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Polis (Santiago)

versión On-line ISSN 0718-6568

Polis vol.14 no.40 Santiago mar. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-65682015000100020 

Propuestas y avances de investigación

 

Imperialismo profesional y trabajo social en América Latina

Professional imperialism and social work in Latin America

Imperialismo profissional e trabalho social na América Latina

 

 

Gianinna Muñoz Arce

Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile. Email: gimunoz@uahurtado.cl 

 


Resumen: Este artículo explora la noción de imperialismo profesional, o de colonización intelectual que han ejercido las escuelas de pensamiento europeas y angloamericanas en el desarrollo del trabajo social en América Latina. A partir de una exhaustiva revisión bibliográfica se constata que las propuestas de autores británicos como Burrell y Morgan (1979) y las contribuciones posteriores de Malcolm Payne (2005), figuran frecuentemente como los puntos de partida para identificar las perspectivas y modelos de intervención empleadas en el trabajo social latinoamericano. Tomando elementos provenientes de las teorías postcoloniales y de la filosofía intercultural, este artículo ofrece un análisis crítico de dichas propuestas europeas y angloamericanas. Posteriormente, se discuten los intentos por delimitar un "trabajo social latinoamericano" originados en el periodo de la re-conceptualización y re-editados en la actualidad. Finalmente, se plantean algunas reflexiones para avanzar hacia un trabajo social culturalmente sensible y dialogante, capaz de articular conocimientos globales y locales en su accionar.

Palabras clave: imperialismo profesional, trabajo social, América Latina.


Abstract: This article explores the idea of professional imperialism which is understood as the intellectual colonisation produced by European and Anglo-American schools of thought in the development of social work in Latin America. An exhaustive literature review reveals that the proposals of British authors such as Burrell and Morgan (1979) and Malcolm Payne (2005) appear frequently as the starting points to identify perspectives and models underlying Latin American social work. From a postcolonial and intercultural approach, this article offers a critical analysis of European and Anglo-American proposals, followed by a discussion about the possibilities of delimitating a Latin American social work. Finally, some contributions to culturally relevant and dialogic social work intervention are pointed out.

Keywords: professional imperialism, social work, Latin America.                                       


Resumo: Este artigo explora a noção de imperialismo profissional ou colonização intelectual que têm exercido as escolas de pensamento europeia e anglo-americana no desenvolvimento do trabalho social na América Latina. A partir de uma extensa revisão da literatura verifica-se que as propostas de autores britânicos como Burrell e Morgan (1979) e as contribuições posteriores de Malcolm Payne (2005), figuram muitas vezes como pontos de partida para identificar as perspectivas e modelos de intervenção utilzados no trabalho social latino-americano. Tomando elementos provenetes das teorias pós-coloniais e da filosofia intercultural, este artigo oferece uma análise crítica dessas propostas europeias e anglo-americanas. Posteriormente, discutem-se as tentativas prara delimitar um "trabalho social latino-americano" originado no período da re-conceituação e reeditado hoje. Finalmente, se esbozam algumas reflexões para avançar num trabalho social culturalmente sensível e dialogante, capaz de articular o conhecimento global e local em seu acionar.

Palavras-chave: imperialismo profissional, trabalho social, América Latina.


