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Diálogo andino

versión On-line ISSN 0719-2681

Diálogo Andino  no.42 Arica dic. 2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-26812013000200010 

RESEÑA

 

Fantasmas del Norte. Imaginarios, identidad y memoria. Patricio Rivera Olguín. Ril Editores, Santiago, 2013, 204 pp.

 

La obra de este historiador del norte de nuestro país se enmarca en un contexto de suyo interesante para la nueva historiografía que se abre paso en los inicios del siglo XXI.

Durante la segunda y tercera décadas del siglo pasado, el mundo de las humanidades y en especial el de la ciencia, se vieron convulsionados por una revolución sin precedentes cercanos en sus ideas sobre el ser humano y el universo en general. La satisfacción y confianza depositadas en los postulados del progreso y del saber positivo se resquebrajaron ostensiblemente y, por sus intersticios, se filtró la duda y se produjo el descrédito de los absolutos que hasta ese entonces había instalado el positivismo como verdades indiscutibles.

Dos fenómenos globales explican el contexto de esta crisis. De una parte, la Primera Guerra Mundial, y poco después el drama de la economía y la bolsa que derribó imperios financieros e industriales hacia los años 30. Luego de ambas catástrofes, la incertidumbre invadió todos los ámbitos de la realidad, incluyendo por cierto la intelectual. Frente a la supuesta objetividad de un mundo básicamente inmutable se erigió y se dio paso al rol del sujeto en el proceso del conocimiento, produciéndose así una revolución epistemológica que aún perdura, pese al reciente renacimiento del pensamiento positivista en nuestros días.

Por lo que dice al desarrollo del estatuto teórico de la historiografía, se dio inicio a una nueva manera de concebir la historia, proceso que en ese entonces fue encabezado por la así denominada Escuela de los Annales, que abrió la mirada hacia latitudes hasta entonces dominadas por las ciencias humanas: los integrantes de los Annales. Sus iniciadores proponían hacer esfuerzos conjuntos con las ciencias sociales y en igualdad de condiciones con ellas, dejando de considerarlas como meras disciplinas auxiliares. Este nuevo trato entre la historia y las demás disciplinas sociales implicó que las fuentes documentales de los historiadores ya no debían agotarse en los papeles escritos que daban cuenta de lo político, lo diplomático y lo bélico; desde ese momento otros testimonios, con contenidos que habían sido considerados como triviales y vulgares en el pasado, cobraron interés. Pero también se abrieron nuevos horizontes al proponer el uso de fuentes materiales y orales que no provenían de las élites dominantes y que comenzaban a dar paso a una historiografía total que no marginaba asunto alguno.

Durante los años 60 del pasado siglo, la voz de la gente poco importante, el devenir de lo cotidiano y el universo de las creencias emergen desde la Historia de las Mentalidades o Psicohistoria. Esta suerte de segunda revolución historiográfica durante el siglo XX supuso introducir temas-problemas cuya complejidad cerraba el círculo de pensamiento iniciado con los Annales. Tema central dentro de otros fue el de la muerte, asunto de antigua raigambre en el pensamiento de las humanidades, pero básicamente excluida del quehacer historiográfico hasta la Historia de las Mentalidades y la actual Historia Cultural.

Patricio Rivera ingresa en este territorio que él mismo liga más a la metafísica que a las ciencias sociales y la historia. Su ventana a este tema lo realiza mediante una de las manifestaciones de la muerte y de lo sobrenatural: me refiero a los fantasmas, entidades generalmente surgidas luego de la muerte violenta de una o más personas.

La obra de Rivera Olguín posee méritos que quisiera destacar. En primer término, posee imaginación intelectual para abordar el tema de los aparecidos o fantasmas desde una motivación psicohistórica y no folclórica.

Las sociedades humanas buscan "naturalizar" la muerte para sustraerla de ella y no dejarla como un final carente de sentido. Para ello es menester entenderla como un tránsito hacia el "más allá". En este sentido, los aparecidos son la respuesta al misterio de la muerte y producen cercanía y familiaridad entre aquellos que están vivos y los que han fallecido; muestran la conexión íntima que existiría en las antípodas de la existencia, que pese a la violenta muerte, el vínculo vida/muerte se hace umbroso, pero no desaparece. Muestra de ello es que los fantasmas deben permanecer unidos al lugar de la tragedia.

El relato de estas historias se instala en el imaginario colectivo, permitiendo así que los grupos humanos establezcan una con su propio pasado. Con ello la muerte deja de ser algo lejano y se hace cercana por la reiteración de los relatos y de quienes los escuchan.

El autor recoge esta temática y lo hace mediante una acuciosa recopilación de relatos de aparecidos en el extremo norte de Chile. Al plasmar por escrito lo que la oralidad reitera con las variaciones que cada narrador realiza, lo que hace es fijar en plataforma escrita un patrimonio de la oralidad que refuerza la tradición narrativa.

Así, al primer aporte del autor deben sumarse otros dos. En efecto, la recopilación de saberes acerca de los aparecidos constituye en sí mismo un legado que debe ser atesorado y valorado; pero, además, desde el contexto intelectual latinoamericano -ya no europeo- Patricio Rivera nos propone un objeto de estudio que es absolutamente consistente con el Ser de estas latitudes, pues lo sobrenatural forma parte de la cotidianidad en un continente que vive lo real-maravilloso en cada una de sus circunstancias históricas. A escala local la propuesta del autor, además, no coloca en presencia de un intelectual que es consciente del lugar desde donde observa y vive el mundo: el norte grande de Chile, territorio que ha sido construido sobre opuestos trágicos en el que la muerte siempre dice presente.

Acá en el norte grande, los fantasmas son invocados desde la superstición, la magia y los sueños, pero también desde la historia. La cuestión central no estriba en si los fantasmas tienen existencia real para saber si son legítimos objetos de estudio; lo relevante, a mi juicio, es que se hacen reales cuando constituyen el imaginario y dibujan la identidad de la gente común y corriente, aquella donde todos somos nosotros.

Luis Alberto Galdames Rosas
Universidad de Tarapacá
Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas

Arica-Chile

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