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Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis vol.11 no.32 Santiago ago. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682012000200027 

Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Volumen 11, Nº 32, 2012, p. 531-537

COMENTARIOS Y RESEÑAS DE LIBROS

 

La expresión y lo interno. David H. Finkelstein. KRK Ediciones, Oviedo, España. Traducción de Lino San Juan, 2010, 392 pp.

María G. Navarro*

*Instituto de Filosofía, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Email: maria.navarro@cchs.csic.es


"Toda interpretación pende, juntamente con lo interpretado, en el aire; no puede servirle de apoyo. Las interpretaciones solas no determinan el significado" Wittgenstein, Investigaciones filosóficas § 198

Introducción

La obra del filósofo estadounidense David H. Finkelstein, Expression and the Inner, publicada originariamente en 2003 por Harvard UniversityPress (2ª ed. 2008) puede ahora leerse en la versión española de Lino SanJuan, editada por la ovetense KRK Ediciones con el título: La expresión y lo interno.

Finkelstein propone en La expresión y lo interno un análisis expresivista del autoconocimiento. Podría parecer cuando menos sorprendente y aún más admirable que con tan sólo dos capítulos ("Detectivismo yconstitutivismo" y "Expresión") y un Epílogo ("Deliberación y transparencia"), Finkelstein haya conseguido presentar en esta obra un planteamientocalificado por muchos como una auténtica renovación de la discusión analítica en torno al tema del autoconocimiento, o sea, acerca del problema dequé clase de autoridad quepa atribuir a las expresiones sobre nuestros propios estados de ánimo y/o nuestros estados mentales sin más.

Finkelstein formula el mentado problema de manera plenamenteinteligible cuando nos interroga del modo siguiente: "¿Cómo es que somoscapaces de exponer nuestros propios pensamientos y sentimientos de unamanera tan sencilla, precisa e investida de autoridad?, ¿en qué sentido esdiferente describir los propios estados mentales, de describir los de cualquier otra persona?" (pp. 37-38).

La primera parte de la otra está dedicada a presentar y analizar lasdos posiciones teóricas más destacables ante el desafío de cuál sea, por asídecir, la más alta autoridad para hablar de las intenciones y la vida mental de las personas o, en general, para hablar de la primera persona, de la consciencia.

Un afán tan simplificador como ciertamente dialéctico y sistemáticolleva al autor a presentar dicho problema teórico a la luz de estas dos posiciones, hacia las que reconoce haberse decantado en distintos momentos desu investigación. La primera, acuñada por él mismo como ‘detectivismo’(de la que confiesa haber sido un seguidor), consiste en explicar los estadosmentales de las personas apelando a un proceso que les permitiría averiguarlos (pp. 25 y 38).

El partidario del detectivismo piensa que la consciencia conllevasiempre alguna clase de percepción interior por lo que infiere que uno mismo (o la persona que se exprese en cuestión) es quien mejor puede hablaracerca de sus intenciones. Frente al detectivismo, los partidarios delconstitutivismo defienden que la autoridad de la primera persona únicamente radica en que cuando juzgamos que creemos o deseamos algo, amenudo, hacemos que el objeto de nuestro juicio o de nuestro deseo sea el caso.

Un bosquejo rápido de la posición constitutivista en torno al problema de cómo dar sentido a la autoridad de la primera persona podría llevarnos a afirmar que la auto-observación no es estrictamente necesaria paradeterminar qué pretendo decir cuando juzgo algo (por ejemplo que, bienmirado, ya es hora de prepararme un té) puesto que con ello hago que esaintención sea el caso (porque de inmediato esté echando agua caliente sobre el interior de la tetera).

Si tuviéramos que adelantar cuál es la posición de Finkelstein trasrevisar los distintos modelos de detectivismo y constitutivismo (asunto enel que nos adentraremos de seguido) habría que decir que, a juicio del autor, ninguno de estos dos enfoques permite entender adecuadamente la autoridad de la primera persona o la consciencia en general.

Por lo pronto, incluso sin adentrarnos en un análisis más pormenorizado sobre cada una de estas dos posiciones enfrentadas, cabe imaginaruna tercera, consistente en la síntesis de las antedichas. Y es que como locierto es que se diría que o bien damos por buena la tesis de que descubrimos por nosotros mismos nuestros propios estados mentales o bien rechazamos la postura detectivista, y resolvemos que, muy al contrario, no losdescubrimos sino que los construimos… la tercera posición para disolverel dilema habría de ser afirmar que ni lo uno ni lo otro sino, antes bien, unpoco de las dos cosas: "a veces los descubrimos y a veces los construimos" (p. 27).

