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Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino

On-line version ISSN 0718-6894

Bol. Mus. Chil. Arte Precolomb. vol.13 no.1 Santiago  2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-68942008000100003 

 

BOLETÍN DEL MUSEO CHILENO DE ARTE PRECOLOMBINO Vol. 13, N° 1, 2008, pp. 35-50.

 

TARAPACÁ EN ATACAMA. ARTE RUPESTRE Y RELACIONES INTERSOCIETALES ENTRE EL 900 Y 1450 DC

TARAPACA IN ATACAMA. ROCK ART AND INTERSOCIETAi RELATIONSHIPS BETWEEN AD 900 AND 1450

 

GONZALO E. PIMENTEL & INDIRA MONTT S.*

Universidad Católica del Norte, Calle Gustavo Le Paige 380, San Pedro de Atacama, II Región, Chile, email: gpimentel@ucn.cl, imontt@ucn.cl


 

En este artículo se explora la presencia tarapaqueña en Atacama durante el Período Intermedio Tardío, sistematizando la información procedente de cementerios y asentamientos e integrándola con el registro de representaciones rupestres de figuras antropomorfas con vestimenta trapezoidal como indicador de dicha presencia. Tomando como marco la teoría social, se discuten los tipos de ocupación que mantuvo Tarapacá en Atacama, así como la naturaleza de estas relaciones intersocietales en el área del Loa.

Palabras clave: arte rupestre, interacción social, Tarapacá y Atacama, Período Intermedio Tardío.


This paper explores the Tarapacan presence in Atacama during the Late Intermediate Period, relying on systematized evidence from cemeteries and settlements, and a registry of anthropomorphic rock art figures depicted with the culture's characteristic trapezoidal apparel. In the framework of the social theory, the authors discuss the types of occupation that Tarapacá had in Atacama, and the nature of the group's intersocietal relationships in the Loa River area.

Key words: rock art, social interaction, Tarapacá and Atacama, Late Intermediate Period.


 

Las regiones que en el presente reciben el nombre de Tarapacá y Antofagasta, en el norte de Chile, están separadas por una franja de desierto absoluto, con recursos limitados y asentamientos prehispánicos discontinuos caracterizando una de las áreas menos pobladas del actual territorio nacional (fig. 1). Se trata de un espacio donde la dispersión de antiguos centros poblacionales parece corresponderse con la conformación de identidades socialmente diferenciadas en el pasado (Agüero 1998; Agüero et al. 1997, 1999; Agüero & Cases 2000).


Sabemos que esta área intermedia yerma no fue en ningún caso impedimento para el flujo social de todo tipo entre poblaciones tarapaqueñas y atacameñas (Núñez 1976, 1985; Núñez & Dillehay 1995 [1979]). Desde el Período Formativo (1000 AC - 500 DC) (Muñoz 1989), ambas regiones sostuvieron activos grados de interacción (Núñez & Dillehay 1995 [1979]). Compartieron un modo de producción pastoril y agrícola a pequeña escala, construyeron asentamientos estables con aldeas de recintos aglomerados de forma circular, como es el caso de los sitios de Guatacondo y Túlor, iniciándose una intensificación de la metalurgia, de la textilería y de la explotación maderera sin antecedentes previos en la historia de ambas regiones. La presencia de bienes foráneos a cada zona, procedentes de una u otra de estas regiones, da cuenta de un contacto sostenido, que se remonta al menos a esta época (p. e., Meighan 1979; Muñoz 1989; Llagostera 1996; Agüero et al. 2006). Sin duda, este proceso no sólo continuó en los períodos tardíos, sino que existió un mayor incremento, profun-dización y contraste en estas relaciones, situación que nos proponemos abordar en este trabajo.

El estudio sobre la interacción entre ambas regiones se ha generado, salvo excepciones (Agüero et al. 1997), a partir de la identificación y análisis de bienes exóticos al área, siendo mínimos los avances en torno a una perspectiva relacional sobre la interacción, vale decir, sobre los tipos de ocupación efectiva que tuvo la presencia tarapaqueña en Atacama. Así, a diferencia de lo que sucede con las relaciones altitudinales altiplano-valles-costa -las cuales se han sistematizado en modelos como la verticalidad de Muña (1972), o la complementación económica a través del tráfico caravanero (Núñez 1984)- se sabe poco acerca de las dinámicas en un sentido longitudinal, como es el grado de interacción entre Atacama y Tarapacá, entendidas ambas como unidades culturales integradas por sujetos o agentes que comparten, en cada caso, una misma identidad material.

Desde esta perspectiva, en el presente ensayo nos proponemos explorar, junto al contexto socioeconómico, las evidencias de bienes e iconografías que dan cuenta de la presencia tarapaqueña en la región de Atacama, desde los inicios del siglo x hasta el arribo del imperio inkaico, discutiendo los tipos de ocupación que involucró dicha presencia, así como el tipo de relaciones sociales que sostuvieron ambas unidades culturales.

