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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.44 Santiago jun. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432016000100006 

ESTUDIOS

La crítica de Henri Marrou al positivismo histórico. El retorno del sujeto en la elaboración del saber histórico

Henri Marrou criticism to historical positivism.The return of the subject in the development of historical knowledge

 

Rodrigo Ahumada Durán*

* Programa de Doctorado en Historia. Universidad de Chile. Correo electrónico: rahumada.duran@gmail.com


Resumen

En el presente estudio, nos interesa abordar la crítica de Henri Marrou a lo que él llama positivismo histórico. Recordemos que la epistemología de la historia del historiador y filósofo francés se construye sobre dos ejes temáticos en torno a los cuales se articula toda su reflexión. Por un lado, la crítica al positivismo histórico. Por el otro, la filiación teorética a la filosofía crítica de la historia heredada del pensamiento alemán de la Modernidad tardía, la que se encuentra desarrollada de un modo especial en la obra de Wilhelm Dilthey y que Marrou recibirá a través de Raymond Aron.

Palabras Clave: filosofía crítica de la historia, positivismo histórico, historia metódica, comprensión, explicación, ciencias del espíritu, ciencias de la naturaleza, epistemología.


Abstract

The present study intends to approach Henri Marrou’s critique to what he calls historical positivism. Let us remember that the French historian and philosopher’s epistemology of history is built up on two thematic axis around which his reflection revolves. On the one hand, his critique to historical positivism. On the other hand, his theoretical affiliation to the critical philosophy of history inherited from the German current of thought of the late Modernity, developed in a special way in Wilhelm Dilthey’s work, and which Marrou would receive from Raymond Aron.

Key words: Critical philosophy of history, historical positivism, methodical history, comprehension, explanation, spiritual sciences, natural sciences, Dilthey, Aron, Husserl, epistemology.


 

A Françoise Flamant, hija de Henri Marrou
En testimonio de amistad y gratitud

 

Introducción

La epistemología de la historia de Henri-Irénée Marrou se construye sobre dos ejes temáticos en torno a los cuales se articula toda su reflexión. Por un lado, la crítica al positivismo histórico. Por el otro, la filiación teorética a la filosofía crítica de la historia heredada del pensamiento alemán de la Modernidad tardía1, la que se encuentra desarrollada de un modo especial en la obra de Wilhelm Dilthey y que Marrou recibirá a través de Raymond Aron2. En Marrou ambos ejes temáticos son indisociables, la crítica al positivismo solo se comprende a la luz de las premisas de la filosofía crítica de la historia.

En el presente estudio, nos interesa abordar la crítica de Henri Marrou a lo que él llama positivismo histórico, corriente historiográfica que el autor asocia fundamentalmente a historiadores como Charles Langlois y Charles Seignobos y que se cristaliza en su texto emblemático, Introduction aux Études Historiques3. Esto nos parece de un interés particular si se tiene en cuenta la crisis de identidad epistemológica por la cual ha atravesado la historia y las ciencias sociales a partir de la década de los 80, como corolario del derrumbe de los metarrelatos (funcionalismo, estructuralismo y marxismo), y el retorno al individuo (Marcel Gauchet)4, al actor o al sujeto (Alain Touraine)5, en desmedro de las estructuras e ideologías (Georges Cottier o. p.)6. Este proceso suele asociarse a la crisis de la Modernidad Iluminista y al surgimiento de una nueva época histórica que algunos autores denominan Post-Modernidad7. En el campo de la historia, este fenómeno ha estado directamente asociado, al menos en Francia, al declive de la hegemonía de la Escuela de los Annales y al ocaso de la estructura de la larga duración como categoría de elaboración y explicación histórica (Fernand Braudel)8.

Con respeto al positivismo histórico, la crítica del historiador de l’ Antiquité tardive9, no solo se circunscribe al territorio del historiador o al oficio de historiador, sino más profundamente a su “ontología” de la historia, en cuanto ésta asume la lógica racionalista del progreso necesario e indefinido, simbióticamente ligada al proyecto cultural e intelectual del Iluminismo –que se patentiza en la ley de los tres estadios formulada por Augusto Comte en su Curso de Filosofía Positiva10–, a su teoría del conocimiento y a su concepción unívoca de la ciencia y su proyección en las ciencias sociales y la ciencia histórica.

En este sentido, la intención del pensador francés de colocar una “lápida” a la historiografía que se desarrolla en Francia entre fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX es propiamente una crítica filosófica y no solamente historiográfica. En esto difiere radicalmente de las tesis de los padres fundadores de los Annales, Marc Bloch y Lucien Febvre, cuyas críticas al positivismo histórico proceden más bien de la dialéctica con las ciencias sociales, la crítica a la historia de eventos (histoire historisante) cuya columna vertebral era la historia política11, la apertura de la historia a ámbitos de inteligibilidad histórica hasta ese momento no explorados o considerados marginales, la primacía de los procesos y las estructuras sobre los sujetos individuales y los factores económicos como los factores explicativos del devenir histórico. Todo esto plantea finalmente como exigencia ineludible una redefinición de la historia como saber y del oficio (métier) de historiador.

Con respecto a la filosofía crítica, Marrou busca rehabilitar –a contracorriente del positivismo–, el rol fundamental del sujeto tanto en la actividad del conocer (gnoseología) como del conocer histórico (epistemología). El problema de la historia no se puede reducir a una mera relación entre un sujeto y un objeto, como ocurre en la lógica experimental inaugurada por la ciencia moderna, lógica en la que prima la explicación causal. Menos aún, ella consiste en registrar y explicar cualidades observables –al menos indirectamente– de un objeto del pasado humano (positivismo histórico). Para Marrou, el tema central es el de la conexión entre dos planos de humanidad. Se trata de una dialéctica (en sentido griego) entre dos sujetos situados en dimensiones temporales distintas. Entre el hombre del presente y el hombre del pasado. Esto es lo que el autor llamará, a la luz de Dilthey, la comprehensión, las condiciones y medios para la comprehensión: “el historiador… es el hombre que, mediante la epoché (ἐποχή), debe salir de sí mismo para ir al encuentro del otro… Esta virtud tiene un nombre: simpatía”12.

En este sentido, la subjetividad del cognoscente está enteramente comprometida en la elaboración de dicho saber, lo que plantea una compleja noción de verdad en el campo de estas disciplinas. En el caso específico de la historia, la realidad a estudiar o historiar se encuentra contenida en los documentos bajo una inteligibilidad potencial. Es la obra activa del historiador la que les conferirá significado y sentido al elaborar o construir un relato histórico desde su peculiar subjetividad. A este respecto ha escrito el destacado exégeta bíblico Pierre Grelot inspirándose en la epistemología de Marrou:

Cualquiera sea la abundancia o la escasez de la documentación de que se dispone, el relato histórico, en cuanto relato, es siempre una construcción del historiador. La idea de un relato ‘fotográfico’ en forma de secuencia filmada de la realidad es una ilusión. Desgraciadamente, esta ilusión se da de manera especial en quienes pretenden determinar por este medio la ‘verdad’ de la historia (evangélica): desembocan en el ‘objetivismo’ defendido por Langlois y Seignobos. De hecho, el estudio de la documentación, su selección e interpretación correcta forman parte de un proceso de búsqueda científica en que está comprometida la subjetividad del historiador desde el momento mismo de la ‘valoración’ de los datos: no existe el investigador neutral13.

En las próximas páginas, nuestra reflexión apuntará esencialmente a realizar un análisis crítico del positivismo histórico, en la perspectiva de la epistemología o filosofía crítica de la historia de Henri Marrou.

 

Crisis de identidad y retorno a la epistemología de la historia 

Henri Marrou y el desafío epistemológico contemporáneo 

Como ya señalamos en las páginas precedentes, la década de los 80 marca para muchos pensadores e historiadores –en esto pareciera existir un cierto consenso por parte de académicos e intelectuales– el fin de una época y el inicio de otra. En efecto, tanto la historia como las ciencias sociales y la misma filosofía son interpeladas a pensar la realidad desde una lógica distinta a la lógica de las estructuras o si se prefiere, la racionalidad de la estructuras que era dominante hasta ese momento es claramente cuestionada o puesta en revisión. La irrupción del sujeto individual y la libertad en el tiempo se impone rápidamente sobre el gran tema de las estructuras y la necesidad propia de un “tiempo inmóvil”.

¿Cómo caracterizar esta coyuntura historiográfica particularmente en Francia? Distintas son las denominaciones que suelen usarse para referirse al periodo que sigue al ocaso de los Annales: “crisis de identidad”, “tiempo de dudas”, “anarquía epistemológica”, “crisis de inteligibilidad histórica”, “giro historiográfico”, “historia en migas”. Todas estas afirmaciones y otras tantas se podrían sintetizar en la idea de una crisis del saber histórico ¿En qué consiste esencialmente esta crisis? ¿A qué ejercicio de la razón ella interpela? Es aquí donde la epistemología –el pecado capital de todo historiador al decir de Febvre–, emerge desde las cenizas donde los falsos maestros y una inteligencia excluyente la habían colocado, para aportar las luces necesarias para esclarecer la gran cuestión de la identidad de la historia en un tiempo de dudas14.

Esto último es particularmente relevante si se tiene en cuenta el resurgimiento de la mentalidad positivista en todos los campos del saber humano, siendo la historia una de las disciplinas más afectadas por una suerte de “nostalgia” por lo “fáctico” como único criterio de cientificidad al margen de toda intervención activa del sujeto cognoscente. El retorno a las fuentes –como si alguna vez los historiadores se hubiesen apartado de ellas–, que muchos proclaman y pontifican desde sus “púlpitos” como alternativa al ocaso de los Annales se ha traducido finalmente en una anulación sistemática del historiador como sujeto hermenéutico.

Es al interior de este contexto cultural e intelectual que es preciso comprender y valorar la contribución de Henri-Irénée Marrou al debate en torno a los fundamentos del conocimiento histórico que tanto inquieta a la historiografía francesa post-Annales. El historiador de l’ Antiquité tardive, a contracorriente de la historiografía francesa, tanto positivista como de los Annales, desarrolla una notable reflexión epistemológica en la posteridad intelectual de la crítica del conocimiento histórico o filosofía crítica de la historia procedente del pensamiento alemán, particularmente de la obra de Wilhelm Dilthey.

En este sentido, el destacado historiador francés pertenece a un pequeño y selecto grupo de autores, entre los cuales cabe mencionar a Etienne Gilson, Michel de Certeau, Michel Foucault, Paul Veyne y, más recientemente, François Dosse y François Hartog que no solo han promovido el diálogo entre historia y filosofía, sino que también han dirigido su atención y reflexión hacia el estatuto epistemológico del saber histórico. Sin embargo, es en Henri-Irénée Marrou donde es posible encontrar una reflexión epistemológica elaborada per se y no ocasional. He aquí su grandeza pero al mismo tiempo su tragedia.

¿Por qué tragedia? Porque su obra aparece demasiado temprano para las tendencias historiográficas dominantes en su época. La reflexión filosófica, y especialmente la filosofía de la historia, no forma parte de las preocupaciones intelectuales de los historiadores que tendrán durante décadas la hegemonía del pensamiento histórico en Francia (historiografía positivista, Annales y Nouvelle Histoire). La reflexión epistemológica de Henri Marrou es tan solo un islote en el inmenso océano histórico abierto por los Annales. Como lo ha destacado Marie-Paule Caire-Jabinet, con sus obras de reflexión teórica sobre la disciplina15, Marrou representa la figura de pionero aislado16, en la reflexión epistemológica francesa.

En efecto, como lo recuerda Patrick Garcia, no obstante la ruptura epistemológica que se produce con la corriente metódica o positivista, la discusión de los “nuevos” historiadores –Annales– está centrada más bien en el tema de los métodos y las nuevas fuentes. Por otro lado, el apoyo sobre datos cuantitativos (historia económica, historia social, demografía histórica), permitió a los historiadores de los Annales contar con la seguridad necesaria en la validez y el carácter científico de la disciplina histórica. De ahí que la epistemología nunca haya sido considerada como una urgencia o preocupación temática17. Las décadas de los 50, 60 y 70, bajo el influjo de las figuras eminentes de Fernand Braudel y Ernest Labrousse, son aquellas de la construcción de una ‘ciencia normal’, fuertemente unificada en torno al paradigma de la explicación económica y social18.

En este contexto, las tesis de Marrou contrastan con el cientismo y el dominio de las certezas subyacentes a la mentalidad historiadora de la época. Habrá que esperar hasta los inicios de la década de los 70, cuando la obra de historiadores como Paul Veyne (cercano a Marrou)19 y Michel de Certeau (más próximo a la Nouvelle Histoire)20, y filósofos como Paul Ricoeur empiecen a remover las bases de este edificio intelectual y conceptual.

Sin embargo, a pesar de que la obra de Marrou va a contracorriente de las tendencias hegemónicas de los Annales, no deja de sorprender el gran suceso editorial que tuvo la publicación en 1954 de su obra capital en epistemología, De la connaissance historique, suceso que acompañará las ediciones sucesivas incluida la de 1975. Hablamos de cerca de 85 mil ejemplares, como lo ha señalado en un estudio reciente Benoît Pellistrandi, transformando rápidamente a este libro en un ejemplo de reflexión epistemológica en el cruce de la filosofía y de la epistemología21. Esto explica que Charles Samaran encargado por Raymond Queneau –director de la prestigiosa Encyclopédie de la Pléiade–, de dirigir el volumen dedicado a la Histoire et ses méthodes, solicite a Marrou que inicie el libro enciclopédico con un estudio que responda a la cuestión: ¿Qué es la historia?22. Se trata ciertamente, de una consagración académica y universitaria que transforma a Marrou en un historiador oficial23.

