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Veritas

On-line version ISSN 0718-9273

Veritas  no.37 Valparaíso Aug. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-92732017000200205 

Documento

Carta Pastoral Desarrollo: éxito o fracaso en América Latina

Manuel Larraín Errázuriz1 

1Obispo de Talca (Chile) Presidente del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano)

Introducción

1) ¿Por qué escribo?

El tema del desarrollo ha pasado a ser “lugar común” en los estudios, conferencias, y reuniones de América Latina. A menudo se me interroga sobre esta materia, bajo dos ángulos opuestos:

Unos me dicen: “Es un tema que no corresponde a la Iglesia. Queda fuera de su competencia”.

Otros, por el contrario, me preguntan: “¿Y por qué la Iglesia no habla? Su silencio ¿es temor o complicidad?

Mi respuesta a ambas interrogaciones es la presente Carta Pastoral.

Con el escritor de la antigüedad cristiana confieso que “nada de lo que es humano lo reputo extraño a mí”.

El tema del desarrollo toca al hombre, a su vida terrena y a su destino eterno. En él se juegan sus valores fundamentales: dignidad de la persona, familia, educación, etc.

En él se juega, sobre todo, el problema de la paz.

No puedo, en consecuencia, permanecer indiferente.

El Obispo es un servidor. Su deber es servir las grandes inquietudes y problemas de la comunidad humana. Tiene que ser, a la medida de sus fuerzas, constructor de la paz.

En un mundo amenazado, y en una América latina convulsionada, no se puede callar, especialmente tratándose de problemas que tocan en su raíz profunda el problema de la paz.

Su Santidad Paulo VI, en su reciente Encíclica Mense Maio y en su Alocución de 24 de junio de 1965, señaló las amenazas de la paz, expresó su angustioso temor, y pidió a todos su colaboración.

Esta Carta Pastoral quiere ser un débil eco a tan autorizada palabra.

No soy técnico en las materias que trato. Soy pastor de almas que mira, angustiado, el aspecto humano y espiritual de este problema.

Me dirijo a todos: creyentes y no creyentes. De todos me siento deudor. Para todos soy y debo ser siempre servidor.

2) La gran amenaza para América Latina

Quiero hablar de la gran amenaza para la paz en este Continente.

Al anunciarla, muchos piensan de inmediato en la bomba atómica. Es verdad. La amenaza de las ramas nucleares es algo inmediato y permanente para toda la humanidad.

Pero existe otra amenaza que los latinoamericanos conocen mejor que la bomba atómica: el subdesarrollo material y espiritual de los pueblos que integran el llamado “Tercer Mundo”.

Esto es tan inmediato y permanente como la bomba atómica, y a mi juicio, aún más grave.

Para los pueblos del “Tercer Mundo” el subdesarrollo es la guerra para hoy o para mañana.

La miseria de los dos tercios de la humanidad y su desigualdad creciente con las naciones privilegiadas, lleva fatalmente a tensiones y revueltas que engendran los conflictos locales o mundiales.

No caigamos en la puerilidad de explicar la agitación de Continentes enteros por causas superficiales. Vayamos a la raíz del mal, y veremos que esa raíz se llama subdesarrollo.

3) Subdesarrollo, ruptura de la paz

No basta decir. que el subdesarrollo es una amenaza contra la paz. Hay que añadir que constituye de hecho una ruptura actual de la paz. Cada año la miseria, el hambre y la enfermedad que lleva consigo, provoca en el “Tercer Mundo” tantas muertes como en los cuatro años de la segunda guerra mundial.

El subdesarrollo mata anualmente a millones de seres humanos. No existe en la historia del mundo una batalla más cruenta.

Este impulso de sangre que paga el mundo subdesarrollado es un escándalo que clama al Padre de los cielos.

A nosotros, chilenos, como a todos los latinoamericanos, la guerra no nos amenaza por las armas atómicas, que ni conocemos ni poseemos. Nuestra amenaza de la paz, repetimos, se llama subdesarrollo.

Las palabras del Cardenal Feltin son para nosotros una verdad clarísima, y una norma de acción. “El desarrollo ―dijo el Arzobispo de París― es el nuevo nombre de la Paz”.

4) Punto de vista de un Obispo

En mi calidad de Obispo, de sucesor de los Apóstoles, no puedo olvidar la página del Evangelio de San Lucas, cuando al enviar a sus discípulos delante de Él, Cristo les ordenó: “A cualquier casa que entráreis decid ante todo: paz a esta casa, y a los que la habitan” (Luc. 10, 1-5).

No podría daros este saludo evangélico sin hablar del desarrollo económico, social, cultural y espiritual, que es para nuestro Continente y para el mundo entero la condición primordial de la paz.

Las enseñanzas de Juan XXIII y de Paulo VI no pueden pasarse aquí en silencio.

En la Pacem in Terris, el Papa Juan afirma “un común origen, una igual redención, un destino similar une a todos los hombres y los llama a formar un conjunto, una sola familia cristiana” (121).

Por igual motivo había recomendado años antes en la Mater et Magistra: “a los países más desarrollados, el distribuir la asistencia bajo todas las variadas formas, a las naciones en vías de desarrollo”.

S.S. Paulo VI ha insistido en el hecho “que debemos encontrar medios concretos y prácticos de organización y de cooperación, de modo que todos los recursos sean puestos en común, y que todos los esfuerzos se unan en el propósito de realizar una verdadera “comunión” entre las naciones”.

“Cooperación” ― “Comunión” ― dos palabras que definen claramente nuestro programa.

No se trata para los países subdesarrollados de esperar y recibir todo de los más favorecidos. Al contrario. Es necesario salir de esa posición meramente receptiva a la que desgraciadamente nos adaptamos con facilidad.

América latina, tiene el derecho y el deber de buscar, junto a las naciones más ricas, aquella ayuda que puede imprimir al crecimiento de nuestro Continente una aceleración suficiente, que haga posible lo que los economistas llaman “décollage”, despegue.

Pero no debe esperar que su desarrollo parta desde afuera. Ella misma debe concurrir de un modo activo, entusiasta y decidido a lograrlo.

5) Lograr el desarrollo

El título de esta Pastoral nos pone ante un dilema. “Desarrollo: éxito o fracaso de América latina”.

Lograr ese éxito es para el continente cuestión vital. Pero ¿en qué consiste ese éxito?

Creo que debo, desde el comienzo, precisar mi pensamiento:

a) En primer lugar hay que trabajar para llenar el atraso que hemos padecido en relación con los países más avanzados técnicamente.

Hay que poner término a la situación inhumana que afecta a millones de hombres en este Continente.

Hay que reducir ―en la medida de lo posible― las desigualdades chocantes que existen entre la miseria y el nivel de vida de aquellas personas, que aquí o allá tienen la suerte de beneficiarse del progreso económico.

b) Pero esto no basta. Si satisfacemos solamente las necesidades físicas con una concepción puramente materialista de la condición humana, ese desarrollo será un fracaso.

c) El desarrollo, en su aspecto positivo, busca asegurar la promoción armónica de todas las naciones de la tierra en la justicia y en la dignidad.

“El hombre no vive sólo de pan” (Deut. 8, 3), nos recuerda la Biblia.

Trabajar por el desarrollo significa salvar lo humano en el hombre, para que pueda cumplir su vocación de hijo de Dios.

Por este motivo, mi conciencia de Obispo me obliga una vez más a hablar sobre este tema.

6) Ver, juzgar, actuar

El método de exposición que seguiremos nos lo señala en forma clara la Mater et Magistra.