CONTEXTO SOCIOECONÓMICO E INTERACCIÓN INTERSOCIETAL

El Período Intermedio Tardío {ca. 900-1450 DC) constituye una etapa de importantes cambios en la escala productiva, política y social, que comprometieron todo el espectro de los Andes Centro Sur. Existieron importantes procesos de fusión de comunidades en las tierras medias y altas que se relocalizaron en nuevos asentamientos, vislumbrándose una reorientación de los centros poblacionales para privilegiar asentamientos nucleares dispuestos en puntos estratégicos del paisaje, con alta visibilidad del entorno y, en general, de difícil acceso. El caso de los poblados de Turi, Quítor, Vilama y Lasaña en Atacama, y de Chusmiza, Jamajuga y Pukarqollo en Tarapacá, entre otros, es representativo de este fenómeno que tendría su explicación en los extensivos conflictos intenegionales que acaecieron con la desaparición de la influencia del estado tiwanakota y con el advenimiento de condiciones de extrema aridez en los Andes (Schiappacasse et al. 1989; Nielsen 2001; Berenguer 2004, 2008).

A nivel general, se trata de poblaciones prepuneñas y piemontanas con una economía pastoril y agrícola, siendo en este último ámbito donde efectivamente se produjo un cambio tecnológico sustantivo con respecto a los períodos anteriores (Schiappacasse et al. 1989). La introducción de nuevas instalaciones y técnicas agrohidráulicas, tendientes a optimizar la irrigación, permitieron tanto un aumento de las tierras agrícolas como una mayor intensificación productiva, hecho que se manifiesta en toda su magnitud en ciertas áreas de la vertiente occidental de la Subárea Circumpuneña, como Caspana y Toconce (Aldunate & Castro 1981; Adán & Uribe 1995). El proceso de relocalización de las poblaciones y la intensificación de la escala productiva agrícola coincide a su vez con una etapa de marcada regionalización de la cultura material, la que funcionó como sistema efectivo de diferenciación intersocietal. En Atacama, tanto la cuenca del Loa como la cuenca del salar de Atacama participaron de una misma identidad material que se refleja en componentes cerámicos y textiles similares, como es el caso de las túnicas cuadradas y rectangulares (Uribe 2002; Agüero 2007). Lo mismo acontece con el Complejo Pica-Tarapacá, donde se identifican igualmente componentes cerámicos propios y túnicas semitrapezoidales con orillas de urdimbre curva que surgirían originalmente en esta región (Núñez 1965a; Agüero 2007; Uribe et al. 2007).

Políticamente, todo esto debió suponer algún nivel de centralización o al menos el surgimiento de liderazgos más institucionalizados capaces de planificar, coordinar y mantener en el tiempo el sistema productivo y social establecido. Bajo qué sistema político ocurrió todo esto, es un tema sobre el cual no hay total acuerdo, existiendo distintos enfoques que se pueden sintetizar en dos tipos de perspectivas. Tradicionalmente se atribuyeron a esta época sociedades de rango (Schiappacasse et al. 1989) o jefaturas/señoríos (Núñez 1984), que describen sociedades excluyentes con altos grados de desigualdad y elites que poseían un control total de las decisiones políticas y de los recursos económicos, incluyendo el tráfico caravanero y especialmente la redistribución de los bienes de prestigio. Pero recientemente, en oposición al modelo anterior, se ha propuesto que este tipo de sociedades se ajusta más al modo segmentario (Albanacín-Jordán 1997) o a sociedades corporativas (Nielsen 2006, 2007), con sistemas organizativos inclusivos, un control colectivo de los recursos y bajos niveles de desigualdad. Más allá de estas categorías -que no son materia a discutir en este trabajo- existe consenso de que estamos ante una época, en los Andes Centro Sur, donde se generaron importantes procesos de fusión de comunidades en un contexto de extendidos conflictos sociales.

Dichas pugnas parecen ser la razón de que las redes de interacción con Atacama sufriesen cambios sustantivos con respecto al período anterior. Por un lado, se constata un acortamiento de las relaciones a larga distancia, desapareciendo del registro las evidencias de bienes procedentes de la Subárea Circumtiticaca y de la Subárea Valliserrana -extremos septentrional y meridional, respectivamente- con las que interactuó el área atacameña en el Período Medio (Núñez & Dillehay 1995 [19791; Uribe & Agüero 2001; Berenguer 2004). Por otra parte, se observa una intensificación en el uso de las principales vías de comunicación circumpuneña (Nielsen 1997; Pimentel et al. 2007), con claros nexos entre Atacama y el altiplano meridional, el área Yavi Chicha del Noroeste Argentino y el altiplano suroeste boliviano, la costa Pacífica y Tarapacá (Núñez 1992; Berenguer 2004). Con estas áreas inmediatamente trans-fronterizas, en definitiva, se mantuvo tradicionalmente el contacto.