Pierre Riché tiene razón al plantear que si bien para algunos historiadores el libro de Henri Marrou –De la connaissance historique–, pareciera estar hoy día demodé, esto se debe en gran medida a que se trata de una obra que ejerció una amplia influencia, siendo las tesis epistemológicas del autor profundamente asimiladas24. Esto explica que el libro de Marrou se haya transformado en una obra reconocida como un clásico25, y casi siempre esté presente en las bibliografías de cursos o textos de Introducción a la historia o de historia de la historiografía. Algunos ejemplos significativos, entre muchos otros, los encontramos en las obras de destacados historiadores como Paul Veyne, Charles-Olivier Carbonell, Guy Bourdé, Hervé Martin, Patrick Garcia, François Dosse, Antoine Prost o Nicolas Offenstadt.

Es el historiador agustiniano quien inaugura la epistemología de la historia en la tradición historiográfica francesa contemporánea (siglo XX), es decir, una epistemología hecha o realizada por un historiador de profesión, desde el mismo taller o atélier de la historia. Por eso nos parecen justas y oportunas las palabras del importante epistemólogo e historiador contemporáneo, François Dosse: “Durante mucho tiempo, los historiadores de profesión en Francia se han interrogado sobre su método, pero no han vacilado en dar la espalda a cualquier reflexión de orden epistemológico y no han dejado de mostrar las mayores reticencias con respecto a la filosofía de la historia”26.

Esto explicaría, según Ricoeur, por qué “no es posible encontrar en las obras más cuidadosas de metodología, una reflexión comparable a la de la escuela alemana de comienzos de siglo y a la del actual positivismo lógico o de sus adversarios de lengua inglesa sobre la estructura epistemológica de la explicación en historia. Su fortaleza se encuentra en otro lado; en la estricta adhesión a la profesión de historiador”27. Es claro que la referencia y la crítica de Ricoeur apuntan directamente a la escuela de los Annales.

Por lo demás –insiste el filósofo francés– la llamada filosofía crítica de la historia, heredada de Wilhelm Dilthey (1833-1911), Georg Simmel (1858-1918), Heinrich Rickert (1863-1936) y Max Weber (1864-1920), y continuada por Raymond Aron (1905-1983) y Henri-Irénée Marrou, no ha sido nunca verdaderamente integrada a la corriente principal de la historiografía francesa del siglo XX. En esta lógica es fácil comprender que aquello que la escuela histórica francesa ofrece como su mayor contribución a la discusión en torno al estatuto del saber histórico es una metodología de hombres de terreno28. En este sentido ella proporciona sobre todo un valioso “material” para la reflexión del filósofo más que una reflexión propiamente filosófica o epistemológica. A nuestro entender, aquí Ricoeur establece una distinción capital y fecunda entre la cuestión del método en historia y lo que es formalmente una reflexión epistemológica29.

En estas reflexiones de Ricoeur, la obra de Marrou aparece claramente destacada en relación con la historiografía que había tenido la hegemonía en el pensamiento histórico francés hasta la misma década de los 80: los Annales. En efecto, lo que prima en Marrou no es la cuestión de las metodologías de los hombres de terreno de las cuales nos habla Ricoeur, tampoco la problemática de la historia y las ciencias sociales, menos aún la estructura de la larga duración histórica. Para Marrou, lo central es la cuestión del estatuto epistemológico de la historia, y el esfuerzo por “exorcizar” de una vez para siempre la tentación positivista del campo de la ciencia y de la ciencia histórica.

Es en este mismo horizonte intelectual que deben ser comprendidos los ácidos comentarios dirigidos por Marrou a los historiadores que reniegan de la reflexión filosófica, crítica de la cual no se escapa ni el mismo Luçien Febvre30:

Hay que poner fin a estos antiguos reflejos y librarse del entumecimiento en que el positivismo ha tenido maniatados durante tanto tiempo a los historiadores… Nuestra tarea es pesada, agobiada de servidumbres técnicas; ella tiende a la larga a desarrollar en quien la practica una mentalidad de insecto especializado. En lugar de ayudarle a reaccionar contra esta deformación profesional, el positivismo le aliviaba la conciencia al estudioso (‘yo no soy más que un historiador, no un filósofo; cultivo mi pequeña parcela, hago honradamente mi labor, sin meterme en lo que me rebasa: ne sutor ultra crepidam… Altiora ne quaesieris!’): esto equivalía a dejarle que se degradara hasta el nivel de un peón. El estudioso que aplica un método cuya estructura lógica desconoce, y unas reglas cuya eficacia no está capacitado para medir, viene a ser como uno de esos obreros que han de cuidar de una máquina y controlan su funcionamiento, pero que serían incapaces de repararla y mucho menos de construirla31.

A partir de aquí, el historiador de la Antiquité tardive establece lo que podríamos considerar una de sus tesis clave en defensa de la epistemología de la historia como una reflexión esencialmente filosófica, tesis que lo coloca en las antípodas del positivismo y positivismo histórico:

Parodiando la máxima platónica, inscribiremos en el frontis de nuestros Propileos: ‘Que nadie entre aquí si no es filósofo–, si no ha meditado antes que nada en la naturaleza de la historia y en la condición del historiador: la salud de una disciplina científica exige, de parte del investigador, una cierta inquietud metodológica, la preocupación por tomar conciencia del mecanismo de su comportamiento, cierto esfuerzo de reflexión sobre los problemas que supone una ‘teoría del conocimiento’ y que se hallan implicados en él32.

Otro aspecto fundamental y de plena actualidad, se encuentra en la importancia concedida por el historiador francés al problema de la verdad histórica. En esta cuestión, como en tantas otras, la reflexión de Marrou es notable, al desplazar el foco de la discusión del lado del objeto histórico –ex parte objecti–, al lado del sujeto cognoscente –ex parte subjecti–. Para Henri Marrou, el tipo de verdad –optimum de vérité–, que es capaz de establecer la historia, a diferencia de lo que ocurre en otras disciplinas, como es el caso de las matemáticas, es que esta verdad es directamente proporcional a las cualidades intelectuales y personales del historiador33. Este planteamiento coloca al historiador francés inmediatamente en las antípodas de las tesis mayores de lo que el mismo llamará positivismo histórico, corriente para la cual el historiador es tan solo un receptor pasivo de “hechos” históricos que existen per se sin participación alguna del historiador en su elaboración. En esta lógica epistemológica y metodológica, el historiador no solo no participa sino que debe abstenerse de participar en la elaboración o “construcción” de la verdad histórica, porque en el fondo no hay o no existe una elaboración o “construcción” de la verdad.

Demás está decir que la cuestión de la verdad histórica se ha transformado hoy día en un tema clave, sobre todo después de la irrupción de las tesis de los partidarios de la reducción del saber histórico a un mero relato y a una escritura de la historia, a partir de la influencia ejercida por la linguistic turn34, llegando en sus posiciones más radicales a afirmar, como es el caso de Haydn White, que la historia no es más que un relato ficcional o un artefacto literario35, y que en cuanto tal no tiene diferencias de fondo con el relato literario. A este respecto conviene recordar las palabras de Marrou a finales de los años 50:

Esta pequeña obra se presenta como una introducción filosófica al estudio de la historia; en ella se buscará una respuesta a las cuestiones fundamentales: ¿Cuál es la verdad de la historia? ¿Cuáles son los grados y los límites de esta verdad (pues todo conocimiento humano tiene unos límites y el mismo esfuerzo que fija su validez determina el ámbito útil en el que se ejerce)? ¿Cuáles son sus condiciones de elaboración? En una palabra, ¿cuál es el comportamiento correcto de la razón en su uso histórico?36.

Los principios y tesis desarrollados por el historiador francés en sus diversos trabajos consagrados a lo que él llama la filosofía crítica de la historia son una valiosa contribución para el esclarecimiento de la identidad cognitiva de Clío, identidad que, como hemos visto, es indisociable de la idea de verdad histórica. Esto último es particularmente urgente y necesario si se tienen en cuenta las amenazas permanentes de los paradigmas ideológico-historiográficos, el absolutismo de las ciencias sociales, y sobre todo el incesante retorno del positivismo historiográfico. En este sentido escribe el gran historiador agustiniano, en unas breves reflexiones que sorprenden por la vigencia que tienen para nuestro tiempo:

El problema de la verdad histórica y de su elaboración –nos dice Marrou– no sólo incumbe al saneamiento interno de nuestra disciplina; más allá del restringido círculo de los técnicos, le concierne también al hombre razonable, el hombre cultivado, porque lo que aquí se pone en tela de juicio no es más ni menos que el derecho que le corresponde a la historia para ocupar un lugar en su cultura, lugar que actualmente le es discutido cada vez más. Mientras nuestra ciencia no deja de desarrollarse en el sentido de un tecnicismo cada vez más creciente, aplicando sus métodos cada vez más rigurosos a investigaciones más y más amplias, se ha empezado a caer en un ‘descorazonamiento ante los resultados demasiado menguados y quizás ilusorios que aquella contiene37.

En este sentido, no deja de llamar la atención que André Mandrouze en sus breves e interesantes reflexiones sobre el pensamiento del destacado historiador del cristianismo, escritas para la nueva edición de la prestigiosa Encyclopedia Universalis, no haga mención alguna a la filosofía crítica de la historia de Henri Marrou38. Esto no es menor, sobre todo si se tiene en cuenta, como lo ha recordado recientemente uno de sus grandes discípulos, Jacques Prevotat, que dicha visión ha estado siempre presente en la obra viva del historiador agustiniano:

Pregúntenle a quienes han tenido el privilegio de ser los auditores de los cursos de Marrou, ustedes verán los rostros iluminarse y las sonrisas aflorar. Ustedes comprenderán que ellos estaban felices y tienen la necesidad de hacerlo saber. Es que él transmitía en esta enseñanza algo más que la transmisión de un saber o de una pedagogía: un despertar, un encuentro, digamos más: el descubrimiento de un testigo, que asociaba la cultura a la vida, la historia más rigurosa a las cuestiones que nosotros nos planteábamos. El pasado más lejano tomaba la forma de una interrogación –a veces penetrante– sobre nuestra actualidad. ¿Cómo permanecer indiferentes? Descubriríamos más tarde, después de haber leído De la connaissance historique, que Marrou ponía en práctica su concepción de la historia: a saber, que no existe objeto histórico sin la simpatía y la intervención activa del historiador39.

La epistemología de la historia elaborada por Henri Irénée Marrou se sitúa entre dos polos opuestos: por un lado, lo que podríamos llamar el realismo ingenuo que caracteriza al positivismo histórico. Por el otro, el subjetivismo idealista que hace del relato histórico tan solo una construcción del historiador sin ninguna posibilidad de elaborar un saber y un relato verídico. A nuestro entender, lo que Marrou establece son los principios y las bases conceptuales de lo que podríamos llamar un realismo crítico sobre el saber histórico40.

 

¿Positivismo histórico o historiografía metódica? Una controversia

La epistemología de la historia de Henri Marrou se construye sobre la crítica al positivismo histórico y a la idea de ciencia de la cual éste es portador. Esta idea –que sigue el modelo de las ciencias naturales– ha tenido un profundo impacto en la historiografía francesa de finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Lo que nos interesa mostrar es cómo el pensamiento histórico de Marrou se encuentra en las antípodas epistemológicas del positivismo y del positivismo histórico.

También nos ha parecido importante proponer algunas indicaciones sobre el estado actual de la discusión sobre el positivismo histórico, teniendo en cuenta el proceso de revisión al cual ha sido sometida esta corriente de pensamiento en los últimos años, revisión que en algunos casos ha llegado al extremo de sostener que nunca habría existido en Francia una historiografía positivista (Charles-Olivier Carbonell)41.

Por otro lado, algunos estudios recientes dedicados a la historia de la historiografía manifiestan un desconocimiento profundo de los principios epistemológicos y las bases conceptuales sobre los cuales surgió y se desarrolló esta tendencia historiográfica tanto en Europa como en otros países que forman parte del ámbito de la cultura de Occidente. Esto no hace más que mostrar la actualidad del pensamiento de Henri Marrou y la profundidad y validez de su crítica a esta casi obsesiva compulsión de algunos investigadores por colocar la historia tras las rejas del positivismo.

 

¿Qué se entiende por historiografía positivista?

Lo que suele entenderse como visión o paradigma positivista, hace referencia a una corriente historiográfica que aparece en el contexto cultural e intelectual de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en Alemania y en Francia. Como lo han mostrado claramente los especialistas en historia de la historiografía, en el caso de Alemania, ella se encuentra estrechamente ligada al pensamiento del historiador Leopold von Ranke (1795-1886), profesor de la Universidad de Berlín. Su vasta obra, en la cual se combinan metódicamente, de manera impecable, erudición y escritura, narración y explicación, tendrá una influencia decisiva en la formación intelectual de al menos tres generaciones de historiadores, primero en Alemania, y posteriormente en Francia.

Charles Olivier Carbonell, destacado historiador de la historiografía, ha comentado de manera lúcida y sintética el proyecto intelectual de von Ranke:

No decir nada que no sea comprobable, he aquí lo que funda la historia como una ciencia positiva (que no es lo mismo que positivista)… el objeto del historiador no es ni deducir leyes ni enunciar la causa general; es más simplemente –y esto es más difícil– mostrar ‘cómo se ha producido esto exactamente’ (‘Wie es eigentlich gewesen’). Por los años en que Comte creaba el positivismo, Hegel el historicismo idealista absoluto, y Marx el materialismo histórico, Ranke afirmaba la única virtud de hecho, la única inteligibilidad de la relación causal en el tiempo corto, el suficiente placer de conocer. Anunciaba que el oficio de historiador al mismo tiempo que devenía profesión, se daba las reglas de su ejercicio42.

En el caso específico de Francia, es preciso remitirse a dos textos fundamentales como lo han recordado Guy Bourdé y Hervé Martin (1983)43, y más recientemente Pierre Vayssière y Jean Maurice Bizière (1995)44, el “Manifiesto” de la Revue historique de Gabriel Monod (1893) y la Introduction aux études historiques de Langlois et Seignobos (1898), considerado durante mucho tiempo como el manual del perfecto positivista.