“Para traducir en realizaciones concretas los principios y las directivas sociales, dice Juan XXII, se procede comúnmente a través de tres fases: advertencia de las circunstancias; evaluación de las mismas a la luz de estos principios y de estas directivas; búsqueda y determinación de lo que se puede y debe hacer para llevar a la práctica los principios y directivas en las circunstancias, según el modo y medida que las mismas permitan o reclamen.

“Son tres momentos que suelen expresarse en estos tres términos: ver, juzgar y actuar” (Mater et Magistra, 239-240).

Si he dicho que no quiero hablar ni como economista, ni sociólogo, por que no lo soy, eso no significa que no deba conocer los hechos sociales, es decir, las realidades económicas, sociológicas y espirituales de la América latina. El cristianismo es el misterio de la Encarnación con- ti-nuado en el tiempo. El hombre es una realidad total que no puede fraccionarse. Ver esas realidades será la primera parte de este trabajo. Trataré en seguida de dar, en la segunda parte, un juicio humano y cristiano de esta situación. Sobre estas bases podrán deducirse algunas orientaciones prácticas y directivas pastorales que serán el objeto de la tercera parte: actuar.

Parte I Ver

El Subdesarrollo en América Latina

Sé que este tema es ingrato. Aún más, sé anticipadamente que a no pocos desagradará.

Sin embargo, al comenzar esta Carta citaba las palabras de San Lucas cuando Cristo envía a sus Apóstoles a su primera misión. Junto con mandarles que lleven la paz a la casa que visitan, les añade: “no saludéis a nadie en el camino”. Procuraré seguir este consejo, sin detenerme ante susceptibilidades que puedan despertarse.

1) ¿Somos países en vías de desarrollo?

El término “subdesarrollo” no agrada. Con cortesía se nos designa en las reuniones internacionales como “países en vías de desarrollo”. Es, sin duda, más halagador. Sin embargo ¿no se correrá con esa denominación el riesgo de engañarnos?

Países “en vías de desarrollo” son, a mi juicio, aquellos donde las riquezas materiales y el potencial humano son explotados en forma suficientemente intensa que permita elevar el nivel de vida de la población, lograr que las realidades sociales se armonicen y que la vida espiritual de los individuos se acreciente. Es una expresión que puede confundirse con la de país desarrollado.

Es sin duda el caso de la América del Norte y. de la Europa occidental.

En cambio, cuando leo la última relación económica de la CEPAL (Comisión económica de las Naciones Unidas para América latina) y veo que la producción crece entre nosotros a un ritmo anual de 3%, mientras la población aumenta en igual período en un 2,8%, comprendo que el ingreso disponible “per capita” queda prácticamente igual. Cuando, por otra parte, compruebo que las condiciones de vida miserables de una alta proporción de América latina no presenta tendencia clara a mejorar, yo me siento obligado a confesar que no estamos en “vías de desarrollo”, sino que aún permaneceremos “países subdesarrollados”.

El principio de la curación es comprobar el mal que se sufre.

2) Características del subdesarrollo de América Latina

a) Nuestro subdesarrollo aparece ante todo en el estado de nuestra agricultura.

Existen, en abundancia en todos los países de América latina, tierras ricas y fértiles que podrían alimentar suficientemente a una población mucho más numerosa, y aún más, que podrían subvenir a las necesidades alimenticias de otros Continentes menos favorecidos que el nuestro desde este punto de vista.

Pero estas tierras, o quedan en proporción grande en baldío, o muchas de ellas son cultivadas por quienes no saben emplear debidamente las semillas, abonos, etc., que podrían proporcionarles mejores cosechas.

Por eso hay hambre en nuestro Continente, y se sufren todas las enfermedades y trastornos físicos causados por una alimentación insuficiente.

b) Industria. La insuficiencia de nuestra industria muestra que no explotamos suficientemente los recursos naturales, tan ricos y variados, con que la Providencia nos ha favorecido.

Tenemos, en verdad, un cierto número de instalaciones en la industria minera y en la del petróleo, debidas en gran mayoría a la iniciativa de capitales extranjeros.

Pero estamos todavía muy desprovistos en lo que concierne a las industrias de transformación.

El problema básico de los países subdesarrollados es el deterioro en los términos de intercambio; se vende barata la materia prima y se compran caros los productos manufacturados.

De ahí que estos productos haya que importarlos en proporción alta y que nuestro poder de compra en el exterior se vea forzosamente limitado.

Solamente podemos exportar un pequeño número de productos de base, cuyo mercado no siempre está asegurado.

c) Por las causas antes señaladas, dejamos perder otra gran riqueza; la fuerza de trabajo de tantos que no encuentran una ocupación productiva en nuestras economías.

La población crece en forma rápida en nuestro continente. Este crecimiento demográfico sería una fuente de prosperidad, si los nuevos llegados pudieran emplearse en un trabajo útil. Pero como nadie los contrata, millones de hermanos nuestros viven en una ociosidad miserable, principalmente en esas “poblaciones marginales” que son la vergüenza de las grandes ciudades de América latina.

d) La privación material no es el único mal producido por el subdesarrollo. Aun cuando la situación a este respecto sea muy diferente de una región a otra, se puede decir que existe un hambre intelectual y cultural.

El analfabetismo está aún muy extendido. Falta en grandes sectores de población, aquel mínimo de conocimientos que un hombre necesita no sólo para enriquecer su personalidad, sino para participar en la vida de su comunidad, como conviene a un ser libre.

La enseñanza, en los diversos grados, es en casi todos los países insuficiente en cantidad.

Esto agrega al número de desocupados reales, lo que podríamos llamar “desocupados disfrazados”, es decir, los que teniendo algún trabajo para subsistir, permanecen sin embargo como un sector improductivo de la sociedad.

e) Pero junto a esta hambre de cultura, se hace sentir cruelmente el hambre espiritual. De todas las regiones en donde el Cristianismo es religión dominante, es en esta parte del mundo donde los sacerdotes son menos numerosos en relación con la población. ¡Cuántos millones tienen escasas ocasiones de oír el anuncio del Evangelio, y conocer el sublime destino a que Dios los ha llamado!

¡Cuántos tienen inmensas dificultades para acercarse en forma regular a los Sacramentos!

¿Cómo extrañarse después de esto de todas las tensiones que reinan en nuestro Continente?

Las masas latinoamericanas han podido conocer, gracias a la mayor difusión de los medios de comunicación, un confort material en que se vive en otros países o regiones, y compararlas con la miseria en que se encuentra.

El choque que provoca la toma de conciencia de la injusticia, se cambia en un sentimiento de revuelta que lleva a la violencia.

3) Nuestro subdesarrollo en comparación del resto del tercer mundo

El cuadro trazado no pretende ser completo.

A pesar del balance triste que arroja, tenemos que considerar si se le considera en una visión de conjunto, que frente a las demás regiones del llamado “tercer mundo”, presenta aspectos favorables.

Si queremos que nuestro desarrollo sea verdaderamente factor de· paz, hemos de conservar un espíritu y un corazón abierto a los sufrimientos del mundo.

No debemos olvidar que en Asia y África, cientos de millones de hombres, tienen una suerte aún más precaria que la nuestra, y que para librarse de ésta, tienen que superar todavía más obstáculos que nosotros.

San Pablo, en su segunda Epístola a los Corintios, después de enumerar la lista de sus tribulaciones, señala enseguida la de los dones recibidos.

A ejemplo del Apóstol, podemos, después de ver nuestros problemas, considerar también lo que hemos recibido, y mirar así como un signo de esperanza, todo lo que existe de positivo en nuestro Continente. Somos un Continente en formación, los problemas de toda índole que aquí se encuentran son ingentes, pero tenemos los elementos materiales, culturales y espirituales para construir la Ciudad futura.

