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Universum (Talca)

On-line version ISSN 0718-2376

Universum vol.24 no.1 Talca  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762009000100009 

Revista Universum Nº 24 Vol. 1, I Sem. 2009, pp. 144-161

 

ARTICULOS

 

COMBATIENTES DE UN NUEVO CUÑO: SUPERVIVENCIA Y COMUNIDAD EN LOS PRIMEROS TESTIMONIOS DEL EXILIO

 

Jaume Peris Blanes
Doctor en Filología por la Universitat de València. Académico del Departamento de Filología Española. Universitat de València, España.
Correo electrónico: Jaume.peris@gmail.com


RESUMEN

El artículo describe algunos de los núcleos de sentido que acompañaron a la publicación de los testimonios de supervivientes chilenos en los primeros años del exilio. Especialmente, el modo en que la escritura testimonial fue legitimada por la voz autorizada de importante figuras de la Unidad Popular que convirtió a los supervivientes que aportaban su testimonio de la violencia en 'combatientes de un nuevo cuño'. El artículo analiza el modo en que los supervivientes respondieron en sus textos a esa expectativa política tratando de resguardar en ellos las concepciones de la experiencia, de la política y de la comunidad que habían vertebrado los compromisos de la ‘vía chilena al socialismo".

Palabras claves: Testimonios - Exilio -Supervivientes de Campos de Concentración - Denuncia - Unidad Popular.


ABSTRACT

The article focuses on some features with came along with the publishing of testimonies of chilean exile the after the military coup in 1973. Bearing witness was legitimated by the authorised voice of main politicians of the Popular Unity who gave the survivors the title of 'new fighters'. The article analizes the way the survivors answered with their texts to this political expectation trying to keep the chilean socialist ideas of experience, politics and community.

Key words: Testimonies - Exile - Survivors of Concentration Camps - Protest - Unidad Popular.


I. ENTRE EL COMBATE Y LA RETÓRICA

En 1977 la editorial de prensa Novosti publicaba Prigué en Moscú. Se trataba del testimonio del periodista Rolando Carrasco, que narraba su paso por diferentes campos de concentración desde septiembre de 1973 hasta su expulsión a Panamá bien entrado el año 1975. Prigué, contracción de 'Prisionero de Guerra', no tardó en convertirse en uno de los pocos testimonios de un superviviente exiliado que circulara clandestinamente en el interior de Chile, en ejemplares mimeografiados o de papel de calco. Supuso así un importante elemento de circulación entre el exilio comunista chileno y los grupos clandestinos en el interior del país. Pudo servir, por ello, de elemento de contacto entre ambos grupos y de un espacio de reconocimiento común para sus luchas políticas.

El prólogo al testimonio corrió a cargo de Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista Chileno en los tiempos de la Unidad Popular, y condensaba gran parte de las líneas de sentido que desde 1973 habían ido acompañando a la publicación de testimonios de supervivientes en el exilio, y que habían encontrado sus grandes valedores en figuras de gran responsabilidad política en los tiempos de Allende:

"Durante dos años peregrinó de uno a otro campo de concentración hasta que fue expulsado de su patria. Lo que vio y vivió, lo que sintió intensamente lo ha vaciado en este reportaje que es relato, testimonio y denuncia. (…) Este libro lo sitúa entre los mejores combatientes de la causa antifascista chilena y como un brillante narrador. Por su veracidad, por su estilo directo, por la fuerza misma del drama que refleja y por estar escrito con 'fe rabiosa en que volveremos a levantarnos' Prigué (Prisioneros de Guerra) será para el pueblo de Chile una valiosa contribución a la victoria" (Carrasco, 1977: 3-5).

Corvalán reproducía algunas de las ideas que habían acompañado en el espacio del exilio a los testimonios de los supervivientes y al hecho mismo de testimoniar. Fundamentalmente la concepción de que, al alinearse en las estrategias de denuncia pública del régimen de Pinochet, los supervivientes que daban testimonio de su paso por los campos y hacían ver al mundo lo que estaba sucediendo allí constituían algunos de los mejores combatientes de la causa chilena. En la redefinición de las formas de la lucha que había seguido al golpe del 73, el hecho de testimoniar constituía un elemento esencial de las nuevas modalidades del combate.

Pero al mismo tiempo, Corvalán valoraba los logros literarios de su texto y lo reivindicaba como un 'brillante narrador'. Es más, pareciera que los valores textuales que Corvalán señalaba en el testimonio, en un léxico muy cercano al de la crítica literaria, estuvieran perfectamente imbricados con los valores de esas nuevas formas de lucha en las que el texto de Carrasco se había alineado.

Corvalán cruzaba, pues, dos criterios de valoración diferentes que provenían de tradiciones discursivas distintas y que, incluso, se abastecían de un léxico muy diverso. Esa indefinición tenía que ver con la confluencia de dos procesos en buena parte simultáneos, y que ofrecieron a los testimonios de los supervivientes una gran variedad de espacios donde hacerse oír, pero que provenían de tradiciones y de espacios sociales bien diversos.

En primer lugar, tenía que ver con la redefinición de los campos de lucha tras el golpe militar. Segados todos los canales de expresión y de participación política en Chile, la denuncia pública del régimen militar se convirtió en una de las actividades centrales de la izquierda chilena en el exilio. Los testimonios de los supervivientes adquirieron, como es lógico, una importancia cardinal en ellas. Construir un relato suponía para el superviviente, en ese contexto, sumarse al combate.

