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Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis vol.11 no.31 Santiago abr. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682012000100007 

Polis, Revista Latinoamericana, Volumen 11, Nº 31, 2012, p 125-140

LENTE DE APROXIMACIÓN

 

Multiculturalismo, publicidad y ciudadanía

Multiculturalism, advertising and citizenship

Multiculturalismo, publicidade e cidadania

 

Carlos Durán Migliardi

Universidad Diego Portales, Santiago, Chile. Email: c.duran@udp.cl


Resumen: El multiculturalismo, junto con ser una categoría indicativa deun determinado estado de "diversidad" característico de sociedades complejas endonde orden social y subjetividad se manifiestan como realidades escindidas, constituye a su vez una forma de asumir la configuración de lo público y de la ciudadanía de manera distinta a los principios liberal-individualistas clásicos. En este sentido, la política multiculturalista se constituye como una apuesta por superar la"ficción liberal" de la homogeneidad que destaca la diferencia de patrones culturales como un elemento fundamental en la configuración de un espacio público democrático abierto a la diversidad. Este trabajo intenta concentrarse justamente enlos alcances y límites de esta relación entre publicidad y diferencia sostenida por lapolítica multiculturalista.

Palabras clave: Multiculturalismo, democracia, ciudadanía.


Abstract: Multiculturalism, along with being a category indicating a particular state of "diversity" characteristic of complex societies in which social order andsubjectivity manifests as split realities, is itself a way to assume the configuration of thepublic realm and citizenship differently from liberal-individualist classical principles.In this sense, the multiculturalist policy was established as a bid to overcome the "liberal fiction" of homogeneity that highlights the difference of cultural patterns as a keyelement in the configuration of a democratic public space open to diversity. This paperattempts to focus precisely on the scope and limitations of this relationship between thepublic realm and difference, sustained by multiculturalist policy.

Key words: Multiculturalism, democracy, citizenship


Resumo: O multiculturalismo, além de ser uma categoria indicativa de um certoestado de "diversidade" característica das sociedades complexas em que as realidades sociais e subjetivas aparecem como divisão, por sua vez é uma forma deassumir a configuração do público e da cidadania de forma diferente dos principíosclássicos liberal-individualistas. Neste sentido, a política de multiculturalismo foiestabelecida como uma tentativa de superar a "ficção liberal" da homogeneidadeque destaca a diferença nos padrões culturais como elemento-chave na formaçãode um espaço público democrático aberto à diversidade. Este trabalho pretendefocar-se com precisão sobre o alcance e os limites dessa relação entre publicidadee diferença apoiada pela política multicultural.

Palavras-chave: democracia, multiculturalismo e cidadania


 

Introducción

Con independencia de la discusión en torno a la permanencia de losestados-nación como espacio privilegiado de la acción política contemporánea, en el campo disciplinario de las ciencias sociales hay acuerdo enadvertir sobre la necesidad de asumir la convivencia de dicho espacio conlos efectos de lo que ha sido definido como globalización1 .

Existe, en este sentido, un generalizado reconocimiento de que laglobalización ha producido consecuencias que han desestabilizado, conmayor o menor intensidad, la hasta hace poco fuerte identidad entre losconceptos de política, soberanía estatal y nación propia de las realidadesliberal-democráticas (Arditi 2000). Y es que, más allá de la innegable existencia fáctica de los estados-nación, lo cierto es que la mundialización delas comunicaciones, el aumento explosivo de los índices de migración, lainterdependencia económica como efecto de la desnacionalización de losprocesos productivos y lo que Anthony Giddens (1993) define como la"intensificación de las relaciones planetarias", entre otras cuestiones, hancomenzado a ser instalados en la gramática de las ciencias sociales comofactores que obligan a replantear asuntos tales como la integración, la legitimidad y los propios límites de la política democrática y de su expresiónen el espacio público.

El debate en torno a la relación entre democracia, política yglobalización es tan inabordable como inacabable. Los diagnósticos acercade las nuevas formas que cobra esta relación adquieren múltiples direcciones que van desde los balances laudatorios más entusiastas hasta las críticas más apabullantes2 , pero que manifiestan como denominador común laasunción de un fenómeno de desplazamiento de las otrora estables fronteras de lo público y de lo político. Un fenómeno que, a fin de cuentas, implica el reconocimiento de que la política contemporánea se encuentra en unproceso de migración hacia nuevos topoi (Arditi 2005) como efecto deldesdibujamiento de los contornos de los estados nacionales.

Una buena forma de sumariar este desdibujamiento de las fronterasde lo político-público como efecto de la globalización lo constituye su comprensión como un proceso de ensanchamiento, "hacia fuera" y "hacia dentro", de los tradicionales límites estado-nacionales, tal como lo plantea Arditi(2000) por una parte, un ensanchamiento hacia fuera que se manifiesta enla emergencia de instancias supranacionales de acción y decisión políticaque desfiguran las formas clásicas de vinculación entre política, soberaníay territorio3 ; por otro lado, un ensanchamiento hacia adentro manifestadoen la complejización del vínculo entre Estado, ciudadanía y nación y en laemergencia de formas políticas no estatales.

