SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.15 número2El hombre medieval somos nosotros: Aspectos medievales de la esfera internacional contemporánea¿Éxito táctico o fracaso estratégico? High Value Target y su aplicación a la guerra contra el narcotráfico (2006-2012) índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Compartir


Si Somos Americanos

versión On-line ISSN 0719-0948

Si Somos Americanos vol.15 no.2 Santiago dic. 2015

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-09482015000200007 

Artículo original

En torno de las conversaciones de 1950. La política hacia Bolivia de Gabriel González Videla: 1946-1952*

Around the conversations of 1950. The politics of Gabriel González Videla toward Bolivia: 1946-1952

Milton Cortés Díaz**

**Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, Santiago, Chile. Correo electrónico: milton.cortes@ usach.cl


Resumen

En 1950 los gobiernos de Chile y Bolivia publicaron dos notas diplomáticas en la cual anunciaban sus intenciones de iniciar conversaciones sobre las aspiraciones marítimas de Bolivia. Aunque esta iniciativa nunca se concretó debido a la oposición interna y externa, se convirtió en un hito en las relaciones chileno-bolivianas. Para explicar este acercamiento, en esta investigación haremos uso de documentación inédita del Ministerio de Relaciones Exteriores, que revelan como elemento central el cambio en la estrategia internacional de González Videla, que vio en el acercamiento diplomático e ideológico con Bolivia una necesidad para el mantenimiento de la seguridad de Chile y su sistema democrático, en peligro por lo que concebía como amenazas totalitarias.

Palabras clave: relaciones chileno-bolivianas, Gabriel González Videla, aspiración marítima boliviana.


Abstract

In 1950 the governments of Chile and Bolivia released two diplomatic notes in which they announced their intentions to start conversations about the Bolivian maritime aspiration. Although that initiative never materialized for internal and external opposition, it was a milestone in the Chilean-Bolivian relationships. To understand this approach, in this investigation we use inedited documentation of the Minister of Foreign Relations, which reveal as the principal factor the change in the international strategy of Gonzalez Videla, who saw the diplomatic and ideological approach with Bolivia as a necessity to maintain the security of Chile and his democratic system, in danger by what he conceived as totalitarian threats.

Keywords: Chile–Bolivia relations, Gabriel González Videla, Bolivian maritime aspiration.


Introducción

En 1950 Chile y Bolivia intercambiaron una serie de notas diplomáticas, lo que implicó una apertura al diálogo respecto de la aspiración portuaria de Bolivia a cambio de compensaciones no territoriales para Chile. El pretendido diálogo no pudo ni siquiera iniciarse, pues tuvo que enfrentarse al rechazo de la opinión pública, la oposición del Perú y la inestabilidad institucional de Bolivia. Pero a pesar de ello, las notas se convirtieron en uno de los hitos fundamentales de las relaciones chileno-bolivianas del siglo XX.

A pesar de su importancia, pocos estudios se han dedicado a investigar por qué los gobiernos de Chile y Bolivia llegaron a este nivel de entendimiento. Entre los estudios más relevantes sobre el tema encontramos el de Espinosa (1965), el cual sostiene que este acercamiento fue producto de un desvío del tema del Lauca, siendo tratado en Chile por el embajador boliviano Alberto Ostria. Igualmente, Eyzaguirre (1967) da todo el peso de la iniciativa a la acción de Ostria, dándole la paternidad del proyectado uso de las aguas del lago Titicaca como moneda de cambio, siendo la favorable acogida del presidente Truman la que le allanó el camino. La bibliografía subsiguiente ha seguido estas visiones cuando se mencionan las notas de 1950, con la excepción de Ovando y González (2012), quienes dan un mayor énfasis en el elemento estatocentrico y la ideología desarrollista que parece traslucir de las notas. No obstante, ninguno de los estudios ha profundizado en la pregunta del por qué el gobierno de Gabriel González Videla tomó esta decisión internacional de tal trascendencia y sin responder cómo se llegó a una convergencia de intereses con Bolivia, cuando hacía pocos años atrás las relaciones se encontraban en uno de sus puntos más bajos.

Esta interrogante es la que deseamos contestar en este artículo. Nuestra metodología será el análisis histórico mediante la revisión exhaustiva de la documentación confidencial contenida en el Fondo Bolivia del Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, hasta ahora completamente inédita respecto al periodo, esta será contrastada y complementada con bibliografía de origen boliviano, para así evitar la tendencia a exponer solo un punto de vista chileno. A partir de estas fuentes presentamos la hipótesis que fue una transformación en la percepción del sistema regional, producto del surgimiento del peronismo como pretendida fuerza hegemónica regional, la cual fue percibida como una amenaza para Chile, lo que motivó al gobierno de González Videla a acercarse a Bolivia, no solo con respecto al tema de la mediterraneidad, sino además buscando establecer una cercanía ideológica, la cual se tradujo en una serie de políticas, como la recepción de exiliados y defensa de las materias primas.

Antecedentes

Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, el gobierno boliviano, a la sazón encabezado por el general Enrique Peñaranda, rompió sus relaciones con los países del Eje. En contraste, el presidente chileno Juan Antonio Ríos intentó, infructuosamente, mantener una política de neutralidad. Ello permitió a Bolivia tener un mayor acercamiento con los Estados Unidos y obtener material bélico por medio de la Ley de Préstamo y Arriendo, junto con la firma de un contrato de venta de estaño (Whitehead, 1997, pp. 132-133).

Considerando inevitable el reordenamiento del sistema internacional una vez terminada la guerra, Bolivia se creyó en buen pie para reiniciar su ofensiva diplomática en los foros internacionales, con el fin de obtener una salida al Pacífico mediante la revisión del Tratado de Paz y Amistad de 1904 (Carrasco, 1991, p. 238). Pero la situación interna de Bolivia sufrió un drástico giro el 20 de diciembre de 1943, cuando un golpe de Estado impuso a una Junta de Gobierno dirigida por el mayor Gualberto Villarroel. El inestimable apoyo a este golpe por parte del Movimiento Nacionalista Revolucionario, dirigido por Víctor Paz Estenssoro y sindicado como favorable al Eje por parte de los Estados Unidos, enrareció las relaciones con el país del norte, suspendiéndose el envío de armas y adoptándose un cerco diplomático.

Chile siguió en un principio la línea marcada por Washington y no reconoció al gobierno altiplánico, pero la conjunción de esta política con el cerco estadounidense al gobierno argentino motivó que Chile, por sus intereses económicos y geopolíticos permanentes, buscó que el gobierno estadounidense reconociera al nuevo gobierno boliviano (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 8 de mayo 1944, Vol. 491).

