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Byzantion nea hellás

versión On-line ISSN 0718-8471

Byzantion nea hellás  no.37 Santiago oct. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-84712018000100143 

Grecia antigua

La representación del pedagogo en Clemente de Alejandría

The representation of the pedagogue in Clement of Alexandria

Héctor García Cataldo 1,   2,   3  

1 Doctor en Filosofía, por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV 2010); Magíster en Historia, con Mención en Historia Europea, por Universidad de Chile (2006); Licenciado en Filología Clásica con Opción Helénica y Latina, por Universidad Católica de Valparaíso (1983). Docente en Instituto de Filosofía PUCV, Chile. hector.garcia@pucv.cl

2 Universidad de Chile. Chile

3 Universidad de Playa Ancha. Chile. hgcataldo@hotmail.com

Resumen:

En este artículo se propone un primer acercamiento a la obra de Clemente de Alejandría: El Pedagogo. Articula el último período del mundo antiguo con nuevas corrientes de pensamiento y un sincretismo cultural-religioso y la posición de un nuevo eidos, a saber, el monoteísmo. Se propone demostrar que el rol de la educación, del educador y del paidagogós Cristo se ven como la fundamentación racional de la fe y de un mensaje salvífico hacia la perfección del hombre.

Palabras claves: helenismo; Clemente de Alejandría; pedagogía; salvación; perfección

Abstract:

This article proposes a first approach to the work of Clement of Alexandria: The Pedagogue. It articulates the last period of the ancient world with new trends of thought and a cultual and religious syncretism and the position of a new eidos: monotheism. It tries to demonstrate that the role of education, the educator and Christ the paidagogos are seen as the rational grounds of faith and a message of salvation towards man’s perfection.

Key words: Hellenism; Clement of Alexandria; pedagogy; salvation; perfection

Helenismo y última etapa del mundo antiguo1

Decir pedagogo aparentemente no reviste ninguna complicación. Todos sabemos exactamente qué queremos decir con esta palabra, nos es demasiado familiar y, por lo mismo, no necesita de explicación, pero quizá sea preciso volver a resignificarla desde su significación anthrópica. Del mismo modo, aunque menos familiar, quizás, el nombre Clemente no nos es extraño y por lo mismo no despierta mayor inquietud, pero no es cualquier Clemente, sino el determinado por su proveniencia, es decir, el de Alejandría. Habría que precisar que se trata de la Alejandría post helenística, ya cristiana, de mediados del siglo II d. de C. y el primer decenio del siglo siguiente, período en el cual se enmarca la vida de TITO FLAVIO CLEMENTE (150-215), de nombre latino, pero de origen griego, de Atenas, aunque también se le atribuye como su patria Alejandría (hacia el 180 llega a la ciudad). Y aquí, sin duda, el tema se vuelve interesante y, al mismo tiempo, más complejo y despierta nuestra curiosidad, porque significa hablar de alguien y de una época de hace ya casi dos mil años, 1860 años para ser más exactos.

¿Cómo se habla de un hombre de hace dos mil años atrás? ¿cómo se presenta su obra, que es fruto de su cultura, de su pensamiento? Pensamiento que se expresa en lengua helena, helenística, posthelenística, cristiana. Allende estas dificultades, podríamos preguntarnos con Hegel, en el marco de su filosofía de la historia, si es posible ir al terreno de la historia y no ver más que el concepto de esa historia realizándose en y por sí mismo, la razón como un universal aconteciendo, rigiendo el mundo. No es posible aproximarse a la comprensión de un autor y de su obra si no somos lo suficientemente capaces de esforzarnos por empatizar con su tiempo y lo que ello implica, objetiva y subjetivamente.

A poco de la fundación de Alejandría (331), resultado de un viaje realizado por Alejandro al oráculo de Amón y al que resignificará como Zeus-Amón, en el oasis de Siwah, en el desierto de Libia, la naciente ciudad se transformaría en el centro neurálgico del intercambio comercial y cultural, punto de encuentro de las más variadas culturas tanto de oriente como de occidente2. En el transcurso que va desde el siglo tercero y fines de la época helenística, la ciudad de Alejandría pasa a ser el centro cultural por excelencia del mundo antiguo. Es el primer estadio cierto que va a servir de acopio de lo que la cultura helena había producido en el pasado. Se puede sintetizar aquella labor de preservación en lo que se denominó el Μουσεῖον con su Biblioteca. Allí no sólo se practicaron los diversos géneros literarios, venidos de la antigüedad, sino también surgieron y se perfeccionaron disciplinas como la medicina, las ingenierías aplicadas, a partir de las matemáticas, la geometría y la trigonometría, se desarrolla y perfecciona la filología textual, surgiendo con ello el arte de los comentarios y la interpretación de textos, que desembocó en las primeras ediciones con fijación de texto y aparato crítico, nació la geografía como disciplina3.

