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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.38 Santiago jun. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432013000100011 

 

RESEÑAS

 

Marco Chandía

La Cuadra, pasión, vino y se fue...Cultura popular, habitary memoria histórica en el Barrio Puerto de Valparaíso. RIL Editores, Valparaíso, 2013. 218 págs. ISBN 978-956-284-9647

 

Libros sobre Valparaíso como el que reseñamos son escasos. O quizá no, pero desaparecen al poco tiempo que se editan. Pues se trata en primer lugar de un esfuerzo analítico por descifrar la vida de lo que fuera un núcleo urbano de la ciudad-puerto entre 1950 y 1973. Es ante todo un ejercicio intelectual que trata de iluminar las dinámicas de un barrio, o lo que queda de él, desde lo que se ha dado en llamar, en el campo de las ciencias humanas -y particularmente en los Estudios Culturales- "cultura popular" y "memoria histórica", para lo cual el autor ha debido primero despejar el campo de otros discursos más fuertes. Pues sabemos que -acerca de Valparaíso- domina una industria del libro que edita, reedita y reimprime otros textos que se inscriben en el registro meramente nostálgico, pintoresco, y patrimonial (dirigido en primer lugar al turista, figura privilegiada del consumidor cultural). He aquí el gran atributo de este libro.

Pero como todo lector, descubro en él planteamientos con los que comulgo y otros con los que no tanto. Pero ante todo me identifico plenamente con una sensibilidad, con la intuición que ha movilizado el esfuerzo intelectual de Marco Chandía. Al comienzo de su trabajo advierte: ir al Barrio Puerto "es un viaje al pasado. Hay algo que se resiste a desaparecer. Pero no por eso fácil de precisar. Es parecido a cuando recorremos ciertos lugares (ferias, mercados, calles) del sur de Chile. Porque ir hacia allá, hacia el sur, es como estar yendo también hacia atrás, hacia el pasado" (p. 12). Me parece que muchos habremos experimentado esto mismo, aunque ante lugares y estímulos distintos. Pero incluso los mismos referentes, los mismos objetos, pueden tener significados distintos: un edificio en ruinas puede ser solo eso (un bastidor sobre el que el tiempo nos recuerda su paso implacable), pero también la huella de lo que falta... del sindicato que ya no está ahí (ni en ningún lugar en el Chile actual). Y esto hace la diferencia de lo que cada cual hace con la misma intuición (la de que al entrar al barrio "entramos al pasado"). Pero esta diferencia no depende tan solo de la cercanía o "ajenidad" con ese mundo, de la información acerca de lo que hubo "para ponderar lo que falta" (usando la fórmula de Michel de Certeau), sino también de otro modo de localizarse en el presente (digamos "sociopolíticamente"). Porque hay quien teniendo perfecta conciencia de lo que hubo no lo echa de menos para nada: es improbable que los patrones sientan la falta del sindicato. Por esto hay que también recordar a quienes hace ya tiempo trataron de desenmarañar las trampas escondidas en los modos de relacionarnos con el pasado: tal como lo mostró Maurice Halbwachs en los años veinte, la memoria siempre se da en unos cuadros sociales, en una dimensión de clase. Bajo este planteamiento vale la pena que cada cual se pregunte de qué manera entra al Barrio Puerto, de qué modo entonces se relaciona con el pasado. (No vaya a ocurrir que nos sorprendamos entrando como turistas o "recordando" como patrones. No vaya a ocurrir que descubramos de pronto que hemos devenido extranjeros en nuestra propia ciudad o que vamos por la vida con la misma indolencia del patrón mientras pensábamos que éramos de izquierda. No vaya a ocurrir que no somos lo que creemos que somos. Asumir la tesis de que la identidad es siempre una construcción -fictio- no nos obliga a abdicar del concepto de ideología. Y quizá no haya terreno más fértil para ésta que la memoria histórica).

De modo que "ese no se qué" con que el autor designa el resto de pasado que permanece hoy en el Barrio Puerto no solo es difícil de precisar porque las huellas se nos aparezcan borrosas, sino porque aunque éstas fueran nítidas remiten a realidades distintas al antiguo portuario y al turista. Porque para interpretar una huella primero hay que tener la necesidad de hacerlo. Para utilizar la imagen de Carlo Ginzburg, el cazador logra hilar bien las huellas y llega a la presa. Porque si no llega se le va la vida. Pero ¿qué podrá hacer con esas mismas huellas quien no tiene hambre, quien tiene la vida asegurada y viene de paso? Benjamin lo planteó de otro modo: el verdadero conocimiento histórico es aquella imagen del pasado que nos asalta en un instante de peligro. Y antes Nietzsche: "necesitamos la historia. Pero la necesitamos no como el malcriado haragán que se pasea por el jardín del saber ".