Una vez realizado el reconocimiento al gobierno de Palacio Quemado, las relaciones no hicieron sino empeorar. Particularmente por el rol del embajador chileno Benjamín Cohen en la liberación y huida del país del empresario minero Mauricio Hochschild, que había sido secuestrado y torturado por el gobierno de Villarroel (Ostria, 1956, pp. 54-58). A ello se sumó un incidente fronterizo en que miembros del ejército boliviano se internaron en territorio chileno persiguiendo a opositores políticos. El regreso de Cohen a Santiago a fines de 1944 motivó el despliegue de una guerra de declaraciones entre la prensa de La Paz y Santiago (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 19 de enero de 1945, Vol. 510). Desde las páginas chilenas se identificaba al gobierno de Villarroel como una amenaza continental de características nazis, acusándolo de estar proyectando no solo una guerra con Chile, sino ya la entrada triunfal a caballo en Santiago (Ercilla, 23 de diciembre de 1943). Por su parte, la campaña de prensa boliviana rápidamente enarboló la bandera de la reivindicación portuaria, con la vista puesta en la Conferencia de San Francisco a celebrarse en abril de 1945.

Si bien para el ministro de Hacienda y hombre fuerte del gobierno, Víctor Paz Estenssoro, el problema portuario no era prioridad y debía ser tratado directamente con Chile, la cancillería boliviana buscó un espacio de reivindicación en los foros internacionales (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 19 de febrero de 1945, Vol. 510). Los delegados bolivianos defendieron sin éxito la doctrina de la revisión de los tratados en la Conferencia de Chapultepec, repitiéndose la escena en la redacción de la Carta de las Naciones Unidas, donde la propuesta de Chile, Francia y Panamá de consagrar en el articulado el principio del respeto a los tratados quedó plasmada en el preámbulo de la carta y una propuesta boliviana de eliminar las palabras "de los tratados" de la misma tuvo un rotundo fracaso (Figueroa, 2007, pp. 69-70). Este desengaño en los foros internacionales abriría el camino a una nueva política desde Bolivia, la de buscar un entendimiento directo con Chile.

Hacia una nueva política internacional boliviana

En noviembre de 1945 el gobierno de Ríos envió como embajador a Osvaldo Vial. Al entrevistarse con el canciller boliviano Gustavo Chacón, este le expresó que a su juicio la ambición marítima de su país solo podría solucionarse en el largo plazo, pues estimaba necesitaría primero la creación de un sentimiento de cordialidad y cooperación entre ambos países, que hasta el momento no había existido, siendo el propósito de su gobierno llevar una política de cordialidad hacia Chile (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 18 de octubre de 1945, Vol. 510). En entrevista con el mandatario boliviano, Villarroel le admitió a Vial que ningún presidente chileno podía plantear la cesión de un puerto para Bolivia y por ello su gobierno intentaría crear un ambiente de cordialidad para que la minoría que en Chile desea un acuerdo con Bolivia lograse triunfar ante la opinión pública. No presentó propuestas específicas para solucionar el asunto de la mediterraneidad, pues dijo preferir que el desenvolvimiento de los acontecimientos mostrase el mejor camino a seguir (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 31 de octubre de 1945, Vol. 510).

No obstante, las relaciones internacionales habían pasado a ser un asunto secundario para el gobierno boliviano, que enfrentaba una creciente oposición interna. El desenlace del conflicto político se produjo el 21 de julio de 1946, cuando una sublevación logró imponerse y asaltar el Palacio de Gobierno, asesinando y ultrajando al presidente, que fue colgado desnudo en la plaza pública. El embajador chileno, enterado de los acontecimientos, fue al lugar de los hechos junto con el Nuncio Apostólico de la Santa Sede, solicitando a los estudiantes que custodiaban el cuerpo que descolgaran el cadáver de Villarroel, presentando como argumento que una nación tan culta como Bolivia no podía dar al mundo tamaño espectáculo. La comisión estudiantil logró recuperar el cadáver del malogrado presidente y llevarlo a la morgue. Pero esto último se supo y la masa montó guardia frente al edificio para impedir su salida y botarlo en el altiplano. Finalmente se logró sacar el cadáver desapercibidamente, llevándolo al cementerio, donde quedó abandonado e insepulto. El Cuerpo Diplomático, acogiendo una insinuación extraoficial por parte de la Junta de Gobierno, se reunió para tratar el asunto, recayendo en el embajador de Chile y al Nuncio Apostólico dar sepulcro al ex mandatario. Se acordó citar a los agregados militares acreditados, pues los uniformes daban garantías de seguridad, pero solo se presentaron los de Chile y Argentina (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 1946, Vol. 576).

La actuación de Vial en estos trágicos acontecimientos demostró la valía que había conseguido tanto en la opinión pública como en el resto del cuerpo diplomático. Y las perspectivas de un mayor entendimiento chileno-boliviano eran auspiciosas. Frente a una nueva elección presidencial, los candidatos Fernando Guachalla y Enrique Hertzog coincidían en una política hacia Chile de entendimiento directo, desechando la vía de las reclamaciones internacionales. Hertzog había expresado: "En lo referente al problema de nuestra mediterraneidad considero la conveniencia de llegar a soluciones mediante entendimientos directos de equidad, que permita a Bolivia desenvolver en escala continental su misión de americanidad" (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 1946, Vol. 576). Ahondó este punto frente a algunos amigos, explicando que, a su juicio, la solución al problema marítimo entrañaba que Chile y Perú cedieran conjuntamente a Bolivia una franja del litoral.

González Videla y su apoyo al gobierno boliviano

Hertzog, apoyado por el Partido de la Unión Republicana Socialista, venció en las elecciones y asumió la presidencia el 10 de marzo de 1947. Para esa fecha ya había un nuevo gobierno chileno, encabezado por Gabriel González Videla, que asumió el 4 de noviembre de 1946 tras el fallecimiento de Ríos. González Videla nombró como embajador en La Paz a Jorge Saavedra Agüero, quien arribó a esa capital en noviembre de 1947. Las instrucciones que recibió desde el Ministerio de Relaciones Exteriores indicaban el deseo de Chile de mantener y estrechar las relaciones de todo orden con los demás países del hemisferio, sosteniendo la doctrina del más estricto respeto a los tratados, garantía de la paz y seguridad mundiales. Se evaluaba positivamente la evolución de la posición boliviana hacia un entendimiento directo, en base a un plan por etapas que implicasen un acercamiento previo antes de realizar conversaciones por una salida al mar, pero se insistía en que Chile estaba imposibilitado de ofrecer cualquier territorio nacional, pues lo impedía el Tratado de 1929 con Perú. Pero estimaba la Cancillería que la nueva posición boliviana se ajustaba a la realidad y en tal sentido se debía prestar atención a toda sugerencia destinada a incrementar el comercio entre ambos países y facilitar el tráfico comercial boliviano por puertos chilenos. Esta política debía realizarse con gran mesura, obedeciendo en todo caso a un efectivo y progresivo acercamiento entre ambos pueblos (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 5 de noviembre de 1947, Vol. 560).

