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Izquierdas

versión On-line ISSN 0718-5049

Izquierdas (Santiago)  no.34 Santiago jul. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-50492017000300203 

Articles

El imaginario geográfico de José Carlos Mariátegui: de las diferencias de ambiente a la coexistencia política revolucionaria

José Carlos Mariátegui’s geographic imaginary: from ambience differences to revolutionary political coexistence

Rodolfo Quiroz Rojas* 

*Chileno. Licenciado en Geografía (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso). Magíster en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Chile). Académico del Departamento de Geografía de la Universidad Alberto Hurtado.Chile. roquiroquiroz@uahurtado.cl.

Resumen:

la obra del intelectual peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) abrió un profundo debate sobre la dependencia económica y las posibilidades de un marxismo latinoamericano. Actualmente, diferentes enfoques disciplinares siguen explorando los aportes del intelectual peruano al campo de las ciencias sociales y los estudios culturales, principalmente. Sin embargo, no existen abordajes geográficos contemporáneos que recuperen crítica y sistemáticamente su obra. Este artículo explora teóricamente la relación de Mariátegui con la geografía y propone una relectura crítica de sus consideraciones socio-espaciales en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana su obra trascendental, escrita allá por la década del veinte. Además, se revisan ciertos hitos de su itinerario intelectual y de la geografía peruana, que permiten comprender su proyecto teórico-político y su particular contexto de producción en tanto significado geográfico.

Palabras clave: coexistencia; ambiente; gamonales; regionalismo; diferencias geográficas

Abstract:

The work of Peruvian intellectual José Carlos Mariátegui (1894-1930) inaugurated a profound debate on economic dependence and the possibilities of Latin American Marxism. Currently, different disciplinary perspectives continue to explore the Peruvian intellectual’s contribution to the fields of social sciences and -particularly- cultural studies. However, there are no contemporary geographical approaches that critically and systematically recover his work. This article theoretically explores Mariátegui’s relationship with geography and proposes a critical rereading of the socio-spatial considerations in his seminal work, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (Seven Interpretive Essays on Peruvian Reality,1928). Likewise, the article reviews several biographic milestones from Mariátegui’s intellectual trajectory and Peruvian geography, which help to understand his theoretical-political project and its particular context of production as geographical meaning.

Key words: coexistence; ambience; chieftains; regionalism; geographic differences

Introducción

El 15 de Septiembre de 1923 el destacado escritor peruano, Cesar Falcón, envió un extenso documento a José Carlos Mariátegui desde Madrid. Era el inicio de una significativa polémica que afectaría a Mariátegui hasta sus últimos días, aunque la amistad perduraría pese a las diferencias1. Por ese entonces Mariátegui solo llevaba seis meses en Lima desde su regreso de Europa. “El conocimiento del ambiente -decía Falcón- puede resumirse en un concepto. Y siempre será mejor discutir sobre un concepto que una referencia notariada”2. El ambiente y la referencia notariada que alude Falcón, se relacionaba a la forma de comprender el funcionamiento del capitalismo por parte de Mariátegui, especialmente su diagnóstico de la economía política de la sierra y el lugar de las comunidades indígenas. La distinción conceptual que defendía Falcón, en efecto, presumía de una teoría de carácter universal, donde el ambiente no era integrado al procesamiento “científico marxista” pues adquiría nuevas formas que no podrían teorizarse:

Yo sostengo -insistía Falcón- que la idea básica, la idea comunista -conquista revolucionaria del poder, dictadura proletaria, etc.- debemos trasplantarla íntegra y disciplinadamente (…) Nosotros carecemos de los elementos representativos europeos; mas tenemos los propios. Si aquí la idea revolucionaria se expresa en el deseo de apoderarse, por ejemplo, de las fábricas, allí debe expresar el deseo de apoderarse de los latifundios. Esto es todo. La diferencia de ambiente no modifica sino las representaciones físicas de la idea. Pero no puede ser pretexto para modificar la ideología3.

El lugar de enunciación no puede ser desatendido en este epistolario. Falcón defiende una superioridad teórica desde Madrid por sobre cualquier diferencia de ambiente en Lima u otro punto del país andino, porque más allá de la existencia concreta de estas diferencias físicas, según él, ellas no alterarían el objetivo político revolucionario. Contrariamente, al distinguir el ambiente como una variable dentro del proceso capitalista peruano, Mariátegui no solo habría transgredido la “ideología” comunista sino que también había desobedecido transplantarla “íntegra y disciplinadamente” en América Latina. ¿Una crítica de contenidos, un llamado de “autoridad” dentro del canon, qué es lo que esconde este epistolario entre camaradas de la causa socialista? ¿Es solo un problema de interpretación del comunismo? Si bien existen varias tramas históricas que permiten comprender la lógica que envuelve este episodio, tales como el autoritarismo de la Internacional Comunista hacia sus cuadros, el centralismo democrático, la proliferación del marxismo como un dogma de carácter ortodoxo, etc., también existe trama de relaciones poco explorada. Se trata de analizar el ambiente como parte constitutiva de las diferencias geográficas del capitalismo, entre ellas, la pulsión ambiental de acuerdo a una relectura histórica del proceso de dominación y explotación en Perú.

Aunque suele darse más preponderancia a la temporalidad y colonialidad crítica, Mariátegui también desarrolló provocadoras relaciones geográficas físicas y humanas al momento de sumergirse en su crítica capitalista del Perú. Si ya en 1923 -como registra la carta de Falcón- Mariátegui tensionaba a los marxistas de su tiempo con sus referencias notariadas acerca la sierra y el sujeto indígena, en 1928 con la publicación de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, el problema seguirá escalando. ¿Por qué Mariátegui integraba una diferencia de ambiente dentro del diagnóstico del capitalismo? Como se desprende de la carta de Falcón, esta operación iba a contracorriente de los marxistas ortodoxos, quienes pensaban que la naturaleza y el ambiente estaban fuera de la historia y la conciencia humana4, por lo tanto, en ningún caso podría integrarse el ambiente dentro del comportamiento del capitalismo y, por consecuencia, menos podría ser integrado la estrategia revolucionaria. El ambiente aun cuando pudiera condicionar las prácticas o acciones humanas, seguía siendo parte de la naturaleza y no un problema del capitalismo. Es decir, el ambiente y la política eran dos campos científicos paralelos y coexistentes, sin contradicciones ni puntos de interacción.

Recordemos, “Si aquí la idea revolucionaria se expresa en el deseo de apoderarse, por ejemplo, de las fábricas -dice Falcón-, allí debe expresar el deseo de apoderarse de los latifundios”5. La idea comunista, por consecuencia, estaba epistemológicamente por sobre cualquier orden geográfico o físico. Sin embargo, implícitamente se relativizaba un problema de orden geográfico dentro del campo epistemológico del marxismo, aun cuando no era visto en estos términos: el lugar de la naturaleza y el espacio social en la teoría política marxista, o bien, cómo el momento espacial de la práctica revolucionaria afectaba el proceso completo de la estrategia al poder. En otras palabras, cómo el espacio geográfico particular -el territorio peruano- de la revolución condicionaba o tensionaba la vigencia de los principios universales que debiese defender ésta empresa -la conciencia de clase trabajadora-. Mariátegui enfrentó esta particular y trascendental problemática como ningún marxista de su tiempo.

En este artículo analizaremos cómo se articula la condición socio-espacial en el pensamiento de Mariátegui, reconociendo el marco de su geografía y su pretensión crítica de comprender el capitalismo peruano. De otra forma también es un relectura entre la obra de Mariátegui y la implícita espacialidad crítica de su proyecto analítico. Se proyecta un posible desplazamiento conceptual dentro de las categorías geográficas tradicionales que elaboró en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana [1928], su obra trascendental, escrita allá por inicios del siglo XX. Se indaga una correlación indirecta o diálogo intuitivo entre las consideraciones socio-espaciales de Mariátegui y la geografía crítica contemporánea6 para pensar el problema indígena, ya sea en sus versiones humanistas como marxistas provenientes de la tradición radical. Finalmente se propone una relectura política del espacio social que distingue Mariátegui, destacando el problema de la soberanía, la estructura de la tierra, las alianzas políticas del regionalismo y el debate de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana de Buenos Aires. No se trata que el campo geográfico haya sido el eslabón perdido o el fundamento central del proyecto epistemológico de Mariátegui. Sin embargo es evidente que la espacialidad social que distinguió y reelaboró en su obra, han sido permanentemente soslayadas dentro de sus estudiosos7, sin poder establecer diálogos con una perspectiva geográfica crítica. Retribuir y recomponer ese silencio es el principal propósito de este artículo.

Mariátegui y la geografía: hacia una problematización de investigación

Sumergida en una extensa colección de monografías literarias, historiográficas, sociológicas o politológicas, las proyecciones de orden socio-espacial y/o geográfico de Mariátegui no han sido desarrolladas dentro de una discusión epistemológica de la geografía a nivel latinoamericano8. Las relativas excepciones que abordan la relación teórica entre la geografía y el pensamiento de Mariátegui, pertenecen principalmente a los historiadores Augusto Ruiz y Cecilia Méndez, el antropólogo Javier Sanjinés y el filósofo Augusto Castro, además de aleatorios comentarios críticos referidos desde campos históricos, literarios y sociológicos. Cabe destacar que si bien estos autores proponen una lectura de elementos geográficos y/o espaciales dentro de Mariátegui, ninguna de estas anotaciones ha indagado el estatuto geográfico dentro de su obra, ni ha profundizado sus propuestas socio-espaciales en el horizonte de las geografías críticas contemporáneas.