Introducción 

En América Latina, el trabajo social se formaliza como profesión en el año 1925. Con ello, las escuelas de trabajo social se abren al alero de las universidades, bajo la consigna de dotar de fundamentos científicos y profesionalizar este oficio a través de la enseñanza de métodos y técnicas de intervención social. A partir de este momento, la profesión del trabajo social ha sido y sigue siendo moldeada históricamente: influencias religiosas y biomédicas, estallidos sociales, crisis económicas, revoluciones políticas, dictaduras, cambios comunicacionales y un largo etcétera. La búsqueda de la  "transformación social", sin embargo, ha sido transversalmente su principio explicativo, algo así como la razón de existir del trabajo social a través de los tiempos. Pero evidentemente, el propósito de "transformar", ha sido leído y construido desde distintas perspectivas, donde "transformar" ha significado tanto normalizar, adaptar, o higienizar, como educar, politizar, liberar o emancipar. De ahí que las propuestas contemporáneas en trabajo social partan desde un umbral mínimo como condición de posibilidad: develar las perspectivas que fundan el trabajo social, entendiéndolo como un movimiento dialéctico en el que teoría y práctica, hacer y conocer, investigar e intervenir son momentos contradictoriamente fructíferos (Matus, 1999; Healy, 2005; Cazzaniga et al., 2005; Thompson, 2010; Garrett, 2013). 

Preguntarse por las perspectivas que están detrás de lo que se entiende por trabajo social, y su especificidad operativa a través de los modelos de intervención empleados, resulta un desafío de gran relevancia especialmente en los tiempos actuales, en los cuales la globalización funciona no sólo como la apertura infinita de las comunicaciones y de la economía sino como un impulso neo-colonizador (Fornet-Betancourt, 2001; Castro-Gómez y Grosfoguel, 2007; Mignolo, 2012). Desde esta perspectiva, acudimos a una colonización re-editada, que en el campo epistemológico, se manifiesta en la supremacía del pensamiento europeo y angloamericano, sus casas de estudio, su idioma y sus sistemas de difusión del conocimiento "válido".  Este artículo explora la noción de imperialismo profesional, o la colonización intelectual que han ejercido las escuelas de pensamiento europeas y angloamericanas, en el desarrollo del trabajo social en América Latina. La motivación inicial surge a partir de una exhaustiva revisión bibliográfica realizada en el marco de una investigación(1), en la que se constata que las propuestas de autores ingleses como Burrell y Morgan (1979) y las contribuciones posteriores de Malcolm Payne (2005), figuran frecuentemente como los puntos de partida para discutir perspectivas y modelos de intervención que fundan al trabajo social latinoamericano. Considerando las particularidades geopolíticas de esta profesión en América Latina y tomando elementos provenientes de las teorías postcoloniales y de la filosofía intercultural, este artículo ofrece, en primer lugar,  un análisis crítico de dichas propuestas europeas y angloamericanas. A continuación, se pone en discusión la necesidad de delimitar y fortalecer un "trabajo social latinoamericano", idea que se originó en el periodo de la re-conceptualización y que ha sido re-editada en la actualidad. Finalmente, se plantean algunas reflexiones sobre los desafíos de avanzar hacia un trabajo social culturalmente sensible y dialogante, que no se atrinchere en las fronteras del "latinoamericanismo" o "indigenismo", sino que sea capaz de articular participativamente conocimientos globales y locales en su accionar. 

Imperialismo profesional, otra forma de civilizar 

El debate sobre la necesidad de explicitar el lugar desde donde se posiciona y fundamenta el quehacer del trabajo social tiene una larga trayectoria en América Latina. El trabajo de Matus et al. (2004) ha mostrado claramente que estas interrogantes comenzaron incluso antes del movimiento de la re-conceptualización(2), aunque evidentemente fue en este momento histórico cuando la propuesta por aunar fuerzas en un proyecto latinoamericano alcanzó su máxima expresión. Durante este periodo no sólo se cuestionó el carácter funcional de la profesión y las relaciones dependientes y coloniales que se traducían en el uso a-crítico de las propuestas del trabajo social estadounidense sino que se inicia una búsqueda y adopción de perspectivas y modelos de intervención "propiamente latinoamericanos" (Kruse, 1971, Diéguez, 2006; Repetti, 2011). Independientemente de las críticas que pueden hacerse al movimiento de la re-conceptualización (Barrantes, 1979; De Robertis, 1992), ha sido reconocido que éste motivó la discusión epistemológica, política y metodológica que ha permitido pensar al trabajo social y encontrar en él un proyecto disciplinar fructífero (Netto, 2005; Repetti, 2011). Como es sabido, este movimiento crítico y su proceso de búsqueda teórico - metodológica se vio violentamente truncado con el advenimiento de las dictaduras militares en la región. 