La apertura de un frente inesperado, la idea de la defensa de la democracia, abriría las puertas a una nueva clase de relación entre los dos gobiernos, quienes empezaron a sentirse en peligro por las acciones del comunismo, que veían como una amenaza internacional. El primer paso lo dio el presidente González Videla al expulsar a los comunistas de su gabinete en 1947, a lo que poco después siguió el estallido de una disputa frontal que culminó con la proscripción del comunismo mediante la Ley de Defensa de la Democracia. Las reacciones de la gran prensa boliviana frente a este conflicto fueron de aplauso unánime a las acciones del presidente chileno. Les agradaba su energía y la mostraban como ejemplo a seguir para el presidente Hertzog (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 13 de octubre de 1947, Vol. 558). Existían ciertas voces opositoras, especialmente a raíz del caso del desafuero del senador Pablo Neruda, pero se reportaba que la opinión general fue de cooperación con la lucha del presidente chileno (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 9 de noviembre de 1948, Vol. 578).

La desatada inflación y la falta de colaboración de los partidos de oposición debilitaron el gobierno de Hertzog, que renunció en 1949 a la presidencia aduciendo motivos de salud. Asumió el cargo el vicepresidente Mamerto Urriolagoitia, que solicitó ayuda al gobierno chileno para que recibiese exiliados, en cuanto temía de remitirlos a Argentina o Perú y que pudiesen conspirar allí con mayor libertad, por el régimen de gobierno existente en esos países. Chile aceptó la petición, con la salvedad de que ninguno de los exiliados fuese comunista, al considerar necesario cooperar con el mantenimiento de un gobierno democrático en Bolivia, que había demostrado ser buen amigo de Chile (Archivo Ministerio de Exteriores, 1 de junio de 1949, Vol. 596).

El exiliado más destacado fue Juan Lechín, líder indiscutido de los sindicatos mineros, quien varias veces regresó clandestinamente a Bolivia, provocando dolores de cabeza a carabineros y obligando al gobierno de Chile a tomar mayores medidas de vigilancia hacia los exiliados. Por contraparte, los miembros del MNR en Chile obtuvieron ayuda material y moral de ciertos grupos nacionalistas, como el Movimiento Nacional Sindicalista de Chile (Fellman, 1952, p. 175).

Bolivia, con sus diversos problemas internos, asumió también de pleno la lucha contra el comunismo, acusando el canciller boliviano Pedro Zilveti Arce que la central del comunismo americano se había establecido en Bolivia y que para enfrentarlo llamaría a una reunión de los cancilleres de los países sudamericanos, proposición que Chile secundó con mucha energía y que se vio frustrada por la tibia respuesta de las demás naciones (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 12 de abril de 1950, Vol. 619).

La cooperación alcanzó uno de sus puntos más altos en agosto de 1949, cuando el MNR organizó un levantamiento que desembocó en guerra civil. El movimiento tuvo un eco poderoso en la provincia de Santa Cruz, pero el partido no pudo aprovechar esa fuerza y terminó siendo reprimido por el gobierno central. En el primer momento de la rebelión el gobierno boliviano había pedido ayuda a los Estados Unidos, pero el embajador de este país, amparándose en razones legales, se excusó de entregar la ayuda requerida (United States Department of State, 1949, p. 526). Fue entonces cuando se recurrió a Chile solicitando aviones de caza y bombardeo para hacerle frente a los rebeldes. El gobierno chileno no pudo complacer el pedido, arguyendo que se consideraba probable próxima víctima de los movimientos subversivos y por ello no podía desviar recursos que necesitaría para su propia defensa. Pero González Videla hizo suya la aspiración boliviana frente al embajador de los Estados Unidos en Chile, Claude Bowers, que la recibió con agrado y decidió transmitirla como propia (Archivo Ministerio de Relaciones Exterior, 31 de agosto de 1949, Vol. 597). En la conversación, González Videla le comentó a Bowers que, a su juicio, los acontecimientos en el altiplano estaban inspirados y apoyados desde Argentina y que si Chile remitía aviones, ello provocaría a Perón para enviar los suyos propios (Dorn, 2011). Cuando el jefe del Estado Mayor boliviano pidió ropa y elementos de campaña, el gobierno chileno respondió enviando inmediatamente lo solicitado. Como los acontecimientos se tornaron favorables al gobierno, no fue necesario llevar más allá la cooperación.

La creciente intervención de Chile en la política interna boliviana tiene buena parte de su explicación en la cruzada anticomunista de González Videla, que entendía al comunismo como una secta internacional. Pero también existían otras razones geopolíticas de peso. Chile temía que el derrocamiento del régimen boliviano podría originar un gobierno de tipo peronista o militarista, cerrando el "cerco totalitario" alrededor de Chile, pudiendo derivar en que, una vez reactivada la aspiración marítima, Bolivia podría contar con el apoyo de los gobiernos de Argentina y Perú para plantear el asunto portuario en condiciones desventajosas para Chile (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 2 de junio de 1949, Vol. 596).

Conversaciones sobre el corredor

Gabriel González Videla se mostró abierto desde el primer momento a escuchar las aspiraciones bolivianas. El 8 de noviembre de 1946, ante una consulta del canciller boliviano Aniceto Solares, el recién investido presidente le contestó que estaba llano a conversar con altura de miras sobre las peticiones bolivianas (Espinosa, 1965). El presidente chileno planteó la idea de ir avanzando gradualmente hacia una solución, empezando, por ejemplo, con el arriendo o cesión a Bolivia de la sección chilena del ferrocarril Arica-La Paz, cerrándose por lo demás a cualquier revisión al Tratado de 1904 (Ostria, 1998, pp. 9-10).

Una vez iniciado el mandato constitucional de Enrique Hertzog en marzo de 1947, el embajador de Bolivia en Chile, Alberto Ostria Gutiérrez, envió un memorándum confidencial a su Cancillería señalando los antecedentes de la cuestión portuaria y que de las de las tres posibles soluciones, la revisión del tratado de 1904, de buscar apoyo en las organizaciones internacionales y una negociación directa con Chile, únicamente esta última se presentaba como una opción realista. Pidió preparar un ambiente favorable en la opinión pública boliviana, para que se preste apoyo unánime a las negociaciones, pero al mismo tiempo solicitaba estar preparados para desviar el comercio boliviano hacia Mollendo y Matarani, por si las conversaciones fracasaban (Ostria, 1998, pp. 10-11).

