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Diálogo andino

versión On-line ISSN 0719-2681

Diálogo Andino  no.45 Arica dic. 2014

http://dx.doi.org/10.4067/S0719-26812014000300008 

HISTORIA REGIONAL

PATRIMONIO, HISTORIOGRAFÍA Y MEMORIA SOCIAL: "PRESENTISMO RADICAL" Y ABDICACIÓN DE LA OPERACIÓN HISTÓRICA

HERITAGE, HISTORIOGRAPHY AND SOCIAL MEMORY: RADICAL PRESENTISM AND HISTORICAL OPERATION WITHDRAWAL

Pablo Aravena Núñez*

* Universidad Viña del Mar, Viña del Mar, Chile. Universidad de Valparaíso, Convenio de Desempeño para las Humanidades, Artes y Ciencias Sociales, Núcleo de Investigación "Cultura Política y Espacio Público", Valparaíso, Chile. Correo electrónico: paravena@uvm.cl


En el presente artículo se plantea el problema que significa la desaparición de la historiografía moderna y la extinción de la memoria social, ambas formas de acceder al pasado destinadas a una mutua interpelación crítica. En su lugar hoy tendríamos dos formas equivalentes a ellas, pero que, en cambio, conviven en un acuerdo implícito: localismo patrimonial y patrimonialismo "desde abajo". Serían formas propias de un "presentismo radical" que obturan la posibilidad de la historia como disciplina y como campo significativo de la acción humana.

Palabras claves: Patrimonio, historiografía, memoria social, presentismo.


This present article will consider the problem of the modern historiography dissapearance and the extinction of social memory. The former and the latter are ways of access to the past, intended for a mutual critical interjection. Today we have two equivalent ways of access with the difference that they coexist in an implicit agreement: local heritage and "heritage from below". These ways would be ways of "radicalpresentism " that object thepossibility of history as a discipline and as a significant field of human action.

Key words: Heritage, Historiography, Social Memory, Presentism.


Introducción

Los vínculos entre gestión patrimonial y construcción de hegemonía cultural han sido bien descritos, principalmente por los trabajos de Néstor García Canclini (1999, 2001, 2010). No obstante, los efectos de una suerte de "seducción patrimonial" sobre los historiadores no han sido adecuadamente estudiados, ni medidos sus alcances acerca de lo que Michel de Certeau denominó "la operación histórica" (1985). Pues, en contra de lo aparente -y como lo ha planteado Hartog-, el auge del patrimonio no equivale a un interés por el pasado, ni menos por la aproximación historiográfica a él, más bien "la importancia que ha adquirido en nuestras sociedades el patrimonio tiene que ver con que es una manera de negociar con el presentismo" (Aravena 2014).

El patrimonio vendría a ser la forma de relacionarnos con el pasado correspondiente a un "régimen de historicidad" presentista, esto es, economizando el planteamiento de Hartog, el predominio de la categoría de presente, por sobre las de pasado y futuro: el pasado se descarta bajo la afirmación de que vivimos hoy un tiempo inédito, a la vez que el futuro es percibido como un tiempo catastrófico, cuyo acaecimiento hay que retardar (Hartog 2007, 2010). No obstante, se trata de un fenómeno que no debe ser "asumido" sencillamente como un fenómeno epocal (como una mutación ontológica que se nos impone), sino ponderado y sopesado, en tanto implica el suplantamiento de un modo de relacionarnos con el pasado que propiciaba la crítica del presente. Cualidad esta propia no solo de la historiografía moderna, sino también de la memoria social en su encuadre más político.