En lo que respecta a Tarapacá, un caso particularmente notable es el que se describe para la localidad de Quillagua, donde se ha planteado la coexistencia del sistema Pica-Tarapacá y Atacama (fig. 1) (Núñez 1984; Agüero 1998; Agüero & Cases 2000; Agüero et al. 1997, 1999). Asentados en Aldea La Capilla y con entienos en los cementerios Poniente, Oriente Bajo y Alto, la información da cuenta de una importante diversidad de bienes procedentes de Arica, Tarapacá, altiplano meridional y la propia Atacama (Cervellino & Téllez 1980; Gallardo et al. 1993; Agüero et al. 1997; Uribe 2002). A partir de los datos textiles procedentes de los contextos mortuorios, se piensa que en la etapa más temprana del período los cementerios Oriente y Poniente fueron ocupados principalmente por poblaciones atacameñas, y se encuentran asociados, aunque con mínima presencia, con evidencias tarapaqueñas. Posteriormente, a lo largo de la primera mitad del período, se observa una mayor intromisión de la población tarapaqueña en el Oriente, la que habría motivado un relativo abandono del cementerio Poniente por los grupos atácamenos para disputar simbólicamente el espacio Oriente. Lo anterior se vería reflejado en el caso del cementerio Oriente Alto, donde se identifica un predominio de la vestimenta atacameña. Finalmente, en la etapa más tardía del período el cementerio Poniente vuelve a ser ocupado intensamente, mostrando ahora un componente nuevamente atacameño. Otro hecho interesante que sucede en Quillagua es la creación de estilos textiles locales que conjugaron elementos de síntesis entre la tradición atacameña y tarapaqueña, lo que daría cuenta de estrategias intermedias de negociación intercultural (Agüero et al. 1997; Agüero 2007).

La presencia de artefactos muebles de filiación tarapaqueña en Atacama también se reconoce en Chacanee, con evidencias de textiles y alfarería originarias de dicha área (Uribe 2002; Agüero 2007). A diferencia de Quillagua, aquí existe un predominio de la vestimenta tarapaqueña (Agüero 2007), aunque las bolsas son fundamentalmente del componente Loa-San Pedro (Cases 2007) y en lo que se refiere a la cerámica se observa una preponderancia de la alfarería atacameña (Uribe 2002). Si bien Agüero (2007: 143) postula a Chacanee como el límite meridional del Complejo Pica-Tarapacá, a nuestro entender el contexto multicultural de este sitio denota un carácter más complejo que, a partir de los artefactos, no permite concluir taxativamente a cuál sistema cultural perteneció la población allí asentada.

Lo claro es que a medida que nos alejamos desde Quillagua o Chacanee hacia las partes altas de Atacama, las evidencias tarapaqueñas empiezan a declinar o definitivamente desaparecen. El Alto Loa funcionó como corredor natural para las conexiones entre Tarapacá y Atacama; así, se reconocen materiales cerámicos tarapaqueños en sitios como SBa-45 con proporciones importantes (alrededor de un 50% de la muestra) y con presencia mínima en SBa-119, el caserío SBa-4l y en Quinchamale (Ayala & Uribe 1995; Cáceres & Berenguer 1996; Berenguer 2004, 2008). Las otras evidencias tarapaqueñas se encuentran en Calama, Chiu-Chiu y Lasaña (véase p. e., Latcham 1938; Rydén 1944), pero parecen ser casos de muy baja frecuencia, ya que lo local ostentaría mayor presencia (Uribe 2002). De hecho, a partir de la recolección superficial y el análisis de la alfarería del Pukara de Lasaña no se observaron restos de cerámica tarapaqueña (Ayala & Uribe 1995), mientras que en Chiu-Chiu se identificó un solo ejemplar de una túnica de factura tarapaqueña (Agüero 2007), lo que indica más bien la excepcionalidad de la presencia de bienes tarapaqueños en estos poblados atácamenos.1 Este déficit de indicadores tarapaqueños en cotas más altas se hace más evidente en la cuenca del salar de Atacama y en la Subregión del río Salado, ya que en sitios de San Pedro y Caspana no se han consignado materiales cerámicos provenientes de Tarapacá (Ayala & Uribe 1997 Ms; Uribe 2002).

En síntesis, a partir de estos antecedentes los datos muestran que Atacama mantuvo contactos con Tarapacá en distintos niveles de interacción, que podríamos denominar de una mayor intensidad relacional con Quillagua y Chacanee, una intensidad media con Chiu-Chiu, Lasaña y Calama y una vinculación nula con el salar de Atacama y la Subregión del río Salado. A continuación, pasamos a evaluar el grado de interacción entre estas dos regiones pero ahora desde el registro rupestre.

ARTE RUPESTRE TARAPAQUENO EN ATACAMA

Una situación de gran interés es la que plantea el arte rupestre del período, puesto que frente a la existencia de un evidente proceso de diferenciación cultural e interregional expresado en la alfarería, textiles y otros elementos distintivos de unidades sociales, el arte rupestre muestra, paradójicamente, ciertos elementos de gran uniformidad macrorregional como sucede con la simplificación y esquematización formal de los camélidos. Si bien no sabemos con certeza el origen de este tipo de representaciones -específicamente si se inician en el Período Intermedio Tardío (Berenguer 2004) o en el Período Inka (Gallardo et al. 1999)- las distintas asociaciones y dataciones contextúales realizadas en el Alto Loa por Berenguer (2004: 436-443) constituyen elementos que permiten pensar que surgieron alrededor del 900 DC, continuando como sistema de representación en pleno período inkaico hasta la llegada de los españoles. De hecho, si algo queda claro es que este mismo esquema visual fue ocupado en las primeras épocas de la Colonia (Gallardo et al. 1990), con lo que se despeja cualquier duda sobre su contemporaneidad con los tiempos inkaicos, pero no respecto a su origen.

