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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum v.20 n.1 Talca  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762005000100022 

 

Revista Universum No 20 Vol. 1 : 297 - 308, 2005

DISCURSOS

CULTURA, EDUCACIÓN Y UNIVERSIDAD

 

Claudio di Girolamo (*)


 

Intervención en la ceremonia de aniversario de la fundación de la Universidad de Talca, Curicó, 28 de octubre de 2004

Quiero manifestar mi agradecimiento por la invitación a esta celebración, la que me permite compartir con ustedes algunas de mis inquietudes y reflexiones que, desde hace mucho, son mis compañeras en la tentativa de profundizar en la íntima relación que existe entre la educación formal y la cultura.

Espero que puedan ser de alguna utilidad para los presentes, aunque sea la de servir de material para promover ulteriores debates y discusiones, acerca de un tema que concierne a toda la sociedad y que exige una profundización constante, ya que incide directamente en la calidad de vida de los hombres y las mujeres que la conformamos.

Para mayor claridad, estructuraré mi intervención en dos partes.

En la primera, esbozaré algunas ideas generales que se refieren al fenómeno educativo dentro del proceso de desarrollo cultural de cualquier sociedad y, en la segunda, abordaré el ámbito específico de la Enseñanza Superior, en especial de las responsabilidades y desafíos que la Universidad enfrenta, quiéralo o no, al encontrarse en el centro mismo de la mutación cultural que, con sus problemas y desafíos, está en pleno proceso de consolidación, no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo occidental.

PRIMERA PARTE

EDUCACIÓN Y CULTURA

Para centrar el tema, me referiré en primer término, lo más brevemente posible, a la profunda incidencia que el sistema educativo formal ejerce en el proceso de desarrollo cultural de cualquier sociedad y, en especial, en nuestro país.

Considero necesario hacerlo, dado que hoy, en vista de la urgencia de los problemas que nos plantea la implementación de la nueva reforma educacional, solemos postergar una mirada más global, un punto de vista crítico respecto al sentido que tiene nuestra educación, y la educación en general, frente a la envergadura del cambio cultural que estamos viviendo en el comienzo de este nuevo milenio.

Cualquier otro problema que afecta al sistema educativo formal me parece secundario, si lo comparamos a los desafíos que, en todos sus niveles, le plantea el proceso acelerado de mutación cultural que está produciendo el fenómeno de la globalización en todos los ámbitos de la vida social.

Hay que agregar a esto, el hecho de que la evidente y necesaria relación entre educación y cultura se está volviendo cada vez más compleja, debido a la confusión que envuelve ambos conceptos a la hora de ponerlos en relación en el transcurrir de la vida cotidiana.

Por un lado, demasiadas veces, la educación, en su formulación y en su práctica, agota su sentido en el concepto restringido y exclusivamente funcional de entregar información y conocimientos específicos. Por el otro, existe una confusión generalizada, instalada en la sociedad, que homologa el concepto de cultura con el de arte, restándole la mayor parte de su significación de primer y más importante término de referencia del desarrollo humano.

De inmediato, entonces, surge una primera y fundamental pregunta:

¿Qué entendemos por Educación?:

Desde el primer momento en que el ser humano se constituyó en comunidades, la necesidad de la transmisión organizada del conocimiento se hizo presente de inmediato como un eje de acción, que está íntimamente ligado con la permanencia en el tiempo de cualquier tipo de sociedad.

De hecho, la relación que se establece en este proceso de interacción entre los individuos de una sociedad, es la que teje las necesarias rutas por las cuales transcurre su propio desarrollo cultural. Es por ello que podemos aseverar que hoy es unánimemente aceptado el concepto que, para cualquier sociedad, su sistema educativo es parte esencial del proceso de construcción de su propia cultura.

En la organización social, ese proceso suele ser motivado e impulsado por maestros o educadores, sujetos capaces de educar (del latín ex-ducere), es decir, guiar, conducir, sacar a alguien de un lugar para llevarlo a otro, en un tránsito acotado en un tiempo determinado. Además, la tarea del educador es también la de enseñar, es decir, reconocer, elaborar y mostrar signos y señales que, al ser interrelacionadas, puedan servir de guía para construir imaginarios y puntos de vista personales acerca del mundo.

Es a través de esta cadena de causa y efecto que se han estructurado, a lo largo del tiempo, todas las “culturas” de aquellos pueblos que nos precedieron desde las épocas más remotas.

