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Si Somos Americanos

versión On-line ISSN 0719-0948

Si Somos Americanos vol.19 no.2 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-09482019000200115 

Artículo original

“El centro se puso malo”. Sobre la racialización del centro de Antofagasta

“Downtown’s gone bad”: On the racialization of downtown Antofagasta

Clive Echagüe Alfaro** 

** Universidad Católica del Norte, Chile. Correo electrónico: cechague@ucn.cl

Resumen:

En este artículo se exponen resultados de un estudio basado en el método etnográfico, el cual se centró en analizar las diversas manifestaciones de la “hostilidad nacional” en una calle céntrica de Antofagasta. Según el autor, tales expresiones formarían parte de un proceso de racialización local. Desde el arribo sostenido de personas provenientes de zonas caribeñas y del norte de Sudamérica hacia Antofagasta, y su manifiesta visibilidad en las calles céntricas, se han levantado prácticas contra estos inmigrantes, las que han alimentado discursos que los señalan como elementos nocivos que han vuelto “malo” el centro de la ciudad. Focalizando el análisis en las instituciones del Estado, y desde perspectivas marxistas, antirracistas, y feministas, en el texto se argumenta que el fetiche del inmigrante indeseable se convierte en una utilidad y un artefacto al que recurren sectores políticos y el mismo Estado para justificar su existencia. A través de prácticas como el cercado del centro de Antofagasta, las explicaciones sobre el rechazo a personas inmigrantes, la conservación simbólico-material de la hegemonía nacional y las performances del orden nacional, el centro de Antofagasta y Calle Condell son el escenario cotidiano de un proceso de racialización basado en la fantasía de la inseguridad.

Palabras clave: gobernanza; migraciones; seguridad pública

Abstract:

This article presents the results of a research project based on an ethnographical approach, aimed at analyzing the hostile manifestations towards migrants on a street in downtown Antofagasta, and interprets these as a process of local racialization. Since the on-going arrival of migrants from the Caribbean and countries in the northern part of South America (Dominicans, Colombians, Peruvians, Bolivians,) and their increased visibility on downtown streets, practices and discourses have developed that identify these people as malevolent subjects that have made the downtown area “go bad.” Focusing the analysis on State institutions and engaging Marxist, anti-racist, critical race theory and black feminist perspectives, I posit that the "undesirable immigrant" emerges as a fetish and is converted into a commodity and an artifact exploited by some political sectors and the State itself to justify their existence and reinforce immigration policies. Practices such as the racial fencing of downtown Antofagasta are used to explain the rejection of immigrants as a tabula rasa, the symbolic and material conservation of national hegemony and performances of national order. Antofagasta's downtown area and Condell become the backdrop for a process Street have of racialization based on the fantasy of insecurity.

Keywords: Governance; migration; public safety

Introducción

La inmigración hacia Antofagasta durante la última década fue discutida y documentada en una serie de estudios chilenos e internacionales (OIM, 2018). En algunos de esos reportes destacaron las situaciones relativas a expresiones de racismo y procesos de racialización que operan en la vida cotidiana de habitantes de la Región de Antofagasta (Echeverri, 2016; Pavez, 2017; Stang y Stefoni, 2016). Mientras que, en la ciudad de Antofagasta, una serie de reportes desde la psicología social dieron cuenta de las expresiones de hostilidad hacia personas extranjeras desde hace ya más de una década (Cárdenas, 2007; Cárdenas, Gómez, Méndez y Yáñez, 2011; Cárdenas, Meza, Lagües y Yáñez, 2010; Méndez y Cárdenas, 2012; Silva y Lufín, 2013).

Más recientemente, otra serie de investigaciones señaló los efectos de las expresiones de dicha hostilidad y de la discriminación racial en la salud mental y en el bienestar subjetivo, observados en personas inmigrantes sudamericanas y caribeñas que viven en Antofagasta y el norte de Chile (Urzúa, Delgado-Valencia, Rojas-Ballesteros y Caqueo-Urízar, 2017). Asimismo, se presentaron modelos epistemológicos y de intervención para afrontar el fenómeno del rechazo a inmigrantes y el racismo cotidiano en Antofagasta (Méndez y Rojas, 2015).

En tanto, el rechazo, así como otras formas de exclusión y violencia cotidianas que viven migrantes sudamericanas y caribeñas serían parte del “proceso de racialización que se ha desarrollado en la sociedad antofagastina” (Stang y Stefoni, 2016, p. 45). De esta manera, durante la última década se ha presentado con mayor potencia “la asociación entre la migración [y el] incremento de [la] inseguridad y [la] violencia” (Stang y Stefoni, 2016, p. 45). Además, se ha entendido en el discurso público “la presencia migrante negra como un problema social en Antofagasta” (Echeverri, 2016, p. 99), lo que ha tenido como consecuencia diversas formas de explotación, violencias, exclusión y “discriminaciones” que afectan en forma particular a mujeres trabajadoras migrantes sudamericanas y caribeñas (Silva, Ramírez-Aguilar y Zapata-Sepúlveda, 2018).

Sin embargo, el rechazo no es un fenómeno al que podamos atribuir ni caracterizar como “contemporáneo” en la zona. Trabajos en el ámbito la historia (Galaz-Mandakovic, 2012, 2013; Fernández, 2018) advierten de las tempranas racializaciones y manifestaciones de la etnificación y segregación social observadas a principios del siglo XX en las costas del desierto de Atacama y el Norte Grande, en ciudades como Tocopilla, Iquique o Arica respecto de la inmigración asiática, los afroandinos o de las y los indígenas del desierto de Atacama y el Altiplano. Otros trabajos históricos (González, Lufín y Galeno, 2018) también han aportado a una comprensión de la síntesis pluricultural y pluriétnica de las y los habitantes de Antofagasta, síntesis que se ha comprendido asociada a procesos socioeconómicos de la región.

Si bien en dichos estudios se muestra la minoritaria presencia de inmigrantes colombianos y sudamericanos, como residentes de la provincia de Antofagasta entre 1895 y 1930, no existe evidencia respecto de tensiones interétnicas que involucrasen a dichos residentes en la ciudad del Norte Grande. Sí es posible reconocer la concentración de inmigrantes europeos en las ciudades de las costas del norte de Chile e identificar la temprana formación de Antofagasta como ciudad de destino para las migraciones internacionales (González, Lufín y Galeno, 2018). Del mismo modo, se pueden señalar las tempranas construcciones de jerarquías sociales basadas en la procedencia europea y blanca (Galaz-Mandakovic, 2012), nuevas colonias que fueron conformando grupos de elite y de gran influencia política y económica en la vida local, nacional y a nivel global.

Encuestas recientes realizadas a la población local registran una disminución considerable del rechazo a los inmigrantes en Antofagasta, puntualmente entre los años 2015 y 2018 (Barómetro de Antofagasta, 2018). Asimismo, en otro estudio (Fundación para la Superación de la Pobreza, 2017) si bien se destaca una disminución del rechazo, resulta considerable la discriminación o el rechazo percibido por la comunidad colombiana de parte de la población nacional. En otra encuesta de percepción racial también se observa dicha disminución, pero se destaca la insistencia en entender las migraciones como un problema para el Estado (Instituto Nacional de Derechos Humanos, 2018). Si bien la aceptación y normalización de la presencia inmigrante sudamericana en nuestras ciudades es un hecho, debemos reflexionar sobre los argumentos que insisten en el rechazo, y cómo dichas insistencias guían la acción del Estado y las instituciones chilenas (Echagüe, 2018).