Por el contacto con el mundo oriental, y en particular con las comunidades judías, que se habían establecido aproximadamente desde el siglo IV a. de C., y especialmente en Alejandría, se planteará el problema de la traducción a lengua griega de la literatura sagrada, y es así como se llevará a cabo por primera vez la traducción de los primeros textos de la Biblia ya en tiempos de Ptolomeo II Filadelfo (283-246), en principio como una forma de transmitir el contenido de los libros sagrados a esos mismos judíos que ocupaban un barrio específico en Alejandría y quienes habrían perdido su lengua nativa. Es el origen de la traducción de los 70, la Septuaguinta, que, como es verosímil, el proceso de traducción abarca alrededor de tres centurias, el último libro, el Eclesiastés, no fue traducido antes del 100 a. de C. Así, los griegos helenísticos, y luego los greco-romano-cristianos, entraban en contacto con esta literatura; no sólo los judíos se helenizaban, sino también los helenos comenzaban a practicar costumbres judías y a cultivar dioses venidos de oriente, principalmente de Egipto4. El sincretismo cultural variopinto que tiene lugar en Alejandría, en especial el religioso, incluyendo la astrología, demonología y la magia, así como las doctrinas filosóficas que se esparcen desde Atenas como estoicismo, epicureismo, escepticismo y eclecticismo, son parte de un contexto de realidad experiencial que veremos fundirse en la arquitectura espiritual de Clemente de Alejandría y, gracias a él se ha tenido noticias de textos que de otra manera se habrían perdido para siempre.

Pero, además, desde el punto de vista del desarrollo de la actividad educativa, en Alejandría se produce también un cambio notable de perspectiva, pues, ahora, la enseñanza pasa a tener el carácter de ser financiada y apoyada económicamente por los monarcas, luego también por los mecenas: todas las funciones, académicas y de investigación en estricto sentido, que tienen lugar en el Museion y en la misma Biblioteca son pagadas, es decir, las personas pasan a recibir un sueldo, según su actividad, y con ello el carácter profesional de dichos ejercicios comienza una nueva etapa, así como se va a dar el tema de la competencia académica entre los centros de formación cultural (Alejandría, Pérgamo y Antioquía). Hacia fines del período helenístico, Alejandría era un centro de cultura ya consolidado, en el que el multiculturalismo se había puesto en marcha, allende las aspiraciones originales del propio Alejandro. Tal es la ciudad en tiempos de la conquista romana de mediados del siglo I a. de C. Los dos primeros siglos cristianos representan la expansión no sólo territorial del Imperio romano, sino también la ampliación de aquel horizonte cultural, que aunque se dice griego en general, es particularmente helenístico.

Nuestro autor llega a Alejandría hacia el 180 (en tiempos de dominio del emperador romano Cómodo [180-192]), a edad madura, pues se cree que había nacido en Atenas, aproximadamente en el 150. Para mediados del siglo segundo ya se ha producido otro de los grandes sincretismos de fines del mundo antiguo y los comienzos de la era cristiana, a saber, el encuentro del mundo helenístico y Roma: encuentro del espíritu de la paideía griega y la humanitas romana. Esta cultura helenística ya había integrado elementos no sólo orientales, sino de la cultura judía. Los componentes esenciales de la paideía griega consistían en la formación filosófica, filológica, poética o gimnástica, cuatro pilares en la formación tradicional del mundo griego, pero que ahora se encontraban en franca transformación: tendencia a la síntesis y al eclecticismo, una paideía que apunta a un nuevo humanismo más universalista y más técnico, apoyado por las nuevas corrientes filosóficas imperantes que ven al hombre en su función más universalista como “ciudadano del mundo”, el cosmopolitismo de Diógenes que ha producido sus frutos5. Esta tendencia a la universalidad y al cosmopolitismo, apenas alumbrados en el mundo clásico heleno, son claros elementos innovadores de la época y la nueva paideía helenística. Otro elemento sincrético que debe considerarse para una mayor y mejor comprensión de la obra y del pensamiento de Clemente de Alejandría, es el encuentro entre el naciente cristianismo con la cultura helenístico-romana, de donde surgirá la posición en el imaginario de un nuevo eidos, que determinará los destinos de la evolución del pensamiento y la cultura de Occidente: la instalación en el imaginario de un monoteísmo, un teocentrismo radical en oposición a un mundo abigarrado de politeísmo y multiplicidad de credos, producto del encuentro entre greco-macedónicos y el cercano oriente6, Alejandría era, ahora, el gozne. Por otra parte, el mensaje que difunde este nuevo imaginario es el de la salvación universal y que se funda en una nueva perspectiva pedagógica: la preceptiva. Ambos sincretismos implicaban al mismo tiempo instalar una nueva escala de valores y de estilo de vida, que venía a coincidir con una nueva corriente de pensamiento que se había instalado en Alejandría, conocida como los gnósticos (los heréticos Basílides, Valentín y Carpócrates)7.

