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Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis v.8 n.24 Santiago  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682009000300022 

Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 8, Nº 24, 2009, p. 419-423.

COMENTARIOS Y RESEÑAS DE LIBROS

Discursos sustentables

Enrique Leff
Editorial Siglo XXI, México, 2008, 273 págs.

 

Diana Luque*

Universidad Iberoamericana, Cd. De México, México. E-mail: diana.luque@uia.mx


 

Los comentarios a la última entrega del pensamiento de Enrique Leff, que ahora los reúne en este libro titulado Discursos sustentables, son totalmente subjetivos y muy locales, es decir, aquí les cuento lo que el pensar de Leff nos deja pensando, allá, lejos, en las pequeñas comunidades de la Costa de Sonora, que dan al Golfo de California, en donde he estado conviviendo una buena parte de mi vida.

Para apreciar la voz de Leff, hay que procurar el silencio, aquel que nos permite escuchar los lamentos de todos esos seres, humanos y no humanos, que son diariamente masacrados por una racionalidad que Enrique califica de cosificante, unidimensional, despojada del ser, anquilosada en estrategias de poder en el saber, que buscan la ganancia a corto plazo, que privatizan la vida y privan de vida; y que es la misma racionalidad que consumió en llamas y gases tóxicos la vida de 46 criaturas inocentes en la Ciudad de Hermosillo, Sonora, justo el día en que se celebraba el Día Mundial del Medio Ambiente, el pasado 5 de Junio. Por ellos y para apreciar la voz de Leff, pido un minuto de silencio.

Leff es ante todo un artesano de la palabra. Ahora nos damos cuenta que hace unos años nos iluminaba el camino con haces abruptos tallados a mano. En esta última versión nos entrega sus palabras pulidas, finamente acariciadas por la mano que percibió de manera prematura la cruda modernidad. Una modernidad, cuyas críticas, otrora se interpretaban como alucines trasnochados, pero que, como se puede apreciar a diario, los temas ambientales han pasado de ser del "coloca la basura en su lugar" a los asuntos de seguridad, soberanía nacional y riesgo planetario. Y es un artesano de la palabra, porque a costa de un tallado sin descanso, entre sus manos tomó el cuerpo petrificado del ambiente y lo resignificó para siempre.

Irreconocible es ya, esa cosa, ese término, que sin ningún tropiezo lo sustituíamos por naturaleza, ecología o entorno. Pues como él nos lo señala una vez más: el ambiente es la complejidad del mundo.

Ahora el ambiente es un espacio, que si bien se presta para escudriñar sin piedad las tragedias objetivizantes del pensamiento occidental, que en su clamada desconstrucción bien pareciera una petición apocalíptica, pero que debido a sus matices no dogmáticos, también genera el caldo de los cultivos de las sociedades, que en su afán de humanizar el universo, habrán de reencontrar sus huellas primigenias, habrán de reconocer a su Madre Tierra y habrán de constituirse en plena sustentabilidad ambiental.

Es este el ambiente, donde Leff ha cultivado la Racionalidad Ambiental y en sus retoños se alcanzan a ver las palabras vivificadas por la Complejidad Ambiental, la Epistemología Ambiental, los Saberes Ambientales, la Pedagogía Ambiental, la Ética Ambiental, que a su vez le dan vida a la Sustentabilidad Ambiental, pintándole la raya al "desarrollo sustentable" como discurso de poder que reproduce al neoliberalismo he-gemónico.

Es desde la racionalidad ambiental que la resistencia a las formas de desarrollo dominantes, impulsadas por el avance des-arrollador del capital financiero, encuentran sentido. Es en este espacio en donde las conversaciones del anciano comcáac, el famoso Chapo Barnett, se vuelven coherentes. Al anochecer, descansando en unos tablones de madera de desecho, con el cuerpo dentro de su casa de lámina de cartón negro, a la que hizo un agujero a la altura de su cama para poder sacar la cabeza y continuar con sus estudios astrales de los antepasados, nos dice: Aquí no nos hace falta nada, aquí es puro sentir y sentir. Sin ningún interés de volverse como los "otros" (los yoris, los blancos), se sabe sabio, heredero de una conciencia comunitaria que incluye a su gente, el territorio, la biodiversidad y los saberes ancestrales. Nos platica que cuando estuvo en el Tibet, se dio cuenta que los budistas no le llegaban ni a los talones, por lo que se dispuso a cantarles procurando su sanación, al tiempo que les decía a los monjes: aliviánense maestros (Punta Chueca, Primavera, 2008).