Tanto en el pasado como en el presente, el fenómeno del rechazo a las vidas racializadas en el norte de Chile se ha escenificado entre ideologías y momentos históricos particulares, pero bajo el mismo trasfondo del capitalismo extractivista que aún persiste en la región. Los trabajos de Galaz-Mandakovic (2012, 2013) han mostrado cómo el rechazo a la población asiática, en un trasfondo de influencia de la eugenesia y la ideología de las razas (Ordover, 2003; Simón y Sánchez, 2017), fueron antesala de propuestas de ley y de apasionados discursos de diversos actantes sociales y autoridades, que venían a reforzar cierto sentido de la “autoridad absoluta sobre la comunidad absoluta” (Ory, 2012, p. 216).

En la actualidad, el rechazo a las personas inmigrantes se ha basado en discursos, performances y tecnologías públicas y estatales que perpetúan una asociación entre migración y seguridad. Esto ocurre dentro de un contexto global de miméticas de gobernanzas neoliberales, de cierres de fronteras, crimigración, derechización y ascenso de fascismos (Hiemstra, 2010; Mountz y Hiemstra, 2014; Stumpf, 2006).

A nivel local es posible reconocer cómo el uso de categorías de seguridad importadas produce un sesgo para entender la presencia inmigrante encarnada en prácticas “inciviles”, que causarían supuestamente temor y rechazo en la población local (Echagüe, 2018). El caso de Antofagasta nos permite puntualizar “que los regímenes globales de control de las migraciones presentan dinámicas similares en diversos lugares, pero que estas se encuentran con procesos locales que definen su materialización específica” (Stang y Stefoni, 2016, p. 73).

La relación entre migración e inseguridad es posible reconocerla como parte de la vida cotidiana en Antofagasta desde hace ya más de una década. El 19 de octubre de 2013 se llamó a la primera manifestación “antiinmigrantes” y en el año 2015 se realizaron otras manifestaciones por la “seguridad de Antofagasta”, las que incluyeron, como demandas, cambios en la ley de migraciones para establecer mecanismos más selectivos a través de un perfil explícito del inmigrante deseable (Echeverri, 2016).

Al mismo tiempo, en 2013 se organizó una instancia de apoyo de organizaciones de la sociedad civil y fundaciones, y se creó la “Mesa Intercultural de Antofagasta”, que luego se articuló con otras organizaciones a nivel nacional, conformando desde el año 2017 la Red Nacional de Organizaciones Migrantes y Promigrantes, a la par de la formación de organizaciones de inmigrantes en Antofagasta, procesos en los que han participado tanto chilenos como inmigrantes. De esta manera, se estableció un polo de acción contraria a la posición “antiinmigrante”. Al respecto, existe evidencia histórica local de que tanto la asociatividad entre inmigrantes, como las alianzas, han logrado revertir los efectos de las posiciones políticas antiinmigrantes y racistas (Galaz-Mandakovic, 2013).

Si bien este texto no apunta a desmerecer la riqueza conceptual que ha brindado la psicología social en los estudios al respecto a lo largo de la última década, no se entiende la hostilidad, el rechazo o la exclusión, en definitiva, las expresiones del racismo, como problemas de convivencia o de prejuicios y estereotipos (sin negar que puedan ser parte de ello), sino como discursos, tecnologías y performances puestas en escena localmente, que reproducen y perpetúan la idea de la presencia inmigrante como algo que desestabiliza el orden y que debe ser vigilada y reguladas su circulación y pertenencia.

Siguiendo esta trama racista se discute el concepto del “inmigrante indeseable” y el tema del “miedo” a las y los extranjeros, en un contexto de puestas en escena de discursos soberanos (Iturra, 2018) y gobernanzas neoliberales del nuevo orden global de las migraciones (Hiemstra, 2010) que forman parte de un ejercicio de producción política en el que participan diversos agentes, y a través del cual las y los inmigrantes racializados se convierten, como fetiches, en un objeto/sujeto de gobierno y en un problema de seguridad para la población nacional.

Hostilidad: racismo y racialización como tecnologías políticas en la vida cotidiana

Estudiar los temas relativos al poder, lo nacional, lo étnico e identitario en el norte de Chile supone una serie de precisiones. Dado que el Norte Grande de Chile es un territorio adjudicado al Estado chileno por medio de la guerra y la ocupación violenta, un territorio disputado para la explotación capitalista y el beneficio de sus capitalistas blancos y criollos (Vitale, 2011), por lo mismo, para comprender los sentimientos, ideas, ejercicios y artefactos étnicos, de pertenencia a Chile, se debe tener en consideración varias razones. La primera de estas es que las regiones del Norte Grande son zonas chilenizadas, proceso que ha implicado practicar ejercicios forzosos de reconocimiento racial, étnico y nacional (Correa, 2016). Esto quiere decir que ser y sentirse chilenos en esta zona es parte de un proceso sociohistórico inducido, políticamente producido.

La segunda razón es que a raíz de la chilenización y por tratarse del extremo norte transfronterizo (Tapia, 2017), el Estado chileno ha necesitado constantemente de la demostración de actos de soberanía territorial (Aedo, 2017; Iturra, 2018). Por ejemplo, existen políticas particulares y especiales de Interior e Inteligencia en esta zona, tales como el “Plan Frontera Norte”, más actualmente en todo el Norte el “Plan Frontera Segura”, o en Antofagasta, el “Plan Centro Seguro”. El despliegue policial y militar se densifica e intensifica, dado que lo que se pone en juego en dichas relaciones -en un sentido bourdieuano- es la delimitación del espacio y el territorio, el ethos nacional chileno “civilizado” (Valdebenito, 2017) y la hexis de la policía (Iturra, 2018). Esto podría comprenderse también como performances de lo nacional.

Y la tercera razón apunta a los procesos cotidianos vinculados con la etnificación y racialización en el desarrollo del poblamiento, los medios de producción y la nacionalización del desierto de Atacama, en el seno de la explotación y acumulación capitalista. Tanto la producción espacial de la frontera norte chilena, como los procesos identitarios, emergen como “una construcción prolongada de intereses bélicos, políticos y económicos” (Valdebenito, 2017 p. 47). Es por ello que las tensiones interétnicas y de clase se deben entender como “atravesadas por la geografía de los paisajes producidos por el capitalismo” (Valdebenito, 2017, p. 47), en este caso en pos del desarrollo del nicho capitalista en el desierto de Atacama. Esto último configuraría un escenario contradictorio respecto de lo que Valdebenito señala como la producción “de lo ‘otro’ y lo ‘propio’, de lo ‘desértico’ y lo ‘urbanizado’” (2017, p. 47).