Esta eventual alternativa de Finkelstein tiene, sólo en cierto modo, un poco de eso, puesto que se decanta inicialmente por adoptar provisionalmente una posición intermedia para, de seguido, desasirse de ella rechazándola como solución al dilema o trilema (según se mire).

Por ello, puede objetarse que el autor quiere hacer el esfuerzo especulativo de situarse del lado de cada una de las posiciones enfrentadas asícomo de su síntesis. A este efecto, Finkelstein halla razones para difuminarlas diferencias existentes entre descubrimiento y construcción enrocándoseen una definición alternativa de ‘conciencia interna’ que encuentra en J.McDowell. Y desde este ejercicio teórico —con el que ciertamente su posición se ve enriquecida mas no fijada—, vuelve a realizar un giro sobre símismo para presentar una alternativa distinta: su tesis de la expresión y lainterpretación en el Wittgenstein de las Investigaciones Filosóficas.

Trama

Describamos ahora con más detalle el apasionante recorrido quepropone el filósofo estadounidense. Dentro del desarrollo de la filosofíaanalítica se pueden distinguir dos posiciones distintas en el detectivismo;ambas guardan relación con el pensamiento de B. Russell. La alusión aRussell no obsta para que el autor aluda a los verdaderos protagonistas deesta genealogía detectivesca, a saber, A. Comte, J. S. Mill, y, posteriormente, F. Brentano y W. James. El primero de ellos, Comte, manifestó conresolución su escepticismo respecto a la posibilidad de que un sujeto puedapercibirse a sí mismo razonando; pues le parecía a él que el órgano observado y el observador eran el mismo. Frente a esta posición, Mill resolvió ladificultad aludiendo a la existencia de un tipo de percepción interior queactuaba junto a la memoria.

Fue en 1912 cuando Russell acepta en Los problemas de la filosofíala distinción entre nuestro conocimiento de los objetos físicos y nuestroconocimiento de aquellos datos sensoriales que conforman su apariencia. Apartir de esta distinción inicial, Russell añade que es mediante la introspección como elaboramos aquellos datos que proceden de lo que denominó el‘sentido interno’. En esta etapa, Russell no sólo distinguió entre la cognición externa y la cognición interna, sino que añadió que la certeza con laque conocemos nuestras propias cogniciones internas es de una índole diferente —seguramente más compleja y mayor, dice él— además de constituir un fenómeno perceptivo únicamente en un sentido metafórico.

A diferencia de un objeto físico y de nuestro conocimiento acercade los datos que conforman su apariencia, la cognición interna, anclada enel sentido interno, es intransferible. Esta posición es caracterizada porFinkelstein como ‘viejo detectivismo’, y sus rasgos teóricos fundamentalesradican en presentar una visión de la mente como "un órganoepistémicamente aislado de los procesos que acontecen fuera de ella" (p.46); además de suponer que las entidades mentales son de tal índole quenunca podrían pasar desapercibidas al sujeto (p. 47). La aceptación de estos postulados tornaba un asunto realmente complicado llegar a saber algo,por ejemplo, sobre las mentes de otras personas. Fuera como sea, por lopronto, este planteamiento —el del viejo detectivismo— se fundaba necesariamente sobre estas dos inferencias: la primera, que el cuerpo de los demás existe, es decir, que es la causa externa de mis datos sensoriales; lasegunda, que el movimiento de los cuerpos de los demás está acompañadode pensamientos, tal y como aceptamos que sucede en el caso de nuestropropio cuerpo.

El viejo detectivismo deja de ser la posición de Russell unos diezaños después, cuando publica El análisis de la mente. Aplicando un criterio de simplicidad, Russell alumbra aquí un nuevo detectivismo: somosconscientes de nuestros estados mentales, sí, pero mediante una forma deacceso idéntica a la que nos lleva a ser conscientes de sucesos externos, defenómenos, los cuales conocemos mediante procesos inferenciales.

Para el nuevo detectivismo, de espíritu más naturalista, los estadosmentales propios son conocidos en principio mejor por uno mismo que porel resto de las personas, sin que esto suponga que en general el accesoepistémico propio sea perfecto. Viejos y nuevos detectivistas describenapasionadamente sus posiciones en un improvisado diálogo con el queFinkelstein parece mediar como dramaturgo en su notable ensayo filosófico (pp. 60-77).