Así entendido, "ese no sé qué" es tan indeterminado como la cantidad y tipos de sujetos que evocan, tratan de explicarse o son asaltados por una imagen del pasado. Pero no se crea que estamos ante el postulado de un absoluto relativismo del pasado. Primero porque las huellas constituyen un material objetivo con el que componemos el pasado. La huella "está allí" (desde luego siempre se las puede falsificar, pero podemos primero someterla a crítica, o finalmente descartarla al no encajar con el sentido que nos indican todas las otras huellas puestas en relación). Y, segundo, porque sí es cierto que hay zonas del planeta, o de un país, en que nos es más fácil "entrar al pasado". Aquí sigo al autor: el Barrio Puerto es una zona de este tipo. Esto último sonará bastante esotérico, por lo que, más que explicar, pasaré a ilustrarlo.

El arqueólogo chileno Lautaro Núñez, en el documental Nostalgia de la Luz (Patricio Guzmán, 2010), explica que el desierto de Atacama es una auténtica "puerta hacia el pasado": para el arqueólogo, la sequedad conserva los cuerpos momificados que revelan la realidad y verdad de sus muertes. También conserva los alimentos, cultivos y utensilios de un grupo humano y nos revela dinámicas de hace diez mil años. Para el astrónomo, la misma sequedad del ambiente, más la ausencia de contaminación lumínica, le hacen accesible la observación de fenómenos que ocurrieron hace millones de años, que observa hoy por la demora del viaje de la luz. Arqueólogo, astrónomo y familiares de detenidos desaparecidos no se encuentran en una misma zona por mera casualidad, sino porque allí se les da el material con el que responder a las preguntas que los movilizan: el pasado.

En este punto la pregunta es entonces ¿qué es lo que hace al Barrio Puerto de Valparaíso un lugar de similar cualidad? Claramente no se trata del clima. Y descartemos el malentendido más probable: aquí la gestión patrimonial no hecho nada por conservar las huellas del pasado. No lo ha hecho porque por definición no lo puede hacer. Allí donde interviene la gestión patrimonial se ejerce una sistemática violación del pasado: los edificios son vaciados y disfrazados. Las personas (y sus relatos) son expulsadas como consecuencia de la especulación inmobiliaria y la llamada "rehabilitación patrimonial". La gestión patrimonial transforma los lugares en "no-lugares".

Según Chandía, ese acceso al pasado está posibilitado por la persistencia de una cultura popular del barrio, "esto es, un modo de ver y sentir el mundo con cierto apego a las tradiciones pero en una tensión permanente frente al pasado arcaizante como al influjo moderno" (p. 20). Se trataría de la continuidad de un modo de ser que se resiste a desaparecer: "Por de pronto, pienso que la fiesta, la comida y la bebida, son los elementos sobre los cuales se constituye esta cultura popular, cuyo espacio simbólico-representativo por excelencia es la taberna o el bar" (p. 20).

Pero para quien se haya internado, desprovisto de filtros románticos, en la hoy ciudad-patrimonio, la tesis de Chandía es difícil de aceptar. Y no por no adscribir a las herramientas analíticas de los Estudios Culturales, sino por mera falta de evidencia. En cambio sostengo que lo que ha hecho del Barrio Puerto, todavía, una zona de acceso privilegiado al pasado es su miseria. Una miseria tan arraigada que no ha habido "plan maestro" que logre "higenizar" el barrio. Por lo tanto, el barrio repele naturalmente a turistas, mirones y posibles inversionistas. (Quien se atreva con el barrio tendrá que bancarse las ruinas, la basura y la podredumbre, pero sobre todo lo que Zygmunt Baumanha ha denominado "humanos residuales", para el caso: lanzas, mendigos, prostitutas sin clientela, etc.).

Pero sostengo que habría un segundo motivo, otra vez en apariencia "metafísico": el barrio está plagado de fantasmas, de ánimas que penan. Porque las almas penan cuando se les adeuda algo, cuando quedó algo pendiente, irresuelto. Son almas sin paz. Y es que en Valparaíso hay muchas deudas impagas, los fantasmas lloran lo fastuoso que fue y lo miserable que se es. Aquí, como ha dicho el mismo Patricio Guzmán en otra de sus obras, "el pasado no pasa". Los viejos del barrio (esos portadores de la "memoria histórica" que rescata Chandía) son ánimas en pena. Viudos perpetuos. Porque quizá no haya otra ciudad del país en donde de pronto los pobres, de no tener nada tuvieron tanto, para luego nuevamente no tener nada.