Un par de ideas más acerca de las características de la educación romana que se transmitieron al momento del encuentro entre culturas: La educación romana, a juzgar por textos de Cicerón, “no estaba ni regulada por leyes, ni común, ni uniforme para todos”8, al principio era una educación eminentemente práctica, en que los ejemplos servían de primeras lecciones. Los romanos de buena familia sólo conocían de dos profesiones: la guerra y la política. La primera, la aprendían con la misma práctica; pero la segunda, también con la práctica, asistiendo a las sesiones del Senado. Así, se formaba hombres de acción, no filósofo9. A los 20 años estaban ya maduros para la vida política. La primera formación venía de los padres: suus cuique parens pro magistro -decía Plinio10. Pero también era común que familias acomodadas compraran un pedagogo como esclavo ilustrado. Era este esclavo que enseñaba los primeros rudimentos en la formación básica: leer, escribir y contar (que es lo que enseñará el primer maestro, el litterator11, en la escuela pública) y es este pedagogo el que los acompaña a escuchar las deliberaciones del Senado. Junto a la clase alta estaba una burguesía acomodada y la plebe, cuya educación de ordinario se daba en las escuelas, que tuvieron un carácter público, y de enseñanza libre. Para sintetizar, el carácter de aquella formación tenía tres momentos: el del litterator (el que enseña a leer), el que pule la rudeza del espíritu; luego viene el grammaticus, que enseña conocimientos variados, se trata del carácter enciclopédico del mundo griego y, por último, el tercer momento de la formación, el del retoricus, el que pone en las manos de los discípulos el arma de la elocuencia, según palabras de Apuleyo. No muchos pasaban a la casa del gramático, y menos a las escuelas de retórica, una vez que se instituyeron éstas. El rol pedagógico del gramático no era menor para la época: no sólo debía enseñar el arte de hablar correctamente, sino además tenía a su cargo la explicación de los poetas y del resto de los géneros literarios conocidos. Pero, además de leer y explicar, debía ser capaz de expresar su juicio crítico, considerando las obras en el marco de su evolución temporal, en contraposición los antiguos a los modernos, emitía juicios al respecto. No sólo para la juventud, sino para la sociedad, el gramático se convirtió en un formador de opinión pública. En suma, el gramático debía saber algo de música, astronomía, filosofía y con ella nociones de las ciencias exactas como geometría y matemáticas. Como escribe Boissier, la gramática implica el círculo entero de los conocimientos humanos, concorde a su tiempo y, en palabras de Quintiliano, era lo que los griegos llamaban una “educación enciclopédica”12. Educación que no escatimaba en recursos metodológicos más severos y coercitivos como el uso del látigo y las varas, recurso que se empleará hasta fines del imperio propiamente tal. No podemos detenernos en un examen más acucioso al respecto, pero sin estas consideraciones no se puede juzgar en su justa medida muchas de las informaciones y opiniones que Clemente transmite a la posteridad, revestidas en la forma de una formación espiritual cristiana. Tampoco podemos detenernos aquí en la importancia que tuvo el encuentro entre una formación pedagógica helenístico-romana con la impronta cristiana de los primeros siglos, tanto en Oriente como en el Occidente latino, ello supone una reconsideración de las fuentes que nos han llegado, entre las que un papel fundamental ocuparía la obra de San Agustín para la reconstrucción del desarrollo del primer estadio cultural del naciente mundo cristiano.

El Pedagogo de Clemente de Alejandría

En la historia de la pedagogía, el Pedagogo de Clemente ocupa un lugar destacado, pues con él se inicia, en los primeros tiempos del cristianismo, una reflexión sistemática en vistas a posicionar y fundamentar los principios en que se inspira la religión que él y sus seguidores profesan. Clemente pone los cimientos a partir de los cuales se discutirá desde entonces el rol del educador y de la educación, especialmente el rol que debe asumir el hombre formado en los principios y prácticas de la religión cristiana. Comentaristas modernos de la obra de Clemente, como Javier Laspalas, de la Universidad de Navarra, han puesto de relieve la tesis que la meta o la esencia de la formación cristiana a partir de Clemente sería la de la construcción de la “santidad”, poniendo el acento en los agentes que contribuyen a esta santidad, y lleva al extremo esta tesis al postular que al servicio de la santidad debe “ponerse la formación humana”13.

