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Aisthesis

versión On-line ISSN 0718-7181

Aisthesis  n.46 Santiago dic. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-71812009000200018 

AISTHESIS N° 46 (2009): 295-298
ISSN 0558-3939
© Instituto de Estética - Pontificia Universidad Católica de Chile

RESEÑAS

 

Walter Benjamin
El Narrador. Introducción, traducción, notas e índices de Pablo Oyarzún R.
Santiago de Chile: Ediciones Metales Pesados, 2008

 

Por José Antonio Rivera Soto

Universidad San Sebastián. Santiago, Chile. jriveras@docenteuss.cl

La traducción que Pablo Oyarzún hace del breve ensayo de Walter Benjamin, El narrador, de alguna manera viene a justificar la esmerada atención que se le presta desde hace bastante tiempo al berlinés, atención que en demasiadas ocasiones no es más que un notorio aprovechamiento de su ingente prestigio (advirtiéndose más referencias textuales que lecturas profundas, aportadoras), y que se ampara, en gran medida, en la ubicuidad de su pensamiento, que atraviesa la sociología, el campo de las artes, los estudios filosóficos e incluso nutre reflexiones en torno a la experiencia mística. Esta indiscutible transversalidad, a su vez, visibiliza otra de las grandes virtudes del intelectual en cuestión: su constante invitación a repensar los límites disciplinarios.

En el ensayo, la matriz se encuentra dada por el vínculo entre narración y crisis de la experiencia, y la existente entre narración y justicia. La visión benjaminiana a este respecto, comporta un pesimismo insondable: avizora la destrucción de aquello «que permanece resguardado como tesoro entrañable en la artesanía de la narración» (9) por acción del «despliegue de la tecnología en la modernidad, que tiene su culminación en la guerra» (8).

A partir de esta premisa, en el texto no puede existir un tratamiento de la narración como objeto literario autónomo, discontinuo y separado de otras áreas, sino como una instancia de privilegio para examinar «la catástrofe de la experiencia del mundo moderno» (9). Así, el autor se desmarca de las escuelas que han dominado el debate crítico, como el formalismo ruso, el psicoanálisis, el New Criticism, el feminismo, el existencialismo, entre muchas otras. Ahora bien, no por ello se hace del fenómeno narrativo un simple instrumento, una excusa ilustrativa y modélica; muy por el contrario, esta particular escenificación «permite tener una noción rigurosa de lo que, en esencia, se juega en el ejercicio narrativo» (9).

Por esta razón, cuando Benjamin nos dice que «el arte de narrar llega a su fin» (60), la clausura de esta posibilidad no puede calibrarse como un hecho baladí, sin importancia. Además de estar inscrita en nosotros como una facultad desde tiempos inmemoriales, y que en opinión de Benjamin ha sido siempre una condición que «nos parecía inalienable, la más segura entre las seguras» (60), existe otro motivo para que su pérdida signifique un daño inconmensurable. El filósofo alemán nos da algunas pistas en este sentido, observando el hecho con ostensible preocupación: «Con la Guerra Mundial comenzó a hacerse evidente un proceso que desde entonces no ha llegado a detenerse. ¿No se advirtió que la gente volvía enmudecida del campo de batalla? No más rica, sino más pobre en experiencia comunicable» (60).

Ahora bien, la idea del denuesto del lenguaje al ser reducido a su mera empiricidad o bien sometido a una supresión relativa, fue trabajada con rigor por Benjamin en Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje del hombre (1916) y en La tarea del traductor (1923), ensayos que hacen pertinente sostener, según Luis Oyarzún, que «la precariedad de la experiencia modelada por el mecanismo se refleja lingüísticamente en el rebajamiento de la palabra a valor de cambio» (en Benjamin, 2009).

Empero, tampoco puede resultar excesivamente llamativa esta escisión, entendiendo que, como señala Federico Galende, desde sus primeros escritos «Benjamin procuró explicitar una diferencia fundamental entre la lengua como un medio de comunicación y la lengua como lugar de la experiencia». Y esta estricta demarcación encuentra su cimiento en un asunto decisivo: para el berlinés, el lenguaje comunica una «esencia espiritual», esencia que «no se comunica a través de sino en el lenguaje» (43).

En este contexto, la Introducción al ensayo que anima estas páginas intenta enfatizar que «el factum histórico al que se refiere Benjamin lleva consigo un efecto trascendental: es la posibilidad misma de la experiencia la que queda puesta radicalmente en entredicho» (12), suceso cuya centralidad estaría dada por ser la experiencia «el modo en que el existente se relaciona con las verdades de la existencia» (12).

Sin embargo, el conflicto bélico también fija el advenimiento del imperio de la técnica. La novela, sin ir más lejos, es un producto técnico que nace con la imprenta y, como señala Walter Benjamin, tiene una «dependencia esencial del libro» (65). Es una escritura tecnológicamente mediada para la circulación de discursividades debilitadas en su comunicabilidad. Su consecuencia más palmaria: queda desplazada la comunidad y se instala en el centro de cualquier relato al individuo en solitario. Con esto se interrumpe el carácter artesanal de toda narración y, además, provoca «la ruptura de la tradición oral» (22)  de la que ésta dependía.

La prensa, en este contexto, sería el punto más alto de la serialidad y universalidad. La inagotable «información periodística homogeniza todo contenido de experiencia» (23)  y modifica su temporalidad al basarse en un «presente perentorio y fugaz» (25) que comúnmente denominamos actualidad. Asimismo, Benjamin acentúa que ésta «reclama una pronta verificabilidad» y «es indispensable que suene plausible» (67). En palabras de Oyarzún, la información está dirigida a «informar a los sujetos receptores, determinando su interés» (26).