La Cancillería boliviana fue particularmente lenta en reaccionar, a pesar de los constantes llamados de Ostria, llegando las instrucciones recién el 19 de abril de 1948. Estas afirman el deseo de iniciar conversaciones directas y amistosas que signifiquen para Bolivia la obtención de una salida soberana al Océano Pacífico, comprometiéndose por su parte a no realizar gestión alguna que tienda a la revisión del Tratado de 1904. Se sugiere hacer ver al gobierno chileno la conveniencia de ceder Arica. Advirtiendo el siguiente dilema:

…o Chile cede a Bolivia una salida al norte de Arica, con gran perjuicio para ese puerto, convertido así en nuevo santuario histórico, momificado a la postre por un mal entendido orgullo nacional, o bien cede Arica a Bolivia, que sería la solución normal, aunque reñida con ciertos prejuicios nacionalistas chilenos. (Ostria, 1998, p. 13-14)

En junio de 1948 se reunieron Ostria y González Videla para discutir el tema portuario. Las fuentes chilenas mencionan que el embajador boliviano le informó al mandatario que las aspiraciones de su país incluían el puerto y bahía de Arica, pero frente a la terminante negativa del presidente, Ostria se refirió a la posibilidad que Chile ceda a Bolivia parte de la ciudad de Arica, de preferencia la zona de la bahía. Como el presidente seguía en su negativa, el embajador manifestó que las aspiraciones se concentraban en la cesión de una franja en el norte de aquel puerto. El mandatario también dejó en claro que no daría por abierta las conversaciones hasta que Bolivia presentase una proposición precisa y convincente, pues era Bolivia y no Chile el país interesado en la iniciativa (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 19 de junio de 1948, Vol. 580).

Ostria, por su parte, cuenta que después de exponer la aspiración marítima, el mandatario chileno reconoció que esta "es una aspiración legítima, más todavía si se considera que Bolivia tuvo una salida al mar" y propuso llevar el asunto a un terreno realista, diciendo que su gobierno estaba dispuesto a ceder una faja de territorio de unos cinco kilómetros al norte de Arica, la construcción de un desvió del ferrocarril Arica-La Paz y el arrendamiento o cesión de la parte chilena de dicho ferrocarril (Ostria, 1998, pp. 18-20). Después de esta reunión y tras conversar con su Cancillería, Ostria recibió nuevas instrucciones, insistiendo que se prefería una solución donde Chile cediese Arica, proponiendo el estudio de un modus vivendi en lo que se refiere al Morro para respetar el sentimiento del pueblo y las Fuerzas Armadas de Chile (Ostria, 1998, pp. 20-21).

Las incipientes negociaciones del embajador Ostria con el canciller chileno Germán Vergara Donoso, que rechazó de plano las proposiciones bolivianas sobre Arica, se congelaron en menos de un mes, pues el presidente chileno consideró que en la próxima campaña parlamentaria, el tema boliviano podía convertirse en una controversia de carácter político, con fines electorales y con detrimento de las relaciones de ambas naciones (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 17 de julio de 1948, Vol. 580). Las discusiones se reiniciaron en 1949, siendo ahora canciller Germán Riesco, que trató con Ostria la necesidad de que las aspiraciones bolivianas se fijaran al norte de Arica y que ello debía tener compensaciones que sobrepasen las meramente morales (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, S/F, abril 1949, Vol. 595). Durante la discusión Riesco se mostró escéptico del éxito de las conversaciones, pues no creía que valiese la pena llevar una tratativa tan compleja para que en último momento el gobierno del Perú manifestase su negativa (Espinosa, pp. 385-386; Ostria, 1998, p. 33). A pesar del escepticismo del canciller chileno y la lentitud con que marchaban las negociaciones, ciertos acontecimientos internacionales modificaron la perspectiva del gobierno chileno.

El principal factor fue la política exterior argentina, que desde Chile se veía como instigadora de movimientos antidemocráticos en sus países vecinos. Cuando en 1948 se descubrió un complot que involucraba al ex presidente Carlos Ibáñez y al ex jefe de la Fuerza Aérea, coronel Ramón Vergara Montero, el canciller Riesco llamó al embajador argentino para comunicarle que su gobierno creía que Argentina estaba implicada en la intentona golpista, visión que fue compartida por la prensa y la opinión pública (Machinandiarena, 2005, pp. 102-103). Complicó aún más la relación con Argentina unas declaraciones que Perón realizó al diario "La Razón" de la Paz, en que expresaba que veía con "profunda simpatía la legítima aspiración del pueblo boliviano, en el sentido de lograr su salida al mar, y en este sentido estamos listos a prestar nuestra colaboración más amplia posible" (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 1949, pp. 20-21). Aunque explicaciones posteriores intentaron clarificar que se trataba de otorgar a Bolivia un puerto libre en Rosario, para Chile era clara la mala voluntad del mandatario trasandino y se congratularon que en Bolivia la reacción haya sido más bien de escepticismo (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 4 de enero de 1949, Vol. 596).

Por otra parte, la Cancillería estimaba que la actitud de las naciones vencedoras de la guerra, con la excepción de la Unión Soviética, de revisar los tratados suscritos con las naciones vencidas, podía eventualmente significar un debilitamiento en la posición chilena de no revisión de los tratados (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 31 de julio de 1950, Vol. 596). El propio presidente, en sus viajes continentales, había percibido que la simpatía en el exterior solía estar de parte de Bolivia (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, S/F, marzo 1949, Vol. 596).

El embajador Jorge Saavedra Agüero expresó claramente que se buscaba contrarrestar con la apertura al diálogo la influencia de Argentina y que si Bolivia veía frustradas sus expectativas, podía volver su antigua política de golpear las puertas de las cancillerías de América y de las organizaciones internacionales, con el agravante de que la mentalidad internacional era diferente a la pasada. El gran temor era que, rodeado de regímenes dictatoriales, Chile pudiese terminar arrinconado internacionalmente y verse obligado a otorgar una salida al mar, con los consiguientes perjuicios a la soberanía y orgullo nacionales (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, enero 1949, Vol. 301).

Como se observa, el establecimiento de las negociaciones fue producto de una compleja situación internacional, en donde Chile buscaría sostener su política de no revisión de los tratados mediante la discusión directa del problema boliviano, con el fin de evitar la intromisión de terceros países en circunstancias desfavorables para Chile, aprovechando de paso llevar a Bolivia a su zona de influencia, basada en la común defensa de principios democráticos.

Si bien las compensaciones pensadas por el gobierno de Chile habían tenido una perspectiva monetaria o de tratados comerciales, el presidente González Videla comenzó a idear un proyecto más ambicioso. Inspirado en los trabajos del ingeniero Luis Lagarrigue, sobre el uso para regadío de las aguas del lago Titicaca, como compensación al corredor entregado a Bolivia, este país resarciría a Chile con el uso de las aguas de aquel lago, para generar fuerza eléctrica en el norte de Chile y de regadío en la Pampa del Tamarugal (González Videla, 1975, p. 895). En su visita a Washington en abril de 1950, González Videla se reunió con el mandatario estadounidense Harry S. Truman, comentándole su proyecto y consultándole si los Estados Unidos estarían dispuestos a proporcionar los recursos necesarios, obteniendo la entusiasta acogida del presidente estadunidense.