Pues bien, y como parte sustancial de este segundo efecto de "ensanchamiento" de los espacios de acción política es que ha de ubicarse aldebate en torno a la así llamada "cuestión multicultural". Es precisamenteen este contexto de discusión desde donde ha emergido lo que -en el léxico politológico y sociológico- se conoce como multiculturalismo liberal, espacio de reflexión teórico-política con fuertes intenciones doctrinarias queofrece una amplia gama de soluciones para encarar lo que, a juicio de susexponentes, constituye el debilitamiento definitivo de la "ilusión" de laexistencia de sociedades culturalmente homogéneas constituidas como telón de fondo de la organización política propia de las democracias liberalesde occidente. Debilitamiento "definitivo", toda vez que una relectura deldevenir de los estados-nación modernos ha llevado a concluir retroactivamente que, a fin de cuentas, el presupuesto de una homogeneidad cultural que permitía hacer coincidir los límites del Estado y la naciónera sólo eso: un presupuesto. Y es que, como señala Will Kymlicka (1996:255), "en general, en el mundo hay más naciones que estados posibles, y esnecesario encontrar alguna vía para mantener la unidad de los estados multinacionales" o, como señalan Máiz y Safran (2002) "en la mayoría de lospaíses, el Estado y la nación no son coincidentes. La creciente complejidadétnico-cultural de muchas sociedades modernas ha llevado (…) a reexaminar los presupuestos del nacionalismo y el significado y la evolución de lasformas de la identidad colectiva, así como a afrontar el problema de cómocombinar pluralismo y estabilidad socio-política".4 (Ibid: 12),

Pues bien, este artículo se propone presentar de manera sumaria losefectos que, sobre las definiciones acerca de lo público y la ciudadanía,manifiesta la perspectiva multiculturalista. Interesa especialmente dar cuentade las consecuencias que sobre el concepto de "lo público" se extraen deesta perspectiva, toda vez que sus postulados se traducen necesariamenteen la comprensión de la heterogeneidad cultural como un dato que trasciende las disposiciones privadas y que se inserta de lleno en el campo público-político. Centrado en la perspectiva de la "ciudadanía multicultural" desarrollada por Will Kymlicka, ofreceré en la primera parte una reflexión relativa a los supuestos que permiten indicar la distancia entre la ciudadaníaliberal clásica y la ciudadanía multicultural para, en la segunda parte, observar lo que mi juicio constituyen los límites que la resignificaciónmulticulturalista de lo público construye en relación al vínculo entre ciudadanía y diferencia.

I

De entre los contenidos del debate abierto por el multiculturalismoliberal, dos cuestiones son las que a mi juicio constituyen el núcleo de sudistanciamiento frente a lo que este campo de reflexiones reconoce comola teoría política liberal tradicional: por una parte, el cuestionamiento de lareducción del problema de la identidad a una cuestión estrictamente individual y, por otra, la objeción a la comprensión de los asuntos culturalescomo una cuestión que, para efectos de la estructuración del orden político,opera como un mero entorno a-tematizado.

Sobre la primera cuestión aquí señalada -el criterio individualista-,algunos comentaristas del debate multicultural señalan que, entre las limitaciones de la argumentación liberal tradicional, puede señalarse "(…) elhecho de que ella parece haber sido pensada para dar cuenta del modo enque es posible asegurar la convivencia entre individuos con diversas orientaciones valorativas en el interior de un mismo cuerpo político, pero hadesatendido la pregunta por la coexistencia ya no de individuos sino degrupos culturales colectivos en el interior de un mismo Estado" (Leyva2003: 17).La atención típicamente multiculturalista en aquellas demandasque pugnan por el reconocimiento de identidades, prácticas, instituciones yderechos de grupos minoritarios al interior de un espacio político-estatal,en este sentido, constituye una declarada búsqueda por superar el sentidotípicamente individualista de la política liberal, tematizando la existenciade un plano de heterogeneidad -la heterogeneidad que aportan grupos culturales con identidad propia- que, al no ubicarse en el nivel individual,altera las bases mismas del supuesto individualista y obliga a considerarformas más densas y complejas de integración política.

