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Idesia (Arica)

versión On-line ISSN 0718-3429

Idesia vol.33 no.3 Arica ago. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-34292015000300001 

 

EDITORIAL

Pequeña agricultura, desarrollo tecnológico y universidades regionales

Jorge Arenas Charlín

Doctor, Ingeniero Agrónomo
Facultad de Recursos Naturales
Universidad Arturo Prat
Iquique, Chile

 

En Chile, y durante muchos años, la agricultura de exportación ha sido un ejemplo de desarrollo tecnológico y transformación para acceder a nuevos mercados y competir eficientemente con los productores de otros países del mundo.

La pequeña agricultura ha sido referente de un sector económico con escasa inserción en los mercados y que, de acuerdo con muchos "entendidos" economistas son un sector muy poco eficiente de la economía nacional. ¿Y por qué ocurriría esto? Sin duda que no existe una respuesta única, pero una de las principales es la cada vez mayor brecha entre las demandas del entorno y las capacidades de satisfacerlas que han transformado a la pequeña agricultura en una actividad cada vez menos reactiva a las demandas del entorno. Surge entonces una pregunta, ¿tiene alguna opción de desarrollo y sustentabilidad la pequeña agricultura del norte de Chile?, sin duda que con el entorno actual la respuesta sería que es algo muy difícil de concretar.

Si a comienzos de los 60 los responsables de la agricultura nacional se hubieran preguntado respecto de las posibilidades que la agricultura de exportación tendría para Chile, seguramente muchos habrían dicho que ninguna. Sin embargo los gobiernos de la época (en un comienzo Jorge Alessandri y fundamentalmente Eduardo Frei) decidieron hacer una apuesta de futuro, logrando que durante un período muy superior a una década, cambiara a la agricultura nacional, transformándola en otro eje de desarrollo para nuestro país. Un caso emblemático es el valle de Copiapó, si uno lee descripciones del valle de comienzos de los 60, se encontraría con una realidad muy parecida a lo que ocurre hoy en muchas quebradas con agricultura de nuestro norte. Fue el "plan Copiapó" el que le cambió la cara a ese valle, un plan con recursos del Estado y que, en el lapso de una década, transformó un valle en donde predominaba una agricultura de subsistencia, a uno en donde existiese una agricultura dinámica y de exportación. Lo anterior no fue una casualidad, fueron gobiernos con visión de futuro, al menos para la agricultura. Sin embargo, y en forma paralela a lo anterior, en el país se desarrolló una agricultura sin una relación tan directa con los mercados, correspondiendo a pequeños productores, entre los que predominaban las tecnologías poco eficientes y un virtual abandono por parte del Estado.

Hace unas decenas de años la respuesta antes señalada fue denominada como una "agricultura dual", es decir, que ante un mismo estímulo externo, un grupo de agricultores rápidamente respondió a las demandas del mercado y otros no, definiendo durante esos años (comienzos de los 80 del siglo pasado), diversas formas de trabajo con la agricultura. Un sistema de trabajo fue con la agricultura de exportación, o con aquella que se podía integrar fácilmente con las demandas generadas por los mercados locales. Para este tipo de agricultores se definieron una serie de subsidios. En investigación, con fondos como el Fia y Fondef (década de los 90), principalmente, los que han contribuido al desarrollo tecnológico de los agricultores, los cuales podríamos caracterizar como empresarios. Paralelo a lo anterior se crearon instituciones como ProChile, que apoyaba los esfuerzos de exportación de los agricultores. ¿Y qué ocurrió con los pequeños agricultores? A comienzos de los 80 se crearon los programas de transferencia tecnológica (PTT) que partían del supuesto que la menor rentabilidad de los pequeños sistemas agrícolas solamente se basaba en el desconocimiento, por parte de los agricultores, de mejores tecnologías de producción, que optimizarían sus sistemas productivos y que, por lo tanto, con un efectivo programa de transferencia tecnológica aumentarían sus rendimientos y, consecuentemente, se incrementarían sus ingresos, con lo cual se aseguraría que saldrían de la pobreza. No obstante lo anterior, después de muchos años de aplicarse estos programas de transferencia tecnológica, un gran número de agricultores del país aún continúa sumido en la pobreza, es más, están sometidos a una serie de dinámicas que solamente agravan su condición de pobreza y favorecen la emigración