Tras el regreso del presidente a Chile se dieron los primeros pasos concretos a favor de las negociaciones, iniciándose la redacción de dos notas diplomáticas que manifestaban la voluntad de ambos países de resolver la aspiración marítima boliviana, sin revisión del tratado de 1904 y consultando las debidas compensaciones a Chile (Ostria, 1998, pp. 41- 48 y Espinosa, 1965, p. 390). En junio de 1950 se intercambiaron las notas entre Alberto Ostria y Horacio Walker Larraín, canciller desde febrero del mismo año.

Las notas eran esencialmente una apertura al diálogo. No se hizo mención a la renuncia de la posesión de Arica por parte de Bolivia, la idea del corredor ni el proyecto de uso de las aguas del lago Titicaca. No implicaba compromiso de ninguna especie. Sin embargo, las negociaciones no pudieron mantenerse en secreto por mucho tiempo y la revista Ercilla inició una serie de publicaciones, con tintes sensacionalistas, afirmando que Chile cedería un corredor a 34 kilómetros al norte de Arica, obteniendo a cambio el uso de las aguas de los lagos Titicaca, Poopó y Coipasa, para uso agrícola e hidroeléctrico. Reveló también la participación de los Estados Unidos, que junto con apadrinar el proyecto otorgaría los fondos necesarios, tanto para los proyectos de irrigación como para el futuro puerto boliviano (Ercilla, 11 de julio de 1950). Estas noticias fueron corroboradas el 13 del mismo mes por Truman, quien admitió, ante la pregunta de un periodista, que el asunto del corredor había sido discutido con González Videla durante su visita a Washington.

La reacción en ambos países fue diversa. Bolivia recibió inicialmente la noticia con algo de escepticismo, luego con alborozo y finalmente con una mirada más crítica, según el cual el acto de Chile no era un gesto de generosidad, sino un reconocimiento tardío al derecho boliviano sobre el litoral chileno (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 26 de julio de 1950, Vol. 619).

La Embajada chilena informó que existía una fuerte oposición en sectores de las Fuerzas Armadas, para las cuales Bolivia no debía ceder nada y más bien preocuparse de fortalecerse para en el futuro recuperar por la fuerza lo perdido, posiblemente con apoyo peruano (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 31 de agosto de 1950, Vol. 619). El regreso de Ostria a La Paz y la publicación de las notas, que mostraban que no se había comprometido nada, calmaron en parte los ánimos en el altiplano. En cambio, en Chile, la opinión pública reaccionó de forma negativa frente a la posible cesión de territorio, especialmente en Arica, donde el 30 de julio se desarrolló una concentración condenando la cesión de territorio (Eyzaguirre, 1967, p. 292). El único contrapunto destacable de la opinión pública es Iquique, en donde se vio el proyecto como un posible elemento de transformación en la vida económica de la provincia, mediante su diversificación e industrialización (Ovando y González, 2014, pp. 51-52).

Después de la publicidad dada a las negociaciones estas se estancaron. El discurso del presidente Truman en la inauguración de la IV Conferencia de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores reavivó la polémica, al comentar entusiastamente el proyecto de crear un área de desarrollo en el área de frontera de Chile y Perú a cambio de dar a Bolivia un puerto en el Pacífico (Ostria, 1998, p. 148).

Las declaraciones de Truman llevaron al presidente González Videla a realizar un discurso por radio el 29 de marzo de 1951, explicándole al país el sentido de su política hacia Bolivia, remarcando que su política había seguido la tradición histórica de Chile, de mostrarse abierto a escuchar a Bolivia, pero sin reconocerle derechos ni abandonando su doctrina del más irrestricto respeto a los tratados. Se esforzó por clarificar que lo discutido era apenas un acercamiento para eventualmente llegar a establecer negociaciones directas sobre la materia, sin que el país hubiese comprometido nada. Al justificar los motivos últimos de su accionar, junto con el carácter práctico de las tratativas, invocó constantemente un espíritu americanista y de integración continental, que en parte le servía para explicar la intervención de los Estados Unidos en la materia.

El discurso de Truman también motivó la reacción del Gobierno del Perú, quien declaró que en ningún momento había sido consultado y que Bolivia y Perú compartían un condominio indivisible en las aguas del Titicaca, siendo su disposición y uso asunto exclusivo de ambos países (Carrasco, 1991, p. 246).

Puso término definitivo a las conversaciones la situación interna de Bolivia. Las elecciones presidenciales de 1951 habían dado, para sorpresa de todos, la victoria a la combinación Víctor Paz Estenssoro-Hernán Siles Zuazo. Si bien en un primer momento Urriolagoitia había anunciado que entregaría el mando al vencedor, al poco tiempo cambió de idea y otorgó el poder a una junta militar, la cual inició la represión contra los elementos del MNR. El gobierno de Chile no cortó las negociaciones con el nuevo gobierno de facto, pues consideraba que su accionar era una forma antidemocrática de salvar la democracia, pero como se estimaba que el principal problema del nuevo gobierno boliviano era el de mantenerse en pie, se consideraba imposible plantearle ningún problema internacional (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 19 de febrero de 1952, Vol. 649).

Defensa de las materias primas

Otro importante momento de concordancia de intereses en las relaciones chileno-bolivianas se dio por el problema del estaño boliviano. En 1951 la Reconstruction Finance Corporation forzó una importante baja en el precio de este mineral. Este descenso no fue del agrado de los empresarios mineros, quienes juntaron fuerzas con el gobierno boliviano con el fin de revertir la situación y llevar los precios al alza, al punto de llegar a suspender los envíos de estaño por nueve meses (Dunkerley, 2003, pp. 35-36).

Varios miembros del Departamento de Estado veían con preocupación esta política, que podría provocar un profundo resentimiento contra los Estados Unidos en el pueblo boliviano. La Junta de Bolivia estaba inclusive considerando presentar un reclamo formal ante la Organización de Estados Americanos contra Estados Unidos, por realizar una "agresión económica". El secretario de Estado Adjunto para Asuntos Latinoamericanos, Edward G. Miller, Jr., le solicitó al presidente González Videla, quien había manifestado en privado su apoyo a la protesta boliviana, que escribiese una carta a su par estadounidense (Dorn, 2011, pp. 150-152). El presidente chileno acogió de inmediato la recomendación, enviándole el 6 de diciembre de 1951 una carta a Harry Truman, expresando lo siguiente sobre la situación del estaño boliviano:

Cuando Bolivia pide un mayor precio para el estaño, no está tratando de aprovechar una situación internacional difícil, sino que apenas tratando de obtener lo necesario para vivir. Bolivia tiene que importar productos vitales de países que, desgraciadamente, no han establecido controles de precios, y, al contrario, están subiendo sus precios libremente, y EE.UU., que ha congelado sus precios parcialmente, ya que no ha congelado los fletes, no aprovisiona a Bolivia de todo lo que necesita, de modo que tiene que recurrir a otros países para su aprovisionamiento. Es así por lo que Bolivia, al tratar de obtener un mejor precio para el estaño, está sencillamente tratando de subsistir, sin hacer ninguna utilidad extraordinaria. (González Videla, 1975, p. 912)

Truman le respondió 10 días después, agradeciendo la carta y contestando más bien con vaguedades, argumentando que el problema era de compleja solución. No obstante, la recepción de la carta fue positiva tanto en Washington como en La Paz. Ballivián le enviaría su propia carta al presidente chileno agradeciéndole el gesto, que representaba para él "un exacto sentido de la posición de todos nuestros países en cuanto concierne a su situación política y económica" (González Videla, 1975, p. 915).

