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Izquierdas

versión On-line ISSN 0718-5049

Izquierdas (Santiago)  no.39 Santiago feb. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-50492018000200131 

Artículos

Mariátegui y el socialismo indo-americano Entre sujeto histórico y misticismo revolucionario

Mariátegui and Indo-American socialism Between historical subject and revolutionary mysticism

Fernando de-la-Cuadra* 

*Chileno. Sociólogo, Universidad de Chile. Doctor en Ciencias Sociales, Universidad Federal Rural de Rio de Janeiro, Brasil. Académico de la Escuela de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales y Económicas, Universidad Católica del Maule, Chile. E-mail: fdelacuadra@ucm.cl

Resumen:

El pensamiento marxista y crítico latinoamericano tiene entre sus más connotados representantes al peruano José Carlos Mariátegui, creador de una prolífica y renovadora obra en la cual funde y supera dialécticamente una concepción del sujeto revolucionario clasista con aspectos propios de la realidad andina. En ella se rescatan elementos de la vida y la cosmovisión de las comunidades indígenas. A partir de dicha síntesis, Mariátegui fue capaz de elaborar un proyecto de transformación que enriqueció el horizonte de las luchas populares en América Latina, lo cual se cristaliza en su propuesta por construir un socialismo indoamericano.

Palabras clave: Mariátegui; Socialismo indoamericano; misticismo revolucionario; sujeto histórico; comunismo incaico

Abstract:

Marxist and Latin American criticism has among its most renowned representatives the Peruvian José Carlos Mariátegui, creator of a prolific and renovating work in which he dialectically fuses and overcomes a conception of the class revolutionary subject with aspects of Andean reality. It rescues elements of the life and the cosmovision of the indigenous communities. From this synthesis, Mariátegui was able to elaborate a project of transformation that enriched the horizon of the popular struggles in Latin America, which crystallized in its proposal to build an Indo-American socialism.

Keywords: Mariátegui; Indo-American socialism; revolutionary mysticism; historical subject; Inca communism

El marxismo agonista de Mariátegui

Desde que Antonio Melis definió a Mariátegui como el “primer marxista de América” 1 y posteriormente con la obra seminal coordinada y prologada por José Arico2, se ha construido un amplio consenso respecto al carácter innovador del marxismo del pensador peruano. Su perspectiva es novedosa y la vez revolucionaria, no solamente porque pretende pensar la región a partir de sus elementos esenciales y al componente indígena que le dan un nuevo carácter al proyecto de lucha social (la condición indo-americana), sino también a la permanente referencia a autores que se sitúan “fuera” de la ortodoxia marxista, tales como George Sorel, Henry Bergson, Friedrich Nietzsche o Miguel de Unamuno.

Especialmente del primero, Mariátegui extrae una visión mítica de la gesta revolucionaria y una perspectiva pionera e inédita sobre los cimientos de la conciencia social, no solo en el contexto latinoamericano, sino que también a escala mundial. Para Mariátegui el Mito es el auténtico principio movilizador, es un ideal del absoluto, de una certeza en medio al relativismo de la verdad, en la que “una verdad solo puede ser válida para una época”. Esta concepción, que le otorga preponderancia al mito como sustento de las convicciones y de la praxis revolucionaria, queda claramente expresada en una reflexión de manifiesta influencia soreliana. De esta forma, Mariátegui escribiría en 1925:

Lo que más neta y claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula, escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista ha envejecido demasiado. El proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma. La inteligencia burguesa se entretiene en una crítica racionalista del método, de la teoría, de la técnica de los revolucionarios. ¡Qué incomprensión! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del mito. (...) Hace algún tiempo que se constata el carácter religioso, místico, metafísico del socialismo .3

Esta dimensión religiosa presente en muchos escritos de Mariátegui, contrasta con otras influencias que recibe el autor, ya sea desde la tradición de un pensamiento social progresista latino-americano que emerge desde mediados del siglo XIX, ya sea desde el influjo marxista que se expande vigorosamente por el mundo a partir de la revolución de octubre. En el primer caso, encontramos un pensamiento de cuño socialista y democrático que se encuentra presente en la región, especialmente en algunos países como Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela, que poseen una sociedad civil más actuante desde la consumación de la gesta libertadora y construcción de los Estados-Nacionales a partir de 1820. Junto a estas corrientes, también surge a finales del 1800 una perspectiva más radical y anti-imperialista que tiene en José Martí a su mayor representante. Ya en los albores del siglo XX este pensamiento se nutre del aporte de los anarquistas, especialmente de los inmigrantes italianos y alemanes que comienzan a constituir el movimiento anarco sindicalista en estas latitudes. La revolución mexicana (1910-1917) inspira también una vertiente revolucionaria de cuño agrarista. Y finalmente, de su estadía en Europa, Mariátegui se interioriza del pensamiento marxista clásico, que como él mismo expone en su artículo La filosofía moderna y el marxismo fluiría desde Kant, que engendró a Hegel, que engendró a Marx, el cual engendró a... Lenin.44

No obstante, como mencionábamos en líneas anteriores, el marxismo de Mariátegui no se nutre solamente de la fuente de los clásicos, ya que sus cimentos se fueron construyendo a partir de la influencia que sobre él ejercieron autores heterodoxos como George Sorel o pensadores que ni siquiera se podrían considerar marxistas, como Croce, Bergson o Unamuno. Precisamente escribiendo sobre el primero, afirmaba que este pensador supo reconocer como nadie hasta ese momento el carácter religioso, místico, metafísico del socialismo. En las esclarecedoras palabras del Amauta:

A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y las conquistas substanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx. Superando las bases racionalistas y positivistas del socialismo de su época, Sorel encuentra en Bergson y en los pragmatistas ideas que fortalecen el pensamiento socialista, restituyéndolo a la misión revolucionaria de la cual lo apartara gradualmente el aburguesamiento intelectual y espiritual de los partidos y de sus parlamentarios, que se satisfacían, en el campo filosófico, con el historicismo más vulgar y el evolucionismo más tímido. La teoría de los mitos revolucionarios, que aplica al movimiento socialista la experiencia de los movimientos religiosos, establece las bases de una filosofía de la revolución, profundamente impregnada de realismo psicológico y sociológico...5

Y también invoca a Renan, para el cual los socialistas poseen una fe religiosa en su proyecto transformador, constatando su inexpugnabilidad con relación a todo desaliento. Para Mariátegui, la propia filosofía que nos enseña la necesidad del mito y de la fe se revela, en general, incapaz de comprender la fe y el mito de los nuevos tempos. De esta manera, el Mito soreliano se encarna en el pensamiento del intelectual peruano, transformando la experiencia revolucionaria en una especie de exaltación religiosa que impregna la lucha y la devoción del movimiento operario.

Cuando leemos la obra de Mariátegui se va diseñando este tránsito tensionado o contradictorio entre una vertiente tributaria de la tradición marxista y, por otro lado, el de un espíritu romántico que apela al sentido religioso del proyecto socialista. Así, para el Amauta, el racionalismo cartesiano debe ser necesariamente substituido por un vínculo utópico, heroico, trágico: “La fórmula filosófica de una edad racionalista tenía de ser ‘Pienso, luego existo’. Pero a esta edad romántica, revolucionaria y quijotesca no le sirve ya la misma fórmula. La vida, más que pensamiento, quiere ser hoy acción, esto es, combate. El hombre contemporáneo tiene necesidad de fe. Y la única fe, que puede ocupar su yo profundo, es una fe combativa”.6

Esta dimensión ha sido frecuentemente destacada por Michael Lowy 7, cuando sitúa a Mariátegui entre los pensadores que se apartan del evolucionismo y del positivismo de los marxistas de la Segunda Internacional y rescata su propósito de hacer del proyecto socialista una cruzada espiritual y ética en que se combinan la fe, la mística, el compromiso heroico y la voluntad de lucha (agonista en el sentido dado por Unamuno). El socialismo en la concepción de Mariátegui se posiciona como una tentativa de transformar el mundo a través de una acción revolucionaria que por una parte es heroica, ética y que, por otra, recupera el espirito místico, fraternal, solidario de las comunidades autóctonas andinas.

Sin embargo, esta noción de socialismo no puede ser confundida con indigenismo, como en el caso de Valcárcel que concibe la causa de la liberación socialista a partir de la irrupción de la “raza”. Diferentemente, para el Amauta la cuestión indígena se deriva principalmente de factores económicos y sociales, como la expropiación de la tierra y la servidumbre de que fueron objeto las comunidades andinas.8 En Mariátegui no se encuentra el espirito filantrópico de ayudar a los indígenas a través de la educación y de su integración al Perú republicano. En sus escritos queda meridianamente claro que el “problema” del indio pasa por la solución de las condiciones concretas de vida de los pueblos originarios, del fin del gamonalismo9 y de los cambios del régimen de propiedad de la tierra. Entonces, la solución se encuentra en la realización de la reforma agraria y en el consiguiente acceso a la tierra de las comunidades despojadas de ella.

Sin embargo, a pesar de su fe incorruptible en los valores del comunismo incaico, Mariátegui no es un anticapitalista romántico en el sentido de oponerse radicalmente a los procesos de producción y trabajo en el contexto de la industrialización y modernización del Perú y del mundo. Su diferencia radica en que él es especialmente crítico del carácter atrasado y feudal que asume el capitalismo en su país, un capitalismo sui generis basado en la explotación de una fuerza de trabajo miserable expoliada por grandes empresas productoras de algodón y azúcar en la región litoral central. Se opone en este sentido a los efectos perversos de un capitalismo incompleto, atrofiado. Como nos advierte en los Siete ensayos: “La clase terrateniente no ha logrado transformarse en una burguesía capitalista, patrona de la economía nacional [...] Este sistema económico, ha mantenido en la agricultura, una organización semi-feudal que se constituye el más pesado lastre del desarrollo del país”10 Consecuentemente, para Mariátegui lo necesario y urgente consistía en profundizar las formas capitalistas y no profesar menos capitalismo, ya que la feudalidad representaba precisamente la razón de la miseria no solo de los campesinos e indígenas del interior sino también de las poblaciones que habitaban en las urbes en la costa.