A nuestro entender, las premisas epistemológicas de la corriente historiográfica positivista según Henri Marrou se pueden sintetizar en cinco principios fundamentales, que se encadenan sucesivamente:

  1. Al historiador no le corresponde juzgar el pasado ni instruir a sus contemporáneos, sino simplemente rendir cuentas de lo que pasó realmente.
  2. No existe ninguna interdependencia entre el sujeto cognoscente (el historiador) y el objeto histórico (pasado humano). Por hipótesis, el historiador escapa a cualquier condicionamiento social, lo que le permite ser imparcial en su percepción de los acontecimientos. El historiador es separable de la historia que él elabora.
  3. La historia –conjunto de res gestae– existe en sí misma, objetivamente; incluso tiene una forma dada, una estructura definida, que es directamente accesible al conocimiento del historiador y que éste debe respetar en nombre de la objetividad científica.
  4. La relación cognoscitiva se adapta a un modelo mecanicista. El historiador registra el hecho histórico, de manera pasiva, como el espejo refleja la imagen de un objeto, como el aparato fotográfico fija el aspecto de una escena o de un paisaje.
  5. La tarea del historiador consiste en reunir un número suficiente de hechos, apoyados en documentos seguros; a partir de estos hechos, el propio relato histórico se organiza y se deja interpretar. Toda reflexión teórica es inútil, incluso perjudicial, porque introduce un elemento de especulación45.

Estas tesis que venimos de enunciar se pueden observar con claridad al revisar los principios científicos que deben animar a cualquier historiador que aspire a colaborar con la publicación de un estudio o monografía en la reciente publicación fundada por Gabriel Monod y la Revue historique, que fue el órgano de expresión por excelencia de la llamada historiografía positivista:

Pretendemos mantenernos independientes de cualquier opinión política y religiosa, y la lista de hombres eminentes que han querido otorgar su patronazgo a la Revista demuestra que ellos creen que este programa es realizable… Están todos lejos de profesar las mismas doctrinas en política y en religión, pero creen, con nosotros, que la historia puede ser estudiada en sí misma, y sin preocuparse de las conclusiones que se pueden sacar a favor o en contra de tal o cual creencia. Sin duda, las opiniones particulares siempre influyen en cierta medida sobre la manera con que se estudian, se ven y se juzgan los hechos y los hombres. Pero debemos esforzarnos por separar estas causas de prevención y de error, para no juzgar los acontecimientos y los personajes más que en sí mismos. Admitiremos no obstante opiniones y apreciaciones divergentes, a condición de que se apoyen sobre pruebas seriamente discutidas y sobre hechos, no sobre meras afirmaciones. Nuestra Revista será una publicación de ciencia positiva y libre discusión, pero se encerrará en el dominio de los hechos y se mantendrá cerrada a las teorías políticas o filosóficas46.

¿Dónde está el sujeto? ¿Cuál es su importancia en la elaboración de la ciencia histórica? Sencillamente el sujeto no está o no existe. El modelo de ciencia al que se adscribe es el de las ciencias naturales según el esquema positivista, teniendo como arquetipo a la física experimental, una ciencia de hechos47. Como es sabido, ese modelo tiene sus raíces en los orígenes de la ciencia moderna en lo que suele conocerse como la revolución galileo-cartesiana, alcanzando su plena consolidación en el pensamiento de Kant y en la obra de Newton, encontrando su mayor expresión filosófica en el célebre Segundo Prefacio de la Crítica de la Razón Pura del filósofo de Köenisberg. Acá no solo se formula la primacía del fenómeno sobre la esencia sino la imposibilidad para la razón de conocer la cosa en sí, lo que Kant llama noumeno. El mundo empírico ha derrotado al universo de lo metaempírico, es el fin de la metafísica como ciencia y sabiduría. Es en este marco histórico-filosófico que surge el pensamiento de Augusto Comte. No es de extrañar entonces que se busque establecer una ciencia exacta de las cosas del espíritu.

El filósofo alemán Edmund Husserl, padre de la fenomenología como corriente filosófica, ha denunciado los límites de esta visión de la ciencia con una claridad inigualable:

Tomamos nuestro punto de partida en el ingreso de un cambio en la valoración general respecto de las ciencias, a fines del último siglo. No concierne a su carácter científico sino a lo que la ciencia en general había significado y puede significar para la existencia humana. La exclusividad con que en la segunda mitad del siglo XIX, la total visión del mundo de los seres humanos modernos se deja determinar y cegar por las ciencias positivas y por la ‘prosperity’ de que son deudores, significó un alejamiento indiferente de las preguntas que son decisivas para una auténtica humanidad. Meras ciencias de hechos hacen meros seres humanos de hechos48.

Es en este nuevo espíritu que es preciso comprender la crítica de Henri Marrou al positivismo en todos los ámbitos del saber y del conocimiento humano. La reducción positivista que ya denunciara con lucidez y profundidad Henri Bergson en sus cursos en el Collège de France contra los maestros que dominaban sin contrapeso en La Sorbonne a fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Ciertamente, Henri Marrou pertenece a una generación muy distinta a la de los estudiantes de Bergson entre los que destacaban, Jacques y Raïssa Maritain, Charles Péguy, Ernest Psichari o Georges Sorel49. Sin embargo, el espíritu antipositivista sigue siendo el mismo. Al igual que Husserl y tantos otros, Marrou desespera de aquella sabiduría que el positivismo considera caduca, y que a pesar de ellos, es el único que le da significado y sentido a la existencia humana: la filosofía.

Nuevamente Edmund Husserl nos aporta reflexiones luminosas para comprender el nuevo espíritu que surge de las cenizas de la Gran Guerra (1914-1918):

El cambio de la valoración pública fue inevitable, en particular después de la guerra, y ella, tal como lo sabemos, en la generación joven se transformó en un sentimiento hostil. Para nuestra indigencia vital –oímos decir– esta ciencia no tiene nada que decirnos. Justamente ella excluye por principio las preguntas que, en nuestros desdichados tiempos, son candentes para los seres humanos abandonados a perturbaciones fatales: las preguntas por el sentido o el sinsentido de toda esta existencia humana ¿no exigen, en su generalidad y necesidad, de parte de todos los seres humanos también reflexiones generales y su respuesta a partir de intelecciones racionales? Estas preguntas conciernen finalmente a los seres humanos en sus comportamientos respecto del mundo circundante humano y extrahumano, decidirse libremente, configurarse racionalmente ellos mismos y el mundo circundante, como libres en sus posibilidades. ¿Qué tiene para decir la ciencia acerca de la razón y la sin-razón, qué tiene para decir sobre nosotros, los seres humanos como sujetos de esa libertad? La mera ciencia de los cuerpos no tiene, manifiestamente, nada que decir; ella se abstrae de todo lo subjetivo50.

Henri Marrou se hará eco de estas grandes inquietudes de su tiempo, plenamente consciente de que la historia tiene mucho que decir sobre el drama de la existencia humana a condición de que abandone la lógica del positivismo histórico. La lógica del positivismo histórico es la lógica de los objetos, de la mera explicación causal de los cuerpos, una suerte de transposición de la identidad y modo de las ciencias fenoménicas de la naturaleza (Naturwissenschaften) al mundo de lo humano. Paradojalmente, una lógica que se aleja inexorablemente en su perspectiva cientificista del misterio de la subjetividad. El positivismo histórico abandona e ignora al sujeto cuando este más requiere de la historia y de la verdad que ella es capaz de establecer como fundamento de la libertad en el tiempo. Marrou nos narra el espíritu que domina aún en la Sorbona a mediados de la década del 30:

Al llegar yo a la Sorbona, en noviembre de 1925, fui acogido por la voz, debilitada pero aún llena de convicción del viejo Seignobos (Lucien Febvre y Marc Bloch estaban todavía exiliados en Estrasburgo); el positivismo seguía siendo la filosofía oficial de los historiadores y no teníamos aún para oponernos a él más que una repugnancia instintiva casi visceral, si bien ya empezaba a formularse a la luz de Bergson. Se permanecía en las posiciones que había llegado Péguy, ¡ay! No había vuelto a su tienda y no pudo escribir aquella Véronique que hubiese debido ser una contrapartida positiva a su amargo Clío……Hubo que esperar hasta 1938 para que, merced a las dos relevantes tesis de Raymond Aron, la filosofía crítica de la historia se incorporase por fin a la cultura francesa. Por personal que sea su posición, Aron viene a prolongar la línea Dilthey-Rickert-Weber51.

Es en esta perspectiva filosófica que Marrou hará la crítica a lo que él llama positivismo histórico, tesis que compartimos en lo fundamental, a pesar de la revisión historiográfica que se ha hecho sobre esta escuela histórica en las últimas décadas, tendientes a probar, como veremos a continuación, que nunca habría existido en Francia una historiografía positivista.

 

¿Existe un positivismo histórico? La tesis de Charles-Olivier Carbonell

En los últimos decenios, en gran medida como consecuencia de la crisis de los Annales, se ha producido en Francia una suerte de “relectura” de la contribución histórica de la llamada corriente positivista, tratando de apartarse lo más posible de las tesis críticas –para algunos “caricaturescas”– de Lucien Febvre, buscando una mejor comprensión y rehabilitación del pensamiento historiográfico de los últimos decenios del siglo XIX.

En esta relectura de los historiadores positivistas, Charles-Olivier Carbonell –un gran especialista en historia de la historiografía–, ha jugado un rol de primer orden. En 1976, Carbonell publica en la editorial Privat, su destacada tesis de Doctorado de Estado, Histoire et Historiens. Une mutation idéologique des historiens français 1865-188552. En ella, el autor emprende una severa crítica a la tesis comúnmente aceptada de la existencia en Francia desde fines del siglo XIX de una corriente histórica de raigambre positivista. Para Carbonell, esta idea dominante y bastante difundida es un lugar común o una ficción que el verbo corrosivo de Lucien Febvre y las acusaciones más moderadas de Henri Marrou transformaron en una evidencia53.

Para Carbonell, lo que habitualmente se ha llamado erróneamente positivismo histórico corresponde más bien a una corriente histórica antipositivista. Ciertamente nadie pone en duda que Gabriel Monod, Charles Langlois, Charles Seignobos y Ernest Lavisse formaron una verdadera escuela coherente y estructurada, pero dicha escuela en ningún caso fue positivista. Aún más, las obras históricas de los autores antes mencionados y de muchos otros agrupados en torno a la Revue historique se encuentran en las antípodas del pensamiento o filosofía positivista.

En este punto central, Carbonell tiene razón, la historiografía llamada positivista y que él prefiere llamar metódica no se inspira en ningún modo en la filosofía de la historia de Augusto Comte. Como lo ha destacado Guy Bourdé, quien asume la perspectiva de Carbonell, “es un error que se haya calificado y que todavía se califique a la escuela histórica que se impuso en Francia entre 1880 y 1930, como corriente ‘positivista’. En efecto, la verdadera historia positivista fue definida por L. Bourdeau en L’ histoire et les Historiens: essai critique sur l’ histoire considérée como science positive, publicado en 1888”54.

Es importante tener claro que, la “deconstrucción” operada por Carbonell, tendiente a negar la existencia de una historiografía positivista en Francia, se sitúa en el estricto plano de la filosofía de la historia de Augusto Comte y la concepción del devenir histórico que procede de ella. Como ya hemos señalado, creemos que su tesis así considerada es válida y verdadera. Este es el rumbo entonces que tomará Charles-Olivier Carbonell en su tesis doctoral y en sus obras consagradas al tema55.

Como lo recuerda el destacado historiador de la historiografía, el verdadero “padre” de la historiografía positivista en Francia es Louis Bourdeau y no Gabriel Monod. Bourdeau piensa que la ciencia histórica no puede ser concebida al margen de una perspectiva filosófica, lo que los alemanes llaman una Weltanschauung, en este caso lineal de la razón y su objeto comprende la universalidad de los hechos que la razón dirige o de los cuales ella sufre la influencia56.

En este sentido, la historia para acceder al rango de ciencia debiera ser capaz de establecer leyes. Estas leyes, según Bourdeau, son de tres tipos: las leyes de orden que muestran la similitud de las cosa; las leyes de relación que explican cómo las mismas causas conducen a los mismos efectos, finalmente, la ley suprema que regula el curso de la historia57. Una vez realizado este trabajo, la historia podrá constituirse como una ciencia positiva y el historiador podrá al mismo tiempo reconstituir el pasado y prever el futuro. Este es –nos dice Carbonell–, el programa de renovación historiográfica trazado en 1888 por un discípulo fiel y coherente de Augusto Comte, a saber, Louis Bourdeau58. Y este programa, ortodoxo en su espíritu y en su letra, no coincide en modo alguno con lo que se ha llamado a partir de Lucien Febvre, Marc Bloch y Henri Marrou, es decir, tanto en la escuela de los Annales como en la filosofía crítica de la historia, la historiografía positivista.

En efecto, tanto Gabriel Monod como Charles Langlois o Ernest Lavisse rechazan de plano cualquier tipo de vinculación entre el trabajo histórico y la reflexión filosófica, su aspiración es a deshacerse de cualquier referencia a la filosofía en el campo del saber histórico59. También rechazan, como lo ha destacado Georges Lefebvre, la idea de que la historia deba consagrarse a la búsqueda de leyes60, al contrario su interés está puesto en los hechos o eventos de carácter esencialmente políticos (dinásticos, militares, diplomáticos, parlamentarios). En síntesis, no hay ningún interés en que el historiador proponga una interpretación global sobre la historia de la humanidad. Los historiadores de la corriente metódica criticarán tanto a Hegel como Comte, tanto a Marx como a Engels, porque en ellos finalmente lo que se tiene es una filosofía de la historia.