La construcción de lo nacional, y por consiguiente de lo racial, sería por efecto una etnicidad ficticia (Balibar, 1988), una fantasía (Fanon, 1965). Aquello que le daría vida al Estado y haría notar su presencia, serían tanto los procedimientos, discursos y ejercicios de agentes, como las instituciones, aparatos y tecnologías, destinadas a recrear constantemente por medio de performances (Hiemstra, 2014) o héxis (Iturra, 2018) la soberanía nacional. Tanto en Antofagasta, como en el resto del norte de Chile, esa ficción de lo nacional estaría más supeditada a resguardar un territorio de relaciones interétnicas, sexuales, económicas, de clase y de flujos de capitales que a ser correspondida por un profundo sentido de pertenencia chovinista en sus habitantes. Del mismo modo, desde una mirada más fenomenológica del fenómeno del racismo, la realidad con la que se vive y existe desde la raza, no puede reducir aquello solo a aspectos identitarios y fantasiosos. Esa ficción produce en la realidad los efectos que observamos, ya que la raza sería “producida por medio del aprendizaje de prácticas perceptuales” (Alcoff, 1999, p. 17).

Por lo general, se tiende a separar las dimensiones microsociales de las macrosociales, de esa forma los fenómenos psicosociales terminan por defecto en la interpretación identitaria, o bien, se observa un marcado acento en comprender el “problema con la inmigración” como un tema relativo a la convivencia. La posición aquí sostenida es contraria a dicha perspectiva, ya que se intenta localizar las prácticas racistas desde una perspectiva cotidiana.

La comprensión del racismo que se intenta exponer apunta a considerarlo como una tecnología política de selección, jerarquización y regulación de grupos humanos, que abarca también los límites que han sido dispuestos estructuralmente para regular la circulación de dichos grupos (Mbembe, 2016). Desde la perspectiva de Fanon (1965), aún podemos entender el racismo como una jerarquía de superioridad que dibuja el límite entre lo humano y lo no humano, y por tanto entre quienes ejercen derechos y quienes no. Como “lo otro” racializado es infrahumanizado, se niega su condición de ciudadanía o de sujeto civil (Marriott, 2015), lo que contribuye a establecer una constante condicionalidad de la libertad de personas racializadas (Davis, 2016). El racismo, actualmente asociado a la inmigración, podría entenderse como parte del desarrollo del mismo racismo (Wallerstein y Balibar, 1988), lo que Fanon (1965) describiría como “simplemente consecuencia de la evolución de las formas de explotación” (p. 44). También podría comprenderse atendiendo a la institucionalización y el desarrollo de las prácticas y saberes racializantes (Powell, 2008).

Se entiende por racialización, desde la perspectiva de Powell (2008),

el conjunto de prácticas, normas culturales y disposiciones institucionales que reflejan y al mismo tiempo ayudan a crear y mantener resultados racializados en la sociedad. Al ser un conjunto de procesos históricos y culturales, la racialización no adquiere un único significado. En lugar de eso, es un conjunto de condiciones y normas que están constantemente evolucionando e interactuando con los desarrollos sociopolíticos, variando según locación, como también con diferentes periodos en la historia. (pp. 785-786)

Powell (2008) indica que actualmente hay dos formas emergentes (sitios) para las prácticas de racialización. La primera de ellas sería la racialización estructural, definida por los procesos y disposiciones interinstitucionales que contribuyen a mantener consecuencias racializadas, y que aportan a la mantención de sesgos implícitos que impactan nuestro comportamiento y nuestras formas de entender el mundo. La segunda sería la ambivalencia, que afectaría inconscientemente los significados y prácticas racializantes. La mantención tanto de los sesgos como de dichas prácticas, “afectarían la forma en que percibimos, interpretamos y entendemos las acciones de los demás” (Powell, 2008, p. 802).

Comprender dicha afectación resulta útil para interpretar cómo la percepción sobre las personas inmigrantes racializadas, así como el mismo proceso de racialización, constituyen prácticas conscientes de instituciones, artefactos y diversos sujetos y actantes, al mismo tiempo que dichas prácticas delimitan de forma intencionada una versión de la realidad, que puede desafiar, o bien constituir, la realidad. De esta forma, no existiría el cuerpo racializado si no emerge como un objeto de fantasía, violencia y delirio (Marriott, 2015). La fantasía presentada como lo real del racismo referiría a “un esquema combinatorio en el cual se ve que el cuerpo racializado se conforma a tipologías o principios implícitos, narraciones que a menudo están marcadas por fobias o miedos espectaculares y estructuras de perversión” (Marriott, 2015, p. 164).

Davis (2016) señala que la serie de imágenes negativas y criminalizadoras que circulan sobre las vidas racializadas, contribuyen a representar la realidad desde mitologías racistas. En este sentido, el estigma delictual o criminal se entiende dentro de la línea que separa lo civil de lo incivil, lo libre de lo encarcelado. Así, las reproducciones racistas juegan un rol importante en la creación del inmigrante como sujeto peligroso. Por tanto, también. y desde esta perspectiva, podemos pensar en la idea del inmigrante indeseable como un objeto fetichizado, y como una mercancía, un artefacto retórico y discursivo, que se localizaría “físicamente”, presentándosele como real y como amenaza constante. El miedo es también un tipo de gobierno (Davis, 2016) y la “inseguridad” será presentada siempre por quienes objetan una noción de orden y comodidad para producir lo “seguro”.

En este sentido, la participación del Estado en los procesos de racialización ha tenido como consecuencias formas de violencia y manifestaciones como el encarcelamiento, la criminalización, la incesante marca de la sospecha, la deportación y la regulación del tránsito de personas (Davis, 2016; Mountz y Hiemstra, 2014). De esta forma, podemos terminar por comprender los procesos de racialización de los cuerpos como una (inminente) muerte cívica (Davis, 2016). A raíz de este entendimiento interdisciplinario del racismo, se plantea aquí que el racismo no se queda solo en prácticas discursivas (Echeverri, 2016) y de convivencia, sino que forma parte de un sistema complejo, multinivelado y multidimensional, que es posible localizar y reconocer en la cotidianidad de las vidas migrantes que pueblan Antofagasta.

Calle Condell y lo performativo del Estado-nación

Calle Capitán Carlos Condell es una vía urbana que se emplaza como una de las arterias del transporte público del centro de Antofagasta y que comprende también lo que se conoce como “el barrio rojo” de Antofagasta. Cuando la ciudad estuvo bajo la administración boliviana, la calle tenía el nombre de Santa Cruz, en alusión a la ciudad de Bolivia (ver Imagen N° 2) y ya bajo administración chilena pasó a llamarse Capitán Carlos Condell (ver Imagen N° 3), en alusión a la figura presentada por el saber militar del Estado chileno como un héroe nacional. Así, se le define desde relatos nacionalistas como un personaje “perpetuado en la historia por su intrépido actuar al comando de la corbeta Covadonga, cuando el 21 de mayo de 1879 hizo encallar en Punta Gruesa al poderoso blindado peruano Independencia” (González, 2014, p. 28). La calle, entonces, lleva el nombre de uno de los protagonistas del discurso nacionalista.