Esa insistencia con su hachita de artesano, Leff la ha dirigido a los temas contemporáneos en donde se debaten, al filo de la navaja, el destino de la humanidad: el agua y la energía. Su desalmada crítica (que la trata de disimular poéticamente) a la filosofía occidental positivista, fuente de la hiperproducción de una realidad hipercientífica e hipereconomizada, nos señala, que esta se autolegitima como la única verdad y que tiene subyugadas las posibilidades del ser y del saber.

Esta reflexión primera lo induce al uso y desuso de calificativos que describen, por un lado, la escasez brutal, de un bien común (el agua), por la sobreexplotación, contaminación de los acuíferos y estancamiento de los manantiales del pensamiento que justifican la voracidad de una élite des-humanizada; mientras que por otro lado, conllevan profundos procesos de disyunción de simbología y praxis de la naturaleza, que diluyen la diversidad cultural de la Tierra, como parte de un acervo de posibilidades de nombrarla, habitarla y venerarla. Tal vez esta sea la respuesta a Doña Cleotilde Morales, anciana comcáac quien menciona preocupada que algo anda mal, pues antes no les hacía falta el agua, pues a pesar de vivir en el desierto y de no contar con un servicio municipal, en la comunidad comcáac, había niños que se iban con una vasija a recoger agua de mar y ya cuando regresaban con la gente, ya estaba dulce y la podían tomar (Punta Chueca, Verano, 2008). A ver, Enrique Leff, dinos, tú que sabes tanto de la escasez mundial del agua ¿Qué les está pasando a esos niños?

En cuanto al tema de energía, bueno, después de mucho matematizar, finalmente, los científicos y los políticos aceptaron que vivimos un calentamiento global derivado de la actividad humana, principalmente de origen industrial, por la quema de combustibles fósiles. Por ello, nos dicen, debemos de "invertir en más ciencia y tecnología" para abastecer las "crecientes" demandas de energía por las sociedades humanas, cada vez más industriales, montadas en este tren desenfrenado del desarrollo. Según las fuentes del EPI (Environmental Performance Index, 2008), la tan admirada China post-maoista, en el 2007 superó a EUA, en cuanto al volumen de emisiones de CO2, principal gas de efecto invernadero. ¡El consuelo es que todavia no es percápita! Imagínense a 1200 millones de chinos con los estándares de consumo energético de un americano promedio. Nada de que preocuparse, pues la ciencia y la tecnología se encargarán de ello. Mientras tanto, nadie grita: ¡Paren ese tren! Por el contrario, se trata de seguir "creciendo y consumiendo" y se trata de seguir pensando dentro de la racionalidad que ha puesto al descubierto Leff.

Ahora la gran euforia redentora está puesta en las energías alternativas, en especial los biocombustibles. Es increíble lo que la ciencia ha adelantado al respecto, al punto que la empresa aeronáutica Interjet, hace un par de meses, dio a conocer a los medios, que en enero del 2010 se hará realidad el sueño del primer vuelo impulsado por biocombustibles derivados de ¡la salicornia! ¿Quien ha oído hablar de esta insignificante halófita que crece en los esteros del Golfo de California, incluidos los del territorio comcáac? Resulta que en el otoño del 2007 un grupo de prominentes científicos y empresarios de una multinacional, le propusieron a un grupo de los comcáac el cultivo intensivo de la salicornia en su territorio, con la promesa de que se encontraban frente a un verdadero pozo petrolero que los enriquecería de la noche a la mañana. El proyecto fue abortado por la comunidad, pues violentaba la sacralidad del territorio y por ende la integridad comunitaria. La pregunta sigue en el aire: ¿A que fue realmente este grupo? Algunas hipótesis: por las variedades de semillas de la salicornia, ya que actualmente existen 20 patentes de sus genes registradas y 30 en curso, para tener el control de la siembra de esta fuente de biocombustibles; o, iban por la fuerza de trabajo barata, para asegurar los volúmenes de semillas que garanticen la rentabilidad del negocio de este biocombustible. Como pueden ver estas hipótesis, no tienen nada que ver con la racionalidad hegemónica de un mundo hipereconomizado. ¿Serán otra vez los alucines de este pobre artesano trasnochado, que no tiene más negocio que tallar y tallar?.

