablar en inglés, según las reglas de la residencia, en contraste con la familiaridad y acogida en Chile, donde finalmente se embaraza y realmente tiene una niña; 3) la expectativa del embarazo y el embarazo mismo como padecimientos, que detonan una serie de enfermedades y dolencias corporales en las dos épocas referidas en el libro, y de cara a las cuales el personaje de Gabriel tendrá un rol de contención y protección; 4) el embarazo como un modo de construir genealogías, en los múltiples segmentos en que la protagonista/narradora alude a las experiencias de su abuela y de su madre. Me referiré a estos ejes a continuación.

1) El relato de los días en la residencia artística de Bogliasco, a la que Ana accede por una beca, plantea desde el comienzo de la novela la relación entre hijo y criatura escrita, sin que se plantee la consabida tensión o antítesis a la que se refiere largamente Meruane o que explicita Domínguez en su ensayo: “La conocida fórmula que opone libros a niños contiene un conjunto de significados que han afectado el lado social y familiar de las escritoras en general” (199), destinadas a “procrear o crear” (199). La narradora, obsesionada, escribe listas de posibles candidatos a la paternidad y también los va descartando, en una relación absolutamente objetualizada con el otro, en que el angustioso y nunca satisfecho deseo del sujeto descrito por Bauman en Amor líquido aparece en plenitud. La protagonista entabla “relaciones”, establece cálculos y estrategias de seducción. Aparentemente este proyecto pareciera sustituir a la literatura: “Me inscribí en esta residencia de artistas pero ya no haré nada de ello: desde que mi deseo de maternidad comenzó a aflorar con fuerza, odio los libros, las acciones de arte, los proyectos” (23). Sin embargo, la protagonista jamás deja de escribir. Se podría decir que el deseo de embarazarse es el móvil de su escritura, un verdadero laboratorio de aires perequianos, que sintetiza de este modo al comienzo del libro, cuando hace una lista de lo vivido en Bogliasco: “+ delirio de embarazo / + enfermedad a la garganta / + bichos / + idioma extranjero / + miedo a la distancia / (…) + antibióticos / + amigo anciano / + paseos al pueblo / + helados / + escritura / + etc. etc.” (10). Aunque la escritura quede aparentemente desplazada a un último lugar en el recuento de la narradora, cifrado sobre todo en las afecciones corporales, es aludida permanentemente a lo largo del libro, en ambos niveles narrativos: “Tengo que concentrarme en el texto. Me cuesta. Mi cabeza está puesta en el cuerpo” (12); “Gabriel pone todo tipo de música cuando trabajamos (…) Pone la música fuerte, solo le pido que la baje cuando escribo” (26); “Me puse a teclear: tengo miedo y deseo a la vez, estoy en una especie de mansión y me siento en una película porno de presupuesto medio” (39) , etc.

2) El impulso de la protagonista de embarazarse, alentado porque ha cumplido una edad que socialmente se ha establecido como un límite, colma sus días, en que el protagonista de sus fantasías erótico-maternales es un italiano que trabaja en la cocina de la residencia, alguien que no habla inglés. Tanto el traductor como las búsquedas de google y los sucesivos chats con una amiga chilena son recursos de los que se vale para sostenerse en la soledad en que se encuentra y en que el embarazo va tomando los visos de una obsesión sin sentido, al mismo tiempo que se releva su condición de extranjería: no solo es extranjera porque visita Barcelona y luego Bogliasco, a miles de kilómetros de Chile y de una familia bastante bien avenida, sino que también es extranjera por su propio y desquiciado deseo de quedar embarazada en cuarenta y dos días. Nunca lo ha estado, no sabe cómo hacerlo, cuáles son las condiciones en que debiera realizar este anhelo. La confusión se agrava por la confusión lingüística y las conversaciones oídas y expresadas a medias: “Una de las coordinadoras me miró raro y me dijo, al cabo de un rato: estoy preocupada por ti. Preocupada de qué. ¿Qué?, me dijo. Hablé tan rápido en mi español que no entendió nada” (70). Ana no se alimenta, está permanentemente enferma, no se integra a la vida que los demás hacen en la casa. Su extranjería está dada también por su deseo: “¿Acaso nadie tiene sexo en esta residencia? ¿Acaso soy la única joven? ¿O la única que quiere ser madre acá, que le meta la semilla alguien que no conoce?” (57). Apablaza va configurando con cierta ironía a esta mujer hedonista, que de pronto se obsesiona con una idea naturalizada socialmente (que existe un límite de edad para ser madre).