En el presente artículo nos proponemos la revisión de este fenómeno, poniendo atención en los matices que se pueden agregar en un país como Chile, en que el subdesarrollo ha sido adoptado como modelo de desarrollo. Para el caso esto significa asumir, por ejemplo, cómo se ve afectada una producción historiográfica, fundamentalmente concentrada en centros universitarios, cuando estos son empujados a buscar alternativas de autofinanciamiento, o cuando un contingente creciente de egresados sin expectativas de trabajo debe asumir la captación de fondos concursables, o la prestación de los servicios exigidos por el mercado, como único sostén de sus vidas. Si bien esto implica usualmente -aunque no fatalistamente- una abdicación de la "operación histórica" por parte de unos historiadores ahora entregados a la "asesoría técnica" para rescatar el pasado, el peligro del abandono de la crítica del presente se refuerza al verificar los efectos del presentismo en lo que hasta aquí habíamos identificado como memoria social: el relato de un sujeto que, en la construcción de su proyecto, fuera capaz de interpelar las rigideces de la institución historiadora. Esa memoria, como la subjetividad en que tiene lugar, está hoy permanentemente asediada, sea por la industria de la memoria, los fenómenos de hegemonía ligados a la producción de patrimonio que señalábamos al comienzo, como por la descomposición de las formas tradicionales de sociabilidad en que se fraguaba la memoria. La ya señalada precarización del trabajo y de la vida en general, como rasgo de una sociedad refundada en el neoliberalismo, actúa como acelerante de tal descomposición.

Partimos del planteamiento de que en países tan precarizados como Chile experimentamos un "presentismo radical", en donde las lógicas culturales globalizadas refuerzan sus efectos al engarzar con unas condiciones materiales de existencia que impiden la más mínima proyección a futuro, es decir, en donde la sobrevivencia se ha convertido en la norma de la mayor parte de la sociedad, donde "el estado de excepción se ha convertido en el estado permanente".

Pese a las apariencias, los actuales agencia-mientos ciudadanos que hacen suya la bandera del patrimonio (en una suerte de "patrimonialismo desde abajo") serían justamente la expresión de una política sin futuro, es decir, la política del presen-tismo, en donde la demanda por la conservación de lo propio ocupa el lugar vacío antes ocupado por la construcción de lo nuevo.

Historiografía y localismo patrimonial1

La construcción de patrimonio hoy cada vez tiene menos que ver con la afirmación de la Nación, como lo había sido desde la Revolución Francesa hasta aproximadamente los años sesenta. Hoy nos enfrentamos a una producción de patrimonio que se relaciona directamente con un mercado mundial del turismo y la cultura, todo ello mediado por la institucionalidad ad hoc: la UNESCO y las empresas por las que externaliza sus funciones. Por lo tanto problematizar hoy la relación entre historiografía y gestión patrimonial equivale a decir la relación de los historiadores y una de las actividades más desarrolladas del capitalismo avanzado o postindustrial, con todas las peculiaridades que puede darse en un contexto de subdesarrollo, dependencia y precariedad.

En este sentido, nuestra reflexión se dirige a un tipo particular de producción historiográfica, la que se identifica usualmente con el rótulo de Historia Local. Lo que sea esta, su estatuto en la propia disciplina es una nebulosa, indefinición que la autoriza para plegarse a proyectos de fines diametralmente opuestos. La fórmula de la Historia Local hasta hoy es rechazada como una verdadera antinomia por los historiadores más clásicos, tolerable solo bajo la forma de una monografía destinada a componer el "rompecabezas" de una historia global (Aróstegui 1995; Hobsbawm 1998; Fontana 2011). Aunque más problemático aun es su rechazo por parte de los mismos promotores de la "reducción de escala" -los cultores de la microhistoria- como una actividad absolutamente trivial (Ginzburg, 2010; Levi 2009).

Por otra parte, no podemos olvidarnos que en el Chile de los ochenta la Historia Local fue invocada desde distintas ONG como una fórmula para revitalizar el lazo social en vistas de la constitución de sujetos. Una apuesta por el "efecto positivo de la historia sobre la autoestima social"2, deudora de los postulados de la Historia Popular de Raphael Samuel. Propios de esta apuesta son los discursos de las "identidades locales" o "barriales" que fueron a entroncar, en el Chile de mediados de los noventa, y hasta hoy, con la apuesta por la identidad, ya no para la acción, sino para la "resiliencia", una vez que la mayor parte de las ONG mudaron su sentido (como también sus fuentes de financiamiento).

Si alguna vez la Historia Local llegó a tener algún grado de reconocimiento disciplinario fue a partir de estas experiencias ligadas a una resistencia cultural de las que se desprendía alguna potencialidad política. Apuesta nada inédita si consideramos, por ejemplo, el planteamiento de José Martí cuando, en su memorable Nuestra América (1891), rechazaba una historia universal como historia de Europa: "lahistoria de América -sostenía-, de los incas a acá ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñen los arcontes de Grecia" (Martí, 2005: 34). Esto en el proyecto de que "conocer el país, y gobernarlo según el conocimiento, es el único modo de librarlo de las tiranías". Con anterioridad, o desligada de esta intencionalidad decolonial, era una actividad más bien ligada a anticuarios, coleccionistas, folcloristas, autoctonistas y a discursos provincianos de alguna pretensión reivindicativa, cuando no deudores del puro chauvinismo.

