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Cuadernos de historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0719-1243

Cuadernos de Historia  no.52 Santiago jun. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-12432020000100303 

Reseñas

Pablo Aravena Núñez. Pasado sin Futuro. Teoría de la Historia y Crítica de la Cultura

Viviana Silva Flores1 

1Universidad de Valparaíso. Chile

Aravena Núñez, Pablo. 2019. Pasado sin Futuro. Teoría de la Historia y Crítica de la Cultura. Valparaíso: Escaparate, 103p. ISBN: 978-956-394-029-9.

El libro Pasado sin Futuro. Teoría de la Historia y Crítica de la Cultura de Pablo Aravena plantea una serie de interrogantes que proponen caminos diversos a recorrer ante la pregunta “por la vigencia y utilidad de la crítica historicista”. Y es que, si en nuestro cotidiano el pasado ya “no nos hace sentido”, si el patrimonio solo vale en tanto valor del mercado y si a la escritura histórica le están vedadas formas del pasado que no se pueden contar; entonces es que algo ha sucedido con el presente para que ciertas formas del pasado se tornen incomunicables. Esta es la tesis de Aravena que a través de ocho capítulos, u ocho fragmentos, desarrolla para adentrarnos en preocupaciones como la mercantilización del patrimonio, el futuro de la operación histórica, sobre su representación y la nueva experiencia del tiempo, sobre el anacronismo y sobre el presentismo, en conversación con François Hartog. Una suerte de montaje de preguntas e inquietudes que nos muestra que “las cosas quizás no son lo que parecen y que, depende de nosotras observarlas de otra manera”. Ahora bien, el libro que tenemos entre manos no es un libro de Teoría de la Historia en el sentido tradicional, por lo que no debemos esperar encontrar ello al leerlo. De hecho, el mismo autor lo señala en su introducción cuando dice: “no abandona la historiografía de nuestra época como objeto de análisis, pero se extiende también sobre otros fenómenos de la cultura” (p. 20), lo cual es también una provocación para pensarnos desde otro lugar.

El pasado ya no es lo que era, señala el autor desde un primer momento. Nos es cada vez menos accesible. Ya no conforma marcos de sentido para nuestra “cultura histórica” ni para nuestro cotidiano. Y la historia ya no tiende ese puente entre pasado y presente que nos ayuda a construir identidades (no olvidemos que la constitución de identidades colectivas, comunes, es cuestión de la cultura). Ello, a pesar de que vivimos el llamado “boom memorialístico” en el que por momentos pareciese que el pasado está más presente que nunca. Sin embargo, es que él mismo se ha vaciado de contenido. Está tan hipermediado que ya nada es auténtico. El mercado lo ha cooptado y por ello el pasado entendido como patrimonio sobrevive en tanto mercancía cultural. He ahí el problema, pues consumir el pasado no implica conocerlo ni relacionarse con él.

Al respecto, Aravena menciona por ejemplo la artesanía como objeto desfasado de su uso social, de su uso original, ya que en la actualidad solo se constituye en tanto pieza de valor por llevar como sello una manufactura inédita. Esto implica que es un objeto producido bajo la industria cultural la cual extrae su valor justamente por ser vestigio, es decir, por venir del pasado. Me interesa esta reflexión, dado que he trabajado sobre ello hace unos años cuando planteaba, de manera similar, el problema de la cestería en Chiloé. El canasto chilote ha devenido en objeto de consumo turístico, lo que implica una pérdida de contenido histórico e identitario. Ya no sabemos acerca de su origen, ya no los usamos para lo que fueron creados y las nuevas generaciones han perdido el interés en aprender a hacerlos. Hemos perdido la relación con dicho objeto, pero, por otra parte, hay mujeres (algunas, unas cuantas) que los continúan tejiendo y usando en sus hogares, en sus cocinas. Ante ello me preguntaba entonces, si acaso seguir tejiendo y usándolos para la marisca y la recolección de papas sería una manera de resistir a los vaivenes de este tiempo. Y esto, porque en ciertas capas de la sociedad, aquellas con “conciencia histórica” diríamos, el pasado es tan presente que sin él no podríamos experimentar nuestro cotidiano, menos pensar nuestro futuro. Retomando el libro, el autor nos propone, al hilo de lo que estaba mencionando sobre la industria cultural, y de la mano de una crítica al modelo actual bajo el que vivimos en Chile, que la construcción de la “marca país” es lo que se impone. Y que, por contraparte, la experiencia del extrañamiento sería tal vez una posibilidad para comprender nuestras formas presentes.

Tras ello, Aravena se enfrenta a su propio quehacer historiador, preguntándose en torno a los límites que nuestra contemporaneidad le impone a la historia para contribuir a la formulación de la pregunta por el futuro de la historiografía. Una reflexión también sobre la multiplicidad de significados que contiene y despliega el propio concepto de historia y de tiempo. Sus ideas me recuerdan las palabras de George Didi-Huberman cuando señala que: “el saber histórico debería aprender a complejizar sus propios modelos de tiempo, atravesar el espesor de memorias múltiples, tejer de nuevo las fibras de tiempos heterogéneos, recomponer los ritmos a los tempi dislocados. […] Hablar así del saber historiador implica decir algo sobre su objeto: es proponer la hipótesis de que solo hay historia de los anacronismos” 1 .