El delirio y la soledad de Bogliasco contrastan con la protección y felicidad que la protagonista encuentra con su familia de origen, con su pareja y la presencia corporal de su hija. Al mismo tiempo que lee y corrige su diario, Ana se descubre a sí misma, se desdobla, no se reconoce en la mujer que fue: “Por momentos me divierte leerme, y por otros me conmueve esa soledad y todo lo que ello implica. Me pasan muchas cosas con lo que fui” (154); “Me pone tensa leerme. Han pasado años y siento una distancia enorme con esa persona que era” (187); “Menos mal no tuve una hija de ese italiano. No hubiese conocido a Gabriel (…) No tendría a L en mi vientre” (189). Comentaré más adelante este contraste que parece devolver a Ana a una concepción familiar más conservadora.

3) Mientras intenta quedar embarazada en Italia, Ana se enferma y teme morir en la residencia; durante el embarazo también sufre una serie de padecimientos corporales: “Estoy en mi octavo mes de embarazo, tengo alergia. La energía está puesta en el cuerpo y en que se vaya esta alergia” (9). Son frecuentes los googleos en busca de información sobre las enfermedades del embarazo, la automedicación, la intervención de un padre médico que pareciera solo activar la hipocondría de la protagonista 12 , permanentemente alerta a los ciclos del sueño, a su orina, a su alimentación, muy en sintonía con los predicamentos de la actual sociedad de consumo y la búsqueda permanente de bienestar personal. Estos padecimientos, que la llevan a temer la muerte en Bogliasco, tienen un eventual término o fin en el parto, que es preludiado como un gran momento de liberación y reencuento consigo misma.

4) Finalmente, el embarazo conecta a la protagonista con su madre y su abuela. Se activa la genealogía de mujeres a las que aluden en sus textos Luce Irigaray o Adrienne Rich: Ana tendrá a una niña, “L.”, y piensa mucho en las historias maternales de sus antecesoras, que son historias de amor. Se produce la relación que plantea Domínguez, la maternidad se muestra como una práctica que la hija busca imitar: “Una práctica de imitación potenciadora ya que en su inscripción se encuentra en estado de latencia la posibilidad de revisión del modelo” (33). Tanto la abuela como la madre de Ana le dan consejos, algunos los toma, otros le producen risa, pero en todo momento se da el reconocimiento de la importancia del vínculo madre-hija: “La relación que tengo con mi madre es hermosa. Es intensa. Imagino que así va a ser con mi pequeña L. Por eso pienso que criar a un niño me hubiese sido más complejo. Digo en voz alta diez veces el nombre de mi hija en alto. Agrego: gracias, gracias, hermosa, gracias por venir en camino” (66). O este segmento, semejante a un mantra:

Yo en el vientre de mi madre.

L en mi vientre.

L con una guagua en su vientre.

La hija de L con una guagua en su vientre.

Es una cadena. Se puede cortar cuando una de las mujeres decida no ser madre o cuando a una mujer le nazca solo un hombre (114).

En este fragmento es muy explícito el reconocimiento del que habla Adrienne Rich:

cuando una mujer está haciendo, aunque sea aterrorizada y con dolor, lo que la historia le ha dicho que era su deber y su destino, hace lo mismo que hizo su madre, revive la escena que tanto la separa de su propia madre (porque se supone que ahora ella ya es una mujer y no una niña) como a la vez la une porque crea con mayor intensidad una imagen de su madre (380).

