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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.38 Santiago jun. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432013000100007 

 

RESEÑAS

 

Marianne González Le Saux

De empresarios a empleados. Clase media y Estado docente en Chile, 1810-1920 Santiago. LOM Ediciones, 2011, 392 páginas. ISBN: 978-956-0002-808

 

La clase media es un sector que no ha recibido la atención suficiente por parte de la historiografía nacional, porque ésta ha centrado casi siempre su mirada en los conflictos y en las relaciones de los sectores altos y bajos de la sociedad chilena. De hecho, a la hora de mencionar al estrato medio, se ha afirmado que se originó gracias al surgimiento del Estado docente decimonónico, el que permitió su aparición, su consolidación y su expansión durante las primeras décadas del siglo XX, y ha cuestionado los posibles orígenes anteriores que pudo haber tenido este grupo.

Es por esto que el presente libro de Marianne González es de gran importancia, porque busca replantear estas clásicas ideas y proponer otras, con el objeto de comprender de una nueva manera las raíces y a la composición de la clase media de Chile. A lo largo de su investigación, la autora estudia los orígenes y la evolución que tuvieron una serie de grupos que conformaron posteriormente a este sector social, desde el año 1810 hasta 1920, para lo cual utiliza como principal herramienta conceptual la teoría sociológica de Pierre Bourdieu, con la idea de analizarlos de acuerdo a sus propiedades, sus ingresos, sus vínculos sociales, sus capitales tanto culturales como simbólicos, entre otros. A su vez, y con la idea de mostrar la transformación que este sector tuvo, expone los cambios que vivió con la llegada del Estado docente.

En el primer capítulo del texto, la autora se remite al estrato social medio de Chile que surgió a fines del siglo XIX, el que emergió a través de la mesocracia y de los profesionales de bajos recursos, los cuales lograron consolidarse gracias a los recursos otorgados por el salitre a partir de 1880 y también por el rol docente que adquirió el Estado. Además, recalca que estos se originaron a partir de la lógica de la movilidad ascendente o descendente, ya que provinieron de la clase alta venida a menos y de los miembros de las "clases bajas" con mayor acceso a las oportunidades ofrecidas, tales como los inmigrantes, las capas superiores del mundo obrero, los artesanos, los campesinos, los burócratas de medio pelo, entre muchos otros.

Lo interesante de este apartado tiene que ver con que González sugiere la hipótesis de que esta "clase media" se pudo construir con anterioridad, sin necesitar de la educación como una herramienta primordial para ascender socialmente. Es por esta razón que se propone recorrer el siglo XIX a través de las ideas de Bourdieu, para así mostrar la movilidad que tuvieron los grupos del sector medio, y las maneras en que se relacionaron y situaron dentro del espacio social.

El primer grupo que analiza, en el segundo capítulo del libro, corresponde al del artesanado. Destaca que desde la época colonial, hasta el año 1840, este grupo tuvo un crecimiento económico y un aumento de oficios a realizarse en lugares como los talleres, las industrias, o en sus mismas casas, auge que se vio frenado por la competencia que representó el Estado, lo que finalmente los proletarizó. También señala que dentro del mundo de los artesanos existían múltiples diferencias, sobre todo en la propiedad de los medios de producción, entre los patrones, maestros y aprendices, en el capital, en la renta, y en el espacio que cada uno ocupaba, siendo este un enfoque que utiliza aquí y en todos los capítulos.

Para complementar esta información, Marianne González resalta que hubo un sector del artesanado que tuvo acceso a otras herramientas de ascensión social, las que estaban íntimamente relacionadas con las medidas moralizadoras que se impulsaron, como el orden, el aseo, la lectura y el teatro, junto a los beneficios que ofrecieron organizaciones como la Sociedad de la Igualdad o la Sociedad de Unión de Artesanos, las que junto con ofrecer regalías como educación o protección social, fomentaron la futura participación política del sector. Todo esto provocó acentuar la brecha entre los artesanos, ya que las disimilitudes que adquirieron separaron a los "dignos" de los "indignos", situando a los primeros en una nueva categoría y estrato social, tal como ocurrió con el caso de Luis Emilio Recabarren, aunque la mayor parte de este grupo no logró alcanzar este rango, y se mantuvo como un sector pobre, debido en buena parte al desprecio generalizado por la actividad manual.

En el tercer apartado, la autora estudia a los comerciantes, sector que estaba conformado por los trabajadores de las casas, de las sociedades anónimas, los miembros del comercio detallista, los ambulantes, los dueños y empleados de pulperías, los bodegoneros, los particulares, entre muchos otros. Al igual que en la sección anterior, destaca que entre ellos había notorias diferencias, pero gracias a la ventas muchos de estos tuvieron acceso a las pautas económicas de la elite, al utilizar por ejemplo medios como el pagaré, y a su vez tuvieron acceso a la cultura debido a la venta de productos importados. Luego de esto, señala que un sector de los comerciantes logró ascender socialmente de manera exitosa al igual que los artesanos, y pasó a formar parte de la clase media urbana, aunque tuvieron que lidiar con los monopolios de los grandes mercaderes y con las medidas propias del liberalismo económico.

Más adelante, en el cuarto capítulo de este texto estudia a los empresarios mineros, de los cuales resalta la gran diferenciación social que hubo al interior del grupo, la que estaba determinada por las funciones que cada trabajador cumplía dentro y fuera de la mina. Es por esto que, a partir de sus labores, distingue a una serie de funcionarios, tales como los cateadores, los empresarios, los capataces, los apires, los barreteros, los prestamistas, los mayordomos y los pirquineros.