La pedagogía, en línea clementina, viene a plantear un tema central para la fundamentación racional de la fe y la propuesta salvífica del mensaje cristiano. Pero también para hacer un aporte decisivo en lo que dice relación con la formación del hombre en general y, en particular, en su modo de enfrentarse al mundo. En tal sentido el Pedagogo no sólo debería ser analizado en función de la formación del ser cristiano en sí, sino también para mejorar y perfeccionar las conductas de todo hombre en el ejercicio de su praxis. La concepción de la pedagogía del alejandrino se fundamenta, precisamente, en la noción de un fin práctico y no meramente especulativo, y ese fin práctico dice relación directa al modo cómo el ser humano enfrenta su destino, su salvación o la libertad. La pedagogía es elección y apertura a la libertad, más allá de la determinación que impone la concepción de la ley, en el sentido clementino, pues entiende a la ley misma en su rol eminentemente pedagógico, esto es, la ley misma en su carácter de suyo es educación y el fundamento al que apunta no es otro que la justicia y la prudencia, las virtudes y los vicios14. Esta concepción del νόμος no es una novedad, pues la encontramos fundamentalmente en Aristóteles, asociada nada menos que al rol del legislador, el νόμος tiene un carácter propedéutico, que en su vínculo con la educación, tienen por objeto la formación de un hombre bueno, desde la misma primera adquisición de los hábitos, fundamento primero de toda παιδεία15. La ley para el alejandrino es el fundamento que lleva a la distinción de lo que puede ser un medio (τὸ σωτήριον) para la salvación del hombre16, en su rol educador fue dada en su función de παιδαγωγός; se pregunta Clemente:

Πῶς δ’ οὐκ ἀγαθὸς ὁ παιδεύων νόμος, ὁ παιδαγωγὸς εἰς Χριστὸν δοθείς, ἵνα δὴ ἐπιστρέψωμεν διὰ φόβου παιδευτικῶς κατευθυνόμενοι πρὸς τὴν διὰ Χριδτοῦ τελείωσιν; ¿Cómo no [será] buena la ley que educa, dada como pedagogo [el que conduce] hacia Cristo, para que, enderezados pedagógicamente a través del temor, nos dirijamos hacia la perfección a través de Cristo?17

En la perspectiva del alejandrino, los hombres aparecemos como seres extraviados, o en su terminología, pecadores. La pedagogía desde esta perspectiva se nos revela no sólo en su rol de iluminadora de los caminos de la vida, de orientadora, sino además en su rol de re-orientadora hacia lo que es la propia perfección. La παιδεία es la que nos sitúa en línea recta hacia un fin superior, sin escatimar recurso, aunque éste sea a través del temor. La perfección no se da bajo el supuesto de un camino acotado y acabado; ontológicamente indica la posibilidad de un aprendizaje permanente en nuestra calidad de niños y párvulos παρ’ ἡμῖν τοῖς ἀεὶ μανθάνουσιν18.

En cuanto al temor como castigo, que es un tema complejo entre los de la teología clementina, sólo nos limitaremos a la relación pedagógica que establece con otros, como recurso metoldológico de la instrucción. El temor o el castigo sólo se justifica en la medida que sea justo y permita al ejercicio pedagógico posicionar su rol de re-orientador hacia el fin noble predeterminado. Clemente dirá como principio fundamental que Κόλασις δὲ δικαία οὖσα διόρθωσίς ἐστι ψυχῆς “el castigo, que es justo, es enderezamiento del alma”, cuando toda acción realmente educativa tiende a la formación de “hombres honestos y buenos y desenmascarar a quienes lo parecen”19. Desde la más antigua educación tanto helena como romana el castigo fue una herramienta pedagógica, pero para ser justos también habría que señalar que dos recurso psicológicos complemetarios servían de apoyo: la alabanza y la censura (ἔπαινος, ψόγος), que también valora positivamente el alejandrino entre todos los remedios como los “más necesarios para los hombres”20.

La reprensión es otro elemento atingente en términos de corrección. Clemente comenta que “reprender” (ἐπιπλήσσειν) es sinónimo de “advertir” (νουθετεῖν), destacando en éste su formación etimológica, la que significaría la posición, el injertar, poner algo en el νοῦς, en la mente, de modo que “esta forma de censura potencia la mente”21. En mi opinión, esta observación de Clemente es de la mayor importancia no sólo para la comprensión del pasaje en cuestión, sino que desde la perspectiva de la advertencia se puede entender toda la obra del alejandrino si se comprendiera en profundidad el estilo exegético metodológico que aplica a la lectura, interpretación y comentarios a los textos bíblicos con los que respalda su magisterio y que determinan su mensaje catequético. Desde la advertencia se configura el radical sentido del mismo νόμος y su expresión viva y actante por medio del cuerpo doctrinal de los ἐντολαί. Una inserción en el alma o en la mente significa al mismo tiempo la posibilidad de marchar precavidos para nuestro actuar en el mundo, tal es el sentido práctico de aquel positum. El pedagogo y por ende la pedagogía hacen suyo este recurso y se compenetran con él plenamente. Por eso, uno de los roles prioritarios del Logos clementino será el de exhortador por excelencia, como función eterna de permanencia.