En segundo lugar, ello ocurría en un contexto de gran efervescencia cultural en el que la vanguardia literaria y artística de América Latina no sólo había abrazado un ideario político muy cercano al del proyecto frustrado de la Unidad Popular, sino que además, había llevado a cabo una redefinición del concepto mismo de 'lo literario' en el que las escrituras testimoniales iban a ser consideradas como tales.

De ese modo, a la vez que la izquierda chilena acogía la escritura de relatos testimoniales como nueva forma de combate, la vanguardia cultural reivindicaba esas escrituras políticas como pertenecientes al nuevo orden de lo literario. Los testimonios, que pocos años antes carecían de cualquier tipo de presencia en el discurso político y en el literario, emergían ahora como elementos fundamentales en las nuevas inflexiones de ambos.

II. DENUNCIA PÚBLICA Y RECONSTRUCCIÓN DE LAS LUCHAS

El hecho de que Prigué debiera editarse en Moscú muestra algo de los espacios que los supervivientes chilenos debieron transitar para hacer visible su lucha en el marco de las últimas décadas de la Guerra Fría1. La Europa del mal llamado socialismo real fue uno de los espacios privilegiados en que los discursos de los supervivientes hallaron lugares autorizados de enunciación, por motivos obvios. Pero la edición de testimonios y de estudios de denuncia sobre la situación de los presos políticos y sobre las políticas represivas de la Junta, implicaron también a editoriales vinculadas a las socialdemocracias europeas y a los Estados Latinoamericanos en los que todavía era posible pensar en la reconstitución del proyecto socialista que había hecho posible la llegada al poder gubernamental de la Unidad Popular.

Ese esfuerzo editorial formaba parte de un amplio proceso de reconocimiento internacional del problema de la dictadura chilena, que acabaría convirtiendo al pueblo chileno en símbolo globalizado de la lucha antifascista y, a la vez, en la imagen emblemática de las nuevas formas de opresión que el capitalismo necesitaba poner en marcha para asegurar su extensión global. Ese proceso que dotó de centralidad simbólica a la lucha contra el pinochetismo en el imaginario de la izquierda internacional tendría, a la postre, bastante importancia en las transformaciones que culminaron con la redemocratización de Chile.

En ese proceso los exiliados chilenos jugaron, como es lógico, un papel fundamental. Y entre ellos, los supervivientes de los campos de concentración que aportaron sus testimonios de la experiencia vivida en ellos no tuvieron un rol secundario. De hecho, desde el principio la denuncia internacional mantuvo una estrecha relación con la idea de testimonio, y por tanto con la capacidad de erigir un discurso que a partir de la noción de testigo ofreciera una alternativa a los discursos oficiales sobre lo que estaba ocurriendo en Chile desde el Golpe de septiembre.

Desde los primeros meses de la represión la idea de testimonio sobrevoló ya en algunas intervenciones públicas que, en el exterior de Chile, trataban de hacer visible la enorme potencia de la represión desplegada por la Junta Militar y que sólo a partir de la palabra de los supervivientes podía ser conocida. Fue el caso del folleto publicado ya a principios de octubre de 1973, Testimonios de Chile, editado en Buenos Aires por los intelectuales argentinos Noé Jitrik y Silva Bermann, a través del Boletín del Comité de Solidaridad con la Lucha de los Pueblos Latinoamericanos, y del libro Testimonio: Chile, septiembre 1973, de editorial Crisis, con prólogo de Ernesto Sábato. No en vano en ambos se hacía hincapié, ya desde el título, en el concepto de testimonio como el sostén de una determinada concepción del discurso en relación a su posición política disidente.

La categoría de testimonio se empezaba a proponer, entonces, como el vehículo fundamental de la disidencia y, de ese modo, como la condición de posibilidad, en el terreno de la lucha discursiva, de una resistencia posible. En el temprano texto de Sergio Villegas Chile, el estadio, los crímenes de la Junta Militar (1974) publicado en Buenos Aires, esa categoría de testimonio determinaba la organización y la presentación del texto de principio a fin, convirtiéndose en el eje ordenador del discurso y en el elemento que abrochaba el montaje de relatos e imágenes de la violencia de los primeros meses del gobierno militar:

"Es esta una obra testimonial. Estrictamente. Los testigos que aquí concurren y hablan tienen una particularidad: ellos fueron en su mayoría víctimas del fascismo, protagonistas de una u otra experiencia dolorosa -a menudo aterradora en el Chile martirizado, destrozado, cubierto de heridas inmensas, que emergió del putsch de setiembre. No son siempre protagonistas centrales los que aquí aparecen -como muchos de los que aún pueblan cárceles, campos de concentración y salas de tortura- porque éstos encontraron un resquicio providencial, en un instante determinado, y lograron salvarse. Pero entraron al infierno, estuvieron con él y pudieron ver o sufrir sus horrores" (1974: 7).

La figura del superviviente se convertía en el elemento nuclear de un posible discurso disidente con respecto a la versión oficial del régimen militar: su discurso testimonial se presentaba, así, como la forma específica que el discurso político debía adquirir ante la nueva situación política. Quizás por ello Chile: le dossier noir, publicado en París en 1974, se editara precisamente en la colección 'Témoins' de Gallimard, dedicada explícitamente a la publicación de la voz de los 'testigos' de la Historia2.

