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Universum (Talca)

versión On-line ISSN 0718-2376

Universum vol.33 no.1 Talca jul. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762018000100211 

ARTÍCULO

TEXTOS PERMEABLES: ARCHIVO COLONIAL, PRENSA Y LITERATURA EN EL RÍO DE LA PLATA

Permeable texts: Colonial archive, press and literature at River Plate

Eugenia Ortiz Gambetta 1  

1Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Católica Argentina (Buenos Aires)/ CONICET-IdIHSC, Universidad Nacional de La Plata. Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: maeortiz@gmail.com

RESUMEN

Este trabajo busca dar cuenta de la permeabilidad del archivo colonial en la cultura escrita y la imaginación simbólica del Río de la Plata durante el siglo XIX. Para esto, tomo como punto de partida la constitución del archivo y sus diferentes momentos de lectura en ciertas publicaciones periódicas y en la literatura. Desde el Telégrafo Mercantil hasta la publicación en folletín de las primeras novelas históricas; desde la Colección de Pedro de Angelis hasta su incorporación en las historias de la literatura, el archivo colonial se convirtió en el dispositivo de significaciones culturales. A partir de esta consideración, se propone un análisis de la conformación del archivo colonial y de sus apropiaciones en los órganos de la opinión pública, las revistas culturales, y su aporte al imaginario histórico en las ficciones de ambas orillas del Plata.

Palabras clave: Archivo colonial; revistas culturales; novela histórica; Río de la Plata

ABSTRACT

The aim of this paper is to show the permeability of the colonial archive at the written culture of the River Plate along the XIXth century. This has been done over the compilation ot the colonial archive and its diverse lectures at editorial works in press as well as in fiction. The colonial archive was a dispositive of historical and cultural resignifications from the Telégrafo Mercantil up to the publication in the format of feuilleton of the first historic novels, from Pedro de Angelis's Colección to its incorporation in the histories of Litterature. A brief analysis of the colonial archive is proposed focusing on cultural magazines and fictions, through its relation with the viceroyal period and its contribution to the construction of the simbolic imaginary.

Keywords: Colonial archive; cultural reviews; historical novel; River Plate

Introducción

Al hablar del archivo colonial en la prensa y la literatura rioplatense del siglo XIX, me referiré a un conjunto de textos sobre el pasado del territorio y cómo estos dejaron de ser documentos legales de la corona para convertirse en instrumentos políticos de los estados en formación, primero, y luego una obsesión de la imaginación histórica y del proyecto liberal. Al hablar del archivo colonial también pienso en su permeabilidad: como textos permeables, estos documentos fueron modificados en el tiempo a través de copias manuscritas, reediciones, eliminaciones, censuras, elisiones, pero también dispersiones, traslados y catástrofes de todo tipo, lo que marcó su conformación, su mutabilidad, su falta de fijación. Y a su vez, como textos permeantes, estos documentos (crónicas, mapas, cartas, firmas, emblemas) atravesaron la imaginación simbólica del Río de la Plata en diversos formatos y piezas Acciónales de las dos orillas, en un procedimiento que González Echevarría (2006) llamó la conformación del archivo en mito (6).

El Río de la Plata no cuenta un corpus canónico de novelas históricas decimonónicas que tomaran el pasado colonial como insumo de producción como en el resto de América Latina (Ianes, 1999), aunque sí tuvo su desarrollo la nueva novela histórica en el siglo XX y aun en el XXI1. Pero a lo que apunta este trabajo no es solo a la reconsideración de cómo se abordaron temas indígenas o coloniales en el período de formación nacional, sino que especialmente busca entender el rescate del archivo colonial como una serie de procedimientos (la conformación del corpus, edición y reescritura literaria de los documentos) y de momentos de lectura del mismo, en una región con una historia colonial e indígena más breve y menos monumental que la de otros antiguos virreinatos.

De esta manera, el objetivo general de este trabajo es considerar los diferentes momentos de lectura del archivo colonial en Uruguay y Argentina durante el siglo XIX. Esto permitirá entender aquellos procedimientos que lo convirtieron en un aparato de legitimación aun no del todo dimensionado en relación a la formación de un público lector, la esfera de la opinión pública y el imaginario simbólico. Me detendré, así, en varios hitos y consideraré cómo este archivo se fue conformando y fijando, a la vez que atravesaba distintas instancias de circulación: tendré en cuenta su rescate de las colecciones privadas, su evocación y publicación en la prensa, sus ediciones en libro y su emergencia como intertexto en un corpus literario. Además, tendré como horizonte de análisis su consideración como integrante del corpus de literatura colonial latinoamericana bajo la cuestión de la literaturidad del mismo, tal como señala Añón (2016: 254)2. Así, analizar una serie de procedimientos de "operaciones de archivo", al decir de Goldchluk (2009), mostrará una condición de permeabilidad que va desde el Telégrafo Mercantil hasta el canon de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas y la Historia crítica de la literatura uruguaya de Carlos Roxlo pasando por los folletines de Vicente F. López, los textos del imaginario charrúa, las suscripciones de la Colección de Documentos de Pedro de Angelis, las revistas culturales del siglo XIX y la radiación de este trabajo en ambas orillas.

Antes de continuar, considero necesario hacer una breve referencia a la concepción de la región del Río de la Plata como sistema cultural común que tuvo su espacio de representación evidentísimo en el mundo de lo impreso, ya que este funcionó como escenario de unas cercanas y continuas relaciones entre ambas orillas. Todas las ciudades costeras del Río de la Plata tuvieron un estrecho vínculo a lo largo del siglo XIX, y testimonio de esto son los permanentes intercambios, reimpresiones y usos de textos de una orilla en otra, o las estadías que autores y agentes uruguayos y argentinos tuvieron en ambos márgenes del río (Acree, 2013: 13-19). Considerar el sistema rioplatense como tal, más allá de sus divisiones topográficas, me resulta imprescindible para mostrar que las operaciones del archivo colonial fueron fenómenos compartidos y su permeabilidad en el imaginario histórico y ficcional tuvo una matriz común, aunque luego resultó funcional a otras operaciones identitarias en la formación de los Estados-nación3.

Papel, secreto y poder: la constitución del archivo

Todo archivo siempre comienza "con el gesto de poner aparte, de reunir [...] el gesto consiste en aislar un cuerpo, como se hace en física, y desnaturalizar las cosas para convertirlas en piezas que llenan lagunas de un conjunto establecido a priori" (Certau, 2006: 85-86). Esas lagunas de un conjunto, para González Echevarría (2006), fueron durante todo el siglo XIX y parte del XX el monotema de los escritores latinoamericanos en relación con la construcción de un mito para cada una de las identidades nacionales (10). El deseo de llenar las lagunas venía de la obsesión por la capacidad de encontrar la verdad a partir de los hechos históricos, y así teorizar científicamente sobre el presente, algo que conformó el espíritu ilustrado latente en la formación de los nuevos Estados nacionales.