Sobre lo segundo, los teóricos multiculturalistas buscan asumir a laheterogeneidad de creencias, valores y disposiciones culturales propia delas sociedades contemporáneas como un problema ya no estrictamente privado -como lo querría la concepción liberal clásica- sino que como unacuestión necesaria de ser abordada en el plano político-público. El balance,en este sentido, es que resulta completamente insuficiente para la evaluación de la "calidad" de un régimen democrático el que éste garantice, "demodo abstracto", la diversidad cultural de su entorno societal, si es que estadiversidad no se expresa en el plano efectivo de la distribución de competencias políticas.5

Combinando ambas cuestiones, lo que emerge como problema privilegiado para las perspectivas multiculturalistas es la pregunta acerca delas condiciones que vuelven posible la tematización de una idea que, enprincipio, emerge en oposición a los principios liberales bajo los cuales seasume la ciudadanía democrática: la idea de una ciudadanía diferenciada. ¿De qué manera es posible, manteniéndose dentro de las coordenadas delpensamiento político liberal, operativizar esta idea? Lo cierto es que, en elnivel en que quiera verse, y tal como apunta Rodríguez (2003: 178), "elavance de las demandas multiculturales ha significado, más allá de otrastransformaciones significativas, la puesta en discusión de los fundamentosconstitucionales de las democracias contemporáneas". Y ello por cuanto,como he querido señalar aquí, lo que se encuentra en juego en este tipo dedemandas es la impugnación de la propia base "individual" sobre la queéstas han erigido sus dinámicas de acción y sus mecanismos de integración,de la misma forma como su prototípica estrategia inclusiva de la "igualación" antes que la "diferenciación".

Dentro de este espacio de reflexiones, la propuesta multiculturalistadel teórico político Will Kymlicka destaca por el profundo efecto que suobra ha generado en el campo no sólo de la ciencia política contemporáneasino que también de las ciencias sociales en general. Para Kymlicka, laheterogeneidad de disposiciones e identidades culturales ha de ser concebida como un dato que necesariamente debe considerarse en sus efectossobre el orden político de las democracias liberales contemporáneas. Laprofunda densidad y diversidad étnica, nacional y religiosa a la que la casitotalidad de los estados democrático-liberales se ven enfrentados constituye, en este sentido, un indicador de heterogeneidad frente a la cual la yatradicional respuesta universalista del liberalismo se percibe como una disposición completamente insuficiente a la hora de evaluar las posibilidades deconstrucción de órdenes políticos estables e integradores de la diferencia. 6

El problema hacia donde Kymlicka apunta sus reflexiones es claro:de lo que se trata es de hacer compatibles aquellos principios universalesque definen a la tradición liberal -derechos humanos, libertad individual,democracia y justicia- con el reconocimiento de la existencia de una heterogeneidad cultural que impide que dichos principios universales seanoperativizados de manera genérica apelando únicamente al fundamentoindividual. En sus palabras "una teoría liberal de los derechos de las minorías debe explicar cómo coexisten los derechos de las minorías con losderechos humanos, y también cómo los derechos de las minorías están limitados por los principios de libertad individual, democracia y justicia social" (Kymlicka, 1996: 19).

Esta necesidad de tematizar la existencia de identidades colectivas no coincidentes con la cultura mayoritaria de un espacio político determinado remite, en primer lugar, a una cuestión de sobrevivencia de la propiaestatalidad. Y es que, a juicio de Kymlicka "los estados multinacionales nopueden sobrevivir a menos que sus diversos grupos nacionales mantengansu lealtad a la comunidad política más amplia en la que están integrados ycon la que cohabitan"7 (Ibid: 29). Al ser la no coincidencia entre Estado ynación más una norma que una excepción, la búsqueda por hacerlos coincidentes bien puede constituirse en una operación autodestructiva para lapropia convivencia política y la supervivencia del Estado democrático y,por otro lado, fácilmente puede devenir en la negación fáctica de los derechos fundamentales de aquellos individuos que forman parte de las "identidades minoritarias". En definitiva, la necesidad de asumir la "cuestión multicultural" -con todas las consecuencias que sobre la axiomática liberalgenera- resulta un imperativo no sólo en términos de la procuración dejusticia hacia los grupos culturales que no forman parte de la "cultura dominante" sino que también en términos de la necesaria preocupación por laestabilidad de las democracias contemporáneas (Kymlicka 2002).

Ahora bien, para comprender el alcance de la propuesta de ciudadanía multicultural desarrollada por Kymlicka es necesario hacer una brevereferencia a la naturaleza específica de su objeto de preocupación. Paraeste autor, la categoría de "ciudadanía multicultural" alude en primer lugara la comprensión de una ciudadanía desligada, de una vez y para siempre,de cualquier alusión que la haga coincidente a un ethnos de anclaje nacional.8 Sin embargo, y es en este punto donde se encuentra gran parte de laespecificidad de esta propuesta, ello no implica suponer al ethnos ni a la nación misma como factores que no intervienen en la configuración del orden político, ni menos aun como resabios necesarios de expulsar definitivamente del debate politológico. Por el contrario, la "nación" entendidacomo una fuente efectiva de producción de identidades, como espacio desocialización y como matriz cultural de solidaridad colectiva, constituyeuna realidad a ser considerada en sus efectos sobre la constitución de identidades colectivas.

