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Revista de filosofía

versión On-line ISSN 0718-4360

Rev. filos. vol.76  Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602019000200277 

Reseñas

Cristóbal Holzapfel. Nada. Y un anejo sobre la nada según Max Stirner (Miguel Carmona)

Juan José Fuentes1 

1Universidad de Chile. Chile

Holzapfel, Cristóbal. 2018. Nada. Y un anejo sobre la nada según Max Stirner (Miguel Carmona). Santiago: Ril Editores,

Este nuevo libro de Cristóbal Holzapfel, el décimo tercero de su prolífica producción, está compuesto por 53 apartados. Se trata de pequeños capítulos en que dirige su atención a lo que podríamos llamar los distintos modos en que la “nada” –sea como ‘fenómeno’, ‘noción’, ‘experiencia’ u ‘horizonte’– se deja interrogar filosóficamente. Disquisiciones, que pueden ser leídas de manera concatenada o independiente, y que si bien son breves en extensión son capaces de evocar la vastedad de su ‘objeto’.

A partir de lo que han sido los conceptos clave de la propuesta filosófica de Holzapfel en sus últimos libros –probablemente desde A la búsqueda del sentido (2005) en adelante–, a saber, ‘Ser’, ‘sentido’, ‘límite’, ‘vía negativa’, etc., él emprende, en esta ocasión, un itinerario que rastrea las implicaciones ontológicas, cosmológicas y antropológicas subyacentes a las distintas manifestaciones con que la pregunta por la nada –o la ausencia de ella– perturba la historia de la filosofía occidental.

En esta obra, Holzapfel postula que es posible reconstituir una especie de ‘historia filosófica de la nada’ que atravesaría en su desarrollo tres estadios o fases: 1. ontológica, 2. epistemológica y 3. existencial. La presencia temática de la nada en la historia de la filosofía comenzaría con Platón para quien la nada o, para respetar la precisión del autor, el ‘no-ser’, se muestra como “diferencia” (διαφορὰ) y terminaría con la nada como “indiferenciación” y anonadamiento (Nichtung) en Heidegger.

Ahora bien, a pesar de este telón de fondo historiográfico, es claro que el acento del libro está puesto en la nada no solo como coordenada del decurso de la historia de la filosofía, sino especialmente como hito existencial y pivote de la experiencia humana singular. Es, sobre todo, a partir de ese enclave que la cuestión del vínculo entre sentido y nada vuelve una y otra vez en la obra.

Probablemente sea esto lo que justifica que, ya desde el primer capítulo, Holzapfel insista en que así como el punto de partida de la filosofía contemporánea se vuelve en el siglo XX la cuestión de la propia vida singular, única e irrepetible –mi vida–, como también su gesto de no limitar la pregunta por la nada al campo de sus expresiones filosóficas, sino más bien abrirla a la huella que esa nada deja en la intransferible experiencia que tenemos de nosotros mismos como seres individuales. Lo que Holzapfel llama “aquello que nos pasa con la nada” (p. 19) y que se plasma, para nuestro autor, en la experiencia de la “pérdida de sentido” (p. 12).

La mayoría de las veces la nada es una mera latencia en nuestras vidas. Cuando adviene lo hace como interrupción de esa donación de sentido que funciona sin alteración en el flujo de nuestras vivencias personales o de nuestras interacciones con los otros. Así, un vehículo paradigmático de la emergencia de la nada en la tranquilidad sin novedad de lo cotidiano sería, según Holzapfel, la cuestión de la muerte como horizonte final de la propia vida. “Cada cual lleva la nada consigo –dice Holzapfel– simplemente porque ha de morir” (p. 20); antesala de esta consciencia son lo que podríamos llamar con Jaspers “experiencias límite”. Experiencias en donde el continuum del sentido se interrumpe y la nada se experimenta como anticipación de la propia finitud en sus diversas formas.

Pero habría también, para Holzapfel, otras irrupciones de la nada donde ella se hace signo de la presencia del límite, pero, sobre todo, de su transgresión más allá de la propia experiencia personal: la relación tiempo-espacio, la praxis, la relación con el otro, el juego, el humor. Todos estos espacios serían para Holzapfel instancias de interrupción de la cerrazón sobre sí mismos del ser y del mundo. Es por eso que es destacable en el libro el hecho de interrogar estos ‘bordes’, como espacios de “suspenso” del sentido y de lo cotidiano. Así declara, por ejemplo, que “...la cuestión del intersticio, del justo medio, del equilibrio, de la ingravidez (...) nos llevó a explorar en el terreno ético, estético, humorístico y lúdico” (p. 94). Se sigue de esto que experimentamos la nada entonces no solo en la pérdida de sentido que significa la consciencia de la propia finitud sino también en su desborde, en lo impersonal y lo colectivo.