Pablo Aravena desafía la tradición historiográfica asumiendo justamente el anacronismo. Ese modo de presencia del pasado en el presente en el que chocan imágenes a veces tan disimiles que justamente por sus diferencias iluminan nuestro tiempo ahora. En términos de imágenes, campo al cual me dedico, estas serían las apariciones: una suerte de síntomas (como imágenes) que irrumpen el curso de las cosas, que nos vienen a la memoria para decirnos algo. Eso que interrumpe es el camino de la representación lo cual siempre viene a destiempo. Los historiadores son quienes deben interpretar estos signos, las huellas del pasado, aunque en esta labor siempre hay una pérdida. “El pasado no puede ser recuperado tal y como verdaderamente ha sido” y, dado que el relato histórico es una construcción a la que dotamos de sentido, cabe entonces, señala Aravena, la interrogación benjaminiana acerca de la utilidad de la representación histórica para acceder a la verdad. Se trata de un recuerdo que nos asalta involuntariamente y que justamente por ello es verdadero (p. 61). En definitiva es un/unos fragmentos que aparecen como imágenes, las cuales debemos descifrar y es que, ante una imagen el pasado nunca deja de reconfigurarse.

Para Aravena, el historiador debe ser “guardián del repertorio de imágenes que podrían servir para la próxima lucha” (p. 69). Él nos está hablando de prepararnos para las batallas futuras confiriéndole en ello “un lugar” a las imágenes. Esto me retrotrae al prólogo del ABC de la Guerra de Bertolt Brecht (un libro que es un montaje de textos e imágenes con el que pensar el presente –aquél– y que hace “hablar” a las imágenes), en el que se señala que “no escapa del pasado el que lo olvida”, lo que significa, parafraseando a Didi-Huberman, “que una política en presente, aunque sea construcción del porvenir, no podrá saltarse el pasado que repite o rechaza (las dos cosas suelen ir juntas), en el cual, las imágenes forman, al mismo nivel que el lenguaje, superficies de inscripción privilegiadas para estos complejos procesos memoriales” 2 . Esta vinculación, entre historia e imágenes es una suerte de desliz o acercamiento a las mismas (que no es primera vez que Aravena realiza), para proponer una salida ante la “crisis” de la representación histórica y nuestra relación con ella. En esta propuesta, la figura del historiador se debe abrir al registro estético como posibilidad para pensar y actuar en el presente. No es menor que por lo mismo, comience este libro citando al director de cine, también escritor, Pier Paolo Pasolini, a quien trae al texto reiterativamente.

Si bien Aravena no es el primero, y desde luego no será el último, en desafiar la tradición historiográfica pensando otras formas de hacer historia, realizar este ejercicio implica entrar en tensión. Una que en este caso nos presenta al autor no solo como historiador, sino, fundamentalmente, como ciudadano comprometido con su presente en el que toma posición. Y tomar posición no es fácil. Entraña tanto deseo como distancia, implica enfrentarse y asumir todo aquello que nos interesa pero a la vez, contar con todo aquello de lo que nos alejamos. Tomar posición en la heurística brechtiana de la exposición histórica equivale a tomar conciencia 3 , a tomarle el pulso a su tiempo y a la par, implica situarse en el tiempo. Justamente ésta es parte de la invitación que con este libro el autor nos hace. Se trata de preguntarnos acerca del tiempo que vivimos y para ello debemos confrontarlo con nuestro pasado. Enfrentarse a los relatos de la historia, a los tiempos entreverados, es una forma de responsabilidad de parte del historiador también con la memoria. Una forma de hacer historia en eso que quema para no seguir hipotecándonos.

El consumismo, el capitalismo financiero, el capitalismo cognitivo, las redes sociales y las nuevas tecnologías, entre otras, nos tienen sumidas en una aceleración total de la vida. Ello ha hecho que nuestra subjetividad y experiencia haya cambiado por completo de la mano de la velocidad. De ahí que en Pasado sin futuro el autor finalmente nos plantee la pérdida del sentido de las Humanidades, si acaso de la humanidad, en la mercantilización y aceleración de la vida. Pero ello, desde mi punto de vista no es para sentirnos derrotados ni ahogarnos en el pesimismo. Se trata de una invitación a pensar, a dudar y preguntarnos por el sentido de las cosas.

Uno de los aspectos para mí esenciales a la hora de leer este libro es que en él el autor duda. Y dudar requiere esfuerzo, ya que para ello debemos ser capaz de desprendernos de nuestras propias convicciones. La duda es ante todo una actitud, una actitud crítica. Es detenerse a pensar y el pensamiento es detención de la vida. Como interrupción, es una oportunidad a la verdad, al menos a la búsqueda de esta. Ahora bien, para dudar hay que tener coraje, pues implica estar en alerta y en actividad permanente. Es estar siempre buscando algo, pero, sobre todo, involucra y significa tiempo. He ahí quizá lo más difícil. En un momento como el actual en que “no hay tiempo”, preguntarse, pensar, es una actitud valiente y comprometida que nos ayudará a desmontar y comprender de otro modo la realidad. Pero hay algo más. En dudar, en cuestionarse, hay también un goce. El placer que mediante ese proceder uno se hace cada vez más libre, más dueña o dueño de su vida para decidir quién es, qué hace, por qué y para qué.

1George Didi-Huberman, Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2011, pp. 62-63.

2Georges Didi-Huberman, Cuando las imágenes toman posición, Madrid, Antonio Machado Libros, 2008, p. 34.

3Parafraseando a Didi-Huberman, Ibid. p. 58.

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