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Cultura-hombre-sociedad

Print version ISSN 0716-1557On-line version ISSN 0719-2789

Cult.-hombre-soc. vol.27 no.2 Temuco Dec. 2017

http://dx.doi.org/10.7770/cuhso-v27n2-art1206 

artículo de investigación

La pesca y la caza marina en el desierto de Atacama: Luces conceptuales desde los documentos escritos (siglos XVI-XIX)

Fishing and marine hunting in the Atacama Desert: Conceptual perceptions from written documents (16th-19th centuries)

Benjamín Ballester *  

* Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne, Francia, benjaminballesterr@gmail.com.

Resumen

El ser humano establece relaciones con los animales marinos de múltiples formas, y una de ellas es a través de su captura. En este artículo discutimos las constantes confusiones que se generan en la definición de las categorías de captura marina, especialmente de pesca, caza y recolección, y proponemos una clasificación que considera la captura como una relación interespecie entre humano y animal, atendiendo las múltiples perspectivas y agentes involucrados. La propuesta se ejemplifica a partir de un caso de estudio, la sociedad litoral del desierto de Atacama entre los siglos XVI y XIX a través de la información contenida en los documentos escritos. Finalmente, discutimos la aplicabilidad de la propuesta entre estas poblaciones, para afinar su definición conceptual y enriquecer el debate sobre las relaciones entre humanos y animales marinos en el litoral del desierto de Atacama, pero también fuera de la región.

Palabras clave: Perspectiva relacional; crónicas; relaciones interespecie; caza marina; pesca

Abstract

Human beings establish multiple forms of relationship with marine animals, in some cases through their capture. We discuss the constant confusions generated by definitions of the categories of marine capture, especially fishing, hunting and gathering. We propose a classification that considers capture as an interspecies relationship between human and animal, considering the multiple perspectives and agents involved. The proposal is exemplified by a case study of the littoral society of the Atacama Desert between the sixteenth and nineteenth centuries, through information contained in written documents. Finally, we discuss the applicability of the proposal to these populations, in order to conceptually refine the definition and enrich the debate about relationships between humans and marine animal in the Atacama Desert littoral, and also outside the region.

Keywords: Relational perspective; chronicles; interspecies relationships; marine hunting; fishing

Introducción

Para el ser humano la captura de animales es una forma entre tantas de crear relaciones interespecie. Sin embargo, la poca atención hacia estas relaciones y la tendencia a quedarse solamente con una de las múltiples perspectivas que en ellas actúan, ha llevado a confusiones entre los investigadores sociales a la hora de definir las distintas formas de captura en torno a categorías analíticas. Clasificaciones como las de caza, pesca y recolección cargan constantemente con incertidumbres conceptuales generadas por su uso apresurado y regularmente poco reflexivo. Suelen ser de esas cosas que a veces sin querer damos por sentadas.

Me propongo aquí definir conceptualmente las categorías de relaciones entre humanos y animales en el ámbito de la captura marina para el litoral del desierto de Atacama, al norte de Chile, integrando las múltiples perspectivas en ellas involucradas. Un ejercicio con fines locales, pero ambiciones un poco mayores: demostrar el valor de la perspectiva relacional a la hora de definir categorías de esta índole. Tomamos como ejemplo y caso de estudio la sociedad litoral entre los siglos XVI y XIX, empleando la información registrada en los documentos etnohistóricos dejados por viajeros, mercaderes, funcionarios y eclesiásticos que circularon y se instalaron en la región: en general, la perspectiva del otro respecto de un modo de vida ajeno.

Limitados por los sesgos de cualquier descripción, siempre posiblemente tendenciosa e interesada, presentamos los relatos y comentarios sobre las distintas formas e instancias de captura de los animales marinos por estas comunidades litorales, para luego de su reflexión y ordenamiento poder redefinir las categorías tan habitualmente empleadas de pesca y caza marina, desde las múltiples perspectivas y sus agentes implicados.

Aspectos conceptuales sobre la pesca y la caza marina

De acuerdo al antropólogo Gordon Hewes (1948), todas las formas de explotación de recursos marinos, desde la recolección de moluscos hasta la caza de cetáceos, se integran dentro de la gran categoría de pesca -fishing- simplemente por ser actos de captura en el agua. Esta perspectiva acerca del significado de la pesca es tal vez la de mayor aceptación entre las diferentes escuelas de investigación social (por ejemplo, Acheson, 1981; Andersen, 1978; Breton, 1981; Murdock 1967). Sin embargo, la idea de la universalidad de esta dicotomía entre el medio acuático versus el terrestre y el celestial, ha sido duramente criticada en los últimos años, asegurando que las partes del todo y sus criterios de delimitación dependen necesariamente de factores ontológicos propios de cada cultura, variando entre cada una de ellas (Descola, 1996, 2005; Helmreich, 2011; Ingold, 1994, 2000). ¿Cuáles son los límites del mar y qué lo divide del todo?

Para otros investigadores, la pesca tiene relación más bien con la actividad de capturar exclusivamente peces, utilizando como pilar clasificatorio el criterio taxonómico, dejando por tanto fuera al resto de las especies marinas (por ejemplo, Brandt, 1972; Erlandson, 2001; Kennelly y Broadhurst, 2002; Kroeber y Barrett, 1960; Morrill, 1967; Pitcher y Lam, 2015). Tal como en el caso anterior, este modelo se vuelve cuestionable cuando nos damos cuenta de que la categoría «pez» es en sí misma cultural y definida según las bases taxonómicas de nuestra ciencia, por lo tanto, varía de sociedad en sociedad, de cultura en cultura (Boster y Johnson, 1989; Brockmann, 2004; Firth, 1981; Hunn, 1975; Ingold, 1994; Morrill, 1967; Pálsson, 1989, 1990). ¿Qué es y qué no es un pez?

Estas confusiones en las miradas no son exclusivas del mundo académico, sino que también están arraigadas en nuestros usos más cotidianos y mundanos. En inglés, a los mariscos se les designa vulgarmente con el concepto de shellfish, que refiere a la idea literal de «peces con concha». Asimismo, las industrias de explotación de los productos marinos se definen regularmente como fisheries, aun cuando involucren una gama mucho más amplia de especies que los peces. Por otro lado, en la lengua francesa a los mariscos se les denomina corrientemente como fruits de mer, o «frutos del mar», emulando lexicalmente su cercanía al mundo de lo vegetal, seguramente porque son explotados mediante técnicas similares: la recolección manual. Vemos así como en un mismo mundo animal, el de los mariscos (a nivel taxonómico, mollusk en inglés, mollusque en francés, y molusco en español), en un caso se vincula al campo de la pesca y en el otro al de la recolección, en uno al pez, y en el otro, al fruto.