Fundamentalmente, aspiraba a un capitalismo autónomo, independiente, capaz de superar la subordinación a que era sometido el país por las necesidades de los mercados de Londres o Nueva York. Había que peruanizar, o sea, nacionalizar y emancipar la economía del país. Tampoco adjuraba del capitalismo como modo de producción instalado en la sociedad moderna, pero si cuestionaba la utilización excesiva de la máquina y de los procesos industriales que acabarían degradando y rebajando el carácter creativo del trabajo humano, transformando y reduciendo esta actividad esencial para la humanidad a un mero “trabajo odioso”. Precisamente por este y otros argumentos, consideramos que Mariátegui no puede ser etiquetado como un anticapitalista romántico, es decir, como alguien que elabora una crítica radical a la moderna civilización industrial burguesa en nombre de ciertos valores sociales y culturales pre-capitalistas anclados en la cultura incaica.11 La crítica de Mariátegui apuntaba específicamente al maquinismo y a la destrucción de la artesanía por el industrialismo y por aquello que consideraba la “deformación del trabajo en su finalidad y en su esencia”.

Consistente con esta idea, el pensador peruano siempre fue crítico de aquellos que postulaban un “retorno” a las formas productivas utilizadas por los Incas. Su convicta repulsa era contra las formas mascaradas y deletéreas de explotación de un capitalismo atrasado, utilizando para eso los mecanismos propios del sistema feudal. Lo que Mariátegui destaca de la cultura incaica es el comunismo agrario, un elemento que constituye un cimiento social y una ética de la cooperación y la solidaridad, que no representa, por lo tanto, una estrategia de desarrollo en función de determinados procesos de producción y trabajo ya superados por el mismo desenvolvimiento de las fuerzas económicas y productivas que rigen en el mundo, y también en su propio país. Para el marxista peruano, la valoración de las formas de vida de los pueblos originarios del Perú no pasaba por una “reconstrucción o resurrección del socialismo incaico”, pues ella correspondía a condiciones históricas claramente superadas. Su recuperación responde más al deseo y a la misión asumida por el Amauta de recuperar para el Perú la rica cosmovisión incaica, invisibilizada por el proyecto colonizador y civilizatorio del Estado controlado por las clases dominantes, sea como oligarquía latifundista heredera del sistema de Mercedes de tierra y de la encomienda española (y el gamonalismo), sea como burguesía entreguista presa a los intereses del capital y de las grandes corporaciones multinacionales asentadas en la metrópolis.

Estas ideas de recuperación del espíritu colectivo de los pueblos originarios las expresa claramente Mariátegui en su artículo “El porvenir de las cooperativas” en el cual escribe que “las comunidades indígenas reúnen la mayor cantidad posible de aptitudes morales y materiales para transformarse en cooperativas de producción y consumo. En ellas reside indudablemente, contra el interesado escepticismo de algunos, un elemento activo y vital de realizaciones socialistas.” 12 Para el Amauta estos elementos de una economía moral - según la concepción Thomson- ya se encontraban entre las comunidades andinas desde épocas atávicas en un libre y espontáneo desarrollo hasta la llegada de los conquistadores españoles:

Hasta la Conquista se desenvolvió en el Perú una economía que brotaba espontánea y libremente del suelo y la gente peruanos (...) La organización colectivista había desarrollado extraordinariamente en ellos, el hábito de una humilde y religiosa obediencia a su deber social. El trabajo colectivo, el esfuerzo común, se empleaban fructuosamente en fines sociales.13

Por lo mismo, Mariátegui busca superar dialécticamente aquellas visiones del marxismo vulgar que elaboran una lectura estricta y limitada de la matriz interpretativa marxista, con el fin de adecuarse a una utilización “correcta” de los clásicos del marxismo-leninismo. Diferentemente, el pensador peruano observa en las formas de organización del trabajo y de la vida de los pueblos originarios una clara expresión de un tipo de “comunismo incaico”14 que era factible recuperar, insisto, no como un retorno anacrónico a un pasado remoto, sino como semilla permanente para recrear las condiciones de vida de los habitantes de Perú y América Latina. Como oportunamente ha apuntado Mazzeo “la reivindicación del pasado incaico indirectamente propone un cuestionamiento a las formas absurdas, antisociales y antieconómicas, impuestas por el régimen colonial primero y luego por la modalidad específica del desarrollo capitalista (dependiente y neocolonial) en Perú”.15

Pero su esfuerzo por incorporar la visión de mundo de las comunidades andinas y su valorización del papel político de ellas, no se contradice con la búsqueda de una amplia confluencia entre los diversos sectores populares, enfrentados y despojados por un mismo modelo de desarrollo opresor y excluyente. Es decir, Mariátegui integraba a las luchas de los pueblos andinos, no solamente su carácter emancipador del trabajo alienante en el contexto de una sociedad del trabajo, sino que en tales luchas se incorporan además otras formas de racionalidad que superan la mera expresión técnico-económica para convertirse en una perspectiva holística que a la vez de liberadora es capaz de convocar el reconocimiento, la comunicación y la fraternidad entre los seres humanos.

En otras palabras, aunque el Amauta expone en muchos de sus escritos una visión pionera y heterodoxa sustentada en aspectos místicos y/o metafísicos presentes en la lucha por el socialismo, su propuesta también se nutre de elementos que provienen de una vena marxista más clásica. En algunos pasajes de su obra, Mariátegui reivindica o le confiere al proletariado un papel protagónico, en sintonía con la teorización realizada en la obra de Marx y de sus sucesores. En tal sentido, se podría argüir que la producción de Mariátegui contiene un discurso formalmente antenado con una teoría y praxis política de cuño más convencional dentro de la tradición marxista, aquella que lo llevó a desempeñar un papel esencial en la fundación en 1928 del Partido Socialista de Perú. Desde esta matriz, también tuvo una participación importante en la creación de la Central General de Trabajadores de Perú, en 1929, un año antes da su muerte a la edad de 35 años. De manera tal que, en el pensamiento revolucionario de Mariátegui, la incorporación del marxismo se realiza a través de la apropiación de una perspectiva de análisis histórico-política de la situación nacional, interpretando las variadas manifestaciones de la contemporaneidad a partir de las dinámicas y acontecimientos del pasado, rechazando aquellas visiones estáticas o deterministas del proceso histórico.