Aunque parezca paradójico, tenemos conciencia, al mismo tiempo de nuestra debilidad y de nuestra fuerza.

Estamos ciertos que Dios no habría depositado tantas energías de fe, de esperanza y de amor, en un Continente, si no hubieran de ser puestas al servicio de todos los hombres y de toda la Iglesia

4) El por qué de nuestro subdesarrollo

América latina es un Continente con recursos inmensos y sin embargo permanece un Continente subdesarrollado. Cabe preguntarse ¿por qué?

“¿Por qué, como dijo Juan XXIII, tantos seres humanos tienen hambre de pan, hambre de dignidad humana, de cultura y de amistad, hambre de Dios sobre todo?”

Las causas del subdesarrollo son extremadamente complejas. Los economistas, los sociólogos, los historiadores, están lejos de haber dado de él una explicación definitiva. Lo que sí es seguro es que no se pueden atribuir todos los males que sufren los latinoamericanos a una causa física. Ni someter todo a un esquema simplista en el cual se atribuya la responsabilidad exclusiva, o a un grupo de individuos, o a una clase social o a un país, o a un grupo de países.

Dar soluciones simplistas a problemas complejos, es inducir o a error, o a la injusticia.

Deseo llamar la atención sobre tres puntos que me parecen importantes.

a) El primero es que indirectamente existen obstáculos materiales al desarrollo, y que estas dificultades explican, aunque no justifican, el retraso económico de América latina.

Algunos de estos obstáculos se deben a la geografía, como el aislamiento de la llanura del Amazonas, el relieve fragmentado de la Cordillera de Los Andes, la aridez de ciertas regiones (Sur del Perú, Norte de Chile). El clima glacial del extremo Sur del Continente o el calor y la humedad excesivos de la zona tropical.

b) Otros obstáculos tienen una procedencia histórica. Particularmente una buena parte de la incompatibilidad del desarrollo con las estructuras sociales provenientes del régimen colonial.

La independencia política, lograda a comienzos del siglo pasado, no trajo consigo la independencia económica y social. Pasamos en el orden político a ser pueblos soberanos, pero permanecimos en un “colonialismo” económico y social.

La libertad política, base de la democracia, pasa a ser una palabra sin sentido, si no va acompañada de la democracia, económica y social.

c) No puede tampoco dejar de mencionarse lo que ha sido llamado “los círculos viciosos de la miseria”. Un hombre desnutrido no tiene fuerzas para producir y nutrirse más. Un país pobre ofrece un mercado exiguo para la instalación de industrias que podrían permitir a su población el aumentar su poder de compra. El analfabetismo es obstáculo a la formación necesaria para remediarlo. Y así, podríamos enumerar otros ejemplos.

Estos “círculos viciosos” de la miseria, están señalando en forma clara los defectos de estructuras que nuestro Continente sufre. Mientras esas estructuras que impiden el pleno desenvolvimiento del hombre y de sus potencialidades no sean reformadas, será imposible poner fin a la tragedia del subdesarrollo en América latina.

5) Dificultades superables

Estas dificultades, como tantas otras que no he mencionado, son reales. Pero, a mi juicio, todas pueden superarse. Bastaría dedicarse en forma resuelta y consciente, poniendo en juego todos los recursos de la técnica y de los conocimientos económicos actuales.

De aquí el que también sea necesario mencionar entre las causas del subdesarrollo latinoamericano las lagunas, la insuficiencia de acción de todos aquellos que habrían podido o que todavía podrían contribuir a la solución de estos diversos problemas. Cada uno de nosotros tiene a este respecto su parte de responsabilidad.

Ante la simple hambre espiritual, cultural y material ¿pensamos la parte de solución que en ella nos toca?

El hambre espiritual podría ser saciada si todos los cristianos tuvieran el sentido de su vocación misionera, si rivalizasen en ansias de llevar el Evangelio a los más pobres, los más apartados, y ayudaran a las necesidades de sus hermanos.

El hambre de cultura de este Continente sería menos cruel, si los técnicos y todos aquellos que saben algo útil para el bien común buscasen el compartir su ciencia con aquellos que tienen más deseos de poseerla e hiciesen el esfuerzo de ponerlos al servicio de los menos favorecidos.

La subalimentación y la enfermedad, la miseria y la desocupación, estarían menos generalizados si los que poseen los capitales necesarios al financiamiento de nuestro desarrollo económico, aceptasen las leyes que limitan sus capitales, o se desprendiesen de parte de ellos voluntariamente o al menos los aplicasen en los sectores donde la inversión es más urgente.

No podemos callar la gravedad que encierra el hecho, dolorosamente muy generalizado en América latina, de los que ante temores de que sus capitales puedan sufrir menoscabo, los hacen salir al extranjero, con grave daño del bien común y de la urgente tarea de desarrollo que hay que realizar en nuestro Continente.

Con un doble sentimiento termino esta rápida visión de conjunto del subdesarrollo de América latina. En primer lugar, un sentimiento de tristeza, al ver en individuos y grupos insensibilidad e indiferencia ante estos pobres en los cuales el Evangelio nos dice que encontramos a Cristo. En segundo lugar, un sentimiento de optimismo. A pesar de las dificultades de todo género, de la triple hambre espiritual, cultural y física que devasta nuestro Continente, hay en él tantas energías latentes, tan rico material humano, tantas ansias de promoción integral, que seremos capaces de resolverlos, si se confía en nuestra capacidad, y si se nos da en el debido tiempo la cooperación que necesitamos.

La confianza debe conducir al diálogo, y en este caso el diálogo significa comprender que América latina tiene una palabra que decir en la hora histórica que el mundo vive. Porque Dios habla en la historia.

Puede ser que esa palabra sea débil en fuerza y experiencia, pero tiene en cambio la frescura de la sinceridad y el sello de la autenticidad de un Continente cuyos mismos problemas lo hacen más apto para comprender la renovación que la hora del mundo y de la Iglesia están exigiendo a todos los cristianos.

Parte II Juzgar

Condenación del Subdesarrollo

1) El subdesarrollo es un mal

Digámoslo con energía: el subdesarrollo es un mal, y debe ser condenado como tal.

Mantiene al hombre en un estado de miseria que puede calificarse de subhumano. Impide al hombre realizar su verdadera vocación humana. Si para todos el subdesarrollo es una injuria a la dignidad humana, para los cristianos constituye una ofensa a Dios, porque el hombre ha sido creado a Su semejanza.

Si el subdesarrollo es un mal para el hombre, lo es para la humanidad entera. Y en consecuencia debe ser tratado como enemigo del género humano.

Pero mientras la miseria hable sólo al corazón y no a la inteligencia, no podremos hacer gran cosa para combatirla.

Se ha acusado a la Iglesia de ensalzar la pobreza, predicando la resignación y prometiendo la felicidad del cielo a los que no podrán gozar de los bienes de la tierra.

Se le ha acusado también de haber debilitado la obligación de la justicia, predicando solamente la limosna y olvidando que la caridad presupone la justicia.

Si algunos, tomando aspectos parciales de la doctrina, han podido incurrir en esto, hay también que afirmar que la Iglesia de Cristo guarda intacta, más allá de las deficiencias humanas de sus miembros, el depósito sagrado del Evangelio.

Este enseña a los ricos que es difícil salvarse si no se tiene el espíritu de pobreza, y a los pobres que tienen derecho a poseer los medios necesarios para una vida más humana, guardando siempre el espíritu de desprendimiento. En este espíritu las cosas temporales son un bien. La miseria es un mal y debe ser combatida como una plaga. Tal es el sentido de la primera bienaventuranza evangélica.