El texto de Carlos Cerda, Chile: la traición de los generales (1974)3 incluía una serie de 'testimonios directos de la bestialidad fascista' donde se recogían los relatos de diversos asilados en la embajada colombiana, con los que había tenido la oportunidad de conversar, en su larga espera para salir de Chile. Algo singular había en esos relatos que los distanciaba de los otros documentos y textos de los que el estudio de Cerda se había abastecido, ya que en su presentación se les otorgaba un estatuto muy particular: "los transcribo casi textualmente, ya que constituyen una mordaz acusación de los generales fascistas que, antes o después, deberán pagar sus crímenes" (1974: 57).

Al decidir transcribirlos textualmente, Cerda estaba dando un valor implícito a las inflexiones personales de la voz de los supervivientes, más allá de la crucial información contenida en sus relatos. Esa singularidad de la voz testimonial era, además, la que la diferenciaba de los otros discursos de los que Cerda se servía en su libro -que no transcribía literalmente, sino que utilizaba como fuente informativa- y la que garantizaba la potencia de su carácter acusatorio y, por tanto, su eficacia para las políticas de denuncia del régimen militar.

Esa valoración implícita de la literalidad del testimonio se articulaba a la voluntad de inscribir la lucha de la izquierda chilena en el paradigma del antifascismo. De hecho, la utilización del término 'fascista' para definir el régimen militar resultaba a todas luces inexacto, pero se extendió a todos los discursos disidentes. Ello se justificaba, por una parte, por la extrema violencia del régimen, pero sobre todo por la necesidad de convocar un imaginario en torno al cual anudar una resistencia lo más amplia y unida posible. En uno de los documentos, que incluidos por Cerda en su texto, escribía Volodia Teitelboim4:

"Chile da la impresión de un país ocupado por tropas nazis. En efecto, el golpe militar reaccionario del 11 de septiembre muestra las características propias de los métodos hitlerianos. Escenas de Berlín en 1933 se repiten mecánicamente cuarenta años más tarde en Santiago. (…) Así como los proletarios de la Comuna de París, así como el proletariado de la Rusia zarista, así como los fusilados por los nazis, los verdugos enfrentan hoy en Chile a un pueblo que sabe que los asesinos tendrán también su proceso de Nüremberg. Hitler pensó que tenía el mundo en su mano. Sucumbió, sin embargo, entre las ruinas del Reichstag y de su imperio que sostuvo que duraría mil años. Es algo que los asaltantes fascistas de Chile tendrán que recordar" (1974, 91-92).

Se inscribía así la lucha del pueblo chileno en una genealogía en la que no sólo la izquierda europea pudiera reconocerse, sino que tan sólo treinta años después del final de la Segunda Guerra Mundial fuera capaz de convocar todos los apoyos posibles5. Lo importante es que se trataba de un imaginario en el que la figura del superviviente que daba testimonio de su experiencia gozaba de una gran legitimidad. De hecho, desde el juicio a Eichmann en Jerusalén, en 1961, los supervivientes se hallaban ya en el centro de las políticas de memoria sobre la devastación perpetrada por los nazis.

No era, por tanto, de extrañar que la inscripción de la lucha chilena en el imaginario antifascista y las continuas comparaciones de la violencia pinochetista con la represión nazi situara a los supervivientes chilenos en una posición de legitimidad. El montaje del texto de Cerda suponía un indicio de ello, ya que yuxtaponía los testimonios de supervivientes con discursos y artículos firmados por algunas de las figuras más importantes de la política chilena y latinoamericana. Si la incorporación de los demás textos se justificaba por la relevancia pública de sus autores (Teitelboim, Fidel Castro…), la inclusión de testimonios de supervivientes no necesitaba de otra legitimación que el propio estatuto testimonial de sus enunciados. En el interior de ese imaginario combativo, los supervivientes y sus relatos testimoniales habían adquirido un valor añadido a la hora de representar el sistema represivo chileno6.

Ese valor intrínseco que se otorgara a los testimonios, por el hecho de ser tales, llevó a gran parte de los actos de solidaridad con el pueblo chileno en los años setenta, a centrarse en la figura de los supervivientes y en la necesidad de registrar su discurso testimonial. De entrada, se buscaba de ese modo, conseguir información sobre lo que realmente estaba ocurriendo en Chile, más allá de la obvia manipulación de los aparatos discursivos del pinochetismo. Pero esa atención al discurso de los supervivientes también tenía que ver con la voluntad de producir documentos capaces de inculpar judicialmente -aunque nadie supiera qué instancia podría llevar esto a cabo- a los responsables de las atrocidades realizadas por la Junta.

Pero además, ese movimiento de solidaridad se halló atravesado por una cierta voluntad terapéutica: buscaba crear un espacio en el que los supervivientes pudieran elaborar su experiencia traumática en el discurso, confiando en que, de ese modo, pudieran liberarse de alguna forma de ella. En ese sentido, muchos de esos actos de solidaridad fueron verdaderos rituales de reparación, en los que la toma de testimonios desbordó con creces el paradigma judicial, en el que aparentemente se inscribían, y en los que se habilitaron lugares de enunciación para que los supervivientes pudieran enfrentarse a la experiencia vivida en los campos y fueran capaces de situarse como testigos con respecto a ella.

Fue el caso del U.S. Committee for Justice to Latin American Political Prisoners (USLA), que tuvo lugar en México DF, en octubre de 1973, organizado por activistas norteamericanos de adscripción explícitamente socialista, cuya cabeza visible fue la histórica militante Judy White, que sería a la postre la editora de los testimonios de supervivientes y exiliados allí tomados, bajo el título de Chile's days of terror. Eyewitness accounts of the military coup (1974), donde ya en el título aparecía subrayada la idea de testigo ocular ('eyewitness') como aquél capacitado de dar cuenta del sistema represivo del régimen militar.