Junto con mostrar las posibilidades con las que este grupo contaba para escalar socialmente, las que tenían que ver con su acceso a los créditos o al endeudamiento, recalca que en el mundo minero los trabajadores corrían distintos destinos, porque mientras algunos disfrutaban de los beneficios del mundo bancario, o de la fortuna de encontrar una veta, otros sufrieron la adversidad del trabajo duro y de la miseria, los cuales recibían un salario que no les permitía acceder a las mismas oportunidades. Aún así, González resalta que diversos trabajadores de la mina, especialmente los que se desempeñaban en labores administrativas, lograron desplazarse dentro de la sociedad, pero muchos vivieron el estancamiento por el constante desprecio hacia la actividad manual, y por lo poco valorado que era este trabajo.

Ya en la quinta sección del texto, la autora se enfoca en lo ocurrido con los propietarios rurales, mencionando que estos vivían en un mundo rígido y con enormes brechas internas, al comparar la realidad de los latifundios y los minifundios. Para estudiar a este grupo destaca aspectos como el analfabetismo que afectaba al campesinado, y el control de votos que los propietarios ejercían sobre este grupo, el cual no logró acceder a los beneficios de la modernidad por no contar muchas veces con una casa ni con recursos propios, pero aun así menciona que los empleados que trabajaban en las administraciones de estas tierras fueron los que lograron distanciarse de los campesinos, con lo que se gestó una incipiente clase media rural. Posteriormente, señala que el auge del trigo y el liberalismo económico provocaron que muchos propietarios vendiesen sus propiedades, lo que al final los destinó al mundo proletario.

En la última parte de esta investigación, Marianne González hace referencia directa al Estado docente y a su relación con la clase media entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, resaltando que los beneficiados de manera directa por esto fueron los empleados públicos. Junto con exponer la evolución que tuvieron las leyes destinadas a ampliar y mejorar la educación pública, desde las del siglo XIX hasta la Ley de Enseñanza Primaria obligatoria (LEPO) de 1920, señala que en un principio a muchos niños les era muy difícil continuar sus estudios en niveles secundarios o superiores, a causa de la falta de recursos y por el flagelo del trabajo infantil, lo que se traducía en una permanente inasistencia a clases.

En conjunto con esto, destaca especialmente que la educación fue, para el Estado, una herramienta que le permitía a los desposeídos más capacitados subir posiciones en la sociedad y generar un mejor futuro para sus hijos, por lo que menciona la creación de la Escuela Normal de Preceptores en 1842, la de Preceptoras en 1853, el Instituto Pedagógico en 1889 y las posteriores reformas a los liceos, con el propósito de formar y contar con maestros del pueblo para el pueblo. Todas estas medidas beneficiaron de manera directa a muchos niños y niñas, siendo el caso de Gabriela Mistral un ejemplo utilizado por la autora para demostrar esto.

Al mismo tiempo, expone que ante el abandono que se podía generar en los sectores productivos, a causa del desprecio permanente hacia las actividades manuales sin conocimiento previo, se hizo necesario potenciar la educación técnica para el mundo agrícola y minera, y crear institutos para el comercio, una idea que permitió la creación de la Escuela de Artes y Oficios (EAO) en 1849, lugar que se transformó y se consolidó con el paso de los años en una plataforma de ascensión social para muchos alumnos de clases bajas. A su vez, expone la idea de que el Estado docente sirvió para que las personas más capacitadas de los sectores bajos, a través del academicismo y la meritocracia, lograsen formar parte y darle vida a la clase media chilena del siglo XX, aun cuando este siguió siendo excluyente para la mayoría de las personas de escasos recursos, y para otros que no optaron por la vía estatal para abandonar la pobreza, mejorar su calidad de vida y sentirse parte de otra clase social.

La investigación que Marianne González nos presenta tiene el gran mérito de entregar evidencias más que suficientes para replantear lo que comúnmente definimos y entendemos por "clase media", y también consigue, gracias al aparataje conceptual de Bourdieu y las fuentes utilizadas, proponer nuevas elementos conceptuales para su comprensión y su estudio. A pesar de que la autora no define a este sector de la sociedad, y en más de alguna oportunidad no logra aterrizar su estudio para obtener conclusiones concretas sobre el tema, el acucioso análisis descriptivo que realiza sobre los grupos integrantes de la "clase media" hacen que éste se torne complejo y muy profundo. Más aún, su investigación le permite proponer con bases sólidas que muchas personas que formaron parte de la clase baja durante el Chile decimonónico siguieron un impulso personal para acceder a una mejor posición en la sociedad, incluso dentro de sus actividades y sin la presencia activa del Estado, lo que se transforma, por un lado, en una idea que se complementa de manera perfecta con el clásico mito de la responsabilidad que tuvo el Estado docente en esta tarea, y por otro en un desafío metodológico que debe considerarse en los estudios que se realizarán a futuro.

Para concluir, De empresarios a empleados: clase media y Estado docente en Chile 1810-1920 es una obra que contribuye de gran manera a llenar los baches historiográficos que existen en nuestro país en relación con este tema. Es de esperar que los investigadores sigan a través de la senda que exitosamente ha trazado esta autora en el presente libro, el que será para ellos un interesante y obligado material de consulta al momento de llevar a cabo sus estudios.

Jorge Gaete Lagos
Magíster (c) en Historia Universidad Nacional Andrés Bello

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