Junto con ser un acto de solidaridad continental, era también la expresión de una preocupación interna, el precio del cobre, buscándose que los problemas del valor de los recursos naturales fuesen enfrentados mediante acciones solidarias (González Videla, 1975, pp. 915-916). En conversación con el embajador estadounidense, Claude Bowers, al notificarlo que denunciaría el convenio del cobre firmado con Estados Unidos en 1951 (para tomar total control de las ventas del mineral), González Videla le explicó que una de sus principales motivaciones era evitar que se repitiese en Chile una situación como la de Bolivia (United States Department of State, 1952-1954, pp. 677-678).

La reacción no se limitó a las acciones de La Moneda, también tuvo ecos en el Congreso. El senador liberal Hernán Videla criticó la actitud de Estados Unidos como una negación de los postulados de la doctrina del buen vecino, pues su política sobre las materias primas, en las que incluye al cobre, solo fomenta la desconfianza entre ambas Américas, al buscar los Estados Unidos fijar los precios de compra y venta únicamente según sus conveniencias, sin tenderle una mano a las naciones menos desarrolladas (Diario de Sesiones del Senado, 15 de abril de 1952, pp. 1238-1239). El también senador liberal Gregorio Amunategui, con motivo del desahucio del convenio del cobre suscrito con los Estados Unidos, realizó la siguiente reflexión:

Así como el precio de algunos bombarderos habría bastado para eliminar muchos de los males bolivianos y evitar el doloroso drama de los sucesos que acaban de ocurrir, así también, en el caso de Chile, no se trata de un problema de muchos millones de dólares. Se trata sólo de algunos millones de dólares, que no tienen ninguna importancia, que constituyen una suma ínfima al lado del inmenso presupuesto norteamericano y de la grandeza de sus recursos. (Diario de Sesiones del Senado, 6 de mayo de 1952, pp. 1439)

Desencanto

A principios de 1952 la Embajada de Chile en Bolivia se veía crecientemente desilusionada por los frutos de su labor. Aunque las negociaciones se encontraban estancadas, se esperaba un mejoramiento en las relaciones a nivel de la opinión pública. Si bien el primer momento fue de alborozo, pronto surgieron algunos gestos que hacían dudar de la buena recepción, entre los que se cuentan unos insultos contra Chile proferidos por estudiantes bolivianos, la falta de condolencias con motivo del fallecimiento de Arturo Alessandri, entonces presidente del Senado, y algunos discursos con tintes antichilenos ante la repatriación de los restos del héroe boliviano Eduardo Abaroa.

El embajador notó cierta arrogancia en la opinión boliviana, según la cual toda ayuda o colaboración hacia ellos la consideran una obligación de quien la otorga, sintiéndose acreedores de concesiones especiales que los países extranjeros estarían obligados a darles. Pidió una política más dura, que dejase en claro que la voluntad chilena no significa remordimiento por la victoria de 1879, sino el buen deseo de colaboración para forjar una amistar duradera. Propuso una amplia ayuda económica a Arica, con el fin de hacerla independiente del tráfico comercial boliviano; mejorar las condiciones del puerto, para dejar de ser fuente permanente de reclamos; redactar una ley prohibiendo a cualquier extranjero poseer bienes a menos de cierta distancia de la frontera; y proceder a una revisión del tráfico fronterizo (Archivo Ministerio de Relaciones Extranjero, 19 de febrero de 1952, Vol. 649).

El continuo deterioro en las relaciones impulsó al embajador a proponer nuevas medidas, mucho más duras. El 1 de abril de 1952, a solo días de la revolución, Saavedra recomendaba realizar las siguientes acciones: negar el ingreso de exiliados; no solicitar el voto de Bolivia para cargos en organismos internacionales y responderles con evasivas si ellos lo solicitaban a Chile; dejar de proceder de acuerdo en las diferentes negociaciones internacionales; tramitar sus pedidos o reclamos respecto al tráfico de mercaderías solo cuando sea necesario, sin mostrar celo o interés por solucionarlo; desentenderse de las proposiciones sobre los terrenos en Arica para la aduana y de las bodegas bolivianas, del camino de Iquique a Oruro y todo asunto que refleje interés en ayudarlos; no mostrar deferencia con los apresados bolivianos en Chile; y por último evitar dar un trato preferente a la Embajada de Bolivia en Santiago, tratándolos con frialdad (Archivo Ministerio de Relaciones Extranjero, 1 de abril de 1952, Vol. 649).

Esta durísima política tenía un objetivo, aclarar que Bolivia necesitaba a Chile mucho más de lo que Chile necesita de Bolivia. No se alcanzó a poner en práctica, pues el 9 de abril estallaba la revolución.

Revolución

Tal como había sucedido en 1946, los presentes en la Embajada chilena fueron testigos privilegiados de la historia. El general sublevado Antonio Seleme a los primeros reveses creyó perdida su situación y se asiló en la Embajada de Chile en la madrugada del 10 de abril. Al correr el día nuevas informaciones anunciaban el triunfo de la sublevación, por lo que Seleme decidió renunciar al asilo, pero su acción marcó un vuelco fundamental en los acontecimientos, al ser suplantado en el liderazgo de la revolución por Hernán Siles Suazo.

El embajador Saavedra Agüero cuenta que durante el transcurso de los acontecimientos la Cruz Roja boliviana solicitó su intercesión para lograr un cese al fuego. El embajador se dirigió a la Nunciatura Apostólica, donde colaboró para obtener una reunión de los jefes de ambos bandos, la que se desarrolló en la tarde del día 10, concurriendo el embajador, un representante de la Cruz Roja, asistiendo por los revolucionarios Hernán Siles Zuazo y otros dos miembros del comité revolucionario, y por las fuerzas leales el coronel Morenos Palacios y otro oficial más. Posteriormente se integraron otro general y el embajador de Brasil, Hugo Bethlem. El embajador Saavedra expresó a los presentes que la Cruz Roja y, secundando su solicitud, los miembros del cuerpo diplomático, sin querer intervenir entre los bandos en pugna por principios humanitarios, deseaban que los jefes de los bandos se reunieran para llegar a un entendimiento que permitiera alcanzar una tregua o cese del fuego (Archivo Ministerio Relaciones Exteriores, 17 de abril de 1952, Vol. 649).