En Mariátegui y el factor geográfico -probablemente la única reflexión destinada a reconocer el argumento geográfico dentro de Mariátegui-, Ruiz señala que existe “un aspecto desatendido” dentro de la obra de nuestro autor: “Me estoy refiriendo al hecho geográfico del cual Mariátegui tomó debida cuenta”9. Para el historiador peruano la formación geográfica de Mariátegui tendría una marcada influencia liberal y funcionaría como una importante racionalidad económica capaz de localizar y proyectar el crecimiento industrial de “las regiones”. Asimismo, dicha racionalidad también expresaría el desplazamiento de los principios deterministas a claves posibilistas debido al avance de la geografía francesa de la época. De estos materiales geográficos -dice Ruiz- Mariátegui se habría alejado de las posiciones marxistas, acercándose teóricamente con un “aire de familia”10 a las tesis liberales de Adam Smith y El origen de las naciones. Sin embargo, Ruiz desatiende las diferencias geográficas económicas de la estrategia política de Mariátegui, así como también desconoce la estructuración territorial del capitalismo peruano que propone Mariátegui frente al gamonalismo y el imperialismo. Es decir, Ruiz solo constata influencias tradicionales concernidas a la geografía económica y física en el marco de la localización liberal de las ciudades.

Más complejo en este sentido es el aporte de Sanjinés, cuando revaloriza el análisis histórico de Mariátegui para comprender la formación peruana, proponiendo un punto de encuentro con Gramsci. Basado en los estudios de Aboul-Ela11, para el antropólogo boliviano es sugerente ahondar en “la naturaleza espacial de ambos pensamientos” pues, justamente, existen “notales similitudes”12. Dice Sanjinés:

Tanto el texto de Gramsci Algunos aspectos de la cuestión sureña, como los Siete ensayos de Mariátegui, enfatizan no sólo el espacio, sino también las desigualdades políticas y económicas que generan las diferencias geográficas entre el norte y el sur, en el caso de Gramsci, y entre la sierra y la costa, en el caso de Mariátegui. Mientras Gramsci enfatizaba las desigualdades espaciales, Mariátegui las leía históricamente, temporalmente, como resultado del colonialismo y del imperialismo13.

Más allá de la similitud o la diferencia entre las reflexiones socio-espaciales de Gramsci y Mariátegui, el espacio geográfico descubierto por Sanjinés no se limita a una dimensión geográfica descriptiva o tradicional como en el caso de Ruiz, sino que se fundamenta por una dirección crítica del espacio. Se trata de un espacio social e histórico que se nutre por el comportamiento político del capitalismo y sus diferentes contradicciones. En este sentido el geógrafo inglés Edward Soja sostiene que Gramsci no “se planteaba una problemática espacial explicita como tal, pero sus fundamentos eran claramente evidentes en las relaciones espaciales implicadas en la formación social y en sus particularidades de lugar, localización y comunidad territorial”14. Estas ideas, desde luego, son también asimilables a la obra de Mariátegui. Sin embargo, a diferencia de Gramsci, Mariátegui debió enfrentar tanto al colonialismo-oligárquico como el fuerte eurocentrismo de los marxistas de su espacio-tiempo, en medio de una deteriorada salud que tempranamente apagó su vida. Aun así, la precisión de Soja es certera: para Mariátegui el problema de la geografía o la dimensión espacial del capitalismo no era un argumento explícito, pero se expresa en diferentes momentos tanto del diagnóstico como la propuesta política.

Cecilia Méndez sugiere que Mariátegui sedimentó “la idea de una geografía racializada (o de una raza asociada a una geografía)”15, buscando reconstruir una visión dualista y crítica del territorio peruano en Siete ensayos. La oposición histórica y racializada entre la costa y la sierra si bien cumple una función crítica del colonialismo, para Méndez también habría omitido diferencias raciales interregionales, tales como la presencia indígena en la costa o la tradición española en la sierra, volviendo esencialista una trama espacial de su propuesta. Más allá del soporte esencial o homogenizante de Mariátegui a la hora de dualizar el territorio peruano -crítica posteriormente realizada por geógrafos peruanos como Javier Pulgar16- lo interesante del rescate de Méndez es que la división geográfica del país se articulaba históricamente y no indiferente a una significativa trama de relaciones sociales y culturales que participan del problema de la dominación y la explotación.

Fernanda Beigel sostiene que el cambio de enunciación desde América Latina fue una característica propia de las vanguardias de la década del veinte, destacando “una especificidad en el encuentro con la experiencia andina”17. La demarcación del mundo andino que elaboró Mariátegui no solo representaba una actitud defensiva y analítica del contenido peruano frente a la homogeneidad europeizante, sino que también operaba como una frontera espacial transportadora de nuevos significados a disputar: un nuevo proyecto nacional “desde una oposición espacial, que distingue entre lo interno a lo externo, como lo peruano y lo extranjero”18, superando la modernidad eurocentrista que opacaba la realidad peruana y el nacionalismo tradicional que alimentaba una cultura xenófoba de sus raíces. Siguiendo esta línea Héctor Alimonda plantea que una de las grandes tareas que inauguró Mariátegui fue, precisamente, pensar una modernidad más allá de las estructuras económicas y las identidades políticas absolutas. Para Mariátegui la modernidad arrancaba desde la coexistencia de identidades y pluralidades sociales, posibles de articular en un horizonte socialista y un mito revolucionario: “Un proceso revolucionario -afirma Alimonda-, en todo caso, se vincula con la posibilidad de articulación de actores diferenciados, especialmente en presencia de situaciones geo-sociales altamente heterogéneas, como en la región andina”19. En este artículo trataremos de distinguir cuáles fueron las situaciones geo-sociales altamente heterogéneas que trazó Mariátegui más allá de la región andina, incorporando algunos de los elementos señalados anteriormente, pero centrándonos en la dimensión política del espacio social que observó.

Antes de entrar en ello, recordemos que durante el paso por Europa (1921-1923) Mariátegui estudió con heterogéneos autores y corrientes, volcándose a la tarea de comprender los enfoques del marxismo y, sobre todo, abriéndose al problema del socialismo desde América Latina. Antonio Melis sostiene que tras la discusión europea se realizó “uno de los cambios más profundos en el itinerario de Mariátegui”20: el paso de una formación intelectual urbana a otra capacidad crítica sensible a las estructuras rurales, indigenistas y provincianas. Mariátegui “percibe la existencia de una realidad más compleja -insiste Melis-, que no se identifica totalmente con el mundo urbano. Estas reflexiones, a su regreso, se aplican a la realidad peruana, con una sensibilidad profunda por su carácter contradictorio”21.

Las contradicciones del enfoque marxista de Mariátegui se fundaban en el uso creativo y libre del marxismo aprendido en Europa22 y otros programas analíticos una vez integrado en Perú: movimiento indigenista. De esta nueva etapa en 1926, Mariátegui y un grupo de intelectuales lanzó la revista Amauta, abriendo un dinámico debate sobre el carácter del marxismo en América Latina que, entre otras cosas, articuló a sectores obreros, indígenas y mineros que posteriormente fueron la base del Partido Socialista Peruano en Octubre de 1928. Una síntesis interesante de este pensamiento puede consultarse en su mensaje al Congreso Obrero en 1927, cuando Mariátegui definía el marxismo como:

un método fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad, en los hechos. No es, como algunos erróneamente suponen, un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, iguales para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales. Marx extrajo su método de la entraña misma de la historia. El marxismo, en cada país, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambiente, sobre el medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades23.

El hecho que la idea de ambiente esté explicitada dentro de la definición de marxismo de Mariátegui, no solo demuestra su particular búsqueda paralela a los marxismos dominantes sino la continuidad del problema del ambiente dentro de su crítica al capitalismo. Un fundamento del ambiente era el desarrollo de diferencias geográficas y territorios particulares de la lucha social peruana, que debía ser analizada “sin descuidar ninguna de sus modalidades”. El filósofo Augusto Castro destacó que una de las características centrales del pensamiento político de Mariátegui fue el “reconocimiento de la diversidad social, geográfica y temporal del mundo, que implica, además, tomar nota de estas diferencias”24. Las diferencias del ambiente, en efecto, permitían observar la estructura política peruana y ciertos desplazamientos del capital imperialista en alianza con los sectores terratenientes. Este pensamiento político se articulaba en la creación original de la Alianza Popular Revolucionaria Americana25 y su pretensión antimperialista y de reforma agraria en contra de los sectores liberales y europeizantes. Bajo esta dirección es interesante el ejercicio analítico de Mariátegui pues su trabajo hipotético incorpora tanto elementos cuantitativos como cualitativos, donde el espacio geográfico es envuelto coexistentemente desde las dinámicas del trabajo y la explotación económica, hasta las relaciones sociales de producción y la experiencia histórica y vivida de los sujetos sociales, siempre con el horizonte crítico del socialismo y la revolución. Veamos de qué se trata.

Las geografías tradicionales en Mariátegui

Tal como en Siete ensayos, las obras completas26 de Mariátegui demuestran que, por lo general, la geografía emerge para explicar la historia peruana y sus relaciones políticas y económicas. Lejos del fuerte positivismo científico y nacionalismo de la geografía de la época, Mariátegui omite la discusión del campo ni tampoco intercambia con los autores y obras de la geografía peruana. Aun cuando en sus escritos puedan encontrarse numerosas referencias a problemas fronterizos o menciones a los padres de la geografia moderna, Humboldt27 y Reclus28, estas reflexiones no son parte de los debates centrales de su marxismo o sus preocupaciones científicas.

La fuerte disputa entre geógrafos físicos y humanos que fraccionaba a la geografía occidental por aquellos momentos, no era un problema para la geografía de Mariátegui.