Categorías como las de pesca y caza suelen usarse sin definirse previamente, alimentando constantes confusiones como las comentadas, heredadas de referencia en referencia, de publicación en publicación. Para comenzar situándome, explicito mi postura. Creo que categorías como las de pesca y caza deben definirse necesariamente desde las esferas sociales y culturales, no desde fuera, a partir del ambiente que le rodea, sea el medio (ecología) o las especies (taxonomía). Estas categorías analíticas debieran fundarse en la idea de que las relaciones que establecen los seres humanos con los animales marinos que capturan son extremadamente ricas y complejas en su naturaleza y forma, incluyendo diversas estrategias de vinculación, múltiples dispositivos tecnológicos y un sinnúmero de valores socioculturales, económicos, simbólicos y cognitivos (Acheson, 1981; Andersen, 1978; Morrill, 1967; Pálsson, 1990; Reinman, 1967; Sautchuk, 2005; Smith, 1977).

Desde esta perspectiva, propongo la existencia de tres formas generales para la captura de los animales marinos: recolección, pesca y caza. A primera vista parecen no entregar nada nuevo, ya que son las mismas que regularmente se utilizan en la antropología, la sociología y la arqueología (por ejemplo, Brandt, 1972; Erlandson, 2001; Lee y DeVore, 1968; Reinman, 1967). Sin embargo, mi aporte está en su definición explícita para superar las habituales madejas conceptuales, empleando una perspectiva teórica basada en criterios sociales que son aplicables a nuestra realidad de estudio, aunque no necesariamente a todas (Pálsson, 1989). Esta perspectiva concibe que en todo acto de captura existe una interrelación entre el humano y el animal mediada por una técnica (Firth, 1981). Una relación que es mutuamente construida según las posiciones de cada cual en el acto, quiéranlo o no, conscientes o inconscientes de ello.

Con esto aclaro que esta clasificación no se sustenta únicamente en la especie a capturar (por ejemplo, pez, mamífero o molusco; criterio taxonómico), tampoco exclusivamente en el dispositivo empleado (por ejemplo, arpón, corral, anzuelo o red; criterio artefactual), menos en el medio en que todo esto ocurre (por ejemplo, mar abierto, orilla, profundidad; criterio ecológico), sino más bien en una visión holística cuyo pilar es la relación que se genera entre el ser humano y el animal en el acto de apropiación (criterio relacional) (Firth, 1981; Haudricourt, 1962; Ingold, 2000). En ella ambos son considerados como categorías de actores dentro de una práctica que los liga, teniendo cada cual roles específicos en la escena de captura según su posición: pasivos-activos, acecho-sorpresa, violencia-calma, ruido-silencio, colectivo-individual, ataque-defensa, acción-espera, búsqueda-evasión. Durante esta performance colectiva los actores despliegan sus roles siguiendo un guion. Metafóricamente, es este guion el que servirá de base para definir las categorías relacionales.

La relación entre los actores siempre se articula gracias a mediadores técnicos, por lo general dispositivos o estrategias implicadas en la conexión. Si bien esta puede generarse sin un mediador artefactual, de todas formas existirán siempre gestos, movimientos, actitudes, rituales, creencias y conocimientos acerca de cómo debe establecerse el vínculo de captura, aspectos que necesariamente entran también en el ámbito de la técnica (Leroi-Gourhan, 1965, 1973; Mauss, 1935, 1948). Desde la magia al movimiento de la mano, junto a la posición, rapidez, sigilo y braveza con la que se llevan a cabo los actos involucrados en esta relación, todos ellos quedan dentro de lo que se puede definir como la técnica mediadora en la relación (Sautchuk, 2010/2011). Y no hablamos solamente de los gestos y movimientos del humano; también el animal posee los suyos para escabullirse, luchar y hasta contratacar. Me refiero al mutuo trato de uno respecto del otro en un acto común. En pocas palabras, la atmósfera y el contexto total que rodea al vínculo entre los agentes, con todos sus elementos asociados.

Dentro de este marco consideramos a la recolección como un acto donde la presa no impone resistencia en la captura, tomando un rol pasivo (Haudricourt, 1962; Lacombe, 2000; Waselkov, 1987). La performance de la recolección es un soliloquio de uno de los agentes frente al otro; este último impone sólo la resistencia natural propia de su modo de vida (figura 1). Es un acto similar al de la recolección de frutos de un árbol; de ahí la metáfora francófona de los mariscos como fruits de mer. Ejemplos habituales son el del gasterópodo pegado a la roca, para el cual a veces el marisqueador se vale de un desconchador especial para extraerlo de su hábitat, o la simple recolección manual y pedestre de bivalvos en la arena de una playa. La recolección es por lo general manual, aunque a veces se pueden utilizar también desconchadores, redes, chinguillos, contenedores y tanques de oxígenos para sumergirse (Contreras, 2010). En esta práctica es común que actúen múltiples agentes, uno o varios humanos colectores, y grupos de animales colectados. La escena transcurre, por lo general, en ambientes calmos, aunque en el caso de los moluscos ubicados en la rompiente de la ola y otros submarinos que requieren de buceo, el contexto le impregna cierta atmósfera tormentosa y de suspenso.

Figura 1 Esquema de relaciones en torno a formas de captura marina. 

Lo que habitualmente se define como «pesca con redes» es, desde nuestra perspectiva, una forma más de recolección debido a la pasividad de una categoría de agentes: aquellos que son capturados. Aquí el humano actúa en un monólogo frente a los animales, quienes no saben de su participación en la escena sino cuando ya están completamente aprisionados dentro de la red; tal como sucede con los chinguillos. Los «corrales de pesca» también entran dentro de esta categoría por su cercano parentesco con la redes. Sin embargo, aquí actúa protagónicamente un tercer agente del cual se vale el humano: la marea y sus movimientos naturales. El humano activo construye el corral conociendo el vaivén y ritmo de la marea, para que cuando descienda el agua los peces queden atrapados. En ambos casos, humanos activos y peces pasivos, aunque a diferencia de la recolección tradicional de orilla y por buceo, se utiliza una trampa.