Una segunda pregunta aparece aquí también como fundamental:

¿Para qué se educa? ...

De todas las respuestas posibles, una es la que más me surge de manera espontánea. Educamos para transmitir nuestra memoria y construir la memoria común. Más que conocimientos específicos, el maestro entrega, por un lado, experiencias e “historias” que están alimentadas por la sabiduría del pasado y, al mismo tiempo, plantea dudas y preguntas acerca de los misterios que aún siguen rodeándonos y que no pueden ser desentrañados simplemente en un ejercicio racional.

Un verdadero pedagogo muestra, a lo más, opciones alternativas, instando al discípulo a buscar cuáles son sus propias preguntas, a encontrar sus propias respuestas y, al mismo tiempo, a saber sobrellevar sus propias dudas y a trabajar con ellas. Al iniciar ese camino, el discípulo comenzará a construir su historia y su memoria que, a su tiempo, se unirán a las de otros en un todo indisoluble.

Este conjunto de historias y memorias individuales y colectivas, con su bagaje de acciones interrelacionadas e interdependientes, es lo que la mayoría de las veces definimos como cultura.

Pero, ¿qué sucede con los conocimientos adquiridos durante el aprendizaje? ¿Cómo los empleamos en nuestras acciones diarias para darles significación y eficacia? ¿Son suficientes y sobre todo idóneos para satisfacer las cambiantes y cada vez más específicas demandas del ámbito del trabajo humano?

Está de sobra demostrado el hecho de que la rapidez del proceso de cambio cultural no encuentra su correlato en la adecuación de la pedagogía para enfrentarlo con éxito. Ella se ha transformado de propositiva en reactiva y da la impresión de que estamos persiguiendo afanosamente un imposible, quedando cada vez más lejos del objetivo que nos proponemos: el de lograr el armónico y correcto uso de los conocimientos para acceder a la sabiduría.

Aquí entramos de lleno en el campo, aún no definido y por eso casi conflictivo, de la enorme distancia que separa el conocimiento del saber, y del peligro que reviste el confundir los dos conceptos y más aún si se homologan entre sí. La simple transmisión y la consiguiente acumulación de conocimientos a través de la educación formal, no traen ningún beneficio real y duradero si no la complementamos con el estímulo a la capacidad de procesar esos conocimientos e interrelacionarlos de manera armónica, en beneficio del logro de una mejor calidad de vida personal y social.

No se aprende con el objetivo exclusivo de garantizar una mayor competitividad en el mercado del trabajo. Si bien puede considerarse legítimo, es importante precisar que ella se logra por el uso adecuado del saber que hayamos sido capaces de alcanzar a través de la interacción de los conocimientos adquiridos.

Un proceso cultural positivo, se basa esencialmente en esa capacidad de procesar esos conocimientos y de activarlos con un profundo sentido ético, que los pone al servicio del desarrollo de la comunidad y no al exclusivo servicio de nuestro bienestar personal. Los conocimientos se transforman en herramientas eficaces para el desarrollo cultural personal y social, cuando los usamos no tanto para servirnos de ellos para sobresalir de los demás, sino para servir a los demás a través de ellos.

EL CONOCIMIENTO ESTRUCTURA, LA EMOCIÓN MUEVE

Considero que el conocer, por sí solo, no es suficiente para movilizar nuestras energías a la acción. Hace falta el sentir, para que logremos comprometer todo nuestro ser en la construcción de nuevos caminos que nos conduzcan a una mejor calidad de vida. Es seguramente la emoción, la que da vida a nuestra capacidad de soñar y que nos presiona para que luchemos para realizar lo que soñamos. Es ella que nos da la señal de nuestra pertenencia al territorio y a la sangre, los dos elementos que están en la base de cualquier identidad comunitaria. Sueños y sentido de pertenencia son las fuerzas indispensables en la construcción del sentido de país. Porque, un país que no sueña es un país sin alma.


SEGUNDA PARTE

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS ENTRE UNIVERSIDAD Y CULTURA

Comenzaré esta segunda parte con una primera provocación, afirmando que el concepto mismo de Universidad está en crisis.