En Atacama predominan los grabados, aunque no faltan las pinturas y los geoglifos, concentrados en el Alto Loa y Loa Inferior, respectivamente. Por primera vez en el arte rupestre de la región se observa un protagonismo de la figura humana por sobre la de los camélidos, lo cual se corresponde con los nuevos tiempos en que se enfatizan relaciones dadas entre unidades sociales por sobre las establecidas entre el hombre y los animales domésticos. Así, mientras los camélidos se esquematizan y se reducen en tamaño, las figuras antropomorfas adquieren alta visibilidad, grandes dimensiones y mayor inversión técnica y formal, incorporando en su construcción atuendos formales (tocados y vestimenta), junto a una hibridación con objetos vinculados con el poder, el conflicto o la distinción social (p. e., hachas). Este fenómeno se ve claramente expresado en el Noroeste Argentino, Alto Loa, Loa Inferior y la cuenca del salar de Atacama (Aschero 2000; Berenguer 2004, 2008; Montt 2005; Pimentel 2006).

Las evidencias de arte rupestre tarapaqueño del período en Atacama han sido principalmente adscritas a los geoglifos que se concentran en el Loa Inferior y en el sector de Chug-Chug, una senanía ubicada en la Cordillera del Medio, en pleno desierto absoluto (véase fig. 1). Desde los trabajos de Núñez (1976), se sabe que el fenómeno de los geoglifos en Chile es característico de Arica y Tarapacá, encontrándose los últimos vestigios meridionales en la Provincia El Loa, concentrados coherentemente en aquellas áreas con mayores rastros tarapaqueños. Así, los geoglifos están ausentes en la cuenca del salar de Atacama, Loa Medio y Loa Superior, salvo el hallazgo aislado de un ejemplar en esta última subregión (Berenguer 2004: 379). Si bien no existen análisis detallados sobre el grado de similitud y diferencia entre las manifestaciones de la región ataca-meña con aquellas vecinas de Tarapacá, la repetición de elementos icónicos como rombos escalerados, círculos concéntricos y lagartos, entre otros, se ha considerado para integrarlas dentro del Estilo Pintados de tradición tarapaqueña (Briones 2005).

Por su parte, las representaciones rupestres en grabados y pinturas en Tarapacá poseen características propias en cuanto a composición e iconografía, que permiten distinguirlas de la tradición tardía atacameña. Rasgos escasamente identificados en Atacama y que parecen ser propios de Tarapacá son las figuras enfrentadas, la representación abundante de aves y las figuras humanas de perfil, con cuerpos y piernas flectadas. Sitios como Tarapacá-47 y Tamentica dan cuenta de ello (Núñez 1965b; Tolosa 1967; Núñez & Briones 1968). No obstante, dado que son contadas las descripciones sobre el arte rupestre tarapaqueño y no es nuestro proposito en este artículo definir las características intrínsecas de tales manifestaciones, nos basaremos en un indicador más fiable para la identificación del arte rupestre de Tarapacá en Atacama del período: el caso de las figuras humanas representadas con vestimenta trapezoidal.

Tal como se vio anteriormente, a partir de los análisis textiles de Agüero (1998, 2007) se ha podido establecer que para el Período Intermedio Tardío la vestimenta en Atacama fue de forma cuadrangular o rectangular, mientras que, durante la misma época, en Tarapacá se popularizó la vestimenta semitrapezoidal con orillas de urdimbre curva y recta. Se ha establecido que el arte rupestre en Tarapacá incorporó estos elementos en la construcción de la figura humana, tal como se aprecia en el sitio Pachica (Agüero 2007: 135 y 139) y en Jamajuga (Vilches & Cabello 2006 Ms). A partir de nuestras observaciones en terreno, detectamos esta vestimenta en el campo de geoglifos de Pintados y en Tarapacá-47 (fig. 2). De esta manera, su identificación en Atacama es un indicador distintivo de representaciones tarapaqueñas, constituyendo así un rasgo formal de interacción y de la presencia de estas poblaciones en Atacama. Siguiendo estas premisas, pasamos a caracterizar la distribución, las técnicas y el tipo de contexto en que se encuentran estas representaciones antropomorfas con vestimenta trapezoidal en el área atacameña.


Figuras humanas tarapaqueñas y contextos

Las figuras humanas con representación de vestimenta trapezoidal se registran en los tres tipos de técnicas rupestres: en geoglifos, pinturas y grabados; sin embargo, es en el primer tipo de técnica donde están mayormente representadas, con cinco sitios. Dos de ellos se ubican en el sector de La Encañada (La Encañada y La Encañada Sur) -a unos ocho kilómetros al sur de la localidad de Quillagua y en asociación a las antiguas vías caravaneras que conectaban esta localidad con Tocopilla y el Loa Medio- dispuestos en puntos visuales relevantes del paisaje que marcaron la entrada y salida del poblado. En el sitio La Encañada, y en relación a motivos de lagartos, camélidos, rombos escalerados y otras figuras geométricas, se observan dos antropomorfos con representaciones de vestimentas trapezoidales. Tal como se puede apreciar en la figura 3, por sus grandes dimensiones, preponderancia en la composición y alta visibilidad, destaca un personaje de túnica trapezoidal recta y tocado trapezoidal portando en su brazo derecho un objeto alargado que supera el tamaño de su cuerpo. En su brazo izquierdo se observa un objeto de forma levemente sinuosa, para el cual no es posible asignar una funcionalidad. A unos escasos metros al sur de dicho panel se registra otra figura con túnica trapezoidal pero esta vez de forma curva. A diferencia del motivo anterior, su tamaño es bastante menor y la vestimenta cuenta con un diseño circular en su interior realizado por técnica aditiva. El personaje además porta un tocado semilunar y una lanza de la que se desprende en su parte superior un apéndice que parece representar un hacha.