Esta trampa es la que para algunos es motivo de que incluyan redes y corrales en la categoría de pesca, pero pecan de unilaterales y no consideran la actitud del animal en la escena. Mientras en la captura con redes y corrales los animales son pasivos, la pesca se define por la posición activa del animal, quien se autocaptura producto de una carnada (figura 1). La recolección es unilateral; la pesca bilateral. Mientras la recolección es un soliloquio, en la pesca hay un diálogo de al menos dos agentes. En la pesca, humano y animal son activos en la trama del vínculo. Esta diferencia de posiciones es la que separa ambas categorías generales de recolección y pesca, humanos siempre activos frente a animales pasivos en la primera, y activos, en la segunda. Son guiones distintos, aunque sin lugar a dudas con algunas similitudes.

Figura 2 Representación icónica del concepto de pesca realizada por el pionero de la fotografía submarina Bruce Mozert en los mares de Miami el año 1938. En todas sus obras las protagonistas siempre fueron mujeres posando al estilo pin-up models del pop-art norteamericano. Más allá del fuerte trasfondo de género tras sus composiciones -fueran una crítica a su época o un simple reflejo de ella-, en esta imagen particular se enfatiza la idea de la atracción y seducción, de la trampa y el engaño del anzuelo hacia la presa. 

La pesca se realiza ante la invisibilidad de uno de los agentes: la presa, sumergida dentro de la masa de agua (Firth, 1981; Pálsson, 1989). De ahí la necesidad de tentarla mediante la carnada, atrayéndola a la trampa para capturarla (figura 2). Hay un juego necesario y fundamental de atracción hacia la trampa orquestado por el humano, para que el animal sea quien finalmente se autocapture. El mejor ejemplo es la pesca con anzuelos, donde el dispositivo funciona según la lógica de atraer a la presa con un señuelo para que sea ella misma finalmente quien se autocapture, timada por la carnada. En este tipo de relación, el tiempo y los momentos de acción de cada agente son fundamentales. Primero, el humano actúa sigilosamente para colocar la trampa; sólo después el animal actúa inconscientemente de forma activa autocapturándose. El anzuelo posee una forma curva y un gancho en la punta; al ser mordido por el animal queda inserto y sujeto a su hocico, impidiendo su liberación. Existen anzuelos que por su propio diseño y manufactura ya pueden servir de señuelo, imitando la forma de un alimento, llevando colores vistosos o brillando plateado en la turbia agua del mar. Otros actúan con un cebo adicional insertando un trozo del alimento preferido de la presa para cubrir su letal sección penetrante, y así lograr que el animal engulla la carnada con su trampa. En ambos casos el dispositivo no funciona por sí mismo, requiere del trabajo humano que debe instalarlo en el lugar preciso, a la altura adecuada, en cierto momento del día y según las condiciones necesarias para cada tipo de animal. Es el humano quien planifica la trampa, en algunos casos dejándola horas o una noche completa en un mismo punto esperando el actuar del animal; en otras, debiendo estar contantemente agitándola, desplazándola, jugando con la carnada, imitando los movimientos de la presa de su presa. Una mezcla constante de tecnología material e inmaterial, de dispositivo artefactual junto a gestos, tiempos, movimientos, tratos, ritmos y saberes en torno a la pesca (Sautchuk, 2005, 2010/2011).

Figura 3 Una de las más famosas escenas de caza marina con arpón de la fotografía etnográfica. Tomada por Asahel Curtis (hermano del famoso Edward) en la costa noroeste de Norteamérica entre los Makah, ca. 1930. 

En la caza se establece una forma completamente distinta de relación con el animal. Es el humano quien adquiere el rol protagónico en el diálogo con un animal que, aunque activo, busca escabullirse, se defiende, se mueve y hasta puede en algunos casos contraatacar. El diálogo se funda en el antagonismo respecto de la captura. En la caza marina a veces hay escenas de persecución, uno tras otro, siguiendo rutas, con constantes vaivenes de movimientos, acercamientos y alejamientos (figura 3). Es un baile de acecho que el cazador orquesta a la siga de su presa por el mar. Siempre involucra en cierto grado la búsqueda de uno sobre el otro. Esta caza puede llevarse a cabo de distintas formas, desde la orilla, bajo el mar o sobre él. Puede involucrar diferentes dispositivos artefactuales, como arpones, rifles, lanzas y hasta garrotes, con la variable común del enfrentamiento, la agresión física de uno sobre el otro; uno al ataque, el otro defensivo. Esto distingue la caza de la pesca, la primera es por enfrentamiento, la segunda es por engaño; en la primera, dos agentes conscientes; en la segunda, sólo uno (figura 1); en la primera, uno captura al otro que se escabulle; en la segunda, uno se autocaptura cayendo en una trampa.

Uno de los tipos de caza más comunes en los mares es el arponaje. Lo es por sus cualidades técnicas. El arpón es un medio que más que destinarse a dar muerte al animal, busca capturarlo (Leroi-Gourhan, 1973; Mason, 1902). En este sentido, se acerca más a un lazo que a un rifle, a un anzuelo que a una lanza. Y esto lo logra gracias a uno de sus principales atributos tecnológicos, la línea, una soga que firmemente amarrada al cabezal inserto en el animal permite al humano luchar con la presa, sea manualmente o con la ayuda de boyas (Ballester, 2017). Esta línea genera una forma de relación que lo emparenta al anzuelo en la lucha y en la contienda, aunque diferentes porque este último es una trampa fundada en el engaño, mientras que el primero es un acto de braveza donde dos agentes conscientes de enfrentan en el mar. Ya que el arpón no mata, generalmente sobre las embarcaciones portan otro artefacto para cometer esta tarea, un garrote, un machete, un cuchillo, un punzón o un puñal.

Documentos escritos sobre la captura de los animales marinos

Los cronistas del litoral desértico

«Y estos que habitan en los puertos y caletas de la mar son sus navíos con que navegan cerca de la tierra y salen a pescar». Con estas palabras, el cronista Gerónimo de Bibar (1966: 10) estampaba en la historia la primera referencia escrita sobre los grupos litorales del desierto de Atacama luego de su viaje por tierra en 1558 junto a Pedro de Valdivia durante la Conquista de los Reinos de Chile. La perspectiva marina no surgió sino años después con el arribo del navegante inglés Sir Francis Drake en 1579, cuando a los alrededores de la Provincia de Mormorena -luego Morro Moreno (figura 4)- se le acercó un conjunto de nativos en sus balsas de cuero de lobo marino para entablar un amistoso intercambio de pescado por un puñado de bagatelas europeas (Vaux, 1854).

