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Idesia (Arica)

versión On-line ISSN 0718-3429

Idesia vol.36 no.4 Arica dic. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-34292018005002304 

EDITORIAL

Energía solar: nuevos desafíos para el desarrollo y crecimiento sostenible de la agricultura en zonas desérticas

Eugenio Doussoulin-Escobar1 

Yurilev Chalco-Cano2 

1 Facultad de Ciencias Agronómicas. Universidad de Tarapacá. Arica, Chile.

2 Facultad de Ciencias. Universidad de Tarapacá. Arica, Chile

Desde los albores de la historia, el sol ha acompañado con su luz y calor la actividad del hombre. De hecho, en las culturas primitivas lo consideraban como un elemento único pues, al contrario de las estrellas, que aparecían fijas en el firmamento, cada día trazaba el curso desde el amanecer hasta el ocaso, como única fuente de luz y calor. Por ello le atribuyeron propiedades excepcionales y construyeron observatorios y lugares de culto como los megalíticos de Stonehenge en Inglaterra (2200-1600 a.C.) y Carnac (6000-2000 a.C.) en Francia. Aún más, el sol ha sido considerado por diversas culturas como una deidad, como es el caso de Amon-Ra, dios del sol y de la vida en el antiguo Egipto; Helios en la mitología griega; Tonatiuh o Tonatiuhtéotl para los aztecas; Inti para los inkas del Tawantinsuyu y Willkakuti para los aymaras, que esperaban cada 21 de junio “el retorno del Sol”, para así comenzar un nuevo tiempo en la vida de las mujeres y hombres del altiplano andino.

El Sol se formó hace aproximadamente 4.600 millones de años y la aparición de los primeros primates sobre la Tierra, que fueron la base evolutiva de la especie humana actual, ocurrió hace unos 70 millones de años. En el periodo neolítico, la economía de las sociedades humanas evolucionó desde la pesca, caza y recolección de frutos hacia el desarrollo progresivo del cultivo de la tierra, cuyo inicio se sitúa 10.000 a.C. Este proceso se atribuye a crecientes necesidades de alimentación para una población ya en aumento, la cual se basó inicialmente en diversas gramíneas como el farro, el trigo escanda y la cebada, y luego los guisantes, lentejas, garbanzos y lino. Ya en aquella época y tal vez en forma intuitiva, el ser humano consideraba la influencia del sol, la luna y otros astros sobre las distintas tareas agrícolas.

En la Antigua Grecia, Aristóteles propuso una hipótesis que sugería que la luz solar estaba directamente relacionada con el desarrollo del color verde de las hojas de las plantas, idea que inicialmente no fue considerada. Diversos científicos avanzaron progresivamente a través de los siglos en distintos frentes del conocimiento, respecto a la fotosíntesis, y en el año 1942 el químico Melvin Calvin detectó la secuencia de reacciones químicas generadas por las plantas al transformar dióxido de carbono gaseoso y agua en oxígeno e hidratos de carbono, lo que en la actualidad se conoce como ciclo de Calvin. Ello le valió el Premio Nobel de Química 1961. Este descubrimiento, junto con otros notables avances en la ciencia, ha permitido concluir que la luz solar, además de cumplir un rol crucial en la fotosíntesis, es determinante en otros procesos claves para el desarrollo y crecimiento vegetal, tales como la fotomorfogénesis y el fotoperiodo.

Si nos situamos en el norte de Chile, resulta altamente interesante observar que la radiación solar incidente, del orden de 7,15 Kwh/m2 en superficies horizontales, derivados de la transparencia de la atmósfera y del importante número de días con escasa o ninguna nubosidad, solo es superada a nivel global por la región de Marigat, Kenia. Ello provee excepcionales condiciones para la producción de energía a partir de la radiación solar y constituye un permanente desafío para la innovación tecnológica en agricultura. Lo anterior dice relación con el elevado potencial fotosintético derivado de esta condición, expresado en la alta capacidad de producción de biomasa vegetal, con valores del orden de 2 kg de materia seca por m2/ año, lo que duplica los valores determinados en la zona sur del país.

Por ello, aun cuando se ha avanzado en forma importante en el desarrollo de la agricultura en el norte del país, todavía existe un potencial solo parcialmente utilizado, en lo pertinente al cabal aprovechamiento de las altas condiciones de irradiación solar en vastas extensiones. Ello ineludiblemente debe asociarse con aplicaciones tecnológicas avanzadas en cada uno de los factores productivos, particularmente aquellos asociados al ecosistema árido desértico imperante, como el uso inteligente del agua y el manejo del estrés iónico, para el logro de resultados notables en términos de producción y productividad agrícola, en forma sostenible y rentable. A nivel internacional, la producción de cultivos en invernaderos, en zonas áridas, sin duda ya no es noticia. Sin embargo, es importante destacar la avanzada tecnología que ya se está aplicando en la región árida australiana de Port Augusta, con la puesta en marcha de prototipos de invernaderos en el desierto, que con el aporte de la luz del sol y el agua obtenida a partir de la desalinización de agua de mar, están permitiendo el cultivo de tomates con manejo orgánico, en sustratos con fibra de coco, ya en forma comercial. Lo brevemente indicado permite visualizar los notables desafíos, oportunidades y proyección futura para nuestra región en este ámbito, más aún en el escenario de incerteza global determinada por el cambio climático, focalizando estrategias corporativas plasmadas en crecientes emprendimientos e inversiones de desarrollo agrícola en áreas desérticas, iniciativas insospechadas en décadas pasadas.

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