Unos cientos de metros más al sur se encuentra otro panel con tres motivos antropomorfos, dos camélidos, un círculo concéntrico y una figura geométrica compuesta (fig. 4). Aquí nos interesa la figura humana más pequeña, que cuenta con una túnica trapezoidal curva y un tocado semilunar, nuevamente de dimensiones bastante menores, lo que se hace más evidente al estar entre dos antropomorfos con túnica rectangular y cuadrada, uno de ellos portando un hacha de gran tamaño.


Distanciado ahora unos kilómetros al sur, en la ladera de un pequeño cerro aislado, se emplaza el sitio La Encañada Sur. Tal como se observa en la figura 5, es uno de los paneles con mayor abundancia de motivos del sector, con presencia de líneas verticales, cruces, camélidos de dos y cuatro patas, figuras zoomorfas no identificadas y tres figuras humanas. Dos de ellas, las de mayores dimensiones, poseen túnicas trapezoidales y solamente en una se identifica un tocado semilunar.


Otro ejemplar se encuentra en el sitio Santa Fe Oeste referenciado por Briones y Castellón (2005: 28-29), donde se puede apreciar la presencia de una figura antropomorfa con vestimenta trapezoidal recta y tocado trapezoidal.

Orientada al sureste y adentrándose en las planicies desérticas de Pampa Joya, existe una ruta caravanera que se proyecta hacia la Cordillera del Medio en dirección a la quebrada de Chug-Chug. Justo en la entrada a esta nueva geomorfología se emplaza el sitio Abra de Chug-Chug, que fue un lugar altamente ritualizado en tiempos prehispánicos tardíos a juzgar por la importante cantidad de partículas de mineral de cobre, cerámica "matada", ofrendas líticas y otros materiales asociados a pequeñas estructuras socavadas (fig. 6). En este contexto, se elaboraron geoglifos aislados de círculos concéntricos y rombos escalerados, destacando una única figura humana con túnica trapezoidal recta y tocado semilunar que se dispuso en un sector de baja visibilidad, en la parte baja de una pequeña ladera (fig. 7). Constituye un caso excepcional en cuanto se realizó con una técnica mixta en la cual la figura es lograda por la acumulación de gravillas que definen su contorno, mientras que el fondo queda despejado produciendo un marco que encierra al motivo.



Esta ruta prehispánica continúa hacia el este por la quebrada de Chug-Chug, luego pasa por la aguada homónima para conectar en unos escasos kilómetros con la serranía y geoglifos de Chug-Chug. Junto al sitio La Encañada, este sector concentra las más importantes evidencias de geoglifos en la región, reúne la mayor cantidad de figuras humanas y muestra la mayor diversidad en cuanto a técnicas y tipos de atuendo. Conesponde a un conjunto de más de 450 figuras donde se representaron círculos simples, círculos concéntricos, rombos escalerados, figuras geométricas abstractas, balseros, motivos ornitomorfos, camélidos y lagartos, entre otros (Briones & Castellón 2005). En el caso de las representaciones antropomorfas con rasgos tarapaqueños, se reconocieron tres figuras de idénticas características con túnicas trapezoidales rectas y tocado trapezoidal, de dimensiones muy similares entre ellas y que no contrastan mayormente en cuanto al tamaño con los otros motivos asociados (fig. 8). Serán éstas, hacia el oriente, las últimas evidencias de geoglifos con motivos antropomorfos que portan túnicas trapezoidales. Más específicamente, es en este sector donde los geoglifos empiezan a desaparecer en relación a esta vía, no registrándose otras manifestaciones de este tipo en los siguientes 30 km faltantes para conectar con el oasis de Calama.


Por su parte, Berenguer (1999, 2004) nota evidencias de pinturas con representación de túnicas tarapaqueñas en las pinturas de SBa-110, Alto Loa, y Montt (2005) en el sitio con grabados de Calartoco en el Loa Inferior. A esto se agregan los sitios de pintura de Yalquincha y San Salvador-1 en el río homónimo.2 El sitio de Calartoco se ubica directamente al este del sector La Encañada. Se trata de más de una decena de bloques aislados, los cuales fueron removidos y cercados para la creación de un museo de sitio, por lo que se desconoce su emplazamiento original y sus asociaciones contextúales. Corresponden únicamente a grabados, dentro de los cuales se observa una figura humana ataviada con vestimenta trapezoidal recta y tocado semilunar (Montt 2005). Por su parte, el alero de SBa-110 ha sido descrito por Berenguer (2004) como una estación caravanera {jara), a la cual se le asocia una importante presencia de grabados y pinturas que aludirían a distintos estilos y períodos. Entre las imágenes pintadas destacan los tres personajes con túnicas trapezoidales rectas y polícromas referidos por Berenguer (1999, 2004) a los que se les relacionan otros dos antropomorfos que han sido descritos como "escutiforines" o personificaciones de hachas.3 En dos de los antropomorfos con túnicas tarapaqueñas se constata la presencia de diseños con círculos concéntricos en su interior (figs. 9 y 10) -lo cual ya había sido visualizado por Berenguer (1999: 45)-, mientras que el otro no posee diseño alguno y en un solo caso se consigna un tocado que al parecer se trataría de un casco (Berenguer 1999, 2004). Un dato interesante es el que aporta Montt (2005: 95) al relacionar los diseños de círculos con el referente de las túnicas teñidas por amarre que son propias de la industria textil tarapaqueña del Período Intermedio Tardío (Agüero 1998), lo que, por otra vía, no hace más que confirmar la adscripción de estas representaciones al Complejo Pica-Tarapacá.