En los últimos años, el ámbito de los estudios literarios ha experimentado cierto giro archivístico. Aunque siempre las disciplinas de crítica textual, la genética y la filología tradicional han dado cuenta de él, en el hispanismo están surgiendo reflexiones en torno a los conceptos de canon y margen en los "archivos de autores" y, sobre todo, en los debates en torno al discurso colonial y las relaciones entre corpus y archivo4. Si las acepciones de "archivo" son tres el archivo como conjunto de documentos, el archivo "como operación de un sujeto o un poder (o de un sujeto de representación de un poder)" (Añón, 2016: 255) y, por lo tanto, el archivo como secreto, no solo hay que considerarlo como la acumulación de textos del pasado, sino como el proceso por el cual los textos están escritos. Este proceso está formado por combinaciones repetidas, por ordenamientos y reordenamientos regidos por la heterogeneidad y la diferencia. Así, nunca es lineal, ya que tanto la continuidad como la discontinuidad se mantienen unidas en una lealtad incómoda (González Echevarría, 2006: 24). El poder, el secreto, la ley y el origen están en la etimología del término archivo y de aquí se deriva su fuerza intrínseca para la conformación del mito, para construir su identidad y singularidad (10); por esto, es comienzo y es mandato: "coordina aparentemente dos principios: el principio según la naturaleza o la historia, allí donde las cosas comienzan principio físico, histórico u ontológico mas también el principio según la ley, allí donde los hombres y los dioses mandan, allí donde se ejerce la autoridad, el orden social, en ese lugar donde el orden es dado- principio nomológico" (Derrida, 1997: 11). El archivo, en suma, representa los comienzos y la ley, el domicilio de los arcones, los que lo guardan, protegen e interpretan (12).

Por otro lado, el archivo colonial es el mito moderno basado en viejas formas: es, en América Latina, por negación o afirmación, el origen identitario y origen de la novela (una novela histórica en la que aparece permanentemente la escritura, el manuscrito, la colección, las retóricas de la relación de Indias). Es también origen de la legitimidad sobre la que los primeros periódicos, revistas y textos literarios rioplatenses basaron su juego heurístico. Pero la constitución del archivo colonial en el Río de la Plata no fue un acto iniciático ni heredero de un proyecto institucional anterior, sino que tuvo un comienzo precario y paulatino, y la iniciativa de conformarlo, separarlo y legitimarlo tuvo su origen en diversos sectores.

En 1801, aun durante el gobierno virreinal, en el primer periódico de la región, el Telégrafo Mercantil, su editor Francisco Cabello y Mesa comunicó en uno de sus números la intención de conformar una obra histórica y científica sobre el territorio rioplatense. Para esto, convocó a los lectores del diario y a los miembros de la sociedad literaria para que aportaran cualquier papel relativo a la región o que escribieran ensayos sobre el comercio, agricultura, navegación e historia del Río de la Plata, animando esta convocatoria con premios a los mejores trabajos (Ibarguren, 1937: 11-30). Los resultados, algunos sin atribuciones, fueron apareciendo a lo largo de los dos años en los que se publicó el periódico: actas sobre fundación de ciudades, algunas crónicas de Azara, información botánica o geográfica sobre el continente y la región, incluida, como se sabe, la "Oda al Paraná" de Manuel José de Lavardén. Entre estos papeles o documentos también se distinguió un trabajo arqueológico que tuvo sus antecedentes en labores similares que Cabello y Mesa había realizado en Lima. El Telégrafo desapareció, luego de continuas críticas por la liberalidad del editor, pero el trabajo iniciado dejó su marca en las publicaciones periódicas previas a la Independencia.

Así como la metrópoli seguía publicando, a lo largo de todo el siglo XVIII, los textos sobre las crónicas de América Hispánica en volúmenes colectivos en la península, esta propuesta de Cabello y Mesa buscaba contribuir también al dominio del reciente virreinato, aun vinculado culturalmente con el del Perú. En este caso, la pretensión de soberanía virreinal y de conocimiento enciclopédico del territorio se entrelazaba con la publicación de las primeras noticias de las guerras napoleónicas que, de alguna manera, pronosticaban sin saberlo los cambios inminentes.

Otro hito en la historia del archivo colonial en el mundo letrado rioplatense data de 1835, cuando salieron a la prensa, mediante una convocatoria en La Gaceta Mercantil y un prospecto anunciándolas, las cuatro primeras obras de las setenta que conformaron la Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, editada por Pedro de Angelis. Este fue el responsable del primer gran momento de lectura del archivo colonial, ya que reunió, definió y difundió un corpus y consignó la canonización del material (revelando con este proyecto una mirada totalizadora y una intención de «hacer monumentos»), y porque el principal mentor de las tareas del napolitano fue el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

La irradiación de la obra de De Angelis, en general, no ha sido siempre bien dimensionada o estudiada, aunque su nombre no falta en casi todas las historias de la literatura argentina como uno de los promotores culturales más importantes del siglo XIX (Baltar, 2012: 82-85). Su figura fue valorada, por un lado, por tratarse de un erudito europeo importado por Bernardino Rivadavia como factor ilustrador al Plata, por sus relaciones de primera mano con Michelet y Madame de Staêl, pero -por otro lado- al entrar en el servicio de Juan Manuel de Rosas, su obsecuencia y servilismo fueron repudiados por la facción unitaria y por la generación del 37 en general (Baltar, 2012: 94-98). El trabajo de De Angelis fue muy novedoso en un contexto donde existían algunas bibliotecas y ninguna escuela pública, se contaban con pocas librerías (entre ellas, las que tuvo Marcos Sastre) y donde el acceso al material de la historia de la región o de literatura europea era muy restringido. De Angelis insistió con llevar a cabo el trabajo ilustrado de la Colección de obras y documentos que ideó en la época rivadaviana y que pudo concretar solo durante el gobierno de Rosas.