Tanto desde la perspectiva europea terrestre como de la marina, los habitantes del litoral del desierto de Atacama fueron desde un comienzo descritos resaltando su cualidad de pescadores junto a sus peculiares embarcaciones. De ahí en adelante, los contactos y relaciones no hicieron más que estrecharse, aumentando sustancialmente el volumen de material etnográfico e histórico acerca de cómo vivían, sus costumbres, tradiciones, vestimentas, alimentación, organización social, vivienda y actividades productivas (Ballester y Gallardo, 2017; Ballester y otros, 2010; Bittmann, 1983, 1984a; Larraín, 1974, 1978; Latcham, 1910). Si bien la mayor parte de los documentos fueron escritos por sujetos que no poseían una preparación estrictamente etnográfica, el enfoque, su mirada y la calidad de algunas de sus descripciones hacen que puedan considerarse como tales, ya que detallan rasgos relevantes y únicos de los colectivos humanos que presenciaron.

Lamentablemente, y en comparación a otras regiones americanas, dicha información es en general fragmentaria y somera, dominada por reseñas de paso. Durante la Colonia, el desierto no fue un lugar de interés, más allá de ciertos puntos llamativos por su riqueza minera, y los procesos evangelizadores, si bien efectivos, no alcanzaron la escala de otros parajes (Bittmann, 1977, 1984a; Casassas, 1974; Larraín, 1977). Esto produjo que los testimonios etnográficos de los primeros siglos de contacto fueran más bien de personas que transitaron por la zona, en especial navegantes y mercaderes en travesías comerciales, junto a algunos pocos informes imperiales (Bittmann, 1977; Castro, 2009; Casassas, 1992; Hidalgo, 1978, 1983; Hidalgo y Manríquez, 1992; Larraín, 1977, 1978). En la era republicana, el movimiento por el desierto fue mayor por la apertura de los mercados internacionales, ya sin la exclusividad del imperio español, pero también con la mirada puesta en los recursos y no tanto en las personas.

La mayor parte de las sistematizaciones etnohistóricas tienden a ser habitualmente demasiado generales. Los temas ejes de las investigaciones son pocos: destacan el problema étnico y el tipo de relaciones que estos grupos litorales entablaron con quienes vivían en el interior (Aldunate y otros, 2010; Bittmann, 1984b; Larraín, 1978/1979; Castro, 2009; Letelier, 2011). En este sentido planteo una búsqueda generalizada de los documentos escritos y gráficos, para presentar una selección de aquellos atingentes al problema de la captura de animales en el mar.

La pesca

Desde los primeros europeos que circularon por estas áridas tierras y extenso océano, el mar fue percibido y descrito como un lugar de riquezas. Fray Antonio Vásquez de Espinoza relata a comienzos de 1630:

Los indios de esta costa se visten de cueros de lobos marinos, y de ellos hazen sus barcas, o balsas sobre dos cueros llenos de viento, en que salen la mar afuera a pescar porque en aquella costa se haze grandissima pesca de congrios, tollos, lisas, dorados, armados, vagres, jureles, atunes, pulpos, y otros muchos géneros de pescado (1948: 618).

Figura 4 Mapa de la región. 

El clérigo enfatiza delicadamente la diversidad de animales marinos, cada uno con su nombre y distinto del otro, así como uno de los mediadores técnicos más importantes para estas poblaciones: la balsa de cuero de lobo marino (figura 5). Se trata de un medio de navegación sumamente sofisticado y complejo en términos tecnológicos, mencionado en estas costas desde el siglo XVI hasta casi la mitad del siglo XX, sumado a la existencia de evidencia arqueológica de su utilización en tiempos prehispánicos, desde al menos el año 800 DC (Álvarez, 2013, Ballester y otros, 2010, 2015; Bittmann, 1978; Iribarren, 1955; Larraín, 1978/1979; Latcham, 1910, 1915; Looser, 1938; Lothrop, 1932; Niemeyer, 1965/1966; Núñez, 1986; Páez, 1985, 1986; Sayago, 1973). Los relatos escritos y el registro gráfico de esta particular embarcación tienden a caracterizarla como un medio tripulado por entre una y dos personas, prácticamente en todas las descripciones por hombres adultos, en completa ausencia de niños y mujeres, utilizada principalmente para viajes a lo largo del litoral con fines logísticos y productivos, especialmente la pesca y la caza marina (Bibar, 1966; Bollaert, 1851, 1854, 1860; Boch, 2003; Feuillée, 1714; Frezier, 1717; Hall, 1827; Lesson, 1838; Lizárraga, 1999; Moerenhout, 1837; D’Orbigny, 1945; Philippi, 1860; Pretty, 1904; Shelvocke, 1757).

Figura 5 Representación de una balsa de cuero de lobo marino en las costas de Cobija en 1830 (D’Orbigny, 1945). 

El naturalista Rodulfo Philippi (1860: 35) nos comenta a mediados del siglo XIX que los pescadores del área entre Taltal y Paposo (figura 4), para capturar el congrio (Genypterus sp.), un pez que «alcanza dos a tres pies y se halla sólo en alta mar, se pesca con anzuelo, atando muchos anzuelos en una varilla o un cabo». Esta estrategia de pesca de tecnología aditiva, donde en una misma línea se conjugan múltiples anzuelos, llamada espinel o palangres (Aubert, 1968), habitualmente se dejaba largo tiempo en un lugar del mar gracias a embarcaciones con el fin de capturar el mayor número de animales posible.

Sobre la misma zona de Paposo, el clérigo Rafael Valdivieso escribe una de las mejores descripciones acerca del uso de esta técnica de pesca durante los primeros meses de 1841:

Su ocupación favorita es la pesca del congrio, que abunda mucho allí, y es digno de notarse el modo como lo pescan. Este pescado es uno de aquellos que solamente pueden cogerse con anzuelo, y los pescadores de nuestras playas para hacer esta operación colocan el anzuelo en una cuerda, de modo que a costa de un incesante trabajo sólo van sacando el pez uno en pos del otro. Mas los paposinos tejen a propósito un trozal de cáñamo de poco grueso y mucha consistencia, que llaman varilla y van poniendo en distancia de pie o pie y medio cada anzuelo hasta reunir setecientos u ochocientos: luego colocan guijarros de trecho en trecho para que se mantenga la varilla estirada en el fondo del mar, y en los dos extremos aseguran otras cuerdas que terminan en sus respectivas boyas para servir de señales que den a conocer el lugar donde están. Con este arbitrio, los pescadores sin más trabajo que tender la varilla al anochecer y recogerla al siguiente día, cogen una pesca abundantísima. En la primera ocasión que vi sacar uno de estos lances, conté hasta ciento noventa y tantos peces, y felicitando al pescador por su buena suerte, él me contestó con frialdad, que mientras no llegase a trescientos o cuatrocientos, apenas era regular; y posteriormente supe que esta misma era la opinión de todos. Desechando también el anzuelo de fierro por quebradizo y de poca duración en el agua, ellos lo trabajan en planchas de cobre. Las únicas embarcaciones que usan son balsas de piel de lobo, y como aquellos mares rara vez se alteran, hacen en ellas, sin temor alguno, viajes muy largos (en Matte, 1981: 58).