El alero de Yalquincha se ubica a escasos kilómetros al norte de Calama, en el borde poniente del río Loa (fig. 11). Es un sector muy disturbado dada su cercanía a la ciudad con gran cantidad de basuras, quemas y rayados recientes que han afectado gravemente la conservación del asentamiento. No se observaron materiales asociados, por lo que aparentemente corresponde a un sitio exclusivo de pinturas con una importante presencia de figuras humanas pintadas en negro, rojo y blanco, aunque no se descarta que puedan existir ocupaciones subsuperficiales. Las mayores evidencias corresponden a túnicas rectangulares o cuadradas, sin embargo, también se reconoce una figura monocroma negra que posee una túnica trapezoidal de orilla curva y tocado semilunar (fig. 12), que constituye el único ejemplar rupestre reconocido para este tipo de vestimenta fuera del Loa Inferior. En tanto, el sitio San Salvador-1 se ubica en ladera sur del río San Salvador, aproximadamente a unos 2 km aguas abajo desde la confluencia del río con la Quebrada de Opache. Sin asociación directa a estructuras u otros rasgos, corresponde a un gran bloque que posee principalmente pinturas polícromas en rojo, blanco y negro, junto a escasos grabados. Se compone básicamente de escenas de grupos humanos que portan tobilleras, vestimenta, tocados diferenciados y un objeto sin referente conocido que se simboliza con un haz de líneas de color blanco y rojo en las puntas. Recuerda a los emplumados del Alero Media Agua en el Noroeste Argentino, datados en el Formativo Tardío (Hernández 2001: 70, fig. 6), pero solamente en este aspecto, puesto que no guarda relación alguna en cuanto a la construcción formal de la figura humana. De los sitios referenciados es, sin duda, el que concentra el mayor nivel de detalle y variabilidad en este tipo de representación. Se pueden distinguir tres unidades de representación: 1) antropomorfos con túnica rectangular y tocado trapezoidal, 2) antropomorfos con túnica rectangular y trapezoidal invertido con tocado tumiforme y 3) antropomorfos con túnica trapezoidal recta y tocado trapezoidal doble (figs. 13, 14 y 15, respectivamente). La marcada homogeneidad en los atuendos da cuenta de la recreación de identidades sociales que aludirían a la diferenciación de colectividades mayores, como podría ser justamente la distinción entre atácamenos y tarapaqueños. Dada la relación de estos dos sitios con áreas potenciales de pastoreo, por ahora no permite asegurar que respondan a representaciones vinculadas exclusivamente al tráfico. No obstante, a juzgar por la ausencia de estructuras u otras evidencias de carácter habitacional, se sugiere que se trata de imágenes producidas en contextos de tránsito intenegional.






En suma, a partir del registro de las figuras humanas con túnicas trapezoidales (n = 18) hemos podido observar que su presencia se dio principalmente en geoglifos (n = 10), luego en pinturas (n = 7) y un solo caso en grabado, lo cual nos ilustra que efectivamente son los geoglifos y las pinturas las manifestaciones rupestres más conspicuas del Complejo Pica-Tarapacá en Atacama. Las figuras tarapaqueñas delatan también una sugerente diversidad en cuanto a sus atributos formales. De las túnicas destacan claramente aquellas trapezoidales rectas (n = 15), aunque también se registraron tres casos con orillas curvas que se asocian exclusivamente con tocados semilunares. En cambio, es en los tocados donde se expresan más cabalmente estas diferencias. Con la excepción de tres motivos que no mostraron tocados con total visibilidad, se constató la representación de tocados semilunares (n = 6), trapezoidales (n = 5), trapezoidal doble (n = 3) y con forma de casco (n = 1), dando cuenta de una mayor variabilidad al interior de las figuras tarapaqueñas, que nos habla de eventuales distinciones intrasociales o bien temporales, que habrá que seguir explorando en futuros trabajos.


DISCUSIÓN

La sistematización de la información disponible sobre el Período Intermedio Tardío, en lo que se refiere tanto al registro artefactual como al arte rupestre, aporta una perspectiva más integral en los procesos de interacción intersocietal, permitiéndonos modelar un panorama actualizado sobre la presencia tarapaqueña en Atacama. Entendiendo la interacción como el movimiento de personas y el intercambio de objetos e información que circula de mano en mano y de grupo en grupo (Renfrew 1984; Odess 1998), su estudio busca especificar la estructura de las redes mediante las cuales los bienes cobran movimiento, la manera mediante la cual el intercambio se articula con formaciones económicas y políticas (en especial su injerencia sobre los procesos de producción, consumo y distribución) y, por último, las condiciones bajo las cuales estas relaciones sistémicas varían e inciden en las sociedades particulares y en la red en general (Schortman & Urban 2000). Siguiendo estas nociones, nos propusimos investigar la interacción entre Tarapacá y Atacama, a partir del análisis de tres tipos de ámbitos sociales, esto es, los artefactos como representantes del intercambio de objetos, las imágenes rupestres como indicadores de la esfera de las ideas y el espacio no como una entidad neutral o vacía sobre la cual se impone el paso humano y de bienes, sino como algo que se experimenta socialmente (Ingold 1993; Lazzari 1999).