La ley es esencialmente preceptiva y se identifica con Dios, el que a través de los preceptos ha suministrado pedagógicamente a los hombres los recursos para alcanzar la iluminación, acercarse a la gnosis y descubrir la verdad eterna por excelencia. Es la imagen del Dios como Paidagogós. ¿Cómo entiende Clemente a este Pedagogo? Tal como Clemente entiende al pedagogo y a la pedagogía, se podría decir que lo ha llevado a su sentido más alto y noble, retomando culturalmente uno de los sentidos que ya había señalado Platón en el siglo IV a. de C. Ha sido Jaeger en sus conferencias de Harvard de 1960, luego publicadas en su Cristianismo primitivo y paideia griega de 1961, quien ha llamado la atención acerca del título y sentido dado por Clemente al Pedagogo. Es el mismo Cristo en su rol de verdadero maestro. Expresaría la articulación entre cristianismo originario y la cultura griega, en la que la paideia era un ideal humano y de civilización desde el mismo momento que surge en tiempos de Platón e Isócrates. Para Jaeger ver a Cristo como el “educador” de la humanidad significa situarlo en el decurso de toda la idea griega de cultura, sentido que ya había alcanzado la palabra paideia y entroncaría directamente con el sentido filosófico que hallamos en las Leyes, donde define la relación de Dios con el mundo: ὁ θεὸς παιδαγωγεῖ τὸν κόσμον22, y comenta Jaeger:

Esta transformación del significado y rango de la palabra fue la consecuencia necesaria de la dignidad filosófica que Platón había dado al concepto de paideia. Y fue esta dignidad teológica platónica la que hizo posible que Clemente presentara a Cristo como pedagogo de todos los hombres23.

Para Clemente el pedagogo es Jesús, quien figurativamente se autodenomina “pastor”. El alejandrino lo identifica también como el Logos, en la misma dirección que los estoicos había atribuido al λόγος ἡγεμονικόν del universo. Para Clemente el Logos es verdaderamente pedagogo en cuanto es “el que nos conduce a la salvación” (εἰς σωτηρίαν). A partir de esta consideración, Clemente va asignar también a la religión (θεοσέβεια), que debemos entender como la cristiana, un rol pedagógico en cuanto responsable de tres funciones que complementan absolutamente la preceptiva del Logos pedagogo, a saber: 1º) un aprendizaje (μάθησις) que predispone al servicio de Dios, 2º) una instrucción (παιδεύσις ) para el reconocimiento de la verdad y 3º) una educación recta (ἀγωγή ) que lleve al cielo24.

La pregunta por el Pedagogo, lleva implícita la de la pedagogía. Clemente, siguiendo de cerca la definición aristotélica del ente, afirma que

Παιδαγωγία δὲ καλεῖται πολλαχῶς· καὶ γὰρ ἡ τοῦ ἀγομένου καὶ μανθάνοντος, καὶ ἡ τοῦ ἄγοντος καὶ διδάσκοντος, καὶ ἡ αὐτὴ τρίτον ἡ ἀγωγή, καὶ τὰ διδασκόμενα τέταρτον, οἷον αἱ ἐντολαί. Ἔστι δέ ἡ κατὰ τὸν θεὸν παιδαγωγία κατευθυσμὸς ἀληθείας εἰς ἐποπτείαν θεοῦ καὶ πράξεων ἁγίων ὑποτύπωσις ἐν αἰωνίῳ διαμονῇ. La pedagogía es llamada de muchas maneras: en efecto, [pedagogía se llama] la del que se educa, es decir, del que aprende, también la del que educa, es decir, del que enseña, en tercer lugar [se llama pedagogía] la educación misma, y en cuarto lugar [se llama pedagogía] los contenidos que se enseñan, por ejemplo, los mandamientos. Pero existe la pedagogía en cuanto a Dios, [pedagogía] que es dirección recta de la verdad hacia la contemplación de Dios y modelo de acciones sagradas en eterna permanencia25.