Debe quedar muy en claro para los ricos en bienes o para los que poseen la decisión en las empresas e instituciones, cualquiera sea su religión, que si la miseria es un mal insoportable para los que la sufren, debe ser igualmente insoportable para la conciencia de todos los hombres.

2) Las falsas concepciones del desarrollo

a) En los países subdesarrollados

Ante la conciencia de la humanidad de hoy aparece un deber claro y perentorio: desarrollar la tierra para que todos los hombres y todos los pueblos puedan recibir sus frutos.

Pero aun nos hallamos lejos de aceptar todas las consecuencias que se deducen de este deber en el plano personal, social e internacional.

En efecto, debemos confesarlo con dolor, las resistencias al desarrollo son aún numerosas. Y en primer lugar, entre los mismos países subdesarrollados.

Hay en ellos numerosos hombres que están postrados, encerrados en su propia miseria. Se han instalado (o los han instalado) en una falsa resignación, que no es la que el Evangelio predica.

Han quedado en un estado tal de ignorancia que todo deseo de promoción se ha apagado en ellos.

Podrán algunos decir que sufren así menos en su estado porque son menos conscientes de su situación. Puede que así sea. Pero también es verdad que se encuentran paralizados ante el esfuerzo salvador. Hay que ir hacia ellos.

Otros han sido hechos presa del desaliento y desesperan de encontrar una vida más humana. En esa situación, se comprende no están capacitados para las tareas del desarrollo.

Hay que volver a darles el espíritu de confianza y de fe que necesitan.

Otros, por el contrario, comprenden que una reorganización de las comunidades humanas (familias, profesiones, empresas, regiones, pueblos), los obliga a abandonar hábitos inveterados, rutinas ancestrales, o privilegios heredados.

Y eso los aterra, confundiendo lo que hay de esencial e inalienable en el hombre, con lo que hay de mudable y accidental.

La palabra reforma de estructuras les suena a blasfemia.

Es un hecho paradójico. Se encuentran hostilidades a cualquier cambio y a las transformaciones más legítimas, sea por interés de grupos privilegiados, o por ignorancia en sectores que carecen de la indispensable educación de base.

Tanto a ricos como a pobres hay que educarlos en su deber de adaptarse a las urgencias de la hora. De otro modo, sin quererlo quizás, seguirán constituyendo la mayor resistencia al desarrollo.

Otros, por fin, no cuentan sino con la ayuda exterior, de algunos países o de organizaciones internacionales. Se han habituado a la limosna, y no pueden o no quieren comprender que su propio desarrollo es también su propio interés. Hay que despertarlos.

Una opinión pública y mentalidades favorables a las transformaciones sociales se hacen indispensablemente necesarias, si se quiere alcanzar un verdadero y sólido desarrollo.

Sin una voluntad deliberada y colectiva de promoción, es imposible que un país adapte sus estructuras económicas y sociales, su régimen legislativo, etc., y acepte las consecuencias inevitables que esa misma promoción exige.

La resignación fatalista y la pasividad no han sido ni son virtudes ni actitudes cristianas. Al contrario, el Evangelio es una invitación al hombre al esfuerzo permanente, a la búsqueda paciente, a la iniciativa audaz, a la acción creadora.

La Biblia nos muestra que Dios ha dado al hombre la tierra para que la domine con su trabajo. Y con su ingenio. Sin embargo, el hombre, o por pereza o por abuso, encuentra más fácil explotar al hombre, su hermano, que a la tierra.

El cristianismo, lejos de eximirnos nos empuja a recurrir al auxilio de la ciencia o de la técnica. Dios no nos hizo solamente criaturas, sino también creadores. La grandeza del hombre, dice la encíclica Pacem in terris, es forjar los instrumentos con los cuales capta las energías naturales y las pone a su servicio.

Sabemos lo que en América Latina frena y retarda las tentativas de mejorar las condiciones de vida de un gran número de hermanos nuestros. Pero que no se acusa al Cristianismo de ser una de aquellas fuerzas sociales que rechazan el desarrollo y la promoción de las masas humanas. Toda la historia está para desmentirlo.

Si existen personas que se dicen católicas, y que al mismo tiempo rechazan toda revisión del orden establecido, queriendo hacer a la misma Iglesia su guardiana, yo las invito a interrogar sus conciencias y a releer los mensajes de los últimos Papas (Mater et Magistra, Pacem in terris, Discurso de Palo VI en Bombay, etc.), que no son otra cosa sino la expresión de una constante tradición.

Los que quieren defender un concepto individualista y pagano de la propiedad no deben dejar de meditar las palabras enviadas recientemente por la Santa Sede a la Semana Social de Brest (julio, 1965): “El acondicionamiento urbano exige decisiones valientes que no se realizarán sin la revisión de nociones pretendidamente tradicionales, pero que no son de hecho sino la abusiva protección de intereses particulares. No habrá que temer, por ejemplo, el recordar que el derecho de propiedad no debe ejercerse jamás en detrimento de la utilidad común, según la doctrina tradicional de los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos. Hay ahí, sin duda, un doloroso conflicto que sobrepasar entre derechos privados adquiridos y exigencias comunitarias primordiales. Es la vocación de los poderes públicos, guardadores del bien común, el dedicarse a resolverlas con la activa participación de personas y de grupos sociales a las cuales se sabrá asociar tanto a la búsqueda de los fines, como a la elección de los medios” (Carta del Card. Cicognani, Secretario de Estado de S.S. a M. Alain Barriere, Presidente de las Semanas Sociales de Francia, 21 junio 1965).

Entre las conclusiones de esa Semana, que tenía como título “El hombre y la revolución urbana”, se lee la siguiente: “Revisión de la noción de propiedad heredada de las concepciones liberales, especialmente de la legislación francesa, sobre la propiedad comercial, que es una de las causas de esclerosis de estructuras en contradicción con las necesidades de nuevos desarrollos”.

Si se leen desapasionadamente los numerosos textos de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de las elaboraciones de la Teología Católica, se ve claramente cuál es el concepto de la propiedad que la Iglesia defiende, tan diverso de lo que algunos pretenden mantener escudándose en Ella.

Todos los textos muestran que la utilización conjunta de los bienes de la tierra ha de hacerse de tal modo que sean satisfechos, en la medida de lo posible, las necesidades esenciales de todos los hombres.

La Suma Teológica define a la avaricia como “la avidez de tener con exceso”. El célebre comentador de Santo Tomás, el Cardenal Cayetano, afirma a la luz de la doctrina de su maestro que, en caso de necesidad, el poder civil tiene el derecho de intervenir en la redistribución de lo superfluo, si no se ha hecho en forma equitativa.

b) Rechazo de los países ricos a contribuir al desarrollo

Existen también en los países desarrollados un cierto rechazo a ayudar a los países subdesarrollados.

Se comprueban actualmente corrientes de opiniones sostenidas por una cierta prensa que desacredita la ayuda al “Tercer Mundo” y rechaza toda cooperación. Hay en este rechazo toda una gama de matices. En primer lugar, la injuria de tratar a los hombres de estos países como subcapa-citados. Esta actitud, no tememos en calificarla como una nueva forma de racismo. Desgraciadamente esta opinión influye aún en cristianos que no han comprendido el grave deber de justicia recordado por la Iglesia. “Todos nosotros ―dice la Mater et Magistra― somos solidariamente responsables de las poblaciones subalimentadas”.

Una segunda corriente de opinión más amplia nos lanza argumentos de orden económico: La ayuda al “Tercer Mundo”, afirman, resulta ineficaz porque se la utiliza mal. Puede ser que en casos particulares los fondos no hayan sido bien aplicados. Pero, porque alguna vez la ayuda no resulte eficaz, ¿hay que suprimirla?

