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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.48 Santiago jun. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432018000100161 

Artículo

“Chile viene de vuelta”. El gremialismo, la síntesis conservadora-neoliberal y la crisis del occidente europeo (1980-89)

“Chile viene de vuelta”. The gremialistas, the conservative-neoliberal synthesis and the crisis of western Europe (1980-1989)

Alessandro Santoni1 

Raúl Elgueta2 

1Doctor en Historia Política Contemporánea por la Universidad de Bolonia. Académico Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, Chile. Correo electrónico: alessandro.santoni@usach.cl

2Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Académico Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, Chile. Correo electrónico: raul.elgueta@usach.cl

Resumen:

Este artículo se centra en el ámbito de las estrategias discursivas de la derecha partidaria del régimen militar. Su principal objeto de interés es el gremialismo, expresión más acabada de la síntesis entre neo-liberalismo y conservadurismo que caracterizó a la derecha surgida bajo el alero de la dictadura. A partir de un análisis de artículos aparecidos en la prensa cercana a tal sector, los autores destacan como, en un contexto marcado por la actitud negativa hacia Chile de los países capitalistas “avanzados” de Europa, se elaboraron una serie de representaciones sobre la crisis de Occidente, centradas en los efectos del Estado del bienestar y en la decadencia de los valores morales tradicionales. Tales representaciones permitieron articular un discurso que superaba el recurso a un nacionalismo meramente defensivo, presentando al proyecto-país del régimen como alternativa a tal crisis.

Palabras clave: gremialismo; régimen militar; Europa occidental; aislamiento internacional; Estado del bienestar; temas valóricos

Abstract:

This article focuses in the discursive strategies of right-wing supporters of the Chilean military regime. Its main focus is on the gremialismo, which represents the ultimate expression of the neoliberal-conservative synthesis that characterized the country’s political right-wing parties since the authoritarian years. Drawing on an analysis of articles published on the press related to this group, this article highlights how, within a context of international isolation and in face of the critical attitude of so-called “advanced” capitalist countries of Europe towards the Pinochet regime, a series of representations about the crisis of the West were elaborated. By focusing on the effects of the Welfare State and the decay of traditional moral values, such representations helped overcoming a merely defensive nationalism, thus presenting its national project as an alternative to such crisis.

Key words: gremialismo; military regime; Western Europe; international isolation; Welfare State; moral values

Introducción

Desde hace algunos años que en el ámbito de los estudios históricos chilenos ha crecido el interés para investigar la vida política nacional del siglo XX en su dimensión internacional, observándola en el contexto de los grandes procesos y tendencias que han caracterizado la realidad mundial en esa época1. Muchos trabajos han puesto la atención en la tendencia de los actores políticos internos a inscribirse en grandes “ismos” globales, en los fuertes vínculos que los han unido con contrapartes externas, así como en los procesos de transferencia y recepción ideológicos que ha acompañado tales relaciones. Los años de la dictadura militar representaron una etapa particularmente significativa en este sentido. El exilio y la solidaridad internacional han sido de hecho considerados momentos fundamentales de una “apertura al mundo”, que ha dejado profunda huella en los programas y en la cultura partidista de sectores relevantes de la izquierda2. Bajo muchos puntos de vista, este proceso contrastaba con la situación con que se enfrentaba el otro Chile, el Chile pinochetista, asimilado al estatus de país paria y condenado a encerrarse en un discurso nacionalista fuertemente autorreferencial. Esta situación no dejaba de tener aspectos paradójicos si consideramos que, al derrocar a un gobierno de orientación marxista, la dictadura se había erigido en defensora de la causa occidental y garante de la pertenencia de Chile a ese mundo. Sin embargo, pronto había tenido que enfrentarse con la hostilidad de quienes consideraban sus naturales compañeros de ruta en la batalla de la Guerra Fría, como los principales países de Europa occidental y más tarde de los mismos EE.UU. La respuesta que la Junta y los sectores de la derecha civil, su partidaria, articularon a este desafío es tema aún por investigar. Dicha problemática tiene por lo demás diferentes facetas: la búsqueda de contactos con fuerzas afines, o por lo menos no hostiles, en el exterior; una política de difusión del punto de vista del gobierno hacia afuera, orientada a revertir la mala imagen internacional del país, y las estrategias discursivas de consumo interno, adoptadas por los medios oficialistas con el fin de fomentar el consenso hacia el régimen ante el ostracismo internacional. También se podría distinguir entre los diferentes actores que pertenecían al pinochetismo. Existía una política oficial en que las embajadas eran una pieza importante, cuya tarea era generar contactos y apoyar una política de contra-información y difusión de los logros del régimen3. Y existían las iniciativas que procedían del heterogéneo campo de la derecha civil, bastante activo en la articulación de contactos con corrientes políticas e intelectuales externas afines.

En este trabajo, nos centraremos en esa derecha que en esos años articulaba una nueva expresión política, específicamente en ese sector gremialista que en 1983 dio vida a la Unión Demócrata Independiente (UDI) y que representó la expresión más acabada el modelo socio-económico y cultural implementado por el régimen4. Nos focalizaremos en el discurso dirigido hacia el frente interno, no tanto a través de declaraciones públicas o artículos dedicados al problema de la intervención foránea en asuntos nacionales, sino más bien a través de textos en que se abordaba la realidad política y social de los países “amigos” de la oposición. En estos se articulaba un conjunto de representaciones del otro que, implícitamente, servían para explicar su “traición” (la actitud negativa hacia Chile). Nuestra hipótesis es que, en tal encrucijada, y justamente frente a la percepción de ser víctimas de una discriminación, se sentaron una serie de mecanismos de autorrepresentación del “nuevo Chile” -del proyecto-país creado por la dictadura- que arrancaban de una lectura de grandes tendencias y transformaciones que estaban interesando al mundo occidental y, más en particular, de la idea de una crisis de la sociedad occidental, a la cual se pretendía dar respuesta. Por supuesto, el nacionalismo -y la defensa de lo chileno contra toda interferencia de lo foráneo- se mantuvo, a lo largo de los diecisiete años de dictadura, como elemento principal de la estrategia comunicacional oficialista respecto al aislamiento y la intervención internacional. El hecho es que este sirvió a la vez de base para la construcción discursiva aquí analizada, adoptando nuevos matices. En el segundo apartado tocaremos este punto.

La alusión a la decadencia de Occidente, presente en la retórica nacionalista y en los fundamentos hispanistas de la derecha chilena se llenó de nuevos contenidos a partir de la síntesis de neo-liberalismo económico y conservadurismo valórico que encontró su máxima expresión en la formación de un partido como la UDI, liderada por Jaime Guzmán, expresión de la convergencia entre el sector gremialista fundado por este último en 1967, y los postulados de los Chicago Boys5. El cuestionamiento de los países del Occidente avanzado se focalizó en dos crisis hermanas, la del Estado benefactor y la de la moral tradicional, que analizaremos en el tercero y cuarto apartado respectivamente. El punto es que, a partir de ella, se creaba una identidad fundamentada en el proyecto socio-económico y cultural del régimen que se definía por contraste con ese occidente “mal encaminado”, partidario de la oposición a la Junta. Lejos de reducirse a una defensa de tradiciones patrias contra un mundo hostil, este discurso permitía conectarse con tendencia existentes en el exterior y visualizar -implícitamente- la experiencia chilena como modelo alternativo válido para otros países occidentales, como respuesta “salvadora” a la crisis. Por ello, en la medida en que nuestro interés se refiere a discursos y representaciones hegemónicos en amplios sectores de la derecha, hemos optado por hacer referencia a otros actores pertenecientes a tal mundo, cuando lo hemos estimado ilustrativo de actitudes compartidas. Nuestro supuesto es que la UDI era parte y expresión de un más general proceso de reformulación identitaria del sector, en que las ideas tenían una difusión y aceptación amplia, traspasando los confines que separaban los distintos grupos.

Una precisión tenemos que hacer respecto de la misma categoría de Occidente utilizada en estas páginas. No pretendemos entrar en una digresión respecto de las diferentes fuentes ideológicas que contribuyeron a forjar el concepto en la cosmovisión derechista chilena6. Cabe, esto sí, consignar una ambigüedad de fondo. En la visión de mundo occidental y en la representación de Chile como parte de él confluían y convivían desde un comienzo dos visiones diferentes, una moderna y otra anti-moderna, pero ambas típicas de la mentalidad de las elites sociales del país. Una venía del sentimiento de ser parte de ese mismo mundo de los países avanzados del hemisferio norte. Otra venía de la impronta hispanista, católica y anti-democrática, crítica del “occidente” personificado por la difusión del liberalismo7. Si la primera se encontraba enfrentada al drama del rechazo de esos países avanzados, la segunda se transformaba en un recurso defensivo que permitía explicar tal situación. Producto del giro del régimen hacia las políticas neoliberales, se asentó otra tendencia, modernizadora y neo-liberal, en la cual la nueva elite cívica estaba llamada a conducir al país hacia el progreso socio-económico. Esta tendencia reafirmó la primera visión estableciendo una convergencia con tendencias existentes en otros países, y encontró -en Chile antes que en otras partes- un equilibrio para coexistir y complementarse con la segunda.

Cabe también precisar por qué en este trabajo nos interesamos sobre todo en Europa. Somos conscientes de la mayor relevancia que asumía para la Junta la actitud del gobierno de EE.UU. y haremos además, en más de una oportunidad, referencia al trabajo de Stefan Rinke sobre norteamericanización en Chile, en la medida en que este presenta muchas observaciones que tienen validez para todo el ámbito del “Occidente avanzado”8. El punto es que el caso europeo tenía su especificidad. Justamente ahí se encontraban los referentes internacionales del adversario interno: los partidos socialistas y democratacristianos que desde la inmediata posguerra protagonizaron la vida política del viejo continente. Y ahí, debería agregarse, estaba personificado ese Estado protector que el modelo chileno buscaba superar. El proceso analizado en este artículo implicó un cambio parcial de percepciones de lo europeo que tocaba elementos sensibles de la identidad chilena en la versión que de ella tenía la clase dirigente. Esta siempre había basado su visión de la nación en ese legado europeo-occidental, alimentando además específicos paradigmas positivos respecto de países como Alemania, Gran Bretaña y España9. Como destacaba en 1979 un editorial de la revista Realidad, expresión del sector “Nueva Democracia”, precursor de la UDI, con ocasión del viaje del ministro de relaciones exteriores Hernán Cubillos a Gran Bretaña, España, Francia y RFA:

Chile, quizás en un grado mayor que otros países latinoamericanos, es heredero de Europa y está vinculado a ella por sangre, tradiciones y cultura amén de otras afinidades, por lo que los chilenos se sienten parte del mundo occidental y cristiano. De ahí lo doloroso que resultó el juicio negativo que, con diversos matices, países europeos aplicaron al proceso chileno10.

Respecto de la periodización, nos focalizaremos en la década de los ochenta, si bien contemplaremos algunos antecedentes relativos a la fase inicial del régimen, que nos parecen relevantes por marcar la tónica general del discurso adoptado por la derecha. Tal decisión se justifica a partir de una doble solución de continuidad. Por lo que concierne a la situación chilena, esta arranca con la promulgación de la Constitución de 1980 y se profundiza, a partir de 1983, a raíz de múltiples procesos: el inicio de las protestas sociales y de la estrategia insurreccional del comunismo chileno, la rearticulación de los actores de oposición en el interior y el desenvolvimiento del difícil diálogo entre estos y el régimen sobre la opción de una transición pactada. En ese escenario también se implementaron las “modernizaciones” que se constituyeron en el principal legado de la dictadura en la realidad social del país. Y se precisaron los proyectos que condujeron a la creación de nuevos partidos derechistas, entre ellos la UDI. Por lo que concierne a la situación externa, el retorno a las tensiones de la Guerra Fría acentuó -paradójicamente- el problema del aislamiento respecto de “Occidente”, pese a la inicial buena disposición de la administración Reagan. Terminaba la época de la colaboración entre fuerzas pertenecientes a ambos bandos de la cortina de hierro que se había producido sobre la causa chilena durante los setenta. El nuevo escenario conducía a la intervención directa de actores estatales y no estatales pertenecientes al mundo occidental en apoyo a las actividades desarrolladas en el interior por la oposición moderada agrupada en la Alianza Democrática. Un problema que estaba destinado a agudizarse con el giro de la política norteamericana hacia Chile a mediados de la década11.

El régimen a la defensiva: el anti-imperialismo pinochetista

Prácticamente en todos los países de la Europa occidental, después de septiembre de 1973, sectores relevantes del mundo político, de la prensa y de la sociedad civil alimentaron una masiva campaña solidaria con la oposición chilena. Las embajadas de Francia, Italia, Países Bajos y Suecia fueron entre las más activas en ofrecer amparo a partidarios de la izquierda que huían de la mano de los agentes de la represión12. Varios países de la región recibieron un fuerte contingente de exiliados, que llevó adelante en los años siguientes la causa de la lucha contra la dictadura. Las organizaciones de esta diáspora contaron con el apoyo activo y sistemático de los grandes partidos de izquierda -socialdemócratas y comunistas- existentes en los países anfitriones, capaces de incidir activamente en la línea de los respectivos gobiernos, ahí donde detentaban el poder o podían ejercer una presión decisiva desde la oposición13. El paso del Partido Demócrata Cristiano chileno (PDC) a la oposición empeoró las cosas para la Junta, en la medida en que este partido aprovechó su fuerte vínculo con los grandes partidos europeos de la misma matriz ideológica, logrando posicionarse como interlocutor local para referentes externos de comprobada lealtad atlantista14.

Desde un comienzo, para hacer frente a las condenas de los organismos internacionales y a la actitud hostil de muchos gobiernos del hemisferio norte -que se sumaba a la de los países comunistas o no alineados- el régimen y la prensa oficialista apelaron a la defensa de la soberanía nacional contra la intromisión de poderes foráneos y la pretensión de emitir juicios morales desde el exterior15. Esta línea defensiva arrancaba de una cosmovisión nacionalista que era natural para la derecha y le arrebataba, al mismo tiempo, a la izquierda un arma que le había sido tradicionalmente consubstancial, la del anti-imperialismo. Revertiendo una pauta polémica en la lucha política de los años anteriores, daba paso a la acusación de anti-patriotismo dirigida en contra de los “señores políticos” de la oposición, presentados como “vendepatrias” por el hecho de buscar sistemáticamente el apoyo externo y fomentar la intervención de otros países en los asuntos nacionales. Una argumentación que corría paralela a la anterior, asimilaba la ideología del adversario a doctrinas foráneas, ajenas al cuerpo de la nación, en contraposición a la propia, presentada como auténticamente chilena: un mecanismo retórico con una larga historia en la política chilena del siglo XX, que había sido utilizado prácticamente por todos los sectores políticos y constituía la contracara de la ya mencionada tendencia de estos a identificarse con grandes “ismos” globales16.

Estos elementos discursivos se mantuvieron presentes a lo largo del tiempo y asumieron aún mayor vigencia con el giro de 1983, cuando se abrió una fase marcada por el apoyo de los países del hemisferio norte a las actividades de la oposición en el interior. El 9 de noviembre de ese año, en un discurso público, el expresidente Alessandri arremetió contra la acción de la oposición para conjurar la ayuda internacional y la llegada de enviados de gobiernos y partidos europeos. La misma acusación fue movida en esos días por la División de Comunicación Social del gobierno (DINACOS), centrando su blanco en Gabriel Valdés, Andrés Zaldívar y sus nexos europeos17. El mismo Pinochet, en sus mensajes presidenciales de esos años, se quejaba de la intervención y el no entendimiento de la realidad chilena por parte de EE.UU. y Europa occidental, y reprochaba a los “políticos” de la oposición democrática de haber asumido “posiciones de subordinación a los dictados de intereses foráneos!”18. En la fase del plebiscito de 1988 se mantuvo este tipo de acusación, privilegiando ahora el blanco del imperialismo norteamericano. Como señala Rinke:

El yankee go home se convirtió en consigna de los partidarios de gobierno. Se hicieron paralelos explícitos entre la situación de 1970 y la de entonces, y se comparó la política estadounidense respecto de la oposición con el complot de la CIA y la ITT. El régimen presentó la campaña electoral previa al plebiscito como una elección entre independencia nacional -cuyo garante era Augusto Pinochet- y tutela estadounidense, favorecida por un eventual triunfo de la oposición19.

En lo que concierne a Europa, en la medida en que el anti-comunismo representaba la tónica principal del discurso de legitimación del régimen, la actitud del mundo político del viejo continente era explicada como el producto de la influencia que la ideología marxista había alcanzado en esas latitudes, si no derechamente de un plan maquinado por los comunistas. Una interpretación que amplificaba el innegable peso que los partidos de esa matriz tuvieron en alentar esa campaña en países como Italia y Francia, borraba las diferencias entre comunismo y otras expresiones de izquierda, o simplemente cuestionaba la autonomía intelectual y cultural de estas últimas. Esta posición era a menudo acompañada por una crítica contra la influencia de tendencias existentes en las democracias occidentales, en lo que concierne la esfera política, cultural y socio-económica, en nombre de la reivindicación de las tradiciones chilenas. Esta daba cuerpo a los argumentos sobre la crisis y decadencia de Occidente, sobre “el resquebrajamiento moral” que ponía en peligro esta civilización, esgrimidos ya en la declaración de principios de la Junta de Gobierno de marzo 1974 bajo el título “Chile en el contexto mundial: base para una definición”:

Las sociedades desarrolladas de Occidente, si bien ofrecen un rostro incomparablemente más aceptable que las anteriores, han derivado en un materialismo que ahoga y esclaviza al ser humano. Se han configurado así las llamadas “sociedades de consumo”, en las cuales pareciera que la dinámica del desarrollo hubiera llegado a dominar al propio ser humano, que se siente interiormente vacío e insatisfecho, anhelando con nostalgia una vida más humana y serena. Esta situación favorece la rebeldía juvenil, que periódicamente aparece bajo diversas expresiones. Todo lo anterior se ve agravado por la exitosa penetración que el marxismo ha alcanzado en estas democracias, seriamente debilitadas, como lo hemos podido palpar a raíz del movimiento del 11 de septiembre en nuestro país20.

El argumento de la crisis servía así de argumento polémico, en la medida en que la declaración apuntaba a subrayar cómo Chile habría enfrentado este mismo desafío de la manera correcta (“Chile viene de vuelta”), si bien, se especificaba que no correspondía ver en la solución escogida -el golpe- “fórmulas de supuesta proyección o validez universal”. El gremialismo -cuyo líder Jaime Guzmán había participado activamente en la redacción de ese texto- compartía esta inquietud con otros sectores. Es significativo que -como ha destacado Víctor Muñoz Tamayo- precisamente este tipo de inquietud representara uno de los ejes de trabajo del Instituto de Estudios Diego Portales en sus labores formativas hacia la juventud, con el fin específico de “situar a Chile en el marco global que representa(ba) el mundo occidental y la crisis que lo afecta(ba)”, y promover la idea de que el país pudiese jugar un papel de vanguardia, al “levantarse como baluarte en la defensa del espíritu occidental cristiano” contra al comunismo21. En su boletín, la Secretaria Nacional de la Juventud usaba este discurso en su advocación a la unidad de los jóvenes en torno al proyecto de la Junta, alegando que Chile estaría “solo” en esta “gran cruzada de rectificación moral”, mientras gran parte de los países democráticos estarían “fingen(do) no entendernos”22. Un ejemplo típico, en una fase temprana, de este discurso, y de algunos tópicos a él asociados, se encuentra en un artículo escrito por Miguel Kast en 1976. Este es particularmente interesante por el hecho de venir de un personaje que jugó un papel clave en la inserción de los Chicago Boys en la esfera de gobierno y que representó uno de los principales referentes de la que será la nueva derecha política representada por la UDI23. Su argumentación lograba combinar el anti-marxismo con la denuncia de las actitudes imperialistas de los países occidentales y un análisis de su decadencia moral, producto del bienestar social y del acceso a la educación, agregándole -de paso- un toque de populismo. Frente a las iniciativas de gobiernos europeos y de varios organismos internacionales contra la dictadura, denunciaba la hipocresía de quienes “ayer atacaban el intervencionismo político y económico, los mismos que ayer defendían el principio de autodeterminación de los pueblos”, y que sin embargo estaban “dispuestos a utilizar esas herramientas cuando el gobierno o la actitud de un país pequeño como Chile, no les gusta(ba)”. Kast analizaba la difusión en el mundo occidental de “toda una secta cuya posición autodenominan progresista de izquierda o socialista democrática”, que era el producto de la reacción al imperialismo de los mismos países occidentales (cuyas culpas eran “hechos objetivos” según el mismo Kast). Esta tendencia, a su vez, fue “hábilmente enhebrada” por el marxismo, que logró “penetrar los sectores más débiles del mundo occidental, con una conciencia moral desarrollada en forma inorgánica y desequilibrada”. Según Kast, estos eran representados por personas de una clase media “protegida por un sistema social generoso” o pertenecientes a “una familia de muchos recursos económicos”, sin preocupaciones económicas. Personas que “desconocen el riesgo” y “lo que cuesta surgir en base al esfuerzo personal” (implícitamente el autor asumía una autorrepresentación de las clases acomodadas chilenas como esforzadas y capaces de iniciativa individual). Contextualmente, introducía elementos del emergente interés de su sector político respecto a lo “popular” -un proceso al cual Kast dará una contribución central- al remarcar cómo la “intervención de los liberals de occidente en los asuntos internos de Chile” repercutía en la economía y el nivel de vida de la gente común y configuraba así un “atentado criminal contra nuestro pueblo, especialmente a los sectores más pobres”24.

La “crisis de Occidente”: Welfare State, intervencionismo estatal y socialismo

Con la excepción de un sector nacionalista minoritario, el neo-liberalismo económico se impuso como el principal mínimo común denominador de toda la derecha civil afín al régimen militar, convirtiéndose en un eje programático central para los partidos del sector hasta el día de hoy. También, la reforma impulsada por los llamados Chicago Boys cobró un significado específico como instrumento de relegitimación a los ojos del mundo, en la medida en que permitió superar el nacionalismo defensivo de la propaganda y asociar al régimen con la modernidad occidental. Este último pudo presentar sus éxitos económicos como carta de presentación del nuevo Chile y ganarse así el aprecio de políticos y economistas extranjeros. En esa coyuntura se crearon convergencias importantes con corrientes que articulaban una ideología afín en el hemisferio norte. Las visitas a Chile de Milton Friedman y Friedrich von Hayek dieron de por sí, y más allá de cuáles fuesen las intenciones de los invitados, un aval internacional desesperadamente necesario y anhelado25. Iniciativas como la reunión de la Sociedad Mont Pelerin realizada en noviembre 1981 en Viña del Mar, con la participación de Friedman, James Buchanan y Arnold Harberger, entre otros, representaban para los neo-liberales chilenos, una espléndida oportunidad para revertir la mala imagen del país en los medios internacionales. Entre los otros sectores afines al régimen, el Centro de Estudios Públicos (CEP), think tank independiente fundado en 1980, jugó un papel central. En las páginas de su revista Estudios Públicos se publicaron numerosos artículos de sus exponentes y de los próceres del pensamiento neoliberal y neoconservador26. Esta conexión cumplía así una función importante como mecanismo de legitimación interno, en la medida en que, de esta manera, se creaba un laboratorio de ideas, en que los chilenos dialogaban con eminentes figuras intelectuales del mundo “desarrollado” y en que los argumentos que estos últimos esgrimían legitimaban el camino seguido por Chile.

En esta línea también se movió la revista Realidad, órgano de ese sector político que en 1983 fundaría a la UDI, que en sus páginas publicó artículos y entrevistas de Hayek, Friedman, Kristol y Novak27. De particular interés, por ejemplo, la reproducción en sus páginas de dos artículos del académico alemán Gerhard Wolfgang Goldberg, en que se analizaba el pensamiento neo-conservador, destacando las analogías con las tendencias afines en Chile y en el continente latinoamericano28. El autor hacía explícitamente referencia al movimiento “Nueva Democracia”, expresión del sector gremialista entre 1979 y 1983. También, agregaba que:

Estos intentos de reordenación política son violentamente rechazados y condenados por los sectores liberales, socialistas y socialdemócratas de los Estados Unidos y Europa y a menudo incluso motejados de fascistas. Se persiste así en la aplicación de conceptos políticos del ámbito europeo-occidental, sin considerar que estos han demostrado ser falaces y frecuentemente perjudiciales para el continente sudamericano29.

Un aspecto que merece ser destacado es que estos interlocutores extranjeros formulaban sus planteamientos a partir de críticas hacia la sociedad occidental así como existía en el hemisferio norte. La idea de que Occidente tenía que ser defendido de sus mismos errores estaba a la base de “The Road to Serfdom” (1944) de Hayek, que concebía sus argumentos como una respuesta a la avanzada del Estado intervencionista. También estaba a la base de la emergente corriente neoconservadora que identificaba el problema en la cultura del 68 y en la influencia asumida entonces por los intelectuales de izquierda. Estas ideas convergían plenamente con la sensibilidad de la derecha chilena así como con el diagnóstico que ella hacía de la crisis de Chile. En el caso del gremialismo debería considerarse el hecho de que ese movimiento surgió precisamente en el contexto de la crisis impulsada por el movimiento de reforma universitaria de 1967, denunciando el hecho de que la política habría ocupado espacios de la vida humana que no le corresponden30. Más importante aún, estas ideas estaban en línea con las explicaciones esgrimidas ahora por varios sectores afines al régimen respecto de la “traición” de Occidente. Desde esa óptica, esto permitía contar con la opinión de europeos y norteamericanos, que presentaban la política “anti-chilena” de sus gobiernos, o de los medios de sus países, como una abjuración respecto de los auténticos valores occidentales, generada por el auge de la Nueva Izquierda y de las ideas progresistas31.

Por cierto, el hecho de que estas corrientes llevaran adelante una crítica al intervencionismo del Estado cumplía en sí una función legitimadora de las recetas adoptadas por los Chicago Boys. En esa línea, un editorial de Realidad en abril de 1981 tomaba acto del fracaso del “Estado benefactor”, responsable de ese “gigantismo estatal” que era “característica común a muchos países occidentales durante este siglo”, para auspiciar la profundización de las liberalizaciones económicas32. De alguna forma, esto permitía también alimentar el sentimiento de estar a la vanguardia, como notaba Carlos Huneeus al aseverar que la revolución neo-liberal chilena -en la representación idealizada de sus partidarios- “sería una revolución pionera en el mundo, que impulsó las reformas económicas aplicadas en países desarrollados en los años ochenta, para superar las debilidades del Estado benefactor establecido después de la Segunda Guerra Mundial, dominado por políticas socialistas”33. El punto es que, desde la perspectiva chilena, este argumento aportaba también un recurso polémico contra los adversarios externos del régimen. Por una parte, proyectaba una imagen de decadencia sobre los países del Occidente europeo. Por otra, visualizaba su principal blanco en esos mismos partidos socialistas y socialdemócratas que fomentaban el aislamiento internacional de la Junta.

Respecto del primer punto, otra vez se puede visualizar una tendencia que abarca un conjunto amplio de voces dentro de la derecha chilena. Un aspecto recurrente en la lectura que esta hace del Welfare State es el intento de buscar una conexión entre él y una supuesta crisis moral de la sociedad occidental. Para los mismos ideólogos neoliberales, el Estado benefactor atentaría contra la libertad del individuo, restringiría su autonomía y lo volvería incapaz de emprender. En esta línea se situaban también diagnósticos que hacían hincapié en la crisis existencial de los individuos que se beneficiaban de un Estado protector. Atisbos de este argumento se pueden divisar por ejemplo en el mencionado artículo de Kast, allí donde hablaba de “los sectores más débiles del mundo occidental, con una conciencia moral desarrollada en forma inorgánica y desequilibrada”, representados por una clase media “protegida por un sistema social generoso”34. Además, la asimilación de todo intervencionismo con el socialismo y el totalitarismo, la idea de que un Estado que interviene en la esfera de la economía esté violando derechos del individuo, representaban implícitamente argumentos útiles para revertir la “culpa” generada por la conducta de la dictadura en materia de derechos humanos, pasando así de acusados a acusadores. Las palabras con que Arturo Fontaine Aldunate daba inicio a su artículo en el primer número de la revista Estudios Públicos, son emblemáticas -a nuestro juicio- de un sentimiento común al conjunto de la derecha chilena. Fontaine evocaba la imagen de una “sociedad libre” amenazada por el comunismo y “aquejada de hondas incertidumbres, carente de fe en sí misma y en sus valores, y, olvidada a menudo, de su propia vocación de libertad”:

Nuestra sociedad libre, a veces permisiva en exceso respecto de la moral, y recelosa además del ejercicio de la autoridad así como desconfiada del vital elemento del orden en la convivencia política, se rige con frecuencia por Estados burocráticos, cuyo poder regulador, contralor y planificador es ilimitado, de manera que coarta la libertad de los individuos tan profunda y constantemente como pudiera hacerlo cualquier sistema totalitario35.

Respecto del segundo punto, estamos frente a una tendencia que es particularmente evidente en las páginas de Realidad. En ellas -más que el Welfare State en sí- el blanco privilegiado de los análisis críticos era la izquierda socialdemócrata europea, identificada con ese modelo36. Esta representaba, después de todo, el principal sponsor político y financiero de los sectores “renovados” de la oposición, así como el principal impulsor de las iniciativas internacionales contra el régimen37. Un editorial titulado “Socialismos: la historia los abandona” arremetía polémicamente contra todos los socialismos, pero elegía como blanco principal al “llamado socialismo democrático”, asignándole tintes totalitarios y destacando su tendencia a limitar la libertad individual, en línea con el argumento de Fontaine mencionado anteriormente. Este socialismo democrático, si bien “planteado como alternativa frente al marxismo” implicaba “un fuerte intervencionismo estatal en la economía, y crecientes restricciones a la propiedad privada y a la iniciativa económica particular”, así como “la multiplicación de controles y fórmulas proteccionistas, junto al incremento del gasto público y de los impuestos”:

El intervencionismo del “estado benefactor” o socialista, se desliza entonces a todo ámbito social. A pretexto de repartir un presunto bienestar igualitarista, a los débiles, la autoridad regimenta la educación, las prestaciones de salud, el mercado laboral, la seguridad social, el sindicalismo y otros campos semejantes. En el fondo, el socialismo democrático proclama la madurez de los ciudadanos para elegir a sus gobernantes, erigiendo la soberanía popular en dogma sacrosanto. Pero simultáneamente desconfía de la libertad para que esos mismos ciudadanos decidan por sí su propio destino, en las materias que más directa y cotidianamente lo afectan.

El artículo subrayaba todos los elementos de convergencia entre ese socialismo democrático y el marxismo, el cual elogiaría “toda medida estatista” del primero, considerándola “como un paso hacia la liberación revolucionaria y anticapitalista”. Entre ellos, destacaba el objetivo común de derribar las estructuras de la economía libre: un objetivo compartido también por el cristianismo de izquierda, y “la intelectualidad de vanguardia, con Marcuse, Althusser y tantos otros intérpretes del marxismo a la cabeza”. La condena era tajante:

Las experiencias socialistas democráticas se han ensayado a través del mundo en sus variadas versiones. Y a la postre el saldo ha sido amargo y desilusionante. Recesión, desempleo e inflación han sido los signos del fracaso económico. Limitación creciente a la libertad personal, ha construido el fruto final del estatismo “benefactor”.

Interesante notar cómo el autor reparaba en el concepto que Chile vendría de vuelta, allí donde afirmaba que el país habría “sufrido el socialismo en sus diversas expresiones hasta disipar toda duda sobre sus perspectivas”, al considerar que el socialismo democrático fue encarnado “bajo la fórmula democratacristiana”. El editorial concluía saludando triunfalmente las derrotas electorales “de las corrientes izquierdistas o socializantes en Inglaterra, Suecia, Australia, Portugal, Japón y Jamaica”, la elección de Reagan en EE.UU. y la difusión de las ideas de Hayek y Friedman. Todo esto estaba mostrando que el “carro de la historia ha modificado su rumbo” (para dirigirse hacia el mismo camino tomado por Chile)38. Con este tipo de argumentación, Allende, Castro, Frei y Brandt terminaban todos metidos en el mismo saco. Otros artículos evitaban sin embargo este tipo de simplificación. A los pocos meses, en el número 25 de junio de 1981, la misma revista le dedicó un gran espacio a la victoria de Mitterrand en Francia y las esperanzas que estaba generando en la izquierda chilena. El título de un editorial preguntaba: “Mitterrand: ¿será otro Allende?”. El intento polémico era evidente, si bien el editorial y los artículos que lo acompañaban mostraban perspicacia en mantener una posición escéptica sobre la posibilidad de que el nuevo gobierno francés tomara un camino “de neto signo marxista”39. De mayor interés, por los recursos discursivos que adoptaba, una charla dictada por Hermógenes Pérez de Arce en el marco de un seminario realizado en mayo de 1983, y publicada en Realidad en el número de agosto de ese año40. Este autor presentaba un recorrido de la historia de la socialdemocracia en que se mostraba bastante atento a aclarar los matices que caracterizaban a tal tendencia, aprobando por lo demás todo lo que constituía un alejamiento ideológico del socialismo y un acercamiento al liberalismo económico. Sin embargo, su propósito era más bien sancionar, con tono entre irónico y paternalista, la que consideraba la inconsistencia de la ideología socialdemócrata: “les confieso que para mí es una doctrina simpática; y si no la abrazo es aproximadamente por la misma razón por la cual, si bien me gustaría tratar siempre muy cariñosamente a mis hijos, a veces los tengo que castigar”. Pérez de Arce hacía referencia a un artículo de Álvaro Bardón en El Mercurio, titulado “¡Que agradable es ser social demócrata!” e ironizaba sobre el objetivo del “más grande bienestar político, económico y moral para todos” indicado por Eduard Bernstein (quien, con ello, “no estaba haciendo demagogia”, sino “pensaba que eso podía ser una doctrina”)41. El problema de fondo -explicaba- estaba en que la “benevolencia” propia de esta doctrina llevaba al desequilibrio económico, como en los años de la república de Weimar, cuando -según el autor- a los socialdemócratas “les sucedió lo que ha sido, yo diría, el sino Social Demócrata en lo que resta de la historia hasta nuestros días”, es decir “hicieron un gobierno lleno de buenas intenciones” pero “no supieron sumar y restar”42.

La “crisis de Occidente”: decadencia moral, aborto y derechos humanos

La síntesis ideológica entre neo-liberalismo y conservadurismo valórico que animaba un partido como la UDI reafirmaba y renovaba, en el marco del proceso modernizador alentado por el mismo programa económico de la dictadura, ese ideario tradicionalista católico que era profundamente arraigado en una vertiente importante del conservadurismo chileno. Progresivamente, dentro de este coacervo ideológico -casi equilibrando el abandono de visiones corporativistas en lo económico- fueron cobrando relevancia aquellas temáticas relativas a la esfera de la familia y de la sexualidad destinadas a caracterizar constantemente el programa y la identidad de esta derecha política después del retorno a la democracia43. Esta tendencia se benefició de la obra de proselitismo desarrollada con éxito en esos años por el Opus Dei y los Legionarios de Cristo entre las elites conservadoras, y con el paso del tiempo permitirá al mundo conservador chileno cerrar las heridas abiertas en su relación con la Iglesia por el Concilio Vaticano II y el activismo de la jerarquía en defensa de los derechos humanos. En muchos aspectos, también creó las bases de una marcada sintonía con tendencias por entonces en fase de gestación en otros países, como el teo-conservadurismo norteamericano.

Estos aspectos ocuparon un lugar destacado en la declaración de principios de Renovación Nacional, cuando esta se fundó como partido unitario de la derecha en 1987, y en la reformulación de la misma adoptada por la UDI en 1991, después de la muerte de Jaime Guzmán. El texto afirmaba en su íncipit, en ambas versiones, la existencia de “un orden moral objetivo”, que sería el “fundamento de la civilización occidental y cristiana” al cual debía ajustarse la organización de la sociedad. De este supuesto hacía derivar, entre otros, que “la familia, núcleo básico de la sociedad” debía “ser respetada y fortalecida”. Además, entre “los derechos y libertades que una sociedad libre debe asegurar a sus habitantes” le asignaba “especial relevancia al derecho a la vida, incluida la del que está por nacer”44. Incluso en este caso, conviene partir de la constatación que estamos frente a una tendencia que cundió en todo el ámbito de la derecha pinochetista, y que no es restringible al solo gremialismo. Cabe recordar al respecto que el mismo régimen militar, desde fines de los setenta, había cambiado de rumbo en sus políticas en materia de reproducción. En 1979, un documento de ODEPLAN había criticado las políticas de regulación de la natalidad, en aras de aumentar la población y garantizar la defensa nacional45. La misma constitución de 1980 había recogido -si bien solo en parte- las indicaciones de Jaime Guzmán al respecto, estableciendo que la ley protegía “la vida del que está por nacer”46.

Estas posiciones jugaban un papel más relevante de lo que se podría pensar en los mecanismos de autolegitimación frente al resto de Occidente, en la medida en que los conservadores valóricos chilenos presentaban la supuesta decadencia del primer mundo -a la cual ya hicimos referencia- también como un producto de la liberalización de las conductas sexuales, así como de las leyes permisivas que fueron promulgadas en estos años en materia de divorcio, aborto y políticas anticonceptivas: una práctica discursiva que se prestaba a ser aplicada sobre todo con relación a países amigos de la oposición47. Un aspecto interesante es que estas temáticas permitían combinar dos estrategias discursivas, una nacionalista y una occidentalista. Por una parte, permitían la constante referencia a los valores tradicionales de la nación, en base a un recurso ideal y discursivo propio de todos los tradicionalistas del mundo: la idea, contra toda evidencia histórica, que existiera un estilo de vida nacional, anclado en tales valores. Presentándose como defensores de esta esencia contra las tendencias provenientes del hemisferio norte, estos sectores de la derecha transformaban así el tema valórico en argumento “anti-imperialista” y en terreno de resistencia contra la influencia de EE.UU. y Europa. A partir de tal enfoque, una organización finalizada a promover el control de la natalidad como APROFA, la Asociación Chilena de Protección de la Familia, podía ser acusada de ser un instrumento de Estados Unidos y de las grandes farmacéuticas48. Esta postura además creaba una base de convergencia con el llamado de la Iglesia contra el imperialismo anticonceptivo y la campaña de los países desarrollados en contra de los emergentes, encontrando un eco en las palabras del mismo papa Juan Pablo II durante su visita a Chile en abril de 1987, cuando este había llamado a resistir “a la acción de los agentes neo maltusianos, que quieren imponer un nuevo colonialismo a los pueblos latinoamericanos, ahogando su potencia de vida con las prácticas contraceptivas, la esterilización, la liberación del aborto y disgregando la unidad, estabilidad y fecundidad de la familia”49.

Por otra parte, tales posiciones permitían insistir en la defensa de la civilización occidental, entendida como binomio entre economía de mercado y principios morales católicos, presentando a la “vía chilena” como una alternativa válida para otros países. Esta línea tenía su corolario en una interpretación que veía en el origen de estos fenómenos no tanto los efectos colaterales de la modernidad capitalista introducida en Chile por las reformas neo-liberales, cuanto una “estrategia del comunismo para penetrar en Occidente”50. Volviendo al caso del gremialismo, este punto es bien ejemplificado por el artículo 11 de la declaración de principios de la UDI, titulado significativamente “un nuevo rostro del marxismo”:

El Marxismo modifica así su fisonomía hacia enfoques más sutiles como el de Gramsci, que preconizan apoderarse de las sociedades libres a través de la erosión de sus instituciones fundamentales y del dominio de la cultura. Para ello se fomenta la destrucción sistemática de los valores cristianos, especialmente los referidos a la familia y las costumbres públicas y privadas. El debilitamiento del matrimonio, la legalización del aborto y la permisividad frente a la pornografía y las drogas son síntomas que -aunque de variados orígenes- se fomentan o aprovechan por esta nueva expresión gramsciana del marxismo, que hoy amenaza incluso a los países más desarrollados del Occidente. Enfrentar los peligros que entraña dicha agresión contra el espíritu y los valores de la cultura occidental y cristiana, es una obligación de especial actualidad que Unión Demócrata Independiente asume y respecto de la cual alerta a los chilenos.

En torno a estas temáticas se abría, a la vez, un ulterior frente polémico con los socialistas europeos. En vista de las elecciones de 1989, Jaime Guzmàn denunciaba, con tonos de cruzada, el enarbolamiento de “la bandera de la legalización del aborto” por parte de la izquierda marxista criolla, para luego dirigir sus dardos hacia afuera, en base a una teoría del complot que metía, al parecer, al comunismo soviético y a la socialdemocracia occidental en el mismo saco:

Con todo, resulta esencial advertir que la referida propuesta forma parte de un plan de más largo aliento y de gravísimas proyecciones para nuestra patria. El fracaso mundial irreversible del socialismo está obligando a los gobiernos y partidos de ese signo a abandonar sus expresiones más radicalizadas en materia económica. Su aproximación -parcial, pero creciente- a fórmulas propias de las economías de mercado, surge como exigencia ineludible del derrumbe definitivo del ideario socialista. Sin embargo, en su reemplazo el socialismo dirige sus dardos en Occidente contra la familia y contra los valores fundamentales de la civilización cristiana. El caso de la naciente democracia española es prototípico al respecto. La legalización del divorcio y del aborto, la exaltación de la pornografía, la libertad de enseñanza, son partes de esa estrategia deliberada. Ya estamos notificados que eso procurará reeditarse en Chile. Luchar contra ello exige definir posiciones y alinear voluntades desde ahora mismo51.

La batalla anti-abortista cumplía otra función importante en el posicionamiento de esta nueva derecha chilena frente al mundo, en la medida en que era usada para darle vuelta a la cuestión de los derechos humanos. Guzmán, en particular, consideraba el aborto una forma de asesinato, que debería ser considerada particularmente grave, por ser practicado contra un ser indefenso. En un artículo publicado en 1985 sobre el concepto de seguridad nacional en la Constitución de 1980 afirmaba que, mientras esta confería rango constitucional a la defensa de la persona aún por nacer, en muchos países “de civilizaciones milenarias”, cuyos gobiernos se erigían “en paladines de los derechos humanos”, se legalizaba “esa licencia para asesinar que implica el aborto”52. Las implicaciones de esta lectura se hicieron evidentes en ocasión de la decisión del gobierno socialista francés de autorizar la difusión de la píldora abortiva RU-486. En noviembre de 1988, en una carta dirigida al primer ministro Rocard, firmada por el mismo Guzmán, junto con los vicepresidentes de la UDI Jovino Novoa, Joaquín Lavín y Francisco Bartolucci, se acusó al Gobierno de Francia de promover y facilitar “un genocidio, pretendiendo revestirlo de legitimidad moral”53. En un artículo escrito en esa instancia, Guzmán reiteraba sus argumentos:

Quienes más critican al actual gobierno chileno en materia de derechos humanos suelen exaltar a las democracias europeas como modelos de respeto a tales derechos. Sin embargo, dicho enfoque ignora que la mayor parte de esos regímenes democráticos ha legalizado el aborto, lo que implica validar una violación masiva, sistemática y brutal contra el más básico derecho humano.

No solo el presidente de la UDI comparaba estas políticas a los crímenes de la Junta (“no hay gobierno al cual no se le puedan reprochar violaciones a los derechos humanos”), sino que las consideraba aún más graves, porque -según él- en Chile ninguna autoridad de gobierno había “pretendido jamás justificar hechos condenables”, atribuidos a la acción aislada de “organismos o funcionarios”. En Francia, en cambio:

El gobierno socialista de Francia promueve y facilita un genocidio, buscando revestirlo de legitimidad moral. Ello recuerda las argumentaciones con que Hitler y Stalin pretendieron justificar genocidios de otros géneros, que todavía estremecen las conciencias civilizadas. ¿Dónde se respetan o se violan más los derechos humanos? ¿En Chile o en países como Francia?54.

Conclusiones

Desde un inicio, la Junta militar chilena se enfrentó a la manifiesta hostilidad de muchos de los que consideraba sus aliados naturales en el escenario internacional. Era el caso de varios países europeos que, en los años siguientes, se convirtieron en una importante fuente de soporte político y económico para los partidos de la oposición chilena en el exilio y en la clandestinidad. La indignación por esa reacción adversa empujó al régimen hacia una retórica nacionalista e anti-imperialista, que perduró a lo largo de diecisiete años. Esta postura se acompañaba de un diagnóstico crítico respecto de tendencias que habrían caracterizado a la política y a la sociedad de tales países, que servía para explicar la incomprensión que estos mostraban de la realidad chilena.

El aspecto sobre el cual quisimos poner el acento es que, dentro de la derecha política hija del régimen, se logró formular un discurso que permitió superar un nacionalismo meramente defensivo. La síntesis entre el credo neo-liberal y la reafirmación de la moral católica que caracterizaba las bases ideológicas del sector gremialista, sirvió como recurso legitimador del camino indicado para Chile, presentado como alternativa a la decadencia que habría afectado a otros países. Los mismos que condenaban la conducta del régimen chileno en materia de derechos humanos. Esta decadencia era considerada como la consecuencia de dos errores: la hegemonía del Estado social y la pérdida de apego a los valores morales tradicionales. El primero de estos era sinónimo de mala gestión económica y de intromisión abusiva del Estado en la esfera de la libertad individual, además de engendrar en los miembros del cuerpo social la pérdida del sentido del deber. El segundo implicaba la introducción de prácticas atentatorias a la estabilidad de la institución familiar, al derecho a la vida y a las costumbres en que se fundamentaba la cultura y cohesión de la sociedad occidental.

Un blanco privilegiado de tales críticas era representado, significativamente, por el principal sponsor internacional de la izquierda renovada chilena, los partidos socialdemócratas del viejo continente que, ya íntimamente identificados con el modelo del Welfare State, a partir de los cambios culturales de los sesentas habían adoptado al liberalismo valórico como parte integrante de su agenda. La crítica de tales tendencias era empleada por la derecha chilena con el fin de reafirmar el núcleo duro de sus pretensiones de legitimidad internacional: esto porque tanto el Estado benefactor como el libertinaje serían un caldo de cultivo para los intentos hegemónicos del comunismo en Occidente. También, era utilizada como respuesta a las denuncias de los progresistas extranjeros respecto de los atropellos a los derechos humanos en Chile, al enfatizar el carácter íntimamente totalitario que tendría el estatismo y al equiparar el aborto a un genocidio de inocentes.

Este repertorio ideológico significó para la derecha chilena de nuevo cuño la posibilidad de no quedarse estancada en un nacionalismo excluyente respecto al mundo externo, superando -por decirlo así- el desafío que le ponía el aislamiento internacional de esos años. Su diagnóstico de los problemas que enfrentaban las sociedades del mundo occidental logró sintonizar con tendencias intelectuales emergentes en los países del norte desarrollado, tales como el neo-liberalismo y el neo-conservadurismo, así como con la nueva agenda política de la Iglesia católica. De esta forma, ayudó a conformar a una identidad ya lista para conectarse con grandes transformaciones de las postrimerías del siglo XX.

Agradecimientos

CONICYT/FONDECYT/REGULAR/N° 1160017. Este artículo es el producto del trabajo realizado en el marco del proyecto: “El régimen militar y la derecha frente a la “interferencia” europea en el proceso político chileno (1983-88): diplomacia, propaganda y estrategias de auto-legitimación”. Se agradece a CONICYT-FONDECYT por la financiación aportada a la investigación.

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1 Ver al respecto Fermandois, pp. 15-19; Purcell y Riquelme, Alfredo, 2009, pp. 9-14; Ulianova, 2009b, pp. 235-259.

3 Ver, por ejemplo, “Evaluación cumplimiento directiva 1983”. Del Embajador de Chile en España al Director de Política Exterior, Oficio Secreto N° 26, 11 de octubre de 1983. Embajada de Chile en España, 1983, Carpeta I. Archivo General Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Chile.

4 Para algunas de las principales perspectivas que ha animado el debate historiográfico sobre la trayectoria de la derecha política durante el siglo XX, ver Correa, 2004; Valdivia Ortiz de Zárate, 2008; Moulian, Tomás y Torres, 2011.

5 Sobre el pensamiento del fundador de la UDI, ver Cristi, 2000.

6 Al respecto, de extremo interés el recopilatorio de Godoy 1987.

7 Ver Rojas Mix, 2007, pp. 129-152.

9 Ulianova, 2009a, p. 245, ha insistido en el papel que ha tenido para la construcción identitaria nacional la necesidad “de sentirse parte de lo que pasaba en el mundo, entendido como ese lejano mundo occidental-europeo, superando de esta manera la lejanía y el aislamiento geográfico”.

10 “Un viaje esclarecedor”, Realidad, N° 5, Santiago, octubre de 1979, pp. 7-9.

12 Camacho, 2006, p. 24.

13 Ver Santoni y Rojas, 2013, pp. 132-135.

14 Nocera, 2008, pp. 87-110; Huneeus, 2016, pp. 247-272.

15 Pese a la buena disposición del gobierno de Nixon, tampoco faltaron problemas con los EE.UU. debido a la ofensiva de la bancada demócrata sobre el tema de los derechos humanos. Estos eran destinados a intensificarse en los últimos meses de 1976, con el asesinato de Orlando Letelier y la llegada de Jimmy Carter a la presidencia.

16 Ver Rinke, 2013, pp. 397-408.

17 “Former President Alessandri’s warning against foreign interference followed by GOC criticism of PDC leaders Valdés and Zaldívar for contacts with European governments”. From American Embassy in Santiago to Secretary of State, November 16, 1983. Chile Declassification Project, Disponible en https://foia.state.gov [Fecha de consulta: 4 de agosto de 2016].

18“Discurso de S. E. el Presidente de la República”, 11 de septiembre 1987, XXIX-XXX, Disponible en http://www.bcn.cl/historiapolitica/mensajes_presidenciales/ [Fecha de consulta: 4 de agosto de 2016].

19 Rinke, 2013, p. 400. Ver al respecto: “The Chilean Plebiscite Situation report”. From American Embassy in Santiago to Secretary of State, August 9, 1988. Chile Declassification Project. Disponible en https://foia.state.gov [Fecha de consulta: 4 de agosto de 2016].

20“Declaración de principios de la Junta de Gobierno”, 11 de marzo de 1974. Disponible en http://www.archivochile.com/Dictadura_militar/doc_jm_gob_pino8/DMdocjm0005.pdf [Fecha de consulta: 5 de agosto de 2016].

21 Muñoz Tamayo, 2016, op. cit., p. 110.

22 Ibídem, p. 107.

23 Kast, gravemente enfermo de un cáncer óseo, falleció en 1983, poco antes de la fundación de la UDI.

24 Kast, 1976, en Burdiles, 2006, pp. 132-137.

25 Ver Caldwell y Montes, 2015, pp. 87-132.

26 En el N°6 (1982) se publicaron, por ejemplo, las principales presentaciones de la mencionada reunión de la Sociedad Mont Pelerin.

27 “La fuerza de la libertad”, entrevista a F. von Hayek, Realidad, N° 24, Santiago, mayo de 1981, pp. 27-35; Irving Kristol, “Dos ¡Viva! Por el Capitalismo”, Realidad, N° 27, Santiago, agosto de 1981, pp. 27-32; “Milton Friedman y el tipo de cambio en Chile”, Realidad, N° 31, Santiago, diciembre de 1981, pp. 37-40; Michael Novak, “El Capitalismo democrático”, Realidad, N° 41, Santiago, octubre de 1982, pp. 31-37.

28 “Neo-conservantismo norte-americano”, Realidad, N° 8-9, Santiago, enero-febrero de 1980, pp. 51-56.

29 Ibídem, p. 56. Ver también Gerhard Wolfgang Goldberg, “Afinidades entre el neoconservantismo de los EEUU y la «Nueva democracia» de América latina”, Realidad, N° 29, Santiago, octubre de 1981, pp. 25-29; Cristian Zegers, “Crónicas del pensamiento conservador en Chile”, Realidad, N° 54, Santiago, noviembre de 1983, pp. 33-38.

30 Valdivia, 2008, pp. 123-164.

31 Irvine, 1982, pp. 109-110.

32 “Desembotellamiento impostergable”, Realidad, N° 23, Santiago, abril de 1981, pp. 15-17.

33 Huneeus, 2016, p. 74.

34 Kast, 1976, pp. 132-137. En esa línea, cabe referirse a un medio de información central para entender la cosmovisión de la derecha, El Mercurio del 16 de junio de 1985, p. A2. publicaba un largo artículo de Erik von Kuehnelt-Leddihn en que se analizaba la crisis de los países escandinavos, explicándola “con el Estado proveedor (mal llamado Estado de bienestar), con una decadencia moral y religiosa”.

35 Entre los males que afectaban a la “sociedad libre”, el autor mencionaba “la procura del bienestar social mediante el intervencionismo y la planificación estatales”: Fontaine, 1980, pp. 1-2.

36 Cabe notar, de paso, que muchos partidos europeos de centro-derecha habían seguido durante décadas políticas de Welfare State, y no siempre era claro dónde los neo-liberales chilenos situaban la línea de discriminación. Emblemático al respecto el caso de la “economía social de mercado” alemana.

37 Respecto del eurocomunismo, otra referencia relevante de la izquierda “renovada”, reproducía un ensayo del filósofo italiano Augusto Del Noce de 1982, pp. 37-44, donde lo definía como la “verdadera filosofía del ocaso del Occidente y de Europa”.

38 “Socialismos: la historia los abandona”, Realidad, N° 7, Santiago, diciembre de 1980, pp. 3-6.

39 “Mitterrand: ¿será otro Allende?”, Realidad, N° 25, Santiago, junio de 1981, pp. 3-7. Ver también, Santa Cruz, 1981, pp. 47-48; “Reagan, Thatcher y Mitterrand”, Realidad, N°48, Santiago, mayo de 1983, pp. 44-45. Respecto del socialismo español, otro aliado prestigioso de los renovados chilenos, Realidad reprodujo en 1983 un artículo de Manuel Fraga, líder de la derechista Alianza Popular, que arremetía contra el gobierno de Felipe González y sus promesas electorales, polemizando sobre “el mensaje” y “la realidad del socialismo, en la última parte del siglo XX”, Fraga, 1983, pp. 43-45.

40 Pérez de Arce, 1983, pp. 33-45.

41 Ibídem, pp. 33-35.

42 Ibídem, p. 37.

43 Ver al respecto Htun, 2010; Blofield, 2003.

44 “Doctrina y Principios”, 1991. Disponible en http://www.udi.cl/website/contenido.php?S=7&SC=6&C=6 [Fecha de consulta: 26 de julio de 2016].

45 Grau, 1997, pp. 243-270.

46Guzmán había buscado una solución que prohibiera constitucionalmente el aborto en todas circunstancias: “Actas oficiales de la Comisión Constituyente”, pp. 85-208. Disponible en http://www.bcn.cl/lc/cpolitica/constitucion_politica/Actas_comision_ortuzar/Tomo_III_Comision_Ortuzar.pdf [Fecha de consulta: 17 de agosto de 2016]. Solo poco antes de abandonar el poder, la Junta ilegalizará el aborto terapéutico, al derogar el artículo 119 del Código Sanitario.

47 Interesante notar cómo estas percepciones respecto de los países del hemisferio norte sigan aún presentes en la elite económica formada en el ámbito del catolicismo conservador: Thumala, 2007, pp. 307-316.

48 Cruz Coke, 1981, p. 2.

49 Citado por Fermandois, 2005, p. 471.

50 Ver Grau, 1997, pp. 255-257.

51 Guzmán, 1989, p. 3.

52 Guzmán, 1985, reproducido por Fontaine, 1991, p. 498.

53 Publicada en Realidad, N° 83, Santiago, 2004, entre los documentos que acompañaban la “Carta abierta a los dirigentes y militantes de la UDI” contra el aborto, firmada por los diputados Gonzalo Uriarte, Marcela Cubillos, Marcelo Forni.

54 Jaime Guzmán, alabó al rey Balduino por haberse opuesto a la decisión del parlamento belga de legalizar el aborto: “más temprano que tarde, el mundo occidental se avergonzará del verdadero genocidio que la legislación abortista permite y estimula. Surgirá entonces una condena a este fenómeno, similar a la que suscitan los genocidios de Hitler o Stalin”. Guzmán, 1990, p. 3.

Recibido: Marzo de 2017; Aprobado: Enero de 2018

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