¿Cuál será entonces el proyecto historiográfico de la escuela metódica mal llamada positivista? Fundamentalmente la construcción de una historia científica, como lo señalan Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos, en su clásica y controvertida Introduction aux Études Historiques61. De hecho, esta obra, que se constituirá en el verdadero discurso del método de la profesión de historiador en Francia, comienza con una crítica explícita a los filósofos de la historia:

Pensadores que, en gran parte, no son historiadores de profesión, han hecho de la historia el sujeto de sus meditaciones; han buscado las ‘similitudes’ y las ‘leyes’; algunos han creído descubrir ‘las leyes que han presidido el desarrollo de la humanidad’, y ‘constituir’ así ‘la historia en ciencia positiva’62.

Para continuar con una descripción de la forma como debe ser entendida la ciencia histórica y el oficio de historiador:

Nos proponemos examinar aquí las condiciones y los procedimientos, e indicar el carácter y los límites del conocimiento en historia. ¿Cómo se llega a saber sobre el pasado, aquello que es posible y lo que importa saber? ¿Qué es un documento? ¿Cómo considerar un documento en vistas de la obra histórica?… ¿Qué son los hechos históricos? ¿Cómo agruparlos para construir la obra histórica?… Así, la presente ‘Introducción a los Estudios Históricos’ es concebida, no como un resumen de los hechos adquiridos o como un sistema de ideas generales a propósito de la historia universal, sino como un ensayo sobre el método de las ciencias históricas63.

En lo fundamental, como lo recuerda Carbonell, V. Langlois et Ch. Seignobos definen con precisión las cuatro operaciones teórico-metodológicas que todo historiador profesional debe respetar para realizar un trabajo riguroso, según las exigencias de la ciencia histórica: En primer lugar, la recolección de documentos (heurística), la tarea prioritaria es establecer el inventario de materiales disponibles para el trabajo propiamente histórico –no hay historia sin documentos–. En segundo lugar, con el documento ya a salvo, registrado y clasificado, conviene someterlo a una serie de operaciones analíticas. Entre ellas el primer paso lo constituye la crítica externa o erudita. El segundo paso es la crítica interna o hermenéutica. Cuando se han finalizado las operaciones analíticas queda abierta la vía para las operaciones sintéticas.

Las operaciones analíticas conducen al investigador, mediante la crítica de los documentos escritos, al establecimiento de los hechos históricos. Sin embargo, estos hechos se encuentran aislados entre sí. Por esta razón, para organizar dichos hechos en un cuerpo de ciencia es preciso realizar una serie de operaciones sintéticas64. ¿En qué consisten las operaciones sintéticas? En esta fase de reconstrucción intelectiva es aconsejable proceder o actuar por etapas. La primera etapa consiste en comparar diversos documentos para establecer un hecho particular. La segunda etapa apunta a reagrupar los hechos aislados en los marcos generales, por ejemplo, clasificar los hechos históricos según: 1. Condiciones materiales; 2. Hábitos intelectuales; 3. Costumbres económicas; 4. Instituciones sociales; 5. Instituciones públicas65. La tercera etapa busca manejar el razonamiento, sea por deducción, sea por analogía, para relacionar los hechos entre sí y para colmar las lagunas de la documentación. La cuarta etapa obliga a realizar una elección entre la masa de acontecimientos o hechos. Finalmente, el historiador debe proceder a un intento de generalización o de interpretación general de los hechos.

Como se ve, el método histórico consiste en esta doble operación intelectiva análisis y síntesis, pero en un sentido puramente fáctico y causal. Este es el discurso del método histórico desarrollado por los historiadores agrupados en torno a la Revue historique, y que Langlois y Seignobos tematizaran en su metodología, tanto en la Introduction aux Études Historiques como en la Méthode Historique Appliquée aux Sciences Sociales66. Según Carbonell, esto está lejos de establecer algún tipo de vínculo con el pensamiento positivista, de ahí que sea necesario proceder a la erradicación de la idea de historiografía positivista por otra que se ajuste mejor a la realidad, y en este caso lo que el autor propone es la denominación de escuela metódica, por la importancia concedida al método histórico en la constitución de la ciencia histórica.

 

Nuevos enfoques sobre el positivismo histórico

La obra de Carbonell será decisiva en la renovación de los estudios sobre la corriente historiográfica llamada positivista en Francia. Si se revisan rápidamente algunas obras posteriores a la publicación de su tesis doctoral, se verá que expresiones como “historiografía positivista”, “escuela positivista”, “corriente positivista”, desaparecen de los libros y artículos dedicados al análisis de las escuelas históricas francesas67.

Por ejemplo, en la obra de Guy Bourdé y Hervé Martín publicada en 1983 –que ya hemos citado–, Las Escuelas Históricas, se opta por asumir la expresión sugerida por Carbonell, es decir, escuela metódica68. El esfuerzo de Langlois y Seignobos y de la historiografía metódica se resume en la puesta en práctica de documentos para establecer hechos. Sin documentos no hay hechos. Esto supone según los autores citados una teoría del conocimiento, es decir, una relación entre el sujeto (historiador) y el objeto (el documento), que no se explicita, en realidad se trata de la ‘teoría del reflejo’ que procede de von Ranke… De entrada, la escuela metódica deja de lado el papel esencial de las preguntas que el historiador plantea a sus fuentes, y recomienda la desaparición del propio historiador detrás de los textos69. Esto no es menor, no hay lugar para el historiador como sujeto activo en la escuela metódica.

El Dictionnaire des Sciences Historiques70, dirigido por André Burguière, asume plenamente la tesis propuesta por Carbonell, de hecho, es el único autor que sugiere como bibliografía en el artículo consagrado a la voz positivisme. En la breve reflexión escrita para el Dictionaire por Olivier Dumoulin, se destaca desde el inicio que la historia positivista no tiene ninguna relación con el pensamiento de Augusto Comte. Su denominación obedece más bien a la importancia que sus representantes le otorgan al término ciencia positiva:

A partir de una concepción de las ciencias experimentales ya muerta hacia 1870, la historia positivista considera como científica un enfoque inductivo fundado sobre un empirismo absoluto. En el caso de la historia el hecho histórico reemplaza las experiencias. Como los hechos hablan por sí mismos, su reconstitución es suficiente; desgraciadamente para el historiador positivista la observación directa de los hechos es imposible lo que se opone a la ‘reconstitución de lo que ha realmente ocurrido’ (Ranke)71.

La descripción que hace Dumoulin deja claramente establecido que en la corriente llamada positivista –expresión que el autor no cuestiona–, los hechos históricos existen por sí mismos y hablan por sí mismos, luego, el rol del historiador en la elaboración del saber histórico es puramente pasivo. Esto explica la idea de reconstitución, noción eje para los historiadores positivistas. Henri Marrou, como veremos más adelante, lanzará un ataque demoledor sobre la noción de reconstitución (Ranke) o de resurrección (Michelet) del pasado humano, construida sobre la falsa identidad entre historia vivida e historia narrada.

En una línea parecida, pero con matices importantes, se inscriben las reflexiones de los historiadores Pierre Vayssière y Jean-Maurice Bizière, Histoire et historiens72, publicada en 1995. Para estos historiadores es preciso apartarse de la crítica caricatural de los Annales y volver a los textos fundadores de esta escuela, para captar sus contornos ideológicos y metodológicos73, y juzgar con imparcialidad esta corriente historiográfica. Ciertamente no se trata de una corriente positivista en el sentido que lo señala Carbonell ¡Pas de philosophie de l’ histoire! Su fortaleza como escuela reside en la méthode74, lo que se traducirá concretamente en el historiador en una crítica rigurosa del documento escrito75. En esto reside su grandeza y sus limitaciones.

No deja de ser paradojal, señalan los autores, que en el momento en que se asiste al ocaso de los Annales, la historiografía metódica no deje de plantear problemas y temáticas de candente actualidad y de una sorprendente modernité (voire de ‘post-modernité’)76. Frente al triunfalismo desbordante de los Annales, historiadores como Langlois y Seignobos aparecen como historiadores capaces de hablarnos de los límites del conocimiento histórico. En un tiempo de dudas77, y de mise en cause de las grandes certezas de la historia como saber y relato, resulta reconfortante para el espíritu volver sobre la hipótesis del supuesto real histórico, según Vayssière, verdadero credo de los historiadores del siglo XX78, …en historia –escriben Langlois y Seignobos–, no se ve nada de real más que el papel escrito… y el análisis histórico no es más real que la visión de los hechos históricos; él no es más que un procedimiento abstracto, una operación puramente intelectual…79. En síntesis, a medida que uno se aleja del proyecto de los Annales y de las críticas de Lucien Febvre, no deja de admirar la rigurosidad y cientificidad de la obra de la historiografía metódica.

Aún más, nos señalan Vayssièrre et Bizière, contrariamente a lo que suele pensarse, la historiografía metódica no puede ser reducida, como lo pretendía Lucien Febvre, al campo de la historia política. Ciertamente que este tópico tiene la preminencia –a mi entender opera como columna vertebral del relato y explicación histórica–, pero no la exclusividad. Los autores nos recuerdan a este propósito las temáticas abordadas por Gustave Fagniez, cofundador de la Revue historique, como las clases industriales en Paris durante la Edad Media (1877), o las mujeres en el siglo XVII, y sobre todo su importante obra Économie sociale de la France sous Henri IV80, como estos ejemplos hay muchos más.

En una obra más reciente, publicada a fines del siglo XX, muchos años después de la obra de los autores antes mencionados (1999), Christian Delacroix, François Dosse y Patrick Garcia destacan primero la contribución de la historiografía de finales del siglo XIX en la consolidación de la historia como disciplina, y después el aporte de la tesis de Carbonell, para finalmente adoptar expresiones como historiadores metódicos, caracterizando el periodo como “momento metódico” (Patrick Garcia)81.

 

Del positivismo histórico a Henri Marrou

La interrogante que surge después de lo que venimos de exponer se podría formular en los siguientes términos: ¿Comprometen las tesis epistemológicas de Henri Marrou los estudios recientes sobre la historiografía positivista? ¿Se puede seguir hablando de positivismo histórico después de las relecturas actuales sobre esta corriente histórica? Lo primero por señalar antes de entrar de lleno en esta cuestión que hemos llamado “controversial”, es que la vía y la perspectiva formal desde la cual se situará Marrou para criticar al positivismo se encuentra en las antípodas del proyecto historiográfico de los Annales. Marrou criticará al positivismo histórico, no desde una óptica historiográfica, sino primera y fundamentalmente desde una filosofía crítica o epistemología. Destaco la expresión filosofía crítica por la desconfianza que manifiesta el autor hacia las filosofías u ontologías de la historia según el modelo racionalista o al estilo de Hegel, Comte o Marx. En esta cuestión, Marrou se sitúa en la posteridad intelectual de Dilthey.

Esta desconfianza de Henri Marrou hacia las filosofías de la historia hijas de la Modernidad Iluminista en su dimensión ontológica, nos remite a uno de los temas centrales del pensamiento de su maestro:

Al revivir algo pasado, por el arte de la actualización histórica (historiografía), nos sentimos instruidos por el espectáculo de la vida misma; incluso se dilata nuestro ser y potencian nuestra existencia fuerzas psíquicas más enérgicas que las nuestras propias. Por esto son falsas las teorías sociológicas y de filosofía de la Historia, que ven en la descripción de lo singular mera materia prima para sus abstracciones. Esta superstición, que somete los trabajos de los historiadores a un misterioso proceso de alquimia para trasmutar la materia de lo singular, hallada en ellos, en el oro puro de la abstracción, y obligar a la historia a revelar su último secreto, es exactamente tan aventurada como el sueño de un filósofo alquimista de la naturaleza, que imaginaba arrancarle a la naturaleza su última palabra. No hay última y simple palabra de la historia que exprese su verdadero sentido, del mismo modo que la naturaleza no tiene una palabra semejante que revelar82.

Hablar de filosofía crítica de la historia entonces es hablar de una epistemología de la historia como reflexión filosófica, una reflexión que no busca otra cosa que establecer los fundamentos epistémicos de la historia en el horizonte de la búsqueda de la verdad:

Disipemos cualquier malentendido, pues la ambigüedad del vocabulario no ha dejado, por lo demás, de mantener el malestar que desearíamos ver superado: no se trata aquí de una ‘filosofía de la historia’ en el sentido hegeliano, de una especulación acerca del futuro de la humanidad considerada en su conjunto, para deducir de él sus leyes, o, como se prefiere decir hoy, la significación; sino más bien, de una ‘filosofía crítica de la historia’, de una reflexión sobre la historia, dedicada a examinar los problemas de orden lógico y gnoseológico planteados por los recorridos seguidos por el espíritu del historiador83.

Desde el inicio de su obra fundamental de epistemología, De la connaissance historique, el historiador agustiniano fija la perspectiva formal desde la cual se situará para abordar el estudio de la historia, perspectiva que lo coloca desde el principio en el extremo opuesto de la obra clásica de Charles Langlois y Charles Seignobos que hemos analizado en las páginas precedentes. Mientras los historiadores positivistas mencionados sienten una gran desconfianza y desprecio hacia cualquier reflexión de orden filosófico, y eso incluye a la epistemología, Henri Marrou coloca a la filosofía o epistemología como eje de su reflexión:

Esta pequeña obra se presenta como una introducción filosófica al estudio de la historia; en ella se buscará una respuesta a las cuestiones fundamentales: ¿Cuál es la verdad de la historia? ¿Cuáles son los grados y los límites de esta verdad (pues todo conocimiento humano tiene unos límites y el mismo esfuerzo que fija su validez determina el ámbito útil en el que se ejerce)? ¿Cuáles son sus condiciones de elaboración? En una palabra ¿Cuál es el comportamiento correcto de la razón en su uso histórico?84.

Es esta crítica al positivismo histórico emprendida por Henri Marrou la que abordaremos en la tercera parte y final de la presente reflexión.

