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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.40 Santiago jun. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432014000100009 

RESEÑAS

 

Germán Alburquerque F.
La trinchera letrada. Intelectuales latinoamericanos y Guerra Fría. Ariadna, Santiago de Chile, 2011, 329 págs. ISBN 978-956-8416-25-6

 

En cuatro partes, trece capítulos y 202 páginas propiamente de texto, incluyendo una introducción (algo larga pero necesaria), Alburquerque intenta historiar medio siglo de Guerra Fría en el ámbito (la trinchera como la llama) cultural latinoamericano, a través de las posturas y compromisos asumidos tanto por algunos de sus mayores creadores e intelectuales nativos, cuanto por las instituciones oficiosas que intervinieron en esa contienda titánica. Hay que decir que lo hace bien. Con una escritura sobria que aligera la presencia del autor, ejerce éste una sabia distancia de torero que, sin caer en la neutralidad de juicio (Alburquerque no es neutral), le permite soslayar la prosa militante y los juicios excesivamente contingentes en el tratamiento de los actores y los campos enfrentados –ingredientes proclives por su naturaleza a incitar la politización del lenguaje autoral. La obra termina, pues, siendo una sólida y equilibrada –si bien no ecuánime– incursión historiográfica en un tema tan carburante. El fusible conceptual del proyecto reconstructivo de Alburquerque es el poder, particularmente en su relación con el que detentan el Estado y las ideologías políticas valoradas. El libro gira en torno a la convicción de que "los intelectuales poseen un poder intrínseco inajenable" (pág. 8) que difícilmente se resisten a no ejercer si la coyuntura y el clima de ideas es propicio. La definición que intenta de esta categoría, con todo, es algo confusa e imprecisa (id., nota 3). De pronto asume dimensiones weberianas cuando en realidad lo que más bien pretende es tratar del poder en sus posibilidades persuasivas. Este último rasgono aparece enunciado en la definición que entrega, aunque está implícito que de éste está hablando Alburquerque. Salvado este traspié preliminar, el análisis se hace sistemático, cautivante y revelador. Con lujo de fuentes y pleno dominio de ellas, quien lee va accediendo e incorporando información inesperada y vivificante sobre figuras heroicas de la literatura y el arte continentales en sus alineamientos con los bloques en lisa, acaudillados por EE. UU. y la Unión Soviética. Asiste uno algo impávido a los acomodos tácticos de un Cortázar cuya ferviente adhesión pública a la revolución cubana se combina–no sin una dosis de culpabilidad íntima, reflejada en su correspondencia privada– con el usufructo de la institucionalidad universitaria estadounidense, sobre la cual mantiene, no obstante una constante censura (217). O los indudables vínculos de Emir Rodríguez Monegal con el Congreso por la Libertad de la Cultura, financiado por la Agencia Central de Inteligencia. Rodríguez Monegal, crítico prominente, no obstante este nexo, defendía su presunta independencia intelectual y sus personales inclinaciones progresistas mientras dirigió Mundo nuevo, asumiendo que lo suyo era una suerte de centrismo encomiable, equidistante del maccarthismo y el estalinismo, aun cuando, como demuestra Alburberque, "desde el primer número …estuvo consciente de que Mundo nuevo estaría en tela de juicio merced a la ola de acusaciones contra el Congreso por la Libertad de la Cultura y su relación con la CIA, que salpicaban a su publicación" (168-9).