Veamos,

Durante muchos siglos, la Universidad, además de ser el espacio en el cual se forjaba la cultura en las diferentes áreas del saber, fue la principal creadora y transmisora de las sensibilidades humanísticas dentro de la sociedad. Esto, hoy tiende a desaparecer y, en no pocas ocasiones, la Universidad se va convirtiendo, poco a poco, en un supermercado de conocimientos “útiles”, en el que los “alumnos clientes”, pueden obtener el cartón reglamentario, para así encaramarse rápidamente en las estructuras de la nueva sociedad de la competitividad económica.

Es decir, se está desvirtuando el carácter eminentemente cultural, científico y creativo que ella ha tenido hasta ahora y se reemplaza, en el imaginario colectivo, con un nuevo concepto de conocimiento, visto como apetecible mercancía, para obtener resultados inmediatos y de considerable plusvalía.

No creo que se me pueda tachar de nostálgico, si me atrevo a postular que las Universidades, sean estatales o privadas, regionales o metropolitanas, deben volver con urgencia al rol que les compete en los procesos culturales y que va mucho más allá de su específica cobertura educacional, vinculándose a la reflexión crítica acerca de los complejos y desafiantes mundos que emergen de las nuevas relaciones sociales.

Para ubicar la importancia de las transformaciones que ha vivido la Universidad en las últimas décadas, es bueno referirse también a otras dos instituciones que, a su manera, han sufrido análogas mutaciones. Ellas son la Ciudad y el Estado, que están en un franco proceso de redefinición como conceptos y ámbitos de la modernidad.

UN POCO DE HISTORIA

Estos tres espacios sociales, por mucho tiempo ubicaron nuestras existencias en ciertos marcos de posibilidades y opciones, dentro de una cotidianidad que transcurrió sin grandes sobresaltos. Es a partir de década de los ´60 del siglo pasado, que al interior de ellas se comienzan a gestar grandes tensiones que desembocan en la apertura de nuevas posibilidades en el campo de las relaciones sociales, de la libertad y del desarrollo humano en su conjunto.

La ciudad como polis, es decir como territorio-símbolo del progreso durante más de dos milenios, ha sufrido en los últimos decenios una saturación de problemas demográficos, ecológicos y psico-sociales de tal magnitud, que nos obliga a repensar su futuro.

Por su parte, el Estado, a partir de los ´80 ha sido remecido por el avance desmesurado de las relaciones de mercado y por la aparición de dinámicas económicas y culturales supranacionales. Sólo hace muy poco, esta institución de la política y de lo público tiende a retomar responsabilidades que le competen para el logro del bien común que, peligrosamente, había abandonado hace algún tiempo. Pero estimo que aún falta mucho, para que lo que se dejó se vuelva a asumir como prioridad, en las condiciones actuales.

LA UNIVERSIDAD

Centrándome en el tema de esta segunda parte, convendría recordar que es a mediados de 1960 cuando, en general, las universidades se enfrentaron a situaciones ineludibles que las sometieron a una doble presión.

Por una parte, al agotamiento de las tendencias de los estilos universitarios basados en un currículum rígido, en criterios excesivamente profesionalizantes de enseñanza y en formas de gobierno ejercidas por cúpulas muy cerradas. Y, por otra, lo que sin duda es más relevante, a la irrupción y constitución de un mundo juvenil que expresaba visiones, sensibilidades estéticas y formas de concebir la existencia, no sólo muy diferentes sino que, en muchos casos, hasta antagónicas a las de sus mayores.

En aquel entonces, se cruzaron, contemporáneamente, dos procesos socioculturales que, con su fuerza y rapidez, obligaron a la re-actualización de los modelos universitarios y, sobre todo, al imperativo de reconocer que había emergido en la sociedad, como nunca antes, un nuevo y potente actor social: el joven.

A propósito de eso, si bien lo ocurrido en mayo del lejano 1968, en la Universidad de Nanterre, en Francia, sigue constituyendo una suerte de vértice histórico a nivel mundial, conviene recordar, en especial para las nuevas generaciones, que en Chile, ya un año antes, el 11 de agosto de 1967, con la toma de la Universidad Católica de Chile, se inició un movimiento juvenil que desembocó en la primera reforma universitaria del país, impulsada por su primer rector laico, Fernando Castillo Velasco y que definió el rol cultural de la Universidad como conciencia crítica de la sociedad y gestora del desarrollo.