¿Qué piensa entonces Mariátegui sobre la geografía? En primer lugar, la geografía implica una función cartográfica estratégica del espacio nacional marcada por las condiciones naturales y/o económicas. Esta ubicación geográfica estratégica, además, formaba parte de un concierto desigual de intercambios económicos y políticos con el norte y las posibilidades de un liberalismo mundial:

Por su geografía -afirma Mariátegui-, unos estaban destinados a marchar más de prisa que otros. La independencia los había mancomunado en una empresa común para separarlos más tarde en empresas individuales. El Perú se encontraba a una enorme distancia de Europa. Los barcos europeos, para arribar a sus puertos, debían aventurarse en un viaje larguísimo. Por su posición geográfica, el Perú resultaba más vecino y más cercano al Oriente. Y el comercio entre el Perú y Asia comenzó como era lógico a tornarse considerable. 29

En este contexto la geografía adoptaba un posicionamiento estratégico y cartográfico que abría las necesidades de una geografía económica en tanto estudio de las relaciones comerciales y ventajas comparativas de la localización. Esta perspectiva altamente influenciada por el crecimiento económico, las distancias y el flujo de mercancías entre los territorios, se conectaría con la distribución y localización espacial estratégica de las ciudades. No obstante, la situación del Perú no puede ser menos desventajosa, aun no existe una producción espacial específica que promueva una planificación para nuevas formaciones urbanas:

Las ciudades -dice Mariátegui-, conforme a una ley de geografía económica, se forman regularmente en los valles, en el punto donde se entrecruzan sus caminos. En la costa peruana, valles ricos y extensos, que ocupan un lugar conspicuo en la estadística de la producción nacional, no han dado vida hasta ahora a una ciudad. Apenas si en sus cruceros o sus estaciones, medra a veces un burgo, un pueblo estagnado, palúdico, macilento, sin salud rural y sin traje urbano.30

Ahora bien, para Mariátegui no es el espacio geográfico en sí mismo un objeto de crítica como categoría de análisis, sino es la relación económica la que produce y guía la posible reflexión geográfica. Otra influencia tradicional importante, es el posibilismo y su concepto de región. Desligándose de los regionalistas peruanos, para Mariátegui la región debía proyectar las raíces históricas más allá de las estructuras administrativas del Estado, conteniendo, al mismo tiempo, un carácter excepcionalista basado en el tejido cultural histórico y las posibilidades de recreación y adaptación de los sujetos frente al medio. Las regiones no debían ser designadas por criterios técnicos o meramente institucionales, sino por “la tradición, el carácter, la gente y hasta la lengua”31. La herencia colonial y la función burocrática de las regionalizaciones implementadas en la República, serían dos claves fundamentales de las carencias del proceso económico del Perú:

Un regionalismo que se contente con la autonomía municipal -dice Mariátegui- no es un regionalismo propiamente dicho. Como escribe Herriot, en el capítulo que en su libro Créer dedica a la reforma administrativa, “el regionalismo superpone al departamento y a la comuna un órgano nuevo: la región”. Pero este órgano no es nuevo sino como órgano político y administrativo. Una región no nace del estatuto político de un Estado. Su biología es más complicada. La región tiene generalmente raíces más antiguas que la nación misma. Para reivindicar un poco de autonomía de ésta, necesita precisamente existir como región.32

Si bien el uso de la categoría de región es crítico en el contexto regional del Perú de 1928, el contenido regional no se aleja de los marcos teóricos de la geografía vidaliana de la época, aunque se matiza por las pretensiones marxistas de Mariátegui. La región era un producto histórico de las formas de habitar el espacio, es decir, implicaba prácticas culturales capaces de significar y producir un cierto tipo de orden geográfico o paisajes de vida, tal como pregonaría la escuela francesa de geografía en América Latina. De ahí la importancia de un espacio regional incaico en oposición a un espacio regional colonial y republicano que toleraba y negociaba con el Imperialismo. Ahora bien, el mayor uso del vocablo geografía en Mariátegui, sin duda, es su acepción física y natural de la superficie terrestre. Una condición geográfica natural que no necesariamente se coordinaba con la estructuración económica y política, aun cuando debiese integrarse en una lógica moderna avanzada. El uso de la categorización física de la geografía entonces se define en las formaciones internas del espacio geográfico soberano:

El Perú según la geografía física, se divide en tres regiones: la costa, la sierra y la montaña. (En el Perú lo único que se halla bien definido es la naturaleza). Y esta división no es sólo física. Trasciende a toda nuestra realidad social y económica. La montaña, sociológica y económicamente, carece aún de significación. 33

Estas concepciones físicas de las estructuras geomorfológicas -costa, sierra y montaña- provienen originalmente de la Geografía y descripción Universal de las Indias (1574) de Juan López de Velasco34 y otros cosmógrafos coloniales, sin embargo, prevalecen hasta avanzado el siglo XX en la educación geográfica peruana35. Más allá del esencialismo costa-sierra-montaña que supone esta división física, lo interesante es que también opera como una formación política y económica dentro de la crítica al capitalismo peruano. En otras palabras, el análisis geográfico sub-nacional físico que establece Mariátegui, también implica el reconocimiento de diferencias sociales que se recreaban históricamente en un correlato político. He aquí el sutil y desatendido desplazamiento espacial que entabla Mariátegui en su interpretación geográfica del Perú. ¿En qué consiste? Si bien Mariátegui no cuestionaba la categorización geográfica en sí misma, dado que se mantiene una visión tradicionalmente física del territorio peruano materializada en la dualidad costa-sierra y montaña. De otro lado, sí se comprometen los contenidos y desarrollos internos de dicha diferenciación geográfica, puesto que se explican, dibujan y reorganizan mediante un conjunto de relaciones económicas y políticas que configuraban dichos escenarios, es decir, por más que referenciara estructuras geográficas naturales estas mismas se historizaban, tensionaban, y describían en diferentes niveles de interacción. Lejos de encapsularse en lo regional o lo estrictamente natural, la geografía de Mariátegui se insertaba en una tierra fértil de relaciones sociales, históricas, económicas y políticas. Se trata de relaciones y operaciones analíticas de diverso alcance y que, a continuación, trataremos de espacializar y sistematizar en diálogo con las posiciones críticas de la geografía contemporánea. La operación teórica que proponemos es que implícitamente, Mariátegui va ir descubriendo espacialidades que funcionan como “relaciones de posición -no métricas- que establecen sujetos o grupos con acciones, con objetos y/o con otros sujetos a través de percepciones, vivencias, sensaciones, valoraciones y experiencias” 36, pero, en este caso, integradas persistentemente a la formación capitalista del y en el territorio peruano, explicando sus alianzas y contradicciones como bloque dominante.

La espacialidad indígena y los desarrollos geográficos desiguales

Es difícil imaginar que Mariátegui haya considerado elementos epistemológicamente geográficos a la hora de articular una defensa a las comunidades indígenas y sus diferencias cooperativistas y solidaridades agrarias. Sin embargo, si observamos el núcleo conflictivo que devela la importancia de las prácticas indígenas -el valor de uso colectivo-, podemos constatar la existencia de una particular contradicción de la economía política del espacio de la época, de la cual Mariátegui, una y otra vez critica. Se trata de la coacción de la tenencia oligárquica de la propiedad de la tierra sobre la relación productiva y simbólica de las comunidades con la tierra. En efecto, para Mariátegui el régimen de la tierra determinaba “el régimen político y administrativo de toda nación”37.

La permanencia de los derechos terratenientes en la Independencia solo fue posible puesto que se “conservó intacto sus derechos feudales sobre la tierra y, por consiguiente, sobre el indio”38. En Perú la burguesía todavía no lograba implementar un Estado liberal con un respectivo mercado y asalariados. De manera que las prácticas comunitarias indígenas siguieron recreándose, pero bajo nuevas condiciones. La sierra era el lugar por excelencia donde las prácticas comunitarias y solidarias aún se conservaban y producían. En la costa, por el contrario, se reproducía un orden liberal y autoritario del proceso republicano, pues era el espacio geográfico donde se localizarían los mayores grados de industrialización e inserción capitalista del país, mínimos pero indicadores. La expresión dual e histórica de las formaciones geofísicas demostraba también la existencia de relaciones de poder diferentes en el espacio social, pues la lucha por la tierra en la sierra no era homologable a la organización obrera en la ciudad. En efecto, la componente del terreno era fundamental para la reivindicación indígena y agraria. Sin embargo la tierra no se limitaba solo a una condición política y económica definida por el carácter de la propiedad hacendal en alianza con el capitalista, sino que también adquiría otro significado:

En una raza de costumbre y de alma agrarias -dice Mariátegui-, como la raza indígena, este despojo ha constituido una causa de disolución material y moral. La tierra ha sido siempre toda la alegría del indio. El indio ha desposado la tierra. Siente que “la vida viene de la tierra” y vuelve a la tierra. Por ende, el indio puede ser indiferente a todo, menos a la posesión de la tierra que sus manos y su aliento labran y fecundan religiosamente.39

Mariátegui se adentra aquí en la intersubjetividad indígena sugiriendo que “el indio” no podría vivir sin la tierra, siendo ésta su espacio íntimo, social y espiritual que le permitía fecundarla “religiosamente”. Esta relación íntima con la tierra que defiende Mariátegui, análoga a la idea de topofilia o amor a los lugares de Yi Fu Tuan40, conecta implícitamente a nuestro autor con las geografías humanistas de la década del sesenta y la defensa de la experiencia del lugar como un momento constitutivo de conocimiento. Pero en este caso se trata de una percepción espacial en clave política: el amor a la tierra del indio no solo enlazaba una legítima forma diferenciada de habitar el espacio, sino que implícitamente reconocía que dicha experiencia espacial era también una fuente de identidad socialista. Lejos de un idealismo ético, el amor a la tierra era coexistente a una reivindicación política por el espacio vivido: la tierra y su producción colectiva. Bajo los estudios de Castro Pozo, desde luego, Mariátegui valorizaba la producción internamente colectiva del trabajo indígena, pero además, distinguía que la forma económica indígena se desarrollaba con un “menor desgaste fisiológico y en un ambiente de agradabilidad, emulación y compañerismo”41.