Desde esta perspectiva, el espacio constituye un producto social, un paisaje que es modelado como un objeto denso en sí mismo, en el sentido de que no puede ser alienado de los cuerpos que lo habitan (Lazzari 1999, 2005) -sean estos humanos, animales o artefactuales- los que van configurando, desde sus propias biografías y trayectorias, diferentes tramas sociales (Appadurai 1991). En tanto las imágenes rupestres pertenecen al dominio del flujo de información e ideas, fijan en el espacio contenidos de alto valor comunicacio-nal, político y simbólico. Así, cuando éstas conforman estilos, una práctica altamente pautada y normada, constituyen un recurso eficaz para expresar y delimitar identidades sociales, involucrándose abiertamente con la reproducción del sistema y el imaginario integrador de determinada colectividad social (p. e., Wobst 1977; Sackett 1990; Gallardo 2005). En los casos que aquí revisamos, extienden la presencia de colectivos sociales e idearios ideológicos en emplazamientos no propiamente habitacionales o locales.

Un primer aspecto a puntualizar tiene relación con la distribución e intensidad de los indicadores materiales tarapaqueños en Atacama, constatándose que tanto los datos rupestres como aquellos provenientes de cementerios y asentamientos son totalmente coincidentes. En efecto, desde el arte rupestre se aprecia una importante concentración en el Loa Inferior y en Chug-Chug, esto es, en contextos directamente asociados a la movilidad de las poblaciones residentes en Quillagua que, como se ha planteado, es la localidad que agrupa las principales evidencias tarapaqueñas en la región. Esta coherencia se hace extensiva al Loa Medio y al Alto Loa, áreas donde Tarapacá debió desplegar algún tipo de contacto, pero de una intensidad notablemente menor en comparación con Quillagua. Asimismo, la ausencia de bienes tarapaqueños en la cuenca del salar de Atacama y en la Subregión del río Salado, indica que esta región no tuvo aparentemente relaciones o contactos con dichos grupos locales.

A partir de lo anterior, podemos inferir que la presencia tarapaqueña en Atacama se estableció a partir de dos tipos de ocupación. Primero, una población estable y permanente que negoció simbólica y productivamente el uso del espacio de Quillagua ante las poblaciones atacameñas, constatándose una concurrencia intercultural densa. Segundo, y seguramente gravitando en relación a este núcleo de asentamiento que es Quillagua, se identifica una ocupación de desplazamiento, transitoria e intermitente en los ejes de movilidad interregional, la cual se expresó en una red de circulación orientada al Alto Loa, Loa Medio y Loa Inferior.

Cabe entonces hacerse la pregunta acerca del tipo de relaciones que mantuvo cada una de estas colectividades sociales en ambos tipos de contextos. A partir de la presencia tarapaqueña en Quillagua, la información, aunque parcial, tiende a desestimar la idea de un conflicto endémico entre ambas poblaciones (p. e., guerras, disputas armadas); de hecho, en Quillagua se señala la presencia de tarapaqueños y atácamenos en distintos cementerios sincrónicos (Agüero et al. 1997). En cambio, el asentamiento para el período es sólo uno e incluso no se ubica en un lugar estratégicamente favorable para eventuales enfrentamientos y tampoco muestra evidencias de construcciones defensivas. Comparativamente, en la misma época, en la cuenca del salar de Atacama y en la Subregión del río Salado, la red interactiva decrece drásticamente y surgen asentamientos de carácter claramente defensivos (Schiappacasse et al. 1989; Núñez 1992). Al contrario, Quillagua aumenta la distancia interactiva y, a la vez, no se observa la construcción de poblados fortificados.

Frente a esto, es sugerente pensar que en Quillagua se compartió un mismo espacio habitacional en el poblado de La Capilla, quizás de manera diferencial en su interior, posibilidad que habrá que ampliar y evaluar. De la misma manera, las representaciones rupestres de antropomorfos tarapaqueños no muestran superposiciones u otras acciones que delaten la intención de supresión, lo cual sería otro indicador de eventuales conflictos. En este sentido, más que un encuentro violento -como se sugirió en algún momento (Agüero et al. 1997: 277)-, todo indica que, desde sus inicios, fue un encuentro negociado política y simbólicamente, en el cual cada parte insistió en mantener su propia y distintiva parafernalia material, sin ser coaptados culturalmente por el otro.