No cabe duda que esta crítica, aunque sea exagerada, debe obligarnos a nosotros a revisar la manera cómo empleamos las ayudas que se nos conceden.

Otros aseguran que esos fondos podrían utilizarse en mejorar servicios de bien público en los países ya desarrollados. También dicen “esos países tienen necesidades”.

No lo negamos, pero ¿cómo podemos compararlas a las situaciones dramáticas que existen entre nosotros?

3) Desarmar para desarrollar

Juan XXIII, en Pacem in terris, habló del escándalo de la carrera armamentista frente a la miseria del “Tercer Mundo”. “Vemos no sin gran dolor, cómo se han estado fabricando y se fabrican todavía, en las naciones económicamente más desarrolladas, enormes armamentos, y cómo a ellas se dedican unas sumas inmensas de energías espirituales y materiales, de lo cual se sigue que mientras los ciudadanos de estas naciones han de soportar gastos nada llevaderos, otros pueblos quedan sin las ayudas necesarias para su progreso económico y social” (107).

Y más adelante añadía: “Así pues, la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana, exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos” (110).

“Desarmar para desarrollar”, tal es, podemos decir, el grito lanzado por S.S. Paulo VI el 4 de diciembre de 1964 en Bombay. El Papa hizo ahí una proposición concreta a los gobernantes para detener la carrera armamentista, y ayudar a los países pobres. “Puedan las naciones cesar la carrera armamentista y consagrar sus recursos y energías a la asistencia fraterna de los países en vías de desarrollo. Pueda, cada nación, alimentando pensamientos de paz y no de aflicción y guerra, consagrar, aunque fuese una parte de sus gastos militares a un gran fondo mundial para la solución de los numerosos problemas que se presentan a tantos desheredados: alimentación, vestido, alojamiento, cuidado médico, etc.” (S.S. Paulo VI).

4) Desarrollar: un medio nuevo de eliminar la guerra

El verdadero problema para estos países no es reducir sus inversiones. La verdadera solución es reducir el derroche. Y el primer derroche es la carrera armamentista que absorbe sumas difícilmente creíbles.

Se habla mucho hoy día de “disuasión nuclear” (esto es, tener y mostrar fuerzas capaces de disuadir al adversario de cometer un acto de agresión).

El problema del desarrollo y el problema del desarme están íntimamente unidos. La verdadera “disuasión” ¿no estaría en consagrar al desarrollo las sumas inmensas que hoy se consumen en el armamento moderno?

El problema del subdesarrollo pone en tela de juicio a toda una civilización en la cual la manera habitual de solucionar los conflictos sería la guerra. Esta solución es la espada de doble filo de que habla San Pablo, y que hace ver al desnudo los pensamientos de las naciones, y los males de la vida internacional.

Ningún hombre de buena voluntad ―y con mayor razón ningún cristiano― tiene el derecho de hacer de la ayuda al “Tercer Mundo” una “materia de elección”. La solidaridad crea entre las naciones, derechos y deberes recíprocos.

Rehusar la cooperación es rechazar la historia. “No hay una ley evangélica de caridad para el hombre en particular y otra distinta para los Estados y naciones que a la postre no son sino la reunión de los distintos individuos”. Esta afirmación del Papa Benedicto XV en 1920 (Pacem Dei Munus) la repite Juan XXIII en la Pacem in terris. Algunos podrán llamarla utópica, pero la razón la prueba y los hechos la confirman. Al menos, para los cristianos debiera ser claro.

5) Falsos modelos de desarrollo

No se logrará que los hombres salgan de su subdesarrollo partiendo de principios o empleando medios que, bajo pretexto de eficacia, olvidan la concepción justa del hombre.

Los países que han olvidado esta concepción se han visto obligados por movimientos profundos a volver sobre los fundamentos indispensables.

No se puede impunemente disminuir al hombre, como en ciertos regímenes totalitarios, ni divinizar su libertad para subordinarlo todo a su interés, como lo propugnan los defensores extremos del capitalismo.

Históricamente se presentan dos tipos de desarrollo:

a) El que corresponde a lo que se llama “Capitalismo”. Este sistema pone una confianza ciega en los mecanismos del mercado, y coloca sobre todo otro principio, el de la no intervención del Estado en el terreno de lo económico y social.

En este sistema la economía tiene por único motor, el interés individual: “El equilibrio que pretende realizar es el que resultaría exclusivamente de la interacción de las fuerzas económicas, mientras las normas para conducir a los hombres son de otra esencia, y hay que buscarlas allí donde Dios las ha inscrito: a saber, en la naturaleza humana” (Pacem in terris).

b) En reacción a esta concepción, a menudo inhumana, se ha elaborado la tesis totalitaria y colectivista del desarrollo. Para escapar a los abusos del capitalismo, esta concepción preconiza la intervención del Estado en todas las escalas de la función económica.

Pero esta estatización se revela en la práctica aún más oprimente para las personas, que el régimen que se quiere reemplazar.

c) No es mi ánimo desarrollar estas teorías ni tratar sobre sus incidencias prácticas.

Quiero solamente hacer notar que ambas se encuentran hoy día menos definidas en sus principios y más aisladas en su implantación geográfica que hace veinte o treinta años.

De hecho, se va a los pueblos más celosos de la libertad económica, recurrir más y más a formas diversas de planificación.

Inversamente, se ve en los países de economía planificada, introducir progresivamente en su sistema concesiones a la libertad de trabajo y a la propiedad individual, lo que hace pocos años parecía increíble.

En esta evolución y en estos encuentros de experiencias hay un signo revelador: la vuelta inevitable a la naturaleza humana.

En esta convergencia creciente se puede también encontrar un impulso real en favor de la paz y de la unidad internacional, y al mismo tiempo la conclusión favorable a un desarrollo auténtico y permanente. Se necesita que el problema sea convenientemente propuesto en el plano internacional, pero solucionado en los países subdesarrollados.

Las ideologías se enfrentan duramente en estos países, sin ningún beneficio para los campos opuestos. Este enfrentamiento ideológico es tanto más inútil cuando los dos regímenes extremos se han revelado incapaces por sí mismos de dar la solución debida al problema del desarrollo.

No me corresponde señalar una solución determinada. Por lo demás, la solución puede revestir muchas formas diversas. Solamente corresponderá señalar que cualesquiera formas que tome debe prestarse a una organización racional de la economía, especialmente bajo la forma de una planificación prudente y esclarecida. Debe también conceder un margen de autonomía bastante amplia a los individuos y colectividades intermediarias. Debe dejar su justo lugar a la propiedad privada, prenda de la libertad, sin liberar a los propietarios de la carga que pesa sobre ellos de contribuir al bien común en proporción a sus haberes.

Debe, por lo mismo que la propiedad es “un medio eficaz para la afirmación de la persona humana” (Pacem in terris), hacer que ella alcance al mayor número de personas.

Por este motivo el Episcopado chileno en su Pastoral sobre “La Iglesia y el problema del campesino chileno” (1962) pide se arbitren todos los medios lícitos para hacer posible y efectiva la difusión de la propiedad.

6) Visión cristiana del desarrollo

Cuando se habla de concepción cristiana del desarrollo, no hay que imaginarse que el Cristianismo tiene una doctrina social aparte, extraña a lo humano. Lo sobrenatural se agrega a lo natural, no lo destruye. Lo funda sobre él. Tal es el caso del problema que nos ocupa.

A) Ética natural del desarrollo:

Tal como la paz, la concepción cristiana del desarrollo es ante todo una visión humana donde los hombres de buena voluntad pueden reconocerse y encontrarse.

Esto se ha visto en forma muy clara en las Encíclicas Mater et Magistra y Pacem in terris.