Fuente: Sebastián Castro Piñones

Imagen N°1 Calle Capitán Carlos Condell desde esquina General Carlos Baquedano 

Fuente: memoriachilena.cl

Imagen N°2 Calle Santa Cruz bajo administración boliviana (1873) 

Fuente: memoriachilena.cl

Imagen N°3 Plano Comercial de Antofagasta (recorte) (1914) 

Si bien el vínculo de Condell y el centro de Antofagasta con el trabajo y el comercio sexual no es nuevo (Salinas y Barrientos, 2011), lo cierto es que el centro de entretención y bohemia (dirigido al público masculino) se concentraba décadas atrás en los sectores norte del centro, apartado del casco histórico del centro de Antofagasta y cercano a sectores industriales, como el sector de la actual calle Bellavista, ahora convertido en un barrio residencial explotado por el negocio inmobiliario. Con el tiempo se produjo el desplazamiento de schoperías, night clubs, cafés con piernas y pubs, orientados al público masculino, locales que se fueron concentrando en el centro de la ciudad. Ese desplazamiento se puede reconocer desde los años noventa del siglo pasado, proceso que se consolidó en la primera década del siglo XXI y que se cruza con la inmigración colombiana, sudamericana y caribeña.

En tanto, durante el tiempo de la dictadura militar de Pinochet (1973-1989) y en parte del período de la vuelta a la democracia, según el relato de extrabajadoras tanto cisgénero como trans, el trato de las instituciones del Estado con ellas era indigno. Por aquellos años, las trabajadoras eran constantemente detenidas y para pagar su liberación debían realizar felatios a los uniformados, junto con recibir amenazas de muerte y otras humillaciones. Asimismo, las trabajadoras sexuales eran fuertemente vigiladas y controladas por los servicios médicos. También hay registros de la violenta relación de las trabajadoras con funcionarios de Carabineros de Chile y Policía de Investigaciones desde hace más de una década en Antofagasta (Silva, 2007).

Al año 2016 y luego de la construcción discursiva del centro como un lugar “inseguro”, el gobierno regional y provincial (que incluye a Calama y Tocopilla) puso en marcha el Plan Centro Seguro como una iniciativa provincial y especial en la Región de Antofagasta, a cargo de la Subsecretaría de Prevención del Delito del Ministerio del Interior. En palabras del exencargado, el plan tenía por objeto realizar fiscalizaciones en centros urbanos, con la particularidad de que esta región se trataba de una zona minera en donde predominaban locales destinados al consumo masculino heterosexual, los que constituirían factores de riesgo en materia de sueldo e incivilidades. La puesta en marcha de este plan apuntaba a fiscalizar el cumplimiento de reglamentos sanitarios, eléctricos y contractuales, este último aspecto dirigido especialmente a personas extranjeras.

Ejecutado en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, el plan era liderado por la Intendencia Regional a nivel local a través de una coordinación regional de seguridad pública y en la que también participaba la Gobernación Provincial, Carabineros, Policía de Investigaciones, Servicio Nacional de Menores, Servicio de Impuestos Internos, entre otras instituciones de la oferta pública en materias de seguridad. Sin embargo, cabría precisar que la presencia policial no se remite exclusivamente a este plan, dado que la presencia de Carabineros es más bien operativa y permanente a partir de la ocurrencia de hechos delictuales de alcance propagandístico.

Como ya se ha comentado, el centro de Antofagasta está marcado por una política de la presencia del Estado, que intenta regular las “incivilidades” y, de dicha manera, entra a gobernar en el terreno de lo afectivo. La incivilidad tendría la característica, como categoría de gobierno, de tratarse de actos o conductas de las personas que causan “temor” en la ciudadanía (Echagüe, 2018). Este marcaje de lo civil y lo incivil parece ser una categoría que vuelve implícito un eje de dominación: la tranquilidad, seguridad y la confianza de las y los ciudadanos convierten y producen un espacio para la gobernabilidad del afecto y el deseo. Por lo tanto, la calle Condell es un escenario donde estos afectos, discursos nacionales, tecnologías y ejercicios/prácticas estatales se pueden entender como una puesta en escena tendiente a demostrar actos de soberanía ligados a prácticas racializantes.

Método

La discusión que se presenta en este trabajo emerge de un proyecto de investigación basado en la mirada etnográfica. El diseño de la aproximación etnográfica se basó en la etnografía multilocal (Marcus, 2001), la cual posee una serie de ventajas en la investigación de los objetos de las migraciones, que comprenden una perspectiva más compleja de las realidades materiales y virtuales que producen el fenómeno (Riveros, 2017). Si bien el estudio no se realizó en diferentes territorios, si se utilizaron diferentes lugares para la observación, los que fueron determinados por posiciones de actantes en dichos espacios. Tras reflexiones emergidas en el trabajo de campo, comenzamos una política de colaboración con Fundación Margen, lo que nos llevó a robustecer el diseño inicial y adoptar más elementos de la etnografía crítica (Foley y Valenzuela, 2012) en el desarrollo de la investigación. Además, el enfoque etnográfico ha sido fuertemente utilizado en la zona norte de Chile para aproximarse a espacios urbanos que guardan relación con el comercio y el trabajo sexualizado nocturno o diurno (Pavez, 2017; Salinas y Barrientos, 2011) y más recientemente con la migración (Echeverri, 2016; Stang y Stefoni, 2016).

El trabajo de campo se concentró en el centro urbano y comercial de Antofagasta, y se focalizó en la calle Capitán Carlos Condell de Antofagasta, entre calle Teniente Ignacio Serrano (hacia el norte) y Teniente Luis Uribe (hacia el sur), además de la Plaza Colón que comprende las intersecciones de calle Washington, San Martín, Arturo Prat y Sucre. Por último, también se sumó a este circuito de observación la calle Sucre, desde Balmaceda (hacia el oeste) hasta José Santos Ossa (hacia el este). El período de observación en la calle duró desde diciembre de 2016 hasta agosto de 2018 y sumó un total de 488 horas. Las visitas se realizaron de jueves a domingo, en horario de entre 20:00 y 5:00 hrs. También se hicieron visitas diurnas. Asimismo, como se trataba de lugares de difícil acceso, el trabajo de campo tuvo tres momentos, los que definieron tres posiciones como observador, entendidas estas como “lugares” de la observación, y que se relacionan con decisiones éticas e intersubjetivas que emergieron a lo largo del proceso de observación. Estos tres momentos fueron:

Primer momento Transeúnte-habitante (diciembre de 2016-julio de 2017): abarcó un período de ocho meses habitando en el centro de la ciudad, realizando observaciones como transeúnte de esta. Dichas observaciones consistían en caminar en diversos horarios y además establecer horarios de rondas nocturnas por la calle mencionada.

Segundo momento Consumidores (abril de 2017-octubre de 2017): este momento incluyó la colaboración de un equipo de investigación, encargado de visitar algunos locales e ir sondeando la intervención policial y las interacciones cotidianas de las trabajadoras de los locales mencionados en calle Condell. La observación se centraba en relatar sus experiencias desde la perspectiva del consumidor en algunos locales.