Posteriormente, a partir de la década de los ’80, las Universidades sufrieron un proceso de profunda reconversión, que las ubicó en dos grandes categorías. Una, de las estatales, con sus tradiciones y prestigio, y otra, de las privadas, que se expandió con enorme rapidez tanto en Chile como en la mayoría de los países de América Latina. Se configuró así una estructura con dos sistemas que desde entonces han coexistido en tensión, ya que no establecieron entre ellos suficientes puentes de cooperación y diálogo.

Sin pretender realizar una revisión en profundidad de lo que ocurre hoy entre lo privado y lo estatal, quiero destacar que, en este punto, es decisivo ubicar al joven universitario como uno de sus actores más relevantes, tanto en lo temático como en lo moral. Ese joven, que parece moverse entre dos grandes pasiones: por una parte, es convocado a la creación desde el mundo de las ideas, de las teorías, de los modelos de análisis, y por otra, es llamado desde la acción, a la movilización y a la transformación social y cultural. Y es en ambos procesos donde configura su importancia como sujeto social.

Por ello, estoy convencido que, considerado en el largo plazo, el aspecto más decisivo de la formación de un joven es la dimensión cultural, porque le otorga la capacidad para enfrentarse al mundo desde determinadas perspectivas éticas y estéticas, desde valores que le permiten poetizar su vida y la de su entorno.

Y esto no es una responsabilidad individual, sino de las instituciones, de sus criterios y prácticas porque el profesional que surge de ellas, es el resultado de muchas intervenciones sucesivas y de métodos específicos de transmisión de conocimientos.

Sin embargo, el conocimiento que se imparte desde las universidades no puede limitarse y congelarse en un fin puramente instrumental, porque esto empobrece las capacidades de invención de la inteligencia y torna rígido al sujeto frente a los constantes desafíos que provienen del mundo de la economía, de la ciencia, de la política y de la propia vida cotidiana.

Por esto, la cultura es, permítanme la definición no muy ortodoxa, el valor agregado moral más decisivo en todo acto de formación.

LAS PROFESIONES Y LAS CARRERAS

El concepto de profesión deriva de testimonio, de profesar una convicción y un saber que induce a servir y a mejorar el mundo que hemos recibido. Por ello, me preocupa que sea trastocado su sentido, rebajándolo a la categoría de capacitación para la competitividad.

Lo que no debemos olvidar, es que poseer una destreza y adquirir un saber nos obliga a devolverlo generosamente a la sociedad y no a servirnos mañosamente de él, ni menos a utilizarlo solamente para nuestro exclusivo provecho

Por otra parte, cuando hablamos de carrera convendría preguntarse tras de qué se corre y más básico aún, por qué hay que correr. (Y este, créanme, no es un chiste).

Porque se sabe desde hace siglos, que el saber tiene un tempo, un ritmo de maduración que permite a quien recibe los conocimientos, asimilarlos y acomodarlos, vinculándolos con sus cargas biográficas y existenciales. Por esto, es equivocado y poco ético comprimir el saber, entregar conocimientos de manera condensada y parcelada en beneficio de la rapidez de resultados, porque desnaturaliza la forma en que la humanidad ha ido construyendo su inteligencia colectiva.

EL CONOCIMIENTO Y LOS JÓVENES

Esto afecta la riqueza y calidad de los procesos culturales, ya que son los jóvenes quienes, constantemente y con más pasión, participan en ellos. Si lo hacen sobre bases profundas y amplias, entonces presionarán la flecha del saber hacia adelante, pero, si acceden a la vida cultural sin prácticas reflexivas y críticas, corren el riesgo de ser objetos y no sujetos forjadores de nuevas visiones de mundo y de nuevos modos de vida.

Profundizando un poco esta reflexión, tendremos que reconocer que, en muchos casos, asistimos a una suerte de oferta limitada de conocimiento, donde el joven elige entre un conjunto de opciones bastante parecidas entre sí, a pesar que se le señala que cubren todo el espectro de la oferta tradicional de la Universidad.

Esto ayuda a entender la lejanía que los jóvenes, hombres y mujeres estudiantes universitarios, sienten hacia lo que los adultos consideramos importante en la vida personal y social. No se trata de que éstos asuman nuestras agendas o prioridades, (así no se dialoga), sino que nosotros integremos nuevos temas generacionales, como son los de las culturas emergentes, las estéticas de ruptura, la crisis de la relación de poder entre el académico y el alumno y el agotamiento de las formas convencionales de impartir la enseñanza.