 

La crítica al positivismo histórico o una historia sin sujeto

La crítica de Henri Marrou al positivismo histórico o historiografía positivista se articula a partir de la tesis central de la filosofía crítica de la historia: la historia es inseparable del historiador85. Esta tesis a su vez se sustenta sobre dos ideas centrales que se encuentran simbióticamente ligadas: 1° la elaboración de la historia implica por parte del historiador la simpatía como conditio sine qua non de la comprehensión histórica, en el sentido que tiene este término en la filosofía crítica de Wilhelm Dilthey. 2° la historia es un mixto indisoluble entre dos planos temporales de humanidad. Es a partir de este corpus doctrinal que es preciso comprender la crítica de Henri Marrou al positivismo histórico.

 

Wilhelm Dilthey y la comprehensión en historia

Para Henri Marrou, el historiador no puede ocupar un papel secundario o un rol pasivo en el reparto donde se elabora o construye el saber histórico: él es su actor principal. De ahí que el historiador agustiniano señale constantemente –contra el realismo ingenuo de los positivistas86–, que la tesis central de la filosofía crítica de la historia no puede ser otra que el reconocimiento que la historia es inseparable del historiador.

Esta tesis instala en el corazón mismo de la historia-ἱστορία la noción griega de simpatía-συμπάθεια87 y, a través de ella la idea tomada de Dilthey de comprehensión88. Esto transforma al historiador, como veremos a continuación, en un sujeto –que es lo opuesto a un receptor–, que va al encuentro de otro sujeto en su esfuerzo por comprender la vida humana en su devenir temporal. Nada contrasta más con la imagen positivista de un ente pasivo que recoge hechos y los registra cuidadosamente como si los hechos históricos existiesen per se y completamente independientes de la intervención del sujeto cognoscente, en este caso específico, el historiador. Esto es confundir las ciencias de la naturaleza con las ciencias del espíritu, como lo veremos en las próximas líneas. En este sentido, la noción de hecho y de hecho histórico es indisociable de la noción crítica (Dilthey) de comprehensión89.

Esto es lo que podríamos llamar la gran ilusión del realismo ingenuo de los historiadores positivistas, que Marrou identifica paradigmáticamente con el manual perfecto del erudito positivista, nuestro viejo compañero el Langlois-Seignobos90, el cual no tiene ninguna relación con el realismo crítico que el pensador agustiniano busca instaurar. En esta lógica es fácil comprender que para acceder y ahondar en la concepción de la historia elaborada por Henri-Irénée Marrou hay que tener siempre en cuenta que se trata de un proyecto historiográfico que se construye sobre la crítica permanente al modelo historiográfico positivista. Sin este dato la propuesta epistemológica de Marrou permanece ininteligible.

Como ha señalado de manera acertada Hervé Martin, la epistemología de Henri-Irénée Marrou reposa sobre dos fórmulas lapidarias: la historia es inseparable del historiador y la historia es el resultado del esfuerzo por el cual el historiador establece esa relación entre el pasado que él evoca y el presente que es el suyo91. Sin la virtud de la simpatía, el esfuerzo del historiador sería inútil, y solo tendría a su disposición objetos históricos pero con total prescindencia de los sujetos individuales y colectivos que los forjaron y de los cuales los primeros son tan solo un reflejo, y muchas veces un pálido reflejo.

Por esta razón, no basta el espíritu crítico tan propio de los historiadores positivistas, la rigurosidad en el control de las fuentes es la conditio sine qua non, pero en ningún caso lo fundamental en una obra histórica. La historia no es una narración de objetos históricos agrupados en una suerte de “casilleros” temáticos. Ella es ante todo la comprensión del otro como otro. Como hemos señalado al comienzo de este estudio, el historiador es el hombre que, mediante la epoché-ἐποχή92, debe salir de sí mismo para ir al encuentro del otro, en esto consiste la virtud de la simpatía, sin la cual no hay comprehensión posible.

No se trata en ningún caso, nos dice Marrou, de oponer el espíritu crítico al don de simpatía que es una actitud o disposición espiritual a comprender. Al contrario, el historiador, en el sentido completo del término, debe ser capaz de integrar ambas facultades aparentemente contradictorias. Se trata de dos actitudes del espíritu opuestas pero que sin embargo se rencuentran, pero desigualmente dosificadas según su temperamento en los diversos historiadores93.

Esta noción de epoché, Marrou la toma de Husserl ¿Qué significa esta noción en el pensamiento del filósofo alemán? ¿En qué sentido la emplea Marrou? Contentémonos con recordar las reflexiones del padre de la fenomenología en su obra clásica, Meditaciones Cartesianas, que son una Introducción a la Fenomenología:

Este universal poner fuera de validez (“inhibir”, “poner fuera de juego”) todas las tomas de posición con respecto al mundo objetivo ya dado, y ante todo las tomas de posición respecto del ser (las concernientes al ser, la apariencia, el ser posible, el ser conjetural, ser probable y otras semejantes), o como también se acostumbra a decir, esta ἐποχή fenomenológica o esta puesta entre paréntesis del mundo objetivo, no nos enfrenta, por tanto, con una nada. Más bien, aquello de lo que nos apropiamos precisamente por este medio o, dicho más claramente, lo que yo, el que medita, me apropio por tal medio, es mi propia vida pura con todas sus vivencias puras y la totalidad de sus menciones puras, el universo de los fenómenos en el sentido de la fenomenología… 

La ἐποχή es, así también, el método radical y universal por medio del cual yo me capto puramente como yo, y con mi propia vida pura de conciencia en la cual y por la cual es para mí el entero mundo objetivo y tal como él es precisamente para mí. Todo ser mundanal, todo ser espacio-temporal es para mí, esto es, vale para mí, y precisamente por el hecho de que yo lo experimento, lo percibo, lo recuerdo, pienso de algún modo en él, lo juzgo, lo valoro, lo deseo, etc. Como es sabido, Descartes designa todo esto con el término cogito. El mundo no es para mí, en general, absolutamente nada más que el que existe y vale para mí en cuanto consciente en tal cogito. De esas cogitationes exclusivamente, extrae él su entero sentido, su sentido universal y especial, y su validez de ser. En ellas transcurre toda mi vida del mundo, a la que pertenece también mi vida de investigación y de fundamentación científicas. Yo no puedo vivir, experimentar, pensar, valorar y obrar dentro de ningún otro mundo que no sea éste que en mí y de mí mismo posee sentido y validez. Si yo me pongo a mí mismo por encima de toda esta vida y me abstengo de llevar a cabo cualquier creencia de ser que tome al mundo directamente como algo existente, si dirijo exclusivamente mi mirada a esta vida misma, en cuanto conciencia del mundo, entonces me gano a mí mismo como ego puro con la corriente pura de mis cogitationes.

El ser del ego puro y sus cogitationes, en cuanto en sí anterior, precede, por tanto, al ser natural del mundo –de aquel mundo del que yo en cada caso hablo y puedo hablar–. La base del ser natural es secundaria en su validez de ser; presupone constantemente la del ser trascendental. El método fenomenológico fundamental de la ἐποχή trascendental, en la medida en que reconduce a este ámbito trascendental, se llama por ello reducción fenomenológica trascendental94.

Como se observa, no se trata de una noción histórica sino formalmente filosófica que Henri Marrou transpone al campo de la reflexión histórica, como lo hará también con algunas nociones de Kant y ni hablar de Dilthey. Husserl utiliza este término para designar un recurso de su método fenomenológico, mediante el cual pone entre paréntesis –sentido griego de la palabra–, el mundo objetivo y establece contacto, por así decir, con su propio yo o cogito. Esta epokhé o puesta entre paréntesis del mundo no nos enfrenta a una pura nada ni es expresión de un escepticismo. Mediante ella nos apropiamos de nuestras propias vivencias y del universo de los fenómenos, en el sentido fenomenológico.

De esta manera, la epokhé aparece como el método radical y fundamental por el que el yo se capta propiamente como yo. Este método se llama también método de la reducción fenomenológica trascendental, y nos permite superar la mera actitud natural respecto del mundo circundante, permitiéndonos poner entre paréntesis la presuposición de la existencia de un mundo material o de cualquier otro mundo trascendente respecto de la vida de la propia consciencia. Fuera del paréntesis solamente quedan los actos y los objetos de la conciencia.

¿Cómo aplica Marrou esta noción al campo del conocimiento histórico? El historiador agustiniano nos invita a tomar prestada de la obra de Husserl la noción de ἐποχή, pero en un sentido inverso al modo como lo emplea la fenomenología trascendental. En efecto, nos recuerda el autor, la aplicaremos al yo, a sus preocupaciones, a lo que llamábamos la urgencia existencial y no, como Husserl, al mundo natural95. Esto significa concretamente que si el encuentro con el otro supone, exige, que suspendamos que encerremos entre paréntesis el propio yo, olvidándonos por el momento de lo que somos, es preciso hacerlo:

… no puede haber conocimiento del otro más que si yo me esfuerzo en ir a encontrarlos, olvidándome por un instante de lo que yo mismo soy, saliendo de mí mismo para abrirme a los demás96.

Esta pasada por la obra de Husserl no debe hacernos olvidar que el pensamiento de Henri Marrou entronca directamente con la obra de Wilhelm Dilthey, aunque no siempre haga uso de la terminología del gran filósofo teutónico. El mundo del conocimiento histórico es esencialmente el mundo de la comprehensión (el Verstehen), que es lo propio de las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften), dentro de las cuales se encuentra la historia97, por oposición al mundo de la naturaleza:

La fuente principal (de la filosofía crítica de la historia) está representada por la obra, en tantos sentidos, fecunda de Wilhelm Dilthey (1833-1911)…… Aunque su obra crítica fundamental sea la Einleitung in die Geisteswissenschaft (Introducción a las ciencias del espíritu) (1883), debe considerarse simbólica la fecha (1875) de su artículo “Ueber das Studium der Geschichte” (Sobre el estudio de la historia)… donde se encuentra ya planteada la distinción entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espírit, punto de partida de todo el desarrollo ulterior de su doctrina98.

En el mismo sentido, el historiador agustiniano adhiere al impulso que mueve a los filósofos críticos, de Dilthey a Weber, extender el ámbito de la crítica kantiana a todo aquel conjunto de ciencias que Kant no había tenido en cuenta: las ciencias histórico-sociales99. De ahí que el punto de partida de su reflexión sobre la historia lo formule en términos críticos o kantianos, a saber, cuáles son las condiciones de posibilidad –es decir, el fundamento–, del conocimiento histórico:

Esta pequeña obra –De la connaissance historique–, está concebida como una introducción filosófica al estudio de la historia; en ella se hallará una respuesta a las cuestiones fundamentales: ¿Cuál es la verdad de la historia? ¿Qué grados y que límites tiene esta verdad? ¿Cuáles son sus condiciones de elaboración? En una palabra ¿cuál es el comportamiento correcto de la razón cuando se aplica al campo de lo histórico?100.

 La simpatía le otorga al historiador la capacidad de percibir y sentir “directamente”, de “experimentar” de acceder y ahondar en el misterio de la vida humana, de la existencia humana de otro tiempo a través de este signo formal que llamamos documento. La simpatía es la vía de acceso del historiador a la comprehensión. Por la simpatía es posible comprender cómo han pensado, han sentido y vivido los hombres de antaño a la luz de la experiencia y vivencias de los hombres de hoy. En síntesis, permite el encuentro del historiador con otro plano de humanidad, para usar la expresión de Marrou, el tránsito del sujeto presente al sujeto pasado, del yo presente al otro. La simpatía implica afinidad, inclinación mutua y amabilidad. En esto reside la esencia de la comprehensión tal como la encontramos en el pensamiento de Wilhelm Dilthey y que Henri Marrou hará suya:

… la comprehensión consiste en esta dialéctica del Mismo con el Otro…, (ella) supone la existencia de una amplia base de comunión fraterna entre sujeto y objeto, entre el historiador y el documento (digámoslo más exactamente: entre el historiador y el hombre que se revela a través de ese signo que es el documento): ¿Cómo comprehender, sin esta disposición de ánimo que nos hace connaturales con otro, nos permite volver a sentir sus pasiones, a pensar sus ideas iluminadas por la misma luz a la que él las vivió…, en una palabra, sin comunicar con el otro?101.

¿Existe algo más ajeno al positivismo histórico que esta forma de entender la ciencia histórica y el oficio de historiador? Leyendo sus manuales, nos dice Marrou, queda la impresión de que en vez de la simpatía “la primera virtud del historiador debía ser el espíritu crítico”102, y que en esta perspectiva todo documento, todo testimonio será, para empezar, objeto de sospechas103. Lo que prima en la historiografía positivista no es la lógica del encuentro sino la lógica de la duda:

La desconfianza metódica es la forma que tomará, en su aplicación a la historia, el principio cartesiano de la duda metódica, punto de partida de toda ciencia; sistemáticamente habrá uno de preguntarse ante cualquier documento: ¿Pudo el testigo engañarse?, ¿quiso engañarnos?104.

Henri Marrou tiene claro el hecho de que tomar al ser humano concreto y a su vida como objeto de conocimiento implica para la historia un modo de inteligibilidad específico como lo ha recordado Antoine Prost105. En esto reside la oposición fundamental, tematizada por Dilthey, entre la forma de inteligibilidad de los hombres y la forma de inteligibilidad de las cosas (res). La distinción radical entre las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften) y las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften). Mientras en las segundas lo fundamental lo constituye la explicación de los seres corpóreos según el esquema de la física y la química como se las entendía a fines del siglo XIX. En las primeras, en cambio, lo fundamental está constituido por la comprehensión del ser humano y sus conductas. La explicación es lo distintivo de la ciencia propiamente tal: buscar las causas y establecer leyes. A este respecto señala Wilhelm Dilthey:

Las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften) se diferencian de las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften), en primer lugar, porque éstas tienen como objeto suyo hechos que se presentan en la conciencia dispersos, procedentes de fuera, como fenómenos, mientras que en las ciencias del espíritu se presentan desde dentro, como realidad, y, originalmente, como una conexión viva. Así resulta que en las ciencias de la naturaleza se nos ofrece la conexión natural sólo a través de conclusiones suplementarias, por medio de un haz de hipótesis. Por el contrario, en las ciencias del espíritu tenemos como base la conexión de la vida anímica como algo originalmente dado. La naturaleza la “explicamos”, la vida anímica la “comprendemos”106.

En esta lógica de la comprehensión, Marrou irá más allá en su empeño por exaltar el papel fundamental e insustituible del historiador o del sujeto cognoscente en la elaboración de la historia, criticando la actitud fría, aséptica o insensible y el espíritu de sospecha propia del erudito positivista. En efecto, la dialéctica o diálogo que el historiador establece con los sujetos de antaño desborda ampliamente la noción de simpatía, ella exige la noción griega de amistad (φιλíα)107:

Hasta el término ‘simpatía’ resulta aquí insuficiente: entre el historiador y su objeto ha de establecerse una amistad vinculadora, si es que el historiador quiere comprenderlo, pues, según la bella fórmula de San Agustín, ‘no se puede conocer a nadie si no es por la amistad’ (p. 74).

Con esto, el historiador agustiniano no solo introduce a San Agustín (su otro gran maestro junto a Dilthey) en el corazón mismo de la filosofía crítica de la historia, sino también la idea de la historia como amistad. Con esto se establece una brecha insalvable entre su concepción del saber histórico y las tesis fundamentales del positivismo histórico. En la perspectiva de Marrou, hacer historia (episteme), significa siempre colocarse en el lugar del otro, es decir, de aquellos a quienes se aspira o se pretende historiar. Asumir una actitud de escucha, de disposición total al otro, un esfuerzo por comprender al otro, en síntesis, nos dirá Marrou, un buen historiador es aquel que comprende a través de lo que dicen sus amigos, y la amistad, como ya lo vieran magistralmente Platón y Aristóteles, supone siempre una cierta semejanza con el sujeto amado. Sin esta semejanza no hay diálogo ni amistad y menos comprehensión histórica posible, en síntesis no hay historia viva. Marrou recuerda esto en un bello texto donde reflexiona sobre el trabajo del historiador sobre el documento que deslumbra por su belleza poética y penetración filosófica, texto que me permito citar in extenso:

Para que pueda yo comprender un documento, y, más en general, a otro hombre, hace falta que ese Otro posea también en gran parte los rasgos de la categoría del Mismo: es preciso que conozca de antemano el sentido de las palabras (o, más en general, de los signos) que su lenguaje emplea; lo cual requiere que conozca también las realidades mismas que esas palabras o esos signos simbolizan… Solo comprendemos al otro por su semejanza con nuestro yo, con nuestra experiencia adquirida, con nuestro propio clima o universo mental. Únicamente podemos comprender lo que, en gran parte, sea ya nuestro, fraternal; si el otro fuese completamente desemejante, extraño en un cien por cien, no se ve como sería posible su comprehensión… Reconocido esto, no puede existir conocimiento del otro más que si me esfuerzo en ir a su encuentro, olvidándome, por un instante, de lo que yo mismo soy, saliendo de mí mismo para abrirme al otro108.

Ciertamente, uno de los aspectos esenciales de la amistad en la noción griega, la idea de reciprocidad, no se puede aplicar más que metafóricamente al trabajo del historiador, por cuanto uno de los sujetos que forman parte del diálogo presente y pasado ya no existe “entitativamente”, solo existe de manera fragmentaria y de un modo potencial en este signo formal que llamamos documento. No obstante, la idea de semejanza que es el otro aspecto clave en la noción de amistad nos permite realizar una verdadera historia lejos de la pretensión estéril del positivismo histórico y su visión objetivante:

… esta tendencia a la simpatía que se actualiza en amistad se desarrolla dentro de la categoría fundamental que nos ha hecho definir la historia como conocimiento, como una conquista del conocimiento auténtico, de la verdad sobre el pasado. Yo quiero conocer, quiero comprender el pasado y, en primer lugar, sus documentos, en su ser real; quiero amar a ese amigo que es Otro existente, y no, bajo su nombre, a un ente de razón, a una fantasmagórica urdida por mi imaginación. La amistad genuina, lo mismo en la vida que en la historia, supone la verdad (p. 74).

Como se ve de lo que hemos señalado hasta ahora, la noción de comprehensión y la de amistad que le es indisociable hacen del historiador un sujeto activo en la elaboración del conocimiento histórico. El acto mismo de comprender que constituye a la historia como un genuino saber, implica una cierta forma de connivencia o para decirlo en un lenguaje filosófico, un conocimiento por connaturalidad, que establece una cierta complicidad con el objeto de estudio, en este caso, con un objeto que es un otro. Como lo recuerda Antoine Prost en continuidad intelectual con Marrou, es necesario que aceptemos entrar en su personalidad, ver con su mirada, experimentar con su sensibilidad, juzgar según sus criterios109. En otras palabras, no se comprende bien si no se hace desde el interior. Se trata entonces, de un esfuerzo que moviliza la inteligencia pero que afecta a zonas más íntimas de la personalidad, pues nadie queda indiferente ante lo que comprende. La comprehensión es, pues, una forma de simpatía, un sentimiento110.

 

La historia un mixto indisoluble entre planos temporales de humanidad

Es en la definición de la historia como un mixto indisoluble donde Henri Marrou manifestará su visión más profunda sobre la naturaleza del saber histórico, visión que se encuentra en las antípodas del positivismo histórico, como lo hemos visto a lo largo del presente trabajo. Esta visión se podría caracterizar como un realismo crítico por oposición a la perspectiva del positivismo que podría caracterizarse como un realismo ingenuo ¿Cuáles son las diferencias sustantivas entre ambas visiones? Para responder a esta interrogante, Henri Marrou nos proporciona dos esquemas que sirven de cuadro comparativo para entrar de lleno en la discusión. Recordemos que se trata primera y fundamentalmente de un debate epistemológico y no meramente historiográfico.

 

 

Mientras el primer esquema (A) nos manifiesta la idea de la historia tal como es concebida por la corriente histórica positivista, el segundo (B), en cambio, muestra la visión que Henri Marrou elabora sobre el saber histórico desde una filosofía crítica de la historia. Como se observa claramente, para el autor agustiniano la esencia del positivismo histórico se encuentra en la negación del rol activo del historiador, su total desaparición en la elaboración del conocimiento histórico en nombre de la objetividad científica:

Para ellos, la historia es el Pasado, registrado objetivamente, y añadido, por desgracia, a una inevitable intervención del presente al que pertenece el historiador, algo así como la ecuación personal del observador en astronomía o como el astigmatismo del oftalmólogo, es decir, un dato parásito, una cantidad que habría que procurar fuese lo menor posible, hasta hacerla prescindible, tendiente a cero111.

¿No es esto acaso lo que nos propone Gabriel Monod en su conocido ‘Manifiesto’ de la Revue Historique, es decir, dejar de lado la subjetividad (en el sentido de sujeto) del historiador en nombre de la objetividad científica? Como señala Marrou, los teóricos positivistas trataron de definir las condiciones que debería asumir la historia para que pudiese alcanzar el honroso rango de ciencia positiva, de conocimiento ‘válido para todos’, ‘una ciencia exacta de las cosas del espíritu’ (Renan)112. Pero Marrou irá más allá en su crítica contra el espíritu positivista que hace de la historia un saber caricaturesco:

Según esta concepción, parece como si el historiador, y ya antes de él el testigo cuyo documento utiliza, solo pudiesen, con su aporte personal, afectar a la integridad de la verdad, objetiva, de la historia; y que tanto, si fuese positivo como si fuese negativo –lagunas, faltas de comprensión, errores en el segundo caso, consideraciones ociosas, florituras retóricas en el primero– este aporte sería siempre lamentable y debería eliminarse113.

En síntesis, el historiador no construye en modo alguno la historia, sino que la vuelve a encontrar, es lo que Robinson Collingwood llama con sarcasmo, la historia hecha con tijeras y engrudo114.

La visión del historiador de la Antigüedad tardía se construye sobre la crítica a esta idea ingenua (realismo ingenuo) de la historia que niega el rol fundamental que tiene el historiador en la elaboración o construcción del saber histórico (lo que se representa en el esquema “B”). Para Marrou la historia es y no puede no ser un mixto indisoluble. En efecto, a diferencia de lo que piensa la corriente positivista, no existe una realidad histórica que esté hecha antes de la ciencia y que tan solo bastaría reproducirla con fidelidad115. Al contrario, la historia es el resultado del esfuerzo, en un sentido creador, por el que el historiador, el sujeto cognoscente, establece esa relación entre el pasado que él evoca y el presente que es el suyo116.

La noción de hecho y hecho histórico será uno de los grandes puntos de controversia entre el positivismo histórico y la teoría crítica de la historia de Henri Marrou. La noción de hecho histórico, es el gran “mito” y la gran obsesión de positivistas y eruditos. Hay que decirlo sin ambages, muchos historiadores tienden a confundir los eventos o procesos con la noción técnica y rigurosa de hecho y hecho histórico. Esto implica asumir que existen en el ámbito del saber y de la ciencia hechos brutos, es decir, sin participación alguna del sujeto cognoscente ¡Qué barbarismo intelectual! Lo que llamamos hecho, en una perspectiva epistemológica, siempre es una elaboración intelectual. Esto quiere decir que es constituido (que no es lo mismo que construido, en esto reside el error kantiano más presente hoy día de lo que suele pensarse), por el científico o sabio desde la perspectiva formal de su propia disciplina. Esta perspectiva formal está enteramente determinada por el objeto formal. Esto forma parte del abecedario de la epistemología. Con justa razón ha señalado Henri Marrou:

Es preciso insistir sobre esta constatación elemental, pero de grandes consecuencias para una exacta comprehensión de nuestra disciplina: un personaje, un evento, tal aspecto del pasado humano, solo son, ‘históricos’ en la medida en que el historiador los califica como tales, juzgándolos como dignos de memoria porque a algún título le parecen importantes, activos, fecundos, interesantes, útiles a conocer… Esta elección, y el juicio que la funda, están en relación directa con la conformación del espíritu del historiador, con su cultura personal, las preocupaciones del medio social, al cual él pertenece, con su concepción general del ser, del hombre, todo aquello que el alemán expresa, no sin cierta pedantería, hablando de Lebens und Weltanschauung117.

En esta lógica epistemológica, la historia debe ser entendida primeramente y ante todo como una elaboración del historiador, donde la dualidad potencial o material (materialiter) entre sujeto y objeto, es reemplazada por la unidad (formaliter) en el mismo acto de conocer entre el presente del historiador y el pasado humano, entre dos sujetos o planos de humanidad. Es todo esto lo que finalmente explica por qué Marrou sostiene desde su primer trabajo consagrado a la epistemología de la historia, Tristesse de L’ Historien (1939), hasta su última reflexión sobre este tópico, Histoire, vérité et valeurs (1976), que la tesis esencial de la filosofía crítica de la historia no puede ser otra que la siguiente: la historia, toda historia es siempre inseparable del historiador.

Esto coloca a la epistemología de Marrou en las antípodas de toda concepción positivista o neopositivista de la historia. Concepciones para las cuales el historiador es tan solo un ente pasivo, un mero receptor de hechos ya constituidos antes de su intervención. Obviamente, en esta lógica epistemológica, la historia es siempre separable del historiador. Ella existiría, por así decirlo, al “estado puro”, “prêt-à-porter”, en los documentos. En esta perspectiva epistemológica la función del historiador consistiría en “extraer” los hechos tal como se encuentran en las fuentes históricas, evitando con el mayor cuidado posible que algo de su personalidad intervenga en esa “recolección de frutos”. La visión de Marrou es completamente distinta, la riqueza de una obra histórica depende de la calidad intelectual, cultural y humana del historiador:

El valor, yo entiendo la verdad, del trabajo histórico está en proporción con la riqueza humana del historiador. Mientras más inteligente sea, rico en experiencia vivida, abierto a todos los valores del hombre, más será capaz de encontrar cosas en el pasado, y su conocimiento será más susceptible de riqueza y de verdad118.

En la misma perspectiva, Jacques Maritain recogerá los planteamientos de su amigo Henri Marrou y señalará en su filosofía de la historia a propósito del rol del historiador en la elaboración tanto del conocimiento como de la verdad histórica:

Para el historiador, es un requisito previo que posea una profunda filosofía del hombre, una cultura integral, una aguda apreciación de las diversas actividades del ser humano y de su comparativa importancia, una correcta escala de los valores morales, políticos, religiosos, técnicos y artísticos. El valor, quiero decir, la verdad, de la labor histórica estará en relación con la riqueza humana del historiador119.

¿Pueden sorprender entonces, los consejos del historiador agustiniano a sus jóvenes estudiantes de historia, sobre el trabajo previo que deben realizar para llegar a ser algún día historiadores?: Vuestra tarea es fácil a definir: liquidar el positivismo y reencontrar la originalidad del conocimiento histórico120. ¿Por qué liquidar el positivismo histórico? Porque representa una idea falsa de cómo procede la razón humana en general y la razón histórica en particular. Para el positivismo, el historiador no es más que un mero “recolector” de “hechos” (digamos más bien de “fósiles”) que existirían independientes de él y que exigirían su total ausencia ante el “peso” de los mismos “hechos”. Lo que se pretende desconocer, para decirlo con Henri-Irénée Marrou, es el dato primordial de toda crítica del conocimiento histórico (Dilthey)121 ¿Cuál? Simplemente que la historia es inseparable del historiador, tesis fundamental sin la cual no hay saber histórico alguno y menos aún es posible una fundamentación epistemológica de la historia.

 

Notas

1 La genealogía intelectual de la filosofía crítica de la historia, Henri-Marrou la desarrolla con claridad, a modo de prolegómenos, en la Introducción a su clásico, De la connaissance historique, pp. 9-27. Cf. Marrou, Henri, De la connaissance historique, Paris, Éditions du Seuil, “Collections Esprit”, Première édition, 1954, pp. 9-27.         [ Links ] En español, véase H.-I. Marrou, El conocimiento histórico, Barcelona, Editorial Labor, 1968, pp. 11-23.         [ Links ] Es interesante también consultar las breves reflexiones desarrolladas por el autor en el VI Congreso de las sociedades de filosofía de lengua francesa, realizadas en Estrasburgo en 1952: “Philosophie critique de l’ histoire et ‘sens de l’ histoire’”, publicadas en L’ homme et l’ histoire, Paris, Presses Universitaires de France, pp. 3-10, 1952.         [ Links ] En este Congreso participaron destacados pensadores como Paul Ricoeur, René Le Senne y Henri Gouhier, entre otros.
2 En la adhesión intelectual de Henri Irénée Marrou a la filosofía crítica alemana es clave la figura de Raymond Aron como el mismo autor lo reconoce. Marrou ya conocía a Aron en la Escuela normal, sin embargo será la publicación del gran libro de este último, Introduction à la philosophie de l’ histoire (Paris, Éditions Gallimard, 1938),         [ Links ] la que ejercerá un influjo decisivo en el pensamiento del pensador agustiniano. Henri Marrou hará la presentación del libro para la revista Esprit (1939) señalando desde el inicio su gran admiración: “un gran libro, L’ Introduction à la Philosophie de l’Historie. Essai sur les limites de l’objectivité historique. Un libro que de ahora en adelante debería servir de base a la formación de todo joven historiador francés en lugar del viejo Introduction Aux Études historiques (1897!) de Langlois y Seignobos donde vuestros predecesores (y ustedes mismos quizás) han buscado en vano un alimento algo sólido”, citado por Pierre Riché, Henri Irénée Marrou, Historien Engagé, Préface par René Remond, Paris, Éditions du Cerf, 2003, p. 176.         [ Links ]
3 Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos, Introduction aux Études Historiques (1898). Reimpresión con un extenso prefacio de Madeleine Rebérioux, Éditions Kimé, Paris, 1992.
Links ]98084-4" href="#footnote-98084-4-backlink">4 Cf. Gauchet, Marcel, “Changement de paradigme en sciences sociales”, Paris, Le Débat, n° 50, 1988.         [ Links ]
5 Touraine, Alain, Le retour de l’ acteur. Essai de sociologie, Paris, Fayard, 1984.         [ Links ]
6 Cottier G., M. M., La mort des idéologies et l’ espérance, Paris, Les Éditions du Cerf, 1970.         [ Links ]
7 Cf. La bibliografía sobre el tema es extensísima; nos contentamos con citar algunos autores y obras de referencia: Lyotard, Jean-François, La condition postmoderne, Paris, Les éditions de minuit, 1979.         [ Links ] Reale, Giovanni, La Sabiduría Antigua. Terapia para los males del hombre contemporáneo, Barcelona, Herder, Segunda edición revisada y corregida, 2000.         [ Links ] Touraine, Alain, Critique de la Modernité, Paris, Librairie Fayard, 1992.         [ Links ] Vattimo, Gianni, El fin de la Modernidad. Nihilismo y Hermenéutica en la Cultura Posmoderna, Barcelona, Editorial Gedisa, 1986.         [ Links ]
8 Cf. el célebre artículo de Fernand Braudel aparecido en 1958 en la Revue Annales E. S. C., “Histoire et Sciences Sociales. La longue durée”. Retomado en Écrits sur l’ histoire, Paris, Flammarion, 1969, pp. 41-83.         [ Links ] Véanse también las interesantes reflexiones de Michel Vovelle, “L’ histoire et la longue durée”. En Jacques Le Goff, La Nouvelle Histoire, Bruxelles, Éditions Complexe, 1988, p. 77-108.         [ Links ]
9 Usamos esta expresión para caracterizar la obra de Henri-Irénée Marrou, por cuanto el mismo autor ha considerado esta tesis como el testamento de toda su obra, como lo ha destacado uno de sus más importantes discípulos: Pierre Riché, Henri-Irénée Marrou. Historien Engagé, o. c., p. 147.
10 Comte, Auguste, Cours de Philosophie Positive, Paris, Troisième édition, augmentée d’ une Préface par É. Littre, Tome Premier, J. B. Baillière et Fils, Libraires de l’ Académie Impériale de Médecine, Première Leçon, pp. 8-46.         [ Links ]
11 Cf. Burke, Peter, La Revolución Historiográfica Francesa. La Escuela de los Annales: 1929-1989, Madrid, Editorial Gedisa, 1999.         [ Links ] Sobre este tópico señala el autor: “Las ideas rectoras de Annales podrían resumirse brevemente del modo siguiente. En primer lugar, la sustitución de la tradicional narración de los acontecimientos por una historia analítica orientada por un problema. En segundo lugar, se propicia la historia de toda la gama de las actividades humanas en lugar de una historia primordialmente política. En tercer lugar –a fin de alcanzar los primeros dos objetivos– la colaboración con otras disciplinas, con la geografía, la sociología, la psicología, la economía, la lingüística, la antropología social, etc. Como lo expresó Febvre con su característico empleo del modo imperativo ‘Historiadores, sed geógrafos. Sed juristas también, y sociólogos y psicólogos (abattre les cloisons)’ y se empeñaba en combatir la estrecha especialización, ‘l’ esprit de spécialité’. De manera análoga, Braudel compuso su Mediterráneo de la manera en que lo hizo para ‘demostrar que la historia puede hacer algo más que estudiar jardines cercados’”, pp. 11 y 12.
12 Marrou, Henri, De la connaissance historique, 1954, p. 97.
13 Grelot, Pierre, Los Evangelios y la historia, Barcelona, Editorial Herder, 1987, p. 103.         [ Links ]
14 Cf. Ahumada, Durán Rodrigo, La historia en un tiempo de dudas, Santiago, Ediciones Universidad San Sebastián, 2011.         [ Links ]
15 Caire-Jabinet, Marie-Paule, L’ histoire en France du Moyen Âge à nos jours. Introduction à l´ historiographie, Paris, 2002, Flammarion, collection Champs-Université         [ Links ].
16 Caire-Jabiner, o. c., pp. VII-VIII.
17 A este respecto resulta particularmente ilustrativo lo que Pierre Chaunu escribía hacia los años 60, “l´épistémologie est une tentation qu’ il faut résolument savoir écarter. L’ expérience de ces dernières années ne semble-t-elle pas prouver qu’elle peut être solution de paresse chez ceux qui vont s’y perdre avec délice –une ou deux brillantes exceptions ne Font que confirmer la règle–, signe d’ une recherche qui piétine et se stérilise? Tout au plus est-il opportun que quelques chefs de file s’y consacrent –se qu’ en aucun cas nous ne sommes ni prétendons être –à fin de mieux préserver les robustes artisans d’ une connaissance en construction– le seul titre auquel nous prétendions –des tentations dangereuses de cette morbide Capoue”, Histoire quantitative, Histoire sérielle, Paris, Armand Colin, 1978, p. 10.         [ Links ] Este libro de Chaunu recoge 20 estudios publicados entre 1960 y 1975. En general véase nuestro estudio, Rodrigo Ahumada Durán, Problemi e Sfide Storiografiche all’ epistemología della historia, Napoli, Liguori Editore, 2009, pp. 29-45.         [ Links ]
18 Delacroix, Christian, Dosse, François, Garcia, Patrick, Histoire et Historiens en France depuis 1945, Paris, adpf (association pour la diffusion de la pensée française), octubre 2003, p. 40.         [ Links ] No compartimos la tesis de Patrick Garcia en el sentido de que el pensamiento de Marrou es próximo filosóficamente de la corriente fenomenológica (p. 40). La primera y fundamental filiación filosófica (en epistemología) del autor agustiniano es con la filosofía crítica de Wilhelm Dilthey, y solo secundariamente con Edmund Husserl.
19 De Paul Veyne su gran obra epistemológica, Comment on écrit l’ histoire. Essai de épistémologie, Paris, Éditions du Seuil, Collection “L´Univers Historique”, 1971.         [ Links ]
20 De Michel de Certeau, véase su libro, L’ écriture de l’histoire, Paris, Éditions Gallimard, 1993.
21 Pellistrandi, Benoît, “De la connaissance historique. Réception et influence en France”, Cahiers Marrou, n° 6, 2013, p. 48.         [ Links ] Hemos sacado gran provecho de este notable estudio de Pellistrandi. Agradecemos al profesor Pellistrandi, Presidente de la Société des Amis d’ Henri Irénée Marrou (Davenson) y Director de los Cahiers Marrou, los valiosos comentarios que ha realizado a nuestro libro, La historia en un tiempo de dudas, aparecida en el último número de los Cahiers Marrou, n° 7, 2014, pp. 60-65. En dicho libro hemos desarrollado algunas reflexiones sobre la epistemología de la historia de Henri Marrou.
22 Samaran, Charles, Belgique, Encyclopédie de la Pléiade, L’ Histoire et ses Méthodes, Éditions Gallimard, 1961 (1967).         [ Links ] Henri Marrou en este volumen publica dos notables estudios. El primero que es una suerte de obertura: “Qu’ est-ce que l’ Histoire?”, pp. 3-31. El segundo es una exposición de las tesis fundamentales de la filosofía crítica de la historia: “Comment Comprendre le Métier d’ Historien”, pp. 1467-1539.
23 Riché, Pierre, Henri-Irénée Marrou. Historien engagé, Paris, Le Cerf, 2003, p. 185.         [ Links ]
24 Riché, Pierre, o. c., p. 188.
25 Pellistrandi, a. c., p. 67.
26 Dosse, François, L’ histoire, Paris, Armand Colin, 2000, p. 5.         [ Links ]
27 Ibíd.
28 Ibíd.
29 Hemos destacado esta distinción y su importancia para la elaboración de una genuina epistemología de la historia en nuestro estudio: ¿Qué es la historia? De la metodología histórica a la epistemología de la historia, Santiago, Ediciones Universidad Gabriela Mistral, Colección Temas Humanidades y Ciencias Sociales, 1998.         [ Links ]
30 La referencia a uno de los jefes de fila de los Annales está tomada de la lección inaugural del Collège de France en 1933, donde Lucien Febvre señalaba: he oído decir con frecuencia que los historiadores no tienen grandes necesidades filosóficas. Reproducido en Combates por la Historia, Barcelona, Ediciones Ariel, 1970, p. 16.         [ Links ] Cf. Francois Dosse, L’ histoire, o. c., pp. 5-7. También, las excelentes reflexiones de Antoine Prost, Douze lecons sur l’ histoire, France, Éditions du Senil, 1996, pp. 7-11.         [ Links ]
31 De la connaissance historique, Paris, Éditions du Seuil, Points/Histoire, 1975.         [ Links ]
32 Ibíd., p. 9.
33 Esta tesis será retomada por el filósofo Jacques Maritain en su meditación sobre la historia: “Henri Marrou tiene perfecta razón al insistir en que la verdad histórica es completamente distinta de la verdad científica, y en que no tiene la misma clase de objetividad. Es verdad, o conformidad con lo que es, pero la demostración de lo cual nunca puede terminarse (implica un infinito); posee objetividad, pero una clase peculiar de objetividad, para alcanzar la cual todo el sujeto pensante, como agente intelectual, se haya comprometido”, Filosofía de la historia, Buenos Aires, Editorial Troquel, 1960, pp. 21 y 22.         [ Links ]
34 Sobre la linguistic turn, expresión popularizada por el filósofo Richard Rorty, y las discusiones que ha planteado en el campo de la historiografía, véase el reciente estudio de Christian Delacroix. En Historiographies. Concepts et débats. Sous la direction de C. Delacroix, F. Dosse, P. Garcia & N. Offenstadt, France, Éditions Gallimard, Collection folio/histoire, 2010, pp. 477-490.         [ Links ]
35 White Hayden, El texto histórico como artefacto literario, España, Paidos Ibérica Ediciones, 2010.         [ Links ] White Hayden, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.         [ Links ] White, Hayden, Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2010.         [ Links ]
36 De la connaissance historique (1975), o. c., p. 9.
37 De la connaissance historique, o. c., p. 9.
38 Mandrouze, André, Encyclopediae Universalis la nouvelle édition (DVD), “Henri Irénée Marrou 1904-1977”, 2009.         [ Links ]
39 Prevotat, Jacques, Liminaire, Cahiers Marrou, n° 1, 2008, p. 2.         [ Links ]
40 La noción de realismo crítico la tomamos de la obra filosófica de Jacques Maritain, particularmente de su Metafísica del Conocimiento. Somos conscientes de los problemas que dicha noción plantea por cierta “connotación” kantiana que la palabra “crítica” evoca en la mente de muchos, sobre todo para autores que adhieren al pensamiento de Tomás de Aquino. A este respecto basta recordar la apasionante polémica entre Jacques Maritain y Etienne Gilson, quien siempre reprochó “amicalmente” al filósofo de Meudon el uso de esta noción para referirse a la filosofía del ser, proponiendo en su lugar la expresión de realismo metódico para caracterizar la doctrina filosófica sobre el conocimiento elaborada por el Aquino. De Jacques Maritain, véase su obra capital, Distinguer pour Unir ou les Degrés du Savoir, Édition revue et augmentée, Desclée, Paris, 1946.         [ Links ] Este texto de Maritain corresponde al volumen 3 de las Obras Completas. Cf. Jacques et Raïssa Maritain, OEuvres Complètes, Volume III, (1924-1929), Éditions Universitaires Fribourg, Suisse, Éditions Saint-Paul Paris. Para el estudio de la posición intelectual de Étienne Gilson, El realismo metódico, edición bilingue español/francés, Introducción de Eudaldo Forment, Madrid, Ediciones Encuentro, 1997;         [ Links ] también, Realisme thomiste et critique de la connaissance, Paris, Vrin, 2002.         [ Links ]