Tercer momento Colaboración (mayo de 2017-agosto de 2018): al mismo tiempo en que se desarrollaba el segundo momento de la observación, una miembra del equipo tuvo dificultades para poder acceder al interior de algunos locales. Tras una reflexión sobre la sexuación del espacio y las posibilidades de observar, desarrollamos una colaboración con Fundación Margen. Dicha fundación es una de las más antiguas organizaciones nacionales de trabajadoras sexuales y extrabajadoras sexuales, cuya agenda incluye labores de prevención de ITS y VIH con trabajadoras nocturnas, y acciones políticas vinculadas a la promoción de derechos de las trabajadoras, regularización del trabajo sexual y denuncia del acoso y abuso policial que viven cotidianamente esas trabajadoras. En este tercer momento desarrollamos una posición más ética respecto del lugar desde el que se estaba planteando la observación. De esta manera, podíamos participar de la vida cotidiana y la rutina habitual de los locales de Calle Condell sin necesariamente habitar el lugar del consumidor. La colaboración con Fundación Margen consistió en acompañar la rutina de la coordinadora local en la entrega de preservativos y lubricantes a dichas trabajadoras durante algunas tardes y noches, mientras le cooperábamos a la coordinadora en necesidades emergentes de su labor.

Además de la observación participante, se entrevistaron a encargados de la planificación de la intervención estatal nocturna en dicho sector: uno de la Subsecretaría de Prevención del Delito, un teniente coronel de la institución de Carabineros y a actores y actrices claves del ámbito (fundaciones, colectividades de inmigrantes, trabajadoras). También se registraron conversaciones y relatos de 36 trabajadoras.

Adicionalmente, se consideraron otras prácticas en la observación, como escuchar la radio, sondear televisión local y nacional, hojear portadas de periódicos, visitar redes sociales como Facebook, revisar el registro de discursos públicos de autoridades locales, investigar el quehacer cotidiano de las policías y transitar en el transporte público (colectivos y micros habituales en el sector). Asimismo, la herramienta mapas cognitivos fue incluida para representar presencias o localizar prácticas cotidianas. Para el análisis de información, se recurrió a los aportes del análisis crítico del discurso (Fairclough, 2003) y de los estudios de la teoría crítica de la raza (Ladson-Billings y Donnor, 2012).

Toda la información reportada fue consentida anteriormente por las y los participantes por medio oral y carta de consentimiento informado en el caso de las entrevistas en profundidad. El proyecto fue autorizado y cumplió con todos los requerimientos establecidos por el Comité de Ética de la Universidad Católica del Norte

Produciendo inmigrantes “indeseables”

Para argumentar que “el sujeto” que causa temor en la población es el resultado de una producción política, cuya consecuencia es el proceso de racialización (Powell, 2008) antes mencionado, se exponen cuatro interpretaciones sobre las relaciones entre los discursos, artefactos, prácticas y ejercicios de instituciones, organizaciones y medios de comunicación, más interacciones cotidianas. Estas interpretaciones identifican formas de racialización que contribuyen a la mantención de la hostilidad hacia las y los extranjeros. Sin embargo, contribuir a mantener la hostilidad no solo nos remite a pensar al inmigrante indeseable como una fantasía racista, sino también como un artefacto, el cual emerge como una mercancía para las instituciones del Estado y las políticas populistas liberales de derecha y de extrema derecha. Así, el fetiche del “inmigrante indeseable” ayuda a mantener y reforzar el endurecimiento de las fuerzas represivas y, de modo más concreto, distorsiona la percepción de la realidad para el provecho del Estado, gobiernos y otras instituciones. Dicha distorsión en la percepción de la realidad se hallaría en lo que Fanon (1965) describió como el “imago” de las y los sujetos racializados, o lo que Powell (2008) define como la producción y mantención del sesgo racial.

La zona insegura del centro de Antofagasta

Discursos

Visto desde la lógica maniquea del racismo (Fanon, 1965), durante la última década el centro de Antofagasta comenzó a ser entendido bajo un proceso de transformación del espacio, en el que la presencia migrante en el centro de la ciudad dio pie a señalar y delimitar ciertas áreas del centro, o el mismo centro urbano, como “malo”. Actos de habla declarativos como “el centro se puso malo” o “no se puede andar por el centro”, son enunciados performativos que aluden a la presencia inmigrante en el centro de Antofagasta.

De esta forma, se favorece la producción de una taxonomía discursiva del sujeto inmigrante: el inmigrante bueno y el inmigrante malo, quien se puede quedar en el país y aporta, y quienes no vienen a aportar al país sino a delinquir o “alterar” la convivencia. La traducción de la presencia migrante en la ciudad que se hace en los discursos públicos de autoridades, como por ejemplo en el de la alcaldesa de Antofagasta, Karen Rojo (Unión Demócrata Independiente, derecha), o en el de la diputada Paulina Núñez (Renovación Nacional, centroderecha), así como también en los de otros personajes de la política como Waldo Mora (Democracia Cristiana) y en los de otros exintendentes es literal: son “inmigrantes indeseados”, a quienes se los cataloga consecuentemente según categorías de género, clase, sexualidad y origen étnico-racial. Por tanto, la figura del inmigrante indeseado corresponde a un sujeto discursivo y un objeto al mismo tiempo, el cual encarna todos los “hábitos” y costumbres de mujeres y hombres que con sus actividades y presencia malograrían el sector y la ciudad. Este relato sobre la presencia del inmigrante malo lo definimos como la metonimia de discurso racista, base semiótica y estética para la fantasía que se articula a raíz de ella. Por ejemplo, en la Imagen N° 4, esta metonimia del discurso racista basada en una interpretación en la que se entrecruzan imperativos morales de género, nacionales y raciales, construye la semiótica del comportamiento indeseable de, en ese caso, las mujeres inmigrantes.

Fuente: El Diario de Antofagasta (2017)

Imagen N°4 Captura de noticia publicada en medio digital El Diario de Antofagasta 

Tanto un reportaje de El Mercurio de Antofagasta, de su edición del 21 de abril de 2012, titulado “Venta de drogas y prostitución sin ningún control en el Barrio Rojo” (p. 2), como otro del 22 de abril de 2012, que fue portada de esa edición bajo el título: “Barrio Rojo: Vecinos acusan inseguridad y exigen medidas”, constituyen referencias sobre la calle Condell en Antofagasta. Ahí se señala directamente que esta zona es un lugar peligroso. Para el 2016, entre tantas otras publicaciones de El Mercurio al respecto, una crónica sin autor, que fue la portada de la edición del domingo 18 de diciembre de 2016, impactaba con algunos testimonios recogidos: “Comerciantes acusan ‘descarada’ venta de drogas en el centro. Aseguran que el tradicional sector se transformó en tierra de nadie” (p. 8). Una radio local, Romina F.M., tomó este extracto de la crónica y lo difundió diariamente, tanto así que lo repetía como un loop cada tarde entre las 15:00 y las 17:00 hrs. Guardamos registros de la repetición de ese mensaje, que se prolongó hasta mayo de 2018. El mensaje en la radio reproducía literalmente pasajes de la crónica e incluía párrafos como:

El centro de Antofagasta se transformó en tierra de nadie. No importa que cerremos a las 8, 9 o 10 de la noche, el problema es el mismo, porque los traficantes venden descaradamente a cualquier hora. Da lo mismo a qué hora cerremos nuestros locales", confiesa una antigua comerciante de la zona céntrica que a lo largo de los años ha visto cómo operan los delincuentes.