Mientras en lo local se disputó la identidad en bienes muebles como la vestimenta, en lo extralocal son las representaciones rupestres el soporte por excelencia para la manifestación de dichas distinciones interculturales. A diferencia de lo que muestran dis- tintos poblados tarapaqueños del período, donde se observan imágenes rupestres insertas en los contextos habitacionales (Vilches & Cabello 2006 Ms), al interior del poblado de Quillagua no existe una sola imagen rupestre, lo que habla de que el despliegue rupestre estuvo orientado hacia fuera del asentamiento, quizás como parte de la propia negociación intercultural. Lo cierto es que las figuras antropomorfas tarapaqueñas en Atacama se representaron asociadas a contextos de movilidad intra e interregional, indicando que es allí donde las competencias simbólicas alcanzaron su mayor expresión y que las disputas pasaron por el control simbólico de los principales ejes de tránsito. Tal como se identifica en el Alto Loa, la diversidad de bienes primariamente atácamenos, luego tarapaqueños y en menor medida del Noroeste Argentino y altiplano meridional (Berenguer 2004) sugiere que fue un área utilizada para el tránsito por distintos grupos culturales que conectaban los poblados atácamenos con otras regiones. Que una de las principales concentraciones de arte rupestre en Atacama se encuentre en este corredor -zona que además posee una baja densidad poblacional que no explica la autoría de las innumerables representaciones (véase Berenguer 2004)- nos señala que es en estas áreas socialmente liminales y compartidas intergrupalmente donde se extendieron ampliamente los discursos visuales, magnificándose ahí los dispositivos de diferenciación entre las unidades sociales.

Para Atacama, esto demuestra una relación inversamente proporcional entre discursividad rupestre y concentración poblacional, siendo en los espacios despoblados o escasamente ocupados donde se recrearon con mayor intensidad las competencias interregionales, por lo menos en cuanto al registro rupestre se refiere. Por otra parte, las grandes dimensiones y alta visibilidad de las figuras humanas como sucede con los geoglifos y en el caso de los antropomorfos del sitio Santa Bárbara-110 (véase Berenguer 1999), recuerdan el planteamiento de Wobst (1977), en cuanto fueron estratégicamente dispuestas para tener una mayor audiencia comunicativa, como mecanismo activo de distinción y pertenencia a determinadas colectividades sociales. De esta manera, se le imprime a este paisaje aparentemente "vacío" y de tránsito intermitente un estado de continuidad y permanencia social de lo tarapaqueño, que se logra a través de la perdurabilidad de la imagen inscrita. El artefacto visual se convierte así en sujeto social, en agente activo de las relaciones sociales; parafraseando a Lazzari (2005), se pone de manifiesto su propio poder para objetivar la presencia de otros lugares y personas, organizando el paisaje social con un fuerte contenido identitario frente a los miembros de otras unidades sociales, quienes a través de estas intervenciones experimentan el espacio regional como compartido socialmente.

En suma, hemos propuesto que la presencia ta-rapaqueña en Atacama estuvo caracterizada por una cohabitación pacífica -aunque seguramente no exenta de tensiones- que se reflejaría tanto en las ocupaciones estables y permanentes en el Loa Inferior como en los ejes de movilidad internodal. No se observan síntomas de conflictos generalizados, contrariamente a lo que se identifica para la misma época en la mayor parte de los Andes Circumpuneños, denotando la particularidad del proceso interactivo en las cotas más bajas del desierto como es el caso de Quillagua. Por otra parte, un sostenido aumento en la intensidad del tráfico tarapaqueño en las tierras medias y bajas de Atacama se relaciona con un mayor despliegue de las competencias intersocietales en los espacios de tránsito, donde el arte rupestre se incrementa, magnifica y estandariza, alcanzando gran protagonismo en los mecanismos relaciónales de distinción e identificación social, en cuanto expresión y expansión de los contenidos ideales e imaginarios de las sociedades interactuantes, en este caso, de Tarapacá en Atacama.

RECONOCIMIENTOS Esta investigación fue posible gracias al Proyecto Fondecyt N° 1070083. Nuestra gratitud con los miembros del equipo: Francisco Gallardo, Bárbara Cases, Marcela Sepúlveda, Charles Rees, Bernardita Bráncoli, José Blanco, Magdalena de la Maza, Paz Casanova y los otros colegas que aportaron en el registro en terreno. Particularmente agradecemos a Osvaldo Rojas, Director del Museo de Historia Natural y Cultural del Desierto de Atacama, de Calama, por llevarnos generosamente al sitio de las pinturas de San Salvador. Finalmente, nuestro reconocimiento a los evaluadores anónimos, al Editor y a la Coeditora de esta revista por los valiosos comentarios y sugerencias realizadas al manuscrito.

NOTAS

1  Las excavaciones de Max Uhle en Calama (1912) muestran la presencia de bienes tarapaqueños, como un casco de cestería con adorno de plumas y diseño de cruz cuadrada (véase Duran etal. 2000: 21, fig. 20).

2  Los sitios de Yalquincha y Opache fueron recientemente registrados en el marco del primer año del Proyecto Fondecyt N° 1070083. El sitio San Salvador-1 fue identificado por el Sr. Osvaldo Rojas, Director del Museo de Historia Natural y Cultural del Desierto de Atacama.

3  La literatura ha denominado comúnmente a este tipo de representaciones como "escutiformes" (Berenguer 1999, 2004; Aschero 2000). No obstante, dada la estrecha relación que muestran con la morfología de las hachas, se ha propuesto ocupar la denominación "personificaciones de hachas" (Montt & Pimentel 2008).

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Recibido: marzo de 2008. Aceptado: mayo de 2008.

 

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