Así, entre 1835-1837, salieron a la luz en ocho tomos textos históricos, diarios de viajes, descripciones, crónicas, cartas, y todo tipo de obra relacionada con la historia del descubrimiento y colonización de la región, muchos de ellos inéditos hasta entonces. Los manuscritos y documentos que constituyen la Colección proceden en buena parte del antiguo fondo jesuítico, disperso después de la expulsión de la orden, rescatado por el gobernador virreinal Burcareli y Ursúa. De este material, lo que no terminó en conventos o instituciones privadas pasó a manos de coleccionistas como Araujo, Leyva, Segurola y el mismo De Angelis (Sabor, 1995: 49). La colección se entregaba en los hogares e instituciones con el formato de suscripción paga y tuvo un éxito notable: llegó a tener 408 suscriptores de Buenos Aires y alrededores (Molina, 2006: 460), sin contar luego las segundas adquisiciones y las suscripciones que se hicieron en Montevideo. La obra fue muy bien acogida en la Banda Oriental y De Angelis estaba muy satisfecho con esto (Sabor, 1995: 49)5. Esta nueva línea de circulación daría sus frutos en las elaboraciones literarias de dicho país, tal como se comentará más adelante.

En el prospecto que salió junto a la Gaceta Mercantil y donde se anunciaba la novedad, el editor explica los motivos de la ignorancia de muchos de estos documentos:

Para asegurar la conservación de sus antiguas colonias, la corte de Madrid no halló más arbitrio que condenarlas a un riguroso aislamiento. No se cortaron sólo las transacciones mercantiles, sino que se proscribió todo comercio intelectual, y hasta las relaciones amistosas. Los galeones de España surcaban silenciosamente las aguas del Océano, cargados de ricos productos de las minas del Nuevo Mundo [...]. Los archivos de la Metrópoli, que se llenaban cada año de documentos importantes sobre los varios ramos de la administración pública en América, eran inaccesibles al público, que sólo venían en conocimiento de los tesoros que encerraba cuando por algún accidente desgraciado llegaba a ser irreparable su pérdida.

Así sucedió con el primer ensayo de historia natural de la Nueva España [...] Después de quedar ignorado por cerca de un siglo en un rincón del Escorial, pereció en el incendio que en 1671 devoró una gran parte de aquel vasto edificio.

A estas causas fortuitas de pérdidas lamentables para las letras, agréguense los efectos naturales de la incuria, de la codicia [...] Muy raras son las bibliotecas y los museos que sobreviven a sus fundadores; y más raros los documentos que se perpetúan en el país a que pertenecen, y a quien más le importa conservarlos (De Angelis, 1836:1-II).

De nuevo aquí aparece el secreto, el poder y el origen, pero también la precariedad material de los documentos. De Angelis atribuyó también causas físicas y morales a la pervivencia de los documentos, e hizo un alegato en contra los intereses de la metrópoli y a favor del país independiente. Sin embargo, el publicista fue consciente de su papel en la cadena de preservación y pérdida del archivo. Como sostiene Didi-Huberman, lo propio del archivo es ser horadado, ya que los agujeros "son frecuentemente el resultado de censuras arbitrarias o inconscientes, destrucciones, agresiones o autos de fe" (1): esos agujeros y censuras arbitrarias no solo estuvieron en el origen de la colección, sino que además respondían a los motivos políticos de la publicación. Sobre estos motivos, Rosalía Baltar (2012) sostiene que la colección operó como reconstrucción legitimadora de Rosas en el espacio (la extensión del territorio de su gobierno excedía Buenos Aires) y en el tiempo, la continuidad del Restaurador de la tradición católica e hispánica (119-120). Pero considero que también aquí hubo una declaración de intenciones en relación a develar, a levantar el secreto que, según De Angelis, provenía de la época virreinal, y al que ningún pueblo libre debía someterse.

De una manera u otra la Colección, sus ediciones con estudios preliminares y las exitosas suscripciones simbolizaron el gesto de reunir, canonizar y elevar a símbolo de un territorio un archivo, y Pedro de Angelis fue su primer arconte, al decir de Derrida (1997: 12); pero también con su trabajo protofilológico inauguró una de las primeras domiciliaciones: antes de formar parte del reservorio bibliotecológico o museístico, los documentos del archivo colonial rioplatense ocuparon el sitio del arché en formato de suscripción de libros, en la prensa periódica, y en/desde ahí permearon en la ficción y en la imaginación histórica.

Las revistas culturales: segunda domiciliación

El éxito de las ediciones De Angelis trascendió fronteras ideológicas, y esto es uno de los rasgos más importantes de la Colección. Su primera conformación no fue cuestionada pero luego hubo un trabajo, a la par que se creaban renovadas bibliotecas nacionales, que permitió complementar este archivo y que incluyó estudios y rescates. Esto sucedió en los primeros gobiernos liberales (a partir de 1852), cuando aun la gobernabilidad y la soberanía sobre el territorio eran cuestiones en proceso. Muchos de los opositores ideológicos del rosismo y, por lo tanto, de Pedro de Angelis valoraron muchísimo la iniciativa y los esfuerzos de este gobierno en materia de patrimonio escritural, mientras seguían denostando su ideología y política. En un contexto donde lo que predominaba eran periódicos y pasquines vinculados a cuestiones políticas y partidarias, aparecieron después de la caída de Rosas algunas revistas culturales que tuvieron como objetivo aportar material de consulta de calidad sobre diversos temas e incidir también en la opinión pública6. El interés por seguir estudiando y conformando el archivo colonial tuvo, así, una segunda instancia de domiciliación en estas iniciativas.

Hubo tres revistas culturales no oficiales pero, en algunos casos, cercanas a la oficialidad7 que se ocuparon exhaustivamente del archivo colonial. Estas fueron El Plata Científico y Literario (1854-1855), dirigida por Miguel Navarro Viola, La Revista de Buenos Aires (1863-1871) de Navarro Viola y Vicente Quesada, y la Revista del Río de la Plata (1871-1877) dirigida por Juan M. Gutiérrez, Vicente F. López y Andrés Lamas. En cuanto a la primera, la intención era explícitamente tratar temas que no fueran políticos: el editor, en el prospecto introductorio declara que la misma buscaría "como beneficio positivo el distraer la atención de estos países, contraída perennemente a la política" ("Prospecto", 1871, 6) y "nuestra monomanía será el no ocuparnos nunca de política" (6). El análisis de todos los índices muestra un contenido muy variado, una serie de artículos sobre cuestiones de la historia reciente y colonial, biografías, artículos de climatología, medicina y derecho y algunas contribuciones literarias extranjeras y originales8. Allí aparecieron los folletines de López junto con una novela histórica sobre las misiones jesuíticas del francés Elias Berthet, una reseña histórica sobre los sucesos de mayo, un artículo sobre las Malvinas y un estudio de Thierry sobre Ana Bolena, por mencionar algunos ejemplos. En el Plata Científico y Literario no estuvo la idea de editar ni comentar documentos coloniales, pero se incluyeron fragmentos de Argentina y conquista del Río de la Plata que aparecen como intertextos de la novela de La novia del hereje.