No obstante el hecho de que Mariátegui intenta incorporar nuevos elementos en su análisis, lo cual queda claramente expresado en su artículo “Ni calco ni copia”16, se percibe igualmente una aparente pugna, una tensión interna entre un autor que le entrega un papel preponderante a los actores campesinos e indígenas en los procesos de transformación social radicalmente inéditos -lo que se ha dado en llamar como socialismo indo- americano17- y un discurso más pautado en una narrativa clasista de la lucha social que tiene en el proletariado su principal abanderado. En este sentido se pueden recuperar sus palabras en el Mensaje proferido con motivo del Segundo Congreso Operario realizado en Lima en enero de 1927:

El proletariado de vanguardia tiene, bajo los ojos, cuestiones concretas: la organización nacional de la clase trabajadora, la solidaridad con las reivindicaciones de los indígenas, la defensa y fomento de las instituciones de la cultura popular, la cooperación con los braceros y yanaconas de las haciendas, el desarrollo de la prensa obrera, etc.18

En otro saludo con motivo de la conmemoración del 1 de mayo, Mariátegui le asigna a la clase trabajadora, al proletariado un papel de avanzada organizada por tras de la cual deben confluir el conjunto de las fuerzas populares participantes en la gesta revolucionaria. Es decir, si bien el proletariado debe tener un criterio clasista de organización, la conquista de sus esfuerzos por transformar la sociedad no la puede hacer solo. Dando un ejemplo de organización en las ciudades, el obrero urbano debe ser capaz de movilizar al resto de los actores de esta lucha, los campesinos, los mineros, los operarios de los yacimientos petrolíferos, los marineros mercantes, los peones del campo, etc. En ese contexto, es el proletariado la clase que se encuentra por excelencia capacitada para encabezar la lucha por el poder y la defensa de un nuevo orden socialista. Y aún más, es el Partido Socialista del Perú, la vanguardia de esa clase, aquella fuerza política que “asume la tarea de su orientación y dirección en la lucha por la realización de sus ideales de clase”.19 Clase y partido es el binomio que finalmente permitirá el advenimiento de la revolución, arrastrando consigo en este esfuerzo al conjunto de las otras clases explotadas y subordinadas por alcanzar su emancipación material e intelectual. Tal esfuerzo, afirmará finalmente el Amauta, debe ser activamente sostenido por el proletariado con la conciencia de un deber y una responsabilidad histórica que impone cualquier sacrificio en la convicción de que solo la lucha cotidiana conducirá a la victoria final del socialismo.

Superando dialécticamente estas premisas, si bien en Mariátegui la situación histórica es un dato importante a ser considerado en cualquier tentativa de instauración del socialismo, siempre estuvo claro para él, que dicho contexto no determinaba rígidamente el curso de los acontecimientos (versión fatalista), pues el carácter voluntarista de la lucha por el socialismo también era el resultado de una fe, de una convicción heroica y creadora a ser alcanzada por sobre el momento mediocre y estático del sentimiento determinista.20 Entonces, para Mariátegui la explicación marxista de la construcción del sujeto histórico y revolucionario (el proletariado) no se restringe a la existencia de condiciones objetivas - aunque sean importantes- sino que continúan en un proceso dinámico en que a estos factores objetivos - económicos y sociales- se suman aspectos relativos al mito y a la fe incontestable que se expresa en el destino superior de los pueblos autóctonos en su lucha por el socialismo. Así, la esperanza indígena - destacaba - es absolutamente revolucionaria. Contra la visión del marxismo ortodoxo de concebir una clase revolucionaria “por excelencia”, Mariátegui se preocupa por recuperar el carácter colectivista de los pueblos andinos y, en esa medida, su impronta revolucionaria de transformar la sociedad en torno de una cosmovisión y una praxis que se asienta en las formas del uso común de los bienes, de privilegiar los valores de uso por sobre los valores de cambio y de rescatar el arraigado sentimiento de cooperación y solidaridad que poseen dichas comunidades en su vida cotidiana.