En este punto mi hipótesis -bastante modesta por lo demás- es que es precisamente este uso "prehistoriográfico" el que se ha revitalizado como coadyuvante de la gestión patrimonial, pero con una modificación importante: hoy la Historia Local está dentro -o al alero- de muchos departamentos de historia (sobre todo en regiones). A nuestro juicio por dos motivos fundamentales: el descalabro teórico posmoderno -que ha ido a parar en una fragmentación herderiana de la historia-3 y la búsqueda de financiamiento. De este modo ahora la Historia Local no es un "arte menor", sino que está en condiciones de entregar a la industria patrimonial lo que requiere: una legitimación por vía de un prestigio institucional externo. El patrimonio es una industria donde se mueven sumas a las que los "científicos del pasado" no pueden resistirse. Como lo ha sostenido Enzo Traverso:

"Los centros de investigación y las sociedades de Historia Local se incorporan a los dispositivos de ese turismo de la memoria, de donde obtienen a veces los medios de subsistencia. [...] Con frecuencia el historiador es convocado a participar en este proceso en calidad de 'profesional' y 'experto', quien según las palabras de Oliver Dumoulin, hace de su conocimiento una mercancía, como el resto de bienes de consumo que inundan nuestras sociedades" (Traverso 2007:14).

La producción de patrimonio se legitima y se ayuda con el trabajo "técnico" de historiadores, arqueólogos y arquitectos.

Pero pese a la sofisticación de las técnicas, la Historia Local no ha cambiado su signo antiguo. Si en otro lugar4 hemos estimado necesario incluir el concepto de obstáculo epistemológico (Bachelard, 1999) para referirnos a la significación de esta vieja nueva versión de Historia Local, es porque esta se presenta como el avance de un "arcaísmo historiográfico". Es decir, por una parte retrotrae la historiografía a preconceptos y nociones que la aproximan al irracionalismo (por ejemplo: el peligro latente de esencialismo en la apuesta por "la identidad" y "lo propio"), y por otra, en su dimensión más pública, termina prestando insumos para la construcción de una memoria colectiva en clave patrimonial que, según los rendimientos mostrados (y pienso tanto en el caso emblemático de Valparaíso como en las apuestas escolares por la Historia Local), solo puede ser pensada como un fenómeno de hegemonía cultural.

Si consideramos que las versiones más "progresistas" de esta Historia Local implican el trabajo exclusivo con la oralidad en que se sustentan preferentemente estas "experiencias locales", podemos sumar el peligro de la confianza irrestricta en la memoria. La memoria, junto con aportar información importante, es también la fuente de lugares comunes y terreno preferente de lo que en un sentido amplio podemos denominar ideología. La tan humana escala familiar y barrial es ante todo hoy -por ejemplo, a causa del determinante influjo de los medios- un campo privilegiado para la reproducción y reforzamiento de preconcepciones.

Habría que tener presente el recelo que últimamente profesaba Reinhart Koselleck para afirmar este planteamiento:

"Lo de la 'identidad colectiva' vino de las famosas sietepes alemanas: los profesores, los sacerdotes [priest], los políticos, los poetas, la prensa..., en fin, personas que se supone son los guardianes de la memoria colectiva, que la pagan, que la producen, que la usan, muchas veces con el objetivo de infundir seguridad o confianza en la gente... Para mí todo eso no es más que ideología. Y en mi caso concreto, no es fácil que me convenza ninguna experiencia que no sea la mía propia. Yo contesto: 'Si no les importa, me quedo con mi posición personal, individual y liberal, en la que confío'. Así pues, la memoria colectiva es siempre una ideología" (Koselleck, 2006)

La gestión patrimonial funciona sobre la base de una "puesta en valor" de ciertos objetos, acontecimientos, épocas y personajes del pasado, los que mediante la prestación de servicios de los profesionales de la memoria y un despliegue massmediático, terminan instalando una memoria del lugar. Se trata de una selección, pero también de una trama prefabricada, de la que "participamos pasivamente", es decir, desarrollando y profundizando sus componentes. En este proceso el uso de la Historia Local preexistente y la promoción de una nueva, es decir, con más brillo, con técnicas más eficaces de exhumación y cultores de la joven generación, resulta fundamental.