De acuerdo al fray Reginaldo de Lizárraga (1999: 378), a comienzo del siglo XVII las actividades de pesca con anzuelo también se llevaban a cabo desde la orilla de la playa y sin emplear embarcaciones, mediante líneas manuales con un solo anzuelo:

Los indios pescan graciosamente: unos con volantines arrojadizos, en los cuales empalman los anzuelos grandes, y en ellos el cebo, que sacan de las conchas, atado con un hilo; arrójanlo cuanto pueden en la mar, ellos en el rebaje de las olas á la rodilla, el volantín atado á la muñeca, y no parece si no que ven al pece que pica, y con la mano derecha dan un golpe en el volantín, y luego halan; pescan desta suerte lizas grandes, corvinas, y tollos, y lenguados. Vi una vez á un indio así pescar, el pece que picó debía ser grande, porque se llevaba al indio al tumbo de la ola; quiso Dios se rompiese el volantín; si no, corria riesgo de ahogarse; no tenía con qué cortar el volantín.

El Gobernador interino de la Villa de Potosí y funcionario real don Pedro Vicente Cañete y Domínguez (1974:86), narra también el uso de anzuelos simples con líneas de pesca en su informe de 1787 sobre el puerto de Cobija (figura 4): «apenas pescan el tollo y congrio aquellos infelices con sedal y anzuelo». Otro funcionario real, el comisionado José Agustín de Arze, repite frases similares ese mismo año (1786-1787) y para el mismo puerto, destacando nuevamente el papel del congrio y su pesca entre los lugareños: «no hai otra cosa en aquellos naturalez que una suma miseria e indigencia, auxiliada con lo poco que reportan en la pesca del congrio a que están dedicados con sobrado trabajo» (Hidalgo, 1983: 140).

La caza marina

En el ámbito de la caza marina se combinaban distintas estrategias orientadas hacia diversas especies. Por un lado se encontraba la potera (figura 6), una quimera artefactual que limita entre el anzuelo y el arpón (Ballester y Clarot, 2014; Silva y Bahamondes, 1968). Confundido generalmente con el anzuelo por su forma, compuesto de un vástago que sirve de eje junto a tres barbas laterales que conforman un triángulo, no actúa por engaño a modo de trampa, sino más bien por penetración directa, como el arpón. El dispositivo se arroja desde una embarcación hacia grandes cardúmenes para luego recogerlo a toda velocidad intentando enganchar con sus barbas laterales el cuerpo de algún animal, funcionando por arrastre. A diferencia del anzuelo no es el pez que se autocaptura por su hocico, sino que es enganchado en cualquier parte de su cuerpo, tal como sucede con el arpón.

La mejor referencia escrita del uso de este tipo de estrategia de caza se la debemos al mercader francés Vincent Bauver, de comienzos del siglo XVIII, para la localidad de Cobija. Según su narración, los pescadores «utilizan estas especies de barcas para ir a pescar; cuando ven que el mar hierve de peces corren o más bien vuelan, llevando consigo un cordel largo en cuyo extremo hay tres anzuelos unidos en forma de triángulo sin cebo, que arrojan al mar y lo jalan rápidamente, y pronto tienen 1, 2 o 3 pescados» (Pernaud, 1990: 45-46).

El uso del arpón parece haber estado vinculado únicamente a actividades de caza en el mar, seguramente debido a las ventajas que este dispositivo otorga en la captura del animal gracias a su soga de retención y su potencial de control (Ballester, 2018). Los relatos describen su uso en la captura de peces y mamíferos marinos, con el factor común del mayor tamaño de las presas respecto a aquellos aprehendidos en la pesca.

Para los primeros años del siglo XVII, el ya mencionado fray Reginaldo de Lizárraga comenta:

Esta ciudad [Coquimbo] es abundante de pescado y muy bueno, péscanse algunos atunes; no andan en cuadrillas como en España, sino de uno en uno; sale el indio pescador en busca de él, dos y más leguas á la mar con su balsilla de cuero de lobos; lleva su arpón, físgale, dale soga hasta que se desangra; desangrado le saca á la costa (1999: 378).

Figura 6 Piezas arqueológicas de época de contacto y tardías recuperadas por el arqueólogo norteamericano Junius Bird (1946) en la costa del desierto de Atacama. 

Información escrita que es algunos años después confirmada por el cronista chileno y sacerdote jesuita Alonso de Ovalle (1646: 44), quien narra una escena similar de caza de peces de gran tamaño, como atunes y albacoras, en Coquimbo, como ejemplo de aquello que sucedía regularmente en las costas vecinas de la región:

Otro género de peces ay en aquel mar, particularmente en la costa de Coquimbo, que aunque no son tan grandes, lo son mucho, y de gran regalo, y son los atunes, y albacoras, que matan allí los indios con admirable destreza, y facilidad. Entran en el mar en unas balsas, que hacen de cuero de lobo marino bien cosido, y soplado como pelota de viento. Lleva bien dispuesta una fisga, que es a manera de un tridente, con lengüetas afiladas a gran cantidad y fuertes, y recio cordel; comienza el indio a bogar en el seguimiento del atún que ha visto, y en hallando la suya lo fisga, y clava arrojando su tridente, el atún luego que se ve herido, huye al mar adentro como un rayo; el pescador no le resiste; antes le va siguiendo, dándole soga cuanta quiere, y sigue su rumbo por donde quiera que va, hasta que desangrado el pez, y faltándole las fuerzas para seguir, va el indio recogiendo el cordel, y acercándose a la presa, que ella ya muerta, o para morir, la hecha con facilidad sobre su balsa, y vuelve al puerto victorioso a gozar de los despojos, y fruto de su trabajo.