Por lo tanto, es en las raíces indígenas donde es necesario buscar las bases de un proyecto socialista. Esa es la identidad que buscaba él, para quien Perú todavía se encontraba en una etapa de formación. Si sobre las “inertes capas indígenas” se propusieran construir una civilización occidental, la tarea de los peruanos consistiría en recuperar esos resquicios, esos vestigios de cultura nativa. Sin ignorar la realidad nacional y mundial, sin rechazar los avances de la modernidad (el avión, la radio, la linotipia) la peruanidad debe ser encontrada en una síntesis dialéctica de superación en la conservación, de una amalgama que recupere las formas tradicionales presentes en la cultura y en la religiosidad de ese territorio, para renovarse con las formas propias del mundo moderno. “No es romántico pretender adaptar el Perú a una realidad nueva. Más romántico es querer negar esta realidad...”21

Peruanicemos el Perú

Ciertamente la problemática de la identidad -así como la organización económica y social de los indígenas- no es un asunto que preocupaba exclusivamente a Mariátegui, ella se encontraba presente desde mucho antes en autores como Manuel González Prada o Luis Valcárcel, para los cuales la resolución de las contradicciones del Perú y la simultánea liberación de los pueblos andinos implicaba la irrupción de una acción revolucionaria impulsada desde las alturas de los Andes. Especialmente para este último, ya se anunciaba el día en que los pueblos andinos descenderían de la montaña como huestes guerreras para provocar la necesaria transformación de la nación. Para él no había salida para concebir la existencia de la nacionalidad peruana sino a través de la elevación de la cuestión indígena a un primer plano: “Perú es indio y lo será mientras haya cuatro millones de hombres que así lo sientan, y en cuanto exista una porción de ambiente andino, saturada de leyendas de cien siglos”.22 Sin embargo, fuera de la fuerza de voluntad y del entusiasmo expresado por el autor de Tempestad en los Andes, poca o ninguna acción política se vislumbraba detrás de sus palabras y gestos. Esto se debe en gran parte a un sesgo en el pensamiento de Valcárcel, para quien la formación de la nacionalidad peruana se basaba en la raza. Por lo tanto, el sujeto político que emerge de esta concepción no representa las contradicciones de un modelo económico y político - como aparece en el Mariátegui de los Siete ensayos- sino en un sujeto que posee una característica ontológicamente distinta, en el cual la raza representa la principal fuente movilizadora y emancipadora. La formulación de Valcárcel es en ese sentido tautológica, “la raza permanece idéntica a sí misma” y, por lo tanto, el hombre andino no se constituye en un sujeto político y popular que articulado con otros atores políticos sea capaz de proponer una salida revolucionaria para el país. Su impulso acabaría pereciendo con él mismo.

Sin duda que para Mariátegui también era imprescindible recuperar a noción secular de cooperación y fraternidad existente en el comunismo incaico, aquel pueblo que fue sometido por los colonizadores españoles, junto con la introducción a “sangre y fuego” de su concepción eurocéntrica. Sin embargo, para él a diferencia de las vertientes radicalmente indigenistas, el socialismo no significa necesariamente intentar emprender un rescate anti histórico y extemporáneo de las formas de producción incaicas, sino que fundamentalmente recuperar - no contexto de una técnica de producción moderna - aquellos aspectos de la gestión colectiva presente en las comunidades andinas, los hábitos de cooperación y las prácticas socialistas de los campesinos indígenas: “El socialismo, al final, se encuentra en la tradición americana. La más avanzada organización comunista primitiva que la historia registra es la incaica”.23

Cuando Mariátegui recurre a la institución del ayllu para enfatizar este carácter socialista, no lo hace de manera arbitraria y desmedida, pues el observa que estos rasgos de colaboración y redistribución existentes en las comunidades se mantuvieron y preservaron hasta sus días con aspectos similares a un proyecto con horizonte socialista. De esta manera:

Entre el comunismo incaico y el proyecto socialista que defiende no solo se pueden encontrar naturalezas afines, consanguineidades, o semejanzas sustanciales, sino también elementos de mediación concretos: los rasgos económicos, sociales, políticos y culturales, los hábitos de cooperación y solidaridad, los factores naturales socializantes que subsisten en las comunidades”.24

Entonces, el lema levantado por Mariátegui de “Peruanizar al Perú” significa precisamente eso, intentar construir un proyecto para el país que se inspire y alimente de las raíces históricas de los pueblos tradicionales que habitaron nuestro continente, sus formas de colaboración, de producción comunitaria y de ayuda mutua, sin renegar del hecho que el país se mueve-se también dentro de la órbita de la civilización occidental, con valores occidentales y un idioma heredado de los conquistadores españoles.

Probablemente puede parecer una fragrante contradicción el hecho de que el argumento de Mariátegui va a buscar la fuente de la fuerza revolucionaria en el misticismo indígena cuando, por otra parte, un segmento significativo de su obra se inspira en algunas consagradas categorías marxistas como clase social, papel del proletariado en la revolución social, carácter internacional de la lucha por el socialismo, desarrollo capitalista desigual y combinado, aparatos ideológicos de dominación, etc. No obstante, Mariátegui elabora una perspectiva del marxismo que recupera e incorporar de manera heterodoxa las tradiciones colectivistas y solidarias del comunismo incaico, substrato en el cual se funde su peruanidad y su espíritu agonista.25

Para él la burguesía peruana había llegado tarde al escenario histórico el cual la imposibilitaba de desempeñar su papel en el desarrollo del capitalismo nacional.26 Su marxismo y su propuesta fueron originales y pioneros en la medida en que se propone utilizar el instrumental analítico del marxismo conforme a la realidad y a las necesidades de Perú en ese momento histórico determinado. Su propósito fue el de tender un puente para pensar un proyecto de transformaciones para su país y la región a partir de la articulación de los aspectos culturales y políticos presentes en la moderna sociedad europea y las tradiciones vernáculas encontradas en las comunidades originarias.