Más allá del posible esencialismo del concepto de “emulación y compañerismo” que articula nuestro autor, el punto es relevante porque incorpora elementos económicos al mismo nivel de elementos morales y ecológicos, una producción diferenciada de la naturaleza asociada a la intersubjetividad indígena. Es decir, el hecho de desposar la tierra y laborar la tierra en forma colectiva, para Mariátegui representaba una totalidad social-material de la cosmovisión indígena, ampliable a un proyecto socialista revolucionario. En efecto, se trata de una forma particular de apropiación espacial, pero bajo el horizonte de una sociedad alternativa, donde la economía es “la obra de los que colonizan y vivifican la tierra; no de los que precariamente extraen los tesoros de su subsuelo”42. Este argumento de vivificación de la tierra, basado en los trabajos del economista francés Charles Guide (1847-1932), implicaba que la tierra no solo debía ser propietaria de los que la producen sino también por aquellos que la experimentaban en sus trayectorias internas, en la reproducción cotidiana indígena, en su manera de ser y significar en particular.

La forma de vivir arraigadamente la tierra conjugaba una producción de la naturaleza que no se instrumentalizaba por el trabajo. Para la ecología política contemporánea “la naturaleza es producida materialmente por medio de prácticas sociales”43. Para Mariátegui existe una conexión subjetiva e histórica entre la naturaleza y las prácticas sociales indígenas, distinguiendo allí un campo antagónico con las prácticas coloniales y liberales, destinadas a producir y extraer las riquezas naturales con un mero cálculo capitalista. La naturaleza era parte del proceso de vivir y producir la tierra indígena, por lo tanto, no estaba separado de su historicidad y los procesos sociales generales. De lo que se trataba, más bien, era de recuperar aquellas subjetividades que han defendido y practicado un uso colectivo y no contradictorio con la naturaleza y la tierra: las tierras comunales o bienes comunes, tal como análogamente lo infiere la ecología política contemporánea44. Con todo, es un hecho que Mariátegui reconocía una manera diferenciada y legítima de vivir la tierra por parte las comunidades indígenas, una forma alternativa de comprender y reconocer diferentes formas de producir la tierra, el espacio y el tiempo de una subjetividad indígena.

Ahora bien, ¿cómo fue posible defender estas prácticas indígenas si la crítica de Mariátegui debía centrarse en el capitalismo peruano y promover el socialismo? La viga fundamental del instrumento crítico que propuso Mariátegui fue la coexistencia de economías diferentes. De aquí arranca la base empírica y teórica del conjunto de contradicciones y relaciones del Perú a inicios del siglo XX. Esta expresión hipotética se ubica en el primer ensayo, Esquema de la evolución económica, momento cuando Mariátegui inicia su crítica al capitalismo y las histografias tradicionales:

En Perú -señala Mariátegui- coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la Conquista subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa, sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental, da la impresión de una economía retardada.45

Más que una elaboración teórica exacta o una epistemología del modelo capitalista, este clásico párrafo de Siete ensayos expone la intuición primordial de Mariátegui en tanto la particularidad del esquema económico peruano y la ruptura con el marxismo soviético y las historiografías liberales y republicanas. En Perú se desarrollaban relaciones particulares tanto en las técnicas de las fuerzas productivas, como también en las relaciones sociales de producción a lo ancho y largo del territorio peruano. Sin embargo, para Mariátegui todas estas diferencias pueden y debían ser conducidas desde una perspectiva socialista de horizonte revolucionario. Desde luego, no se trata que existan modos de producción paralelos o simultáneos, pero sí la prevalencia de diferentes relaciones de producción que se desarrollan con otras medidas de valor, fuera o complementariamente a la estructura del capital: las tradiciones colectivas indígenas y las permanencias coloniales.

David Harvey describe a la geografía crítica del capitalismo como una forma de palimpsesto, integrada “por adiciones históricas de legados parciales superpuestos unos sobre otros en múltiples capas”46. Bajo esta misma dirección, Mariátegui distinguió la superposición de tres naturalezas distintas de adaptabilidad económica al capitalismo, que también variarían de acuerdo a las formaciones geográficas naturales y regionales internas del Perú y la temporalidad de diferentes procesos económicos: a) la persistencia incaica de espacios indígenas agrarios y colectivos en los recintos gamonales; b) la continuidad de prácticas coloniales y gamonales de la sierra producto la concentración de la tierra; c) la emergencia de espacios capitalistas en la costa y potencialmente fuente de movimientos obreros. Fue en este contexto de innovación crítica que Mariátegui reelaboró una reflexión de la tierra como fundamento de la economía política peruana, reconociendo las formas económicas diferenciadas de integración del capital en Perú y sus espacialidades.

Las formaciones geográficas costa y sierra se superponían bajo relaciones de dependencia y subordinación que, simultáneamente, expresaban el déficit de unidad nacional en medio de significativos movimientos migratorios refractarios de un colonialismo interno47. Si bien la sierra y la costa históricamente eran dos momentos estructurales de los tipos de intercambio del Perú, ello no significaría que sus relaciones hayan sido monolíticas y estables. En la sierra, por ejemplo, los terratenientes siguieron conservando sus privilegios coloniales, mientras que en la costa se vieron forzados a generar contratos y pagar algún tipo de trabajo asalariado. Esta situación condicionó que las comunidades serranas persistieran, pero -como decíamos más arriba- bajo distintas condiciones que se reubicaban en el mapa peruano.

Una cuestión clave de este proceso de desarrollo geográfico desigual, es que la penetración capitalista había sido infructuosa producto de una resistencia de los actores terratenientes. Dicha oposición espacial se traducía en una combinatoria de prácticas semi-feudales y semi-capitalistas que en último término, facilitaba la postergación de los derechos liberales de las comunidades indígenas bajo las formas de yanaconazgo y el enganche. Estas categorías migratorias permitían advertir las contradicciones del proceso capitalista peruano, es decir, representaban el carácter heterogéneo del aún incipiente capitalismo que convivía con el latifundio en desmedro de las comunidades. El enganche permitía movilizar hacia la costa a aquellos indígenas serranos desprovistos de cualquier derecho social y que desesperadamente necesitaban un sustento para vivir, debiendo ofrecer su fuerza de trabajo en condiciones de precariedad absoluta. De igual modo la existencia y reproducción del yanaconazgo, también radicaba en las lógicas agrarias de las comunidades -vivificación de la tierra-, subsumidas en los gamonales. De modo que las posibilidades de crecimiento rural se relacionaban directamente con la existencia y distribución de pequeñas unidades agrícolas. Sin embargo, la costa peruana se caracterizaría por concentrar grandes hectáreas de propiedades terratenientes. Esta situación significaría que las “formas de yanaconazgo, aparcería o arrendamiento -según Mariátegui-, varían en la costa y en la sierra según las regiones, los usos o los cultivos”48.

La desigualdad estructural y espacial del capitalismo no solo estaba condicionada a la escasa proyección técnica de los terratenientes y sus alianzas ancladas en su precaria base productiva nacional sino que también estaba articulada a otro proceso más global y transnacional: la dependencia productiva del imperialismo. Para Mariátegui las dinámicas de la economía peruana todavía se subordinan a una lógica colonial, pues la oferta productiva respondía “a las necesidades de los mercados de Londres y de Nueva York. Estos mercados miran en el Perú un depósito de materias primas y una plaza para sus manufacturas”49. Las diferencias entre capitalismo y feudalismo dependían del grado técnico industrial y la nueva articulación global del Perú. No obstante, dentro del país andino se estructuraba una pugna fundacional entre 1) el derecho histórico a la tierra de las comunidades, 2) la libre circulación del capital iniciada con la Independencia y 3) la autoridad territorial del gamonal heredado de la colonia. A diferencia de Europa donde el burgo se conectaba directamente con los remanentes de la producción agraria, en el proceso económico nacional

la hacienda costeña -dice Mariátegui- produce algodón o caña para mercados lejanos. Asegurado el transporte de estos productos, su comunicación con la vecindad no le interesa, sino secundariamente. El cultivo de frutos alimenticios, cuando no ha sido totalmente extinguido por el cultivo de algodón o la caña, tiene por objeto abastecer al consumo de la hacienda50

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Mariátegui distinguía la nula interdependencia entre las ciudades y las estructuras terratenientes al interior del Perú, integrando la escala urbana y regional interna con los procesos de mercantilización global. El déficit de la formación capitalista peruana respondía a una urbanización desintegrada o incompleta de los circuitos agrícolas que, contrariamente, se desarrollaban bajo una lógica de aislamiento, autárquica y desagregada. Esto significaba que la economía extractiva producía sus propios enclaves agrícolas que cercenaban el territorio regional, reconociendo primero a un mercado externo aliado de las formas de producción de las viejas clases terratenientes, que a los propios circuitos y encadenamientos productivos locales y provinciales. Esta hibridación sin duda obstruía el desplazamiento de los flujos regionales o sub-nacionales y permitía un escaso poder competitivo de las mercancías intra-regionales, siendo sus producciones locales incapaces de constituir un intercambio de proyección nacional. Mariátegui cuestionaba la lógica autárquica de la producción de alimentos de la “hacienda costeña”, distinguiendo las contradicciones internas -regional y provincial- que provocaba dicha economía. Se develaba así el carácter anti-soberano que condicionaba la apertura de los capitales extranjeros y sus estratégicos aliados aristocráticos. La reproducción imperialista definía el atraso técnico y productivo, además de profundizar el proceso de concentración de tierras y exportación de productos primarios, tales como el algodón y la caña, que en ninguna medida revitalizaban la economía.