Esa -tan invocada- bohemia porteña de los 50 y 60: "del incendio más colosal no queda más verdad que la ceniza", escribió Juan José Saer en El Entenado.

Pero lo que para mí es mera miseria, fantasmas y cenizas, para Marco Chandía son las señas de existencia de una cultura popular. Así sostiene:

"...la elite -o los estudiosos oficiales de la cuestión cultural- no conforme con negar la existencia de una cultura popular, rechaza además -y al mismo tiempo- al sujeto popular. Razón por la cual no sólo me queda la desafiante y no menos delicada tarea de demostrar la presencia de dicha cultura, sino también (más aún hoy, cuando el concepto de identidad parece diluirse) de dar, primero, con este sujeto y luego a dotarlo de significado; conferir en él su propia identidad" (p. 20).

"Los sujetos que se mantienen en estos espacios de apego humano, en los bares, no sólo conjuran o conspiran contra el sistema, sino también, y principalmente, construyen su vida ahí, en esas condiciones de sedición. Es un lugar de pronunciamiento a favor de una y en contra de otra vida. En este sentido, la conspiración, quedaría materializada en la figura de la taberna" (p. 91).

"no es una sociedad que se margina del proceso modernizador, antes al contrario, admite los influjos pero los resignifica. Les da otro valor con el que arma una cosmovisión otra, contra hegemónica, subversiva pero sobre todo propositiva, capaz de ofrecer formas de vida más humanizadoras" (p. 154).

"Es una cultura popular, la nuestra que no puede existir si no es dentro de un dinamismo incesante porque en ese estar siendo extrae el sentido vital de su existencia: la propuesta vital que le permite estar vigente y no perecer. Es, en fin, una, sino la única, alternativa cierta frente a la explosión del capital y sus deshumanizadoras consecuencias". [las cursivas son mías] (p. 20).

Hasta aquí las citas de Chandía. Extensas porque no he querido correr el riesgo de tergiversar nada. Pero me parece que, a este respecto, en su perspectiva hay mucho y finalmente muy poco. (Aquí definitivamente no sigo al autor).

Mucho, porque la miseria en que se ha sumido el barrio no permite la supervivencia de esa cultura popular. Cualquier trabajo de campo podrá constatarlo: es tal en nivel de precariedad que ni siquiera se puede hablar de relaciones sociales estables. Otro tanto lo hace el que hoy todo trabaja para que la cultura popular devenga en cultura de masas: ni tampoco veo que en el Chile de hoy las cosas vayan muy bien para ella. Como lo han señalado Armand y Michèle Mattelart; "En la estela de la racionalidad publicitaria, se imponen nuevos conformismos que desarman al espíritu crítico y socavan las voluntades de comprender lo que ocurre. La cultura obrera, la memoria popular, ya no están convidadas al nuevo espacio público en que se convierte el espacio publicitario"1.

Y muy poco, porque situar la única alternativa cierta frente a la explosión del capital y sus deshumanizadoras consecuencias en esos reductos donde se daría la cultura popular es optar (o conformarse) por una "política" de mínimos. Pero también porque es injusto: implica aceptar que generaciones fueron sacrificadas en vano: el movimiento obrero, el Frente Popular y la Unidad Popular, ¿todos se equivocaron? Poseídos por el metarrelato de la Historia (con mayúsculas), o por las mistificaciones políticas de la Segunda y Tercera Internacional Comunista, ¿no repararon en que tenían todo a lo que podían aspirar en el bar, en el prostíbulo, en el club de fútbol, en el centro de madres? No caricaturizo. Sino que es esto lo que creo entiende cualquier lector de lo arriba planteado. Claro que no es justo achacarle todo esto al autor. Este no hace sino que adherir a perspectivas teóricas que han difundido prestigiosos exponentes de las ciencias humanas, propaladas a su vez por prestigiosos centros académicos (en realidad, esto es lo grave). Lo dejo planteado.

Pablo Aravena Núñez
Instituto de Historia y Ciencias Sociales. Universidad de Valparaíso
Escuela de Educación. Universidad Viña del Mar

 

1 Pensar sobre los medios. Comunicación y crítica social, LOM, 2000, p. 177.

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