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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum v.19 n.2 Talca  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762004000200012 

 

Revista Universum Nº 19 Vol.2 :171 - 172, 2004

RESEÑAS BIBLIOGRAFICAS

El vino en la historia de Chile y el mundo. Un viaje desde los orígenes de la vid hasta el presente

Alvarado Moore, Rodrigo, Prólogo de Gonzalo Vial Correa, Santiago,
Origo Ediciones,
2003, 190 páginas.

 

Pablo Lacoste (*)

(*) Doctor en Historia, Universidad de Buenos Aires. Doctor en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile. Profesor del Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina, de la Universidad de Talca, Chile.


 

Este puede ser, quizá, el primer libro que examina la historia mundial del vino desde la perspectiva de un país de América Latina, para culminar esta evolución con lo sucedido en Chile. Hasta ahora teníamos por un lado obras dedicadas a la historia mundial del vino, como la de Tim Unwin (2001), en la cual el papel del Nuevo Mundo vitivinícola es muy acotado; por otro, contamos con libros dedicados a la historia vitivinícola de un país en particular como Historia del Vino Chileno, de José del Pozo (1998) y nuestro trabajo El vino del inmigrante (2003), dedicado a la historia del vino en la Argentina. En este contexto, el libro de Alvarado supone un aporte original, audaz y ambicioso pues avanza sobre terrenos muy poco trillados, en los cuales todavía faltan muchos estudios de caso para poder finalizar una obra completa y acabada. A pesar de estas dificultades, el autor aceptó el reto de trazar un panorama general que resulta sugerente y desafiante.

El libro tiene siete capítulos y un apéndice. Se siguen los tradicionales periodos de la historia: el vino en la prehistoria (capítulo I), edad antigua (capítulo II), edad media (III) y edad moderna (IV). Los dos siguientes se dedican a la edad contemporánea, primero en Europa (capítulo V) y después en el Nuevo Mundo (capítulo VI). Para el final se trata la viticultura en Chile (capítulo VII). El apéndice entrega una línea cronológica de la viticultura mundial y datos de las principales viñas y asociaciones vinícolas chilenas. También se entrega información actualizada al 2003 de zonificación vitivinícola, denominaciones de origen, producción y consumo mundial de vinos.

Los primeros seis capítulos están basados fundamentalmente, en el libro de Tim Unwin, mientras que el capítulo VII sigue las tesis de la obra de José del Pozo. Sobre la base de las tesis de estos dos historiadores, enriquecidas con algunas citas de cronistas y trabajos bibliográficos, Alvarado ha construido un texto destinado al gran público, con un lenguaje ágil y amigable.

Desde el punto de vista de la historia del vino en Chile en la época colonial este libro tiene algunos anacronismos y aspectos que se podrían afinar con mayor precisión. En esos años los viñedos se medían en plantas y no en hectáreas, como en la actualidad. Además, la densidad de los viñedos era diferente: actualmente suelen tener 5.000 plantas por hectárea, mientras que en la época colonial tenían entre 1.500 y 2.000 cepas. En este sentido, no está claro a qué se refiere el autor al señalar que, a fines del siglo XVIII, Chile poseía 15.000 hectáreas (página 77). ¿Cuál es la fuente? ¿Cuántas plantas calcula por hectárea? Luego se menciona el sistema exportador del Perú "que comercializó alrededor de 40.000 arrobas de vino y 5.000 de aguardiente". ¿Se refiere a arrobas de 23 litros, como se usaba en el Perú, o de 35,5 litros, como era habitual en el Reino de Chile? ¿Ese volumen se comercializaba anualmente o por periodos más largos?

Por otra parte, el autor sigue el tradicional enfoque de los historiadores, en el sentido de considerar solamente Chile Cisandino, con exclusión de Chile Trasandino (Cuyo). Las referencias a la producción colonial de Mendoza y San Juan son distantes y acotadas. De Mendoza afirma que en 1739 contaba con 120 viñas que "alcanzaban tan solo una extensión de 66 hectáreas". Ese dato se apoya en cálculos de historiadores argentinos, no citados en el texto, y que son muy arbitrarios. Actualmente sabemos que en el siglo XVIII Mendoza tenía 650.000 plantas de vid. El autor afirma después que en Mendoza "habría que esperar la llegada del ferrocarril en el siglo XIX para conectar el interior con las grandes ciudades de la costa, dando inicio a un desarrollo comercial que aumentaría la producción vitivinícolas de modo considerable" (p. 80). Efectivamente, a partir de la inauguración del ramal ferroviario Buenos Aires-Mendoza (1885), se produjo el "boom" de la viticultura cuyana, que pronto igualó, superó y duplicó a la chilena. Pero antes de esta fecha, la industria de la vid y el vino ya era la principal actividad económica de Mendoza y San Juan. Tal como sostiene Margarita Gascón, en el siglo XVII el mercado de las provincias de Córdoba y Tucumán lo controlaban los viticultores de Concepción. Pero en esa época los bodegueros de Mendoza iniciaron su expansión y para el siglo XVIII controlaban totalmente el mercado de las provincias de las Pampas y Río de la Plata. De acuerdo a la documentación relevada en el Archivo Histórico de Mendoza y en el Archivo Nacional de Santiago de Chile, las exportaciones de vino mendocino al litoral fueron de 300.000 litros en 1686, 600.000 en 1745, 852.000 en 1783 y 994.000 en 1827. Eran cifras inferiores a las que se manejaban en Chile Cisandino. Pero la vitivinicultura comercial había comenzado en Cuyo mucho antes de la llegada del ferrocarril.

La ausencia de estos datos son perfectamente disculpables dado que son investigaciones nuevas, que todavía no han sido difundidas. Además, la amplitud y la ambiciosa propuesta del libro generaba, naturalmente, los flancos para observaciones de esta naturaleza. Ello no le quita mérito a un trabajo que aporta una acabada síntesis bibliográfica, abre temas nuevos y plantea un espacio de debate que se va a ampliar sin duda, en los próximos años.

 

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