A través de las cuatro partes de la La trinchera letrada van transitando los personajes y avatares de esas cinco décadas de ofuscación, fundamentalismo, grandes esperanzas y politización, a veces pedestre, de la Latinoamérica de entonces y de su minoría selecta. Descuella en ese marco el antinorteamericanismo histórico de los intelectuales latinos, con antecedentes en Darío y Rodó, aversión que se galvaniza con la propuesta radical aportada por la experiencia castrista. Ella suscitará, desde el exterior a la isla, hasta avanzados los setenta, lealtades encendidas y duraderas a un socialismo caribeño que, entretanto se sovietizaba (proceso intensificado tras el aplastamiento del foco guevarista en Bolivia) se iba desplazando, muros adentro, a su propia "izquierda cultural" –Fornet, Otero (un ortodoxo que evolucionó a posiciones menos obsecuentes), Arrufat, Desnoes– favoreciendo la instalación de una corriente menos estridente y más "disciplinada" –Hart, Guevara (Alfredo), Haydée, Pavón Tamayo. Solución autoritaria implementada por un régimen ostensiblemente receloso y escéptico de la autonomía crítica de su propia intelectualidad contestataria, renuente ésta, de otra parte, a asumir una militancia ordenada en la estructura partidaria diseñada ex profeso por los guerrilleros en el poder (82-85). También aparecen en el recuento las evoluciones del Consejo Mundial de la Paz, estrechamente asociado a la URSS en su orientación ideológica y financiera, y el Congreso Continental de la Cultura de 1953 (bien reconstituidos en su anecdotario), tan vinculados ambos a la trayectoria de Neruda. Este chileno eminente, al amparo de instancias como esas, sumadas a su habilidad innata para el cabildeo cultural y una fidelidad estalinista solo igualada por la de Jorge Amado, logrará un posicionamiento mediático y una figuración internacional que la pura grandeza de su producto poético no podían asegurarle por sí mismos. Neruda es, en este sentido, el paradigma de esa clase de poder social subjetivo ejercido por los intelectuales sobre la base de sus alianzas con poderes políticos e ideológicos prestigiosos, entendimiento que garantiza la reproducción de su influencia personal, y que al autor le interesa poner de relieve. Por consiguiente, se incluye en el texto el ineludible peregrinaje de intelectuales y artistas americanos a la Unión Soviética (Amado, García Márquez, Cardoza), no precisamente desprovistos de la acidez desencantada de un Gide, no obstante que las observaciones, cargadas de ironía y buen humor de Gabriel García Márquez resultan hechizantes. Y así.

La intervención desembozada o sutil de las agencias y órganos de fachada estadounidenses en el área latinoamericana con una estrategia de cooptación, provistas de fondos inalcanzables para sus adversarios soviéticos, dirigida a reclutar primero a artistas plásticos y a escritores y cientistas sociales después, así como a fundar una infraestructura editorial fastuosa, modalidad intensificada tras el advenimiento de la Alianza para el Progreso, suscita aquí un abordaje cuidadoso, que no se priva de juicios y una adjetivación adversa al proyecto de penetración anglosajón (cap. X). Extrañamente, a diferencia de las partes reservadas a las estrategias de reclutamiento, organización y propagación planificada de la influencia comunista en las artes, las humanidades y las letras, aquí, salvo por excepción, emergen nombres y personalidades reconocibles involucradas conscientemente en el proyecto hegemónico norteamericano, que incluyó la manipulación por la Casa Blanca y los departamentos conectados a su aparato estatal, de una gama de fundaciones aparentemente inocentes y operaciones de lavado de dinero.

Probablemente, las secciones destinadas a hacer el balance de la ideologizada noción de Tercer Mundo, ahora desdibujada, y de su construcción en la época, esté entre las más potentes del libro. Las que tratan del fenómeno de la Tercera Posición, enfocada principalmente en la sinuosa trayectoria del semanario uruguayo Marcha, que pudo haber alcanzado igual cima analítica, deja, por el contrario, un regusto raro, la sensación incómoda de que en este tema se debió llegar mucho más lejos en cuanto a investigación.

Finalmente, Germán Alburquerque, el responsable de este libro tan recomendable, deja instalada una sugerencia incómoda por las posibilidades que tiene de ser cierta. Los intelectuales y artistas latinoamericanos ¿han sido solo factores instrumentales, mera comitiva, en esta lucha entre Occidente y el campo socialista o han sacado partido inteligente e ingente, y un tanto oportunista, de esa brega descomunal, incrementando su propia capacidad de generar y ejercer el poder como seducción a partir de las posiciones conquistadas en las estructuras montadas por ambos contendientes en la bien llamada Guerra Fría? Queda la idea que sí.

 

Eduardo Téllez Lúgaro
Universidad Bernardo O'Higgins

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