En la Revista de Buenos Aires, por su parte, Navarro Viola anunció la publicación de trabajos novedosos para el contexto, por ejemplo, los estudios de Vicente Fidel López sobre historia, mitos y lenguas de los habitantes antiguos del Perú y varios trabajos de una disciplina novedosa en el Río de la Plata en aquel momento, la filología9. Pero también aquí se publicó la carta de José Mármol a los redactores de la revista donde comentaba que había logrado restituir a la reabierta Biblioteca Pública argentina, de la cual él era su nuevo director, algunos de los manuscritos que habían pertenecido al canónigo Segurola y que Pedro de Angelis había vendido en Brasil para poder solventarse durante su estancia en ese país (Mármol, 1870: 431). Muchos de estos manuscritos, pues, fueron recuperados y aquellos que no habían sido incluidos en las colecciones, fueron dados a conocer por primera vez en esta publicación y en la Revista del Río de la Plata. En esta última, el archivo colonial también fue central y sus estudios y copias aparecieron junto a ensayos históricos, cuentos y poesías sobre las independencias americanas. En el prospecto de presentación de esta revista se anunciaba:

Para los redactores de la revista, la historia colonial no ofrece sino una enseñanza negativa [...] para ellos las leyes de Indias, los actos del gobierno peninsular, la acción del culto oficial, como elemento civilizador, hacen el mismo papel para el estudioso que los bajíos y arrecifes [...] para los que surcan océanos. El empeño de dar a conocer hasta en los menores ápices aquel sistema de gobierno y de régimen administrativo y económico o de aquella civilización [...] tiene por objeto radicar la idea de que el progreso de la América independiente estriba en desasirse como una ligadura vejatoria y opresiva, de las tradiciones que inoculó en sus entrañas el sistema colonial [...] Sea cual fuere la brillantez con que en ocasiones ilumina y embellece la imaginación el cuadro que ofrece [...] el antiguo régimen, los redactores mencionados, sin violentar los hechos [...] (justificará) la razón [...] que movió a la América española a sacudir [...] el yugo de la Metrópoli Española ("Prospecto", 1871: 6-7).

Más allá de la declaración de principios, en esta publicación apareció el viaje de Félix de Azara, hasta entonces inédito en forma completa (cuya edición estuvo a cargo de Bartolomé Mitre), los estudios sobre el viaje de Ulrich Schmidl, y sobre Del Barco Centenera y su poema épico, hechos por Juan M. Gutiérrez, el juicio crítico de Bello sobre el poema La Araucana, diversas crónicas de Ricardo Palma, artículos y ficciones de Gertrudis Gómez de Avellaneda sobre temas históricos, documentos exhumados por Félix Frías encontrados en el archivo de la provincia de Buenos Aires. En suma, fue una labor sobre el pasado colonial y sus insumos para la construcción de la nación moderna que hablaba, de nuevo, del conocimiento del pasado en Argentina y América Latina para aquel presente, ya sea por nuevas instituciones que se ensayaban en el país por esos años, ya por una realidad inminente que les exigía mayor autoconocimiento histórico, como escribieron los editores en el prospecto de la revista: hacia el país afluía una "población numerosa desprendida del seno de la Europa" por lo que "las investigaciones históricas demandan a nuestros fastos la solución de los problemas sociales" ("Prospecto", 1871: 7). Esta relación entre investigación histórica y soluciones sociales implicó una conciencia nueva en cuanto a la proyección y la función de estas revistas.

Un lugar especial tuvo en ellas la articulación entre las ideologías en tensión y la tarea de recuperación del archivo histórico que se realizaba en ellas mediante la publicación de documentos, crónicas y todo tipo de material sobre el pasado del Río de la Plata. Sus estudios, reproducciones y puesta en valor tuvieron, como se declara en varias oportunidades, una enunciación negativa (como en los documentos legales), ya que el archivo no se recuperó para legitimar los propios usos, como antecedentes prestigiosos, sino para mostrar las cualidades de un presente virtuoso que contrastaba con la oscuridad de origen de esos documentos. Así, estos textos aunaban, en cierta forma, las crónicas de colonizadores españoles y la de científicos y viajeros europeos (Prieto, 1996; Pratt, 1992) pero también preparaban el terreno a los trazados cartográficos y expediciones estatales de los futuros gobiernos liberales (Andermann, 2000).

Con todo, estas revistas no compartían en sus diferentes colaboraciones y trabajos una misma línea ideológica ni política, algo que iba en paralelo con la turbulencia propia del período de la Organización Nacional al que Halperín Donghi (1980) se refirió como "treinta años de discordia" (143). En estas se mostraban también diversos matices en sus propuestas, por ejemplo, conviviendo discursos encontrados entre progresismo, liberalismo y religión, mostrando así que estas se basaban en proyectos "derivados menos de un programa expreso y unidireccional, que del resultado de una negociación entre líneas hegemónicas y contrahegemónicas en permanente estado de tensión y recomposición" (Patiño, 2015: 148). En suma, la labor de recuperación y estudio del archivo colonial permeó desde estas revistas hacia la ficción y todas estas publicaciones en conjunto sirvieron como órganos legislativos, ya que buscaban delimitar, incluir, establecer un orden jurídico, moral y lingüístico en la región.

Archivo e imaginación histórica

Tanto la Colección como las revistas culturales funcionaron en el sistema rioplatense en su totalidad dada la hermandad histórica y cultural de Argentina y Uruguay, y más allá de la construcción de la identidad nacional de cada Estado. Lo cierto que, en los nuevos gobiernos liberales de ambos países, la circulación del archivo de la región fue un fenómeno que se dio a la par, ya sea por la compartida historia virreinal, ya sea por el trato frecuente entre los letrados de ambas orillas. Este trabajo de consolidación de un archivo colonial en Uruguay se basó en el trabajo de De Angelis, pero fue incorporando sus documentos específicos después de la década de I860. Con todo, en las dos orillas del Río de la Plata los documentos coloniales permearon en la imaginación simbólica y en las ficciones, en el mismo movimiento que tuvieron en otros países de Hispanoamérica, donde el discurso histórico fue esencial en la conformación de las nuevas naciones. En todo el continente, durante el siglo XIX, la premisa historicista del progreso continuo guió la mirada de la intelectualidad criolla hacia adelante y también hacia atrás, "construyendo los pasados, causas y efectos que explicasen cómo se podía salir de la tradición y entrar en la modernidad" (González Stephan,1995:103). Así, en el marco del liberalismo hispanoamericano, los discursos de la nación, la literatura y la historia estuvieron relacionados por múltiples conexiones que adquirieron características concretas. Al decir de Unzueta (1996):

En esta época, la historia usa modelos literarios y una de las principales preocupaciones de la historiografía es la formación de la nación; la nación se concibe en términos ideológicos e históricos del proyecto liberal y se imagina, sobre todo, a través de la literatura; y la literatura, a su vez, se vuelve tanto histórica (e historicista) como nacional o americanista (13).