Los intentos de auto-re-construcción del trabajo social post-dictadura se han visto reflejados en la creciente creación de programas de post graduación, realización de congresos regionales y desarrollo de líneas de investigación disciplinar que se han ido incrementando a partir de la década de los noventa, sin embargo, los referentes europeos y angloamericanos siguen teniendo gran influencia en el desarrollo del trabajo social en nuestra región.  Desde la óptica de las teorías post-coloniales, se asume que la transferencia de la teoría del trabajo social de los países "del Norte" (países "desarrollados" europeos y angloamericanos, específicamente Estados Unidos e Inglaterra) hacia los países "del  Sur" ("en desarrollo", colonizados y dependientes) no es casual, sino que es el resultado de un proceso de colonización intelectual, que como todo proceso de colonización, ha estado basado en la expansión occidental y en el privilegio epistemológico de los países colonizadores (Mignolo, 2012). Así, el imperialismo profesional no es más que la transferencia de conocimientos desde una comunidad intelectual (que se auto-atribuye superioridad) hacia otra (considerada inferior o subdesarrollada), con la consiguiente adopción y sobrevaloración de los conocimientos foráneos por el sólo hecho de haber sido transferidos por dicha comunidad intelectual, que es también reconocida como superior por aquella que es colonizada. Está basado en el epistemicidio o aniquilación de saberes locales de los territorios dominados, que, como plantea Santos (2010), se viene produciendo los últimos cinco siglos y se sigue reproduciendo en las prácticas cotidianas tanto de quienes se benefician de él como de quienes lo sufren. Se trata de "una gramática social muy vasta que atraviesa la sociabilidad, el espacio público y el espacio privado, la cultura, las mentalidades y las subjetividades. Es, en resumen, un modo de vivir y convivir" (Santos, 2010: 13-14). En este marco, el colonialismo no terminó con las independencias, pues la lógica colonial se sigue reproduciendo a través del "colonialismo interno" encarnado en las elites políticas que consolidan las instituciones y prácticas coloniales. Es decir, las relaciones de poder impuestas bajo el dominio colonial no se limitan al campo de lo económico, político y jurídico, sino que se extienden al campo cultural y epistemológico. Desde este punto de vista, no sólo se sostiene que el conocimiento es socialmente construido, como plantean las epistemologías constructivistas en oposición al positivismo clásico en la filosofía "occidental", sino que es necesario preguntarse quién, dónde y por qué razón el conocimiento es construido (Mignolo, 2009). 

Midgley (1981, 2010) acuña el concepto de "imperialismo profesional" para referirse precisamente al proceso a través del cual teorías sobre el trabajo social, producidas en sociedades desarrolladas, occidentales y capitalistas, son implantadas y asumidas por las escuelas de trabajo social en países cuyos contextos sociales y particularmente, profesionales, distan mucho de esos parámetros. El autor diagnostica que el trabajo social, siendo una invención occidental, se ha expandido hacia los países del "tercer mundo" a través de la exportación de educación para el trabajo social, tanto a través de la literatura distribuida en las bibliotecas de trabajo social de los países en desarrollo, como de la producción de cursos de pre y postgrado en universidades inglesas y estadounidenses abiertos a estudiantes de países en desarrollo. Así, "los estudiantes son formados para aplicar los principios del trabajo social en la misma forma que los estudiantes de países occidentales, leen la misma bibliografía, y les son enseñadas las mismas teorías y métodos" (Midgley, 1981: xii). Movidos por el ideal modernizador y por la creencia de que existirían perspectivas y modelos de intervención universales y una identidad profesional internacional del trabajo social, plantea el autor, la relevancia y pertinencia de transferir estos enfoques no es cuestionada por los trabajadores sociales que han impulsado estas prácticas colonizadoras (Midgley, 1981: 60). Adicionalmente, las organizaciones internacionales, han jugado un rol fundamental en este proceso a través del cual se ha instaurado la creencia en que las ideas y prácticas angloamericanas y europeas son superiores y que vale la pena imitarlas (Lavalette e Ioakimidis, 2011). Así, el imperialismo profesional aparece como una manifestación más de la situación de dependencia de los países en desarrollo, o como otra forma de civilizar, que se reproduce cotidianamente en las escuelas de trabajo social y en las prácticas de los trabajadores sociales que intentan "aplicar" las teorías que les han sido enseñadas sin necesariamente ponerlas a contraluz con las necesidades y conocimientos locales. 