El reconocimiento de las potencialidades juveniles es indispensable para abrirnos hacia esa nueva sabiduría emergente. El joven de principios del tercer milenio, ha desarrollado una extraordinaria y poco reconocida capacidad, para analizar el mundo y buscar nuevas alternativas. El diálogo con ellos debiera darse siempre en condiciones de igualdad, sin ejercer coacción alguna, ni sustentarse en criterios abstractos de autoridad. Conviene, en este aspecto, recordar siempre que la autoridad se gana, no se impone.

Es dramático observar cómo la mentalidad de demasiados adultos no se deja tocar por la espontaneidad, la dignidad, la crítica y el compromiso de quienes han ido forjando las bases de su existencia en estas últimas dos décadas, tan llenas de profundas transformaciones. Por lo demás, debemos asumir que los propios adultos hemos quedado a veces muy perplejos frente a los giros de la historia mundial reciente.

Ocurre a menudo que la enseñanza superior se vuelve demasiado funcional, tecnológica y unidireccional, y que procesos que provienen de las humanidades, de las ciencias sociales y del arte, son considerados poco relevantes y, por eso, sacados de las mallas curriculares o arrinconados en espacios tan menores, que no convocan ni el deseo, ni siquiera la curiosidad de los jóvenes por integrarse a ellos. Más aún, en algunas Universidades se ha llegado a cerrar, espero que temporalmente, las Escuelas de Arte, alegando el escaso número de postulantes a las carreras artísticas, lo que las vuelve inviables del punto de vista económico.

Convengamos que la Universidad, a pesar de todo el camino recorrido, es un concepto y una realidad que aún debe dar mucho de sí. En efecto, en los últimos años, frecuentemente, ha tendido a sucumbir a una de sus peores versiones posibles: la de mercado de profesionales, en el que se ofrecen certificaciones y titulaciones dibujadas a la medida exacta de lo que se cree que la estructura del mercado laboral impone, sin comprender que, en muy gran medida, el propio egresado conforma ese denominado mercado de las profesiones.

El profesional recién egresado no es en absoluto un objeto neutro portador de cierto saber. Se trata de una persona que puede enriquecer su profesión y la forma en que ésta se ubica en la sociedad, ya que tiene la capacidad de innovar, repensar y recrear los conocimientos que le han sido transmitidos. Por ello, no sólo configura el mercado, sino que también lo construye y lo define. A no ser que confundamos la categoría mercado, su historia y actualidad, con la realidad, con la existencia misma.

El desarrollo de la sociedad actual está multiplicando la necesidad de los conocimientos tecnológicos. Pero, si esta tendencia se reproduce sin el equilibrio del despliegue de las ciencias sociales y de las artes, podríamos llegar a una situación en la cual la enseñanza sea análoga a manipulación tecnológica, y el saber universitario a procesos que se mueven sólo dentro de las lógicas instrumentales.

Atisbos de ello ocurren hoy y comienzan a tener una gran incidencia en el empobrecimiento formativo de nuestros jóvenes. No pocos de ellos ya tienen una relación de desinterés y distancia con los debates y los procesos claves para el desarrollo pleno de la sociedad.

Estamos frente al desafío de asumir la adecuación ética, que nos imponen los avances en el campo de la biotecnología, de la manipulación genética, de la información, de la preservación del medio ambiente e incluso de la colonización del espacio exterior inmediato. Pero, también, el de atacar con urgencia problemas más visibles, públicos e hirientes, como son la pobreza, la exclusión y la segregación social.

Los riesgos no se ubican en los conocimientos. Estos no actúan, no piensan, ni toman decisiones. Son las personas, los hombres y mujeres que los utilizan, especialmente quienes están ubicados en los espacios de mayor poder, los que acumulan las responsabilidades por el uso de sus conocimientos, de sus efectos e impactos.

EL DEBATE NECESARIO

Los debates sobre los sentidos, la ética y los efectos últimos que generan las opciones económicas, tecnológicas y políticas, son absolutamente indispensables para el futuro de la humanidad, y la Universidad no puede excluirse, ni disminuir su protagonismo en este ámbito.