En distintos lugares se ha impuesto una "memoria patrimonial" de la que los individuos son corrientemente entusiastas promotores. Cada "emprendedor" del patrimonio puede participar de la memoria de la ciudad "capacitándose" como guía de rutas patrimoniales, o bien armando una historia barrial (no demasiado política). Más bien en la que se acentúe "lo bello" de las costumbres antiguas, el "cómo era aquí antes". Como ha sostenido García Canclini acerca de la industria del patrimonio: "Quienes absolutizan la actividad mercantil suelen desentenderse de los sentidos acumulados en esa historia de los usos. Seleccionan un ritual o una época, y desprecian otros, según puedan convertirse en espectáculo vendible" (Canclini, 2006: 6). De este modo, si el patrimonio puede ser entendido como memoria, es como "memoria del mercado".

Habría que recordar que no todas las formas de acceder al pasado son históricas y que la operación histórica (De Certeau 1985) no se define, en lo fundamental, por los métodos de que se vale, sino por la operación intelectual específica que realiza: su efecto desnaturalizador y por fuerza crítico de lo existente. Allá los guías turísticos, los anticuarios, los coleccionistas y nostálgicos. Acá la historiografía y, desde luego, la memoria social cuando se aproxima al pasado con la urgencia del "porqué" de un presente cada vez más injusto y ajeno.

"El pasado es, ante todo, el medio de representar una diferencia. [...] la figura del pasado conserva su valor primero de representar lo que falta. Con un material que por ser objetivo está necesariamente ahí, pero es connotativo de un pasado en la medida en que, ante todo, remite a una ausencia, esa figura introduce también la grieta de un futuro. Un grupo, ya se sabe, no puede expresar lo que tiene ante sí -lo que aún falta- más que por una redistribución de su pasado" (De Certeau 1985: 53).

Cita esta que bien podría encontrar correspondencia en lo anotado por Benjamin del Libro de los pasajes, cuando en uno de sus innumerables fragmentos anota: "La exposición materialista de la historia lleva al pasado a colocar al presente en una situación crítica" (Benjamin 2005: 473).

Toma de distancia: la Microhistoria

Como lo hemos señalado arriba, más lapidario e interesante ha sido el rechazo de la Historia Local por parte de la Microhistoria. Carlo Ginzburg y últimamente Giovanni Levi han sido tajantes en dejar en claro que lo propio de la Microhistoria no es solo la famosa "reducción de escala", sino que tal disposición se justifica en el cómo se sigue planteando un problema historiográficamente una vez que se ha abandonado la ontología que llevaba implícita toda historiografía hasta los años sesenta. No hay Microhistoria sin un gesto autorreflexivo.

Ginzburg -en una afirmación de signo autobiográfico- ha definido la nueva apuesta asumiendo su deuda intelectual con Siegfried Kracauer (uno de los intelectuales de la órbita de la Escuela de Fráncfort): "la realidad es fundamentalmente discontinua y heterogénea. Por lo tanto ninguna conclusión obtenida a propósito de determinado ámbito puede ser transferida automáticamente a un ámbito más general" (Ginzburg 2010: 380). Pero la disposición no elimina la dimensión problemática del trabajo historiográfico, sino que la redefine para no abandonar la apuesta cognoscitiva. La Microhistoria no renuncia a los problemas generales, sino que los trata vistos a propósito de un particular. Sin problema no hay historiografía. Por aquí pasa precisamente el deslinde que Levi realiza -con vehemencia- a propósito de una reciente conversación con Eduardo Cavieres:

"La historia local reaccionó a la microhistoria, afirmándose en el dicho de que había historiadores que decían: yo siempre he hecho microhistoria, porque siempre he trabajado sobre pequeñas regiones. Pero la historia local, que tiene su utilidad, no es un problema historiográfico. Lo digo porque estoy convencido que lo importante de la historia es no tenerla por automática o valorarla por sus aparentes relevancias. Y la historia local tiene un apego automático a la relevancia: me ocupo de Valparaíso porque los valparisenses (porteños) están interesados en Valparaíso. Y yo también nací aquí. Y nada más. Esto es verdaderamente historia local, en el sentido que para ser algo más, falta un problema fundamental que tienen los historiadores, demostrar que se ocupan de algo interesante" "[La Microhistoria] es historia de grandes problemas vistos a través de un particular, un lugar, una situación, un documento, un cuadro. A través de este se sale para llegar a problemas generales [...] En este sentido, la historia local es muchas veces incapaz de hacerlo o llegar a estos niveles de análisis, cae siempre en prejuicios". "El problema de la microhistoria, en general, es mostrar cuántas cosas importantes llegan cuando aparentemente no ocurre nada importante. El problema de la historia local es el pensar, por el contrario, en cuántas cosas importantes se han olvidado en el análisis de lo local. En realidad, si tú lees la historia local, siempre dices: ¡no, esta localidad es muy importante porque por allí pasó Napoleón, pasó San Martín, mataron a los Carrera, etc.!" (Levi 2009: 33-35)5.

Así expuesto, la Historia Local, en su actual variante patrimonial, es desmantelada en su propio reducto. La "reducción de escala" -entendida como localismo- deja de ser su coartada. Lo mismo ocurre con la últimamente tan reivindicada "apuesta por la narrativa" que, de incapacidad analítica en la Historia Local, en Microhistoria asume la tarea de representar mejor una cierta "racionalidad" histórica. En palabras de Linda Shopes, se trata de un combate en contra de la banalización del pasado. Pues los historiadores (al menos cuando no están ocupados de dialogar entre ellos mismos, enfrascados en la pura erudición o tratando de sobrevivir, o lucrar, haciendo turismo y patrimonio)

"Pueden sacar el pasado del dominio de lo trivial y lo nostálgico y comenzar a generar la conciencia de la historia como el relato de la acción humana, las elecciones humanas, de la gente que trata de resolver sus relaciones sociales cambiantes -y muchas veces desiguales- en medio de sus circunstancias cambiantes y también, muchas veces, desiguales. Con esta comprensión del pasado podemos ser más capaces de enfrentarnos, inteligente y humanamente, con valor y con humildad, a los problemas muy reales que nos confrontan en el presente" (Shopes 193: 251).

Conclusiones. Patrimonialismo "desde abajo", Memoria Social y "política" presentista

Aparentemente vivimos un presente en que la historia importa mucho. Pero lo que se viene registrando hace tiempo es otra cosa, es una demanda social de pasado. Pero en esto conviene ser cautos, pues las demandas de pasado no son todas iguales.

Hace ya tiempo que Fredric Jameson (1995) señaló que uno de los rasgos de la cultura contemporánea (de la cultura del capitalismo avanzado) era la "moda nostalgia", un rasgo fruto del agotamiento o el descrédito de las vanguardias y de un agotamiento o renuncia a la idea de futuro, lo que nos haría ya no concentrarnos en la construcción de la historia, de lo original, lo nuevo, sino en el registro de lo ya existente6. Es en este contexto en que se puede explicar en gran parte el impulso del patrimonio como una industria cultural que tiene su contraparte en el turismo: la conservación de edificios "tal cual fueron", la "restauración", etc. (pero también un arte, por ejemplo, que ahora se basa en la confección de collages, una forma de arte que combina obras o fragmentos de otras obras del pasado, que ya no considera una apuesta por la obra original como un valor, como ha señalado en distintos lugares Arthur Danto).

Este recurso al pasado dista bastante de la necesidad de pasado de quien lucha, de quien busca justicia por sus compañeros asesinados o desaparecidos, o del interés que puede llevar alguien que hoy está enfrascado en la lucha por recuperar tierras ancestrales. Es una diferencia que vislumbró el ya citado Nietzsche en el siguiente planteamiento: "Necesitamos la historia. Pero la necesitamos no como el malcriado haragán que se pasea por el jardín del saber" (Nietzsche 1998:54). En la misma huella Walter Benjamin anotaba años más tarde que la verdadera imagen del pasado no la constituyen los hechos "tal y como han sido, sino como destellan en un instante de peligro" (Benjamin 1995: 50). Y ese instante de peligro es el presente. Por ello habría que preguntarse cuál es el modo de interesarse por el pasado de quien tiene toda su vida solucionada, quien nunca ha sido objeto de injusticias, frente a quienes están siempre en medio de la batalla por la vida o por algo mejor que lo que tenemos.