En ellas Juan XXIII emplea constantemente los argumentos de la razón y su lenguaje.

¿Cuáles son esas grandes líneas de la ética del desarrollo? Podría resumirlas así:

a) Desarrollarse es un derecho

El derecho para cada uno de ser hombre íntegro, y para cada nación de ser un pueblo aparte, soberano.

Este derecho reviste hoy un triple aspecto:

El derecho al progreso, al crecimiento de la personalidad, a la ampliación de horizontes, que corresponde a una de las aspiraciones más fundamentales del ser humano.

El derecho, en seguida, a beneficiarse de todos los adelantos que la ciencia y la técnica modernas ofrecen hoy a la vida de los individuos y de los pueblos.

El derecho, en los países subdesarrollados, de ver cesar la injusticia de su situación, en relación con los países más favorecidos.

b) Desarrollarse es un deber A ese derecho corresponde “la estricta obligación moral para las naciones ricas y favorecidas, de ayudar, según sus posibilidades, a las naciones más necesitadas” (Pío XII, 12-IV-1958). Pero esta obligación de que habla el Papa Pío XII ¿es de justicia o de caridad?

La respuesta nos la da Mater et Magistra.

Numerosas veces la Encíclica habla de “un deber de justicia y de humanidad” o indica su triple fundamento: La solidaridad que une a todos los hombres en una sola familia; la paz entre los pueblos; y para los católicos, el hecho de ser miembros del Cuerpo místico de Cristo.

Insistamos en el fundamento primero: la solidaridad. Los hombres y los pueblos dependen estrechamente unos de otros. La humanidad no es un simple amontonamiento de individuos. Ella forma un todo; “la gran familia humana” (Pacem in terris).

La tierra no es solamente de algunos individuos, clases sociales, naciones privilegiadas. La tierra es de todos y se ofrece al trabajo de todos.

Es, pues, de estricta justicia el tentar todo medio lícito que ponga término a la escandalosa desigualdad de niveles de vida.

Los historiadores futuros se asombrarán y les será difícil explicarse cómo y en qué forma ha podido existir en este siglo tal situación.

Aun cuando hubiera quienes no reconocieran el principio de solidaridad, no cabe duda que todos admiten el que todos los seres humanos participan de la misma naturaleza inteligente y libre y están sometidos a la misma ley moral. Así lo atestiguan los grandes documentos mundiales modernos.

La Declaración Universal de los Derechos del Hombre adoptada por la ONU en 1948, afirma en su artículo 19: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en derecho y dignidad”.

El padre de familia al distribuir el pan a sus hijos no basta que lo reparta con justicia. Porque si el pan es pequeño y la familia numerosa, a pesar de la justicia de la distribución, los hijos continuarán con hambre. Su deber es procurar aumentar el pan.

Así también en la vida de los pueblos es necesario aumentar el pan para que la parte de cada uno se suficiente y de este modo ningún ser humano sufra hambre.

Es oportuno recordar aquí la palabra de San Agustín: “Da tu pan al que tiene hambre... Pero más valdría que nadie tuviera hambre”.

c) El desarrollo debe ir más allá del simple beneficio económico El desarrollo es un humanismo. Debe responder a la triple hambre:

física, cultural y espiritual que atormenta al hombre individual y a la sociedad moderna.

Se trata de ser hombre y más hombre.

“No se trata sólo de tener más, sino de ser más”. “La realización que hay que promover no puede ser sino la civilización del ser más en la equitativa distribución de los haberes”.

“El Occidente, preocupado ante todo de conservar y de aumentar su haber se revela impotente para comprender el momento del mundo. Piensa únicamente en su defensa, cuando debería pensar en la promoción humana universal” (J. Lebret, “Suicide ou survie de l’Occident”).

Si queremos trabajar por el desarrollo, debemos reconocer valores y respetar su jerarquía.

Son los valores los que fundamentan la originalidad y la nobleza de la persona humana. Su autenticidad.

Desarrollar, se ha dicho, es promover al hombre, a todos los hombres y a todo el hombre.

Es una promoción humana universal. Si en cada país o territorio, el conjunto del pueblo no participa activamente en el desarrollo, se llegaría pronto al fracaso.

Desde la partida, y a todo lo largo del camino, es necesario un querer vivir. En otras palabras, un deseo individual y colectivo de una vida más humana: un techo, una mesa, el acceso a la instrucción técnica, al arte, a la cultura. El desarrollo comienza por una victoria sobre la estagnación y la pasividad.

Esto requiere, en forma indispensable, una educación de base.

Del mismo modo, un país toma conciencia de su vocación propia, y afirma su personalidad, por medio del desarrollo. La independencia de un pueblo es fruto de su desarrollo.

Así comprenderemos la dimensión, el sentido y la finalidad que tiene para un pueblo la tarea de su desarrollo.

Los “modelos técnicos” del desarrollo pueden ser diferentes. Sería sorprendente el que existiera uno solo.

Sin embargo, todos deben reflejar una “imagen” común del hombre, de la sociedad y de la comunidad de naturaleza y destino de la humanidad.

d) El desarrollo debe realizarse en la cooperación entre los individuos y los pueblos

Tenemos que realizar una misma historia, explotar el mismo planeta de modo que todos los hombres tengan parte en las riquezas del suelo y del subsuelo.

Pero el desarrollo es una obra de dignidad y de amor. No puede reducirse a un socorro de urgencia. Tampoco es una corriente de arriba hacia abajo.

Es un intercambio, una circulación de hombres, de bienes, de servicios y de valores, donde cada una recibe tanto como da.

Las naciones en vías de desarrollo tienen mucho que aportar a la humanidad.

Para las naciones privilegiadas el descubrimiento reciente de los Continentes desamparados y de las responsabilidades que deben asumir frente a ellos, debe educarlos a una civilización nueva.

Quizá su salvación puedan encontrarla en el problema que el “Tercer Mundo” les presenta.

El gran riesgo que corren los pueblos en la abundancia excesiva es el materialismo.

Al sumergirse en él olvidan con frecuencia su finalidad histórica.

La grandeza verdadera de esos pueblos será volver al camino del hombre, estableciendo la justa relación entre la persona y los bienes.

B) Visión cristiana

Hasta aquí me he limitado a los argumentos de orden racional. No puedo olvidar los que la Revelación cristiana me entrega. Estos ofrecen a las perspectivas humanas una extraordinaria proyección.

a) Desde las primeras páginas de la Biblia contemplamos el Plan de Dios. Todo lo que Él ha creado es bueno. Las criaturas son queridas por Dios para servicio del hombre que Él mismo ha creado. “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, y que él domine la tierra” (Génesis 1, 26).

No puedo, sino mencionar al paso el problema tan complejo que se presenta entre el desarrollo y la fecundidad humana desde el punto de vista cristiano. Nuestro Continente siente a cada instante en todos sus aspectos las tensiones que este problema causa.

Con frecuencia este problema difícil es tratado con ligereza. Incluso los cristianos pierden de vista las responsabilidades que los esposos han contraído.

No me toca aquí señalar soluciones en un tema vasto y complejo, pero sí expresar nuestra alegría de que el Santo Padre Paulo VI haya decidido tomar este problema y asesorarse de una Comisión de especialistas para señalar las respuestas posibles a algo que presenta un interés grande para el mundo subdesarrollado.

La primera idea que la Revelación nos entrega nos pone frente al deber de buscar el que la humanidad y la Creación alcancen su fin supremo y respondan al designio del Creador.

b) Guardémonos, eso sí, de una ilusión peligrosa

Existe una teología del desarrollo íntimamente ligada a la teología del progreso. Ambas presuponen una teología de la historia.