Tras una serie de incidencias, Siles terminó negociando con el general Jorge Rodríguez, acordando una tregua que fue aprovechada por los revolucionarios para tomar posiciones ventajosas y hacer un movimiento envolvente al Ejército, impidiéndole su comunicación con el mando central. Finalmente, el día 11 se reunieron Siles y Torres Ortiz en la Nunciatura Apostólica, reunión que puso fin a las hostilidades y determinó el triunfo de la revolución (Roque Bacarreza, 1995, p. 68).

Por su parte el presidente de la Junta, general Ballivián, tras encabezar la lucha por tres días, se dirigió con su hijo y un jefe de regimiento hacia la Embajada británica, pero el embajador John Garnett Lomax no solamente le negó el asilo, ni siquiera se dignó a hablar con ellos. Ante ello se encaminaron a la casa del cónsul chileno Alfredo Suarez. El embajador se dirigió al lugar para ofrecer al general Ballivián la hospitalidad chilena. La medalla de los presidentes de Bolivia pasó a manos del embajador de Chile, que debía ser entregada al nuevo gobierno de Bolivia, aunque finalmente le fue devuelta a Ballivián quien se encargó de que se depositase en el Banco Central.

Ballivián decidió exiliarse en Chile, siendo acompañado en el viaje por el embajador chileno. El vehículo que los transportaba fue interceptado en el camino de regreso por unos matones, que al no encontrar al ex mandatario se apoderaron del control del aeropuerto para intentar hacer volver al avión que transportaba a Ballivián (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 28 de abril de 1952, Vol. 649).

A pesar de la cercanía de Chile con el gobierno anterior, llegando a darle asilo al presidente de la Junta, general Ballivián, en junio siguiente el gobierno chileno reconoció la nueva situación boliviana. El presidente chileno y la buena parte de la prensa creían que había sido una conjunción entre Perón y los comunistas la que permitió la llegada del MNR al poder, viendo la revolución como una mixtura nazi-comunista (Dorn, 2011, p. 169). En la Embajada en La Paz el asunto se trató de manera distinta. Saavedra le comentó al nuevo canciller, Walter Guevara Arce, que estimaba que cada país era libre de darse el gobierno que quisiera, a lo que el canciller respondió agradeciéndole el reconocimiento diplomático y asegurándole que trabajarían con todo interés por resolver los problemas y cualquier asunto común a los dos países (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 2 de junio de 1952, Vol. 649). Saavedra se preocupó también de limpiar la imagen de González Videla frente a Paz Estensoro, asegurándole eran falsas las declaraciones atribuidas al presidente de Chile, de que no permitiría que Paz Estenssoro ocupara la Presidencia de Bolivia. Recogió de paso la petición del mandatario boliviano para que los nuevos exiliados fuesen radicados al sur de Antofagasta, asegurándole que no se harían diferencias entre este gobierno y el anterior (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 27 de junio de 1952, Vol. 649).

Las noticias de la victoria de Carlos Ibáñez del Campo en las elecciones de 1952 fueron recibidas con regocijo por parte del gobierno y la opinión pública boliviana (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 18 de septiembre de 1952, Vol. 650). Durante su gobierno se continuaría una política de entendimiento, cuyo momento de mayor esplendor fueron las visitas presidenciales intercambiadas en 1955. En un primer momento el gobierno revolucionario intentó reavivar las negociaciones, pero el nuevo embajador chileno en el altiplano, Luis Rau Bravo, le puso punto final a esta esperanza al advertirles que medio millón de votos dijeron que no a las negociaciones en las elecciones del 4 de septiembre de 1952 (Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores, 23 de octubre de 1953, Vol. 595).

Las buenas relaciones durarían hasta fines de los años 50, siendo su mayor bastión la postergación del debate portuario por parte de los gobiernos del MNR, focalizándose en cambio en las posibilidades de integración económica. No obstante este largo periodo de entendimiento con Bolivia que caracterizó las presidencias de González Videla e Ibáñez del Campo descansó excesivamente en la afinidad ideológica entre los gobiernos de ambas naciones. Concluido este vínculo con la llegada a La Moneda de Jorge Alessandri y por las crecientes dificultades internas que atravesaba la revolución, la relación entre ambas naciones se deterioró rápidamente, usándose como excusa el uso por parte de Chile de las aguas del río Lauca, lo que concluyó con la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambas naciones en abril de 1962 (Carrasco, 1991, pp. 257-262).

Conclusiones

El estudio de los documentos inéditos de la Cancillería nos ha permitido no solo arrojar luz sobre las intenciones de Chile respecto a las notas de 1950, sino además las de Bolivia. En La Paz, el cambio en la política exterior, hacia un acercamiento a Chile, fue previa a las conversaciones sobre la mediterraneidad y condición necesaria para que estas se produjesen. Este cambio se dio por el fracaso de la política de confrontación llevada a cabo por el gobierno de Villarroel y la derrota sufrida en Naciones Unidas por el principio del respeto a los tratados.

Por parte chilena, si bien Gabriel González Videla había manifestado palabras de comprensión para la aspiración boliviana, no fue hasta 1948 cuando el tema boliviano se convirtió en un asunto prioritario para su gestión. Ello no por cuestiones derivadas de la relación bilateral, sino por la transformación en la visión internacional del presidente chileno, consecuencia del descubrimiento de una conspiración en su contra. En esta nueva visión, se concebía al peronismo y a sus influencias internacionales como una amenaza geopolítica en contra de Chile, que podría quedar bajo un "cerco totalitario" y verse obligado a dar una cesión territorial a Bolivia en condiciones desventajosas. Parte de la explicación de la visión del presidente deriva en la cultura política en que se formó el mandatario, de la lucha antifascista, que González Videla veía proyectarse en su lucha contra el peronismo.1

Asimismo, la investigación desarrollada nos ha mostrado otra de las facetas de las conversaciones poco consideradas, su influencia en el ambiente de las relaciones bilaterales. A pesar que la intención de Chile era atraer a Bolivia a su área de influencia, el intercambio de notas terminó por empeorar las relaciones, producto de las expectativas creadas y a la polémica por el uso de las aguas del Titicaca. La situación llegó a un nivel tal que se propuso endurecer las relaciones con La Paz, para demostrar que era Bolivia quien dependía de Chile y no viceversa. Esta tensión no llegó a materializarse en una crisis internacional debido al relevo de las dirigencias en ambas naciones, producto de la Revolución Boliviana en el altiplano y la elección de Ibáñez en Chile. Estos nuevos gobiernos nuevamente intentarían un acercamiento bilateral con base en la cercanía ideológica, pero bajo principios totalmente diferentes al acercamiento entre Hertzog/ Urriolagoitia con González Videla, pues los nuevos ejes estarían puestos en la cooperación económica y en la no agitación de la aspiración portuaria por parte de Bolivia.