La difusión de la novela histórica acompañó este proceso mediante la reelaboración de sucesos de la vida virreinal y prehispánica, por medio de un discurso compuesto por elementos costumbristas, tradicionales, lexicales, que lo distinguieron del europeo, en especial, del español. Así también, el discurso novelístico (y en algunos casos, el épico) se convirtió en legitimador histórico y en respuesta alegórica al tema de la nacionalidad (Ianes, 1999: 24)10.

La relación entre archivo colonial y ficción en el Río de la Plata está muy vinculada con la fraternidad intelectual entre argentinos y uruguayos en Montevideo, entre 1840 y 1852. El grupo cercano al unitarismo estaba conformado por los argentinos Juan M.

Gutiérrez, Juan Cruz y Florencio Varela -los patronos del grupo y de los primeros en exilarse-, José Mármol, Miguel Cané, Esteban Echeverría, Luis Domínguez, y los orientales Adolfo Berro, Andrés Lamas, Juan Carlos Gómez, Pedro Pablo Bermúdez. También pertenece al grupo Alejandro Magariños Cervantes, exiliado por ese entonces en Madrid, quien se convirtió en un eslabón entre este primer movimiento romántico y autores de la talla de Eduardo Acevedo Díaz y Juan Zorrilla de San Martín. En todos ellos la lectura de la colección de De Angelis y su apreciación fue unánime y se convirtió en una fuente de consulta y de evocación para diversas obras de imaginación.

El contexto del interés de los letrados rioplatenses por la historia colonial debe vincularse, en primer lugar, con una constante del siglo XIX: el historicismo como episteme y discurso hegemónico (Ianes, 2006: 382-383). A su vez, la relación entre la historia y la ficción se patentiza y sus términos de interdependencia se llegan a invertir, al punto que Thierry solía decir que las novelas de Walter Scott eran más históricas que algunas obras de la historiografía oficial (383). En muchos sentidos, se podría hablar de una ficción historiográfica y no ficción histórica en la literatura del XIX latinoamericano, ya que la ficción de entonces re-narra un pasado textual y lector (Ianes, 2006: 386). En este contexto epistemológico, los documentos del archivo colonial, pues, permearon rápidamente en las ficciones de inspiración histórica.

Entre todos los documentos de la Colección, hubo dos que tuvieron especial incidencia en el imaginario histórico del Río de la Plata: el poema épico Argentina y conquista del Río de la Plata (1602), de Martín del Barco Centenera11, y una obra inédita hasta 1835, la llamada Argentina manuscrita, de Ruy Díaz de Guzmán. La primera reúne el testimonio en primera persona de la expedición de Juan Ortiz de Zárate, y la segunda es la crónica de un asunceño sobre las luchas internas de las facciones del Paraguay de los siglos XVI y XVII. Las dos obras fueron valoradas desde el punto de vista histórico como el lingüístico y el etnográfico por las generaciones contemporáneas a la Colección.

La Argentina de Del Barco Centenera, que abarca la historia de las primeras expediciones al Río de la Plata y la fundación de Buenos Aires hasta los sucesos del concilio de Lima y la incursión pirata en el Pacífico, aborda también el campo de la etnografía, al describir costumbres de los guaraníes y charrúas, y de la lingüística, con el asiento de términos en guaraní, y también recrea leyendas apócrifas que luego autores como Juan M. Gutiérrez, Florencio Escardó y Adolfo Berro aprovechan como insumos indianistas. De estas lecturas nacen, también, los poemas Celiar, de Alejandro Magariños Cervantes, y Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín12.

Una de las novelas testigo de la permeabilidad del archivo colonial en la imaginación histórica de la región es La novia del hereje, de Vicente F. López.

Esta novela estuvo muy estrechamente ligada al proyecto histórico de su autor que consideraba que el pasado argentino debía narrarse desde el origen, es decir, desde su pertenencia cultural al virreinato del Perú, incluyendo los aspectos de la piratería inglesa que para él tuvieron un papel simbólico en relación con el programa liberal que apoyaba (Ortiz Gambetta, 2013: 118-142).

La novia del hereje fue pensada como la primera de una saga de novelas históricas sobre el pasado argentino que el autor había proyectado en su juventud. La obra comenzó a salir en forma de folletín en la revista El Plata Científico y Literario, desde septiembre de 1854 hasta julio de 1855. Apareció después de las entregas de Graziella, de Lamartine, en el tomo II de la revista. La edición en libro de la novela comenzó el mismo año de las últimas entregas en folletín, pero no se terminó de publicar sino hasta 1856. En la primera entrega, el editor incluyó una carta del autor que, desde Montevideo, respondía a las solicitudes del amigo de escribir artículos para su revista. En la misiva López se excusaba diciendo que no quería que sus escritos parecieran tener intenciones actuales porque estaba "hastiado de las luchas mezquinas de la pasión" (López, 1870: 21). Así, según esta carta-prólogo, iría enviando los capítulos de esta obra de su juventud, cuyos manuscritos se habían elaborado una década antes en Chile. Si bien efectivamente los primeros capítulos fueron publicados en el periódico El Observador Político de Santiago de Chile (Molina, 1986: 275), no así la totalidad de la obra, con lo que se deduce que el autor siguió escribiendo la obra desde Montevideo, a la par que salía en la revista, en Buenos Aires.

Dentro del plan histórico y en la novela de López se elige Lima como escenario porque así quería consignar

la lucha que la raza española sostenía en el tiempo de la conquista, contra las novedades que agitaban al mundo cristiano y preparaban los nuevos rasgos de la civilización actual: quería localizar esa lucha en el centro de la vida americana para despertar el sentido y el colorido de las primeras tradiciones nacionales, y con esa mira tomé por basa histórica de mi cuento las hazañas y las exploraciones del famoso pirata inglés Francisco Drake (López, 1870: 25).