Más de treinta años después de la primera publicación de Midgley, la idea de que existiría un "trabajo social global" o "internacional" como resultado de la internacionalización de los problemas sociales (Kahn y Dominelli, 2000) sigue siendo fuertemente discutida. Dentro de las críticas se ha planteado la impertinencia de promover un trabajo social homogéneo, como si las condiciones del bienestar (rol del Estado, alcance de las políticas sociales y rol profesional de los trabajadores sociales, por ejemplo) fueran las mismas para todos los países debido a la globalización.  La contrapropuesta en este sentido es la "localización" del trabajo social en la particularidad de las situaciones reflexivas concretas, entendiendo la intervención del trabajo social como una práctica cultural local (Walton y El Nasr, 1988; Webb, 2003; Gray et al., 2010). Esta corriente, cercana a las lecturas postmodernistas, ha ido en aumento en países europeos y norteamericanos, que desde un lugar "alternativo" abogan por la necesidad de terminar con el imperialismo profesional y la difusión de un "trabajo social global". Lo interesante es que a este tipo de trabajo social –local, situado, culturalmente relevante- se le denomine "trabajo social indígena" o "indigenista" (Walton y El Nasr, 1988; Gray, 2005; Rankopo y Osei-Hwedie, 2011). Se comprueba así que aún en los intentos por descolonizar el conocimiento se sigue reproduciendo la lógica eurocéntrica, privilegiada para observar y para nombrar. 

Las perspectivas y modelos propuestos por Burrell y Morgan (1979) y Malcolm Payne (2005) 

Una perspectiva, es entendida aquí como la conjunción de tres componentes que se refuerzan mutuamente: i) meta-teorías, entendidas como teorías de amplio alcance, o epistemologías; ii) teorías de medio rango, es decir, teorías que explican fenómenos específicos, fundadas empíricamente y orientadas hacia aspectos prácticos; y iii) ideologías, que a diferencia de las teorías que lo que intentan es explicar cómo es la realidad, proponen cómo ésta "debe ser" de acuerdo a determinados valores, incluyendo credos religiosos e identidades étnicas. Una perspectiva es, por lo tanto, una forma de ver el mundo que es construida por el observador, y en ese sentido, constituye un marco mayor donde los modelos de intervención tienen cabida. De ahí la relevancia de observar desde qué perspectiva estos han sido construidos (Matus, 1999; Cazzaniga et al., 2005; Thompson, 2010; Garrett, 2013). Los modelos, entonces, son perspectivas operacionalizadas, o un ejercicio de modelación de la teoría. Particularmente en el campo del trabajo social, los modelos son referidos en tanto "modelos de intervención", que "formalizan procesos específicos, y bajo determinados supuestos lógicos, los caminos y orientaciones particulares de la acción profesional, a través de objetivos y resultados que delimitan los campos de experiencia" (López et al., 2009: 341). Los modelos son construcciones que se reproducen en el lenguaje, estética y orientaciones generales de la práctica de los trabajadores sociales (De Robertis, 1992; Healy, 2005). 