Pero quisiera concentrarme en esta reseña en lo que hay de ‘apuesta’ en este libro. Lo que me parece el corazón de la reflexión de Holzapfel, si bien solo enunciado y no desarrollado. Eso que él llama no solo en este libro, sino ya antes en otros: El “pensar negativo”.

Queriéndose heredero del proyecto final de Heidegger y considerando como horizonte propio el problema de la superación de la metafísica, Holzapfel intenta pensar, desde el lazo entre nada y sentido, un cierto imperativo ético que incluya las posibilidades prácticas de un pensar más allá de la diferencia sujeto-objeto. Allí donde la filosofía termina y la nada como anonadamiento se abriría no solo como una posibilidad teórica fértil sino como un ejercicio del individuo sobre sí mismo. ¿En qué consistiría este pensar negativo? ¿Dónde se enraíza?

Holzapfel afirma, luego de describir dispersamente sus intuiciones detrás de este nuevo tipo de pensamiento, lo siguiente: “Lo que hemos propuesto como vía existencial negativa... remite a la primera forma de lo que podríamos llamar “pensar negativo” en Occidente, esto es, a Dionisio Areopagita, el Pseudo-Dionisio...” (p. 33). Esta invocación a Dionisio parece hacer referencia a lo que podríamos denominar una ‘ontología negativa’ y una ‘antropología negativa’ a través de las cuales el Areopagita concebiría el camino de la mística como un doble movimiento de negación: 1. El desasimiento del lazo del alma con las creaturas (ontología negativa) y, más importante aún, 2. El desasimiento del lazo del alma consigo misma (antropología negativa). Ahora bien, en el Pseudo-Dionisio, este doble anonadamiento tiene en vistas suprimir los obstáculos que impiden al alma alcanzar la ‘unión mística’ con ese Dios que está más allá del ser y del intelecto, pero en el caso de un pensar postmetafísico como el querido por Holzapfel, ¿qué se tiene en vista con estos dos desasimientos?

Y antes, ¿cómo explicar estos desasimientos, en un pensamiento que se reclama también heredero de Nietzsche y de su nihilismo completo, es decir, de la transvaloración de todos los valores, y tanto más, de un pensar a-teológico como el mentado por Heidegger? Holzapfel realiza explícitamente una declaración de principio: “hacemos nuestro el criterio fenomenológico, cisfilosófico de la “filosofía del más acá” (diesseitige Philosophie) de Heidegger y procuramos seguir el curso de un “pensar sin Dios” (gottloses Denken)” (p. 64).

El pensar negativo aquí es entonces concebido como una ascesis teórica y práctica sin relevo. No hay unión con ninguna trascendencia ‘después’ del desapego. Holzapfel afirma sentencioso: “...siguiendo esa vía negativa existencial, te habrás vinculado con la nada, con la nada de todo lo que has abandonado...” (p. 28). La vía negativa existencial recogería entonces las lecciones de este itinerario del desapego que no tiene ni un ‘para qué’ ni ninguna redención.

Hacia el final de la obra este desapego es definido como sigue: “El pensar negativo, pues, en todas sus formas, tiene que estar siempre arrancando y retornando a la negatividad de la no representación y la no valoración de lo que fuere” (p. 145). De esta manera, Holzapfel, que ha reconocido tres estadios de la nada: ontológica, representacional y existencial, parece estar implicando en esta ruta práctica suya la misma secuencia: a) La no reificación del devenir, b) la supresión de la relación sujeto-objeto y finalmente c) la supresión del carácter definitivo de toda valoración.

Así, el examen de la nada en la historia de la filosofía emprendido en el libro apuntaría más bien a desentrañar la ‘negatividad’ que abrigan, en su fondo, las concepciones del ser como diferencia, como potencia, como consciencia, como fenómeno o disponibilidad objetual a través de la historia de la filosofía. Tales momentos consistirían, parece querer proponer Holzapfel con Heidegger, no solo en distintos modos de privilegio del ente sobre el ser y su consecuente ‘olvido’, sino también en la subversión de ese privilegio que implica el lazo ineluctable entre ser y nada urdiendo también ella la trama de la historia de la filosofía.

Así, al contrario de Heidegger, Holzapfel parece pensar este momento no como un impasse aparentemente irremontable en la historia de la metafísica, sino más bien como el umbral a partir del cual esta ‘nada’ entre el ser y el hacer del hombre, por así decir, permite un salto por encima de lo que Derrida llamaría la “metafísica del ser como presencia”, salto que no tendría otro terreno de disputa que el de la praxis. Frente a la nada del sentido y el fracaso del pensamiento metafísico no cabría, al parecer, la acción, pero, ¿qué acción?

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