Si la cuestión de la nacionalidad sigue siendo un factor político enun mundo en el que se asume que nación y ciudadanía ya no pueden servistos como espacios coincidentes entre sí, el reto multiculturalista consiste justamente en lograr que aquellas identidades nacionales y étnicas "minoritarias" logren persistir en su especificidad como fuentes de socialización colectivas, conviviendo con las "culturas mayoritarias" existentes encualquier espacio político-estatal. La ciudadanía multicultural, así, remitea la idea de identidades culturales colectivas que, heterogéneas respecto ala cultura nacional dominante, logran las condiciones para la reproducciónde su especificidad, al mismo tiempo que "participan" de un espacio desolidaridad política común que los iguala con el resto de los miembros delcuerpo político. En definitiva, una conjunción entre unidad y diferencia o,en otras palabras, pertenencia e identificación en un cuerpo político comúnpor parte de colectivos heterogéneos en términos culturales.

De la comprensión de las identidades culturales como una categoríaesencialmente colectiva se deduce claramente la pertinencia que la perspectiva multiculturalista ve en la reivindicación de "derechos diferenciados en función del grupo", reivindicación hasta hace poco impensada parauna perspectiva que asume inequívocamente su carácter liberal. Dicha reivindicación, sin embargo, no se asume como antagónica respecto a la primacía de los derechos individuales, toda vez que, como señala el propioKymlicka, la identidad cultural ha de ser entendida como un anclaje para lapropia autoidentificación individual, esto es, como una condición que posibilita la constitución de la idea de individuo.

Para establecer el alcance de la propuesta multicultural en relaciónal tópico de los derechos colectivos, es preciso dar cuenta de la distinciónque Kymlicka propone entre dos tipos de derechos necesarios de ser claramente distinguidos entre si: en primer lugar, se encuentran las así llamadas"protecciones externas", esto es, el derecho que cada grupo tiene a que seaseguren, por parte del Estado, las condiciones para su autoconservación.9 En segundo lugar, se encuentra el derecho a las "restricciones internas", esdecir, el derecho a que cada grupo establezca libremente las condicionesinternas de su propio funcionamiento. Pues bien, la necesidad de hacercompatibles los aspectos constitutivos de una cultura política liberal con elderecho a la autoconservación de cada una de las identidades colectivas que forman parte del tejido socio-cultural de un contexto determinado obliga a que las restricciones internas no sean parte de la agenda multiculturalista.Y es que, como advierte el propio Kymlicka (1996) "algunos grupos étnicosy nacionales son profundamente iliberales y más bien procuran eliminar, envez de apoyar, la libertad de sus miembros. En estas circunstancias, acceder a las exigencias de los grupos minoritarios puede desencadenar flagrantes violaciones a las libertades más básicas de los individuos" (Ibid:111) "cualquier forma de derechos diferenciados en función del grupo querestrinja las libertades civiles de los miembros del grupo es incoherentecon los principios liberales de libertad y justicia"10 (Ibid: 227),

De esta distinción se deduce, como clara consecuencia, que los "derechos de las minorías" y la consecuente protección jurídico-política de suespecificidad cultural -tanto frente a las otras minorías como frente a la"cultura mayoritaria"- se encuentran sometidos al primado de los principios liberales. Sólo así, continúa el argumento, es posible afirmar que "losderechos de las minorías no sólo son consistentes con la libertad individual, sino que en realidad pueden fomentarla" (Ibid: 11).

Ahora bien, y pese a esta explícita argumentación en torno a la naturaleza liberal de la propuesta multiculturalista, no han sido escasas las objeciones a esta articulación entre el universalismo e individualismo característicos del paradigma liberal y la defensa activa de una ciudadanía diferenciada que asuma la existencia de identidades culturales colectivas comoun factor a considerar en la producción de la institucionalidad político-democrática. Para Giovanni Sartori, uno de los más enérgicos críticos a laperspectiva multiculturalista, el hecho de que la crisis de la comprensióndel Estado-nación como un espacio homogéneo desde el cual pensar lapolítica democrática sea un hecho inobjetable no contiene la deducción"necesaria" de que la idea misma de estatalidad liberal se encuentre encrisis, como pareciera suponerlo el análisis multiculturalista. En sus palabras "Si el Estado-nación está en crisis, de ahí no se deduce que el Estadoen sí y por sí esté en crisis. Las dos cosas -Estado y nación- no sobreviveny caen juntas (…) El destino del ciudadano igual no depende de la naturaleza nacional o no del Estado, sino de la estructura liberal-constitucional o no del Estado" (Sartori 2001: 99-100). Si la estructura liberal-constitucional de un Estado democrático se funda en el pluralismo (es decir, en elreconocimiento de su inscripción en un marco social con "pertenenciasmúltiples"), y si dicho pluralismo se encuentra lo suficientemente resguardado por un Estado neutral (que, a la vez, opera con una estructura que sefunda en el principio de la naturaleza general de la ley), difícilmente seráposible la existencia de identidades culturales que vean sus derechos deciudadanía menoscabados frente a alguna "cultura dominante". Un buen"estado liberal-democrático", concluye Sartori, es condición suficiente parala defensa de los derechos de cualquier minoría, sea esta política,socioeconómica o cultural, sin necesidad de un suplemento jurídico-político como el propuesto por la perspectiva multiculturalista. Y si esta condición se cumple o no dentro de un "espacio nacional", es un tema totalmentesecundario, irrelevante a juicio de este autor.