(...). “Como dije da lo mismo a la hora que cerremos porque la actividad de los traficantes parte temprano. Es cosa de fijarse un poquito. Llegan a las esquinas y los semáforos y se quedan un buen rato, ahí uno sabe que están esperando a un cliente. Antes el tráfico era de los chilenos, pero ahora el negocio es en su mayoría de extranjeros”, sostuvo.

Al referirse al "modus operandi" explicó que siempre intentan confundirse entre la gente. “Hace un tiempo entró un tipo a mi negocio, todo normal hasta ahí, porque incluso tenía un uniforme de una empresa repartidora. Después empezó a hacer una transacción con un cliente y tuve que echarlo de acá. Actuaban con total descaro", precisó. “Unos metros más allá se ubica un kiosco. La dueña también sabe al detalle lo que pasa en el centro de Antofagasta cuando empieza a oscurecer.”

El mensaje del locutor se interrumpía al decir la fecha de publicación de la crónica en el periódico. Queda manifiesto que la presencia extranjera se asocia en el texto periodístico tanto al negocio del tráfico de drogas, como a “la noche” (esta como perturbación del ciclo normal del día), y se caracteriza a los inmigrantes como protagonistas en la construcción de un espacio que predispondría al riesgo y el descontrol. Se advierte aquí cómo la racialización del centro de Antofagasta responde a la activación de una serie de mecanismos y dinámicas que incluyen diversas prácticas, fuentes y mensajes que van construyendo narrativas que sostendrían las percepciones negativas sobre la presencia migrante. La potencia de la separación entre el día y la noche también es identificada e interpretada desde ese sesgo por las mismas trabajadoras sexuales, tal como testimonia Candy, una de nuestras informantes: “Al menos en el turno del día, todo bien, porque en la noche está apestado” (entrevista realizada el 8 de junio de 2018).

Artefactos

Desde el 2016 entró en vigencia el Plan Centro Seguro. Como se describió anteriormente, dicho plan representó una oportunidad interesante para conocer la forma en cómo operaba la racialización, en tanto artefacto, ya que en la tarea de mostrar la presencia del gobierno local e instituciones del Estado en las calles del centro, se iba construyendo la figura negativa del inmigrante. La política del Plan Centro Seguro ilustra una política de la presencia (Aedo, 2017) basada en el marketing político, dirigida a un público “ciudadano” común que se sentiría amenazado por la presencia migrante. De esta manera, el cercado espacial concebido por este plan sobre el centro de Antofagasta es producto de la lógica maniquea que también guía la intervención estatal y las acciones de gobierno.

La zonificación delimita un área de inseguridad que justifica la presencia policial en las calles. Esta presencia es más densa e intensa, toda vez que se afecte “la opinión pública”, tal como lo mencionó un teniente coronel de Carabineros en una entrevista el 16 de febrero de 2018. La Imagen N° 5 ilustra por medio de un mapa cognitivo cómo la intervención estatal ocupa el centro. Además de las instituciones que participaban de los operativos del Plan Centro Seguro, grafica la disposición policial y en qué lugares se concentra y aglomera Carabineros y PDI para mostrar mayor presencia. Tales delimitaciones articularían las zonas del ser/no ser, que irán marcando el hecho de pertenecer o no pertenecer a una zona o sector. A partir de la perspectiva de Fanon (1965), interpretamos que la presencia policial y del Estado en el centro de Antofagasta emerge desde dicha oposición, ya que “los conflictos en la zona del no-ser son gestionados por la violencia perpetua y solamente en momentos excepcionales se usan métodos de regulación y emancipación” (Grosfoguel, 2012, p. 96). Dicha ambivalencia y dialéctica entre el marcado de las zonas del “no ser” y las zonas del “ser” se evidencia con el término “incivilidades”, uno de los conceptos que guían la presencia estatal en el centro de Antofagasta (Echagüe, 2018). Como un efecto de dicha oposición maniquea se puede interpretar la disociación que hay entre las conductas y los sujetos, al establecer un confuso mecanismo de identificación de lo mismo. Un teniente de Carabineros identifica esto como “inconductas”:

¿De qué somos enemigos nosotros? Por ejemplo, de la explotación sexual infantil, de la trata de blancas, del tema del tráfico de drogas dentro de los locales, del tema de los abusos respecto de ciertas personas que ejercen funciones de seguridad en estos establecimientos y al final terminan agrediendo a la gente. De esas inconductas que representan las personas somos enemigos, porque atentan contra el marco jurídico y frente a eso nosotros tenemos que reaccionar como la norma lo señala, que en el fondo es poner a disposición de los tribunales a quien corresponda. (Teniente de Carabineros, entrevistado el 16 de febrero de 2018)

Fuente: elaboración propia basada en observaciones de campo

Imagen N°5 Mapa cognitivo de la intervención y presencia policial en el centro de Antofagasta 

Fuente: Gobernación Provincial

Imagen N°6 Registro de Plan Centro Seguro 

Algo que sucede casi sin explicación, ni causas: la tabula rasa del racismo en Antofagasta

Ya habiendo expuesto una interpretación sobre cómo se lleva a cabo este proceso de racialización en una temporalidad, de cómo se instala y marca el espacio por medio de ejercicios discursivos, pero también a través de procedimientos y planificaciones de gobierno entendidos como artefactos, se procede a exponer brevemente cómo se reproduce la tabula rasa, como un ejercicio de las instituciones de Estado para negar el racismo.

En el año 2017, la Subsecretaría de Prevención del Delito del Ministerio del Interior encargó la elaboración de un estudio sobre convivencia y migración en Antofagasta en el marco de una convocatoria pública. Para ello, una ONG elaboró un estudio mixto, cuyos resultados se difundieron durante el 2018. De ese estudio surgió un argumento problemático: el rechazo percibido por las y los colombianos, si bien no se explica necesariamente en el rechazo reportado por las y los chilenos, puede deberse a que se trata de un grupo de migración reciente. Esta explicación reproduce entonces la idea de que siempre un grupo nuevo o reciente despertará rechazo. En la creación de ese relato, de esa explicación, se esconde una “tabula rasa”, que sería la forma cómo opera la racialización por medio de sesgos. De ahí que la producción de imágenes tendiente a mostrar constantemente a las y los inmigrantes racializados/as como un problema, no se podría enunciar como una de las causas para dicho rechazo.

Se produce entonces una ruptura entre lo que el Estado hace, entre las imágenes que este mismo reproduce, como asimismo, los efectos de lo que las leyes y los decretos presidenciales predisponen en las personas inmigrantes. Por tanto, la red de relaciones entre agentes, instituciones, como se ha mostrado hasta el momento, no es entendida localmente como un efecto de lo que el mismo Estado hace. Esto se podría atribuir a los medios de comunicación, pero no a la articulación de diversos agentes e instituciones que utilizan medios para comunicar.

Al respecto, el mismo teniente de Carabineros señaló lo siguiente:

Tengo la sensación de que cuando uno habla de centro y habla de noche, en el fondo discrimina respecto de ciertas nacionalidades de personas, y existe un paradigma social que dice que el negro que llega acá, el colombiano, es delincuente y la mujer colombiana es prostituta. Y eso es lo que la sociedad en el fondo como que hace su apreciación respecto de estas personas sin conocerlas. (Teniente de Carabineros, entrevistado el 16 de febrero de 2018).