En el primer folletín, donde se publica hasta el capítulo III, aparecen los insumos del archivo colonial usados para validar afirmaciones o atribuciones. En este capítulo el narrador presenta la situación social en Lima durante la amenaza de la llegada de Drake al Callao, y cómo responden los peruanos, armándose unos y aterrorizándose otros, liberándose los esclavos a la espera del auxilio de los piratas, tratando de sosegar a la gente el virrey Toledo y demás autoridades. Después de describir intensas reacciones de miedo, terror y desesperación, aparece una nota al pie en la que se señala:

Para que no se me tenga por exagerado en esta verídica descripción que he hecho del espanto que causó en las costas del Perú y en Lima la expedición de Drake, copiaré lo que el buen Arcediano Centenera escribía pocos años después y, como quien dice, a la vista de los sucesos. Lo tomo del canto XXII (López, 1870: 176-177)13.

La Argentina como cita de autoridad a pie de página vuelve a aparecer en el capítulo IV (180), pero también aparece en el cuerpo de la novela dos veces: la primera, al hablar de Francis Drake: "el gozo del corsario en esos momentos puede deducirse del buen arcediano Centenera" (184) y casi al final de la obra, cuando la anécdota de las luchas de alfombras entre la mujer del Fiscal y la mujer del maestro de campo, donde se acota: "Centenera habló de eso con un tono que reprobamos nosotros no obstante debemos transcribirlo para demostrar que no inventamos ni denigramos" (López, 1870, 170). Lo que López no suscribe, suponemos, son los versos que de todos modos cita sobre cómo, cuando Satanás quiere vencer al hombre, usa la mediación de una mujer.

Es notable, de nuevo, cómo el archivo colonial y la novela del siglo XIX repiten el mismo procedimiento de validación: la voz del poema de Centenera que comenta que lo relatado está certificado por testimonios que él ha recibido o, aun mejor, lo sabe porque lo ha visto y oído, y la novela de López que tiene anotaciones y pies de página de las fuentes consultadas. Además del poema del arcediano, el texto hace alusión a una crónica portuguesa y el resto de las referencias son colecciones e historias inglesas que utiliza también para validar algunos datos del poema que, sugiere, eran cuestionables. El folletín y la novela cierran con el mismo apéndice: los últimos versos del poema del arcediano donde se relata el terremoto en Lima. De esta manera, López como historiador dejará "la documentación como se dejan debajo de la tierra los cimientos de todos los monumentos" (Madero, 2003:388): no tratará de fijar los signos del pasado sino "devolverles una inestabilidad original y emancipadora en el presente" (388).

El imaginario charrúa

En este contexto político, intelectual y epistémico tuvieron lugar las primeras representaciones del indígena en el Río de la Plata, las que fueron abordadas de muchas maneras. En el caso del Uruguay, la representación del charrúa pasó de ser figura de la barbarie a convertirse en personaje de una estetizada épica14. Mientras que en Argentina la presencia literaria del indígena en el siglo XIX fue escasa, siempre marginal y en la polarización de la barbarie en la mayoría de los textos canónicos15, en Uruguay sucedió algo muy distinto. En Argentina el mito originario tuvo que ver con el episodio de Lucía Miranda, que apareció por primera vez en la Argentina manuscrita y del que existen muchos relatos inspirados en él16, así como en la Banda Oriental pervivieron diferentes variaciones de la leyenda de Liropeya, Abayubá (u otros variantes de este nombre) y Yamandú, antropónimos y narraciones tomados de las historias jesuitas y de Argentina y conquista del Río de la Plata. Las dos tradiciones nacionales rioplatenses comparten, así, el legado común de las crónicas hispánicas, el poema y la historia, pero las elecciones y repercusiones de las leyendas son sugerentes: la europea cautiva, en una margen del río, y la indígena vejada, en la otra.

Antes del poema de Magariños Cervantes, "Mangoré", Adolfo Berro y Juan María Gutiérrez habían considerado las leyendas de Barco Centenera17 y las reelaboraron en breves poemas. En especial Berro atribuyó explícitamente el origen de su historia ("Yandubayú y Liropeya, año de 1574", 1840), como ya se ha estudiado (Ortiz Gambetta, 2016: 208-210). La historia trágica de los amantes charrúas y del soldado español, Carvallo, que atenta contra ellos, está tomada de la imaginación de Centenera, y bajo la inspiración de algunos relatos de La Araucana aunque, según Rodó, el romance charrúa es más interesante que su predecesor (Rodó, 1965: 315). Una versión del mismo asunto aborda el drama El charrúa. Drama histórico en cinco actos y en verso (1853), de Pedro Bermúdez (en la cual la aborigen se llama Lirompeya), y la novela histórica Abayubá (1873), de Florencio Escardó18.

Con algunas modificaciones de la historia original, desde lo antroponímico hasta lo argumental, la novela de Escardó, escrita en 1875 para la inauguración de la ciudad y puente homónimos, en el departamento de Montevideo, es un trabajo claramente consignado en el archivo colonial: en ella se cita reiteradamente la historia de Guevara y versos enteros del poema de Centenera en cuerpo de texto y a pie de página y, además, se incluyen palabras guaraníes, costumbres charrúas, y una iniciativa de revisionismo histórico que sienta precedentes. Una pormenorizada descripción de los belicosos charrúas aparece en el poema de Centenera (junto con la descripción de otros pueblos, en especial, los antropófagos timbúes de la expedición de Solís). Y si en el texto del arcediano es muy detallada la descripción de las costumbres charrúas, los padres jesuitas lo replicaron en sus historias y las complementaron. Por su parte, en la leyenda en verso Celiar (1852) de Alejandro Magariños Cervantes, los charrúas aparecen, en primer lugar, como pueblo que "tan altivo como bravo/antes que vivir esclavos/sucumbieron con dolor" (57) y, si bien se alaba su valentía y su fuerza, son a la vez cruelmente retratados dotados de "tan selvático idiotismo /tanta fuerza material" (57) y son caracterizados con ojos "inciertos, boca entreabierta" y fieras costumbres como la de comer carne de yegua cruda (57).