Claramente, el argumento de Sartori cobra sentido si se asume elvínculo entre Estado liberal y nación como una articulación contingentepropia del contexto de emergencia de la modernidad política. Sólo así esque puede asumirse que, aun sin la idea de nación operando como un organizador potente de la vida político-estatal, los principios constitucionalesdel liberalismo pueden seguir siendo plenamente operativos. Curiosamente, entonces, frente a la crisis del estado-nación bajo el cual se organizó elconstitucionalismo liberal, el propio liberalismo responde con una operación de desmarcaje respecto a esta forma histórica, colocando nuevamenteal centro de su argumento los principios abstractos bajo los cuales éste seorganiza. Y con ello, como consecuencia, el multiculturalismo y su políticadel reconocimiento de las "minorías nacionales" emerge como una propuesta excesiva respecto a los propios principios liberales.

Lo que subyace a esta aclaración planteada por Sartori es la tesissegún la cual, contra lo que inicialmente pudiera suponerse como el principal aporte del multiculturalismo, este tipo de enfoques finalmente constituyen una negación del pluralismo propio de las democracias liberales, alproyectar la imagen de la sociedad ya no como un conjunto plural sino quecomo un conglomerado de subgrupos cerrados y homogéneos sin vinculaciones entre sí. Las consecuencias políticas deducibles de la apuestamulticultural, en este sentido, no sólo se encontrarían lejos de ser compatibles con los principios de una democracia constitucional, sino que constituirían una amenaza para el buen resguardo de los propios principios liberales que se intentan sostener, tal y como lo señala Etienne Tassin en coincidencia con el argumento de Sartori: "el respeto de las pertenencias individuales es una condición de la vida pública, sin la cual el espacio público notendría ya ningún sentido; pero la promoción de las identidades comunitarias a título de una política constituye por el contrario una amenaza para elespacio público, ya que viene a contradecir el principio mismo del vivirjuntos" (Tassin 1999: 64). Por lo demás, y como recalca Sartori, el "derecho a la diferencia" promovido por los multiculturalistas no aplicaría paralas "diferencias" al interior mismo de los espacios culturales que se intentan defender, toda vez que éstos constituyen "(…) asociaciones involuntariasque (…) nos obligan dado que hemos nacido dentro de ellas y las llevamospegadas a la espalda" (Sartori 2001: 124).11

En definitiva, el tenor de las críticas al multiculturalismo provenientes del propio liberalismo se dirige por la ruta de 1) negar el carácter liberalde la propuesta multicultural y 2) alertar de los peligros que el incentivo ala diferencia multicultural tiene sobre la estabilidad de las democracias liberales. El reconocimiento de desigualdades que impiden el libre desarrollo de los derechos individuales y ciudadanos, así, no sería argumento paraincentivar la consolidación de identidades diferenciadas que en última instancia niegan el principio básico de la igualdad liberal y ponen en peligro laestabilidad de un orden constitucional fundado en la generalidad de la ley yen la imparcialidad en la aplicación de la justicia.12

II

¿Constituye la propuesta multiculturalista un peligro para la permanencia de los principios liberales?, ¿es posible suponer que, tras el reconocimiento de la diferencia y la particularidad propia de unidades culturalesque impugnan el universalismo abstracto de las democracias liberales, reside el peligro del éxodo y del desmembramiento de los estados constitucionales? Contrastada con las formas universalistas-abstractas por medio delas cuales se piensa la relación entre ciudadanía y democracia, la demandamulticultural efectivamente abre un hiato, genera una fractura de la relación entre la condición universal del ciudadano y la realidad del individuo,principio básico y depositario de los derechos promovidos por el liberalismo. La exigencia al Estado-nación de reconocimiento de una identidad queya no es la del individuo pero que al mismo tiempo no es la del ciudadanoabstracto sino que de un ciudadano alocado en un espacio cultural particular, deviene por lo tanto en un impasse para el universalismo liberal dignode ser considerado.