En la literatura europea acerca de perspectivas y modelos de intervención del trabajo social, destaca el trabajo publicado en 1979 por los británicos Burrell y Morgan, quienes elaboraron una tipología que ha sido masivamente citada a la hora de explicar los lugares desde los cuales los trabajadores sociales observan e intervienen lo social. La propuesta consiste en el cruce de dos ejes, uno de carácter epistemológico (la pretensión de objetividad versus el reconocimiento del carácter subjetivo de la realidad), y otro de carácter teleológico (regulación versus cambio radical).  Del cruce de ejes resultan cuatro cuadrantes que representan cuatro perspectivas distintas: humanismo radical, estructuralismo radical, interpretativismo, funcionalismo). La figura 1 muestra la propuesta de Burrell y Morgan en la versión adaptada de Payne (2005). 

Figura 1: Perspectivas en trabajo social

No se debe desconocer que estas coordenadas han contribuido al debate disciplinar en diferentes sentidos: por una parte, explicitan que siempre hay una forma –construida- de ver la realidad que es intervenida; y por otra, incentivan la reflexión sobre el lugar que los trabajadores sociales ocupan en esa construcción. Además, debe reconocerse que se trata de un esquema analítico, y como tal, sirve para organizar patrones de manera general. Sin embargo, esta propuesta surgida en el contexto británico en un periodo de polarización política y epistemológica, no otorga suficiente pertinencia y flexibilidad considerando los requerimientos del trabajo social en América Latina. La sola forma dicotómica que se ofrece como explicación de la realidad (subjetividad versus objetividad, regulación versus cambio) no es apropiada si se toma en cuenta la pluralidad de roles y tareas que asumen los trabajadores sociales en los países latinoamericanos. En Inglaterra es tal vez mucho más certera esta clasificación en tanto los trabajadores sociales que son empleados por el Estado se encuentran sujetos a una rígida regulación de su práctica (Munro, 2011). En este sentido, si es posible distinguir a los "reparadores" de los "revolucionarios", donde estos últimos son mas bien (auto)identificados como activistas y no necesariamente como profesionales (Lavalette e Ioakimides, 2011). En los países latinoamericanos, en contraste, los trabajadores sociales tienen mayor margen de maniobra (no son regulados estrictamente por el Estado), frecuentemente son empleados en proyectos con financiamiento mixto (lo que implica la convergencia/conflicto de diferentes perspectivas que modelan la intervención) que atienden a una población que enfrenta múltiples vulneraciones y que requieren poner en práctica diversas estrategias de intervención.  Todo esto implica que muchas veces los trabajadores sociales se ven interpelados a adoptar el rol de "reparadores" y "revolucionarios" al mismo tiempo. 

Algo similar ocurre con la propuesta analítica de Payne (2005), que ha sido traducida masivamente al español y que también figura como uno de las propuestas más citadas en la literatura de trabajo social latinoamericano. Ésta supera las dicotomías de la propuesta de Burrell y Morgan, ya que permite matizar las perspectivas que se encuentran y se superponen en la práctica. El triángulo de Payne ilustra tres perspectivas medulares: i) reflexivas-terapéuticas (promotoras del desarrollo personal y logro de los sujetos, enfatizando en el vínculo entre el trabajador social y sus sujetos de intervención); ii) socialistas-colectivistas (centradas en el empoderamiento de los colectivos para que puedan enfrentar la opresión y desventaja estructural) y iii) individual-reformistas (enfocadas en la provisión de servicios sociales para la mantención del orden social y status quo). 

Una de las más valiosas ventajas del triángulo de Payne es que ofrece la posibilidad de ubicar las perspectivas de intervención en un lugar (adentro del triángulo) donde esas tres miradas pueden estar superpuestas o tensionadas, lo que parece mucho más apropiado considerando el contexto actual donde los trabajadores sociales desarrollan su acción. Sin embargo, la homologación de la intervención colectiva a la ideología socialista y, por otra parte, la asimilación de la intervención social individual como una acción reformista, son clara muestra de cómo estos tipos de intervención han sido mitificados e incluso caricaturizados en el tiempo. Además, esas tres perspectivas, si bien ofrecen mayor flexibilidad en su combinación, no permiten ver claramente dónde podría ubicarse una intervención que, aunque colectiva, no esté comprometida con la transformación radical de las estructuras sociales que generan opresión. 