Lo contrario a esta operación fulminante sería sopesar el valor de eternidad que Benjamín asocia a la narración, «como si se tratara de una historia que se ha venido contando desde siempre y para siempre» (26). Sobre este hecho, Benjamín señala que la «información tiene su recompensa en el instante en que fue nueva», a diferencia de la narración, la cual no se desgasta, manteniendo «su fuerza acumulada, y es capaz de desplegarse aún después de largo tiempo» (69).

Otra característica que pone muy por encima a la narración de otras formas de lenguaje, es realizarse como «una forma artesanal de la comunicación». Esto mismo lo expresa con meridiana claridad Leskov, quien sirve de eje en las páginas benjaminianas que giran alrededor de narración y experiencia, un autor de leyendas rusas que nunca se privó de demostrar su enorme interés religioso, aunque estuviera en permanente diatriba con la Iglesia Ortodoxa Griega, a la que pertenecía. Leskov advierte, conciso y terminante: «La literatura no es para mí un arte liberal, sino una artesanía» (72).

Un aspecto que es preciso relevar en este escenario de transformaciones vitales es el giro que se presenta en la relación del hombre con la muerte, una clave imprescindible de la valoración que hace Benjamin de la narración, quien asegura: «La muerte es la sanción de todo lo que el narrador puede referir» (75). El traductor esclarece bastante el tono críptico, la relativa opacidad de esta sentencia, diferenciando entre muerte (Tod) y morir (Sterben). Afirma que si el lector de novelas está seguro de asistir a la muerte del personaje sobre el que lee, «y permanece todo el tiempo, por eso mismo, abocado al fin de la novela, la narración atiende, como a su elemento más originario, a la callada interpelación que proviene del morir: esa interpelación es la de lo inolvidable» (29). Las rupturas entre ambas categorías serían, entonces, que la novela es la rememoración, la unidad de una vida, de una acción, de un personaje y aspira a la permanencia. La narración, en cambio, ansia la memoria, con una multiplicidad de eventos y una ambición secreta por lo efímero.

Desde luego, son muchos los puntos que, junto a los ya expuestos, desarrolla el ensayo; podríamos mencionar la jerarquía del aburrimiento, la distinción entre rememoración y memoria, la suspensión decisiva del consejo y la solidaridad, entre otros. No obstante, en este momento es menester volver sobre los pasos de esta breve reseña y hacer justicia. Volver a la idea que abre el presente texto y formular que la publicación de El narrador no sólo justifica el prestigio creciente de Walter Benjamin en áreas disímiles del conocimiento; también pone de manifiesto la cardinalidad de un traductor que se permite, junto con el traspaso del aparato textual de una lengua a otra, elaborar una «Introducción» que sumada a las Notas puede incluso doblar en número de páginas al ensayo que la origina, conformando buena parte del libro. Este dato trivial, exclusivamente cuantitativo, acaso desechable en otros (con)textos, se vuelve en extremo sugerente debido a los rendimientos que es posible sacar de la lectura propuesta por Oyarzún, los que hacen por demás razonable su dilatación en el volumen.

Valga decir, por de pronto, que en cada uno de los pasajes que Oyarzún adiciona a El narrador se sirve de un lenguaje accesible y cuidado, atributos difíciles de encontrar cuando se tramitan contenidos como éste. Incluso, se diría que existe cierta influencia del berlinés en la prosa del traductor, resaltando, por ejemplo, la recurrencia de la expresión dubitativa, tornadiza, de «si cabe decirlo» o «si puedo decirlo así», que luego, una vez que nos hemos adentrado en la lectura del ensayo mismo, vuelve a emerger en la forma de un constante «por decir(lo) así», del propio Walter Benjamin.

De este modo, especialmente en la «Introducción» a que hacíamos referencia, no sólo se trasparentan aquellos conceptos que eventualmente pudieran ofrecer mayor dificultad, sino que se profundiza un argumento que un lector menos adelantado en las nociones benjaminianas aprovecharía solamente a medias. Y lo propio ocurre con los tres «índices» que cierran el volumen (analítico, de obras citadas y onomástico) y, tal vez en mayor medida, con las «Notas», cuya pertinencia queda a la luz en las explicaciones sobre determinadas alternativas de traducción, en los innumerables resúmenes biográficos de personajes aludidos por Benjamin, o bien en las variadas aclaraciones de índole literario o filosófico que aumentan la legibilidad y consistencia del ensayo. Quizás sólo sea reprochable el descuido que presenta su numeración, cuya tipografía es errónea en demasiadas oportunidades.

La traducción de El narrador se justificaría, entonces, por tres motivos capitales: primero, produce una historización del texto a la par que proyecta su actualización en tanto instrumento teorético de análisis, alimentándose de reflexiones donde confluyen literatura y experiencia; segundo, por aumentar el «capital referencial» de un autor que guía muchas de las discusiones instaladas en la academia y el campo cultural, y que de continuo propone la disolución de ciertas señas limítrofes que unos lustros atrás regían con ímpetu las esferas del saber; y, por último, por existir en la publicación un (pre)texto de indagación, algo que enseña, nuevamente, la pericia de Pablo Oyarzún a la hora de enfrentarse a los cruces entre filosofía, historia, arte y la literatura.

 

REFERENCIAS

Benjamin, Walter. (2009). La Dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia. Traducción, introducción y notas de Pablo Oyarzún. Segunda Edición. Santiago: Lom.        [ Links ]

Galende, Federico. (2009). Walter Benjamin y la destrucción. Santiago: Ediciones Metales Pesados.        [ Links ]

 

Recepción: septiembre de 2009 Aceptación: octubre de 2009

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