Existen dos conceptos que debieran estar estrechamente relacionados entre sí, estos son investigación agrícola y transferencia tecnológica. Mediante la investigación se busca la solución de problemas productivos, en donde, al alcanzarse las soluciones técnicas buscadas, estas debieran ser transferidas eficientemente a los agricultores mediante el proceso de transferencia tecnológica. Ahora, el proceso de transferencia retroalimentará a la investigación con nuevos problemas productivos que deberán ser solucionados y transferidos y así sucesivamente. ¿Funciona así el sistema en nuestra agricultura? Una parte de la agricultura nacional se ve beneficiada con este sistema de mejoramiento productivo continuo, sin embargo, los pequeños productores solamente reciben la transferencia pero de conocimientos generados desde y para otras realidades productivas. Por ejemplo, si consideráramos una solución técnica desarrollada para la zona central del país y que optimizara el riego para una empresa exportadora, lo más probable es que esa solución tecnológica no sea de utilidad para el pequeño agricultor de nuestra precordillera o altiplano. ¿Y por qué entonces, en muchas ocasiones, a los pequeños agricultores se les transfieren tecnologías que no les son apropiadas para sus sistemas productivos? Uno de los motivos principales es que estos agricultores no tienen la opción de contar con un sistema de desarrollo de tecnologías apropiadas y que sea financiado por el Estado, situación que sí existe para los medianos y grandes productores. De manera inexplicable, esta gran inequidad, que ya permanece por decenas de años, se ha mantenido, casi inalterable, a pesar de transcurridos diversos gobiernos desde la época del presidente Pinochet hasta el actual gobierno. Por lo anterior, no es de extrañar que, en el transcurso del tiempo, haya sido muy difícil para los pequeños productores incrementar sus potencialidades productivas, ya que, de manera importante, han estado ajenos al proceso de mejoramiento tecnológico, el cual sí ha beneficiado a otro tipo de productores.

A nivel nacional, las universidades son las instituciones que realizan el mayor desarrollo de ciencia y de tecnologías, ya que cuentan con investigadores de alto nivel y experiencia, laboratorios y unidades experimentales, y con los equipamientos suficientes para sustentar el proceso investigativo. No obstante lo anterior, es conveniente preguntarse, ¿cuál ha sido el rol de las universidades regionales en el desarrollo de tecnologías para los pequeños productores? ¿Habrán contribuido a disminuir significativamente la pobreza rural? Como académico de una universidad regional, con pena y dolor habrá que señalar que, por lo menos para el norte de Chile, las universidades del Estado no han sido agentes efectivos para combatir la pobreza rural, y esto se justifica, principalmente en tres razones. Una primera explicación se fundamenta en que las universidades estatales de regiones no son consideradas por el Ministerio de Agricultura como instituciones asociadas ni forman parte de los procesos regionales de decisiones, aun cuando estas instituciones de educación superior cuenten con profesionales altamente calificados en la agricultura regional y esta exclusión implique el asociarse con instituciones externas a la región, pero que son parte del protocolo regional y nacional del sector agrícola, a las universidades principalmente se les considera generadoras y ejecutoras de proyectos. Una segunda explicación es que una de las actividades principales de la vida universitaria, la acreditación, principalmente valoriza aquellos proyectos que privilegian la investigación de avanzada, como los proyectos Fondecyt, o proyectos como los Fondef que requieren de contrapartes en efectivo de los beneficiarios, en este caso los agricultores, cosa que es algo imposible para un pequeño productor. Por último y, coincidentemente, los fondos públicos disponibles para investigación privilegian aquellos agricultores que ya poseen sistemas productivos con altas rentabilidades potenciales, con lo que los pequeños productores no tienen acceso a estos subsidios. Un comentario especial se debe hacer para los proyectos FIC, que se financian a partir de los royalties de la minería, la imposición que estos sean proyectos que no tengan una duración mayor a los 2-3 años, implica que los resultados encontrados no solucionarán problemas de fondo para los pequeños productores. Con todo lo anterior y considerando que las universidades públicas solamente reciben del Estado una parte menor de su financiamiento, explica que deban priorizar la búsqueda de recursos externos para el financiamiento de las actividades de investigación, los que, en su mayoría, son subsidios que no favorecen a los pequeños productores.

En estos momentos, en el parlamento se discute el futuro rol de las universidades públicas, en donde se habla de un 100% de financiamiento por el Estado. ¿Se redefinirá también el rol de las universidades como generadores transversales de conocimiento? ¿Implicará el nuevo rol universitario que, con todas sus capacidades y con los recursos necesarios, se podrán transformar en un agente principal y relevante para contribuir a la solución de los problemas de quienes más necesitan de nuevas tecnologías productivas, los pequeños productores agrícolas? Sin duda que si lo anterior ocurre, nuestras universidades regionales podrán cumplir, en plenitud, el rol de ser palancas de desarrollo principales para las regiones en donde estas se encuentran insertas, generando, por intermedio de la creación de soluciones productivas apropiadas, una mayor efectividad de los subsidios que el Estado destina a la investigación y desarrollo productivo.

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