Cuando observamos la literatura en torno a los modelos de intervención social, por otra parte, ocurre algo similar. Existe una vasta producción de bibliografía europea y angloamericana, con su consiguiente traducción al español y uso en los cursos dictados en las escuelas de trabajo social en América Latina. En el marco de una investigación sobre el uso de modelos de intervención social en el trabajo social chileno(3), se indago en la "utilidad" de los modelos  más referidos por autores europeos y angloamericanos. Los resultados arrojaron que muchos de estos modelos de intervención eran conocidos por los trabajadores sociales porque habían sido enseñados durante sus estudios de pregrado. Sin embargo, los profesionales reconocieron que ciertos modelos nunca habían sido empleados en su quehacer profesional porque carecían de utilidad considerando el contexto de intervención. Es el caso de los modelos "funcional", "centrado en el cliente", "existencial" y "conductista" por ejemplo. 

En la literatura estadounidense los modelos suelen presentarse agrupados de acuerdo a los métodos de intervención (es decir, hay modelos para trabajar con casos, grupos o comunidades). Esta es una herencia que bien conocemos en muchas escuelas de trabajo social latinoamericanas. Más aún, todavía muchas de ellas estructuran currículo en esa lógica a pesar de las críticas que desde hace más de treinta años se vienen planteando en este sentido, como su interés en la segmentación de la realidad para suprimir los conflictos que atraviesa la sociedad capitalista (Castro y Iamamoto, 1979) y su poca versatilidad en términos prácticos si se considera que estos y otros métodos suelen complementarse para dar respuestas más complejas a los problemas sociales. 

Más aún, esta división ha llevado a la confusión entre métodos (un camino para lograr un fin) y perspectivas de intervención (el marco mayor, el horizonte comprensivo desde donde interpretamos la realidad). Por ejemplo, la literatura europea producida en el campo del trabajo social comunitario muestra claramente este error: el trabajo social comunitario aparece no pocas veces concebido como una perspectiva crítica, que está exclusivamente ocupado del empoderamiento y la emancipación (Popplestone, 1971; Mantle y Blackwith, 2010). En ese marco, el trabajo social de caso y el trabajo social comunitario han sido entendidos como rivales irreconciliables. Mientras el primero es definido como conservador-funcional, el trabajo social comunitario es asumido como radical. Este error teórico es producido porque un método es entendido como una perspectiva, es decir, como un marco epistemológico-ideológico delimitado a priori, ignorando que todos los métodos pueden ser comprendidos desde más de una perspectiva. Ejemplos de esto son las perspectivas post-estructuralistas para abordar el trabajo social de caso propuestas por Mulally (1997),  o el uso de la intervención comunitaria con fines de control social y dominación (Fraser, 2005). Claramente esta caricatura del trabajo social de caso en tanto quehacer conservador-funcional, está relacionada con la lógica individual que es parte del ethos cultural de muchos países europeos y angloamericanos. Bajo el manto de la ética protestante y la gran influencia de corrientes derivadas del psicoanálisis (psychodynamic approaches), el trabajo social en esos países (incluso aun en la actualidad) ha comprendido al sujeto de intervención como un individuo generalmente desprovisto de la estructura social que produce sus circunstancias (Lavalette e Ioakimides, 2011). En este marco, las personas son entendidas como responsables de su propio bienestar, el que lograrán con su esfuerzo individual. En este contexto, donde el trabajador social administra servicios sociales que deben ser optimizados cada vez mas debido a las reducciones que están sufriendo los Estados de bienestar, no es extraño que la necesidad de "evidencias" esté en aumento. Así, la "práctica basada en evidencia" crece en adeptos en tanto permite orientar las intervenciones sociales hacia "lo que funciona", independientemente del contexto en que las evidencias de éxito fueron encontradas, del silencio de las visiones ético-políticas que la fundan y de su ignorancia de las particularidades locales. 