En tanto, en otra parte de la entrevista reconoce:

También otro dato es que los hechos en los cuales participa una persona extranjera son más visibles para los medios de comunicación sociales, entonces eso hace que se agudice el estigma de que todos los negros o todas las personas de raza negra son delincuentes. (Teniente de Carabineros, entrevistado el 16 de febrero de 2018).

Si bien la apreciación que hace el teniente reconoce la producción de la asociación entre inmigrantes racializados y delincuencia que circula en la opinión pública, también se debe reparar en el poder de los medios y en cómo estos son utilizados para despertar furias racistas. Para este alto funcionario, el racismo correspondería a una insistencia que descansa en el nivel cognitivo de la población nacional, y no se podría identificar en las propias prácticas policiales.

Esta tabula rasa respecto de las propias prácticas, también se puede identificar en la manera en cómo “aleatoriamente” las fiscalizaciones y controles de identidad serían realizados. Por ejemplo, al encargado del Plan Centro Seguro cuando se le consultó sobre un supuesto perfil racial para las detenciones arbitrarias, este respondió comentando acerca de lo habitual del procedimiento:

Entrevistado: ¿A qué te refieres con perfil racial?

Investigador: Por ejemplo, si es que hay algún tipo de perfil para localizar y decir: “ya, a estas personas las vamos a fiscalizar y a estas no…”

Entrevistado: No, o sea, al lugar donde se fiscalice se les pide el control de identidad; aparte que la ley, sobre todo de la agenda corta, permite el control de identidad preventivo tanto a chilenos como a extranjeros, independiente de la nacionalidad. No es porque te da mala espina… es un control nomás (…) y más si entrái a un local nocturno, le pedí el control de identidad a cualquier persona: “No tienen antecedentes, listo”. Y a los extranjeros que presenten los documentos al día, si no los tiene, no tiene cómo acreditarse; le llevan a policía internacional, ahí para ver si constataron ya su situación, si están regulares, si están irregulares. (Encargado del Plan Seguro, entrevistado el 5 de enero de 2018)

Así, un ejercicio basado en identificar, vigilar y controlar el tránsito o la circulación de personas en un determinado lugar para comprobar un certificado de circulación, no se entiende como una práctica o un ejercicio racista. Está dicho desde el discurso soberano, se ve a sí mismo en el marco de relaciones neutras, igualitarias, justas, en un vacío social e histórico, un vacío de poder sin color, sin sospecha. Fue posible reconocer, observando los controles de identidad aleatorios en el día tanto en plaza Colón como en Sotomayor, además de en diversos puntos del centro, que las y los funcionarios policiales detenían con mayor frecuencia a personas de color, morenas, negras, trigueñas que a personas consideradas de “piel blanca”. Así se constituye el pantone de la sospecha, el cual está completamente atravesado por el color o por marcadores culturales que producen “el color”.

Al respecto, algunos integrantes de la Colectividad de Colombianos Residentes en Antofagasta, trabajadores que no necesariamente laboraban en el centro de la ciudad, compartieron experiencias de detención. Uno de varios relatos es el de un hombre de 37 años, chofer de un taxi-colectivo, quien comentó acerca de los Carabineros: “Están siempre detrás de uno y con un trato grosero”. Asimismo, uno de los representantes de la Colectividad reconocía que la vigilancia y los controles de identidad se habían intensificado el último tiempo y que era más común que sus connacionales pasaran por experiencias de control de identidad que en años anteriores.

Difusiones: un circuito de propaganda y la conservación de una hegemonía nacional

Tanto la invención del “inmigrante malo” como la tabula rasa son partes integrantes del proceso de racialización que afecta a las personas inmigrantes, proceso amparado en prácticas estatales y de gobierno. En este apartado se aborda cómo la propaganda de gobierno, que en definitiva tiene la intención de mostrar la presencia y lo que hace el Estado en la calle, así como otros hechos noticiosos, en un juego de percepción, articulan una red de relaciones de conservación de la hegemonía nacional.

En el Esquema N° 1 se grafican las formas de relaciones que se sistematizan en la difusión de mensajes negativos y de señalamiento de las y los inmigrantes como delincuentes o sujetos inciviles, sujetos a control policial. Se articula de este modo un circuito de relaciones y agentes tendientes a evocar en su resultado, no como una sumatoria, sino como un efecto de dichas relaciones, la disputa de las afecciones racializadas y la percepción sobre la presencia de las personas inmigrantes en Antofagasta.

Desde una lectura de los datos recogidos en esta investigación, el mensaje negativo que relaciona a inmigrantes con algún hecho vinculado al desorden comienza a tener una amplia cobertura en medios de comunicación. Es así como a través de algunas radiodifusoras, redes sociales, canales de televisión, entre otros, se consolidan fuentes de viralización. El viral, el mensaje viralizado, “inocula” imágenes, audios (entrevistas, testimonios, etc.) y mensajes escritos para que, en este caso, lleguen al sujeto nacional y contribuyan a la afectación del sesgo.

Así, si la delincuencia es asociada con la migración, los sujetos nacionales son interpelados por dicha emotividad, a asumir una posición y a entender la presencia migrante como un problema de seguridad. Este afecto marca la experiencia en calle Condell. En efecto, la sensación de seguridad descrita en las primeras visitas como transeúnte, respondían a un ensamble entre la experiencia misma de “ir caminando” e “ir pensando que me puede pasar algo”.

El Estado y el gobierno se muestran en los medios de comunicación regulando, fiscalizando, haciendo que ese espacio peligroso se convierta en un espacio seguro por medio de la vigilancia y la fiscalización. Esa intervención, de cierta manera, petrifica las relaciones interétnicas performando al “inmigrante indeseable” como el elemento desestabilizador del orden. De esa forma la intervención estatal y las prácticas de gobierno pueden convertirse en un medio de propaganda antiinmigrante en sí misma.

Fuente: elaboración propia

Esquema 1 Articulación del circuito de propaganda en la conservación de la hegemonía nacional. 

La intervención de la sociedad organizada, entendida como la participación independiente de las organizaciones migrantes y promigrantes, entra en ese circuito para disputar los significados negativos y para denunciar la generalización y la estigmatización de la población migrante que se hace al propagar dichos mensajes. Dicha disputa se articula a través del uso del discurso de los derechos humanos, como también recurriendo a instrumentos de denuncia contra algunos medios de comunicación, logrando así algún tipo de sanción para estos o, por el contrario, estableciendo formas de trabajo colaborativo con ellos que apunten a revelar estos hechos.

Performances del orden nacional

La conservación de la hegemonía nacional no solo consiste en ejercicios propagandísticos, sino también comprende el “trabajo de la violencia” (Seigel, 2018), que se manifiesta a través de una presencia policial abusiva en el centro (ver Imagen N° 6). Con el cambio de gobierno, los operativos policiales en el centro de Antofagasta comenzaron a intensificarse y densificarse junto con los anuncios en materia migratoria del segundo gobierno de Sebastián Piñera en 2018. Durante el período del plan de regularización extraordinaria, la presencia policial en las calles se intensificó, como también la frecuencia del control de identidad. Este incremento de la actividad policial fue ratificado por la Colectividad de Colombianos Residentes en Antofagasta. Es así como tanto Carabineros como la PDI pasaron a convertirse en la sombra de los inmigrantes racializados, ya sea en el centro como en otros puntos de la ciudad.

