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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum vol.28 no.1 Talca  2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762013000100013 

RESEÑA

 

Sepúlveda Eriz, Magda. Chile urbano: la ciudad en la literatura y el cine. Santiago de Chile: CELICH / Cuarto Propio, 2013, 328páginas.

 

Biviana Hernández Ojeda (*)
* Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago, Chile. Correo electrónico: urganda5@yahoo.es


 

En Chile urbano: la ciudad en la literatura y el cine, Magda Sepúlveda vertebra un tránsito/recorrido de lecturas que invitan a observar las “incomodidades que se sufren al habitar este territorio” (31), el espacio urbano de Chile, en distintas representaciones efectuadas por la literatura y el cine documental, desde el siglo XIX hasta nuestros días. Y lo hace advirtiendo los traslapes de la subjetividad en la construcción ideológica y estética de las distintas narrativas y poéticas que articulan el libro, de acuerdo con un itinerario que traza los diseños de cuatro espacialidades o territorialidades, que polemizan con el campo cultural, político y económico que los determina y atraviesa:

1. Entrada prohibida: segregaciones espaciales, reúne las reflexiones de Roberto Hozven en torno a los modos como la tradición del ensayo chileno ha registrado la crítica de la sociabilidad del Chile urbano (Francisco Bilbao, Domingo Meln, Luis Oyarzún, Alfredo Jocelyn-Holt, entre otros). De Cristián Opazo sobre la cartografía del paisaje cultural del Santiago finisecular, que ofrece el volumen de cuentos Sobredosis (1990), de Alberto Fuguet; un paisaje que redunda en fantasías publicitarias (eslóganes, spots, el cine de Hollywood, el video clip). Y de Juan Poblete, quien analiza la intervención cultural de Pedro Lemebel en una confluencia de factores que determinan la espacialización de la vida urbana, esto es, las formas de participación ciudadana en la vida pública a través de los medios y el consumo; factores que articularían, en la crónica del autor, las relaciones entre lo discursivo y performativo, la representación y lo corporal situado.

2.  Niños jugando: barrios, hace dialogar una nota de Rubí Carreño sobre las novelas de Alejandro Zambra (Formas de volver a casa, 2011) y Fabián Casas (Ocio, 2000), de acuerdo con los modos como en ellas se revisita el pasado de la infancia, el barrio (Maipú, Boedo), y de qué manera se estetiza la ciudad o ciertos sectores de ella a partir de una “pérdida” donde ya no hay una mirada o una memoria épica de izquierda. Un trabajo de Valeria de los Ríos sobre los ejes en que Santiago es imaginado en las narrativas cinematográficas de la dictadura y posdictadura chilena: Retorno de un amateur (Raúl Ruiz, 1983), Adiós a Tarzán (Enrique Lihn, Carlos Flores y Pedro Celedón, 1984), y Aquí se construye o ya no existe el lugar en que nací (Ignacio Agüero, 2000); obras que ponen de relieve la función reconstructiva que ocupa el registro visual y la narrativa cinematográfica en la representación/recuperación de la memoria histórica. Y un artículo de Bernardita Llanos que propone una lectura cruzada entre la literatura y el cine documental, que presentan diversas arquitecturas de la ciudad, conforme el deseo de refundarla a través de la memoria. Las obras que analiza son el documental de Carmen Castillo, Calle Santa Fe (2007) y la novelaMapocho (2002), de Nona Fernández. La memoria diseña en estas narrativas la contra historia de la nación chilena, ciudadanías marginadas (un barrio, una casa), que espacializan, desde la afectividad y la identidad de género, distintos momentos de la historia nacional en sectores de la población tradicionalmente postergadas por el Estado-nación.