En síntesis, el problema de asumir perspectivas y modelos de intervención producidos en países desarrollados (y transferidos como marcos de referencia universales para un trabajo social también universal) radica en que estas son elaboraciones geopolíticamente construidas, y en ese sentido, responden a los ideales occidentales, eurocéntricos y capitalistas propios de las sociedades que las hacen emerger. Es decir, estas perspectivas y modelos de intervención del trabajo social aluden a formas de configuración de lo social que les son propias: historia de colonización, explotación económica y asimilación cultural de las sociedades sometidas, subjetividades enraizadas en un ethos cultural protestante, consolidación de sistemas democráticos internos con tasas de pobreza y desigualdad incomparables con las de nuestros países, estados de bienestar que aún con sus ajustes coyunturales no pueden ser comparados con nuestros estados subsidiarios, entre muchas otras. 

A partir de lo anterior, es necesario re-pensar los marcos de referencia utilizados por el trabajo social en América Latina, o en el decir de Santos (2010) avanzar en la descolonización del saber para hacer emerger lo inédito, lo sorprendente, lo silenciado por la lógica colonial impuesta durante siglos y reproducida cotidianamente en las prácticas profesionales, en la producción y difusión de conocimiento y en la enseñanza del trabajo social en las universidades. A continuación se plantean dos reflexiones en esa línea: el pensamiento totalizante como obstáculo y la necesidad de avanzar hacia un trabajo social culturalmente sensible y dialógico. 

Las totalizaciones como obstáculo en el proceso de descolonización del saber 

La pregunta que surge en este punto de la reflexión es, entonces, si sigue estando vigente la propuesta de la reconceptualización de los años sesenta, referida a la necesidad insoslayable de delimitar un trabajo social latinoamericano. O si más bien se requiere, atendiendo a los imperativos de la globalización, abrir el campo de diálogo hacia otras formas de hacer trabajo social en el mundo, asumiendo con ello, el carácter internacional y por lo tanto, universal del trabajo social. 

Ni lo uno, ni lo otro. 

¿Es posible delimitar algo así como un "trabajo social latinoamericano? Si comparamos el trabajo social que desarrollamos en América Latina con el trabajo social que se desarrolla en China, India o Arabia Saudita; o si lo comparamos con lo que se entiende por trabajo social en Reino Unido o en Noruega y las responsabilidades que allí se le atribuyen a los trabajadores sociales (Alhaj et al., 2013), claramente es posible convenir en que hay algo que podría denominarse "trabajo social latinoamericano". Y ese trabajo social latinoamericano tendría en común una serie de particularidades geopolíticas que lo hacen claramente distinguible de las formas que la profesión adopta en otras partes del mundo. Por ejemplo, nuestra base histórica marcada por el trauma de la colonización y las prácticas que a partir de ese modelo se siguen reproduciendo en nuestro ethos cultural, la formación de enclaves autoritarios y la acumulación por desposesión (Harvey, 2007), configuran un "suelo común" desde el cual (y para el cual) pensamos y hacemos el trabajo social. Sumado a ello, los quiebres producidos por las dictaduras militares que han azotado nuestra región, con las subsecuentes transiciones a la democracia y las dificultades para lograr su consolidación son también elementos que compartimos. Más aun –aunque con mayores y menores grados de crudeza- la instauración del modelo neo-liberal, el repliegue del Estado y la generación de abismantes bolsones de pobreza, configuran un escenario marcado por la exclusión y la desigualdad que por supuesto nos distingue de muchos países "del norte". Nos distinguimos también de otras regiones del "sur global": si nos comparamos con sociedades orientales con las que compartimos el estatus de víctimas del proceso colonizador, nos diferenciamos de ellas en tanto el trabajo social latinoamericano tiene una vasta trayectoria en organización social y de apoyo a la generación de movimientos sociales, asunto difícil de imaginar por los trabajadores sociales de Omán o de Malasia (Alhaj et al., 2013). 