Desde principios del siglo XX, los espacios de la enseñanza superior han sido los lugares de los debates enriquecedores y de profunda reflexión. Este rol no es transferible y difícilmente podrá ser asumido por otra Institución. Es más, si la Universidad lo abandona, lo acorrala o lo desplaza mañosamente, entonces, de alguna forma, perderá su ethos, su espíritu y su fuerza moral.

Por ello, desde sus claustros y centros de investigación, la reflexión y la opinión universitaria deben tener el propósito de actuar decididamente en el espacio público, para aportar a la construcción de opiniones informadas y rigurosas, a la democracia y al protagonismo de las ideas y de la creación. Esta era una de las grandes imágenes que muchas generaciones, desde la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración y la Modernidad, tenían del saber como elemento fundamental, para enriquecer tanto la calidad de vida de las personas, como el desarrollo armónico de la sociedad toda, objetivo fundamental de la democracia.

Cuando la Universidad actúa en la sociedad, lo hace asumiendo responsabilidades específicas e intransferibles. No se debe en un sentido restringido a ninguna institución, ya sea del ámbito de la fe, de la política o de la economía. Por sobre todo se debe a ella, pero no para ensimismarse, sino para proyectarse como conciencia crítica de la sociedad, hacia todo lo que concierne el proceso constante de civilización, hacia todos los fenómenos humanos que hoy nos conmueven, aunque siempre cada Universidad se desenvuelva y desarrolle dentro de un singular proyecto o modelo valórico.

El sentido fundamental de la noción de autonomía se refiere a la independencia para pensar y a la libertad para exponer. La universidad es una construcción social, un sistema abierto a la sociedad y al entorno cultural.

El aula es un concepto cultural. Al interior de ella ocurren aprendizajes que rebasan con creces los adiestramientos, se cultivan estilos y modelos para pensar, exponer, debatir, escuchar y proponer. Es necesario que este espacio se abra hacia el mundo, actualice sus contenidos, su metodología y ejemplos. Los graffitis, el hip hop, el nuevo cine chileno y latinoamericano, las más variadas y sorprendentes formas expresivas, también deberían ser temas de cátedras y constituirse en puentes generacionales que permitan compartir visiones de mundo entre el académico y sus discípulos.

Entiendo la cultura como la constante e inevitable necesidad humana de crear nuevos mundos posibles, de superar la fatalidad conformista de que este mundo y todo lo que configura el presente, es la única forma de existir de la humanidad. La vida es infinitamente perfectible y la resignación, aunque se revista de lenguaje aparentemente riguroso, siempre será una derrota del espíritu. La cultura es la capacidad de soñar y de luchar para que nuestros sueños se hagan realidad.

EL RIESGO DE PENSAR

El concepto mismo de Universidad nos remite a la creación y al riesgo.

En muchos momentos de la historia de los últimos siglos, cuando otras instituciones han quedado exhaustas, los espacios universitarios han sido los lugares desde los cuales han emergido nuevamente hombres y mujeres libres para comenzar de nuevo a pensar y soñar, sin conformarse con lo existente. No hay que temer a la crítica o a la disconformidad de los jóvenes.

Esa rebeldía lleva, la gran mayoría de las veces, el germen de la preocupación por lo que ocurre con el mundo y las ganas, explícitamente planteadas en muchos lenguajes, de participar en la construcción de mejores condiciones para ellos mismos y los demás. Sería terrible un mundo de jóvenes que no quieren correr ningún riesgo, que no desean ningún cambio y que no se conmueven con ninguna pasión.

Tengo una gran fe en el mundo universitario, alimentada a lo largo de muchos años de lucha, dentro y fuera de sus claustros. Confío en sus jóvenes y en sus académicos, creo en la posibilidad de que en nuestras cátedras se imparta conocimiento no como simple manipulación de la realidad, sino como un saber con ética, valiente y generoso, una sabiduría que nace de la humildad frente a las enormes interrogantes de nuestro mundo y del universo.

La cultura y la juventud constituyen, por esto, la dualidad que sostiene la capacidad de recrear la existencia, el mundo y la vida. El ámbito universitario y el juvenil permiten que el académico transfiera con generosidad su saber, otorgándolo como un acto de amor y de humanidad. Le pido que acoja las dudas e incluso la crítica, superando el lastre de las soberbias y que esté dispuesto a ser tantas veces joven como asombros le produzcan esas palabras que, desde el fondo del aula, plantean una nueva pregunta.