He citado el pasaje íntegro, con una propuesta de traducción, que sea un aporte de comprensión para la ya hecha por los profesores Marcelo Merino y Emilio Redondo, así el lector interesado podrá no sólo dimensionar las dificultades del texto original, sino también dimensionar de mejor manera lo que Clemente está planteando con esta definición de Pedagogía. Intentemos penetrar en su contenido. Más allá que Clemente diga que hay múltiples maneras de hablar acerca de la pedagogía, podríamos decir que distingue claramente dos: una, en relación a una pedagogía general en la que distingue los actores del ejercicio pedagógico, el proceso mismo de la actividad pedagógica y los contenidos involucrados en el acontecimiento pedagógico; la otra, se trata de una pedagogía específica que llama κατὰ τὸν θεὸν, i. e., con respecto a Dios. ¿Qué pedagogía será ésta? ¿Sería la cátedra de catequesis la responsable de esta pedagogía especial y que él mismo ejerció en Alejandría? Es posible. Clemente, no obstante, le ha señalado dos principios fundamentales en su ejercicio: esta pedagogía debe ser dirección recta (κατευθυσμός) de la verdad para que alcance su perfección máxima que consiste en la contemplación misma del ser divino y, en segundo lugar, debe ser modelo (ὑποτύπωσις) de acciones sagradas en eterna permanencia (ἐν αἰωνίῳ διαμονῇ). Hay, por tanto, una pedagogía metafísica cuya principal tarea es la de conducirnos hasta Dios, mediante el ejercicio permanente de los deberes, lo que en lenguaje estoico era “lo conveniente” (προσῆκον) y “lo debido” (καθῆκον)26, de los que la pedagogía divina tiene que hacerse cargo en función de alcanzar lo divino mismo y con ello la salvación y lo que Clemente va a llamar la vida feliz (πρὸς τὸ εὖ ζῆν)27, expresión que nos recuerda uno de los principios básicos de la praxis y la ética aristotélica.

Para Clemente, el pedagogo es esencialmente práctico, no teórico y su finalidad consiste en el mejoramiento del alma humana, no haberla simplemente instruido en función de erudición, sino en alcanzar la prudencia y con ello el alejamiento de las pasiones. En su función práctica, el pedagogo exhorta a fijar una conducta moral y a cumplir con lo debido y en su preceptiva muestra los errores a través de modelos. Clemente ha dotado al divino pedagogo de tres cualidades fundamentales: el saber (ἐπιστήμη), la benevolencia (εὔνοια) y la franqueza (παρρησία)28, pero en tanto pedagogo se sirve de múltiples recursos para llevar adelante la paideia: advierte, reprende, castiga, avergüenza, sana, hace promesas, premia y encadena los impulsos irracionales de la naturaleza humana29.

El principio por el cual se funda y justifica la paideia es simplemente porque los hombres de bien no lo son por naturaleza, sino sólo por la educación. Se trata del mismo convencimiento que anima la discusión aristotélica y su pregunta fundamental πῶς ἀνὴρ γίνεται σπουδαῖος;30 a lo cual el estagirita responde que sólo la sinfonía que se puede dar entre φύσις, ἔθος y διδαχή podrían contribuir a la formación del hombre de bien31. Ecos de esta doctrina resonarán aún en el siglo segundo después de Cristo en el Pedagogo de Clemente de Alejandría y proseguirán hasta nuestros días, replanteándonos nuestro ejercicio pedagógico, filosófico, humanista, respondiendo a la inquietud, si es que la hay todavía, ¿de qué manera llegamos a ser σπουδαῖος hoy?

CONCLUSIÓN

Para nuestras referencias históricas acerca del desarrollo de la pedagogía en la cultura occidental y en su vínculo con el devenir de toda la cultura helena, la época helenística (o alejandrina) representa un gozne articulador de la mayor importancia, pues se incorporará un nuevo imaginario con el nacimiento y pronta difusión del pensamiento cristiano. Demás está decir que este momento no siempre ha ocupado a los especialistas con el mismo interés con que se ha estudiado los distintos estadios del pensamiento heleno, especialmente en su etapa clásica, ni con el mismo ahínco que se le ha dedicado al mundo medioeval.

Así, en aquella cultura helenístico-alejandrina se daba inicio en Occidente a una actividad escolar de adiestramiento intelectual que, partiendo de una determinada y particular metodología de transmisión y difusión, buscaba no sólo ampliar la creencia que postulaba un monoteísmo, en un mundo abigarrado de diversidad de creedos, sino, además, justificar racionalmente esa misma fe, acompañada de otro imaginario no menor que sentaba un principio nuevo y fundamental, a saber, el mensaje de la salvación. De aquí que la propuesta de Clemente, desplegada en el Pedagogo, tenga el carácter de ser un texto de orientación, y especialmente de re-orientación de la comunidad a la que se dirige, en vistas de un fin práctico: la búsqueda de la perfección humana; en que salvación y perefcción se entrelazan inextricablemente.