Casi dos siglos después, el oficial de la marina y médico estadounidense William Ruschenberger anota sobre su diario un breve comentario acerca de cómo los pescadores de Cobija en 1832 se hacían de sus presas en el mar: « Otro pescador dejó su balsa en la orilla y sobre la arena tiró tres grandes peces que había atrapado con un arpón entre las rocas de la puntilla. Nos dijo que era la única forma de capturarlos» (1934: 165; la traducción es nuestra)1.

También en la primera mitad del siglo XIX, el naturalista francés Alcides D’Orbigny narra que estas balsas «las emplean, por lo general, para llegar a alta mar; allí espían a los peces, los siguen con mirada penetrante en el seno de las olas y eligen el momento favorable para arrojar con extrema destreza un pequeño arpón, que difícilmente no alcanza su objetivo» (1945: 936).

Volviendo al siglo XVI, otro clérigo español, Antonio Vásquez de Espinoza, nos hereda una de las referencias escritas más valiosas sobre la caza de cetáceos para este litoral:

Hay en aquella provincia cantidad de cobre, del cual hacen unas púas, o garrochuelas menores, que garrochones, estos los ponen en unas astas pequeñas de tal suerte dispuestas, y atadas con un látigo de cuero de lobo a la muñeca, van a tirar a las ballenas: las cuales de ordinario en aquella costa duermen de medio día para arriba, dos, o tres horas con gran reposo, y profundo sueño, sobre aguadas, y con una ala pequeña, que tienen sobre el corazón se cubren la cabeza para dormir por el sol. Entonces que la a asechado el indio cuando duerme, en que esta diestro, llega en su balsilla de lobo, en que va para valerse de ella sin que la pueda perder, y se llega donde la ballena duerme: y le da un arponazo debajo del ala, donde tiene el corazón, e instantáneamente se deja caer al agua, por escaparse del golpe de la ballena; que viéndose herida se embravece dando grandes bramidos, y golpes en el agua, que la arroja muy alta con la furia, y cólera que le causa el dolor, y luego tira bramando hacia la mar, basta que se siente cansada, y mortal; en el intertanto el indio vuelve a cobrar su balsilla, y se viene a tierra a ojear, y atalayar adonde viene a morir a la costa, y así están en centinela, hasta que la ven parar; donde va luego toda aquella parcialidad, y parentela, que ha estado con cuidado a la mirar, juntos todos con los amigos, y vecinos para el convite, la abren por un costado, donde están comiendo unos dentro, y otros fuera seis y a ocho días basta que de hedor no pueden estar allí, en este tiempo hinchen todas sus vasijas (que las mas son de tripas de lobo marino) de lonjas de la ballena, que con el calor del sol, se derriten, y convierten en aceite, el aquel aceite es su bebida ordinaria; estas botas o tripas de lobo son algunas tan grandes que cabe en cada una largamente una arroba de aceite, y como los indios andan de ordinario en esta comida de su ballena dentro de ella, y se untan con aquella grasa, traen los cabellos rubios como el oro, o candelas, y como andan tostados del rigor del sol, que ay en aquella cálida región, es mucho de ver sus figuras, y acataduras, negras y los cabellos rubios (1948: 618-619).

Para la captura del lobo marino (Otaria sp.), las referencias escritas advierten dos estrategias distintas realizadas en ambientes disímiles y con medios técnicos diferentes. Para ciertos cronistas, como Gerónimo de Bibar en el siglo XVI y Alcides D’Orbigny en el siglo XIX, los lobos marinos se cazaban con embarcaciones y empleando un arpón similar a aquellos de las faenas de caza de atunes, albacoras y cetáceos.

En los días que no hace aire andan los lobos marinos descuidados durmiendo, y llegan seguros los indios con sus balsas. Tíranle un arpón de cobre y por la herida se desangran y muere (Bibar, 1966: 10).

Es con esas embarcaciones, llamadas balsas, que tanto de rodillas, tanto sentados en la delantera y remando por medio de una larga pértiga empleada de ambos lados alternativamente a la derecha o a la izquierda, van a las rocas lejanas a cazar lobos marinos, muy comunes en toda la costa (D’Orbigny, 1945: 936).

Otros cronistas de la misma época aseguran que la caza de estos otáridos se llevaba a cabo de una forma algo menos sofisticada, con garrotes o palos en los lugares donde estos animales descansan, sobre la playa o roqueríos: una práctica bien documentada en otras regiones litorales de Chile (Quiroz, 2007). El Padre Bernabé Cobo (1890) relata a mediados del siglo XVII que en estas costas cazaban los lobos marinos con golpes certeros de palo entre el hocico y la cabeza. Así también a comienzos del siglo XIX, el mercader francés Julian Mellet (1959: 114) describió una escena de las mismas características en la costa de Paposo:

Igualmente en las orillas del mar vecino, se cazan lobos marinos que hay en gran número. Esta caza se hace por muchos hombres armados de gruesos garrotes con los cuales aturden desde luego a los lobos marinos; se les mata enseguida dándoles grandes golpes en los hocicos. A pesar de estas precauciones, esos animales saben defenderse muy bien y a menudo los cazadores son mordidos antes de atraparlos.

Sobre la pesca y la caza marina en la comunidades litorales entre los siglos XVI y XIX

Desde los documentos más tempranos (mediados del siglo XVI) hasta los más tardíos que utilizamos (segunda mitad del siglo XIX), se desprende que los grupos litorales crearon múltiples formas para relaciones con los animales marinos en su captura. Estas relaciones fueron posibles gracias a distintos tipos de mediadores técnicos, algunos de ellos aparatos y dispositivos creados por la misma sociedad litoral para establecer esta relación. Sin lugar a dudas, el más importante fue la balsa de cuero de lobo marino, descrita por casi todos los cronistas, viajeros y eclesiásticos que tuvieron contacto con estos grupos, pero también lo fueron sus anzuelos, espineles, arpones y poteras. Junto a lo material estaban los gestos, movimientos, tratos, ritmos y conocimientos que acompañaban y hacían posibles cada una de las distintas formas de relaciones entre humanos y animales, técnicas tan necesarias como aquellas artefactuales.

Ya en los relatos más tempranos se aprecia un amplio conocimiento sobre las especies marinas representadas en un bestiario diverso y heterogéneo, expresado en apelativos y nombres distintivos para cada especie. Sin lugar a duda, el más recurrente en los relatos es el congrio, protagonista indiscutido en los guiones de pesca. Del mundo de los peces le siguen el tollo, el atún y la albacora, exponentes del grupo de los animales de mayor talla. De los mamíferos, el más importante es el lobo marino, una suerte de quimera que vive parte de su vida en tierra y parte en el mar volviéndolo único entre sus pares del bestiario. Esta dualidad permite a los humanos relacionarse con él en la captura de dos formas distintas, en tierra y en mar, a pie o en balsa, con garrote o arpón. Ante un mismo animal, el humano puede establecer dos formas de relaciones, ambas dentro de la esfera de la caza.