En la novela, el primer proyecto de Ana, de engendrar un hijo con un amante ocasional, fracasa; es evidente que la situación de embarazo con una pareja estable y un hogar constituido le resulta mucho más confortable que su búsqueda poco convencional de una maternidad “sin padre”. En este sentido, se podría decir que Apablaza refugia a su personaje en un ideal familiar que choca del todo con su primer intento de embarazarse: retorna así a una narrativa convencional de la pareja y los hijos. Pero tanto la descripción de Gabriel como hombre maternal – “él me ha acompañado a todos los doctores que he ido (…) Me acompaña en las noches, a veces no duerme por acompañarme” (83)–, como la textura genealógica del relato, alimentan la esperanza de una nueva forma de maternidad, liberadora y no represiva, sino gozosa. La enorme incertidumbre que atraviesa el texto hasta el final (termina en el momento del parto) revela los temores e inseguridades de una mujer contemporánea, obligada a cumplir bien su rol de estar sana, y de cuidar también la salud de su hija. El libro da cuenta de ese camino tenso y largo que recorren hoy las madres, cuando “en el tema de la maternidad no hay expertas. En última instancia lo que necesitamos como mujeres no son expertos y expertas sobre nuestras vidas, sino la oportunidad de nombrar y describir las verdades de nuestras vidas tal como las hemos conocido” (Rich, “Maternidad: la emergencia…” 377). La novela de Apablaza revela desde la ficción la intimidad de las experiencias femeninas de cara a la maternidad, los detalles corporales, los afectos puestos en juego en una experiencia que se puede vivir de tantas maneras imaginables, pero de la que por el contrario nos han querido enseñar: “madre hay una sola”.

CONCLUSIONES

El análisis de los textos de estas cuatro autoras permite discriminar estrategias de representación de la maternidad que difieren en sus retóricas y sus efectos políticos. Diamela Eltit y Pía Barros desarrollaron sus primeras obras en el contexto de una dictadura y un período posterior de “transición democrática”, marcado aún por el autoritarismo y la presencia activa de Pinochet y sus secuaces en la vida pública del país. En este sentido, las narraciones aquí comentadas se inscriben en un momento literario de metaforización y alegorización de la represión y su poder omnímodo. Este poder se ejerce sobre los cuerpos en las formas de la tortura, la desaparición y la muerte. No es extraño que el arte y las representaciones literarias de ese tiempo señalen, entonces, la abyección del cuerpo, donde se inscriben las marcas de la violencia política y social. Pero al tiempo que se inscriben tan precisamente en la crítica de un tiempo particular, estos relatos sobre mujeres/madres parecen ocupar un tiempo fuera del tiempo: se trata de historias de cronología imprecisa, hasta cierto punto atemporales y arquetípicas, que desde la ficción señalan las zonas de dolor y los temores más profundos de las mujeres en relación con lo materno.

Los textos de Meruane y Apablaza se inscriben en otro momento social, en que la maternidad forma parte en sí misma del juego de consumo y las madres se ven enfrentadas a la exigencia de superarse y perfeccionarse como consumidoras ideales. Las relaciones interpersonales se ven marcadas por la exigencia social del éxito, telón de fondo tanto del ensayo de Lina Meruane como de la novela de Apablaza. El ensayo de Meruane es claro en su propósito y busca desestabilizar el relato hegemónico por el cual es deseable buscar la realización personal, sobre todo en el caso de las mujeres, en la procreación y crianza de los hijos. Se enfoca, como Apablaza, particularmente en la experiencia de las mujeres escritoras. Ninguno de estos textos aborda las maternidades de sujetos subalternos o ajenos, como los de las mujeres campesinas, pobres, analfabetas, sino que remiten sus reflexiones particularmente al mundo de las mujeres profesionales en medios urbanos. En este sentido es importante la configuración de un discurso basado en la experiencia personal y de los circuitos más cercanos, que se distancia del juego metafórico y alegórico, de fuerte impronta ficcional, trazado por sus predecesoras. Las pesadillas de estas nuevas narradoras se alejan de fantasmas como el vampirismo o la monstruosidad: se forjan en las relaciones interpersonales cotidianas en que el peso de la crítica social, de la publicidad y los imaginarios transmitidos a través de las redes sociales impactan fuertemente en la definición de la subjetividad de madres y no madres. El texto de Meruane es más decididamente feminista que el de Apablaza, quien opta por representar las vacilaciones de una sujeto angustiada por el deseo y la imposibilidad de relacionarse. Bauman advierte sobre la ambivalencia y centralidad de las relaciones interpersonales en nuestras sociedades líquidas (Amor 8 y ss.). En este juego, la narradora le otorga a los personajes masculinos (el padre y Gabriel, principalmente) un poder evidente sobre las decisiones de su protagonista, a diferencia del texto de Meruane, en que el empoderamiento de las mujeres es un asunto fundamental. No obstante, con distintos matices, ambos textos representan y hasta cierto punto deconstruyen críticamente distintas aristas de las maternidades líquidas, maternidades postmodernas vividas por mujeres cuyas experiencias diarias se tejen en el tránsito y el cambio permanentes, anudadas a prácticas y discursos virtuales y reales que no se resignan a asumir sin discutirlos.

