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Aisthesis

On-line version ISSN 0718-7181

Aisthesis  no.52 Santiago Dec. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-71812012000200026 

Reseñas

 

Miguel Ruiz Stull (ed.)

SOFISTAS, pensamiento y persuasión

Santiago: Ventana Abierta, 2011.

 

Sergio Martínez Vilajuana

Universidad Diego Portales, Chile sergio.sermar@gmail.com


 

 

Los filósofos siempre han detestado ser confundidos con aquello a lo
que más se parecen, es decir, ser tomados por sofistas.
Óscar Velásquez

Pero tampoco olvidemos esto: basta con crear nuevos nombres y valoraciones y
probabilidades, para crear a la larga nuevas «cosas».
Friedrich Nietzsche

 

Quizá la actualidad de un libro como SOFISTAS, pensamiento y persuasión, debería llevarnos a pensar cuánto le debe la historia de la política a la retórica. Porque sabido es el papel que ha cumplido el lenguaje como herramienta de uso retórico. Sin embargo, no es tan sabida la historia de quienes hicieron de dicho útil un material tanto de enseñanza como de reflexión. Más aun, si lo que está en juego en el pensamiento sofista es un arte para nada ajeno a la política. En efecto, podría decirse que la relación entre lenguaje y política necesariamente debe ser concebida como si fuese constituida poéticamente. Más si la artisticidad que atañe a dicha relación obra retóricamente. En otros términos, la relación entre arte y política solo es posible de sostener si pensamos que en esta actúa la retórica de modo esencial.

En la introducción, escrita por Miguel Ruiz, se expresa el deseo que ha animado a este libro que no es otro que el de poner «de manifiesto las condiciones de formación de un cierto clima de cultura e intelectualidad que ha provocado efectos en la forma que entendemos nuestra propia actualidad» (20). En efecto, el libro nos presenta la coyuntura que permitió la emergencia de un pensamiento ligado fuertemente a lo que al menos desde Kant se denomina el uso público de la razón. Más si la sofística inaugura un uso agonal del lenguaje. Nietzsche, en el Crepúsculo de los ídolos, dice que «la filosofía a la manera de Platón habría que definirla más bien como una competición erótica, como un perfeccionamiento e interiorización de la vieja gimnástica agonal y de sus presupuestos» (107). Dicha presuposición nos remonta hacia quienes hicieron posible que la discusión pública por el significado de un buen gobierno cobrara su justa relevancia. Dicho de otro modo, lo que comprendieron los sofistas fue que la disputa por el poder se estaba trasladando a la arena de los usos del lenguaje. Deliberar en torno al mejor discurso no era sino competir agonalmente, competencia que podía llegar a término porque se valoraba la inteligencia y el buen argumento.

«Ahora bien, al comenzar el fin de la democracia ateniense la posición del filósofo ya no será la del sofista, más bien la filosofía progresivamente va a aislarse en una república de sophoi, de sabios, dedicados al bios teoréticos, la vida especulativa, contemplativa» (Ruiz 35). Francesco Borghesi, respecto a la vida bajo la democracia griega, en el ensayo «Sofística y Democracia», nos dirá que «la desigualdad en democracia, originada por la competencia exigida a sus gobernantes, es paradojalmente la garantía de su funcionalidad» (34). En este sentido, Benjamín Ugalde en su ensayo «Sobre la posibilidad de una teoría política en Protágoras» nos permite comprender el valor de la sofística para la conservación de la democracia ateniense. Para Protágoras, que no desconoce que el acto del establecimiento de una ley deriva intrínsecamente de un acto de imposición, la ciudad no debe estar fundada ni en una ley en beneficio de los más poderosos (Trasímaco) ni en una en beneficio de los más débiles (Calicles), sino en una ley cuya orientación sea hacia «lo mejor» (117). Para Protágoras solo a través de la educación es posible orientarnos hacia lo mejor.

Andrés Covarrubias en su ensayo «Los Sofistas: el juego entre realidad y apariencia», nos plantea la necesidad de comprender que el saber de los sofistas, los efectos de dicho saber debe enmarcarse en una ética agonal en la que la lucha por el mejor argumento no debe olvidar que, pese al engaño, como arte de la verdad, hay que permanecer conscientes de que somos engañados. En otros términos, el sofista no debe engañarse a sí mismo:

Esto significa que el orador, como el bueno guerrero, puede mentir, engañar al juez, siempre y cuando esta mentira no lo enceguezca a él mismo. Es decir, el orator debe ser consciente del engaño como estrategia, como simulación que finalmente posibilita la persuasión del oyente hacia lo que él estima adecuado de ser elegido (53).