Estas particularidades geopolíticas de la profesión en nuestra región dejan ver que podría existir un "carácter latinoamericano" del trabajo social. Sin embargo, abogar por la necesidad de fortalecer un "trabajo social latinoamericano" barriendo con el pensamiento occidental tal como fue propuesto en el periodo de la re-conceptualización y como ha sido reposicionado en la actualidad (ver por ejemplo el trabajo de Hermida y Meschini, (2012)),  sólo sería reemplazar una totalización por otra. La colonización intelectual y el imperialismo profesional en trabajo social se producen precisamente por la alimentación del  pensamiento totalizante, que cree en la existencia de un trabajo social universal, con perspectivas y modelos de intervención también universales. Al proponer, por el contrario, una mirada particularista centrada en la diferencia del trabajo social latinoamericano, no se haría más que invertir la totalización. 

Lo que se quiere proponer en este trabajo, más bien, es rechazar toda pretensión de universalidad unilateral, venga de donde venga (Porto-Gonçalves, 2009). Esto implica necesariamente desarrollar procesos de auto-reconocimiento y de hétero-reconocimiento que sólo son posibles en el marco de una comprensión anti-esencialista, que no alienta contextualismos ni ensalza lo universal (Salas, 2007).  Los procesos de auto-reconocimiento pasan necesariamente por la pregunta por la propia historia y la identidad, por el conocimiento particular que desde este lugar también particular puede ser generado por el trabajo social, y por la observación del carácter incompleto de dicho conocimiento. Y el hétero-reconocimiento no es más que la distinción "de los otros" que existen y producen, desde su propia historia e identidad, un conocimiento que puede también aportar al desarrollo de la profesión. En este sentido, las propuestas conceptuales de esos "otros" (también particulares), no pueden ser ni asumidos acríticamente como verdades universales, ni rechazados de plano en tanto influencias externas contaminantes. Se requiere, entonces, como plantea Barkin (2012), la apertura a la diversidad cultural que rompa con la hegemonía de una lógica unitaria que define nuestras instituciones, en la búsqueda de construir nuevos paradigmas que incluyan racionalidades diversas. 

Hacia un trabajo social culturalmente sensible y dialogante 

El análisis crítico de las formas de conocimiento que han sido elevadas a una categoría de superioridad que realizan las teorías postcoloniales ofrece un interesante punto de vista para entender cómo se piensa y cómo se hace el trabajo social en los espacios locales, una suerte de diagnóstico sobre la situación epistemológica y metodológica de la profesión. La pregunta es, entonces, a qué intereses sirven las perspectivas y modelos de intervención que enseñamos en las universidades y reproducimos en nuestras prácticas. No es posible desconocer que la gran mayoría de los proyectos de intervención social que implementan los trabajadores sociales en América Latina en la actualidad, así como en otros países del sur global, son financiados por entidades supra-nacionales. El caso emblemático es tal vez el monopolio de los programas gubernamentales para la superación de la pobreza en América Latina los cuales son, casi en su totalidad, financiados por el Banco Mundial. Esto implica que las perspectivas y modelos de intervención utilizados, en este caso para el abordaje de la pobreza, sean diseñados en los niveles centrales de estos organismos supra-nacionales, los cuales reproducen sus propias lógicas coloniales en los distintos territorios en que instalan sus programas (Puyana, 2011). 

Para avanzar en las propuestas, la filosofía intercultural contribuye mostrando ese horizonte de esperanza que es si