Si Russell es la figura que ha inspirado este original alumbramientode las posiciones vieja y nueva del detectivismo, serán Crispin Wright ySaul Kripke quienes defiendan el constitutivismo. Buscando una alternativa a la interpretación de Kripke sobre el pensamiento de Wittgenstein, Wrightsostiene que el problema de la autoridad de la primera persona se hallaimplícitamente desarrollado en el segundo Wittgenstein (a quien consideraconstitutivista) cuando éste plantea qué cabe entender por el seguimientode reglas.

Nudo

Como se sabe, "una regla (o una orden o una instrucción) pareceproporcionar un estándar según el cual se pude juzgar a alguien que trata deseguirla respecto a si se comporta o no de acuerdo a él" (p. 82). ¿Entendemos el significado de una regla porque le asignamos una interpretación? Siasí fuera, "si decimos que lo que requiere o significa una regla viene determinado por su interpretación, nos quedamos dándole vueltas a cómo adquiere su significado la interpretación. Si decimos que la interpretaciónrequiere su propia interpretación, nos amenaza un regreso infinito: cadainterpretación que introduzcamos requiere el apoyo de otra" (p. 84).

Kripke afirma que lo que se debate en este problema filosófico es latesis escéptica según la cual "no hay hechos sobre lo que quieren decirnuestras palabras" (p. 89): ¿cómo podría entonces afirmarse que haya estados mentales con contenido? Con frecuencia se ha dicho que, según estainterpretación de Wittgenstein, Kripke estaría aquí sosteniendo en definitiva una teoría de la verdad como redundancia: afirmar que algo es verdadero es lo mismo que afirmar el enunciado mismo. Wright consigue salir de esta paradoja planteando lo que él denomina "la respuesta obvia".

Wright reformula los términos en los que habría que entender elseguimiento de reglas al hacerse esta sencilla pregunta: ¿por qué habría deser irrefutable el platonismo implícito en la tesis de que cuando seguimosreglas buscamos adivinar lo que el otro tiene en su mente? ¿Por qué nopartir de la suposición de que, en realidad, lo decidimos?

Decidir los requisitos de una regla supone, a su vez, plantearse queexistirían mejores y peores interpretaciones para convenir el significado deuna regla. Esta posición conduce a Wright a sostener una concepciónconstitutivista sobre la autoridad de la primera persona porque "cada reglay cada estado intencional adquiere su contenido mediante cierto tipo deestipulación" (p. 104).

Finkelstein rechaza en esta obra el constitutivismo de Kripke asícomo el de Wright. Para perfilar su posición final repara en el hecho de queen realidad, para Wittgenstein, el abismo entre la orden y la ejecución parece poder superarse únicamente por mediación de un acto de comprensión,es decir, por medio de una interpretación. Pero repara de inmediato en quesalvar ese abismo por medio de esa especie de puente no elimina la regresión al infinito a la que aludíamos: "Cualquier interpretación que yo asociea "¡Manos arriba!" puede malinterpretarse, y parecerá requerir de tantainterpretación como "¡Manos arriba!" (p. 106).

La expresión y lo interno plantea en definitiva el abismo existenteentre una orden y su ejecución a la luz del fenómeno de los estados mentales. Es ciertamente una obra animada por el propósito de interpretar denuevo a Wittgenstein.

Ese abismo, esa inevitable regresión ad infinitum, el hecho de quedeterminar el significado de cualquier interpretación requiera a su vez deotra, no se puede zanjar, según Finkelstein, apelando a la estipulación, a ladecisión, tal y como hace Wright. Ni la interpretación ni la interposición deuna estipulación pueden salvar ese abismo, ¿por qué?

En opinión del autor, en las descripciones (o autodescripciones, según se mire) de nuestros estados mentales nos presentamos como responsables de ellas. No puede decirse de un dolor de cabeza que uno sea el responsable de él; pero sí puede atribuírseme responsabilidad acerca de micreencia (en mi declaración) acerca de tal sensación. Eso lleva a Finkelsteina acuñar la posición del constitutivismo doxástico, una alternativa teóricaque no resta valor al tema de la responsabilidad en el debate de la autoridadde la primera persona.

El autor va perfilando esta posición hasta aproximarla a un ciertoconstitutivismo declarativo en el que pesa la noción de conciencia interna de McDowell para quien aquello que, en definitiva, nos permite establecerciertas garantías de significado para un juicio son relaciones y capacidades conceptuales ya que la simple, pura e inmediata experiencia sensorial nopuede presentarse como intermediaria entre el sujeto y el mundo: mis impresiones sobre éste involucran, precisamente, relaciones conceptuales. Endefinitiva, tanto la experiencia interna como la experiencia externa poseenradicalmente (en su génesis) un contenido conceptual.