Resulta interesante que en los documentos escritos se encuentren casi completamente ausentes las referencias sobre la utilización de redes de pesca, aun cuando existe evidencia arqueológica de su uso para tiempos prehispánicos (Boisset y otros, 1969) y que la pesca por arrastre con redes se haya practicado aun en las costas de Arica entre los pescadores tradicionales en el siglo XX (Valdivia, 1974). Esta falencia bien puede deberse a sesgos de percepción y retención de los mismos cronistas o que esta técnica no fuera tan interesante para su registro como las otras, aunque su recurrencia negativa por casi cuatro siglos en múltiples fuentes más bien parece ser causa de su baja o nula utilización.

La categoría de la pesca es mencionada desde los primeros comentarios europeos; concepto que traían consigo de su experiencia personal en las pesquerías del mediterráneo y el atlántico oriental, pero también del resto del globo gracias a su cada vez más recurrentes y habituales travesías. En sus relatos junto a la pesca siempre está el anzuelo. La forma no se detalla y queda constantemente a la interpretación del lector, como si todos supiéramos cuál es su forma. Sin embargo, podemos conocerla gracias a investigaciones arqueológicas de vestigios de época de contacto hispano-indígena (Ballester y otros, 2010; Bird, 1943; Hidalgo y Focacci, 1986). En este ámbito son interesantes las piezas descritas y representadas por el arqueólogo norteamericano Junius Bird (1946), manufacturadas a partir de mineral de cobre en forma de U, con uno de los extremos más alargados para amarrar el sedal y otro más corto terminado en punta, siguiendo la forma tradicional de los anzuelos (figura 6). Es interesante en este sentido el comentario del sacerdote Rafael Valdivieso acerca de la predilección del cobre por sobre el fierro introducido por el mercado europeo, prefiriendo una tecnología tradicional y de raíz histórica por sobre una reinvención desde agentes externos. Este tipo de comportamientos enfatizan el carácter conservador de estas poblaciones litorales en su modo de vida, evidente también en su medio de navegación, utilizado por más de un milenio (aproximadamente desde el año 800 a 1920).

Se implementaron dos formas generales de relación entre humanos y animales marinos a través de la pesca (figura 7). Por un lado, la pesca individual en la que el humano portaba la línea en la mano lanzando el anzuelo con carnada hacia el mar, sea desde la playa o en roqueríos, según los documentos escritos sin utilización de balsas, siendo una actividad más bien de orilla. Esta técnica implica movimientos constantes del agente pescador, ires y venires sin perder la sensibilidad sobre el sedal, ya que será esta línea la que comunique cuando el pez muerda la trampa, siempre utilizando cebo de carnada, por lo general moluscos.

Figura 7 Esquema clasificatorio de las distintas formas de relaciones en el acto de captura marina del litoral del desierto de Atacama. 

Por el otro lado estaba la pesca colectiva, con espineles. Una tecnología aditiva que reunía a veces cientos de anzuelos en un mismo aparejo que, con el uso de balsas, se colocaba en puntos específicos del mar por un período largo, a veces una noche completa. Aquí el tiempo del guion es fundamental y los actores se desenvuelven en distintos momentos de la secuencia (figura 8). Primero, el pescador que realiza todo el proceso de arreglar cualquier desperfecto del dispositivo, ordenarlo, cargarlo a la balsa, salir a la mar, buscar el lugar adecuado, ponerlo bien sujeto a las boyas y con sus lastres. Instalada la trampa se retira hacia su caleta, para que el otro conjunto de actores entren en escena, esta vez sin consciencia de ello, sin saberlo. A los peces la trampa se la instalan en su ambiente, y tratando de que sea también invisible para ellos, salvo las carnadas, único elemento que deben ver, oler y percibir. A diferencia de la pesca individual, donde el pescador sedal en mano da tirones cuando siente que pica para clavar más profundo el anzuelo, con el espinel el pescador nada hace para que el pez pique; es este último quien hace todo el trabajo. El ritmo y la secuencialidad de acción de los personajes en ambos tipos de pesca es distinto: la pesca individual es de acción sincrónica entre los agentes, coparticipando de la escena simultáneamente; mientras que en la pesca colectiva de espinel el guion transcurre según un encadenamiento de acciones: uno primero, el otro después, con entradas y salidas en escena.

En los espineles, la pesca funciona por probabilidades. Como nos relataba Rafael Valdivieso, de 700 u 800 anzuelos si la mitad lograban atrapar algo ya era buena pesca. Es además de baja selección, ya que puede pescar cualquier pez, limitado por la relación de tamaños entre el anzuelo y su hocico, como del paladar del pez respecto de la carnada. Es una apuesta que hace el pescador. En la pesca individual con sedal en mano se va por uno, siempre por uno. Sacado a tierra se va por el siguiente.

Ambas técnicas funcionan también en ambientes relativamente disímiles. Una a la orilla, sea de playa o en las rocas, la otra en el mar (figura 7). Entre ambas varían las profundidades en juego, o lo que Agustín Llagostera (1982) ha denominado la dimensión batitudinal. En la rompiente de la ola habitan especies en general algo diferentes a aquellas de mar abierto; así también varían entre la orilla de playa arenosa de los escarpados roqueríos. Es por esto que las variables posición y emplazamiento son fundamentales en la pesca, tanto de sedal como de espinel, ya que en parte limitan el rango de especies que se busca atrapar. Según la locación, y por tanto el abanico de animales posibles, también varía el tipo de cebo empleado.

Dentro de la esfera de la caza, pero emparentado en diseño con el anzuelo, se haya la potera (figura 6). Como dijimos, parientes en forma, pero distantes en acción. La técnica de la potera es un tipo de caza por arrastre, no de persecución. Tampoco captura por trampa, sino por sorpresa (figura 7). Uno de los agentes es consciente y activo; el otro deambula en su ambiente natural inconsciente de su participación en la escena hasta el momento de ser atravesado por una púa a alta velocidad. La relación de los agentes es disímil en este sentido, pero también en sus proporciones: un humano versus un cardumen. La potera siempre se usa sobre colectivos para aumentar la posibilidad de captura por arrastre, apostando al azar. Se arroja como proyectil a lo lejos para luego recogerse rápidamente: un ritmo particular de la acción humana. Como en la pesca, los animales están invisibilizados por la masa de agua, pero revolotean de tal manera en cardumen que el humano conoce su posición, muchas veces ayudado por aves marinas que cazan también junto a la superficie. La variable batitudinal constituye un elemento distintivo importante, ya que la potera se arrastra cercana a la superficie del mar, mientras que el anzuelo funciona por lastre a mayores profundidades según el tipo de peso escogido.