De entrada la edición de Pathfinder, históricamente vinculada al activismo de izquierda norteamericano, presentaba al público norteamericano los efectos de la política terrorista de su propio gobierno en América Latina, en busca de un posible viraje en la opinión pública. Pero el armado del texto, así como la propia estructura de las sesiones en las que los testimonios habían sido tomados, revelaba una preocupación muy diferente. La de construir un espacio en el que la palabra de los supervivientes adquiriera relevancia pública, presentándola como el único elemento que podía condensar las complejas tensiones entre el acontecimiento político y la experiencia concreta e intransferible que de él podían tener los sujetos que la habían sufrido. Pero sería en Europa, y especialmente en los núcleos de mayor acogida de exiliados chilenos, donde se propondría la creación de la Comisión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Militar Chilena: en concreto, en el marco de la Primera Conferencia Internacional de Solidaridad con Chile, celebrada en diciembre de 1973 en Helsinki7. A la Comisión se incorporaron juristas de prestigio internacional, que trabajarían durante años generando un extensísimo archivo en el que fueron incluidos numerosos testimonios de supervivientes y que, en un importante gesto simbólico, sería entregado a Patricio Aylwin tras el restablecimiento de la democracia parlamentaria en Chile.

El trabajo de esa Comisión llevó a cabo una importante legitimación de los testimonios como el discurso más autorizado para dar cuenta de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Chile. Una legitimación que involucró, además, a algunos grandes nombres del campo intelectual latinoamericano, piezas clave en el proceso de redefinición de la esfera cultural y del mundo literario que, como señalaré más adelante, tuvo lugar en esos años y que contribuyó, entre otras cosas, a la inclusión de ciertos textos testimoniales en la categoría de textos literarios. Así, en 1975, la tercera sesión de la Comisión Internacional Investigadora de los Crímenes de la Junta Militar Chilena contó con la presencia de intelectuales de la talla de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar o Roberto Matta y en ella se pudieron escuchar los testimonios de, entre otros, Manuel Cabieses8, Orlando Letelier9 o Luis Alberto Corvalán10 (su padre Luis Corvalán daría su testimonio a la Comisión en 1978, en la V Sesión Plenaria, celebrada en Argel).

Se constituía así un espacio de reconocimiento internacional a los supervivientes de la represión chilena que conectaba un aparataje jurídico carente de instancias internacionales a las que referir sus denuncias con importantes figuras del campo cultural latinoamericano. Ese proceso de autorización de su palabra testimonial no se halló exento de contradicciones, siendo un espacio de continuas tensiones políticas en el interior y el exterior de Chile sobre la veracidad de las experiencias relatadas en los testimonios.

Por una parte, desde la dictadura se negó reiteradamente cualquier credibilidad a los relatos de los supervivientes en el exilio, inscribiéndolos en las 'mentiras' de la 'conspiración del marxismo internacional' y bloqueando todas sus vías posibles de acceso al espacio público. Por otra, lo cierto es que en el exterior de Chile éstos gozaron de cierta centralidad, convirtiéndose en los principales referentes de las denuncias de Amnistía Internacional e incluso de las diversas resoluciones de la ONU que hacían referencia a la violación de los Derechos Humanos en Chile.

Esta centralidad de los supervivientes en la constitución de un imaginario antipinochetista inscribía necesariamente su palabra testimonial, en un paradigma cercano al de la prueba judicial, a pesar de la ausencia de tribunales reales capaces de juzgar a los responsables de los crímenes denunciados en ellos. Por ello, la cuestión de la veracidad no podía ser desatendida, cuando instituciones de la talla de Amnistía Internacional hacían de ellos su bandera. En el informe sobre Chile, que esta asociación publicó en 1983, y al que me he referido anteriormente, aparecía muy nítidamente la necesidad de autentificar la veracidad de los testimonios para que éstos pudieran ser considerados como pruebas.

Ese movimiento general de legitimación de los testimonios se sostenía, pues, sobre dos elementos contradictorios entre sí: su carácter subjetivo y su función probatoria. Si el primero era el que daba valor a la literalidad de los testimonios y a las personales inflexiones de la voz de los supervivientes, el segundo era el que aseguraba su pertinencia en una escena para-judicial en la que acusar y juzgar virtualmente a los militares chilenos. La configuración de esa estrategia para-judicial tendría, a la postre, importantes repercusiones en el proceso de democratización chilena: en primer lugar, porque contribuyó a la creación de un amplio frente de presión internacional al gobierno chileno; en segundo lugar, porque buena parte de los materiales recogidos en sus informes serviría más tarde para la elaboración de los informes de verdad que marcaron la Transición Chilena.

Pero lo cierto es que en ese proceso de emergencia pública de los supervivientes y de autorización política y cultural de su discurso traumado, los elementos más importantes fueron los testimonios publicados por ellos en editoriales de diferentes países del mundo. En ellos los supervivientes lanzaban al espacio público sus relatos de la experiencia en los campos de concentración en el formato reputado del libro que les acercaba al paradigma del 'autor'.

