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Byzantion nea hellás

On-line version ISSN 0718-8471

Byzantion Nea Hellás  no.28 Santiago  2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712009000100019 

Byzantion Nea Hellás 28,2009: 294-295

RESEÑAS

 

Théophile Gautier: Constantinopla Viaje a la puerta del Oriente, Selección y traducción Miguel Giménez Saurina, Ediciones Abraxas, Madrid 2002, 252 pp., 24 cm x 15, 3 imágenes.

 

Aunque se trata de una selección y no de los textos completos escritos por el poeta francés al anotar sus impresiones sobre la capital del Imperio Otomano, el relato siempre se leerá con interés. Hay que tener en cuenta sí, que el objetivo del viaje de Gautier a la ciudad del Bósforo era el de "estudiar el carácter y las costumbres" del pueblo turco. Quien se dirigía a Constantinopla no era un historiador, un arqueólogo o un estudioso de la cultura griega medieval o bizantina. Su mirada sería entonces la de un poeta y ella estaría guiada por el objetivo que se había propuesto. Su estadía en la vieja ciudad de Constantino no fue breve. De hecho, el mismo viajero escribe que llegó un momento en que sentía no tener nada más que hacer en la ciudad. Permaneció 72 días en Constantinopla, por lo que pudo preciarse de que llegó a recorrerla "palmo a palmo». La conoció casi justamente en la mitad del siglo XIX, en 1952, a trece anos del comienzo de las reformas modernizadoras y liberalizadoras del sultán Abdul-Mecit. El contenido del relato de Gautier responde al propósito de su viaje; es decir, nos habla fundamentalmente del pueblo turco, sus usos y costumbres, su cultura, su sentido de la religión, algunos aspectos de la institucionalidad vigente, en un régimen en el que recién comenzaban a insinuarse algunas limitaciones al absolutismo del sultán, quien era a la vez el califa. No hallamos, pues, noticias sobre las grandes comunidades cristianas, la armenia y la griega, ni sobre sus templos y edificios institucionales. Tampoco encontramos la mirada sobre los templos bizantinos convertidos en mezquitas, con excepción de Santa Sofía; ni la nostalgia con que aún al presente, siglo y medio después, podemos ver templos maravillosos, como el de San Sergio y San Baco, la Küzük Ayiasofia Camii, Mezquita Pequena Santa Sofía, de hoy; la de la Virgen Pammakáristos; la de los Santos Teodoros, y otras.

Hay algunos momentos, en el relato, en que la reflexión acerca de lo efímero de las obras humanas pone una nota de melancolía en el texto, el que raramente pierde un tono de alegre o al menos serena contemplación de la realidad. Àsí, mientras recorre las ruinas de las murallas terrestres, la tedodosianas, anota: «No creo que en ninguna parte del mundo haya un paseo más austeramente melancólico que este camino que se extiende casi por espacio de una legua, entre un cementerio y unas ruinas".

Al examinar los restos del Hipódromo, Gautier no puede dejar de hacer un recuerdo del magnífico conjunto de edificios que constituían el Gran Palacio en cuyo lado norte estaba precisamente el Hipódromo: "Estas ruinas son casi lo único que queda en la superficie den suelo, de las maravillas de la antigua Bizancio.- El Augusteón, el Sigma, el Octógono, las Termas de Xeupipe, de Aquiles, de Honorio, el Miliar de Oro, los Pórticos del Foro, todo esto se halla hundido bajo esa capa de polvo y olvido con que se envuelven las ciudades muertas; la obra del tiempo se ha visto activada por las depredaciones de los bárbaros, los latinos, los franceses, los turcos y los mismo griegos. Cada sucesiva invasión hacía su agosto. jEs increible este furor ciego de destrucción y este odio estúpido contra las piedras! Es preciso que este afán destructor sea congénito de la naturaleza humana, ya que el mismo hecho se reproduce en todas las épocas. Es como si la vista de una obra maestra ofuscase el ojo de un bárbaro como la luz del sol ciega el ojo del búho [...].De este modo, las religiones destruyen voluntariamente con una mano aunque construyan con la otra, y en Constantinopla ha habido muchas religiones: el cristianismo derribó los monumentos paganos, el islamismo los monumentos cristianos, y quizás las mezquitas lleguen a desaparecer a su vez ante un culto nuevo».

En la descripción de Santa Sofía, encontramos un juicio parecido al que estampa Francisco de Miranda en su Diario, sesentisiete anos antes: "La cúpula principal, un poco acampanado en su curvatura, está rodeada de varias semicúpulas como la de San Marcos de Venecia; tiene una altura inmensa y debía resplandecer como un cielo de oro y mosaico antes de que la cal musulmana extinguiera sus esplendores. Tal cual es, me produjo una impresión más viva que la cúpula de San Pedro [...]. Santa Sofía sigue siendo superior a todas las iglesias cristianas que he visto, y he visitado muchas, Nada iguala a la majestad de esas cúpulas, de esas galerías sostenidas por columnas de jaspe, de pórfido, de verde anoso, con capiteles de un corintio raro [...]. El gran arte griego, degenerado ciertamente, aún se hace sentir aquí".

No faltan en el texto pasajes de poéticas descripciones, como la de Esmirna, una de las paradas en la travesía hacia Constantinopla: "Desde cierta altura, la vista es maravillosa. Esmirna se extiende bajo los pies con sus casas rojas y blancas, sus techumbres de tejas de un rojo vivo, sus cortinas de cipreses, sus grupos de árboles, sus cúpulas y sus minaretes semejantes a mástiles de marfil, sus campinas de diversos cultivos, y su rada, especie de cielo líquido más azul que el verdadero; el conjunto banado por una luz plateada y firesca y una atmósfera de transparencia inusitada".

Ãunque incompleto, el texto de Gautier, con su mirada bien particular a la capital otomana a mediados del siglo XIX, es de interés para todo el que ame a Constantinopla.


M. Castillo Didier.

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