Vivimos una etapa muy compleja de la humanidad. Muchos de nuestros conocimientos languidecen ante la irrupción constante de nuevos desafíos. Como en otros períodos de nuestra larga aventura como especie, tanto biológica como social, serán los espíritus jóvenes, las ideas originales y sobre todo la sabiduría, lo que nos permitirá hallar los caminos para encontrar formas de convivencia social que hagan posible el máximo cambio con el mínimo de sufrimiento humano, que posibiliten salir de la fatal trampa del excesivo dolor y lento progreso.

CONSTRUYENDO UN PROYECTO DE PAÍS

Lo anteriormente expuesto no tiene ningún valor ni posibilidad alguna de aplicación en la práctica si no se proyecta desde la concepción de un proyecto de país, ya que intenta apenas plantear un conjunto de medios más o menos idóneos para alcanzar el objetivo concreto de la construcción de un país diferente.
Por ello que es necesario que nos preguntemos con honestidad.

¿Qué país soñamos?
¿Qué estamos dispuestos a entregar para hacer realidad ese sueño colectivo?

Estas son apenas las primeras preguntas que deberíamos formularnos, al enfrentar la responsabilidad de la gestión de la Reforma Educativa. Sin tener claro adónde nos proponemos llegar, es imposible planificar rutas o elaborar mapas de parajes inexistentes. La Reforma es simplemente un medio entre tantos para hacer más posible la concreción de ese sueño. Pareciera, empero, que hemos perdido la capacidad de soñar o que la tenemos muy dormida dentro de nosotros, muy controlada por un pragmatismo que es capaz de adaptarse a cualquier costo a los requerimientos del sistema establecido.

A pesar de todo, los sueños siguen siendo el motor de las más audaces empresas humanas. Amplían nuestra visión de mundo y vuelven las utopías más cercanas y realizables. Además, ellos nos revelan aspectos desconocidos de la realidad, al trastocar el tiempo y el espacio que nos encierran en un ritmo lineal de existencia. En el espacio educativo, docentes capaces de volver a soñar y de transmitir a sus discípulos esa capacidad, serán la verdadera riqueza que la educación puede ofrecer y transmitir a las nuevas generaciones, para incrementar el patrimonio cultural de Chile.

LA EDUCACIÓN: PATRIMONIO CULTURAL

De hecho, las culturas más relevantes son las que han logrado establecer puentes no solo con las nuevas generaciones, sino también con otras culturas, lo que ha permitido el mutuo enriquecimiento. Ese fenómeno es el que ha producido, por otro lado, el aumento del patrimonio común tanto en cantidad como en calidad, con el surgir de nuevas e innumerables expresiones culturales. Sin embargo, un patrimonio, sin herederos que usufructúen de él, es estéril. Está destinado a desaparecer.

El hecho de usufructuar se refiere precisamente al uso y al dar frutos. Es decir, supone un diálogo con otros que se sientan depositarios de los bienes que les son legados y que sepan usarlos con creatividad para que crezcan y sigan dando mayores frutos, enriquecidos por el aporte de los propios herederos.

Un patrimonio que no admite el concurso de la creatividad de otros para renovarse constantemente, está destinado a consumirse, a morir y desaparecer sin dejar rastro alguno para las generaciones futuras, al igual de lo que sucede con la simple acumulación de bienes materiales. Esta afirmación es aún más válida si se trata del patrimonio cultural y especialmente artístico.

Para resumir con mayor claridad lo que he tratado de expresar en todo lo consignado en estas reflexiones, y fiel a mi compromiso personal, de explicarme mejor a través de cuentos, permítanme que lo haga con uno muy especial, que algunos de los presentes, incluido el señor Rector, ya conocen, pero que encuentro muy pertinente al sentido de esta celebración. Está sacado de la tradición oriental y al cual, seguramente, con el transcurso de los años, he ido adhiriendo algunas ideas de cosecha propia, tal como acontece con el patrimonio...

“Un gran maestro alfarero, al ver próximo el momento de su muerte, llamó a su discípulo predilecto y, como último legado, le entregó su mejor obra. El pobre discípulo no cabía en sí de contento por el honor que eso significaba, pero, por otro lado, no acertaba a entender lo que su querido maestro había querido dejarle, más allá del indudable valor artístico de la maravillosa pieza de cerámica que ahora le pertenecía. Recurrió con su duda varias veces a su venerado maestro, pero la respuesta que recibía, acompañada de una dulce pero socarrona sonrisa, era siempre la misma: “Algún día, en el momento preciso y no antes, lo entenderás...”