Esto explica la excepcionalidad latinoamericana para edificar un tipo de socialismo diferente, indo-americano. Y también explica su fe inquebrantable en el destino emancipatorio del habitante de esta región del mundo, en el hombre indo-americano. En esa energía creadora Mariátegui encontrará los elementos que nutrirán su obra y que perfilarán su concepción de la identidad peruana, una identidad lapidada por milenios de actividad y vida cultural desplegada al alero de Los Andes. De esta amalgama surgiría aquella construcción de una condición eminentemente nacional que hasta los días actuales perfila la llamada peruanidad y que tanto inspiraba al autodidacta pensador.

Por lo mismo, para el Amauta, una política genuinamente nacional no podía ignorar o prescindir del indio. La peruanidad consiste precisamente en apreciar el valor de las comunidades indígenas como un substrato activo de la identidad peruana, de la nacionalidad en proceso de formación. Para él era evidente que el Perú nunca conseguiría ser verdaderamente peruano si los diversos actores políticos, sociales, culturales e intelectuales, no se diesen a la tarea de recuperar las raíces de la gran masa indígena y campesina peruana, que en esa época representaba as cuatro quintas partes de la población de ese país.

Mariátegui - al igual que Arguedas - rescataba el patrimonio cultural indígena como un sustento de la peruanidad, sustrato que como nos señala la evidencia histórica fue reiteradamente excluido e ignorado por el proyecto modernizador emprendido por el estado y la sociedad peruana. Y este rescate lo realiza precisamente Mariátegui a partir de su experiencia europea. Fue el conocimiento de los clásicos y los debates en que tuvo la oportunidad de participar que le dieron al joven intelectual peruano la certeza de su pertenencia a este continente y el legado de su más fervoroso sentimiento indoamericano y la tarea que estaba por emprender. En un homenaje a Waldo Frank escribe:

Como él, yo no me sentí americano, sino en Europa. Por los caminos de Europa, encontré el país de América, que yo había dejado, y en el que había vivido casi extraño y ausente.

Europa me reveló hasta qué punto pertenecía yo a un mundo primitivo y caótico; y al mismo tiempo me impuso, me esclareció el deber de una tarea americana. Pero de esto, algún tiempo después de mi regreso, yo tenía una conciencia clara, una noción nítida. Sabía que Europa me había restituido, cuando parecía haberme conquistado enteramente, al Perú y a América”.27

La anterior cita echa por tierra todos los intentos de distorsionar la obra del Amauta, a quien se lo acuso injustamente de ser un autor europeizado o de dejarse seducir por el pensamiento eurocéntrico. Esta descalificación de las ideas de Mariátegui resulta tan distorsionada como aquella emprendida por los burócratas de la tercera Internacional, quienes rechazaron a priori su vocación y fuerza transformadora al amparo de la estigmatización de incurrir en desviaciones pequeñoburguesas, estimulando con ello el olvido y denostación a la que fue sometida la producción del insigne pensador peruano, creación que solo fue recuperada a partir de los esfuerzos de familiares y amigos un par de décadas después de su muerte.

Comentarios finales

Mariátegui expuso en su obra las contradicciones que asolaron su país y que aún hoy forman parte de esa búsqueda identitaria de los habitantes del Perú. Como pocos intelectuales de su época sintetizó el sentimiento de urgencia para elaborar un proyecto transformador en el marco de una peruanidad que “exigía el momento histórico”. Mariátegui se propuso transformar el país a través de la revolución socialista indo- americana, recuperando la herencia intelectual europea, aunque tratando de construir otra narrativa que no fuese “ni calco ni copia” de lo aprendido en su estadía en el continente del norte, una lectura fresca y original de la realidad peruana que ha servido como punto de partida para nuevas perspectivas de producción del conocimiento. Se puede considerar a Mariátegui como el primer pensador marxista latinoamericano que se propuso ampliar la interpretación de los trabajos de los autores clásicos, ampliando los caminos para pensar y emprender las luchas populares en Perú y en el resto del continente.

Siendo que para Mariátegui el futuro de un proyecto de transformación para América Latina se encuentra en la recuperación vital de su pasado, su propuesta de ampliar la perspectiva epistémica para entender la realidad y transformarla a través de la praxis política28, no se confronta con su idea de modernidad. Es decir, como apuntábamos anteriormente, para el Amauta la modernidad no representa una tragedia en sí misma, lo que él desea hacer es concebir un modelo alternativo de modernidad que instale un tipo de racionalidad alternativa que se nutra en las relaciones de cooperación, reciprocidad y solidaridad existentes en las comunidades y pueblos originarios que habitan en nuestro territorio. De esta forma, según la acertada definición que realiza Héctor Alimonda, en Mariátegui “El socialismo, la organización futura de la sociedad humana, está inscripto en el pasado andino, en las tradiciones comunitarias y solidarias que, recompuestas por una nueva política, abrirán el camino para una modernidad propia, en diálogo productivo con las tendencias renovadoras contemporáneas”.29

Por lo mismo, él pensador peruano defiende aquellos aspectos de la cosmovisión andina que tributarios del pasado nos sirven para perfilar el futuro como una forma de recuperar desde otro territorio la construcción de una modernidad inclusiva, ética y emancipadora. De esa fusión crítica de la modernidad, como proceso de alienación por medio de la explotación y la promesa de crecimiento ilimitado y como forma de destrucción de los vínculos entre los seres humanos, entre ellos y la naturaleza, que el giro dialéctico de Mariátegui permite concebir la realización de un socialismo indoamericano liberado de la marca europeizante y hegemónica de lo moderno.