La caza en alta mar con arpones es singular (figura 7). A diferencia de la pesca, necesariamente implica la vistosidad del animal para poder clavarle el arpón, sea de forma directa o lanzado (figura 3). Dentro del bestiario destaca un universo limitado de animales, aquellos que por alguna razón asoman parte de su cuerpo a la superficie, como albacoras, atunes, tiburones, tortugas, cetáceos y lobos marinos, haciéndolos visibles a la distancia. El caso de las albacoras es clásico, ya que siempre exhibe sus aletas dorsal y caudal fuera del agua cuando está cazando: el principal rasgo visual que buscan los humanos cuando salen de caza para identificarla y seguirla (Farrington, 1953; Marron, 1954), el «finning» (Gudger, 1942) o «rayado» (Contreras, 2010). El agente cazador actúa en una secuencia de buscar, identificar y seguir, guiando la embarcación hacia el animal, necesariamente leyendo sus movimientos para de vez en cuando adelantarse en su posición futura (figura 8). Hay persecución, ataque, enfrentamiento, defensa y en ciertas ocasiones contraataque. Si se logra clavar al animal comienza un prolongado vaivén de tirar y aflojar, dar soga y recoger, una contienda destinada a cansar al animal. Éste es el clímax de la escena entre ambos agentes. En conjunto se trata de dos agentes activos ubicados en posiciones disímiles y contrapuestas en el guion, ocupando roles antagónicos.

Relaciones interespecie

El conjunto de relatos históricos y nuestra inclusión en categorías sirven para demostrar que el pueblo litoral del desierto de Atacama creó formas definidas de relaciones con ciertos tipos particulares de animales. No era una cuestión al azar. Existían normas relacionales, patrones culturales de cómo establecer una relación y de qué manera había que desenvolverse dentro de cada una de ellas. Cómo actuaba el humano dependía de cómo actuaba cada animal, pero también a la inversa, el animal definía su comportamiento según el del humano, todo dentro de contextos ambientales cambiantes. Se trata de un guion coactuado por diferentes agentes, con distintos grados de protagonismos y enfrentados en cada instancia a situaciones dispares. Posturas, posiciones, tratos, consciencias, aparatos, ritmos, tiempos y movimientos se articulaban de distinta forma para cada tipo de relación, sea la caza o la pesca en sus diferentes variantes. Lo interesante es que, en términos generales, cada variante relacional mantenía una misma combinación de estos elementos, por muchas alternativas y posibilidades que existieran. Una arquitectura relacional compuesta de múltiples piezas materiales e inmateriales, que se ordenaban de una forma específica dentro de una estructura, repitiendo su manera de articulación a través del tiempo y los acontecimientos: guiones comunes de comportarse y ser ante cada relación para los distintos agentes.

En estos guiones los animales poseían agencias tal como los humanos (Hill, 2011, 2013), actuando activamente dentro de relaciones interespecie, en donde se articulaban conjuntamente, de diversas formas y a distintas escalas de complejidad, para la construcción y composición de la realidad social de la costa Pacífico del desierto de Atacama (Descola, 1996, 2005; Dooren y otros, 2016; Haraway, 2008; Mullin, 1999). Pero la multiagencia y coparticipación no significó ausencia de protagonismos o importancias disímiles dentro de la praxis; fueron finalmente los humanos quienes salían de caza y pesca, a capturar otros animales -aunque en la práctica dicha relación siempre podía invertirse.

Figura 8 Esquema de tiempos y participaciones en las distintas formas de captura marina del litoral del desierto de Atacama. 

Por una decisión temática, en este artículo solo nos concentramos en una de las tantas esferas donde estos guiones interespecie fueron construidos, el de la captura de una categoría de agentes sobre otras. En la práctica, estas instancias de encuentro y coactuación fueron mucho más diversas, complejas y a escala multidimensional (Descola, 2005; Descola y Pálsson, 1996; Ingold, 2000; Testart, 1987). Queda por delante la labor de modelar las relaciones interespecie litorales del desierto de Atacama desde sus múltiples aristas, instancias de encuentro, perspectivas, soportes materiales e inmateriales. Sin embargo, la consideración y estudio de las múltiples agencias en un contexto particular de relaciones -en este caso la captura- es la que da valor a la definición de nuestras categorías analíticas de pesca, caza y recolección, para intentar resolver las tradicionales y constantes confusiones, revoltijos y desconsideraciones en cuanto a sus significados. Evidentemente, la construcción de estas categorías aún enfrenta problemas y requiere de acomodos; pero, ¿cuándo no? No obstante, es el esfuerzo inicial por hacerlas explícitas y evidentes el que abre el cuestionamiento y el debate, el que crea conciencia sobre las falencias y obliga al resto a dar futuros pasos en este mismo sentido. Ya no es algo invisible, ahora hay que hacerse cargo.

Reconocimientos

Este artículo está escrito en el contexto del proyecto Fondecyt 1160045, «La frontera interior: Intercambios e interculturalidad en el oasis de Quillagua (Periodo Formativo 1000 a. C. - 600 d.C.), norte de Chile)», cuyo investigador responsable es Francisco Gallardo, y del cual el autor del artículo es co-investigador.

Agradecimientos

El autor quiere agradecer a Francisco Gallardo, Gloria Cabello y Alex San Francisco.

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1Texto original: «Another fisheman drew his balsa ashore, and threw three fine large fish upon the sand, which he ad caught among the rocks off the point, with a harpoon. He told us that was the only way of taking them».

Recibido: 29 de Abril de 2017; Aprobado: 25 de Septiembre de 2017

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Benjamín Ballester es arqueólogo de la Universidad de Chile y Master en Archéologie de la Préhistoire et de la Protohistoire en la Université Paris 1 Panthéon Sorbonne, investigador de la UMR7041 ArScAN, Équipe Ethnologie Préhistorique. Actualmente es Doctorant Contractuel de la misma universidad francesa. Su correo electrónico es benjaminballesterr@gmail.com

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