Desenlace

Llegados a este punto, a mi modo de ver, puede decirse queFinkelstein tiene nuevamente la habilidad de formular dos preguntas conlas que vuelve a abrir el estado de la cuestión hacia derroteros teóricos decalado. La primera se deriva de la aceptación de la tesis de que la experiencia interna y externa están constituidas por el desarrollo de capacidadesconceptuales. Ahora bien, ¿pueden los seres vivos que carezcan de dichacapacidad conceptual tener experiencia? Y en segundo lugar: ¿es realmente nuestro repertorio de conceptos más amplio que nuestra experiencia, omejor dicho, que nuestras afirmaciones acerca de nuestras propias sensaciones?

El retorno constante ora al detectivismo ora al constitutivismo ora a posiciones intermedias es zanjado por Finkelstein cuando introduce el problema de la interpretación en los términos en que preocupó a Wittgensteincuando éste escribía en Investigaciones § 432: "Todo signo parece por sí solo muerto. ¿Qué es lo que le da vida? –Vive en el uso".

No hay, pues, que desligar a las palabras de sus entornos, es decir,de la fuente de su expresividad. ¿Es el expresivismo una posición consistente? ¿Nos ayuda a entender más acerca no sólo de la autoridad de laprimera persona sino de la consciencia? Así lo cree su autor.

Según me lo represento yo misma puede decirse que el denominadoespacio lógico de la vida animada al que hace referencia Manuel Liz seexpresa presentándosenos bajo aparente inteligibilidad porque está atravesado por movimientos en su circunstancia.

A mi juicio, una de las descripciones más certeras acerca de las tesisenvueltas en la posición expresivista de Finkelstein la escribió Ram Netaen 2008 para Philosophical Review (vol. 117, nº 2). El expresivismo deFinkelstein se funda en el encadenamiento argumentativo de las siguientestesis.

En primer lugar: la autoridad de la primera persona con respecto asus estados mentales se pone de manifiesto a través de la capacidad deautodescripción implícita en la expresión de dichos estados, así como de sucontenido representacional. En segundo lugar: pese a que, por consiguiente, la expresión de dichas autodescripciones constituyen aserciones con un valor de verdad eso no implica que, en cuanto expresiones, deban ni sucondición de posibilidad (en cuanto expresiones) ni su valor asertórico a laevidencia de su supuesta verdad. Por último, para Finkelstein, unaatodescripción supone la inmediata producción de un contexto dado para laexpresión de estados de conciencia, y ese contexto nos permite entenderlos mismos pensamientos o sentimientos expresados.

La obra del filósofo estadounidense esboza el problema epistémicodel poder expresivo del autoconocimiento y la autodescripción de los estados mentales; con todo, no agota sin embargo el conjunto de los conflictosgnoseológicos derivados de su posición.

Prueba de que el potencial de esta obra (reelaboración de la tesisdoctoral de su autor) constituye uno de los libros más sugestivos escritos enla última década, fue la organización del VI Inter-University Workshopsobre "Mente, arte y moralidad" celebrada en la Universidad de Oviedoentre el 8 y 10 de abril de 2010, donde debatieron sobre el pensamiento deFinkelstein algunos de los más destacados filósofos analíticos de nuestraactualidad: Barry Stroud, Ángel García Rodríguez, David Pérez Chico,Josefa Toribio, Josep Corbí, Josep L. Prades, Manuel Liz, Anna Ciaunica,Filip Buekens y Toni Gomila.

No hay duda alguna acerca de que La expresión y lo interno presenta un discurso de renovación de la tradición analítica acerca del tópico denominado ‘autoconocimiento’; sin embargo, a mi modo de ver, habría quemencionar, junto a este último, otro conjunto de temas colindantes, pertenecientes no sólo a la tradición analítica sino a sus efectos para la filosofíapráctica y la hermenéutica. Pondré dos ejemplos: cómo afecta la posiciónexpresivista de Finkelstein (la expresión es aquello que define la vida mental en cuanto tal en todo ser vivo) sobre el ya mencionado logical space ofthe animal life; y si es posible plantear a partir de esta obra el proyecto deuna cierta naturalización del problema epistémico de interpretar.


Recibido: 01.06.2012 Aceptado: 25.07.2012

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