III. EL TESTIMONIO EN LA RECONSTRUCCIÓN DE LAS LUCHAS: COMBATIENTES DE UN NUEVO CUÑO

Los más importantes y reconocidos testimonios sobre la experiencia de los campos fueron publicados por supervivientes que durante el período de la Unidad Popular habían tenido ya una cierta visibilidad pública como trabajadores del discurso: intelectuales, artistas, periodistas o políticos que en diversos grados e intensidades habían participado en su proyecto de 'culturalización'. Tras la violencia del Golpe y en el espacio disgregado del exilio utilizarían el formato culturalmente legitimado del libro -muchas veces en editoriales destinadas a las publicaciones literarias- para hacer públicos sus testimonios de la violencia, titubeando constantemente en su adscripción a una determinada tradición de escritura.

Ya que la experiencia de los supervivientes parecía condensar la vivencia de toda la izquierda chilena, la enunciación testimonial se propuso recurrentemente a sí misma como un discurso que podría desempeñar una función importante en el futuro. Escribía Alejandro Witker en Prisión en Chile11:

"La tradición constituye un factor poderoso en todo movimiento revolucionario, y la clase obrera chilena, con su dilatada historia combatiente, ha conquistado en medio de la derrota trágica del 11 de septiembre valores morales y experiencias que habrán de fecundar en sus próximas batallas" (Witker 1975: 22).

Si los valores conquistados en la derrota del 73 debían desempeñar un importante papel para la construcción de las luchas futuras, los testimonios serían sin duda el espacio en que esos valores y experiencias debían ser consignados. El texto testimonial presentaba, así, una explícita voluntad de construir referentes para las luchas futuras y de proveerlas de una imaginería de la resistencia que hallaría su sentido en los conflictos políticos por venir. Así, el superviviente planteaba su testimonio como un puente simbólico entre las luchas del pasado y del futuro: como la condición necesaria para que se estableciera una continuidad entre ambas.

Esa idea, que sería común a muchos de los testimonios, llegaba a un punto extremo en Prisión en Chile. No solamente porque Witker hiciera recurrente referencia a ella, sino porque la propia edición del texto se proponía como una ayuda material a los grupos políticos clandestinos que trataban de reorganizar sus luchas en el interior de Chile:

"Recoger el legado de esa historia es fundamental para realizar nuestro proyecto inconcluso; tarea a la cual aspiramos con humildad sirva en parte este libro, que escribimos con pasión socialista por Chile y su destino.

El autor del presente testimonio ha resuelto destinar los ingresos que provengan de la edición como una modesta distribución, desde el exilio, a la dirección de nuestro partido, que, radicada en el interior de Chile, estimula a la militancia y a los trabajadores con el ejemplo de su consecuencia y lealtad revolucionaria" (1975:25, la cursiva es mía).

Este último gesto vinculaba la voluntad de cohesionar simbólicamente el exilio chileno con la necesidad de apoyar la lucha clandestina en el interior del Chile pinochetista. El testimonio se proponía como uno de los goznes posibles entre ellos. En ese contexto, Witker definía del siguiente modo su escritura:

"estos relatos, que carecen de toda pretensión literaria, están muy lejos de ser un estudio sobre el fascismo chileno. Son apenas unas páginas de periodismo combatiente para denunciar, una vez más, los crímenes contra nuestro pueblo, y el testimonio de una experiencia compartida con quienes serán, para toda la vida, hermanos de un mismo sufrimiento y una misma esperanza" (1975: 24, la cursiva es mía).

Alejando su texto de una concepción literaria de la escritura, Witker apuntaba dos ejes básicos a través de los cuales lee su testimonio. Por una parte, señalaba su pertenencia a una lógica de combate. Por otra, el estatuto colectivo de la experiencia que en él relataba. Lo fundamental era que, en la lógica del texto, ambos ejes de sentido se imbricaban perfectamente: era el hecho de testimoniar de esa experiencia colectiva lo que daba un carácter combatiente a su escritura. La función de los testimonios en la reconstrucción de las luchas políticas tenía que ver, en buena medida, con ese gesto: dar cuenta de un régimen de la experiencia y de una forma de la colectividad que habían entrado en crisis con la violencia del golpe militar.

El propio hecho de dar un testimonio personal aparecía vinculado a un deber hacia los compañeros. En una escena del texto, algunos prisioneros políticos, ante la posibilidad de su liberación, le animan a narrar lo vivido en los campos: el principal portavoz de ese deseo moriría poco más tarde, convirtiendo el hecho de testimoniar en una obligación moral hacia su recuerdo12. Escribir la experiencia carcelaria respondía, por tanto, a un mandato colectivo que solamente el superviviente -por cuestiones azarosas, pero de las que se derivaba una responsabilidad moral- tenía capacidad de acatar. La escritura testimonial se proponía así como el elemento que posibilitaba las aspiraciones expresivas de toda una comunidad silenciada.

"Nuestro testimonio abarcará las experiencias recogidas en la isla Quiriquina, el estadio regional y Chacabuco. (…) En Chacabuco compartimos el presidio con centenares de compañeros provenientes de las provincias de Santiago, Valparaíso, Atacama, Coquimbo, Colchagua, Curicó, Linares, Maule y Cautín, pudiendo conocer un amplio panorama que, en conjunto, nos aproximó a la mayor parte del territorio nacional. A lo largo de nuestro cautiverio nos tocó convivir muy directamente con un grupo selecto de compañeros con quienes compartimos alimentos, ropa, penas y alegrías, y un rico diálogo autocrítico y unitario" (Witker, 1975: 23).