La actividad pedagógica de nuestro autor debe inscribirse dentro de ese gran movimiento paidético en Alejandría y que entronca con la idea de transmisión de la literatura sagrada, por una parte, y del conjunto de la literatura producida por el pensamiento heleno a lo largo de siglos ( de este fenómeno da cuenta, además, el conjunto de la obra de Clemente, piénsese en sus Strómata); es el devenir de un sincretismo, ahora, como greco-romano-cristiano, étnico-cultural, que el alejandrino recoge e incorpora para fundamentar los principios de la fe en Cristo y a quien eleva al rango de Supremo Maestro de la humanidad.

El Pedagogo instala con fuerza una nueva perspectiva pedagógica: la preceptiva, cuya fuente paradigmática disciplinar la halla en la literatura veterotestamentaria, difundida a través de la Septuaguinta. La preceptiva clemetina instala como mensaje central del cristianismo en perspectiva de futuro el tema de la salvación del hombre y por ello insistirá en la formación del ser humano integral, quien se revela a través de sus actos, de manera que, entroncando directamente con la ética clásica de raigambre aristotélica, pondra énfasis en una ética práctica, esto es, en la praxis, en las acciones concretas, cuya fuente de origen radica en la parte más noble del ser humano, en la conducta (ἀγωγή), o como lo llamó Aristóteles en la formación del ethos, conducta que Clemente asocia con el pensamiento estoico de la εὐταξία, es decir, de la correcta o buena disposición, del buen orden, que se manifiesta en el obrar humano recto.

La preceptiva de Clemente, enraizada en los ἐντολαί, mandamientos de la literatura testamentaria como en los principios que recoge de la filosofía y literatura helena, en su propuesta como deberes, tiene como meta plantear el tema de la salvación y en última instancia lo que nuestro autor reiteradamente en el Pedagogo denomina τὸ εὖ ζῆν, la vida feliz; recurriendo a la misma fórmula que Aristóteles ha familiarizado en el mismo nivel que τὸ εὖ πράττειν como fin último de la actividad humana. Para Clemente esa vida feliz no sólo tiene que ver con la σωτηρία, salvación, sino también, y muy especialmente, con la vida eterna.

Otro aspecto digno de destacar, allende la formación del ethos para la vida de la praxis, tiene que ver con la concepción clementina del νόμος, la ley, y su rol propedéutico en la formación integral del ser humano. Visión ya anticipada por Aristóteles en su Ética Nicomaquea. En Clemente la ley implica no sólo un medio para la salvación, sino también el acercamiento y encuentro con Cristo y, por su mediación, reorientación hacia la perfección. La ley misma ahora es identificación total y plena con el Logos y el Maestro.

El Pedagogo aborda, además, cuestiones metodológicas inspiradas en la práctica que el mismo Maestro realiza en su conducción orientadora y re-orientadora hacia la búsqueda de la perfección. Esta metodología incluye, entre otros temas, y en oposición a corrientes psicológicas modernas, el del φόβος, temor o κόλασις, castigo, dando por sentado que hay un tipo de castigo que es justo en tanto que implica una διόρθωσις ψυχῆς, es decir, un enderezamiento del alma para la formación de un ethos honesto que se revela también en acciones honestas y con autoridad para desenmascarar lo falso y deshonesto. Implica también esta metodología recursos tales como la reprensión en tanto que advertencia; reconoce la importancia tanto de la alabanza como de la censura, la vergüenza, el premio y la recompensa.

Para cerrar este primer acercamiento, destacamos a modo hipotético que la pedagogía propuesta por Clemente de Alejandría se funda en tres principios orientadores: ἐπιστήμη, ciencia en tanto que un saber, εὔνοια, benevolencia y παρρησία, franqueza. Principios que, a su vez, caracterizan al Maestro divino por excelencia; el λόγος ἡγεμονικόν de los estoicos; Logos que conduce finalmente a la salvación, la perfección y, de suyo, a la eterna felicidad

Bibliografía A) Textos-Fuentes. Ediciones. Traducciones

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PLATÓN, (1960), Las leyes. Edición bilingüe, traducción, notas y estudio preliminar por José Manuel Pabón y Manuel Fernández-Galiano. Tomo II. Instituto de Estudios Políticos. Madrid. [ Links ]

B) Complementaria

BOISSIER, G., (1908), El fin del paganismo: estudio sobre las últimas luchas religiosas en el siglo IV en Occidente. Tomo I. Daniel Jorro Editor, Madrid. [ Links ]

FRÄNKEL, H., (1993), Poesía y filosofía de la Grecia arcaica: una historia de la épica, la lírica y la poesía griegas hasta la mitad del siglo quinto. Editorial Visor. Madrid. [ Links ]

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TARN, W. y GRIFFITH, G. T., (1969), La civilización helenística. Fondo de Cultura Económica, México [ Links ]

1El texto que se presenta aquí corresponde a la comunicación leída el 15 de octubre de 2013 en el COLOQUIO DE FILOSOFÍA CRISTIANA, FUNDAMENTOS HELENÍSTICOS DEL PENSAMIENTO CRISTIANO (15-17 de octubre), sólo se han ordenado las notas a pie de página y se ha añadido alguna información bibliográfica para orientar a los interesados, especialmente, en lo que se refiere a la época helenística como visión de conjunto.