Pero sería un error el creer en la fatalidad del progreso, pensando que la marcha de la humanidad es un avance cierto y universal.

La línea histórica de los pueblos y del género humano es una línea quebrada; una serie de avances y de retrocesos, de creaciones y de destrucciones.

El comprobar este hecho nos debe hacer lúcidos, pacientes y modestos.

No existen “desarrollos milagrosos”. Ganaremos nuestro desarrollo tal como se gana el pan, con el sudor de la frente.

c) Espíritu de desprendimiento

El misterio cristiano nos hace pasar a la vida por la muerte. No hay superación sin esfuerzo. La Cruz se proyecta en toda acción del cristiano. Nuestra misión es continuar el plan redentor.

Esto significa que no hay desarrollo sin sacrificio y desprendimiento.

El desprendimiento está en la base del desarrollo. “Que los que compran vivan como si no poseyesen, y los que disfrutan del mundo como si no disfrutasen” (1 Cor. 7, 30-31), dice San Pablo.

Hay que producir y multiplicar esos bienes, pero al mismo tiempo estar prontos a dejar-los, según el espíritu de Cristo.

El cristianismo ha introducido una nueva relación del hombre con los bienes. Es el espíritu de pobreza. La virtud de la pobreza no consiste en no poseer nada, sino en permanecer libre frente a las cosas que se poseen o se usan.

En la hora del Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia quiere proyectar la verdadera imagen que su Fundador le diera, Iglesia servidora y pobre, el hablar del desarrollo no es oponer-se a ese espíritu, sino al contrario, darle su verdadera proyección.

Más allá del crecimiento económico de América latina, que debemos buscar con urgencia, está su progreso espiritual que no podemos jamás perder de vista.

Las tareas del desarrollo y las Bienaventuranzas del Monte tienen que sincronizarse en esa búsqueda “del Reino de Dios y de su justicia”.

Trataremos así de hacernos dignos a la vez de estas dos palabras que se complementan:

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. “Bienaventurados los pobres de espíritu”.

En resumen: El cristianismo aporta valores más altos a una simple ética natural de desarrollo de valores. De ahí que, sin destruirla, la perfecciona y ennoblece.

Dice bien, a este respecto, el célebre teólogo P. Schillebeeck: “En lenguaje de nuestro tiempo, esto podría significar que nuestra negligencia hacia los países subdesarrollados es negligencia hacia Cristo mismo, una falta al Cristianismo auténtico. Nuestra ayuda a esos mismos países, si no se hace por motivos políticos, partiendo de un sincero sentimiento de solidaridad, es Cristianismo auténtico”. “El acto mesiánico fue un total abandono de sí, por el cual Cristo fundó su Iglesia. Ahí donde los hombres siguen sus huellas, quizá sin saber de quién son, se fundamentan en Cristo y en la Iglesia.

“He aquí por qué la parábola del buen samaritano nos enseña que todo hombre que al encontrar a otro en la necesidad se le acerca para socorrerlo y le lleva una sobreabundancia del amor con que se prodiga contribuya verdaderamente a la fundación de la Iglesia, ya que hace de ese desventurado su prójimo y su hermano” (Concilium, N° 1).

El Cristianismo da al desarrollo su finalidad ultraterrena y eterna, conduciéndolo a la grande y definitiva Historia de la Salvación.

El le da un polo, una dirección, un motor: el Amor que es el verdadero fundamento de la Historia Humana.

El le da un modelo: Cristo, Hombre perfecto. Verdadero Dios y verdadero hombre.

El le conduce a Cristo Total hacia el cual la humanidad redimida va en marcha.

Parte III Actuar

El programa es vasto. Puede parecer muy lejano. Sin embargo no faltan elementos para llevarlo adelante.

Tenemos un patrimonio espiritual, cultural e institucional.

Tenemos una riqueza humana inapreciable: nuestro pueblo.

Pero ese patrimonio no lo explotamos en común, suficientemente. Somos demasiado individualistas, tanto sobre el plano de los individuos, como de los grupos y naciones que forman nuestro Continente.

De las dos partes primeras: Ver, Juzgar, deben deducirse algunas orientaciones para la acción que aquí resumimos.

1) Comprender mejor para actuar mejor

Comprender es ante todo conocer los problemas del desarrollo. Intencionalmente empleo el plural. Expresa mejor el carácter complejo y humano del desarrollo.

El desarrollo no es una fórmula matemática. Está ligado estrechamente a la evolución de nuestros países que no tienen todos el mismo ritmo, y cuyas situaciones particulares son muy diversas unas de otras.

Conocer supone un esfuerzo de la inteligencia. Un diagnóstico lúcido para el presente, y el sentido de la perspectiva para preparar el porvenir. Esto es lo que nos prohíbe la pasividad. Debemos, desde ahora, acusarnos de lo que no hacemos por nuestro desarrollo.

El desarrollo debe formar parte de nuestro examen de conciencia.

2) Comprender, es unir el desarrollo con la paz

Separar los dos problemas es condenarse a fallar en ambos. Cualesquiera sean nuestras ilusiones o nuestros pretextos; nuestro desarrollo va a depender en los años que vienen, de las soluciones que se den a los grandes problemas mundiales del enfrentamiento de los bloques y de sus transformaciones ―al éxito del desarme o a su fracaso―, sobre todo atómico; va a depender de la ONU y de su rol irremplazable; de la evolución y de la armonización de los países del “Tercer Mundo”, etc.

El desarrollo de la América Latina está ligado a la paz del mundo. Inversamente, ésta depende en parte no pequeña, de nuestra cohesión y del peso que ejerzamos o no en las Instituciones o en las realidades de la vida internacional.

3) Obrar es escoger

Es impensable, al presente, contentarse con pequeñas recetas. Hay que optar resuelta-mente por acciones de conjunto, y acciones que tengan inspiración cristiana. Sólo entonces se podrá transformar nuestro Continente.

Integración

La integración quiere “romper muros que dividen y empequeñezcan a una América latina, que podría y debería ser grande” (Rev. Mensaje, junio 1965). “América latina no ha podido realizarse como unidad original, como interlocutor valedero, como espíritu continental. Su situación es ‘marginal’ como lo es también la de la inmensa mayoría de sus habitantes. Su independencia no ha sido autonomía sino desintegración” (Ib.).

La idea de integración está unida a la del desarrollo y en consecuencia a la de la paz. Ella también debe tocar la conciencia de todos los cristianos de Latinoamérica.

La Iglesia sin salirse del campo que le corresponde, ni invadir el terreno de lo económico y menos aún de lo político, puede y debe trabajar en esta empresa de la integración latinoamericana.

Ella puede ofrecer una historia, una doctrina y un espíritu.

En la cuna de nuestra historia, vemos a la Iglesia factor de unidad en el Continente. A través de sus misioneros, de su predicación y de sus instituciones, ayudó a crear un sentido continental que, por desgracia hoy se ha debilitado.

Ofrece una doctrina, ya recordada, que se fundamenta en la fraternidad humana en el Padre Común de los Cielos, en la Redención de Cristo a todos los hombres, en el mandamiento supremo de la ley; el amor. La Iglesia por su esencia misma es Comunidad. La etimología de su nombre lo indica.

Ofrece un espíritu expresado en la palabra de San Pablo a los Gálatas: “No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28). Esa unidad, porque es humana, debe expresarse, no tan sólo en lo espiritual, no tan sólo en el individuo, sino en la sociedad, no tan sólo en el plan regional, sino también en el internacional.

No se debe pedir a la Iglesia una doctrina detallada respecto a la integración. Sin embargo a través de los últimos pontífices se ve en su pensamiento crecer la exigencia de una cooperación mundial.