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1El siguiente artículo es producto de las investigaciones FONDECYT REGULAR 1180522 “Carto(corpo)grafías: narradoras hispanoamericanas del siglo XXI”, del que la autora es investigadora responsable, y PIA CONICYT SOC180023, en que participa como investigadora titular, bajo la dirección de la Dra. Claudia Matus.

2A diferencia del llamado “feminismo de la igualdad”, expresión que refiere a posturas feministas que se focalizan sobre todo en la idea de universalidad jurídica, fundamental en la lucha y consecución de derechos políticos como el sufragio, el “feminismo de la diferencia” refiere a diversas posturas críticas que hacen hincapié en las formas específicas que adquiere la experiencia de las mujeres, denunciando a su vez que las construcciones universalistas de sujeto tienen un sello patriarcal. De ahí que se reivindique la “diferencia” como una forma de adquirir autonomía y libertad respecto de las construcciones discursivas patriarcalistas.

3Nora Domínguez (v. Bibliografía) hace una excelente síntesis bibliográfica tanto en el ámbito francófono como anglosajón.

4La frase forma parte del estribillo de la performance “Un violador en tu camino”, desarrollada por el grupo LasTesis –Sibila Sotomayor, Daffne Valdés, Paula Cometa Stange y Lea Cáceres– en el marco del estallido social chileno iniciado el 18 de octubre de 2019. Refiere al trabajo de investigación realizado por ellas en torno a diversos textos feministas, en este caso, el trabajo de Rita Segato sobre la experiencia de la violación, que combinan con textos locales, como el Himno de Carabineros de Chile.

5La ley 21.030, de aborto en tres causales está vigente en Chile desde diciembre de 2017. Permite la interrupción del embarazo en los casos de inviabilidad fetal, riesgo para la madre y violación. Un foco de discusión posterior a la promulgación de la misma ha sido el tema de la objeción de conciencia por parte de los equipos médicos en las instituciones de salud. El libro Mayo feminista. La rebelión contra el patriarcado, editado por Faride Zerán, reúne una serie de ensayos que profundizan sobre estos antecedentes y la trayectoria que han tenido las movilizaciones feministas en el país, durante los últimos años.

6Al respecto, Mónica Barrientos escribe: “En El cuarto mundo encontramos tres espacios fundamentales que forman una arqueología latinoamericana desde el inconsciente de la memoria: la casa, el útero y la ciudad. Estos tres espacios funcionan como espejos deformados que replican las acciones y perversiones de sus habitantes, ya que desplazan las ruinas de la ciudad hacia los espacios más íntimos de la familia como centro carcomido por el poder” (21). La lectura de Barrientos, como también las de Áurea Sotomayor, Laura Scarabelli y Mary Green (v. Bibliografía) se hacen cargo del rico y complejo vínculo entre cuerpo, maternidad y poder que Eltit va hilvanando en diversas producciones.

7Un hito significativo en la historia de las representaciones de lo materno en el ámbito literario chileno es la publicación, en 1996, de Salidas de madre, libro que replica la aparición de antologías similares en Argentina (Salirse de madre, 1989) y España (Madres e hijas, 1996). Es interesante comparar las colecciones aparecidas en el Cono Sur, escritas con posterioridad a los respectivos períodos dictatoriales. Como señala Nora Domínguez, en tanto el libro argentino surgía de un colectivo de mujeres que lo autogestionaron, Salidas de madre fue una antología de autoras invitadas a formar parte del proyecto por parte de Editorial Planeta, “que entendía que había un mercado amplio de mujeres lectoras” (57). Si bien Domínguez plantea que, de todos modos, en ambos casos se trata de conjuntos ficcionales que buscan retratar el vínculo madre-hija, en su comentario resulta más evidente la filiación feminista y el carácter político de los textos argentinos. El libro de Planeta coincide con un resurgimiento de la edición en Chile, que en el caso de esta editorial contó con un fuerte dispositivo comercial y de marketing, acorde con las políticas económicas neoliberales que se consolidaban en el país.