En definitiva, el modelo de coexistencia económica de Mariátegui revelaba la desigualdad estructural del capitalismo peruano y su incapacidad de desarrollar un sector industrial y obrero de mayores tecnologías e independencia financiera. Se trataba de una forma de desarrollo geográfico desigual que, siguiendo a Harvey, permitía que las diferencias fueran integradas sin tener que imponer punitivamente “la homogeneización general alcanzada mediante el trabajo asalariado y el intercambio de mercado”51. De este modo las diferencias geográficas peruanas eran fundamento activo del capitalismo y casos de estudio para Mariátegui.

Espacio y política en el proyecto mariateguiano

Paralela a la relación subjetiva de la tierra del indio, Mariátegui identificó la existencia de mecanismos de control espacial que reproducían la negación del Estado soberano y el despojo y coacción sobre las comunidades. En efecto, la Compañía de Subdivisión Agraria era un completo fracaso y estaba circunscrita “a pocos valles”52 advertía Mariátegui. La profunda concentración de la tierra republicana consolidó una desigualdad económica que tensionaba las políticas del Estado peruano que no había podido fraccionar a las grandes estructuras terratenientes. La concentración de tierras así, impactaba de manera frontal y coercitiva al desarrollo de las comunidades indígenas, puesto que las haciendas funcionaban como enclaves donde desaparecía el monopolio de la violencia del Estado.

El control espacial ejercido por los terratenientes se definía a partir de “su condición de clase dominante y el acaparamiento ilimitado de la propiedad de la tierra en un territorio sin industrias y sin transportes les permite prácticamente un poder casi incontrolable”53, advertía Mariátegui. La soberanía del Estado se anulaba por las grandes estructuras terratenientes y las condiciones particulares del espacio productivo, lugares donde se impone una ley de naturaleza “despótica sin control posible del Estado. La comunidad sobrevivía, pero dentro de un régimen de servidumbre”54. Esta espacialidad jerárquica y represiva que visualizaba Mariátegui, puede asociarse a la noción de terreno de Stuard Elden y su reconstrucción crítica del concepto territorio como tecnología política. Para el geógrafo inglés el terreno es una relación de poder “con una herencia geológica y militar, el control que permite el establecimiento y la mantención del orden. Como un “campo”, un local de trabajo o batalla, es una cuestión político-estratégica”55. Mariátegui precisamente detectó la condición estratégica que implicaba la concentración de tierras: un conjunto de reglas y modos particulares de producción hacendal o gamonales que naturalizan un poder coercitivo sobre las comunidades. Esta forma de control disciplinario de los espacios de vida no solo permitía controlar la población indígena negando sus derechos fundamentales sino que también articulaba la una particular influencia hacendal sobre el Estado que, sin demasiada decisión, debía aceptar los términos económicos de las estructuras terratenientes o gamonales.

De este modo y sin conocer la teoría del desarrollo geográfico desigual, Mariátegui constataba que los gamonales eran una especie de institución que adquiría “en sí un cierto poder independiente”56 producto su capacidad de controlar el espacio. Por un lado los gamonales definían los productos de exportación asociados al Imperialismo y, por otro, controlaban las condiciones locales del régimen laboral de acuerdo una asimetría social y coacción sobre las comunidades. Los gamonales de este modo eran también una escala geográfica del poder, pues operaban como “productos sistémicos de tecnologías, modos humanos de organización y luchas políticas”57. Desde luego, la necesidad de entender los gamonales para Mariátegui respondía a la necesidad de visibilizar la producción de la diferencia geográfica en Perú, diferencias que también se tornarán políticas y estratégicas. La fuerza de los gamonales, entonces, radicaba en una diferencia geográfica donde la hacienda controlaba y producía un espacio social de relaciones jerárquicas en función de los intereses mercantiles del señor hacendado o sus dependencias imperialistas. Una cuestión que internamente replanteaba la necesidad de ampliar el proceso de luchas populares y obreras a cuestiones territoriales, signadas por la reivindicación indígena. Un problema que también se asociaba a la raíz centralista y colonial del aparato administrativo de la incipiente República del Perú.

Refiriéndose a Regionalismo y Centralismo -sexto ensayo- Narciso Bassols se lamenta “que esta parte de los “Ensayos” es casi pasada por alto en la mayor parte de los comentarios que se han dedicado a la obra de Mariátegui”58. Su crítica apunta a las vías de acción política que proyectaba la perspectiva regional de Mariátegui, casi pasada por alto por la mayor parte de sus estudiosos. A nuestro modo de ver, la reflexión regional de Mariátegui no solo permite pensar en nuevas prácticas políticas de orden geográfico del Estado, sino que también refleja una desapercibida imaginación geográfica en cuanto a las formas espaciales de organizar el socialismo peruano y sus problemas, así como los aspectos urbanos y políticos en tanto estructuras regionales más orgánicas y menos coercitivas.

El fin de la descentralización para Mariátegui no es la separación del Estado sino la integración democrática de su soberanía, pero bajo prioridades y esfuerzos diferenciados. Antes del problema político territorial del Estado se debe proyectar con certeza una nueva economía política centrada en los sujetos sociales oprimidos, explotados e invisibilizados. El regionalismo de Mariátegui así, emerge desde una estructura económica acorde a las diferencias históricas, geográficas y económicas del Perú. La dificultad que supone esta tarea radicaba en la verticalidad del centralismo que, bajo distintos signos descentralizadores, históricamente había impuesto de forma autoritaria un traspaso de competencias sub-nacionales en alianza con las estructuras terratenientes. Es decir, más allá de los intentos federalistas y territoriales, en Perú nunca se habían desarrollado propuestas descentralizadoras conducidas por un espíritu popular o realmente productivo desde el Estado. Un nuevo regionalismo, entonces, debía arrancar desde la situación social del indio y el problema de la tierra, complementando así el derecho económico colectivo de las sierras y su integración con la costa. Por ello, advierte Mariátegui, “Una descentralización, que no se dirija hacia esta meta, no merece ya ser ni siquiera discutida”59. La formación espacial peruana estaba escindida sociológica y geográficamente:

La sierra y la costa -dice Mariátegui-, geográfica y sociológicamente, son dos regiones; pero no pueden serlo política y administrativamente. Las distancias interandinas son mayores que las distancias entre la sierra y la costa. El movimiento espontáneo de la economía peruana trabaja por la comunicación trasandina. Solicita la preferencia de las vías de penetración sobre las vías longitudinales. El desarrollo de los centros productores de la sierra depende de la salida al mar. Y todo programa positivo de descentralización tiene que inspirarse, principalmente, en las necesidades y en las direcciones de la economía nacional. 60

El intercambio nacional era el punto de partida para reorganizar política y económicamente las regiones. Lejos de ser espacios determinados y fijos, la costa y la sierra son estructuras territoriales moldeables y deben ser reagrupadas mediante nuevas infraestructuras trasandinas, como por ejemplo, el flujo marítimo de productos dirigidos a locaciones internas o serranas. La imaginación geográfica de Mariátegui proyectaba así, nuevas infraestructuras económicas capaces de articular las fragmentadas vías de comunicación y las diferencias geográficas internas que artificialmente concentraban el puerto del Callao. Desde luego, el agrupamiento regional carecía de exactitud para Mariátegui y respondía a un proceso de imposición que tensionaba las posibilidades de una efectiva reconstrucción regional acorde a sus raíces.

El régimen centralista -dice Mariátegui- divide el territorio nacional en departamentos; pero acepta o emplea, a veces, una división más general; la que agrupa los departamentos en tres grupos: Norte, Centro y Sur (….) No es, en el fondo, más arbitraria y artificial que esa demarcación la de la República centralista. Bajo la etiqueta de Norte, Sur y Centro se reúne departamentos o provincias que no tienen entre sí ningún contacto. El término “región” aparece aplicado demasiado convencionalmente.61

Mariátegui impugna directamente a las representaciones espaciales tradicionales -Norte, Centro y Sur- basadas en una visión abstracta e instrumental del espacio. De esa forma e implícitamente distingue la negación de las diferencias territoriales de la precedente sociedad indígena, una forma de espacio diferencial que no era reconocido por la planimetría política y técnica del Estado peruano62. La región de Mariátegui -como sosteníamos más arriba- estaba asociada a una tradición posibilista que privilegiaba los aspectos culturales de los habitantes históricos de un lugar: lengua, creencias, símbolos. De ahí la importancia de los residuos incas y las prácticas comunales de los sectores serranos. No obstante, la descentralización oficial habría soslayado éstas diferencias históricas y, peor aún, habría permitido una omisión de las tradiciones y raíces indígenas con el fin de administrar autoritariamente los espacios sub-nacionales. Para Mariátegui los nuevos regionalistas debían ser “una expresión de la conciencia serrana y del sentimiento andino (…) son, ante todo, indigenistas. No se les puede confundir con los anticentralistas de viejo tipo”63.

De manera que la experiencia vivida en el espacio regional, la subyugación colonial y su continuidad histórica con la República, también implicaba una práctica reivindicativa y un sentimiento político acorde a una estrategia socialista. La invisibilidad del problema de la regionalización era, precisamente, la imposición colonial histórica sobre las grandes masas indígenas. Sin embargo, ésta búsqueda no solo se basaba geográficamente en la sierra y los decursos indigenistas, sino que también integraba a la formación costera, la capital y sus movimientos obreros. Los nuevos regionalistas buscaban la unidad nacional sobre la base de nuevas relaciones sociales, una amplia alianza entre indígenas, campesinos, mineros y obreros.