Por esto creo que el concepto de patrimonio es equívoco. Pues por el patrimonio, históricamente, se han interesado los príncipes, los papas, los Estados (y actualmente las empresas de turismo y los gobiernos que no quieren poner un peso en cultura y que promueven la entrada de agentes privados en la gestión del, hace tiempo ya, tan protegido "patrimonio nacional"). Pero hoy resulta que hay toda una corriente, una diversidad de movimientos que reivindican el patrimonio. Pero hasta aquí lo reivindicado por quien quisiera iniciar la construcción de un proyecto era la Historia (sea como narración épica de héroes de una causa, o incluso como un concentrado de leyes que aseguraban el cumplimiento de un futuro mejor). Pero algo ha pasado, hay una tradición interrumpida. Y así hoy nos sorprendemos hablando, tratando de hacer algo, con palabras que nunca fueron las nuestras: movimientos que se asumen críticos de lo que hay levantan la bandera del patrimonio.

Pero hay que tratar de comprender. Cuando ciertos agentes sociales hablan de patrimonio, la mayor parte de las veces lo hacen como una forma de reivindicación. Es usual escuchar: "nosotros también tenemos patrimonio", "esto también es patrimonio", lo que, en primer lugar, da cuenta de una exclusión. Entendemos entonces que hay un "patrimonialismo desde abajo" que, con el lenguaje disponible, trata de dar cuenta de viejas y nuevas violencias. Por ejemplo, ¿por qué en Santiago se constituye un movimiento patrimonial para detener el levantamiento de torres en el barrio Yungay? (y lo mismo en Valparaíso, con el lamentable eslogan de "no nos tapen la vista" en contra de los proyectos inmobiliarios en el borde costero). Pues porque es la forma de resistir y denunciar a una industria inmobiliaria que destruye un modo de vida a escala humana. Si lo pensamos a la luz de un planteamiento antiguo, pero no por ello necesariamente refutado, se trata de la resistencia frente a los avances del capital en sus nuevas formas.

Pero el patrimonialismo desde abajo debe andar con cuidado en esto del uso de los lenguajes disponibles. Pues los movimientos ciudadanos patrimoniales tienden a reproducir la lógica de la defensa o protección del objeto, de la cosa. No podemos quedarnos en la defensa de un edificio "en sí", de una plaza "en sí", de unos utensilios en sí mismos. Pues seremos rápidamente descalificados y descartados como nostálgicos que se oponen al progreso, en fin, reducidos comunica-cionalmente a un puro obstáculo. Debemos dar cuenta de las lógicas en las que se entienden esos objetos, en esas formas de vida, mejores de las que hoy nos ofrecen los promotores del cambio y la globalización. Mejores no por antiguas, sino por más humanas.

Otra precaución tiene que ver con los discursos sobre la identidad. Es también habitual escuchar ya como eslogan, como lugar común, que debemos conservar nuestro patrimonio para preservar nuestra identidad. En el ejemplo recién citado (del barrio Yungay o Valparaíso) se entiende: "nuestro modo de ser tiene que ver con lazos sociales duraderos, con prácticas que suponen el conocimiento del otro y la solidaridad". Pero el deber de conservar de los patrimonialismos a veces no sirven a otros que sufren más, o que han venido sufriendo hace mucho tiempo. En efecto, ¿cómo hacer entender que "debemos conservar" un modo de vida a quien ha vivido míseramente toda su vida? En ocasiones el cambio es lo que más se desea y hay que respetar ese deseo cuando es el de la construcción de una vida más justa, menos dolorosa. Quizá la mejor manera de captar la deuda de la sensibilidad del patrimonialismo, como forma de política presentista, es como la faceta "histórica" de ese otro discurso "de la naturaleza" que hace ya tiempo ha hecho época: el ecologismo. Como lo ha observado Pomian:

"La promoción de la ecología, durante mucho tiempo una de las disciplinas biológicas, a la categoría de visión de mundo, de ética y de política, que reivindica el rechazo a modificar y a innovar, si ello puede poner en peligro la preservación de los equilibrios naturales. Antaño fuerza revolucionaria, la ciencia hoy en día está en situación de volverse conservadora" (Pomian 2007: 152).