Esta presencia policial ha sido rechazada o justificada por parte de las mismas trabajadoras inmigrantes de calle Condell. Al respecto, comparan el trato de las policías, señalando que la PDI es más amable que Carabineros de Chile. Además, reconocen que se ha producido un abuso de poder a propósito de “las nuevas políticas” y que el control ha sido más intenso durante los últimos tres años.

También las trabajadoras comentan que cada local de trabajo mantiene una relación distinta con las policías, la que puede ser amistosa y amable, o bien hostil e inquisidora. Esta lógica maquinea de relación interpersonal que establecen las policías, estaría dada por el nivel de complicidad que habría en la administración del local con los funcionarios, para que algunos de ellos (funcionarios policiales) se conviertan en sujetos de “favores” sexuales o afectivos de las trabajadoras. De lo anterior se puede colegir que la intervención estatal guarda consigo una perspectiva de género que se ancla en prácticas coloniales, sexistas y racistas (Ritchie, 2017). La presencia abusiva de los hombres funcionarios con las trabajadoras se estructura desde una práctica de antigua data de la policía hacia las trabajadoras nocturnas. A su vez, Andrea, una trabajadora afrocolombiana de 27 años, menciona sobre el trato con carabineras: [era] “más duro con nosotras; ellas son más agresivas que ellos”. Una anécdota de una trabajadora sexual venezolana, Claudia, llegada hacía pocas semanas a Chile, ejemplifica dicha costumbre:

Entonces el policía llegó y me dice: “Vamos a un lado más oscuro”. Me lleva al segundo piso y me dice que lo acompañe a la parte más oscura del piso. Yo estaba asustada pero seguí (…) me dice que le dé un beso, y yo le dije que no, que no le iba a dar un beso porque no me provocaba (…) él siguió insistiendo y ahí ya le dije: “Bueno, pero si quiere eso, ¡que pague! Eso sale platita, mi amor”, le dije, y se puso a reír. Luego él les contó a todos y me decían que era loca, que cómo le iba a decir eso. (Claudia, 41 años, trabajadora sexual venezolana, entrevistada el 28 de abril de 2018)

Otros relatos dan cuenta de este trato discriminatorio hacia la comunidad migrante que se inscribe bajo el “pantone de la sospecha”, como antes se mencionó: “Siempre vienen a este local y van directo a las colombianas, a los negros, colombianos, que se vean que son extranjeros”. (Mitzie, trabajadora sexual de 30 años, entrevistada el 7 de abril de 2018). O como lo mencionó Candy respecto a la situación en su local:

Carabineros, PDI, Impuestos Internos, todos encima de mi local. La nueva ley está bastante jodida. Y los muy desgraciados me dijeron: “Escucha, te dejo pasar esta porque me caes bien, me debes una”. Y el desgraciado pretende que (una trabajadora) le pague el regalito, ¿te parece justo?, ¿cómo no enojarme? (Candy, entrevistada el 8 de junio de 2018)

Si el Estado considera que “la trata de personas” se haya en ese tipo de locales, sería atingente cuestionarnos finalmente ¿quién se convierte en el cliente que no paga? Entonces, ¿quién pone los límites de lo civil?

A modo de conclusión: “inmigrante indeseable” como un artefacto-utilidad para y del Estado, las derechas y las políticas conservadoras

A lo largo de este artículo se han interpretado los discursos, artefactos y performances utilizados por agentes de instituciones, como también por otras instituciones e interacciones sociales como una incesante racialización de las personas inmigrantes a partir del uso que hacen dichas instituciones, a la figura del “inmigrante indeseable”. El relato no es muy distinto al que refieren otras y otros investigadores sobre las interacciones que mantienen las personas inmigrantes en su vida cotidiana con el mundo “nacional” y las policías en el norte de Chile. Sin embargo, considerando el desarrollo de la situación de la actual gobernabilidad de las migraciones y el mercado que ello ha abierto a nivel mundial (Sørensen, 2018) tengo que destacar, que la mantención en el tiempo y en el espacio del fetiche “inmigrante indeseable”, no solo responde a una dinámica de prejuicios, sino que también tiene utilidad económica, social. Es una forma de gobernabilidad neoliberal (Hiemstra, 2010).

Saliendo de los verdaderos cuerpos de las vidas migrantes sudamericanas y caribeñas en Antofagasta, el imago del inmigrante indeseable emerge como recurso retórico, algo a lo cual recurrir para vitalizar y reforzar el gobierno de lo nacional. De esa manera, inmigrante indeseable, como también las vulnerabilidades que la inmigrante despierta (por ejemplo, en la intervención nocturna, con la trata de personas o la guerra contra el tráfico), son potentes recursos discursivos que al mismo tiempo se convierten en artefactos con una utilidad definida. Estos se vuelven parte de un proceso productivo racializante que impacta en el modo en cómo percibimos la realidad.

Con un nivel preocupante de aprobación, una parte de la población celebra la expulsión de personas foráneas y el endurecimiento de las políticas migratorias. Frente al ascenso del fascismo y la propaganda antiinmigrante en el mundo, la necesidad de sumar personas al llamado antirracista es siempre urgente. Para atender este llamado se hace necesario cambiar nuestros paradigmas y sentires sobre la seguridad, lo civil y el delito (Davis, 2016). No es mi intención negar la ocurrencia de delitos o faltas, sin embargo, es preciso hacer un cuestionamiento profundo a las formas en cómo percibimos lo criminal o sospechoso en los cuerpos racializados. Crear otras formas de la seguridad que incluyan los derechos para las trabajadoras sexuales, la libertad de mujeres sudamericanas para acceder a formas más efectivas de movilidad social y reconocer el derecho a migrar, es parte del llamado.

La mayor limitación de este estudio es el excesivo localismo, cuestión que puede dificultar reconocer la relación entre lo global y lo local. A estas alturas, el problema del “inmigrante indeseable” es un fenómeno translocal. Futuros estudios podrían orientarse a reconocer e identificar los vínculos e importaciones de categorías de seguridad, como también de prácticas que involucran la racialización, ya que como se comentó anteriormente, la mimética del gobierno de las fronteras y la migración se basan en categorías de saberes policiales-sociológicos no necesariamente locales, pero que sí tienen un impacto local considerable.

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* El presente trabajo es resultado del proyecto “Analizando la hostilidad nacional en el centro de Antofagasta” de IMI-UCN, financiado por BHP-Billiton (2016-2018) y patrocinado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (2018), Chile. Versiones preliminares fueron presentadas como ponencia en el Seminario Internacional “Migraciones y criminalización en América Latina” (2018), UNAP-CLACSO Iquique; en la Segunda Conferencia Nacional Migrante (2018), Antofagasta, Chile: y en el IX Seminario de Migración UCN (2018), Antofagasta, Chile.

Recibido: 05 de Enero de 2019; Aprobado: 05 de Septiembre de 2019

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Licenciado en Psicología y magíster en Psicología Social, Universidad Católica del Norte. Coordinador de la Unidad de Atención a Inmigrantes del Centro de Intervención y Asesoría Psicosocial de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica del Norte. Correo electrónico: cechague@ucn.c

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