Y sin embargo, ¿qué tan profundo es este impasse? Como he señalado páginas atrás, el peligro de que un orden político que integre la diferencia cultural genere consecuencias no deseadas que se traduzcan en la negación de la propia diversidad y libertad que se desea promover es una cuestión respecto a la cual el multiculturalismo tiene una pronta respuesta. Talcomo indiqué al hacer referencia a la diferencia entre "protecciones externas" y "restricciones internas", es el propio Kymlicka quien rechazaría demanera tajante cualquier expresión de una diferencia que, apelando al respeto a la "autenticidad cultural", devenga en la negación de los principiosliberales al interior de una unidad cultural determinada. Y es que, contra elargumento de sus críticos liberales, la propuesta multiculturalista se encuentra lejos de operar en los términos de una "celebración de la diferencia" que no considere como central la preocupación por la estabilidad delorden político. En otras palabras: constituye una forma de universalismoque, al igual que los viejos nacionalismos, entiende las modalidades devida particulares en su articulación con "el orden social universal" y no entensión con éste (Zizek, 1998). Obsérvese en este sentido la siguiente aclaración del propio Kymlicka acerca de los límites de su propuesta de ciudadanía multicultural: "No basta con demostrar que, en principio, los derechos de las minorías son coherentes con la libertad y la justicia, sino quetambién es preciso determinar si son coherentes con las necesidades a largoplazo de una democracia liberal estable, incluyendo la necesidad de unaidentidad cívica compartida que pueda mantener el alto nivel de compromiso, acomodación y sacrificio que las democracias requieren" (Kymlicka,1996: 240). Esta necesidad de acotar el alcance del "reclamo multicultural"a todo aquello que no implique una política de la secesión, una amenazapara la estabilidad política o una violación de los propios principios liberales resulta, a la vez que fundamental para la validación de las credencialesliberales del multiculturalismo, fuente de una serie de consecuencias de suma complejidad. Atenderé brevemente a dos de ellas.

En primer lugar, es preciso interrogarse respecto a los alcances ylímites del programa multiculturalista. La "cláusula" de la estabilidad puestacomo un componente central en dicho programa no significa otra cosa quela posibilidad de calificar como "derecho a la diferencia" justamente aquello que puede ingresar en una relación de equivalencia con los componentes característicos de la "cultura dominante" y del conjunto de culturas existentes en un determinado espacio sociopolítico. En otras palabras, si la "tolerancia" hacia lo diferente se instala como un principio ineludible para elmulticulturalismo liberal, dicha tolerancia presentaría como límite precisamente aquello que pueda ser "traducido". Slavoj Zizek, en su crítica alprograma multiculturalista, indica en este sentido que aquello que calificacomo "derecho a la diferencia" no llega nunca a ser, para el programamulticulturalista, la sustancia misma de la cultura en cuestión, es decir el "otro real" que habita en ella. En sus palabras: "La tolerancia liberal excusaal otro folklórico, privado de su sustancia (…) pero denuncia a cualquierotro real por su fundamentalismo, dado que el núcleo de la otredad está enla regulación de su goce: el otro real es por definición patriarcal, violento, jamás es el otro de la sabiduría etérea y las costumbres encantadoras"(Zizek 1996: 157).

En la operativización del programa multiculturalista, la necesidadde establecer una barrera infranqueable entre las "restricciones internas" ylas "protecciones externas" sólo es posible de satisfacer estableciendo uncriterio de discriminación consistente en la aceptación de aquellas diferencias culturales que no generen efectos de dislocación de los principios bajolos cuales se constituye un determinado orden político. Si bien razonable,esta condición se vuelve problemática toda vez que resulta complejo establecer una separación entre las condiciones externas de supervivencia ydesarrollo de una determinada cultural y sus condiciones internas, condiciones estas últimas que difícilmente pueden verse exentas de la generación de algún tipo de "restricción" a sus miembros.

Si el fundamento de la política multicultural reside en la consideración de los espacios culturales colectivos como espacios que enriquecen lainteracción social, y si estos se encuentran al mismo tiempo impedidos deestablecer mecanismos de regulación que restrinjan en mayor o menor medida la libertad de sus miembros, ello implica que existe un criterio exógenoque regula el desenvolvimiento interno de cada uno de estos espacios. Yello es lo que nos conduce ahora al segundo problema que deseo reseñaracá, el cual se extrae de la discusión en torno al lugar desde el cual sediscrimina la legitimidad o no de una determinada diferencia cultural. Puestoque todo "buen multiculturalista" reconocería que la identidad entre Estado y nación no es más que una "ficción" necesaria de transparentar, surge lainterrogante relativa a cuál es el criterio y el agente para determinar la frontera a partir de la cual las demandas multiculturales devienen en reclamosilegítimos. El problema, claro está, es determinar cuáles son las diferenciasaceptables y cuáles no. Si el Estado-nación ya no es un espacio legítimo,¿desde dónde hacer operativa la distinción?