La cursiva de nuestro era del propio Witker, que subrayaba así el gesto semántico condensado en el paso del singular al plural, poniendo el énfasis en el estatuto colectivo de la experiencia narrada en el texto. Ésta debía leerse, por tanto, como perteneciente a una comunidad política y no solamente al superviviente que se hacía cargo del testimonio. El relato de las vivencias de este último debía considerarse, pues, como una metonimia de la experiencia colectiva de la que formaba parte. En casi todos los testimonios de los primeros años posteriores al Golpe y en las presentaciones que de ellos hicieron los supervivientes, pareciera que la experiencia de los campos no podía ser pensada más que de un modo colectivo. Los elementos vividos que se convertían en materia narrativa no podían más que referir a la comunidad política en la que se inscribían y fuera de la cual carecían de sentido13.

Sin embargo, el hecho de que ello fuera tan intensamente subrayado por los supervivientes parece indicar que, por el contrario, no se trataba de un dato previo e incuestionable, sino de una idea que necesitaba ser reforzada continuamente por diversas marcas textuales. Ese refuerzo semántico adquiriría un nivel estructural en el temprano testimonio de Rodrigo Rojas: Jamás de rodillas. Acusación de un prisionero de la junta militar fascista, publicado (1974) en Moscú por la Agencia de Prensa Novosti, que si bien se abastecía de la experiencia personal del autor, narrada cronológicamente en primera persona, hacía saltar continuamente a la voz narrativa del singular al plural; no sólo en las descripciones de las actividades realizadas colectivamente, sino también en las tocantes a las reacciones subjetivas ante los acontecimientos:

"La primera noche en el Estadio fue indudablemente dura. Pensábamos en nuestros seres queridos… " (Rojas 1974: 14, la cursiva es mía).

"Las baldosas nos servían de colchón. El duro y frío contacto con ellas nos recordaba dolorosamente a cada instante el tratamiento en el Velódromo" (1974:29, la cursiva es mía).

Ese desplazamiento del sujeto del singular al plural insistía en la necesidad de textualizar el estatuto colectivo de la experiencia narrada. Durante todo el relato ésta oscilaba en sus vinculaciones al yo que con su firma legitimaba la veracidad y particularidad de lo representado y al nosotros que identificaba al sujeto de esa experiencia con una determinada comunidad política. El prólogo que Volodia Teitelboim realizó al testimonio de Rojas reforzaba, sin duda, esa identificación: los maltratos recibidos no eran en él 'un drama individual' sino 'una enorme tragedia colectiva'.

Esa era exactamente la idea que vertebraba el prólogo de Hernán Valdés a su magistral testimonio Tejas Verdes. Diario de un campo de concentración en Chile establecía una perfecta continuidad entre la experiencia de él y la experiencia colectiva de toda una comunidad política: "La redacción de estas evocaciones (…) no ha sido con el objeto de exhibir o comunicar una desgraciada experiencia personal, sino para mostrar, a través de ella, la experiencia actual del pueblo chileno" (1974: 5).

Esa concepción de la experiencia subjetiva como metonimia de la experiencia comunitaria había sido forjada en los procesos sociales y culturales que habían tenido lugar en los últimos años sesenta y los primeros setenta en Chile. En ellos se habían abierto espacios de representación de las comunidades populares en el Estado y construido canales a través de los cuales vehicular su expresividad. Ello había reforzado los sentimientos de pertenencia a identidades políticas en las que las formas de la comunidad y los lazos colectivos desempeñaron un rol nuclear.

Esa relación entre la experiencia subjetiva y las formas de la comunidad había sido arrasada violentamente por la dictadura militar. La desarticulación de las identidades políticas constituidas jugó, de hecho, un papel central en su programa de construcción un nuevo orden social. Ese proceso de desarticulación necesitó del despliegue de una enorme violencia y de un eficaz dispositivo represivo que se concretó, entre otras cosas, en el sistema de campos de concentración.

Así, no es de extrañar que la denuncia de la existencia y de la dinámica de los campos chilenos se hiciera poniendo el énfasis en las formas de la experiencia que precisamente la violencia militar trataba de arrasar. Ello no quiere decir que la experiencia de los supervivientes hiciera referencia, en sí y sin que mediara ningún proceso de elaboración, a la experiencia colectiva de los prisioneros políticos chilenos: en ese caso, no hubieran hecho falta indicadores textuales que marcaran esa vinculación aparentemente incuestionable. El hecho de que los testimonios se hallaran trufados de elementos textuales que continuamente reforzaban esa idea indica, por el contrario, que se trataba para ellos de una relación profundamente amenazada, a punto de quebrarse, y precisamente por ello los textos debían destinar buena parte de su energía discursiva a resguardarla.

Estos testimonios se presentaban, pues, como el espacio en el que esa relación entre experiencia y comunidad podía tener continuidad histórica, a pesar de los esfuerzos del gobierno militar para destruirla por completo. Se presentaban implícitamente, por tanto, como los elementos que podían hacer de puente entre las luchas ya pasadas del tiempo de la Unidad Popular y las luchas que en el futuro deberían advenir: es más, como la condición de posibilidad de esas luchas futuras, en tanto que 'guardarían' para ellas esa configuración colectiva de la experiencia que había hecho posible el proceso del Chile popular y que ahora amenazaba con desaparecer.

Ese trabajo de 'rescate' y 'resguarde' de la concepción colectiva de la experiencia que había dado sentido al proyecto inclusivo de la Unidad Popular se desplazaría en algunos testimonios a una épica de la resistencia, que traduciría a escenas míticas e idealizantes el comportamiento de los presos y las formas de la comunidad previas al Golpe Militar del 73. Pero en muchos otros casos supondría una apuesta política que trataba de hallar las formas narrativas adecuadas para representar una concepción de las relaciones sociales que sólo en los testimonios podría resguardarse, a pesar de la disgregación del espacio del exilio en que éstos eran fueron publicados.