Motivado tal vez por esta cadena de representaciones, Escardó plantea en su novela un desacuerdo con la mirada negativa sobre el indígena de la Banda Oriental y genera la primera imagen idealizada del charrúa: "tanto se ha hablado de su barbarie y ferocidad, hagamos justicia y demos al charrúa lo que le pertenece, en vano censuremos lo malo que pudo hacer" (Escardó, 1873: 29). Los superlativos y las comparaciones de este pueblo con los espartanos, y la dignificación de este colectivo en la historia es claramente un programa, en la línea de varios indianismos hispanoamericanos, pero aquí funciona como justificativo de un topónimo, como reivindicación identitaria de nuevos fundadores. Así, la novela de Escardó se puede entender como un antecedente del Tabaré de Zorrilla de San Martín, cuyos pretextos y manuscritos revelan el origen de la leyenda: el poema de Centenera y otros textos del archivo colonial. Tabaré se construye a partir de estos documentos históricos sobre el pasado charrúa y, como Celiar, Abayubá y El charrúa recurre a la distancia épica necesaria para un discurso liberal que sostenía, negando la realidad, que los pueblos originarios se habían extinguido mucho antes de la matanza de Salsipuedes19. A pesar de la cercanía de estas enunciaciones con la traicionera emboscada, y de la persecución de la etnia durante varias décadas, las obras procuraron la distancia y la idealización a favor de un lugar simbólico (y tal vez, expiatorio) en el sistema de representaciones locales.

Coda: el origen de/en las historias literarias

En las dos obras inaugurales de la historiografía literaria del Río de la Plata el archivo colonial aparece como hito de origen de la cultura impresa en el Plata, y como dispositivo legitimador. Tanto en la Historia crítica de la literatura uruguaya de Carlos Roxlo (1912), como en la Historia de la literatura argentina. Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata (1917-1922) de Ricardo Rojas, hay apartados dedicados a la cultura colonial y virreinal y desde entonces, con algunas excepciones, los incisos coloniales perviven en las diferentes historias de la literatura de ambas naciones del Plata. Especialmente en el trabajo de Rojas, se recogen los documentos de la Colección y las reimpresiones que suscitaron las revistas culturales pero, además, se revela la necesidad de incorporar este acervo a la historia de la literatura, cuyos límites con la historiografía no son cuestionados con detalle allí20.

En el caso de la obra de Ricardo Rojas, además, se consideraron las crónicas coloniales como soportes para la definición espiritual y cultural de la Argentina: una cultura indianista y exótica que luego el crítico sintetizó en los ensayos de Eurindia. De esta manera, Rojas también incorporó el archivo colonial como dispositivo de lo que llamó el "carácter nacional", como sostiene en el capítulo de Eurindia "El acervo bibliográfico", donde justifica la obsesión archivística y complexiva de su Historia...:

Libros impresos o códices manuscritos, como el Peregrino de Tejeda; autores criollos o europeos asimilados a nuestra vida, como Barco Centenera; obras en castellano o en latín [...] crónicas en alemán o en inglés, gramáticas de lenguas indígenas y versiones del pensamiento español a dichas lenguas, ciencia, historia y folclore...En el fondo de esa variedad cosmopolita debí buscar los caracteres nacionales propios y en la cima de esa abundancia documental, sus categorías estéticas universales (Rojas, 1980: 84).

Así, sostiene, su tarea de investigación en archivos nacionales e internacionales, basado en índices deficientes e incompletos, fue el origen de su extensa obra historiográfica y otra operación de archivo, sobre las que responde a la crítica:

Los que piensan que mi Historia es una obra demasiado extensa para una literatura tan nueva y de escaso valor, comprenderán ahora [...] las razones de esa aparente demasía, que no es locuaz divagación sino ajustado resumen de varias bibliotecas hasta entonces inexploradas [...] Los cuatro volúmenes de mi Historia [...] comprueban la abundancia del material estudiado en ellas (Rojas, 1980: 85).

Así, tanto Ricardo Rojas como Carlos Roxlo continuaron con las obsesiones del siglo anterior y replicaron el deseo de estabilizar y canonizar el archivo colonial para comprender la génesis escritural de las literaturas rioplatenses, dando cuenta de la permeabilidad estética y cultural de esa raíz indígena y colonial. Con esto, perpetuaron el deseo de rellenar los huecos del archivo, de conformar una colección y un corpus que confeccionara un continuum letrado. En este sentido, se propusieron configurar también el mito de una cultura nacional más antigua que el Estado independiente.

En suma, a partir de estas operaciones, el archivo ficcional rioplatense del siglo XIX puede verse hoy también, al decir de González Echevarría (2006), como un giro interior del archivo (colonial) en su manifestación política, un giro que desvela el funcionamiento interno de la acumulación del poder que en la ficción que se convirtió en un efecto retórico (24) pero que en la cultura persiguió, desde la prensa y la literatura, en el entramado de diversos temas y géneros, la ambición de legitimidad.

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1En Uruguay existe una mayor tradición de novela histórica, con Eduardo Acevedo Díaz, pero no representan un mundo colonial. La nueva novela histórica en el siglo XX en Argentina y Uruguay ha dejado nombres emblemáticos, como Abel Posse, Bacino Ponce de León, Antonio di Benedetto, por mencionar solo algunos. Por otro lado, el fenómeno comercial de la novela histórica en el Río de la Plata aún sigue vigente en el siglo XXI con autores más o menos sofisticados. El género persiste como canal de difusión de la historia junto con el continuo éxito de la novela sentimental. Ver Lojo (2007), sobre la novela romántica histórica.

2En su trabajo, Valeria Añón (2016) señala esta cuestión en relación a la crítica y las operaciones de archivo: "Leyendo diacrónicamente algunas operaciones de archivo en torno al universo textual colonial es posible leer también las potencialidades y los límites de la crítica (y de la noción misma de literatura), así como los usos del Archivo en tanto categorías que habilita una vuelta sobre los orígenes de lo literario, un cuestionamiento de dichos orígenes (en especial, en torno a la textualidad de la tradición indígena), e incluso una pregunta por la identidad latinoamericana que hizo del Archivo excusa y condición de posibilidad" (254).

3Al decir de Acree (2013) "cualquier estudio del desarrollo de la cultura impresa en Uruguay o la Argentina estaría solo a medias completo si no se prestara la misma atención al otro lado del Río de la Plata. Los ejemplos y los focos de atención pueden venir de cualquiera de las dos orillas, pero los vínculos entre lectores, medios impresos e identidad colectiva son característicos de la región como un todo" (16).

4El trabajo de Valeria Añón (2016) da cuenta de esto, especialmente, hace una reflexión sobre los virajes de la crítica literaria colonial y el lugar de la representación o literaturidad.

5En el caso de De Angelis, hay varias acusaciones en torno a su labor como recopilador y editor y, ciertamente, el publicista ha sido llamado oportunista y ladrón de documentos, y se lo ha acusado de mal uso de citas, modificaciones y plagios (Baltar, 2012: 87-88; Levene,1965: 83). Más allá de este aspecto, todavía queda pendiente un estudio sobre la labor filológica de De Angelis pero, por ejemplo, un cotejo del poema Argentina, de Barco Centenera de la Colección muestra variantes en relación a la prínceps, por ejemplo, modificaciones de versos enteros que se estima se hicieron para suavizar aspectos morales o para corregir rimas, labor que sugiere la intención de editor del napolitano. Este tipo de decisiones se extendieron a casi todas las obras de la Colección.