El problema primario, para estos regionalistas, es el problema del indio y de la tierra. Y en esto su pensamiento coincide del todo con el pensamiento de los hombres nuevos de la capital -afirma Mariátegui-. No puede hablarse, en nuestra época, de contraste entre la capital y las regiones sino de conflicto entre dos mentalidades, entre dos idearios, uno que declina, otro que asciende; ambos difundidos y representados así en la sierra como en la costa, así en la provincia como en la urbe.64

Es en este contexto que Mariátegui desarrolló una imaginación geográfica fundamentalmente política, pues, como sostiene Zusman, permite acercarnos a visiones futuras y críticas “sobre los conceptos de espacio y tiempo que deseamos establecer en una sociedad que se pretenda socialista”65. En este caso se trata de integrar una estructura territorial desigual y fragmentada del Perú, una alianza entre el campo y la ciudad que no niega sus diferencias y subjetividades, donde el derecho a la tierra es un problema político de primer orden, al igual que la lucha revolucionaria en las fábricas, minas y haciendas. No hay contradicción entre las diferencias indigenistas regionales y las proyecciones revolucionarias obreras, pues, ambas unidas son parte de una verdadera estrategia socialista peruana. Ni los obreros ni los indígenas deben abandonar sus espacialidades y territorios para ser parte de la sociedad socialista de Mariátegui.

Por el contrario, son sus diferencias internas y formas geográficas particulares las que articulan el proyecto político del socialismo indoamericano66. De esta imaginación geográfica abierta al futuro, la situación de la capital no puede ser menos que irreprochable. En efecto, para Mariátegui la capital de Lima era un residuo colonial que se sostenía solo a partir de la inercia de la dominación histórica y, por lo mismo, su urbanización no era más que una expresión autoritaria del centralismo y la incapacidad de la burguesía peruana de constituir una vida industrial medianamente autónoma. De los tres factores que determinaban una urbe moderna -el factor económico, el factor geográfico (aquí Mariátegui se refiere al carácter físico y de localización) y el factor político-, Lima sólo coincidía con el factor político, por tanto, ni la economía ni su posición geográfica y natural concedían su poderío. Una capital económica, por el contrario, debía ser el lugar nacional donde

Todos los núcleos de producción tienden espontánea y lógicamente a comunicarse con la capital, máxima estación, supremo mercado. Y el factor económico coincide con el factor geográfico. La capital no es un producto del azar. Se ha formado en virtud de una serie de circunstancias que han favorecido su hegemonía. Más ninguna de estas circunstancias se habrían dado si geográficamente el lugar no hubiese aparecido más o menos designado para este destino.67

Este problema de localización -también en Falcón68- concluía que Lima representaba un orden espacial subordinado a un poder político oligarca y centralista que debía ser reestructurado seriamente por la nueva generación. La impugnación a la capital así no sólo representaba un gesto de ruptura al orden colonial continuado en la República, sino que también infería espacialidades alternativas, cuestionando la naturalización de prácticas centralistas y autoritarias que reproducían una estructura jerarquizada de la producción política del espacio sub-nacional y la centralidad de la capital peruana. He ahí la importancia de los imperativos regionales de Mariátegui pues no solo proyectaban geográficamente una distribución más estratégica de acuerdo a nuevas centralidades económicas, sino que también visibilizan a los sujetos históricamente subsumidos en las estructuras coloniales, al tiempo que permitían reconocer sus diferencias y aunarlas en nuevo horizonte político de ampliaba la alianza revolucionaria, en la ciudad y en el campo, un verdadero proceso de subjetivación de la política socialista alerta a las particularidades locales y regionales sin perder de vista un proyecto nacional de corte revolucionario.

La Internacional Comunista de Buenos Aires

La polémica de Mariátegui con la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, celebrada en el Buenos Aires de 1929, representa la fuerte distancia entre el marxismo de Mariátegui frente a la ortodoxia de la época. Mariátegui ya era un referente del marxismo peruano debido a la circulación de Amauta y su decidido estilo polemista e internacionalista. Sin embargo, en términos políticos su influencia era poco significativa a nivel latinoamericano. Recién a finales de 1927 Mariátegui comenzó a relacionarse con la Internacional Comunista para América Latina. Se trataba, más bien, de un líder de ideas que bajo a un articulado grupo de intelectuales de Perú y otras partes de Europa y América Latina, pacientemente comenzaba a inmiscuirse en organizaciones obreras y campesinas, siendo retratado por el gobierno peruano con el sinónimo de peligro y conspiración.

Como se sabe, desde 1919 la Internacional Comunista (IC) exigía 21 medidas irrenunciables para todos los partidos comunistas adscritos al movimiento69, entre ellas, la formulación del nombre Partido Comunista de la sección internacionalista correspondiente. Previo a Buenos Aires, durante el VI Congreso la IC impuso la estrategia “clase contra clase”, fundamentada en un inminente colapso del capitalismo a nivel general, proyectando “la proletarización de los cuadros y la depuración de las filas”70. En este contexto la delegación peruana fue invitada de último momento pues había incertidumbre sobre su proceso de fundación y visión ideológica, ya que el partido había sido fundado sin respetar las 21 medidas. Los socialistas peruanos elaboraron dos ponencias: El problema de las razas71 y Punto de vista antiimperialista72. Mariátegui no pudo viajar por su grave estado de salud pero elaboró sustancialmente ambas ponencias, en su condición de Secretario General del Partido Socialista del Perú. Estas ponencias fueron presentadas por los delegados Hugo Pesce y el dirigente obrero Julio Portocarrero.

El centro del problema se centraba en que si bien el Partido Socialista Peruano de Mariátegui se declaraba dependiente del "marxismo" y el "leninismo militante", por otro lado se resistía a tomar la denominación Partido Comunista del Perú, ni tampoco contemplaba subordinarse totalmente a las políticas de la IC y sus 21 medidas. En efecto, si para el comunismo soviético la conformación de un partido exigía una disciplina absoluta, guiada por una concepción jerárquica con un estrecho núcleo dirigente y cuadros obreros cohesionados desde Moscú. Para los socialistas peruanos, el partido debía “adaptar su praxis a las circunstancias concretas del país, pero obedece a una amplia visión de clase, y las mismas circunstancias nacionales están subordinadas al ritmo de la historia mundial”73.

Esta acta fundacional del partido demostraba que no solo había un explícito deseo de crear una estrategia socialista propia en el movimiento revolucionario, sino que también se concebía el marxismo des las “circunstancias concretas del país” y "una amplia visión de clase”, es decir, integrando las diferencias propias de cada estructura nacional. Implícitamente, se anidaban las tesis fundamentales de Siete ensayos, sobre todo aquellas adscritas a la coexistencia de economías diferentes y la alianza estratégica entre obreros e indígenas. No obstante, para el Secretario general del Buro Comunista Latinoamericano, Vittorio Codovilla, era necesario “romper en forma absoluta con la social democracia y sus alas “izquierdas” y ganar a la influencia comunista a los más sinceros obreros de base”74, pues solo los obreros integrados al partido podrían encabezar un proceso revolucionario.

Para Codovilla Mariátegui representaba una posible ala de izquierdas que debía ser corregido sino recluido. La prueba más evidente de su “desviación”, era su obra, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Codovilla -cuenta Flores Galindo- no podía comprender ni tolerar la idea de “ensayo” o de “realidad peruana”, puesto que la teoría marxista poseía un examen científico y exhaustivo de la realidad que superaba los confines nacionales. La idea de ensayo era más bien una cuestión de “intelectuales” potencialmente traidores o ajenos a la causa obrera y tradición marxista. Para Codovilla era absurdo proyectar una supuesta "realidad peruana" como sostenía Mariátegui, ya que los países latinoamericanos tenían una categorización económica certera y equiparablemente homogénea, que permitía definir una estrategia política específica para el periodo y toda América Latina. En otras palabras, sea Chile, Bolivia o Colombia, cada uno de estos países indistintamente se categorizaba como un país “semicolonial”, siendo subordinado al capital imperialista. Julio Portocarrero fue el encargado de discutir este punto en la Conferencia:

En el sector del Perú -decía Portocarrero-, esta economía (el capitalismo) está poco desarrollada y si la fábrica es la formadora de conciencia de clase del proletariado, es lógico que éste tenga una conciencia política poco desarrollada. De aquí deducimos que las directivas que para nuestros países importa el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, tienen que ser diferentes, porque diferentes son las condiciones de cada región.75

Quedaba así explicitada la polémica en torno el carácter diferenciador de los territorios nacionales y la defensa implícita de una “realidad peruana” por sobre el diagnóstico de la IC. En el fondo se abría un debate sobre el desarrollo desigual (y combinado) en términos políticos para “analizar y evaluar las posibilidades y trayectorias de la revolución”76. Asimismo, para los delegados peruanos los campesinos no solo eran trabajadores agrícolas sino que también poseían una condición étnica que reproducía ciertos patrones de la dominación colonial española y proyectaban nuevas posiciones en el tablero de las alianzas estratégicas del movimiento obrero. Para Pesce y Portocarrero se debía formar una red de demandas obreras y campesinas a niveles regionales, integrando la condición indígena y nuevos dispositivos para la resocialización de la tierra. Más aun, la condición étnica era un vehículo transhistórico que permitía relacionar las prácticas indígenas con el socialismo. Pese a la invasión colonial y la implementación capitalista, aun en Perú seguían existiendo comunidades que recreaban valores de uso colectivo y solidario. La creación de una identidad indígena socialista, por lo tanto, era absolutamente necesaria y posible puesto que conectaba a las comunidades con la crítica al capitalismo imperialista que dominaba en las economías terratenientes. Se trataba de una coexistencia política y espacial entre la sierra y la costa, o de la costa a la sierra, pero insistiendo, sobre todo, hacia una confluencia de escenarios regionales por la lucha del control económico entre obreros y campesinos indígenas. Este pensamiento, en efecto, rompía con el marxismo soviético que planteaba la idea de sucesivas etapas para llegar a la revolución. Siendo un país semi-feudal o en “transición” como sostenían los delegados peruanos, aun era posible desarrollar una revolución socialista. Así, se defendía la particularidad de una estrategia de sectores organizados coexistentes -obreros e indígenas-, donde cada uno, en su particular forma espacial, debía crear una nueva estructura económica y socialista que permitiera la construcción de un proyecto revolucionario auténticamente peruano.