No es por mera casualidad que uno de los principales propulsores del enfoque modernidad/colonialidad, el sociólogo peruano Aníbal Quijano, se ha inspirado en la obra do su ilustre coterráneo para a partir de su pensamiento desarrollar una corriente crítica de la matriz eurocéntrica de la modernidad y del capitalismo:

Es pues ahora el tiempo de reconocer que sin esos momentos de subversión teórica contra el eurocentrismo, en el movimiento de la reflexión mariateguiana, la investigación actual no hubiera podido llegar en medio de la crisis actual, a percibir que el entero patrón de poder mundial es precisamente, una configuración histórica específica, en la cual uno de los ejes constitutivos es la idea de “raza”, como el fundamento de todo un nuevo sistema de dominación social, del cual el eurocentrismo es uno de los más eficaces instrumentos [...] Mariátegui alcanzó a percibir en la economía peruana de su tiempo, como un momento de subversión epistémica y teórica en el marco del propio ‘materialismo histórico’. Esa configuración específica, histórico-estructuralmente heterogénea, es el núcleo de lo que hoy se discute sobre la colonialidad del poder.30

Al igual que Gramsci es sus escritos desde la cárcel, Mariátegui fue capaz de renovar el pensamiento marxista, incorporando una impronta audaz e inédita que inaugura una perspectiva esencial para pensar la problemática y diseñar caminos de emancipación de los campesinos indígenas, los trabajadores y los sectores populares. Incluso con la incomprensión de que fue objeto y los diversos intentos por execrar, tergiversar o simplemente invisibilizar la obra de Mariátegui, su pensamiento sigue inspirando el debate sobre las posibilidades de construir un proyecto alternativo al capitalismo que conjugue una visión romántica de la revolución con una construcción crítica de la modernidad que superase los efectos deletéreos y deshumanizantes de la civilización capitalista. Frente a ello la concepción del socialismo indoamericano y su dialogo con las concepciones del Buen Vivir se ha convertido en una plausible propuesta para erigir una opción al modelo de acumulación por destitución actualmente imperante. A pesar de su breve vida, Mariátegui nos dejó un legado de coherencia y pasión que desborda de las líneas que escribe en su Advertencia (Introducción) de los 7 ensayos:

Muchos proyectos de libro visitan mi vigilia; pero sé por anticipado que sólo realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de meter toda mi sangre en mis ideas.31

Referencias bibliográficas

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1 Antonio Melis, “J. C. Mariátegui primo marxista d’America”, Critica Marxista, año 5, núm. 2, Roma, 1967, pp. 132-57. Agradezco al evaluador anónimo de este artículo el haberme advertido sobre esta importante referencia de Melis respecto al papel desempeñado por Mariátegui como un pionero en la construcción del pensamiento marxista en la región.

2José Aricó (Compilador), Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México, Cuadernos de Pasado y Presente, 1978, 332 p.

3José Carlos Mariátegui, “El hombre y el mito” en La tarea americana, Selección y estudio introductorio de Héctor Alimonda, Buenos Aires, Prometeo Libros/CLACSO, 2010, pp. 184-185.

4En este artículo Mariátegui utiliza una cita de Paul Valéry que después de Marx culmina con puntos suspensivos y que siguiendo la sugerencia de C. Achelin también completa con el nombre de Lenin. José Carlos Mariátegui, Mariátegui, La filosofía moderna y el marxismo” en Obra política, Prólogo, selección y notas de Rubén Jiménez Ricárdez, México D.F: Ediciones Era, 1979, pp. 314-315.

5El artículo escrito originalmente para la revista Amauta fue incluido posteriormente en el libro Defensa del marxismo publicado en Chile en 1934. José Carlos Mariátegui, “Henri de Man y la crisis del marxismo”, en Por um socialismo indo-americano: ensaios escolhidos; selección e introducción de Michael Löwy; traducción de Luiz Sérgio Henriques, Rio de Janeiro, Editora UFRJ, 2005, p. 194.

6José Carlos Mariátegui, Antología de textos, Edición de Juan Marchena, Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1988, p. 42

7Michael Lowy, “Nem decalque, nem cópia: o marxismo romântico de José Carlos Mariátegui”, Introducción a José Carlos Mariátegui, Por um socialismo indo-americano: ensaios escolhidos; Rio de Janeiro, Editora UFRJ, 2005a, pp. 7-24 y Michael Lowy, “Mística revolucionária: José Carlos Mariátegui e a religião”, en Revista Estudos Avançados, Vol. 19, n° 55, USP, São Paulo, 2005b, pp. 105-116.

8“Las comunidades campesinas de Perú se formaron a partir de 1569. Frente al desmedido interés por la tierra por parte de los conquistadores, la corona española reservó una ‘tierra en común’ para los indios sobrevivientes. A ellos les fue entregada la pose, pero no las propiedades y, por eso, no podían venderlas. Eran las tierras más pobres”. Luis Montoya, “Prólogo a la edición brasileira” de José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, São Paulo, Expressão Popular, 2010, p. 16.

9Gamonalismo se puede resumir a la existencia del sistema o régimen del latifundio, basado en la explotación de los indígenas, que sucede a la institución de la encomienda constituida desde la época colonial. Al decir del propio Mariátegui, “el término gamonalismo no designa solo una categoría social y económica: la de los

10José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 3° edición, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 21.