Con respecto a la re-organización del conocimiento como fundamento de una racionalidad ambiental, Enrique Leff y Don Antonio Robles, presidente del Consejo de Ancianos Comcáac, si coinciden, pues mientras que el primero nos llama la atención sobre la fragmentación del conocimiento científico, como una fuente de esta crisis de civilización llamada ambiental, el segundo, a la orilla de un atardecer de la Isla Tiburón, afirma, apuntando al firmamento, que el sol, la luna, las estrellas y el mar, trabajan juntos, pero que además, los conocimientos coksar (blancos) no son de fiar, pues no sueñan nada (Isla Tiburón, 2003). ¿Tendrá que ver esto con las interpretaciones de una ciencia des-erotizada que produce un mundo donde el desierto crece, en el ecosistema de la planicie mental de la sociedad moderna?.

Que poco rigor científico de este artesano, pues que tiene que ver una reérotización del quehacer humano con la problemática ambiental. Será que Enrique se me adelantó con el Ñasco, pescador ribereño de Bahía de Kino, que en ocasiones va a bucear el callo de hacha al Canal del Infiernillo, Zona de Exclusividad Pesquera de los comcáac. Frente a la necedad ecologista sobre la sobreexplotación de los bancos de callo, el Ñasco, experto en la diversidad cultural global, señala que no hay ningún riesgo al respecto, pues los seris (comcáac) son la tribu mas güevona del mundo. Es decir, a ellos no les interesa hacerse ricos, solo sacan lo del día y lo hacen unas tres o cuatro veces a la semana, un par de horas y ahí estuvo. Lo demás, se la pasan risa y risa en sus casas, con su gente. Este ser lúdico de los seris (por decir algo más amable que el Ñasco), es parte de su forma de habitar y producir su mundo, y que a su vez es parte de su trama cultural y relacional con la Madre Tierra, así también la están cuidando.

En las propuestas que nos trae Leff hay algo muy transversal, una insistencia casi obsesiva (se la dejo de tarea a su psicoterapeuta) por integrar, ligar, vincular, relacionar, juntar, reunir, unir, incluir, ya sea con el nombre de Epistemología Ambiental, con el de Diálogo de Saberes, o con el de la Racionalidad Ambiental. En el fondo creo que es un profundo anhelo de comunidad. La comunidad es un bien tan ajeno a la realidad de las sociedades desarrolladas, que ni siquiera aparece en sus largas listas de indicadores para definir quien está o no está "desarrollado". La comunidad humana se realiza en el territorio, con su biodiversidad, por ello, la enajenación privada de la tierra, es impensable para quien habita este mundo de manera comunitaria. Para esta realización se requiere el pensarnos comunitariamente mediante esquemas de pensamientos comunales por igual, que vinculen, reúnan, integren, etc. Esta manera de ser en el ente, puede presentar casos extremos, como el de Doña Juanita, otra vez comcáac, quien asegura que su familia es la dueña de la nube que se forma por las tardes en el centro de la Isla Tiburón, pues ellos nacieron ahí. Este reclamo, más que un derecho a la expoliación de sus recursos naturales, implica un compromiso con el territorio, una obligación de resguardo, pues es la fuente de la tradición, de la historia colectiva y de la subsistencia y sus saberes comunitarios.

En este sentido, tal vez la gran aportación teórica de Enrique Leff es, derivado del tallado y resignificación del ambiente, se generó una comunidad ambientalista, que estamos aquí reunidos, el día de hoy. Y en esta aceptación de los diálogos inciertos e inacabados, en el fluir de los ríos de posibilidades de matrices de racionalidad, muy pronto, esta comunidad, podrá conversar sobre los territorios ambientales, en donde la vida comunitaria con la Madre Tierra será posible y nosotros estaremos procurando su permanencia.

Ya que el pensamiento ambientalista enaltece la diversidad cultural, y por esa propuesta de pensar una pedagogia ambiental en términos de un rescate de los saberes ancestrales, acompañada por una búsqueda de la felicidad, y desdeñando toda posibilidad de que algún día por fin tengamos en nuestras manos un felizometro, les comparto una frase en sánscrito (eso dicen los practicantes del yoga) que dice: Loká samasthá sukinó babantú, lo cual en nuestra lengua significa: Unidos en el anhelo de que todos seamos prósperos, libres y felices.

Por último me despido en la única lengua que comprenden las deidades moosni, las tortugas marinas, el cmique iitom, cuyos herederos exclusivos son los comcáac: Yooz quij mizj massaiia, que Dios te bendiga, Enrique Leff.


Recibido: 18.06.02009, Aceptado: 26.10.2009.

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