Covarrubias contrastará este saber con el temor platónico hacia el sofista, ya que si la sofística sirve a la tiranía puede llegar a hacer del lenguaje un útil para atar de manos a los oyentes con el fin de conservar injustificadamente el poder (44).

En el ensayo «Aristófanes y Las Nubes: forzando a los sofistas de fungir de comediantes» de Óscar Velásquez, el sofista «apunta a esas figuras que el ateniense medio de alguna manera identificaba con un saber sofisticado y en cierta medida incómodo. O bien, entre los más cultos o adinerados, personas que con su enseñanza les permitían mejorar su posición ante la sociedad» (132). Para Velásquez, la convergencia entre el teatro y la sofística indicaría por una parte que «el destino del lenguaje griego está llamando a los oradores a convertirse en actores» (128) y, por otra, dicha relación es representativa de la discusión pública de todos los asuntos que conciernen al hombre griego, lo cual nutre al teatro, tanto a la tragedia que está fundada en el mito como a la comedia que desea burlarse y parodiar al mito, al punto que la comedia puede llegar a presentar a quien se hacía llamar por filósofo (Sócrates) como un comediante más (133).

De tenor más filosófico serán las contribuciones de Pablo Oyarzún y Miguel Ruiz. Oyarzún en «Gorgias: neg-ontología, escepticismo y ficción» nos presenta una lectura del Tratado sobre el no-ser de Gorgias que nos abre a la posibilidad de comprender el no como afirmación de la total exterioridad del ser (73). Esto implica ni más ni menos que el conocimiento del ente debe ser comprendido como un ejercicio del poder:

La sola indicación de un poder de la palabra que puede comprometer el juicio y los afectos del ser humano con pareja intensidad a la impresión que provocan en él los hechos de la vida real, sugiere que la consistencia misma del conocimiento y la verdad y el acceso unívoco a lo real quedan virtualmente en suspenso a causa de la fuerza del discurso como poder del engaño (61).

El discurso como poder de engaño manifiesta la posibilidad de que él muestre otra entidad a la que se está habitualmente acostumbrado a ver. En otros términos, si la exterioridad del ente manifiesta sensiblemente la heterogeneidad de este, la fuerza del discurso puede provocar que se nos presente al ente como lo que «no-es». Es decir, el lenguaje como productor de la diferencia se convierte «en el amo de todo lo humano» (62), porque es él quien constituye el ser del no-ser. Una de las cuestiones que deberían interesarnos es que este hacer de la diferencia no es mera condición esencial del discurso, más bien puede ser concebido como una producción que puede llegar a ser administrada. Miguel Ruiz en «Kairos, experiencia y tiempo del discurso» va a analizar y tematizar esta posibilidad. En la interpretación del Encomio a Helena (EH) de Gorgias que nos propone, podemos leer cómo el discurso administra efectos de sentido constituyendo una temporalidad específica para hacer surgir la cosa misma desde y en el discurso. Esta administración no solo es meramente técnica sino también implica una habilidad específica respecto al manejo de la tékhne que hace pasar a la misma como espontánea. En palabras de Ruiz Stull:

Creemos que en Gorgias, quien se propone poner verdad en una causa controvertida, relativa a Helena, es posible consignar eficientemente la relación de las palabras, de las reglas del enunciado y de los efectos de sentido de los discursos con lo que denominamos al modo de una conjetura como el agenciamiento de una inflexión endoxal, i.e, una reconfiguración de las modalidades y elementos semántico-discursivos que constituyen todo juicio, el cual sostiene necesariamente toda opinión establecida (84).

Helena que ha sido acusada de ser la causante de la guerra de Troya es para Gorgias inocente del mal que se le imputa, y esto lo motivará a demostrar hábilmente la inocencia de ella. Esta demostración hace un uso específico de la palabra en un tiempo «que aprovecha la contingencia, que la crea y la asimila en su controversia y crítica coyuntura» (88). Este tiempo kairótico puede ser administrado por el mismo discurso, y su éxito podrá corroborarse si los oyentes se manifiestan conmovidos por él.

SOFISTAS, pensamiento y persuasión no solo nos abre a una posibilidad de recorrer un pensamiento desde el lugar en que ha emergido, sino también nos invita a comprender que en la actualidad, en la que estamos en juego, el poder del engaño debe medirse ética y políticamente.

 

REFERENCIAS

Nietzsche, Friedrich. El crepúsculo de los ídolos. Trad. Sánchez Pascual, Andrés. Madrid: Alianza Editorial, 2007. Medio impreso.         [ Links ]

---. La ciencia jovial. Trad. Jara, José. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1999. Medio impreso.         [ Links ]

 

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