Naturalmente estos términos no fueron compartidos por la Conferencia, siendo las intervenciones peruanas duramente rechazadas de principio a fin. Para la IC se debían crear soviets y no “comunas” como sostenía Mariátegui, fortaleciendo al “hombre trabajador y de las fuerzas del trabajo”77, aun cuando políticamente se desterritorializaban las condiciones específicas del proceso político peruanos. Bajo las condiciones en Perú el desarrollo del capital también generaba atraso y dependencia acusaban Portocarrero y Pesce, mientras que para la IC dicho progreso era necesario para articular un movimiento obrero revolucionario. Las diferencias entre los peruanos y la IC terminaron siendo insalvables. La dificultad entre ambas proposiciones también radicaba en un diagnóstico diferente del capitalismo y el comportamiento político de los espacios sub-nacionales en tanto contradicciones territoriales económicas y las escalas geográficas de un incipiente estado de las fuerzas productivas. Si los delegados comunistas en general arrancaban del supuesto de una “realidad latinoamericana”, para los representantes peruanos era el problema peruano e internamente diferenciado de su coexistencia, el que debía ir articulándose con una estrategia latinoamericana y no al revés.

De allí que este debate posee una dimensión particular de escalas geográficas del poder aun cuando la mayoría de los estudios solo enfatizan en la dimensión indígena o el problema orgánico doctrinal78. Y es que para Mariátegui tanto la definición política del partido socialista peruano, como la forma de comprender la problemática indígena y regionalista, arrancaba de una visión histórica del capitalismo peruano y su formación geográfica, un desarrollo estructuralmente desigual que se sometía a una búsqueda incesante de la realidad peruana que proyectaba contradicciones y problemáticas sociales, al tiempo que establecía relaciones espaciales y geográficas de dependencia y heterogeneidad en la escala regional, nacional e internacional del capital; relaciones que naturalmente debían ser subsumidas para la IC, en una explicación científica marxista general del periodo que, evidentemente, escondía y negaba de las particularidades y diferencias geográficas. Estudiando la teoría de la revolución permanente, Mandel sostuvo que “en la misma época, y sin duda independiente de Trotski, el comunista peruano Mariátegui había llegado a conclusiones análogas a las de la teoría de la revolución permanente”79. Esta cercanía relativa a Trotski demuestra, por un lado, la profunda lectura del capitalismo que elaboró Mariátegui, abiertamente transgresora a la lógica homogenizadora de la IC del periodo y, por otro, su instintiva sensibilidad teórica para problematizar la escena contemporánea de su tiempo, en condiciones de máxima desaprobación y rechazo de sus pares. Trotski, al igual que Mariátegui, también habría pensado el problema de la heterogeneidad dentro del proyecto revolucionario mundial.

Consideraciones finales

Mariátegui desplegó una incisiva capacidad de observar el comportamiento histórico del capitalismo peruano, no solo desmantelando sus diferencias geográficas y el conjunto de categorías y prácticas coloniales prevalecientes, sino también sin perder de vista la subjetividad como un momento de construcción y creatividad política. Parte de sus relaciones socio-espaciales y su particular modo de movilizar geografías desiguales provienen de aquella poderosa imaginación y creatividad política: las dinámicas de dominación costa-sierra, la relación no instrumentalizada de la naturaleza con el indígena, las luchas regionales del movimiento indígena-obrero y las prácticas espaciales combinadas entre terratenientes e imperialistas del Perú de inicios del siglo XX, entre otras. ¿Dónde se articula la fuerza argumentativa de esta relación política-geográfica en Mariátegui? De la crítica al capitalismo peruano emerge una reorganización de la problemática geográfica sub-nacional sociológica y social, que al mismo tiempo conduce un vario pinto de movimientos socio-espaciales locales y regionales anclados a procesos económicos y sujetos políticos-históricos del incipiente capitalismo, que denotan una posición política diferente a la socialista tradicional. De ahí que el factor socio-espacial dentro de Mariátegui se vuelve un móvil activo para resituar la naturaleza indígena y el amor a la tierra, un móvil historizado para cambiar la capital del país, un móvil modificable para romper con las estructuras gamonales y regionales autoritarias.

En definitiva, el espacio geográfico también es un momento dinámico para la iniciativa política y, desde luego, un momento para la creación de nuevos órdenes espaciales al interior de un horizonte revolucionario: nuevas regiones, participación productiva de la base social invisibilizada, menos coerción. Una visión espacial a contrapelo de la época donde domina una visión conservadora y fragmentada del espacio geográfico que, básicamente, se estructura bajo corrientes naturalistas y regionalistas que inhibían interrelaciones metodológicas y teóricas con otras disciplinas y tradiciones filosóficas, tales como el marxismo o el proyecto humanista del socialismo. El desplazamiento crítico de la función espacial en la crítica capitalista de Mariátegui, en efecto, se origina en la voluntad de construir un proyecto político socialista anclado a la realidad peruana, integrando sus diferencias y subjetividades en movimiento histórico. De allí que tempranamente aparece la necesidad de encuadrar y sostener diferencias ambientales en el proceso capitalista, no como formas ajenas o meramente descriptivas de composiciones físicas del territorio -como suponía Falcón-, sino también como análisis de estrategias políticas diferenciadas en lo práctico y lo táctico, en las comunas rurales producidas colectivamente por los sujetos que las vivifican o en los centros urbanos y talleres en fábricas organizadas por trabajadores y artesanos.

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1Melis, A., “José Carlos Mariátegui y César Falcón: Episodios de una amistad conflictiva”, en Anuario Mariateguiano, nº 6, vol. 6, 1994, 13-47.

2Cesar Falcón, en Mariátegui Total, tomo II, Lima, Amauta, 1994, p. 1710.

3Falcón, op.cit., 1710.

4En Löwy, M., “Progreso destructivo: Marx, Engels y la ecología”, Drago, C., Moulian, T., Vidal, P. (Eds), en Marx en el siglo XXI. La vigencia del(os) marxismo(s) para comprender y superar el capitalismo actual, Santiago, LOM, 2011, 197-210; Vitale, L., “Desde la barricada al apoyo de los Zapatistas”, Santiago, Ediciones Cela-Archivo Chile, 1994.

5Falcón, op.cit., 1710.

6En Zusman, P., “La geografía histórica, la imaginación y los imaginarios geográficos”, Revista de Geografía Norte Grande, nº 54, 2013, 51-66; Tuan, Y., Topofilia, Madrid, Melusina, 2007; Harvey, D., Espacios de Esperanza, Madrid, Akal, 2007; Smith, N., Desenvolmiento Desigual. Naturaleza, Capital e a Produçao de Espaço, Río de Janeiro, Bertrand Brasil,1988; Elden, S. “Terra, Terreno, Território”, Geografares, Revista do Programa de Pós-Graduação em Geografia UFES, nº 21, 2016, 42 - 60.

7En Fernández, O., Itinerarios y trayectos heréticos de José Carlos Mariátegui, Santiago, Quimantú, 2010; Quijano, A., “José Carlos Mariátegui: Reencuentro y Debate”, Mariátegui, J., Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Caracas, Ayacucho, 2007. IX-CXXIX; Melis, A. “José Carlos Mariátegui hacia el siglo XXI”, Prólogo, Mariátegui Total, Lima, Minerva, 1994, XI-XXXIV; Beigel, F., El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui, Buenos Aires, Biblos, 2003; Bassols, N., Marx y Mariátegui, D.F México, El Caballito, 1985.

8Urquijo, P., Bocco, G., “Pensamiento geográfico en América Latina: retrospectiva y balances generales”, Investigaciones Geográficas, nº 90, 2016, 155-175; Hidalgo, R., Sánchez, R., Santana, D., Arenas, F. “El desarrollo de la ciencia geográfica en América Latina. La producción científica a través de Revista de Geografía Norte Grande”, Revista de Geografía Norte Grande, nº 60, 2015: 7-20; Montañez, G., Ramírez, B., Zusman, P. “Geografías Críticas Latinoamericanas”, Chávez, M. y Checa, M. (Eds.), El espacio en las ciencias sociales. Geografía, interdisciplinariedad y compromiso. Michoacán, El Colegio de Michoacán, 2013, 103-128.

9Augusto Ruiz, “Mariátegui y el factor geográfico”, Simposio Internacional 7 Ensayos, 80 años. Mi sangre en mis ideas, varios autores, Lima, Ministerio de Cultura de Perú. 2011, p. 141.

10Ruiz, op. cit., 147.

11Hosam M. Aboul-Ela, Other South: faulkner, coloniality and the Mariátegui tradition, Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2007.

12Javier Sanjinés, Rescoldos del pasado, La Paz, Fundación PIEB, 2009, 76.

13Sanjinés, op.cit., 77.

14Edward Soja, “La dialéctica socio-espacial”, Benach, N., Albet, A. (Eds), Edward W. Soja. La perspectiva posmoderna de un geógrafo radical, Barcelona, Icaria, 2010, 103.

15Cecilia Méndez, “De indio a serrano: nociones de raza y geografía en el Perú (siglos XVIII-XXI)”, Tanaka, M. (coordinador), Antología del pensamiento crítico peruano, Buenos Aires, CLACSO, 2016 [2011], 611.

16Pulgar, J., Geografía del Perú. Las ocho regiones naturales, Barcelona, Peisa, 1987.