Benjamín Arditi, atendiendo a lo que denomina como "las políticasde la diferencia", señala que toda delimitación de los límites "aceptables"supone un tercer agente, un otro capaz de establecer el límite más allá delcual la diferencia se torna un peligro para la estabilidad del cuerpo político.

El problema es que, "en ausencia de un referente así, cualquier juicio respecto a diferencias aceptables está abierto a discusión, y todo el mundosabe lo difícil que es predecir el destino de las reclamaciones de derechosuna vez que comienzan a rodar los datos de una guerra de las interpretaciones en el sistema judicial o en el discurso del sentido común de la opiniónpública" (Arditi 2000b: 36). Pues bien, ¿es éste el caso de la políticamulticulturalista?

La situación descrita por Arditi refiere a un contexto en el cual existen diferencias heterogéneas que no cuentan con un tercer agente capaz dedirimir las múltiples fuentes eventuales de conflictividad que pudieran surgir del despliegue de cada una de estas diferencias. En el caso de la políticamulticulturalista, el escenario desde el cual se piensan las diferencias, porel contrario, es un escenario en el cual no es la diferencia de un conjunto departiculares heterogéneos entre sí lo que está en juego, sino que más bienun "conjunto homogéneo" de diferencias particulares vinculadas en torno aun elemento que las articula. Atendamos a la siguiente afirmación de Zizekacerca de lo que constituiría el carácter "racista" del multiculturalismo: "Elmulticulturalismo es un racismo que vacía su propia posición de todo contenido positivo (el multiculturalista no es un racista directo; no le opone alOtro los valores particulares de su propia cultura); sin embargo, retiene su posición de punto de universalidad vacío y privilegiado, desde el cualse pueden apreciar (y depreciar) adecuadamente las otras culturas particulares; el respeto multiculturalista a la especificidad del otro es la forma deafirmar la propia superioridad" (Zizek 2001: 235).

Pues bien, este tercer agente ha de ubicarse precisamente en la "gestión de la multiculturalidad", aquella universalidad vacía de contenido particular que se ubica sobre todas las diferencias. En otros términos, una "diferencia" que no es tal, una diferencia que se erige como condición deposibilidad de "las diferencias", una diferencia que borra la huella de sunaturaleza particular.

Conclusiones

La complejización de las sociedades contemporáneas ha abierto unhiato en las definiciones liberales clásicas acerca de la ciudadanía y lo público, fundadas todas ellas en la primacía del principio igualitario entendido como el fundamento de la conversión del individuo en ciudadano. El espacio público, entendido, como un campo en última instancia homogéneo, configurado por ciudadanos con iguales derechos y que, idealmente,despliegan sus diferencias sobre la base de una matriz sociocultural de base,se ve alterado así por el reconocimiento de la existencia de densidades culturales heterogéneas que rompen la relación entre individuo y ciudadano.

Para la política multiculturalista, por consecuencia, la operación dehomogeneización de un espacio público habitado por "ciudadanos libres eiguales" constituye una "ficción" que no da cuenta de la diversidad cultural, expresada en formas heterogéneas de acceso al espacio público y deconfiguración de ciudadanía. La publicidad multicultural, en este sentido,pasaría a ser entendida como un espacio de convivencia entre heterogéneos,un espacio signado por colectividades que no borran la huella de su origencultural diverso.

Y sin embargo, ¿cuál es la profundidad de dicha diversidad expresada en el espacio público cuya configuración reclama la perspectivamulticulturalista? En este trabajo, he querido destacar las limitantes configuradas en la idea de "ciudadanía multicultural y diferenciada", destacando que su condición de posibilidad, necesariamente, opera sobre la base dela restitución de los principios liberales de neutralización de la diferencia yde la consecuente configuración de un sentido unívoco de "lo público",sentido sin el cual la propia diversidad cultural no puede expresarse.

 

Notas

1 Sobre la relación entre globalización y Estado-nación existe una bullente discusión en el campo disciplinario de las relaciones internacionales. Algunas de las reflexiones más destacadas al respecto pueden verse expuestas en Baylis y Smith eds., 2005; Holsti, 2000.

2 Así, por ejemplo, Antonio Negri (2004) percibe posiciones favorables y desfavorables acerca del impacto que la globalización manifiesta sobre el proceso democrático tanto en sectores políticos de izquierda como de derecha. Neoliberales y progresistas liberales, por un lado, asumirían una posición favorable al impacto de la globalización atendiendo a la liberación de las ataduras económicas estado-céntricas, los primeros, y a la apertura de un renovado cosmopolitismo liberal, los segundos; por otro lado, existirían posiciones de izquierda que perciben el peligro de la erosión definitiva de la potencia política ciudadana como efecto del debilitamiento de las estructuras estatales, por una parte, y posiciones de derecha temerosas de los efectos desestabilizadores que la difuminación de los contornos nacionales traerían consigo.