6Solo entre 1852 y 1872 se publicaron 380 periódicos en Buenos Aires (Acree, 2013: 84).

7Es el caso, por ejemplo, de El Plata Científico y Literario, que tuvo un apoyo especial del gobierno de Justo J. de Urquiza (Auza, 1968: 5).

8En esta publicación aparece la primera versión de De Adén a Suez, de Lucio Mansilla, el perfil de Gertrudis Gómez de Avellaneda de Juan M. Gutiérrez y varias poesías de autores uruguayos como Melchor Pacheco y Obes, Juan Carlos Gómez, Francisco Acuña de Figueroa y argentinos como Vicente Fidel López y el mismo Miguel Navarro Viola.

9Para un estudio sobre los trabajos filológicos de Vicente F. López en la Revista de Buenos Aires, ver Ennis (e/p).

10Desde luego que estas obras tuvieron como ejemplo los textos originales y traducidos que llegaban de Europa. Por un lado, se buscaba, como en aquel continente, una identidad nacional que estuviese reforzada por una lengua y una literatura propias, pero, por el otro, como la lengua española seguía siendo un vínculo con la metrópoli y había una tarea aún incipiente en relación a la conciencia de los dialectos locales, la innovación en la literatura americana debía ser temática y la historia indígena y colonial tuvo un papel central en esta imaginación histórica.

11Más allá de los juicios de la obra de Barco Centenera de Félix de Azara y el Deán Funes, más o menos favorables, tanto De Angelis como Gutiérrez van a considerar la validez documental de la historia en verso.

12En ambos casos, he realizado un trabajo de archivo que da cuenta de estas lecturas y fichajes previos para la elaboración de estas dos obras.

13A continuación, se reproduce un canto cercenado de Barco Centenera: en los versos elegidos se habla de "la turbación y espanto" (Barco Centenera, 1854: 300), "y con temor y miedo" (196), "Y fue concierto hecho de morenos/que al blanco tienen tantos desamores/cuanto son diferentes colores" (300).

14En relación al lugar del indígena en la sociedad colonial e independiente, a pesar de la violencia de las expediciones al Río de la Plata, los indígenas comenzaron a formar parte de la ciudadanía criolla con su participación en hitos relevantes de la vida colonial y la independencia. Los indígenas de las ciudades rioplatenses fueron, largo plazo, considerados ciudadanos con igualdad de derechos como en otros lugares de América, aunque hubo una evidente desigualdad de facto (Hernández, 1992: 207). Desde luego, nunca existió la intención de respetar su organización, usos y costumbres, sino que el plan de integración debía hacerse mediante la plena asunción de la «vida civilizada» por parte de estas colectividades, y su diferencia étnica debía desaparecer con el blanqueamiento poblacional (Quijada, 2001: 70) y las campañas sucesivas y los exterminios, como es el caso de la matanza de Salsipuedes, en Uruguay, en 1833. Si bien hubo una búsqueda de unidad identitaria a través del simbolismo incaico durante el período de la independencia, en la práctica, el indígena fue desplazado de la construcción de la historia y sus reivindicaciones eran un obstáculo para alcanzar la soberanía del territorio para los gobiernos liberales.

15Desde La cautiva de Echeverría al Martín Fierro de Hernández, los indígenas aparecen representados en colectivo y signados, en su mayoría, por la barbarie. Solo en Una excursión a los indios ranqueles la configuración dicotómica civilización-barbarie es puesta en tela de juicio: en este relato los indígenas son representados desde una perspectiva un tanto singular. Con todo, al margen de las novelas y poemas inspirados en el relato de Lucía Miranda, en Argentina hay escasos ejemplares de novela romántico-sentimental cuyos personajes principales sean indígenas. Un caso paradigmático es La chiriguana (1877) de Josefina Pelliza de Sagasta.

16El relato sobre la captura de Lucía Miranda, el enamoramiento de uno o dos aborígenes (según la versión) y la muerte de los esposos Hurtado a manos de los timbúes aparece también en los historiadores jesuitas de los siglos XVII y XVIII Pierre F. de Charlevoix, José Guevara, Pedro Lozano y Nicolás del Techo. También el episodio aparece mencionado en la Descripción de Félix de Azara y en el Ensayo del Deán Gregorio Funes. También es origen del drama en verso Siripo (1786) de Manuel José de Lavardén y otra obra de teatro, Siripo y Yara o El campo de la matanza (1813) de Juan Ambrosio Morante, publicados en Buenos Aires. Las reelaboraciones novelísticas de Rosa Guerra y Eduarda Mansilla, ambas aparecidas en 1860, se completan con la de Malaquías Méndez, Lucía. Leyenda histórica (1879). Además de las obras de Guerra, Mansilla y Méndez, la saga continuó con el drama de Miguel Ortega, Lucía Miranda (1864), el poema de Celestina Funes, "Lucía Miranda" (1883), Lucía de Miranda o La conquista trágica: novela histórica americana (1918), de Alejandro R. Cánepa, el cuento "Vida de Lucía de Miranda" de Enrique Popolizio (1929) y la novela de Hugo Wast, Lucía Miranda (1929). En Uruguay, uno de estos dos caciques da nombre al poema de Alejandro Magariños Cervantes, "Mangorá" (1854), publicado en Brisas del Plata (1864).

17Sobre Juan María Gutiérrez, la reelaboración de la leyenda sobre la flor sensitiva, ver Ortiz Gambetta (2016) y sobre el interés de este autor por la lengua y mitología de los guaraníes, ver Salto (2010) y Pas (2010).

18Magariños Cervantes también escribió sobre la conquista del Río de la Plata, la novela La vida por un capricho. Episodio de la conquista del Río de la Plata (1865).

19En la novela Caramurú hay una referencia a esta acción militar como "necesaria esta medida, inicua si se quiere, pero disculpable hasta cierto punto, tratándose de unos hombres tan crueles y tan pérfidos como los charrúas" (Magariños Cervantes, 1865: 90).

20Roxlo plantea un concepto más purista de literatura, con lo que solo hará referencia a las obras teatrales y de lírica en cuanto archivo colonial del Uruguay. Solo la Historia de la literatura uruguaya de Capítulo se encarga de considerar otras obras del acervo local.

Recibido: 27 de Noviembre de 2017; Aprobado: 25 de Enero de 2018

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