Juan XXIII en la Mater et Magistra y Pacem in Terris, S.S. Paulo VI en Carta a la Delegación de la Santa Sede a la Conferencia de las Naciones Unidas en Ginebra (1964) insisten en esta idea.

“La economía de unas naciones se entrelaza cada vez más en la economía de otras; los planes económicos nacionales se van asociando gradualmente de modo que, de la unión de todos ellos resulta una especie de economía universal” (Pacem in Terris).

Los cristianos deben comprender que sus principios de libertad y de solidaridad los obliga a trabajar por la idea de integración.

“Dentro de un Continente, la integración comienza cuando se despierta la conciencia de que los destinos nacionales no pueden realizarse sino en la solidaridad internacional. Abrirse a la idea de una solidaridad es ya darse cuenta que es imposible superar la servidumbre del subdesarrollo. Pues éste no es sino el raquitismo propio de naciones incomunicadas” (Mensaje, junio 1965).

Es verdad que el problema en sí es de orden técnico, pero tiene tantas implicaciones morales, toca tan cerca la vida del hombre, y a la promoción humana, está tan íntimamente ligado al problema de la paz, que un Obispo, puede como tal, y en nombre del Evangelio, hablar a la conciencia cristiana, sobre su urgencia e importancia. Se necesita una reforma rápida de nuestra sociedad y de muchas de sus actuales estructuras. Hay que hacer posible, y a breve plazo, un reajuste tal, que haga posible un desarrollo auténtico y durable.

En ese sentido, no en el de destrucción o de violencia, sino en el de cambios estructura-les profundos y rápidos, hay que hacer que nuestro Continente tome resueltamente el camino de su desarrollo.

Estar presentes

Un cambio de esta proporción no se realizará por la propaganda y por los planes técnicos de algunos. Debe ser querido, asumido y vivido por los pueblos mismos, pero, se necesita que alguno comience. Los cristianos, junto a todos los hombres de buena voluntad, deben tomar la iniciativa. Esa presencia de “elites”, obreras rurales, industriales, universitarias, etc., deben verificarse en todos los campos.

¿Por qué? Porque se trata de una sociedad que hay que construir. Una sociedad de base; de participación democrática y dotada al mismo tiempo de una autoridad pública al verdadero servicio del Bien Común. Es la lección de la Pacem in Terris. Se dijo de ella que era una Encíclica sobre la sociedad. De hecho, ella está llena de aplicaciones concretas donde cada cual puede reconocerse. Pero todos estos ejemplos, al mismo tiempo, están unidos a algunos grandes ejes o principios indispensables a toda comunidad humana en orden.

Y por esto que ella es una Encíclica sobre la Paz.

Ahora bien, lo mismo sucede con el desarrollo. Este no existe en sí mismo. Es simplemente la evolución ordenada de una o varias naciones en marcha hacia su propio progreso, su valorización. Es toda la sociedad la que debe subir conjuntamente.

Y aquí encontramos la obligación para todos los hombres rectos, para los discípulos de Cristo, de enrolarse en las organizaciones que sirven el bien común de la sociedad.

“El cristiano está en el mundo y lleva allí el testimonio de su Dios, precisamente porque su Dios ha venido en carne mortal a la sociedad de los hombres. Una vez más volvemos a encontrar la Encarnación, y no ese Dios distante al cual su condición de infinito impediría todo contacto” (Chenu, L'Evangile dans le temps, p. 349).

Esta colaboración al desarrollo constituye en su expresión más excelente la forma actual de la caridad. Esta, en efecto, no se limita, como en otro tiempo, a la beneficencia, que ayuda a los otros, ni a la justicia, que reparte en forma equitativa los bienes; ella exige, en el momento presente, el crecimiento. Si no ¿qué otro sentido podría tener hoy el llamado del Evangelio “amaos los unos a los otros”?

Estar presentes es realizar en toda su extensión el plan salvador de Dios. Es comprender nuestra misión en el mundo. Es hacer realidad de cada momento la ley de Cristo que se re-sume en el amor y que se expresa en el servicio. Es llenar con dolor y alegría nuestra vocación de hombre y de cristiano.

“Dios amó al mundo que le dio su Hijo Único” (Jn. 3, 16).

El cristiano, a ejemplo suyo, debe amar tanto a sus hermanos que ha de darse a ellos por entero. Y la manera de darse es estar presente en todo el proceso de un mundo que crece y se desarrolla.

Los hombres hacen la historia. La presencia o ausencia de ellos puede hacerle cambiar su curso.

Las Virtudes del Desarrollo

1) Para todos

Para poner a levadura del Evangelio en la masa del desarrollo, los cristianos, presentes a la vez en las estructuras y en el corazón de las masas, deberán practicar virtudes especiales y difíciles.

a) El sentido de las responsabilidades

Sería mucho más fácil el confiarse a las fuerzas anónimas de la colectividad, del Estado o de la civilización técnica...

Ahora bien, la única cosa que puede evitar que el desarrollo llegue a ser en el siglo XX una nueva “ley de bronce” es el valor para afrontar las incomprensiones y contradicciones y el espíritu de equipo, que en todos los centros de la futura sociedad suscite comunidades cuyo ejemplo afirme y anime a la acción a los dudosos aislados.

b) El sentido de la originalidad

Se necesita imaginación y desprendimiento para admitir que no hay más que una fórmula única, o fórmulas hechas, sino múltiples situaciones históricas.

Ningún pueblo, ningún Continente es igual exactamente al otro. No se trata de copiar, sino de adaptar y de crear.

2) El deber de cada uno

El desarrollo es obra de todos los latinoamericanos. Pero cada sector debe preocuparse y formar parte en esta inmensa aventura.

El desarrollo no sólo es una obligación de orden general, sino una obra a la cual todos deben concurrir dentro de su actividad y campo de trabajo.

Empresarios, obreros de la industria y campesinos, estudiantes, funcionarios públicos, sindicatos y cooperativas, han de considerar sus responsabilidades ante el desarrollo en un espíritu de servicio y de diálogo.

Para el cristiano esta obligación brota de su misma condición de tal. Necesitamos la formación del hombre integral; uno en su ser y uno en la diversidad de la acción.

En esa unidad, las tareas del desarrollo han de ser para el laico la expresión de su compromiso temporal y un campo inmediato y constante de su apostolado.

Los que están unidos por los lazos misteriosos y sagrados del Bautismo y de la Eucaristía, los que invocan a un Padre común de los cielos, los que luchan por un mundo más justo y más feliz, superando divisiones, deben unirse en la tarea común de construir un mundo donde la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales sean respetados, donde la triple hambre material, intelectual y espiritual sea saciada, y donde el desarrollo integral del hombre prepare los caminos de la paz.

Así podremos todos, “amándonos los unos a los otros”, recitar desde lo más hondo de nuestras vidas la oración de la gran familia humana:

“Padre nuestro, que estás en los celos”.

Agosto 7 - 1965

*

La Carta Pastoral fue publicada en Chile por la Editorial de la Universidad Católica en 1965: “Desarrollo. Éxito o Fracaso en América Latina. Llamado de un Obispo a los Cristianos”. También en SIC. Revista Venezolana de Orientación, dirigida por los PP Jesuítas, en el n° 286, Junio 1966, pp. 257-264, 301-304, y n° 287, Julio-Agosto 1966, pp. 314-316, 353-356, acompañada de la siguiente “Nota de la Redacción.- En espera de un estudio de la personalidad del recientemente fallecido Obispo de Talca ―que publicaremos en próximo número― sirva la reproducción de este su escrito (considerado por algunos como la compilación de su pensamiento) como homenaje a su memoria” (p. 314).

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