3 Según concluye el propio Arditi, este ensanchamiento hacia fuera de la política contemporánea implica el reconocimiento de la emergencia de un escenario "post-liberal". En sus palabras: "El crecimiento hacia afuera de la política ha debilitado el marco de contención territorial de la política liberal democrática. En este sentido, la mera existencia de los nuevos lugares supranacionales es un indicador de un escenario posliberal de la política, o al menos de un formato de intercambio político que no se ajusta demasiado a las coordenadas habituales del pensamiento liberal" (Arditi 2000: 64).

4 Para una reflexión acerca de los efectos que sobre el uso tradicional del concepto de ciudadanía ha tenido la creciente utilización de la globalización como un indicador de transformación de las categorías sociopolíticas, véase Rubio 2007.

5 Para ilustrar esta objeción a la distinción de esferas propia del liberalismo tradicional, basta con referir al ejemplo referido por Zizek (1998: 164) sobre el debate en torno a la presencia de homosexuales en la armada norteamericana generado durante la administración de Bill Clinton. La solución al conflicto suscitado por el debate entre quienes intentaban vetar la presencia de homosexuales en dicha rama de las FFAA norteamericanas, y quienes apelaban al derecho a la diversidad de opciones sexuales pasó por la imposición de la consigna "No pregunte, no diga", con lo cual, pese a aceptarse de manera implícita la presencia de homosexuales en la Armada, ésta se podía hacer efectiva a condición de "la censura básica de su identidad".

6 Por nación, Kymlicka (1996: 26) entiende lo siguiente: "una comunidad histórica, más o menos completa institucionalmente, que ocupa un territorio o una tierra natal determinada y que comparte unas lengua y una cultura diferenciada". Esta comprensión de la nación como un término análogo a los de "pueblo" y "cultura" sitúa el problema de la multiculturalidad en términos casi exclusivamente nacionales, es decir, de convivencia de distintas "culturas" en un mismo espacio soberano. A este problema se le agrega, como un asunto de menor relevancia, el problema de los estados "poliétnicos", diferenciados de los estados multinacionales por una muy cuestionable alusión a la naturaleza "no originaria" de estos grupos (léase inmigrantes, fundamentalmente).

7 Similar es el diagnóstico, desde una perspectiva distinta, que ofrece Habermas (1999: 95) sobre esto: "Las sociedades multiculturales sólo pueden seguir cohesionadas por medio de una cultura política así acrisolada si la democracia no se presenta sólo en la forma liberal de los derechos de libertad y de participación política, sino también por medio del disfrute profano de los derechos sociales y culturales".

8 Sobre esto el argumento de Kimlycka es claro y no requiere mayor abundamiento: "Debemos distinguir el patriotismo, el sentimiento de lealtad a un Estado, de la identidad nacional, el sentido de pertenencia a un grupo nacional" (1996: 29).

9 Dentro de este tipo de protecciones, Kymlicka (1996) sitúa a los derechos de autogobierno, los derechos poliétnicos y los derechos especiales de representación los cuales, aislados o combinados, devienen en la producción de derechos políticos especiales a los grupos en cuestión.

10 Un claro ejemplo de la alusión de Kymlicka puede encontrarse en la negativa a la participación de mujeres en un porcentaje cercano al 20% de los gobiernos locales del Estado mexicano de Oaxaca que se rigen bajo el sistema de "usos y costumbres". Siguiendo la perspectiva multiculturalista de Kymlicka, no sería propio de un proyecto de ciudadanía diferenciada el permitir que, bajo el argumento de la libre determinación cultural, una determinada agrupación procediera al establecimiento de "restricciones internas" que violan los principios liberales, tal como se ilustraría en este caso. Sobre este tema, véase López y Zafra, 2006.

11 Y ello, con el agregado de que en nombre del "respeto a las diferencias", la posibilidad de la crítica y la impugnación racional quedan bloqueadas. Díaz (2003: 315) lo plantea en los siguientes términos: "Cuando la idea de autenticidad cultural se coloca como el emblema del centro activo al que se aspira y en el que se quiere participar, muchas reivindicaciones de la distinción y la identidad sucumben en la razón arrogante. Con otras palabras, que las creencias, prácticas, valores y normas de las culturas dominadas son incuestionables, inmunes a la crítica, merecedoras de una validez a priori".

12 Interesante en este sentido resulta la distinción que el propio Sartori (2001: 98) desarrolla entre las "acciones afirmativas" y la política multicultural. Si ambas tienen en común el partir de una situación de desigualdad inicial, "en el primer caso el tratamiento desigual persigue resultados iguales, mientras que en el caso del multiculturalismo los tratos desiguales se proponen crear resultados desiguales".

 

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Recibido: 09.09.2011 Aceptado: 11.03.2012

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