17Fernanda Beigel, El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui, Buenos Aires, Biblos, 2003, 41.

18Osvaldo Fernández, Itinerario y trayectos heréticos de José Carlos Mariátegui, Santiago, Quimantú, 2010, 54.

19Hector Alimonda, “La tarea americana de José Carlos Mariátegui”, José Carlos Mariátegui, La tarea americana, Buenos Aires, Prometeo Libros- CLACSO, 2010, 27.

20Antonio Melis, “José Carlos Mariátegui hacia el siglo XXI”, en Mariátegui Total. Tomo I, Lima, Minerva, 1994, XXI.

21Idem.

22Existe consenso que Mariátegui tomó como referencia la revolución rusa y el pensamiento marxista-leninista, pero que tras su itinerario por Europa amplió su visión del marxismo, explorando nuevas conceptualizaciones: el psicoanálisis de Freud, la escuela historicista italiana de Benedetto Crocce, el misticismo de George Sorel quién fue un referente crucial para repensar su concepto de revolución. De aquella posición heterodoxa también sensibilizó con ciertas ideas de Henri Bergson (1859-1941) y el vitalismo: el problema de la subjetividad, el tiempo y el papel del sujeto en la realidad contemporánea. Otro autor trascendental en este viaje fue Oswald Spencer (1880-1936) y su libro La decadencia de Occidente, una lectura que le permitió ir afinando una crítica al eurocentrismo.

23José Carlos Mariátegui, en Textos Básicos. Selección, prologo y notas introductorias de Aníbal Quijano, D.F. México, Fondo de Cultura Económica, 1991, 168-169.

24Augusto Castro, “Filosofía y política en el Perú. Estudio del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Víctor Andrés Belaunde”, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2006, 46.

25La Alianza Popular Revolucionaria Americana, más conocida como APRA, inicialmente fue un frente amplio de diversas fuerzas políticas y sociales de izquierda, opositoras al régimen autoritario de Leguía. Mariátegui participó activamente por el grado de convergencia que atraía este instrumento y su proyección antiimperialista. Desde 1928 cambió la definición APRA, pues su fundador principal, Raúl Haya de la Torre, le dio un carácter de partido nacional y libertador, cambiando ciertas posiciones frente al capitalismo y el Estado nacional. Este nacionalismo y populismo mesiánico fue duramente criticado por Mariátegui y significó el quiebre definitivo entre ambos pensadores

26Mariátegui, J., Mariátegui Total, Tomo I y II, Lima, Minerva, 1994.

27José Carlos Mariátegui, “Mala corriente”, en Mariátegui Total, tomo II, 1994. Lima: Amauta, p. 3173. Originalmente El Tiempo, 24 de Junio de 1918.

28José Carlos Mariátegui, “Defensa del Marxismo”, en Mariátegui Total, tomo I, 1994. Lima: Amauta, p. 1111. Originalmente publicado en la obra póstuma.

29José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretaciones de la realidad peruana, Caracas, Ayacucho, 2007, 12-13.

30Mariátegui, op. cit., 22

31Mariátegui, op. cit., 169.

32Idem.

33Mariátegui, op. cit., 168-169.

34En Ccente, E. Y La Torre, F., El devenir de la Geografía en el Perú, Tesis para optar el título de geógrafo profesional, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2003.

35Cecilia Méndez destaca que el mapa de la costa, sierra y selva sigue siendo el momento geográfico esencial de la construcción del imaginario nacional y la enseñanza de la geografía peruana: “ha adquirido, parafraseando a Anderson, el carácter de un logo y de un punto de partida para imaginar la realidad, antes que un vehículo para transcribirla” Méndez, op. cit., 613. Es solo avanzada la segunda mitad del siglo XX cuando se desdibuja esta visión natural producto la impugnación teórica de Las ocho regiones naturales del Perú, del geógrafo Javier Pulgar, quien cuestionó y criticó este modelo geográfico bajo nuevas métricas neopositivistas y culturales.

36Horacio Bozzano, Territorios posibles: procesos, lugares y actores, Buenos Aires, Lumiere, 2009, 166.

37Mariátegui, op. cit., 42.

38Mariátegui, op. cit., 35.

39Mariátegui, op. cit., 36.

40En Tuan, Y., Topofilia, Madrid, Melusina, 2007.

41Mariátegui, op. cit., 71.

42Mariátegui, op. cit., 49.

43Beatriz Bustos, Manuel Prieto, Jonathan Barton, J. (Eds), Ecología política en Chile. Naturaleza, propiedad, conocimiento y poder, Santiago, Universitaria, 2015, 25.

44Hector Alimonda sostiene que la ecología política en Mariátegui no es explicita “pero puede ser reconstruida implícitamente en el proyecto ético-político del editorialismo programático de Mariátegui y de su generación”. En Alimonda, H., “Una ecología política en la revista Amauta? Notas para una arqueología del ecologismo socialista latinoamericano”, Tareas, nº 130, Sao Paulo, 2009, 5.

45Mariátegui, op. cit., 20.

46David Harvey, Espacios de Esperanza, Madrid, Akal, 2007, 98.

47En González Casanova, P., “Colonialismo Interno [Una Redefinición]”, Borón, A., Amadeo, J., González, S. (compiladores), La teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas, Buenos Aires, CLACSO, 2006, 409-434.

48Mariátegui, op. cit., 76.

49Mariátegui, op. cit., 81.

50Mariátegui, op. cit., 22.

51Harvey, op. cit., 56.

52Mariátegui, op. cit., 76.

53Mariátegui, op. cit., 73.

54Mariátegui, op. cit., 52.

55Stuard Elden, “Terra, Terreno, Território”, Geografares, nº 21, 2016, 47. Traducción propia.

56Harvey, op. cit., 51.

57Harvey, op. cit., 95.

58Narciso Bassols, Marx y Mariátegui, D.F México, El Caballito, 1985, 183 .

59Mariátegui, op. cit., 197.

60Mariátegui, op. cit., 172.

61Idem.

62Para una lectura marxista de los espacios diferenciales, Henri Lefebvre, La producción del espacio, Madrid, Capitán Swing, 2013.

63Mariátegui, op. cit., 179.

64Idem.

65Perla Zusman, “La geografía histórica, la imaginación y los imaginarios geográficos”, Revista de Geografía Norte Grande, nº 54, 2013, 56.

66Germaná, C. “La concepción política de José Carlos Mariátegui”, Anuario Mariateguiano, Nº 6, vol. 6, 1994, 125-134.

67Mariátegui, op. cit., 183.

68En Ruiz, A., “Mariátegui y el factor geográfico”, Ministerio de Cultura de Perú, Simposio Internacional 7 Ensayos, 80 años. Mi sangre en mis ideas, varios autores, Lima, Ministerio de Cultura de Perú. 2011, 141-147.

69Entre algunas de las 21 medidas, se exigía a) redactar nuevos programas comunistas de acuerdo decisiones de la Internacional Comunista; b) denominarse Partido Comunista de tal o cual país (sección de la Internacional Comunista); c) publicar todos los documentos oficiales importantes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Estas tres medidas nunca fueron asumidas por el grupo de Mariátegui.

70Alberto Flores Galindo, La Agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, Lima, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, 1980, 75.

71El problema de las razas es una compleja caracterización de la población indígena a nivel continental pero centrándose en la particularidad peruana y la necesaria alianza entre sectores populares para enfrentar un punto de vista socialista. Conviene destacar que originalmente El problema de las razas no estaba considerado en el temario de la Conferencia y debió integrarse solo por la iniciativa de los delegados peruanos.

72Punto de vista antiimperialista contempla cinco tesis sobre la relación imperialista en el continente, en la cual se integraban relaciones de dominación cultural y las diferencias del comportamiento político de los capitales imperialistas a escala macro-regional -Centro América y Sudamérica-. Asimismo, se denunciaban contradicciones regionales al interior de los territorios nacionales -alianza gamonal y capitales imperialistas por ejemplo-, sin perder de vista las formas culturales de la dominación eurocentrista que se traducían en dependencia y atraso del aparato productivo y la negación de los pueblos originarios y las demandas populares

73Partido Socialista Del Perú, “Principios programáticos del Partido Socialista”, en Alimonda, H. (compilador), La Tarea Americana, Buenos Aires, Prometeo Libros- CLACSO, 2010, 163.

74Vittorio Codovilla, El Movimiento Revolucionario Latinoamericano, Versiones de la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, en La Correspondencia Sudamericana, Buenos Aires, 1929, 15.

75Julio Portocarrero, en Flores Galindo, La Agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, Lima, Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, 1980, 30.

76Neil Smith, “La geografía del desarrollo desigual”, s./r., 3.

77Harvey, op. cit., 54.

78En Chang-Rodriguez, E., “José Carlos Mariátegui y la polémica del indigenismo”, América sin nombre, (13-14), 2009, 103-112; Quijano, A., “Notas introductorias”, Mariátegui, J., José Carlos Mariátegui. Textos Básicos, Lima, Fondo de Cultura Económica, 1991; Fernández, O., Itinerarios y trayectos heréticos de José Carlos Mariátegui, Santiago, Quimantú, 2010; Pis Diez, N., “El Antiimperialismo y “El problema de las razas” en el pensamiento de José Carlos Mariátegui. El debate de la Internacional Comunista”, Question, nº 34, vol. 1, 33-45; Löwy, M., El marxismo en América Latina, Santiago, LOM, 2007.

79Ernest Mandel, “Trotski: La teoría y la práctica de la revolución permanente. Introducción, Notas y Compilación”, DF México, Siglo XXI, 2009, 23.

Esta investigación contó con el financiamiento de la Fundación Calbuco

Recibido: 28 de Enero de 2017; Aprobado: 07 de Marzo de 2017

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