Además de todos los indicadores textuales que explícitamente marcaban una continuidad entre la dolorosa experiencia de los supervivientes y la de toda una comunidad, muchos testimonios dirigieron gran parte de sus energías a producir narraciones basadas en una serie de metáforas de la comunidad que trataban de responder al fantasma de su propia disolución. De hecho, muchos de ellos pusieron un importante énfasis en los modos en que los prisioneros se organizaron, creando espacios de solidaridad que, a pesar de los continuos intentos de los militares de acabar con ellos, suponían la emergencia, en el interior de los campos, de un modelo de relaciones entre los sujetos precario, bien es cierto, pero opuesto en todo a la lógica que la dictadura militar trataba de institucionalizar. Ese era, repito, su modo de establecer una cierta continuidad entre las luchas políticas de finales de los sesenta y principios de los setenta -la construcción y consolidación de identidades colectivas que vehicularan la expresividad política de las comunidades oprimidas- con la situación de los activistas políticos en la era post-golpe.

Si el superviviente que daba su testimonio era representado como un combatiente de altura en la lucha contra el fascismo y la escritura testimonial, se alineaba con las nuevas formas de la lucha política que la nueva situación requería, la representación de las formas de la comunidad se enmarcaba en los fantasmas que generaba ese proceso de redefinición de las luchas. Es decir, la actitud denunciante de la enunciación testimonial no sólo tenía que ver con la presentación pública del sistema represivo del pinochetismo, sino que aparecía también en la trabazón textual de las relaciones entre experiencia y comunidad, y en la voluntad de reconstruir narrativamente la vinculación entre ambas que la violencia militar había cercenado. En el texto, Escribo sobre el dolor y la esperanza de mis hermanos, que recogía los escritos de Luis Alberto Corvalán Castillo14, y en la presentación que de él hacía Gladys Marín15 se condensaban todos estos elementos:

"El autor de este libro, impedido de permanecer en Chile, su patria, vivía en Bulgaria. (…) A sus estudios sumaba su incesante peregrinar denunciando al mundo los crímenes que los fascistas cometen en Chile y llevando ante la Humanidad el mensaje de combate de su pueblo. Para hacer llegar más lejos su voz de denuncia y de combate trabajaba en un libro. Su libro quedó sin terminar. (…) Pero su libro no fue solo su vida, sino que es la de toda su generación que en nuestra patria, a temprana edad, aprendió a combatir. Una generación que descubrió que su camino estaba junto al camino de la clase obrera chilena en la lucha por la conquista de la felicidad del pueblo, en la lucha por la revolución, por la construcción del socialismo y del comunismo en Chile.

(…) Alberto es símbolo de millones de jóvenes que luchan hoy en Chile, junto al pueblo para eliminar para siempre al fascismo de nuestra patria. Es símbolo de aquellos que en la fábrica, en la mina, en el campo, en la escuela o en la población libran mil combates para poner fin a la dictadura. De los que arriesgan su vida en la agitación y la propaganda política.

(…) Alberto ha muerto. Pero sigue combatiendo junto a nosotros, en la primera línea de fuego. Ni la muerte podrá acallar su voz. Por eso el día del triunfo, cuando el pueblo recorra nuevamente con banderas rojas las alamedas de la Patria, Alberto estará como siempre junto a nosotros. Su vida florecerá en la libertad de Chile" (1976: 5-8, la cursiva es mía).

El énfasis que Gladys Marín ponía en la relación entre las ideas de denuncia, combate y testimonio no era desvinculable del hecho de que la experiencia que coagulaba en la enunciación testimonial era, para ella, inmanentemente colectiva: la vida que allí se relataba no era sólo la suya, sino la de toda su generación combatiente. Pero sobre todo, el modo en que convertía a Corvalán Castillo en símbolo de esa colectividad conectaba con el imaginario inclusivo -y a la vez contrastivo- que sostenía gran parte de los proyectos de transformación social de la Unidad Popular. Es más, era desde el interior de ese imaginario desde donde todo se articulaba: vinculándolo explícitamente con los lugares en torno a los que, en ese tiempo, se construyeron las identificaciones políticas que vertebraron el movimiento popular: "en la fábrica, en la mina, en el campo, en la escuela o en la población".

Lo importante es que esa comunidad sufriente, de la cual Corvalán Castillo se convertía en símbolo, se valía explícitamente de la enunciación testimonial para rearticular sus luchas, postulando de esa forma su rol posible en la construcción del futuro socialista. De un modo todavía más explícito, en la edición de Chile: 11808 horas en campos de concentración, que recogía los testimonios de Manuel Cabieses16 la continuidad entre la enunciación testimonial y las luchas políticas del pueblo chileno aparecía recalcada en la propia portada del libro. La fotografía de Cabieses aparecía enmarcada en una estrella revolucionaria, que se recortaba sobre el fondo generando un enorme contraste cromático no despojado de cierta agresividad. Bajo ella se incluía un remedo de una famosa fotografía de Allende haciendo prácticas de tiro, pero rearticulada de tal forma que daba la impresión de representar un guerrillero en pleno combate. Junto a ello, el letrero "Chile en la resistencia", en letras más grandes que las del título del libro, haciendo referencia a la colección editorial en la que el texto se inscribía. La asociación entre esas dos imágenes que surgían de un mismo contraste cromático no dejaba lugar a dudas: la metralleta en posición de tiro y el superviviente en acto de testimoniar pertenecían a un mismo paradigma de lucha. Ariel Dorfman resumiría esa idea con innegable nitidez: "el acto de escribir, entonces, es la continuación del acto de resistir y de sobrevivir (…), es la misma resistencia, ahora en palabras" (1986: 196).