Cuando el anciano murió, esa incógnita se le volvió insoportable y decidió develarla con todos los medios a su disposición. Estudió concienzudamente la textura, la forma y el color del simple y perfecto jarro, buceó en los escritos y en las fórmulas dejadas por su maestro. Más aún, se dedicó con esmero a copiar fielmente el original una y mil veces, en el sostenido intento de dejar su obra perfectamente igual a la original.

Sin embargo, y a pesar de haberlo logrado varias veces, en todas sus características, algo siempre faltaba para llegar a la identificación perfecta. Y, una a una, todas aquellas copias terminaron hechas añicos por el autor, preso por la desesperación y su propia impotencia.

Hasta que, un día, sin aguantar más su dolorosa incapacidad, la emprendió con el original y, entre maldiciones a su otrora venerado maestro, lo estrelló con fuerza en el suelo, haciéndolo estallar en mil pedazos que se desparramaron con estrépito por todo el taller. Fue en aquel mismo instante que creyó oír la voz queda del anciano que le susurraba: “... En el momento preciso y no antes, lo entenderás”.

Quedó aturdido por la revelación que lo golpeó con su luz cegadora... Sí, eso era, como no lo había descubierto antes... si ahora parecía tan sencillo...Se demoró toda la noche en recoger con amor los guijarros, uno a uno, con delicadeza y esmero infinito. El amanecer lo sorprendió aún en la tarea.

Cuando es sol ya estaba alto en el cielo, al constatar que ya no quedaba ninguno de ellos escondido en algún rincón, la dio por terminada.

Los depositó cuidadosamente en el mortero y comenzó con fuerza a deshacerlos hasta convertirlos en un fino polvo. Le agregó caolín y agua, lo amasó y con esa pasta, ahora informe, comenzó a moldear su propia obra, espléndida y refulgente a los rayos del nuevo sol que por fin brillaba en su interior, reviviendo en ella el alma de aquella otra, que en un día lejano, le fuera obsequiada por el viejo maestro.”

Ese es el sentido último y fundamental, que espero se le otorgue algún día al traspaso de conocimientos entre las diferentes generaciones, a través de la educación formal, para lograr la sabiduría que es y será siempre el cimiento del desarrollo cultural de la sociedad.

Asumo la cultura como un concepto que, en última instancia, no se deja atrapar por ningún lenguaje o filosofía. Sé que se desenvuelve en muchos espacios diferentes. Se la puede encontrar no sólo en el teatro, en las artes visuales, en la literatura, la música, el cine, sino también en las plazas de nuestros barrios, en la comuna, en la calle y en toda la geografía del espacio existencial donde alguien se arriesga a ese acto mágico de producir algo nuevo.

Es imperativo promover en nuestro país más procesos culturales, legitimar espacios para los nuevos intentos, perfeccionar las formas de fomento. Pero más sustantivo aún, es el transformar a la cultura en una preocupación diaria, cotidiana y de vida. Y para esta decisión, sé que podemos contar con el enorme caudal de fuerzas morales, éticas y estéticas, que existe en las universidades y en sus aulas, en las comunas, y en las regiones de todo Chile.

CONCLUYENDO

Soy profundamente humanista, pero no de una manera abstracta o ingenua. Asumo este concepto como un compromiso, una ética y una forma de vivir. Se me podrá retrucar que el humanismo no tiene sentido en un mundo que tiende a ser vulgarmente materialista o que los seres humanos creemos cada vez menos en las grandes ideas. Discrepo tajantemente de estas afirmaciones. Si naciera de nuevo, volvería a creer en los grandes sueños de la humanidad, a pesar de los graves retrocesos que todos hemos visto y vivido durante el siglo XX.

Porque, de manera muy sustantiva, confío en los más jóvenes, y en todos aquellos que, en espacios como éste, en Chile y en cualquier lugar de este pequeño planeta, se conjuran para hacer de él un lugar en el cual todos los que hoy están y aquellos que vendrán, puedan sentirse y ser actores de su propia historia, y forjadores de una humanidad abierta a los desafíos de un futuro que espera ser construido con justicia, solidaridad y amor.

 

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