2Al respecto puede consultarse el texto de S. B. Pomeroy et al., La antigua Grecia: historia política, social y cultural. Barcelona: Editorial Crítica, 2001, p. 434 ss. El capítulo 11 del libro está dedicado a Alejandro Magno; contiene importantes referencias a las fuentes que disponemos para el estudio del tema.

3Para ver la prolífica actividad que se llevaba a cabo en este centro cultural, así como los inescrupulosos métodos de acopio de fuentes (papiros) helenas y de la actividad científica y cultural en general, véase “La transmisión de la literatura griega” en A. Lesky, Historia de la literatura griega. Madrid: Editorial Gredos, 1976, p. 17-22; también “la literatura griega arcaica: su conservación y su aparente origen” en H. Fränkel, Poesía y filosofía de la Grecia arcaica: una historia de la épica, la lírica y la poesía griegas hasta la mitad del siglo quinto. Madrid: Editorial Visor. 1993, p. 19-22; y el ya clásico intento de sistematización de A. Reyes, La filosofía helenística. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

4Para esta relación o encuentro cultural con el mundo judío pueden consultarse “El helenismo y los judíos” en W. Tarn y G. T. Griffith, La civilización helenística. México: Fondo de Cultura Económica, 1969, p. 160 ss.; además, “El helenismo y los judíos” en Claire Préaux, El mundo helenístico: Grecia y Oriente, desde la muerte de Alejandro hasta la conquista de Grecia por Roma (323-146 a. de C.). Barcelona: Editorial Labor, 1984, p. 342-361. Cfr. “Helenismo judío” en Alfonso Reyes, op. cit., p. 170 ss.

5Para los orígenes del concepto “cosmopolita” en la filosofía cínica y en su máximo exponente Diógenes véase Diógenes Laercio, VI, 63 y su ampliación en 72. Recomiendo la reciente edición de Alianza Editorial en la traducción, introducción y notas de Carlos García Gual. Segunda reimpresión, Madrid, 2011.

6El tema de la multiplicidad de credos en época helenística puede seguirse especialmente en cap. III “Renovación” en Martin P. Nilsson, Historia de la religiosidad griega. Madrid: Editorial Gredos, 1953, p. 115 ss.

7Cfr. la “Introducción” de Marcelo Merino y Emilio Redondo en Clemente de Alejandría El Pedagogo. Madrid: Editorial Ciudad Nueva, 1994, p. 20 y nota 29.

8De Republica, IV, 3, es interesante este pasaje, pues, Cicerón está hablando de la importancia de la República para la construcción de una sociedad de ciudadanos dichosos en la honestidad; la importancia de las instituciones y las leyes. En este marco se refiere a la enseñanza infantil poco clara y desregulada; desafortunadamente se trata de un fragmento inconcluso.

9Cfr. “El cristianismo y la educación romana” en Gastón Boissier, El fin del paganismo: estudio sobre las últimas luchas religiosas en el siglo IV en Occidente. Tomo I. Madrid: Daniel Jorro, Editor, 1908, p. 152.

10Epistolae, VIII, 14.

11Apuleyo, Florides, 20.

12Cfr. G. Boissier, op. cit., pp. 161-163.

13Cfr. su artículo “Pedagogía divina u cooperación humana. La dinámica de la Paideia cristiana en los Stromata de Clemente de Alejandría. Educación XXI, 16 (2), 2013, págs. 23, 24 y 29 ss. Doi: 10.5944 / educxx1.16.2.2631

14Strom. II, 78, 3.

15Aristóteles, Pol. II, 1, 1103 b 2-6.

16Strom. II, 122, 1.

17Strom. II, 35, 2, cursivas mías.

18Strom. I, 17, 3.

19Strom. I, 168, 2-3.

20Paed. I, 94, 1.

21Paed. I, 94, 2, ver también 76, 1 ss.

22Leyes, X, 897 b: “el dios es el pedagogo del universo”

23Véase W. Jaeger, Cristianismo primitivo y paideia griega. México: Fondo de Cultura Económica, Breviarios, 1965, p. 89-90, nota 29.

24Paed. I, 53, 2-3.

25Paed. I, 54, 1.

26Paed. I, 102, 2.

27Paed. I, 103, 1-2

28Paed. I, 97, 3.

29Paed. I, 75, 1.

30Aristóteles, Pol., 1332 a 35-36.

31É. N., 1179 b 20-21.

Recibido: 08 de Junio de 2017; Aprobado: 08 de Septiembre de 2017

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