Notas

1 Si bien no toca el tema de Perón, la autopercepción de Gabriel González Videla como luchador contra los totalitarismo se encuentra bien desarrollada en Garay y Soto (2013).

Referencias

Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Fondo de Bolivia. (8 de mayo 1944). Oficio Confidencial N°28/48, La Paz, Vol. 491.         [ Links ]

————. (19 de enero de 1945). Oficio Confidencial N° 55/4, Vol. 510. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (18 de octubre de 1945). Oficio Confidencial N° 837/50, Vol. 510. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (1946). Memoria de la Embajada de Chile en Bolivia. Vol. 576.         [ Links ]

————. (13 de octubre de 1947). Oficio Ordinario N° 417/214, Vol. 558. Santiago, Chile; La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (5 de noviembre de 1947). Oficio Estrictamente Confidencial N° 43, Vol. 560. Santiago, Chile.         [ Links ]

————. (19 de junio de 1948). Telegrama Estrictamente Confidencial N° 1, Vol. 580. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (17 de julio de 1948). Telegrama Estrictamente Confidencial N° 2, Vol. 580. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (9 de noviembre de 1948). Oficio Ordinario N° 1375/424, Vol. 578. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (1949). Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores de 1949.         [ Links ]

————. (enero de 1949). Oficio Estrictamente Confidencial N° 301, Vol. 301. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (4 de enero de 1949). Oficio Confidencial N° 1, Vol. 596. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (1 de junio de 1949). Oficio Confidencial N° 1046/63, Vol. 596. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (2 de junio de 1949). Oficio Confidencial N° 1048/65, Vol. 596. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (31 de agosto de 1949). Oficio Confidencial N° 1723, Vol. 597. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (S/F, marzo 1949). Oficio Estrictamente Confidencial, "Conferencia con S. E. y el Embajador de Bolivia Sr. Alberto Ostria G.", Vol. 596.         [ Links ]

————. (S/F, abril 1949). Oficio Estrictamente Confidencial, "Conversación del Ministro señor Germán Riesco con el Embajador de Bolivia señor Alberto Ostria", Vol. 595.         [ Links ]

————. (12 de abril de 1950). Oficio Confidencial N° 713/45, Vol. 619. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (26 de julio de 1950). Oficio Estrictamente Confidencial N° 1283/105/13, Vol. 619. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (31 de agosto de 1950). Oficio Estrictamente Confidencial N° 1571/151/39, Vol. 619. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (31 de julio de 1950). Memorándum para su excelencia el Presidente de la República sobre posible conversaciones con Bolivia, Vol. 596.         [ Links ]

————. (19 de febrero de 1952). Oficio Confidencial N° 265/34, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (1 de abril de 1952). Oficio Confidencial N° 508/53, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (17 de abril de 1952). Oficio Confidencial N° 605/64, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (28 de abril de 1952). Oficio Confidencial N° 658/65, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (2 de junio de 1952). Oficio Confidencial N° 874/92, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (27 de junio de 1952). Oficio Confidencial N° 1052/114, Vol. 649. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (18 de septiembre de 1952). Oficio Confidencial N° 1481/152, Vol. 650. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

————. (23 de octubre de 1953). Oficio Estrictamente Confidencial N° 1587/117, Vol. 595. La Paz, Bolivia.         [ Links ]

Carrasco, S. (1991). Historia de las relaciones Chileno-Bolivianas. Santiago, Chile: Editorial Universitaria.         [ Links ]

Dorn, G. J. (2003). The Truman Administration and Bolivia: Making the World Safe for Liberal Constitutional Oligarchy. Pennsylvania, Estados Unidos: University Park, Penn State University Press.         [ Links ]

Dunkerley, J. (2003). Rebelión en las venas. La Paz, Bolivia: Plural editores.         [ Links ]

Diario de Sesiones del Senado, 15 de abril de 1952. Santiago, Chile.         [ Links ]

————. 6 de mayo de 1952. Santiago, Chile.         [ Links ]

Ercilla, 23 de diciembre de 1943. Santiago, Chile.         [ Links ]

————. 11 de julio de 1950. Santiago, Chile.         [ Links ]

Espinosa, O. (1965). Bolivia y el mar, 1810-1964. Santiago, Chile: Editorial Nascimento.         [ Links ]

Eyzaguirre, J. (1967). El intento de negociación chileno-boliviana de 1950 y su secuela. Santiago, Chile: Editorial Jurídica de Chile.         [ Links ]

Fellman, J. (1952). Una bala en el viento. La Paz, Bolivia: Fénix.         [ Links ]

Figueroa, U. (2007). La demanda marítima boliviana en los foros internacionales. Santiago, Chile: RIL editores.         [ Links ]

Garay, C. y Soto, Á. (2013). Gabriel González Videla "no a los totalitarismos, ya sean rojos, pardos o amarillos". Santiago, Chile: Centro de Estudios Bicentenario.         [ Links ]

González Videla, Gabriel (1975). Memorias. Santiago, Chile: Gabriela Mistral.         [ Links ]

Machinandiarena, L. (2005). Las relaciones con Chile durante el peronismo, 1946-1955. Buenos Aires, Argentina: Lumière.         [ Links ]

Ostria, A. (1956). Un pueblo en la cruz. Santiago, Chile: Editorial del Pacífico.         [ Links ]

————. (1998). Apuntaciones sobre negociaciones portuarias con Chile, Sucre, Bolivia: Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia.         [ Links ]

Ovando, C. y González, S. (2012). La política exterior chileno-boliviana en la década de 1950 mirada desde la región de Tarapacá, Polis, 32.         [ Links ]

————. (2014). La relación bilateral chileno-boliviana a partir de las demandas tarapaqueñas: aproximación teórica desde la paradiplomacia como heterología, Estudios Internacionales, 46 (177).         [ Links ]

Roque, F. (1995). Los años del cóndor, sesenta crónicas del triunfo revolucionario boliviano en plena Guerra Fría. La Paz, Bolivia: Mundy Color.         [ Links ]

United States Department of State, Foreign relations of the United States. (1949). The United Nations; The Western Hemisphere, Vol. II, U.S. Government Printing Office.         [ Links ]

————. (1952-1954). Volume IV: the American republics, U.S. Government Printing Office.         [ Links ]

Whitehead, L. (1997). Bolivia, En L. Bethell e I. Roxborough (eds.), Latin America between the Second World War and the Cold War, 1944-1948 (pp. 120-146). Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press.         [ Links ]

Recibido: 30 de septiembre de 2014. Aprobado: 21 de septiembre de 2015.

* Este trabajo fue financiado a través del proyecto Fondecyt 1095219: "Las relaciones de Chile con los países latinoamericanos 1950-1970", dirigido por el profesor Joaquín Fermandois Huerta.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons