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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.51 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432019000200263 

Reseñas

Manuel Vicuña. Voces de ultratumba. Historia del espiritismo en Chile

Andrea Uribe Alvarado1 

1Editorial Historiográfica. Chile

Vicuña, Manuel. 2019. Voces de ultratumba. Historia del espiritismo en Chile. Santiago: Taurus, 213p. ISBN: 978-956-9635-33-5.

Alma, espíritu, reencarnación. Palabras –significantes, significados– algo ajenas a una publicación historiográfica pero protagónicas en Voces de ultratumba, cuya segunda edición aparece, a cargo de la misma editorial, trece años después de su parto con el texto reescrito, como indica su autor en la nota introductoria, de principio a fin.

La narración es ágil. Ello responde, en parte, a la técnica escritural de Manuel Vicuña y, también en parte, a la elección del género ensayo como espacio de encuentro entre lectores y autor. Capítulos cortos, numerosas y bien documentadas notas explicativas puestas al final de la publicación y una corrección de estilo casi impecable: decisiones editoriales que apuntan (y, creo, aciertan) a un público bastante más amplio que el fascinado con el “cientificismo” histórico.

Y así, ágilmente, la narración recorre cincuenta años (desde 1875, cuando aparece el primer número de la Revista de Estudios Espiritistas, Morales i Científicos, voz oficial del Centro Espiritista de Santiago) para visitar la relación establecida entre los espiritistas chilenos de entonces y sus contemporáneos: católicos, a quienes se opone por ser anticlerical al desarrollar una interpretación de la Biblia alternativa a la oficial; materialistas, a quienes se opone por confiar en la inmortalidad del alma (confianza que partiría de la comprobación empírica, algo muy distinto al acto de fe católico); científicos, a quienes se opone al plantearse como un intento de conciliar religión y ciencia y, luego, arrebatarles el monopolio sanador que reclaman; liberales, con quienes comparte el anticlericalismo y la apuesta por la autonomía individual que, llevada al terreno espiritual, implica conversar con la divinidad sin intermediarios y dejar al clero cesante en cuanto a la relación con los muertos; masones, con quienes comparte la adherencia a los principios revolucionarios franceses –libertad, igualdad y fraternidad–, con sus especificaciones; y anarquistas, con quienes comparte el interés por la emancipación de los oprimidos, claro que utilizando definiciones de "emancipación” y de “oprimido” sutilmente diferentes.

Un importante número de páginas se dedica a la relación –de amor y odio– establecida entre espiritismo y catolicismo (con mucha más profundidad que las otras pues, de hecho, algunas de ellas no terminan de explicarse). Plantea el autor que, frente a la angustia producida por el materialismo, el espiritismo se propuso como alternativa a la doctrina católica pues ella, dada su condición de religión heredada pero no necesariamente hecha propia, tenía a tantos hombres y mujeres decepcionados, insatisfechos y en busca de un sentido vital. La misma angustia de la que habló Roberto Bolaño en su última entrevista (“El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y esa es nuestra suerte”) y que pareciera rondar al ser humano desde el inicio. De ahí la importancia de la “nueva historia cultural” –corriente en cuyas aguas sitúa Julio Pinto, en La historiografía chilena durante el siglo XX, a Manuel Vicuña– y del conocimiento de la historia en su más amplia acepción, aun cuando el actual Gobierno la considere prescindible en su no obligatoriedad.

De manera superficial, aunque clara, se desarrolla la creencia en la reencarnación como teología que mantiene el statu quo: a los pobres, resignación, pues, si obran bien, en otra vida tendrán mejores condiciones materiales de existencia; a los ricos, caridad, pues si en otra vida les corresponde vivir en la pobreza, esta será menos andrajosa. En última instancia el dogma católico es remplazado por la moral espiritista que, en su afán de saltarse al clero, establece que la única norma a respetar es el amor al prójimo, traducido como caridad.

Por su particular belleza destacan las semblanzas biográficas de Inés Echeverría, escritora que publica bajo el seudónimo Iris (ella, desafiando los convencionalismos de clase y género que la sofocan, transita desde el catolicismo a la teosofía y, desde allí, al espiritismo) y Jaime Falté, abogado y funcionario de la Contraloría General de la República (él, prácticamente obligado por las circunstancias, ofrece sus condiciones de médium para ser útil a otros). Belleza que llega a su culmen en las páginas dedicadas a Victoria Subercaseaux, viuda del historiador Benjamín Vicuña Mackenna. Durante largas y dolorosas jornadas espiritistas, transcritas en su diario, Victoria conversó y se despidió de un hijo cuya muerte la tenía sumida en el desconsuelo. Párrafos que nos recuerdan que, en palabras de Jacques Rancière, “la historia habla de seres a los que les pasan acontecimientos que “hacen” historia, en tanto seres hablantes”.

Es Voces de ultratumba un ensayo que, pese a su posible rapidez para transitar por cinco siglos y dada la exhaustiva revisión de fuentes en que descansa la investigación que lo originó, resulta una lectura que nos sumerge en cómo otros hombres y mujeres se las arreglaron con la angustia que acarrea el sabernos finitos. Es también un intento –a mi parecer, exitoso– de llevar el conocimiento histórico a lectores no cautivos de la disciplina, haciendo aquello que los espíritus de ultratumba citados por Vicuña propusieron: comunicar verdades en un lenguaje accesible y, por accesible, dueño de un mayor poder convocante. Una invitación a despejar las vías del lenguaje que comunican mundos distintos: el más allá y el más acá; historiadores y lectores.

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