3.   Trabajos en la vía: fuera del camino, cuenta con lecturas de Andrea Kottow sobre El roto (1918), de Joaquín Edwards Bello, a partir de las fronteras que atraviesan lo individual y colectivo, en relación al modo como el protagonista de la novela, Esmeraldo, es un héroe cuyos rasgos psicológicos y de clase entroncan con la visión de un mundo que ha quedado al margen o fuera de la modernidad (un mundo donde no habría espacialización de la enfermedad, por ejemplo, ni siquiera de los cuerpos individuales o de la “carne proletaria”). Se advierte aquí cómo ciertas prácticas discursivas, que actúan como dispositivos ideológicos de finales de siglo XIX y comienzos del XX, convierten al personaje en figura clave de un nacionalismo étnico. Marta Sierra, en tanto, aborda las relaciones entre visualidad (la fotografía como dispositivo, en relación con la “estética del malestar” del trabajo visual de Paz Errázuriz) y el espacio, en Naciste Pintada (1999), de Carmen Berenguer, enfatizando las cartografías (heterotopías) que trazan sus recorridos urbanos, desde una perspectiva caleidóscopica que muestra la ciudad como un espacio desarticulado, donde se registra lo real para documentarlo y a la vez trasformarlo; lo urbano como un entramado visual en que el lenguaje es un puente que conecta lugares de ausencia y de presencia; lo doméstico como un reflejo distorsionado y la casa como un espacio anómalo y en fuga. Mientras que Lucia Guerra analiza diverso tipo de subjetividades mapuche, tales como la zona fronteriza y transcultural en En el país de la memoria (1988), de Elicura Chihuailaf; la ciudad como un margen desechado, espacio que mutila y disgrega, en Se ha despertado el ave de mi corazón (1990) de Lionel Lienlaf; y el “babylon warriache” en Mapurbe (2004) de David Añiñir, donde la ciudad es caracterizada por su hacinamiento, alienación, hambre, suciedad, tráfico de drogas. Allison Ramay, por su parte, reflexiona sobre el concepto de ciudadanía multicultural en la obra de Graciela Huinao (Desde el fogón de una casa de putas williche,2011), señalando una suerte de genealogía del término multicultural según su uso en el Chile neoliberal, y la relación problemática que éste representa actualmente para referir las relaciones de la comunidad mapuche con el Estado-nación chileno.

4. Estamos grabando: urbanidades de mujer, comienza con la mirada de Álvaro Kaempfer sobre la ficción histórica de Blest Gana, Durante la Reconquista (1897), en torno a la seducción y disputa por la ocupación de cuerpos, afectividades y espacios que habría representado para el proceso histórico social chileno el término de la Patria Vieja y el inicio de la Reconquista española. Elizabeth Horan se centra en la figura pública de Gabriela Mistral, los cruces entre política, poesía y género, en sus años como embajadora en Estados Unidos, las dificultades e implicaciones sociales que representó su rol público como Premio Nobel y su cargo diplomático de Cónsul honorario. María Inés Lagos ahonda en los cruces entre subjetividad y vida urbana en los relatos de Diamela Eltit (Jamás el fuego nunca, 2007), Andrea Maturana (des)encuentros (des)esperados, 1992) y Nona Fernández (El cielo, 2000), a partir del modo como opera la circulación social y la convivencia ciudadana en la época actual, esto es, el proceso de interdependencia entre los individuos y cómo éstos son capaces de articular sus propias historias de vida.

5. Sitio eriazo: fantasmagorías urbanas, última sección del libro, parte con las reflexiones de David William Foster en torno a una ética de la representación en Acta general de Chile(1986), de Miguel Littin, un informe documental sobre la sociedad dictatorial, que enfatiza la falsa legitimidad de la dictadura y sus disposiciones inconstitucionales de represión y censura, existiendo ya el correlato de Batalla de Chile (1975-1979), de Patricio Guzmán. Alejandra Wolff rescata un conjunto de representaciones urbanas dentro del escenario visual del Chile de los 90 (Carlos Silva, Carolina Illanes y Leonardo Portus), como reflexiones de la escena cultural de la Transición política. Y Malva Marina Vásquez, para finalizar, analiza la narrativa de Nona Fernández (Mapocho, 2002 y Av. 10 de julio Huamachuco, 2006), cuyo proyecto estético, desde una perspectiva generacional (nacidos en la década del 70), buscaría la construcción de una memoria colectiva; de donde el tópico de la nostalgia por los “lugares antropológicos” (Augé), aquellos donde se articula lo “social orgánico” en contraposición a los “no-lugares”; tratándose de la construcción de una memoria no solo colectiva, sino también traumática de esos lugares invisibilizados por la amnesia del Chile transicional.

En estos trayectos, organizados por Sepúlveda, unen distintos tipos de registros verbales y visuales (literatura y cine) mediante la relación común que ciertas subjetividades establecen con el espacio. De esta manera, Chile urbano indaga en los modos de construcción y articulación estética de acuerdo con varios tipos de escenarios y lugares. En lo fundamental, se trata de subjetividades que miran de frente, cuestionan, reflexionan sobre los lugares de consumo en el Chile neoliberal; otras que evidencian sus grados y niveles de abandono por parte del Estado-nación chileno, pero que emplazan frente a lo eriazo la anatomía social y afectiva del barrio; otras que problematizan su condición de amenaza biopolítica en tanto pérdida de derechos ciudadanos (el conflicto mapuche y las aristas de lo multicultural) ; otras donde se rearticula la mirada del género, sus porosidades y reveses, en relación con las implicancias políticas y estéticas de la situación de la mujer en espacios y cargos públicos; mientras que otras exploran las fracturas que produce la marginalidad social, cuando el relato de la historia oficial los observa sólo como residuo, mientras el arte entra en su microhistoria y en su cotidianeidadPor todo esto, convenga dar un paseo literario y cultural por los trayectos que traza pero que no agota la mirada de este Chile urbano que nos presenta Magda Sepúlveda.

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