NOTAS

1 La Agencia Novosti, heredera del Sovinformburó con el que la URSS trató de divulgar la palabra socialista en el mundo entero, había publicado ya en 1974 el testimonio de Rodrígo Rojas Jamás de Rodillas y en el mismo año de 1977 publicó La voz de Chile, una compilación de José Miguel Varas de algunas de las emisiones con las que desde el 18 de septiembre de 1973 Radio Moscú trató de denunciar internacionalmente (y en castellano) las políticas de la Junta Militar chilena, a través del espacio "Escucha Chile", que sería ampliamente seguido por la resistencia clandestina en el interior del país y por la globalidad del exilio chileno.

2 Como no podía ser de otro modo, en ese volumen se incorporaban, junto a los análisis de reconocidos intelectuales de izquierdas (Julio Cortázar, Pierre Kalfon, Mario Muchnik, Armand y Michelle Mattelart, Juan José Saer o Saúl y Gladys Yurkievich.) discursos de políticos chilenos y testimonios de exiliados, la mayoría de ellos víctimas de la represión pinochetista.

3 De su importancia habla la vertiginosa traducción que el comprometido editor François Maspero editó ese mismo año con el explícito título de Génocide au Chili (1974b).

4 Miembro de la Comisión Política del Comité Central del Partido Comunista de Chile en la época, además de destacado crítico literario que además fundaría y dirigiría Araucaria de Chile. Publicada en Madrid, por doce años, fue un importante órgano de resistencia crítica de los intelectuales exiliados, tanto chilenos como latinoamericanos.

5 Una de las más curiosas modulaciones de ese gesto tendría lugar en el estudio-testimonio La caída de Alllende. Anatomía de un golpe de estado publicado en Jerusalem (1983) por Luis Vega, antiguo miembro del GAP y asesor jurídico del Ministerio de Interior para la Seguridad del Estado durante la época de Allende. Vega llevaría a cabo un importante análisis político sostenido en su saber académico doblemente autorizado por su desempeño como asesor del gobierno de Allende. Utilizaría en él al nazismo como modelo explicativo de la estructuración de la violencia de los militares chilenos de un modo altamente sugerente. Analizaría para ello los paralelos entre los discursos de Hitler y los de los militares chilenos, poniendo en relación la doctrina de seguridad nacional con el ideario de la violencia fascista contra enemigo interno.

6 Ese plus de valor de lo testimonial frente a otras matrices discursivas se apreciaba ya en múltiples publicaciones de los años setenta. En la recopilación de los testimonios de siete activistas de la Unidad Popular Chilean Voices (1977), se señalaba que "hablando con exiliados chilenos en Europa nos dimos inmediatamente cuenta del abismo que separaba los hechos concretos de aquellos relatados por los analistas (…) Sus experiencias nos parecieron más profundas y mucho más relevantes para dar cuenta en el futuro del movimiento popular que todo lo que habíamos leído sobre el tema" (Henfrey y Sorj 1977, 14-15, la traducción es mía).

7 Que constituyó en principio su sede precisamente en Helsinki y fue presidida por el abogado y ex Ministro de Justicia de Finlandia, Jacob Söderman y cuyo Secretario General fue el abogado sueco Hans Göran Frank.

8 Reproducido en Cabieses (1975) y en Ortúzar (1977).

9 Reproducido en Letelier (1975).

10 Reproducido en Corvalán, Luis Alberto (1976).

11 Witker, militante socialista, había sido un destacado historiador que como académico desarrolló una importante obra de investigación. En el momento del Golpe era director de Difusión Cultural en la Sede Los Ángeles de la Universidad de Concepción.

12 "Desde el exilio, siento el rumor lejano del sufrimiento de mis compatriotas que aún permanecen en los campos de concentración y el eco de las palabras de Fernando Álvarez del Castillo: 'Tienes la obligación moral y política de hablar…' Y hablaré. Serán estos relatos de la represión en Chile un testimonio vivo de 356 días de experiencias compartidas con otros miles de chilenos." (Witker, 1975: 20-21).

13 La lectura que parte de la crítica hará del texto de Witker pondría el énfasis en este sentido: "Como todos los testimonios que se concentran en el contenido de la vida en prisión de los detenidos políticos, tiende a establecer un personaje colectivo. El verdadero protagonista del relato es el pueblo chileno reprimido en las cárceles. De allí surge finalmente la llamada política y la propuesta organizativa" (Narváez, 1986: 254).

14 Hijo del Secretario General del Partido Comunista. El texto se publicó en Sofía (Bulgaria) tras su muerte repentina, en 1976, cuando llevaba casi dos años exiliado allí. Debo agradecer a Ana Longoni que llamara mi atención sobre este texto.

15 En ese momento secretaria general de las juventudes comunistas chilenas y que años más tarde sería secretaria general del PCCh y candidata a la presidencia del gobierno de la nación.

16 Director de la revista Punto Final. Su testimonio fue publicado en Caracas en 1975.

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Artículo recibido el 29 de agosto de 2008. Aceptado por el Comité Editorial el 12 de enero de 2009.

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