El patrimonialismo desde abajo ahoga el potencial crítico del pasado al negarse el futuro. Se comprenderá mejor en este punto nuestra preocupación por la extinción de la Memoria Social, a falta de historiografía propiamente tal, y de historiografía a falta de Memoria Social. Lo que se pierde, al fin, es la función interpelante de una sobre la otra, si se quiere la vigilancia mutua. Localismo patrimonial y patrimonialismo desde abajo conviven en el acuerdo implícito del presentismo. Historiografía y Memoria Social se nos presentan así como anacronismos necesarios.

 

Notas

1 Algunas consideraciones de este apartado fueron abordadas en mi trabajo "La memoria patrimonial como obstáculo epistemológico de la operación histórica", originalmente ponencia oral en las XV Jornadas de Historia Regional de Chile, Universidad de Tarapacá, Arica, 18 al 21 de octubre de 2010.

2 Sobre esto ver los planteamientos de Mario Garcés en "La utilidad de la historia para los movimientos sociales", en: web del Centro de Estudios Miguel Enríquez CEME, www. archivochile.com "Reconocerse con historia (...) representa un salto cualitativo en la conciencia y en la afirmación de una determinada identidad social de un grupo o individuo, ya que al traer el pasado al presente las personas o grupos se pueden reconocer en sus acciones, en sus capacidades, en sus saberes, en una palabra, en su propia condición de sujetos (...) la historia del barrio o la población genera sentimientos de unidad o de un 'nosotros', vecinos y habitantes de un mismo barrio". "Valoramos el esfuerzo de hacer historia local, no solo porque refuerza la autoestima, sino por la integralidad del trabajo que puede articular a distintos actores dentro de una totalidad, a clubes de ancianos, jóvenes, niños, a los profesores, juntas de vecinos...".

3 Al respecto ver Antonio Gómez Ramos (2003). Sobre la explosión de la Historia y la pérdida de su centro ver Gianni Vattimo (1992).

4 Nos referimos a nuestra ya citada ponencia en las XV Jornadas de Historia Regional de Chile.

5 Al respecto ver la más reciente declaración del autor en que profundiza sobre la relación de la Microhistoria con la Historia Global: ".la historia es siempre local y no tiene interés de por sí. Es interesante si usas los preceptos de la microhistoria, es decir, formularse preguntas generales y dar respuestas locales. Para esto es necesario tener en cuenta que nunca es interesante lo que nosotros estudiamos por sí mismo. No hay un libro que tenga un tema de interés general. Por tal razón, nuestra responsabilidad es construir la relevancia de los temas que tratamos; debemos demostrar que al estudiar un pequeño trozo del mundo, podemos contribuir a debates y preguntas de relevancia general. Freud, por ejemplo, estudiaba personas melancólicas, con problemas y poco interesantes, pero planteaba preguntas de relevancia general. En tal sentido, yo tengo bastantes dudas en relación con la historia global, pues en general nosotros siempre trabajamos sobre casos pequeños, pero debemos saber cómo aportan a debates más amplios. La microhistoria te permite trabajar con un microscopio sobre un objeto y descubrir cosas que a simple vista no se ven, mientras que la historia global solo permite ver lo general" (Muñoz y Pérez 2010: 201).

6 Recientemente Fredric Jameson, retomando el problema de la relación con el pasado en el contexto de la posmodernidad, ha señalado que tal demanda de pasado es al tiempo demanda de una experiencia intensa: "si se pudiese estar seguro, o tener cierta seguridad, de que ese fue el pasado, ello constituiría una experiencia intensa. O al menos una que no tenemos si no creemos en el pasado" (Jameson 2010: 103).

 

Referencias Citadas

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Recibido: 24 de marzo de 2014. Aceptado: 18 de julio de 2014.

Agradecimientos: Quisiera expresar mis agradecimientos, en primer lugar a Andrea Avendaño, por su ánimo, compañía y ayuda con la traducción de textos. A Pablo Andueza y Justo Pastor Mellado, por las invaluables conversaciones sobre el destino de Valparaíso patrimonial. Y a mis amigos del norte, por ese cariño fraternal que siempre me han concedido.


 

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