11En ese sentido discrepamos de la lectura que hace Michael Löwy de la obra del Amauta, al incluirlo - de una forma un tanto forzada y artificial- entre los pensadores que representarían la perspectiva “romántica” al interior de la tradición marxista, junto con William Morris, Georg Lukács, Ernst Bloch, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Antonio Gramsci, E. P. Thompson y Raymond Williams.

12José Carlos Mariátegui, “El porvenir de las cooperativas”, en J. C. Mariátegui, La tarea americana, Buenos Aires, Prometeo Libros/CLACSO, 2010, p. 171.

13José Carlos Mariátegui, “Esquema de la evolución económica”, en 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 7.

14En esta invocación del comunismo incaico Mariátegui no está solo. Ya antes lo habían realizado el Inca Garcilaso de la Vega o el insigne intelectual Manuel González Prada, junto a una constelación de intelectuales y escritores que incursionaron en esta temática, como Víctor Raúl Haya de la Torre, Abraham Valdelomar o Luis Valcárcel, entre otros.

15Miguel Mazzeo, José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América, Santiago, Quimantú y Tiempo robado editoras, 2017, pp. 53-54.

16En sus palabras: “No queremos ciertamente, que el socialismo en América sea calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una nueva generación”. J. C. Mariátegui, “Aniversario y Balance”, en Política e Ideología, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1994, p. 261.

17Aquí encontramos una clave interpretativa en la cual el autor le atribuye un papel preponderante al campesinado indígena del Perú, debido inclusive a su mayor peso cuantitativo con relación con el reducido proletariado. Una conclusión de este tipo de encuentra en Héctor Alimonda, “La tarea americana de José Calor Mariátegui, Presentación” en J. C. Mariátegui, La tarea americana, Buenos Aires, Prometeo Libros/CLACSO, 2010, p. 27.

18José Carlos Mariátegui, Obra política, Prólogo, selección y notas de Rubén Jiménez Ricárdez, México D.F, Ediciones Era, 1979, p. 256.

19J. C. Mariátegui, op. cit., p. 271.

20En un pensamiento coincidentemente similar Gramsci también concebía la hegemonía como la capacidad de alcanzar y sustentar la unidad de un bloque social histórico. Y esa capacidad no solamente giraba en torno del puro dominio, de la ejecución real o potencial de la violencia, sino de una fuerza de le naturaleza cultural y moral, de una “fe” intima encarnada en el sujeto histórico, que por medio de la catarse - pasaje del momento económico o egoistico-pasional para el momento ético-político - se constituye en el actor-revolucionario capaz de crear un proyecto transformador para el conjunto de la sociedad, según escribiera el gran pensador sardo.

21José Carlos Mariátegui, Por um socialismo indo-americano: ensaios escolhidos; selección e introducción de Michael Löwy; traducción de Luiz Sérgio Henriques, Rio de Janeiro, Editora UFRJ, 2005, p. 46.

22Luis Valcárcel, Tempestad en los Andes, Lima, Editorial Universitaria,1972, p. 113.

23José Carlos Mariátegui, “Aniversario y Balance” en Política e Ideología, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1994, p. 260.

24Miguel Mazzeo, José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América, Santiago, Quimantú y Tiempo robado editoras, 2017, pp. 51.

25Como oportunamente nos advierte Florestán Fernandes en el prefacio de la primera edición brasileña de los Siete ensayos, no fue el marxismo que llevó Mariátegui a la revolución: “Al revés, fue su inquietud intelectual y sus ansias políticas revolucionarias, ambos intrínsecamente peruanas no obstante universalizadas y universalistas, que lo llevaron al marxismo”. (Fernandes, 1975, pp. XVI-XVII).

26Esta incapacidad de las burguesías nacionales de asumir una posición protagonista en el desarrollo de los países del continente es precisamente una de las “Tesis” que plantea Rodolfo Stavenhagen en su ya clásico Siete tesis equivocadas sobre América Latina, en Sociología y Subdesarrollo, México, Nuestro Tiempo Editores, 1981, pp. 15-26.

27José Carlos Mariátegui, “Waldo Frank”, en Alma matinal, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1970, p. 162.

28Aquello que Miguel Mazzeo define como “socialismo práctico”, es decir, aquello que supone una reflexión concreta sobre los proyectos de organización colectiva y popular que elaboró el Amauta. Miguel Mazzeo, José Carlos Mariátegui y el socialismo de Nuestra América, Santiago, Quimantú y Tiempo robado editoras, 2017.

29Héctor Alimonda, “Primicias de la Cultura de Quito en el siglo XXI: El Buen Vivir”, en Revista Interdisciplinaria de Estudios Sociales, Núm. 5, Bahía Blanca, Colectivo de Estudios e Investigaciones Sociales, 2012, p. 24.

30Aníbal Quijano, “Prólogo. José Carlos Mariátegui: Reencuentro y Debate”, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 3° edición, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, pp. CXXVIII-CXXIX. Este prólogo escrito por Quijano a instancias de su amigo Ángel Rama -en ese momento Coordinador General de la Biblioteca Ayacucho-, es en sí mismo una obra portentosa de 120 páginas.

31José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 3° edición, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 5.

Recibido: 20 de Octubre de 2017; Aprobado: 23 de Noviembre de 2017

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