8La transición se inicia en 1990. Desde entonces, muchos sectores políticos han intentado llevar adelante una Asamblea Constituyente en busca de una nueva carta de derechos para Chile, dado que la Constitución vigente fue creada por el gobierno militar (1980). La actual crisis política y social, detonada por esta inercia institucional, se reveló particularmente el 18 de octubre de 2019, día del “estallido social” chileno, movimiento que ha llevado a los distintos actores políticos a formularse la posibilidad de un plebiscito sobre una nueva constitución. “Apruebo” o “rechazo” serán parte de la consulta, así como la modalidad que debiera tener una convención (constituyente/mixta). El plebiscito tiene fecha para el 26 de abril y al cierre de este artículo es aún incierto que se pueda realizar, debido a la irrupción, en febrero de 2020, de una crisis sanitaria descrita como “pandemia”: el coronavirus.

9Se habla de una “literatura de los hijos”. En Chile, la expresión es utilizada por Andrea Jeftanovic en el el libro de ensayos Hablan los hijos, para referirse a una serie de representaciones que abarcan desde la narrativa de Clarice Lispector hasta formas de dramaturgia y representación teatral contemporáneas, pero en que una vez más lo materno aparece escrito o representado desde la óptica filial. Por otra parte, es probable que el primero en utilizar esta expresión dándole el sentido específico de un discurso sobre la dictadura, tramado a partir del imaginario de los hijos de quienes la vivieron en su madurez, sea Alejandro Zambra, quien usa la expresión como subtítulo en uno de los capítulos de Formas de volver a casa (2011). Las asociaciones de “hijos” aparecen con un sentido más politizado en Argentina y Uruguay, y existe toda una literatura y producción fílmica testimonial asociada a la experiencia de la pérdida de los padres a causa de la represión dictatorial.

10La más bullada de estas polémicas probablemente haya sido la que se entabló en 2018 con el escritor español Alberto Olmos (1975), quien publicó en su columna “Mala fama”, de El confidencial, el texto “El silencio de los padres: los hijos son horribles, quedaos con eso”, donde, simplificando muy torpemente los argumentos de Meruane, plantea que “Más o menos cada media hora alguien cree fundamental decir que odia a los niños”. La escritora tardó apenas una semana en responderle en la columna “Algunos muchachos nerviosos”, publicada por revista Contexto, donde argumenta sobre su libro: “… hubiera sido ingenuo derramar esas letras sin suponer que alguien respondería: todo texto escrito en contra va a encontrar quien lo contradiga. Y pensé, no sin razón, que las contrariadas serían las muchas madres entusiastas de su rol. Alguna respondió de frente y otras respondieron a mis espaldas. Las madres-totales se quejaron, alguna súper-madre hizo un mohín. Menos esperable era que salieran a la carga los felices padres de familia. Esos muchachos que hasta ahora tan poco se han preocupado de escribir sobre la paternidad. Y no es raro que no lo hayan hecho: se escribe sobre lo que importa, lo que toca a cada uno, y por generaciones los hijos le importaron muy poco a sus padres. Una vez fecundados, esos hijos eran cosa de sus madres –se miraba con sospecha a los que decidían cuidar a sus hijos mientras su mujer (o su hombre) salía a trabajar. No juzgo a esos padres ausentes, tampoco los celebro, eran hombres de su tiempo. Simplemente anoto que mientras ellos iban y venían, despreocupados, u ocupados de otros asuntos, había una mujer haciéndose cargo de la prole. Juzgo sí a esos que hoy quieren seguir actuando como sus predecesores. A los que se resisten a cambiar cuando los tiempos lo exigen”

11Apablaza es autora de varias ficciones con rasgos autobiográficos/autoficcionales. Este libro lo publica poco después de ser madre y la residencia en Bogliasco tuvo lugar, efectivamente, en 2012. En los días en que apareció su libro publica el texto “Así escribí la novela Diario de quedar embarazada”, además de dar entrevistas en que el libro fue calificado como “autoficción”, señalando las similitudes entre la autora y su protagonista (v. Bibliografía).

12“Mi padre es médico, mi madre enfermera, la casa estaba llena de muestras médicas. En algunos almuerzos ese era el tema de sobremesa. Nos acostumbramos a las palabras operación, vendas, apósito, curación, postoperatorio, infección, cirugía, urgencia” (102). Curiosamente, la novela de Apablaza coincide en este punto con las dos últimas novelas de Lina Meruane, Sangre en el ojo y El sistema nervioso, ambas protagonizadas por hijas de médicos, que sufren alguna enfermedad, de ahí que se trate de narrativas fuertemente concentradas en los síntomas y el lenguaje corporal.

Recibido: 31 de Octubre de 2019; Aprobado: 31 de Enero de 2020

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