41 Entre los estudios recientes no puedo dejar de mencionar el texto de Jaume Aurell, Tendencias historiográficas del siglo XX, Santiago, Globo Editores, 2008.         [ Links ] Lo primero que sorprende es que al inicio de la obra, el autor señala a Charles O. Carbonell junto a Georg G. Iggers como los fundadores de la historiografía como subdisciplina de la historia (p. 1). Sin embargo, cuando aborda el gran tema del positivismo histórico no hace ninguna mención a las tesis de Carbonell, en circunstancia que estas tesis han sido decisivas en la forma de entender esta corriente de pensamiento al menos estos últimos decenios. Solo se contenta con afirmar lo siguiente: “el positivismo posibilitó a la historia el acceso a las leyes generales, con lo que se reafirmaba el carácter científico de la historia, ya propiciado un tiempo atrás por el historicismo” (p. 10). Nada más ajeno a la realidad. El profesor de la Universidad de Navarra confunde el positivismo como filosofía u ontología de la historia con la historiografía positivista. Este error el autor lo habría evitado si hubiese leído con atención no solo las obras de Carbonell a quien cita, sino también de Henri Marrou –al cual también hace referencia bibliográfica–, quien se sitúa juntamente desde el historicismo para criticar al positivismo. Además, el historicismo o si se prefiere la filosofía crítica de la historia no busca en modo alguno establecer leyes de validez universal en historia. Lo que busca es un tipo de cientificidad que se encuentra en las antípodas del pensamiento positivista, y esto es posible gracias a la noción de comprehensión en cuanto esta última se distingue y a veces se opone a la idea de explicación. Aún más, para el historicismo lo más propio de la historia como ciencia del espíritu tiene que ver con la singularidad, de ahí que Rickert la considere como una ciencia de lo individual.
42 Carbonell, Charles-Olivier, La Historiografía, España, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, 1993, pp. 118-119.         [ Links ]
43 Bourdé, Guy et Martin Hervé, Les écoles historiques, France, Seuil (format Poche), 1983.         [ Links ]
44 Bizière, Jean Maurice et Vayssière, Pierre, Histoire et historiens. Antiquité, Moyen Âge, France moderne et contemporaine, Paris, Hachette, 1995.         [ Links ]
45 Véase, Les écoles historiques, o. c., pp. 163-168.
46 Citado en Les écoles historiques, o. c., p. 168.
47 Sobre esta idea de ciencia dominante a fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, véanse los notables estudios de dos grandes filósofos que pertenecen a horizontes filosóficos bastante disímiles, nos referimos a Jacques Maritain discípulo de Tomás de Aquino y Edmund Husserl padre de la Fenomenología. De Jacques Maritain, La philosophie de la nature. Essai critique sur ses frontières et son objet, Paris, Pierre Tequi éditeur, 1996. Especialmente, Chapitre Deuxième: “La conception positiviste de la science et ses difficultés”, pp. 41-67.         [ Links ] Este libro corresponde al Tomo 5 de las Obras Completas. OEuvres Complètes, Jacques et Raïssa Maritain, Volume V (1932-1935), Éditions Universitaires Fribourg Suise, Éditions Saint-Paul Paris. De Edmund Husserl, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008. Especialmente el Capítulo Primero: “La crisis de las ciencias como expresión de la radical crisis de vida de la humanidad europea”, pp. 47-62.         [ Links ]
48 Husserl, Edmund, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Buenos Aries, Prometeo Libros, 2008, pp. 49 y 50.         [ Links ]
49 Cf. Maritain, Raïssa, Les Grandes Amitiés. Vol. 1 Souvenirs. Paris, Desclée de Brouwer, Éditions de la Maison Française, 1941, chapitre IV: “Henri Bergson”, pp. 116-149.         [ Links ] Recordemos que Jacques Maritain descubrió la metafísica gracias a las clases y al influjo decisivo de Bergson.
50 Husserl, Edmund, o. c., p. 50.
51 Marrou, El conocimiento histórico, o. c., p. 20.
52 Carbonell, Charles-Olivier, Toulouse, Histoire et Historiens. Une mutation idéologique des historiens français 1865-1885, Privat Editeur, 1976.         [ Links ]
53 Carbonell, o. c., p. 401.
54 Bourdé, Guy, Martin, Hervé, o. c., p. 161.
55 Además de la obra ya citada, Histoire et Historiens…, conviene mencionar: Carbonell, Charles-Olivier, L´historiographie, France, Presses Universitaires de France, Deuxième édition corrigé (1981) 1986.         [ Links ] También su interesante reflexión en: Vázques de Prada V., Olabarri I., Floristan Imizcoz A., La historiografía en Occidente desde 1945. Actitudes, tendencias y problemas metodológicos, Pamplona, Universidad de Navarra, 1985. La presentación de Carbonell se titula: “Evolución general de la historiografía en el mundo, principalmente en Francia”, pp. 3-17.         [ Links ]
56 Citado por Carbonell, o. c., p. 403.
57 Ibíd., p. 405.
58 Bourdeau, Louis, L’ histoire et les historiens essai critique sur l’ histoire considerée comme science positive, Paris, Alcan, 1885.         [ Links ]
59 Cf. Ehrard, Jean, Palmade, Guy, L’ Histoire, Paris, Librairie Armand Colin, Collection U, Troisième Édition revue et corrigée, 1971, pp. 77-80.         [ Links ]
60 Lefebvre, Georges, Naissance de l’ historiographie moderne, Paris, Flammarion, 1971, p. 298.         [ Links ]
61 Langlois, Charles-Victor, Seignobos, Charles, Introduction aux Études Historiques, Preface de Madeleine Rebérioux, Paris, Éditions Kimé, 1992.         [ Links ]
62 Ibíd., p. 17.
63 Ibíd., p. 18.
64 Langlois, Ch., Seignobos Ch., o. c., p. 175.
65 Langlois, Seignobos, o. c., pp. 192 y 193.
66 Langlois, Charles, La Méthode Historique Appliquées aux Sciences Sociales, Paris, Felix Alcan, 1909. Reimpresión, 2010.         [ Links ]
67 En nuestro estudio ya citado, ¿Qué es la historia? De la Metodología histórica a la Epistemología de la historia, hemos privilegiado la expresión “historiografía metódica” sobre la de “historiografía positivista”, pp. 17-25 (1998).
68 Bourdé G., o. c., p. 127.
69 Ibíd., p. 132.
70 Burguière, André, Dictionnaire des Sciences Historiques, Paris, Presses Universitaires de France, 1er édition, mai 1986.         [ Links ]
71 Ibíd., p. 536.
72 Vayssière, Pierre, Bizière, Jean-Maurice, Histoire et Historiens. Antiquité, Moyen Âge, France Moderne et contemporaine, Paris, Hachette/Supérieur, 1995.         [ Links ] Una mención aparte merece mi maestro Pierre Vayssière, a quien debo mi preocupación por los temas historiográficos y epistemológicos, y con quien he podido discutir estos temas en diversos momentos, sobre todo durante mis estudios en la Université de Toulouse-Le Mirail.
73 Ibíd., p. 155.
74 Ibíd.
75 Ibíd.
76 Ibíd., p. 157.
77 Cf. Nuestro libro, La historia en un tiempo de dudas, o. c.
78 Pierre Vayssière, actualmente Profesor Emérito de l’ Université de Toulouse II, siempre ha sido un crítico de la hegemonía de los Annales y un asiduo lector y seguidor de las tesis de Henri Marrou, Paul Veyne y Michel de Certeau.
79 Vayssière et Bizière, Histoire…, o. c. p. 157.
80 Ibíd., p. 159.
81 Delacroix, Christian, Dosse, François, Garcia, Patrick, Les courants historiques en France.19e-20e siècle, Paris, Armand Colin, 1999-2002, p. 53.         [ Links ]
82 Dilthey, Wilhelm, Introducción a las Ciencias del Espíritu, Prólogo de José Ortega y Gasset, Madrid, Revista de Occidente, 1956, pp. 101 y 102.         [ Links ]
83 De la connaissance historique, Paris, Éditions du Seuil, 1954, pp. 11 y 12.         [ Links ]
84 De la connaissance historique, p. 9.
85 Cf. Marrou, Henri, De la connaissance historique (1975), o. c., pp. 47-63.
86 Cf. Nuestro libro, La historia en un tiempo de dudas, o. c., pp. 81-135.
87 El término deriva del griego simpatía (συμπάθεια), palabra compuesta de συν πάθος = συμπαθος, literalmente “sufrir juntos”, “tratar con emociones...”. Se define la simpatía como la capacidad de percibir y sentir directamente, de manera que se experimenta cómo siente las emociones otra persona. La simpatía implica afinidad, inclinación mutua y amabilidad.
88 Cf. En general, Dilthey, Wilhelm, Crítica de la razón histórica, Barcelona, Ediciones Península, 1986.         [ Links ]
89 Sobre la crítica de la razón histórica en Wilhelm Dilthey sigue siendo insuperable por su agudeza y profundidad el estudio de Raymond Aron sobre la filosofía crítica de la historia: Aron, Raymond, La philosophie critique de l’ histoire, Paris, Nouvelle édition revue et annotée par Sylvie Mesure, Julliard, 1987.         [ Links ]
90 El conocimiento histórico, p. 43.
91 Les écoles historiques, o .c., p. 340.
92 ἐποχή, significa literalmente: detención, interrupción, cesación. En el lenguaje de los escépticos, “suspensión del juicio, estado de duda”. Cf. Anatolle, Bailly, Le Grand Bailly, Dictionnaire Grec-Français, Paris, Hachette, 2000, p. 792.         [ Links ]
93 Marrou, Henri, “Comment comprendre le métier d’ historien”. En Charles Samaran, o. c., p. 1518. Véase en el mismo texto el acápite Rôle cojoint de la critique et de la sympathie, pp. 1517-1524.
94 Husserl, Edmund, Méditations Cartésiennes. Introduction à la Phénoménologie, Paris, Librairie Philosophique Vrin, “Bibliothèque des Textes Philosophiques”, 1969, §8 pp. 17 y 18.         [ Links ]
95 Marrou, El conocimiento histórico, o. c., p. 67.
96 Ibíd.
97 Cf. Antiseri, Dario, Reale Giovanni, Historia del pensamiento filosófico y científico. Del romanticismo hasta hoy (volumen III), Barcelona, Editorial Herder, 1995, pp. 405-432.         [ Links ] Aron Raymond, La philosophie critique de l’ histoire, o. c.. Dilthey, Wilhelm, Introducción a las Ciencias del Espíritu, Madrid, Revista de Occidente, 1955.         [ Links ] Meinecke, Friedrich, El historicismo y su génesis, México, Fondo de Cultura Económica, 1983.
Links ]98084-98" href="#footnote-98084-98-backlink">98 Marrou, De la connaissance…, o. c. p. 17.
99 Antiseri y Reale, o. c., p. 405.
100 Marrou, De la connaissance historique, p. 7.
101 Marrou, El conocimiento histórico, o. c., p. 73.
102 Ibíd.
103 Ibíd.
104 Ibíd.
105 Cf. Prost, Antoine, Doce Lecciones sobre la historia, Madrid, Frónesis, Cátedra Universitat de València, 2001.         [ Links ]
106 Dilthey, Wilhelm, Psicología y Teoría del Conocimiento, Obras, Vol. 5, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1945, o. c., pp. 196 y 197.         [ Links ]
107 Recordemos que la idea de amistad procede en nuestra tradición del pensamiento clásico y fue posteriormente asimilada y profundizada por el pensamiento cristiano, tanto por la Patrística, donde el mayor representante es Agustín de Hipona, y también por la Escolástica, siendo su representante más destacado Tomás de Aquino. En lo que respecta al pensamiento clásico, la noción de amistad es desarrollada por Platón en el diálogo socrático Lisis, mientras su teoría sobre el amor la plantea sobre todo en el Banquete. En el Lisis, Sócrates dice que la amistad descansa en el amor y se regula por la virtud. Lo importante a retener en la reflexión de Platón que será profundizada por Aristóteles, es la idea que la amistad supone siempre la búsqueda del bien del ser amado e implica la reciprocidad. Se debe velar siempre por el bien del amigo. Se trata pues de una noción intrínsecamente ética. Aristóteles retoma la temática y la desarrolla ampliamente en los libros VIII y IX de la Ética Nicomáquea, afirmando desde el principio que cuando se habla de la amistad, se trata de una virtud o que va acompañada de virtud, y considera que es el bien más necesario para la vida humana. En efecto, sin amigos no valdría la pena vivir, aunque se poseyeran todos los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita, sobre todo, respecto de los amigos.
108 Marrou, Henri, El conocimiento histórico, Barcelona, Idea Books, 1999, pp. 71 y 72.         [ Links ]
109 Prost, Antoine, Doce lecciones sobre la historia, o. c., p. 169.
110 Ibíd.
111 Marrou Henri, De la connaissance historique (Points/Histoire), p. 49.
112 Ibíd., p. 48
113 Ibíd., p. 49.
114 Collingwood, R. G., Idea de la historia, México, Fondo de Cultura Económica, Decimocuarta reimpresión, pp. 249-252.         [ Links ]
115 Ibíd.
116 Ibíd.
117 Marrou, Henri-Irénée, “Comment comprendre le métier d’ historien”. En Samaran, Charles, L’ Histoire et ses Méthodes, France, Encyclopédie de la Pléiade, Éditions Gallimard, 1961, p. 1471.         [ Links ] El destacado es nuestro.
118 Marrou, H.-I., De la connaissance historique, Paris, Éditions du Seuil, Collection “Esprit”, 1954, p. 238.         [ Links ]
119 Maritain, Jacques, Filosofía de la historia, o. c., p. 22.
120 Tristesse de l’Historien, a. c., p. 18. Recuerdo la extensa conversación mantenida con uno de los grandes discípulos de Henri Marrou en Paris en abril del 2005, Pierre Riché. En ese momento, el gran medievalista me sugería que leyera con atención el artículo que ahora citamos, proporcionándome una fotocopia del mismo.
121 Cf. en general, Dilthey, Wilhelm, Crítica de la Razón Histórica, Barcelona, Editorial Península, Primera edición, 1986.         [ Links ]

 


Recibido: agosto 2015
Aceptado: marzo 2016

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